Part 6
Por criada tenía á una honrada campesina, muy sencilla, que se llamaba Rosa.
Y las dos mujeres vivían en una casita pequeña, una casita con persianas verdes, que á lo largo de un camino de Normandía se alzaba en el centro del territorio de Caux.
Como frente á su casa tenían un pequeño jardín, en él cultivaban legumbres.
Pero sucedió que, una noche, les robaron una docena de cebollas.
En cuanto Rosa se enteró del hurto, corrió á prevenir á la señora, que bajó vistiendo refajo de lana. Y se produjo una escena de verdadera desolación, de verdadero terror. Habían robado, robado á la señora Lefèvre... En el país se robaba, y el robo podía repetirse.
Las dos mujeres, aterrorizadas, contemplaban las huellas de los pasos y hacían mil suposiciones. «Por ahí han pasado--decían--y subiendo por la tapia han saltado al camino».
Y el porvenir las aterrorizaba, y ya no podían dormir tranquilas.
La noticia circuló rápidamente: los vecinos llegaron, empezaron á discutir, y las dos mujeres comunicaban sus ideas y sus observaciones á cuantos llegaban.
Un labrador que vivía muy cerca les dió un consejo: «Ustedes deberían tener un perro».
Y era verdad; debían tener un perro aun cuando sólo fuese para dar la voz de alarma. Y no un perro grande, ¡santo Dios! ¿Qué harían con un perro grande? se arruinarían para darle de comer. Un perro pequeñito... con que ladrase sería bastante.
Cuando todos se hubieron marchado, la señora Lefèvre discutió largo rato la idea de tener un perro. Y después de reflexionar hizo mil objeciones, aterrorizada ante la imagen de una escudilla llena de comida, pues pertenecía á la raza parsimoniosa de las señoras del campo, que llevan siempre unos céntimos en el bolsillo para dar limosna ostensiblemente á los pobres que se encuentran en los caminos y ruidosamente los domingos en la iglesia.
Rosa, que quería á los animales, daba sus razones y las defendía con astucia. Y así llegó á decidirse que tendrían un perro, un perro pequeñito.
Empezaron á buscarlo, pero sólo encontraban perros grandes, enormes, perros que engullían cazuelas de sopa cuya sola vista hacía estremecer. El tendero de ultramarinos de Rollenville tenía un perro pequeño, pero exigía dos francos con objeto de resarcirse de los gastos que para criarlo había hecho. Y la señora Lefèvre declaró que estaba dispuesta á dar de comer á un perro, pero que no lo compraría nunca.
Ahora bien, el panadero, que estaba al tanto de cuanto ocurría, llevó una mañana en su carrito á un animal amarillo, casi sin patas, con cuerpo que recordaba á los cocodrilos, cabeza de zorra y rabo de cerdo, que podía servir para el caso. Uno de sus parroquianos quería deshacerse de él, y la señora Lefèvre, al enterarse de que no había de costarle nada, lo encontró perfecto. Y Rosa le dió un beso, y al preguntar cómo le llamaban, el panadero contestó que «Pierrot».
Y ya tenemos á Pierrot instalado en una vieja caja de jabón, y por primera providencia le ofrecieron agua. Y Pierrot bebió. Luego le dieron un pedazo de pan: se lo comió. La señora Lefèvre, algo inquieta, tuvo una idea luminosa: «Cuando se haya acostumbrado á estar en casa,--dijo--le soltaremos, y se buscará la comida vagando por el pueblo».
Y, efectivamente, poco después le soltaron, lo que no apagó su hambre. Por lo demás, únicamente ladraba para reclamar la pitanza, pero preciso es confesar que, en ese caso, ladraba furiosamente.
Cualquiera podía entrar en el huerto; Pierrot iba á acariciar al recién llegado y permanecía mudo.
Con todo, la señora Lefèvre se había acostumbrado á ver al animalito. Y hasta llegó á tomarle cariño, y de tiempo en tiempo le daba pedazos de pan que antes empapaba en la salsa del guisado.
Pero no había pensado en el impuesto, y cuando le reclamaron ocho francos,--¡ocho francos, diablo!--por aquel perrito que ni siquiera ladraba, estuvo á punto de desmayarse.
Y casi inmediatamente se decidió á desprenderse de Pierrot. Nadie lo quiso, y á dos leguas á la redonda no se encontró á nadie que se decidiese á tomarlo. Entonces se decidió _enviarlo á la masada_.
Enviar á un perro á la masada equivale á darle de comer marga, y á la masada se envía á los perros de que uno se quiere desprender.
En el centro de vasta llanura se distingue una especie de choza, y en ella hay un gran pozo, de unos veinte metros de profundidad, que comunica con una serie de galerías de minas.
Sólo se baja á ese pozo una vez al año, en la época en que se margan las tierras, y por lo general, sirve de cementerio á los perros condenados. Y con frecuencia, cuando se pasa por cerca de la choza, se oyen ladridos furiosos, desesperados, ó lamentos.
Los perros de los cazadores y de los pastores huyen con espanto de ese pozo siniestro; y cuando alguien se asoma al hoyo, percibe abominable olor de podredumbre.
Allí dentro ocurren dramas lamentables.
Cuando una bestia agoniza allí, alimentándose durante diez ó doce días con los restos de los que la han precedido, un nuevo animal, más grande y más vigoroso, viene á hacerle compañía. Y los dos se encuentran hambrientos, brillantes los ojos. Se acechan, se siguen, y se contemplan ansiosos. Pero el hambre aprieta, y se atacan y luchan con encarnizamiento. Y el más fuerte domina al más débil y se lo come vivo.
Cuando se hubo decidido enviar al pozo á Pierrot, se dedicaron á buscar un verdugo. El peón caminero que cuidaba la carretera pedía dos reales por llevarle, y eso pareció exagerado á la señora Lefèvre. Un vecino se contentaba con veinticinco céntimos, pero eso era mucho todavía, y como Rosa hizo observar que mejor sería que le llevasen ellas mismas pues así no le brutalizarían por el camino ni le dejarían adivinar su triste suerte, se resolvió que las dos irían al caer la tarde.
Aquel día le ofrecieron una sopa con una cucharada de manteca, sopa que se tragó golosamente meneando la cola, y Rosa se lo puso en el delantal.
Andaban de prisa, como merodeadores al cruzar una llanada, y no tardaron en distinguir el pozo y en llegar á él. La señora Lefèvre se asomó al hoyo para enterarse de si había algún perro en el fondo. No, no había ninguno, y Pierrot estaría solo. Entonces, Rosa, que derramaba abundantes lágrimas, le besó y le arrojó por el agujero: y las dos se inclinaron escuchando atentamente.
Primero oyeron un ruido sordo, luego un quejido agudo, desgarrador, quejido de bestia herida, y, más tarde, una sucesión de gritos de dolor: llamadas desesperadas, súplicas de perro que imploraba con la cabeza levantada hacia la abertura...
Y Pierrot ladraba, ladraba...
Se fueron presas de horribles remordimientos y poseídas de un miedo loco é inexplicable; y se fueron corriendo, corriendo... Y como Rosa anduviese más de prisa, la señora Lefèvre le gritaba: «Rosa, espérame, espérame».
Por la noche fué víctima de espantosas pesadillas.
La señora Lefèvre soñó que se sentaba á la mesa para comer, pero al destapar la sopera, veía á Pierrot dentro. Y Pierrot le saltaba á la cara y le mordía en la nariz.
Despertó y creyó que le oía ladrar, pero después de haber escuchado atentamente se convenció de que se equivocaba.
Se durmió de nuevo y se encontró en una carretera interminable que recorría á pie. Y de pronto, en medio del camino, distinguió un cesto, un gran cesto abandonado, y ese cesto la llenaba de terror.
Por fin se decidía á abrirlo, y Pierrot, que estaba dentro, le mordía la mano y no la soltaba; y ella, enloquecida, echaba á correr llevando al perro suspendido del brazo, al perro, que por momentos apretaba más y más las mandíbulas.
Al amanecer se levantó, y, medio loca, llamó á Rosa y juntas corrieron al pozo.
Pierrot ladraba, ladraba aún, y sin duda había ladrado toda la noche. La señora Lefèvre rompió á sollozar y para llamarle empleó mil nombres cariñosos. Y él respondía con todas las inflexiones tiernas de su voz de perro.
Ella quiso volverle á ver, y se prometió hacerle dichoso hasta que llegase la hora de su muerte.
Se encaminó á casa del pocero encargado de la extracción de la marga, y le contó lo que le ocurría. El hombre escuchaba sin chistar. Cuando ella hubo terminado, el pocero dijo: «¿Usted quiere su perro? Pues le costará cuatro francos».
Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, y repentinamente su dolor desapareció.
«¡Cuatro francos! Ahí era nada, ¡cuatro francos!».
El pocero replicó: «¿Usted cree que voy á llevar mis cuerdas y mis utensilios, ir allá con el chico y exponerme á que su maldito perro me muerda, sólo por el gusto de devolvérselo? No haberlo tirado».
Y ella se fué indignada: «¡Cuatro francos!».
Al llegar á su casa llamó á Rosa y le dió cuenta de las pretensiones del pocero. Y Rosa, siempre resignada, repetía: «¡Cuatro francos! Eso es mucho dinero, señora!».
Y luego agregó: «¡Si le llevásemos comida para que no muriese de hambre!».
Con sincera alegría la señora Lefèvre aprobó la idea, y se pusieron en marcha llevando un gran pedazo de pan con manteca.
Lo partieron en pedazos, y se lo arrojaron á Pierrot hablándole una después de otra. Y el perro, en cuanto se había tragado un trozo, ladraba para pedir el otro.
Y volvieron por la tarde, y al día siguiente y todos los días; pero sólo iban por la mañana.
Ahora bien, un día, en el momento de dejar caer el primer pedazo de pan, oyeron un ladrido formidable. ¡Habían arrojado á otro perro, y claro está, eran dos!
Rosa llamó: «Pierrot» y Pierrot ladró y entonces le arrojaron la comida; pero ellas distinguían perfectamente un choque terrible, y oían luego los quejidos de Pierrot, mordido por un compañero que, como era el más fuerte, se lo comía todo.
Inútil era que gritasen: «Es para ti, Pierrot, es para ti». Pierrot se quedaba sin nada.
Las dos mujeres se miraron, y la señora Lefèvre dijo con acritud: «Yo no puedo dar de comer á todos los perros que tiren al pozo. Preciso es renunciar».
Sofocada, sólo al pensar que todos aquellos perros podían vivir á expensas suyas, se puso en marcha llevándose el pan que le quedaba, pan que se fué comiendo mientras andaba.
Y Rosa la siguió, y con su delantal azul se secó las lágrimas que arrasaban sus ojos.
EL MIEDO
Después de comer subimos á cubierta. Ante nosotros el Mediterráneo, bañado por la luz de la luna, se extendía sin que una sola arruga se dibujase en su superficie. El enorme buque resbalaba lanzando al cielo, lleno de estrellas, una gran serpiente de humo negro, y detrás, el agua blanca, agitada por el paso rápido del pesado navío, batida por la hélice, espumeaba, parecía retorcerse, y agitaba tantas claridades que cualquiera hubiera creído que la luz de la luna estaba en ebullición.
Y allí estábamos seis ú ocho, admirando en silencio la costa de África hacia la cual nos dirigíamos. El comandante, que sentado entre nosotros fumaba un cigarro, reanudó la conversación iniciada durante la comida.
--Sí,--dijo--aquel día tuve miedo. Mi barco permaneció seis horas con esa roca en la barriga y batido por la mar. Afortunadamente, al llegar la noche nos recogió un barco carbonero inglés.
Entonces, un hombre muy alto, de tostado rostro y grave aspecto, uno de esos hombres que se adivina han cruzado grandes países desconocidos en medio de incesantes peligros y cuya tranquila mirada parece conservar en sus profundidades algo de los extraños paisajes vistos, uno de esos hombres que parecen templados en el valor, habló por vez primera.
--Usted dice, comandante, que tuvo miedo, y yo no lo creo. Usted se engaña con respecto á la palabra y con respecto á la sensación que experimentó. Un hombre enérgico no siente nunca miedo ante un peligro inmediato. Se siente emocionado, agitado, ansioso; pero el miedo es cosa muy distinta.
El comandante replicó riendo:
--¡Diablo! Yo le aseguro que tuve miedo y mucho miedo.
Entonces el hombre de bronceada tez, repuso con voz lenta:
--Permítanme que me explique. El miedo--y hasta los hombres más arrojados pueden tenerlo--es algo espantoso, es una sensación atroz, algo así como la descomposición del alma, horrible espasmo del pensamiento y del corazón cuyo solo recuerdo nos hace sentir los estremecimientos de la angustia. Pero cuando se es valiente, eso no ocurre nunca, ni ante la muerte inevitable ni ante las formas de peligro conocidas: eso ocurre en ciertas circunstancias anormales, bajo ciertas influencias misteriosas y frente á riesgos vagos. El verdadero miedo es algo parecido á los fantásticos terrores de otros tiempos. Un hombre que crea en los espectros y que imagine distinguir uno en medio de las sombras de la noche, debe sentir miedo con todo su espantoso horror.
Yo, hace diez años que adiviné el miedo en pleno día. Y el invierno pasado, en una noche de diciembre, lo sentí.
Y sin embargo, me he visto en situaciones peligrosas y metido en aventuras que parecían mortales. Me he batido con frecuencia: unos bandoleros me dejaron por muerto; en América, por insurrecto, me condenaron á la horca, y en las costas de China me arrojaron al agua desde el puente de un buque. Y siempre me creí perdido, y cada vez tomé mi decisión sin sentir ningún pesar.
Pero el miedo no es eso.
En África lo presentí, y sin embargo es hijo del norte y el sol lo disipa como disipa la niebla. Observen esto, señores: para los orientales, la vida no tiene ningún valor y se resignan en seguida; en Oriente las noches son claras y en ellas no se encuentran las sombrías inquietudes que en los países fríos son la obsesión de todos los cerebros. En Oriente se puede saber lo que es pánico, pero se ignora lo que es miedo.
Pues bien, he ahí lo que me ocurrió en tierra africana.
Cruzaba las grandes dunas hacia el sur de Ouargla, que es uno de los países más raros del mundo. Ustedes saben lo que es la arena lisa de las interminables playas del Océano; pues bien, figúrense un Océano de arena en medio de un huracán; imaginen una silenciosa tempestad de olas inmóviles de polvo amarillo. Altas como montañas, esas olas desiguales, diferentes, semejantes á las desencadenadas ondas, más grandes todavía y estriadas como el muaré, y sobre esa mar furiosa, muda y sin movimiento, el sol devorador del sur derrama sus llamas implacables. Preciso es subir esas olas de ceniza de oro, bajarlas, volverlas á subir, subirlas sin cesar, sin reposo ni sombra. Los ronquidos de los caballos parecen estertores; se hunden hasta la rodilla, y al bajar resbalan y hacen que se formen sorprendentes colinas.
Éramos dos amigos, y nos seguían dos espaís y cuatro camellos con sus camelleros. No hablábamos, el calor nos aplastaba, la fatiga nos rendía, y estábamos sedientos, sedientos como el desierto ardiente. De pronto, uno de nuestros hombres dejó escapar un grito: todos se detuvieron, y nosotros permanecimos inmóviles, sorprendidos por inexplicable fenómeno que conocen los viajeros de esos perdidos lugares.
En algún sitio, cerca de nosotros, y en dirección indeterminada, batía un tambor, el misterioso tambor de las dunas: y batía claramente, vibrante unas veces, apagado otras, deteniéndose de pronto y reanudando en seguida su fantástico redoble.
Los árabes se miraban asustados; uno de ellos dijo en su idioma: «La muerte, se cierne sobre nosotros». Y he ahí que mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, cayó del caballo repentinamente pulverizado por una insolación.
Y por espacio de dos horas, y mientras yo intentaba en vano salvarle, el tambor invisible me llenaba los oídos con su ruido monótono, intermitente é incomprensible: yo sentía que por mis huesos corría el miedo el miedo verdadero, el miedo espantoso, frente al cadáver querido, en aquel hoyo incendiado por el sol y entre cuatro montañas de arena, mientras el eco desconocido nos enviaba, á doscientas leguas de distancia de toda aldea francesa, el rápido redoble del tambor.
Aquel día, comprendí lo que era tener miedo, pero aún lo supe mejor en otra ocasión...
El comandante interrumpió al narrador.
--Dispense, caballero--le dijo, y aquel tambor ¿qué era?
El viajero respondió:
--No lo sé, ni nadie lo sabe. Los oficiales, con frecuencia sorprendidos por ese ruido extraño, lo atribuyen, por regla general, al eco, al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente hinchado por los valles de las dunas, de una lluvia de granos de arena que, arrastrados por el viento, van á chocar sobre macizos de hierbas secas; porque siempre se ha observado que ese fenómeno se produce en las cercanías de las pequeñas plantaciones que el sol abrasa y convierte en pergamino...
El ruido del tambor debe de ser una especie de espejismo del sonido, nada más, pero yo lo supe mucho después.
Y ahora, vamos á mi segunda emoción.
Era el invierno pasado, y me encontraba en un bosque del noreste de Francia. Se hizo de noche dos horas antes de lo que debía, tan obscuro estaba el cielo, y mi guía, un campesino del país, andaba silenciosamente á mi lado por un sendero, bajo una bóveda de pinos que el desencadenado viento agitaba con ruido siniestro. Por entre las cimas veía correr las nubes, nubes que parecían huir con espanto, y de cuando en cuando, y al impulso de inmensa ráfaga, el bosque entero se inclinaba hacia un lado exhalando un gemido de dolor. Y á pesar de mi paso rápido y de mis gruesos vestidos, el frío me entumecía.
Debíamos cenar y dormir en casa de un guarda bosques cuya morada ya no podía estar lejos, y yo iba á cazar.
Á veces, mi guía levantaba los ojos y murmuraba: «¡Tiempo triste!». Luego, me hablaba de las gentes á cuya casa nos dirigíamos. Dos años antes el padre había matado á un cazador furtivo, y desde entonces parecía sombrío, y como si un recuerdo le obsesionase. Sus dos hijos, casados los dos, vivían con él.
Las tinieblas eran profundas: yo no veía nada ni delante de mí ni á mi alrededor, y las ramas da los árboles, al chocar entre sí, llenaban la noche de incesantes rumores. Por fin distinguimos una luz, y mi compañero no tardó en llamar á una puerta. Agudos gritos de mujer nos respondieron, y luego, una voz de hombre, voz opaca, preguntó: «¿Quién va?». Mi guía dió su nombre, la puerta se abrió, entramos, y á mis ojos se ofreció un cuadro inolvidable.
Un hombre viejo, con el pelo blanco, extraviada la mirada y cargada la escopeta, nos esperaba en medio de la cocina, mientras dos mocetones enormes, armados con hachas, guardaban la puerta. En los rincones distinguí dos sombras de mujer arrodilladas, que ocultaban el rostro pegándolo contra la pared.
Hablaron: el viejo dejó la escopeta apoyándola contra la mesa y ordenó que me preparasen la habitación; y como las mujeres no se moviesen, dijo con brusquedad:
--Caballero, esta noche hace dos años que maté á un hombre. El año pasado vino á llamarme, y esta noche le espero.
Luego, con entonación que me hizo reir, añadió:
--Por esto no estamos tranquilos.
Les tranquilicé como pude, y me consideré dichoso por haber llegado aquella noche, cosa que me permitía asistir al espectáculo del terror supersticioso. Empecé á contar cuentos, y casi logré calmarlos.
Cerca del hogar, un perro viejo, casi ciego y bigotudo, uno de esos perros que recuerdan personas conocidas, dormía con la cabeza metida entre las patas delanteras.
Fuera, la tempestad azotaba la casita, y por un pequeño cuadrado, especie de ventanillo practicado junto á la puerta, veía, á la luz de los relámpagos, las ramas de los árboles que agitaba el viento.
Á pesar de mis esfuerzos sentía que profundo terror dominaba á aquellas gentes, y cada vez que cesaba de hablar, todos escuchaban atentamente los lejanos ruidos. Cansado de asistir á tan imbéciles temores, iba ya á acostarme cuando el viejo guarda díó un salto en su asiento, y apoderándose nuevamente de su escopeta tartajeó con voz extraviada: «Ahí está..., ahí está... ¡Le oigo!». Las dos mujeres cayeron de rodillas en sus rincones y se cubrieron otra vez la cara, y los hombres volvieron á esgrimir las hachas. Yo iba á intentar tranquilizarles cuando el dormido perro despertó, levantó la cabeza, extendió el cuello, fijó en la lumbre sus casi apagados ojos, y lanzó uno de esos aullidos lúgubres que por la noche y en el campo hacen estremecer á los viajeros. Todas las miradas se fijaron en él, que permanecía inmóvil, plantado sobre sus patas, y como si una visión le obsesionase empezó á ladrar á algo invisible, desconocido, espantoso sin duda, porque el pelo se le erizaba. El guarda, lívido, gritó: «Lo siente, lo siente; conmigo estaba cuando le maté». Y las dos mujeres, enloquecidas, empezaron á chillar con el perro.
Á pesar mío, un estremecimiento horrible recorrió todo mi cuerpo. La visión de aquel animal, en aquel lugar, á aquella hora y entre aquellas gentes medio locas, era espantosa.
Y por espacio de una hora el perro estuvo ladrando sin moverse, ladrando como en la angustia de un sueño; y el miedo espantoso se apoderó de mí... ¿Miedo de qué? ¿Acaso lo sabía? Era miedo, eso es todo.
Permanecimos inmóviles, lívidos, esperando un acontecimiento horrible, con el oído alerta, el corazón agitado y saltando al menor ruido. Y el perro empezó á dar vueltas por la habitación, oliendo las paredes y gimiendo constantemente. ¡Aquella bestia nos enloquecía! Entonces, el campesino que me había servido de guía se arrojó sobre él, y poseído de espantoso miedo, en el paroxismo de su terror furioso, abrió una puertecita que daba á un patio pequeño y echó al perro.
Calló en seguida, y quedamos sumidos en un silencio más horroroso aún. Repentinamente, todos nos pusimos en pie: un ser se deslizaba contra la pared que daba al bosque; luego pasó contra la puerta que pareció tantear con mano vacilante; después, durante dos minutos, no se oyó nada, y luego volvió rozando el muro: lo arañaba ligeramente, como hubiera podido hacerlo un niño con las uñas, y de pronto, una cabeza apareció pegada al cristal del ventanillo, una cabeza blanca con dos ojos luminosos como los ojos de las fieras. Y de su boca salía un sonido, un sonido indistinto, el murmullo de una queja...
En la cocina estalló entonces un ruido formidable. El viejo guarda había disparado, y sus dos hijos se precipitaron, levantaron la mesa para tapar el ventanillo, y sostuvieron la mesa con los demás muebles.
Y yo les juro que al ruido del disparo que no esperaba, horrible angustia me oprimió el corazón, el alma y el cuerpo, y me sentí desfallecer y próximo á morirme de miedo.
Y allí permanecimos hasta el alba, incapaces para movernos, sin poder decir una palabra, y crispados por indecible atolondramiento.
No nos atrevimos á levantar la barricada que atrancaba la puerta hasta que un débil rayo de luz se filtró por la rendija de una ventana.
Al pie del muro, contra la puerta, yacía el perro viejo con las mandíbulas destrozadas por un balazo.
Había salido del patio haciendo un agujero en la empalizada.
El hombre del rostro bronceado calló para agregar después de unos segundos:
--Y sin embargo, aquella noche no corrí ningún peligro, pero antes preferiría vivir de nuevo todas las horas en que he afrontado los más terribles riesgos, que el minuto del tiro disparado contra la barbuda cabeza que asomaba por el ventanillo.
EN LA MAR
Hace poco, en los periódicos diarios se leyeron las siguientes líneas:
Boulogne-sur-Mer, 21 de enero.--Nos escriben:
«Espantosa desgracia acaba de sembrar la consternación entre nuestra población marítima tan castigada desde hace algunos años. El barco de pesca mandado por el patrón Javel, al entrar en el puerto, fué arrojado hacia el oeste y se estrelló en las rocas del rompe olas de la escollera.