Part 9
Walter Schnaffs se sentó ante un plato que nadie había tocado y se puso á comer. Y comió á dos carrillos, de prisa, como si tuviese miedo que le interrumpiesen antes de haber tenido tiempo de engullir mucho; y los trozos de carne iban cayendo en su estómago dilatando la garganta al pasar. Y de cuando en cuando se detenía próximo á reventar como un tubo demasiado lleno. Entonces cogía el jarro de la sidra y desembarazaba el esófago como quien lava un conducto obstruido.
Vació todos los platos, todas las fuentes y todas las botellas; y repleto de tanto comer, y borracho por haber bebido tanto, embrutecido, congestionado, sacudido por el hipo, turbia la imaginación y grasienta la boca, se desabrochó el uniforme para soplar, pues no podía dar ni un paso. Sus ojos se cerraron, sus ideas se obscurecieron, apoyó la pesada frente en los brazos, cruzados sobre la mesa, y, dulcemente, perdió la noción de los hechos y de las cosas.
* * * * *
La luna, en cuarto menguante, alumbraba vagamente el horizonte por encima de los árboles del parque. Era esa hora fría que precede al amanecer.
Por los macizos y entre los árboles cruzaban muchas sombras, silenciosas y mudas, y á veces la luz de la luna hacía brillar en las sombras una punta de acero.
El castillo, tranquilo, erguía su enorme silueta negra. Sólo dos ventanas brillaban aún en la planta baja.
De pronto una voz tonante rugió:
--¡Adelante, hijos míos! ¡Adelante! ¡Al asalto!
Y en un momento las puertas, los postigos y los cristales saltaron cediendo á una avalancha de hombres que lo rompía todo, lo hundía todo y entraba en el castillo invadiéndolo. Un segundo después, cincuenta soldados armados hasta los dientes hicieron irrupción en la cocina donde Walter Schnaffs dormía pacíficamente, y poniéndole en el pecho cincuenta fusiles cargados, le derribaron, le sacudieron, le golpearon y le ataron pies y manos.
El pobrecillo, asustado y demasiado embrutecido para comprender, se moría de miedo.
Y un militar gordo y cubierto de galones de oro, le plantó el pie en el vientre vociferando:
--Eres mi prisionero, ¡ríndete!
Y el prusiano, que sólo había comprendido la palabra «prisionero» gemía: «_ya, ya, ya_».
Y le levantaron y le ataron á una silla y fué examinado con viva curiosidad por los vencedores, que soplaban como ballenas. Y muchos de ellos, no pudiendo resistir la emoción y la fatiga, se sentaron.
Y el otro sonreía, sonreía, pues al fin le habían hecho prisionero.
Entró un oficial y preguntó:
--Mi coronel ¿qué hacemos? Los enemigos han huido y parece que les hemos hecho muchos heridos. Hemos quedado dueños de la plaza.
El militar gordo, que se enjugaba la frente, vociferó: «¡Victoria!».
Y en una agenda comercial que sacó de uno de sus bolsillos, escribió:
«Después de encarnizada lucha, los prusianos han tenido que batirse en retirada, llevándose á sus muertos y á sus heridos. Se calculan en cincuenta los hombres que han quedado fuera de combate. Algunos han quedado en nuestro poder».
El joven oficial añadió:
--Mi coronel, ¿qué disposiciones debo tomar?
El coronel respondió:
--Vamos á replegarnos para evitar que vuelvan á la ofensiva con fuerzas superiores y artillería.
Y dió orden de volver á marchar.
La columna se formó de nuevo en la sombra, al pie de los muros del castillo, y se puso en movimiento envolviendo por todas partes á Walter Schnaffs, agarrotado y sostenido por seis guerreros revólver en mano.
Se enviaron avanzadas para explorar el camino, y adelantaban con prudencia, deteniéndose de trecho en trecho.
Al amanecer llegaron á la subprefectura de la Roche-Oysel, cuya guardia nacional había llevado á cabo este hecho de armas.
La población esperaba ansiosa y sobrexcitada, y cuando distinguió el casco del prisionero, resonó inmenso clamor. Las mujeres levantaban los brazos, las viejas lloraban, un vejete cojo tiró su muleta al prusiano, y en vez de darle hirió en la nariz á uno de sus guardianes.
El coronel gritaba:
--Velad por la seguridad del cautivo.
Al fin llegaron al Ayuntamiento. La cárcel se abrió, y en ella metieron á Walter Schnaffs, libre de toda ligadura. Pero, alrededor del edificio montaron la guardia doscientos hombres armados.
Entonces, y á pesar de los síntomas de indigestión que desde hacía rato le atormentaban, el prusiano, loco de alegría, empezó á bailar, á bailar sin descanso, levantando los brazos, las piernas, y dando gritos frenéticos hasta que, agotadas sus fuerzas, cayó juntó á la pared.
¡Le habían hecho prisionero! ¡Estaba salvado!
Y así fué como el castillo de Champignet se rescató de manos del enemigo, después de seis horas de ocupación.
Y el coronel Ratier, mercader de paño, que realizó la hazaña al frente de los guardias nacionales de la Roche-Oysel, fué condecorado.
LA SILLERA
Terminaba la comida de apertura de caza en casa del marqués de Bertrán. Once cazadores, ocho mujeres jóvenes, y el médico del lugar, estaban sentados alrededor de la gran mesa profusamente iluminada y cubierta de frutas y de flores.
Se habló de amor, y se inició tremenda discusión, la discusión eterna para saber si se podía amar verdaderamente una ó varias veces. Y se citaron ejemplos de gentes que no habían tenido más que un amor formal; y se citaron otros ejemplos de gentes que habían amado con violencia frecuentemente. Los hombres, en general, pretendían que la pasión, como las enfermedades, puede atacar varias veces al mismo ser, y atacarle y matarle si se oponen obstáculos á su paso. Aun cuando este modo de ver apenas admitía réplica, las mujeres, cuya opinión se fundaba en la poesía mucho más que en la observación, aseguraban que el amor, el amor verdadero, el gran amor, sólo podía ser sentido una vez por los mortales, y que ese amor, semejante al rayo, cuando caía en un corazón, éste quedaba tan vacío, devastado é incendiado, que ningún sentimiento poderoso ni ningún sueño podían germinar de nuevo en él.
El marqués, que había amado mucho, combatía vivamente esta creencia:
--Yo les digo que se puede amar varias veces con todas las fuerzas y con toda el alma. Ustedes me nombran gentes que se han matado por amor, presentándolos como prueba de la imposibilidad de una segunda pasión. Y yo replicaré que si no hubiesen cometido la tontería de suicidarse, que les suprimía todas las probabilidades de recaer, se hubieran curado: se hubieran curado y hubieran vuelto á empezar, y así siempre, hasta que hubiesen muerto de muerte natural. Los enamorados son como los borrachos. Quien ha bebido, beberá; quien ha amado, amará. Es cuestión de temperamento.
Se eligió por árbitro al doctor, viejo médico parisiense, que se había retirado al campo, y se le rogó que diese su opinión.
Precisamente no tenía.
--Como el marqués ha dicho muy bien--contestó,--es cuestión de temperamento. Con respecto á mí, sé de una pasión que duró cincuenta y cinco años sin un día de descanso y que sólo terminó con la muerte.
La marquesa aplaudió.
--¡Hermoso es esto!--dijo.--¡Verse amado así, es ideal! ¡Qué felicidad, vivir cincuenta y cinco años envuelto con ese afecto encarnizado y penetrante! ¡Cuán dichoso debió ser y cuánto debió bendecir la vida aquel á quien adoraron de este modo!
El médico sonrió.
--Efectivamente, señora, con respecto á este punto no se equivoca usted, porque el ser amado fué un hombre. Y usted le conoce: es el farmacéutico del burgo, el señor Chouquet... Y también ha conocido usted á la mujer: fué la vieja sillera, la que componía sillas y todos los años venía el castillo. Pero, voy á procurar explicarme mejor.
El entusiasmo de las mujeres había decaído y su contrariado rostro decía claramente «¡Bah!», como si el amor únicamente pudiese anidar en las almas de seres delicados y distinguidos, únicos que merecen interés á los aristócratas.
El médico continuó.
--Hace tres meses me llamaron para que asistiese á esa mujer en su lecho de muerte. La víspera había llegado en el carro que le servía de casa, que tiraba la yegua que ustedes conocen, y acompañada por sus dos grandes perros negros, sus amigos y guardianes. El cura ya estaba allí. Nos nombró sus albaceas testamentarios, y, para revelarnos el sentido exacto de sus voluntades, nos contó toda su vida. Yo no conozco nada tan singular ni más conmovedor.
Su padre había sido sillero, su madre sillera, y ella no había tenido nunca casa plantada en el suelo.
Desde pequeña, vagaba harapienta y sórdida, deteniéndose á la entrada de los pueblos y á lo largo de los fosos. Desenganchaban, pacía el caballo, dormía el perro con la cabeza entre las patas, y la niña se revolcaba por la hierba mientras sus padres, sentados á la sombra de los árboles del camino, arreglaban todas las sillas viejas de la localidad. Y en aquella morada ambulante se hablaba poco. Después de las palabras precisas para decidir quién recorrería las casas gritando «¡El sillero!», empezaban á preparar juncos y pajas uno frente á otro. Cuando la niña se iba demasiado lejos ó intentaba trabar relaciones con algún galopín de la aldea, la voz colérica del padre la llamaba con un «Quieres acercarte, sinvergüenza», que eran las únicas palabras tiernas que oía.
Cuando fué mayor la enviaron en busca de asientos de sillas averiados, y entonces hizo amistad con algunos chiquillos; pero esta vez eran los padres de sus nuevos amigos quienes llamaban brutalmente á sus rapaces diciéndoles: «Ven acá, sinvergüenza, y cuidado que te vuelva á pillar hablando con esa zarrapastrosa».
Á veces, los chicuelos la tiraban piedras.
Unas señoras la dieron unos cuartos que ella guardó cuidadosamente.
Un día,--tenía entonces once años--al pasar por esta comarca, encontró al pequeño Chouquet, que lloraba detrás del cementerio porque un compañero le había robado unos ochavos. Y las lágrimas de aquel burguesito, uno de aquellos pequeñuelos que su frágil cabecita de desheredada imaginaba siempre contentos y risueños, la revolvieron toda. Se acercó á él, y cuando se hubo enterado de las causas de su aflicción, le dió todas sus economías, treinta y cinco céntimos, que el chiquillo tomó enjugándose las lágrimas. Y entonces, loca de alegría, tuvo la audacia de darle un beso. Como él miraba los cuartos atentamente, se lo dejó dar, y ella, viendo que no la rechazaba ni pegaba, se hartó de besarle y luego echó á correr.
¿Qué pasó por su miserable cabeza? ¿Se consagró á aquel chiquillo porque le había sacrificado su fortuna de vagabunda ó porque le había dado su primer beso lleno de ternura? El misterio es siempre el mismo tanto para los pequeños como para los mayores.
Por espacio de meses y meses soñó con aquel rincón de cementerio y con aquel chiquillo; y con la esperanza de volver á verle, robó un día á sus padres cinco céntimos, otro día otros cinco, ora rebajándolos de una compostura, ora sisándolos cuando iba á comprar algo.
Y cuando volvió tenía dos francos; pero sólo pudo ver al pequeño farmacéutico, muy limpito y muy bien arreglado, tras los cristales de la tienda de su padre, entre un bocal rojo y una solitaria.
Y le quiso más y más, seducida, emocionada, extasiada ante la hermosura de aquella agua coloreada y aquella apoteosis de brillantes cristales.
Ella conservó su recuerdo indeleble, y cuando al año siguiente le encontró jugando á los bolos con sus compañeros detrás de la escuela, se arrojó sobre él, le estrechó entre sus brazos, y le besó con tanta violencia que él se puso á chillar. Entonces, para tranquilizarle, le dió su dinero: tres francos veinte céntimos, un verdadero tesoro que él miraba con ojos desmesuradamente abiertos.
Los tomó, y se dejó acariciar cuanto ella quiso.
Por espacio de cuatro años ella vertió en sus manos cuanto tenía, y él embolsaba los cuartos concienzudamente á cambio de los besos consentidos. Una vez fueron seis reales, otra vez dos francos, otra doce reales--ese día lloró de pena y de humillación, pero el año había sido muy malo--y, la última vez, cinco francos, una moneda grande y redonda que le hizo reir con alegría.
No pensaba más que en él, y él esperaba su regreso con impaciencia y al verla salía á su encuentro, lo que era causa de que el corazón de la niña latiese con violencia.
Después, él desapareció. Le habían enviado al colegio. Ella lo supo interrogando hábilmente, y entonces usó de infinita diplomacia para cambiar el itinerario de sus padres y hacerles pasar por aquí en época de vacaciones. Lo consiguió, pero después de un año de astucias. Hacía dos años que no le había visto y apenas logró reconocerle: tanto había cambiado, crecido, y tan guapo estaba con su chaqueta con botones dorados. Él fingió no verla y pasó orgulloso por su lado.
La pobrecita estuvo dos días llorando, y desde entonces sufrió sin cesar.
Volvía todos los años, y pasaba cerca de él sin atreverse á saludarle y sin que él se dignase fijar los ojos en ella. Le quería con delirio, y me dijo: «Es el único hombre que he visto en la tierra, señor doctor, y ni siquiera sé si los otros han existido».
Murieron sus padres, y ella continuó su oficio; pero en vez de un perro llevó dos, dos perros terribles que nadie se hubiera atrevido á desafiar.
Un día, al llegar á esta aldea, en donde había dejado su corazón, vió á una mujer joven que salía de la tienda de Chouquet apoyada en el brazo de su adorado. Era su mujer; se había casado.
Por la noche se arrojó á la charca que está en la plaza de la Alcaldía. Un borracho retrasado la sacó y la llevó á la farmacia. El hijo Chouquet bajó con bata para asistirla, y sin dar muestras de conocerla la desnudó, la friccionó y le dijo con voz dura: «¡Usted está loca! ¡No hay que llegar á esos extremos!».
Y eso bastó para curarla, ¡Él le había dirigido la palabra! Y se sintió dichosa...
Por más que ella insistió mucho para pagarle, él se negó á aceptar ninguna remuneración por sus cuidados...
Y así vivió siempre; arreglando sillas y pensado en Chouquet, á quien todos los años veía detrás de sus cristales. Ella se acostumbró á comprar en su casa los medicamentos, y así, le veía de cerca, le hablaba, y le daba dinero.
Como he dicho al principiar mi narración, murió esta primavera. Después que me hubo contado su triste historia, me rogó que entregase todas sus economías al que tanto había querido, economías que había reunido privándose hasta de comer, y sólo para que, después de muerta, tuviese que pensar en ella siquiera una vez.
Me dió dos mil trescientos veintisiete francos. Di al señor cura los veintisiete francos para los gastos del entierro, y me llevé los otros cuando hubo exhalado el último suspiro.
Al día siguiente fuí á casa de los Chouquet. Acababan de almorzar, uno frente á otro, colorados, oliendo de lejos á productos farmacéuticos, dándose importancia y satisfechos.
Me hicieron sentar, me ofrecieron un kirsch, y lo acepté: y con emoción sincera empecé mi discurso convencido de que les haría llorar.
En cuanto hubo comprendido que la vagabunda le había amado, la vagabunda, la sillera, Chouquet no pudo contener su indignación, como si hubiese manchado su fama, como si le hubiese robado la estima de las gentes honradas, su honor íntimo, algo delicado que hubiese preferido á la vida.
Su mujer, tan exasperada como él, repetía: «Esa mendiga, esa mendiga, esa mendiga», sin que acertase á decir otra cosa.
Él se había levantado, y, á grandes pasos, con el gorro griego caído sobre la oreja, iba de un extremo al otro de la habitación. Y balbució: «¿Se entiende esto, doctor? Para un hombre no puede darse nada más horrible. ¿Qué hacer? ¡Oh! Si hubiese podido figurármelo mientras vivió, la hubiera hecho prender por los gendarmes, meterla en la cárcel, de donde no habría salido más, lo aseguro».
El resultado de mi piadosa comisión me dejaba estupefacto. No sabía qué decir ni qué hacer; pero preciso era llegar al fin y añadí: «Me ha encargado que le entregue sus ahorros, que ascienden á dos mil trescientos francos; pero como lo que acabo de decir le es tan desagradable, lo mejor será que se distribuya ese dinero entre los pobres».
El hombre y la mujer me miraron sin saber lo que les pasaba.
Saqué el dinero del bolsillo, miserable dinero de todos los países y de todas las marcas, oro y calderilla mezclados, y luego pregunté:
--¿Qué deciden ustedes?
La señora Chouquet habló primero.
--Pero--dijo--puesto que es la última voluntad de esa mujer... me parece que no podemos negarnos á aceptar...
Y el marido, algo confuso, añadió:
--Con esto podríamos comprar algo para los chicos.
Y contesté con sequedad:
--Como ustedes quieran.
Entonces Chouquet agregó:
--Bueno, venga el dinero; ya encontraremos medio de emplearlo en una obra buena.
Yo entregué el dinero, saludé y salí.
Al día siguiente Chouquet vino á encontrarme y me dijo: «Esa... esa mujer ha dejado aquí su carro. ¿Qué hace usted de él?».
--Yo, nada. Si lo quiere, tómelo.
--Muy bien. Haré una cabaña para mi huerta.
Se fué, pero yo le llamé para decirle: «También ha dejado el caballo y sus dos perros. ¿Los quiere?». Se quedó un momento sin contestar, pero al fin dijo: «No, de ninguna manera. ¿Qué quiere que haga con ellos? Disponga de todo como se le antoje...». Se puso á reir, y me tendió la mano que yo estreché. Qué quieren; en un pueblo, el médico y el boticario no pueden ser enemigos.
Yo tengo los dos perros. El cura, que tiene un patio grande, se quedó con el caballo. El carro sirve de cabaña á Chouquet, y con el dinero ha comprado cinco acciones del ferrocarril.
Ése es el único amor profundo que he encontrado en mi vida».
El médico calló.
Y la marquesa, que tenía los ojos lleno de lágrimas, suspiró y dijo: «Decididamente, sólo las mujeres saben querer».
DIONISIO
I
El señor Marambot abrió la carta que su criado Dionisio le entregaba, y sonrió.
Hacía veinte años que Dionisio estaba en la casa y era un hombrecito tripudo y jovial, que en la comarca se citaba siempre como modelo de criados. Viendo sonreir á su amo, preguntó:
--¿El señor está contento? ¿El señor ha tenido buenas noticias?
Marambot no era rico. Farmacéutico de aldea, retirado y solterón, vivía con una corta rentita penosamente adquirida vendiendo drogas á los labradores. Á la pregunta de Dionisio contestó:
--Sí, una buena noticia. El tío Malois retrocede ante el pleito con que le amenazo, y mañana recibiré mi dinero. Cinco mil francos siempre vienen bien.
Y el señor Marambot se frotó las manos. Era hombre de carácter resignado, más triste que alegre, incapaz de producir un esfuerzo prolongado, y perezoso hasta para sus negocios.
Es muy cierto que hubiera podido ganar más aprovechando la muerte de compañeros suyos establecidos en centros de importancia, yendo á ocupar su puesto y quedándose con sus parroquianos; pero la idea de las diligencias que precisaba hacer y las contrariedades de la mudanza le habían retenido constantemente, y, después de dos ó tres días de pensarlo, se decía:
--La próxima vez. Nada se pierde con esperar, y tal vez encuentre algo más conveniente.
Por el contrario, Dionisio pretendía llevar á su amo por el camino de los negocios. Muy activo, muy enérgico, repetía constantemente:
--Si yo hubiese tenido un capital inicial, hubiera hecho fortuna. Mil francos nada más y hoy sería rico.
Marambot sonreía, no contestaba, y salía al jardinito por donde paseaba con las manos cruzadas por detrás y siempre pensando en las musarañas.
Aquel día, Dionisio lo pasó cantando canciones de su tierra y, al parecer, contentísimo. Y estuvo haciendo gala de inusitada actividad, limpiando todos los cristales de la casa y frotándolos con ardor.
Marambot, asombrado ante tanto celo, sonrió varias veces, y dijo:
--Muchacho, si así trabajas todo el día, mañana no tendrás nada que hacer.
Al día siguiente, á las nueve, el cartero entregó á Dionisio cuatro cartas para su amo, una de las cuales pesaba mucho. Inmediatamente, Marambot se encerró en su habitación y no salió de ella hasta media tarde, que envió á su criado al correo para que franquease cuatro sobres. Uno iba dirigido á Malois, y sin duda contenía el recibo del dinero.
Dionisio no preguntó nada á su amo, que estaba tan triste y sombrío como alegre había estado la víspera.
Llegó la noche, y Marambot, á la hora de costumbre, se acostó y se durmió.
Ruido extraño le despertó. Se sentó en la cama y escuchó atentamente. La puerta se abrió de pronto, y en el hueco apareció Dionisio con una bujía en la mano, un gran cuchillo de cocina en la otra, fijos los ojos, mejillas y labios contraídos como los de aquellos á quienes agita terrible emoción, y tan pálido que parecía un espectro.
Marambot, sin comprender una jota de todo aquello, le creyó víctima de un ataque de sonambulismo, y ya se disponía á levantarse para correr á su encuentro, cuando el criado mató la luz de un soplo y se precipitó hacia la cama. Su amo tendió las manos hacia delante para amortiguar el choque que le tendió boca arriba, y procuró sujetar los brazos del criado, al que entonces creía víctima de un ataque de locura, con objeto de parar los precipitados golpes que le asestaba.
La primera herida la recibió en el hombro, la segunda en la frente y la tercera en el pecho. Y luchaba desesperadamente, agitándose en la obscuridad, dando puntapiés en todas direcciones y gritando:
--¡Dionisio! ¡Dionisio! ¿Te has vuelto loco? Vamos, Dionisio...
Pero el otro, jadeante, se encarnizaba, y aunque rechazado por un puntapié unas veces, por un puñetazo otras, volvía á la carga con furia. Y Marambot recibió aún dos heridas en las piernas y una en el vientre; pero como una idea acudiese repentinamente á su imaginación, dijo gritando:
--Acaba, acaba Dionisio, no he recibido el dinero.
Y el hombre se detuvo instantáneamente, y su amo oyó su respiración que parecía un silbido.
Marambot añadió:
--No he recibido nada: Malois se desdice, y pleitearemos; por esto te he enviado con tantas cartas al correo. Pero, mejor será que leas las que están encima de mi escritorio.
Y haciendo un esfuerzo supremo, se apoderó de los fósforos que tenía en la mesita de noche y encendió la vela.
Estaba cubierto de sangre, y la pared estaba llena de salpicaduras. Las sábanas y las cortinas parecían rojas, y Dionisio, ensengrantado también, estaba de pie en medio de la habitación.
Cuando Marambot vió todo esto, se creyó muerto y perdió el conocimiento.
Volvió en sí al romper el alba, y parmaneció largo rato sin recobrar el sentido ni comprender ni acordarse de nada. Pero de pronto, el recuerdo del atentado y el de las heridas volvió á su imaginación, y el miedo que se apoderó de él fué tan grande, que, para no ver nada, cerró los ojos. Pasados los primeros minutos de horrible espanto, se calmó y empezó á reflexionar. No estaba muerto, y por lo tanto aún podía salvarse. Se sentía débil, muy débil, y aunque en distintas partes de su cuerpo le molestaban dolores agudos como pinchazos, el sufrimiento se podía soportar. También se sentía helado, mojado y oprimido, como si innumerables vendas le estrechasen por todas partes. Creyó que la humedad era ocasionada por la sangre vertida y estremecimientos de angustia le sacudieron al pensar en el rojo líquido que de sus venas había salido para empapar la cama. La idea de presenciar otra vez aquel horrible espectáculo le alteraba lo indecible, y permanecía con los ojos cerrados, apretando los párpados con fuerza, como si fuesen á abrirse á pesar suyo.
¿Qué había sido de Dionisio? Probablemente habría escapado.