Part 17
Y no se ocultaba para decirle:
--Espera, espera un poco que ya veremos lo que sucederá. El día menos pensado revientas como un triquitraque.
Tonico se reía con toda la boca, y dándose palmadas en el vientre contestaba:
--Procura engordar así á tus gallinas, y ya verás como te va bien.
Y arremangándose una manga enseñaba su enorme brazo, añadiendo:
--Ahí tienes un buen alón, ahí lo tienes.
Y los parroquianos, sin poderse tener de risa, daban puñetazos á la mesa, patadas al suelo, y en el delirio de su alegría escupían por el colmillo.
La vieja, enfurecida, repetía:
--Espera, espera un poco que ya veremos lo que sucederá. El día menos pensado revientas como un triquitraque...
Y acompañada por las carcajadas de los bebedores se marchaba rabiosa.
Con efecto, ver á Tonico tan gordo, colorado y macizo, sorprendía. Era uno de esos seres enormes en los cuales parece que la muerte se divierte con astucias, alegrías y bufonadas pérfidas, haciendo irresistiblemente cómico su trabajo de destrucción. En vez de aparecerse como á los demás seres, anunciándose por medio de los cabellos blancos, de la delgadez, de las arrugas, del agotamiento constante que hace exclamar «¡Diantre y cómo ha cambiado!» parecía complacerse engordando á Tonico, engordándole hasta el extremo de hacerle monstruosamente cómico, iluminándole de rojo y azul, haciéndole soplar y dándole apariencias de salud sobrehumana. Y las deformaciones que inflige á los seres, en vez de ser siniestras y lastimosas, en él eran risibles, extravagantes y divertidas.
--Espera, espera un poco--repetía la tía Tonica;--ya veremos lo que sucederá.
II
Y sucedió que Tonico quedó imposibilitado á consecuencia de un ataque de parálisis. Acostaron al coloso en una alcobita junto al café, á fin de que pudiese oir cuanto se dijese y charlar con los amigos, pues su cabeza se conservaba sana mientras su cuerpo, un cuerpo enorme, imposible de mover ni de levantar, estaba condenado á inmovilidad absoluta. En los primeros tiempos se creyó que las piernas recobrarían algunas fuerzas, pero esa esperanza no tardó en desvanecerse, y Tonico-mi-triple pasó los días y las noches en su cama, que sólo se hacía una vez por semana, y eso con la ayuda de cuatro vecinos que levantaban al tabernero, cogiéndole por los cuatro remos, mientras volvían y sacudían el jergón y los colchones.
Y á pesar de todo, conservaba su alegría, pero era distinta, más tímida, más humilde, sintiendo temores de niño ante su mujer, la cual pasaba los días quejándose.
--Ahí está, ahí está--decía;--ese gandul, ese sinvergüenza, ese borracho, ahí está. Buena, buena la has hecho.
Él no contestaba, contentándose con guiñar los ojos cuando la vieja volvía la espalda. Por lo demás, no podía hacer ningún otro movimiento.
Su mayor distracción consistía en escuchar lo que se decía en el café y en dialogar desde la cama con los amigos cuyas voces reconocía:
--¡He, sobrino!--gritaba,--¿eres tú, Celestino?
Y Celestino Maloisel respondía:
--Yo soy, tío Tonico. ¿Cuándo galoparás borricote?
--Galopar, todavía no; pero no adelgazo y la tripa no va mal.
No tardó en hacer que sus íntimos entrasen en la habitación y le hiciesen compañía por más que al ver que bebían sin él se desesperaba. Y repetía constantemente.
--Mi yerno, eso de no poder saborear mi triple me llega al alma. Lo demás me importa un pepino, pero eso de no beber...
Entonces la cabeza de gato montés de la vieja aparecía en la ventana y decía á gritos:
--Ahí lo tenéis, ahí lo tenéis, á ese sinvergüenza al cual es preciso dar de comer, lavar y limpiar como á un cerdo.
Y cuando la vieja había desaparecido, sucedía con frecuencia que un gallo con plumas rojas se asomaba á la ventana, miraba con sus ojos redondos y curiosos lo que pasaba en el interior de la habitación, y soltaba un sonoro ki-ki-ri-ki. Y á veces también una ó dos gallinas volaban hasta los pies de la cama buscando las migas esparcidas por el suelo.
Los amigos de Tonico-mi-triple abandonaron pronto la sala del café para hacer tertulia alrededor del lecho del paralítico, pues aun enfermo como estaba, todavía les hacía reir. El maldito hubiera hecho desternillar al mismo diablo. Entre ellos había tres que acudían diariamente: Celestino Maloisel, alto, delgado, y un poco torcido como el tronco de un manzano; Próspero Horslaville, delgadito, bajo, con nariz de hurón y astuto como una zorra, y Cesáreo Paumelle que aun cuando no hablaba nunca no por esto dejaba de divertirse.
Traían una tabla del patio, la apoyaban en la cama, y allí jugaban partidas de dominó que á veces duraban desde las dos hasta las seis de la tarde.
Pero, la vieja Tonica llegó á mostrarse insoportable y no podía tolerar que su marido continuara divirtiéndose y jugase al dominó desde la cama; así que, cada vez que veía una partida empezada, se ponía furiosa, tiraba la tabla, cogía las fichas y se las llevaba al café, diciendo que ya era bastante eso de dar de comer á aquel gordo cebón que no hacía nada, ni para nada servía, para tener que soportar aún que se divirtiese y burlase de los que pasaban el día trabajando.
Celestino Maloisel y Cesáreo Paumelle inclinaban la cabeza, pero Próspero Horslaville provocaba á la vieja y se divertía enfureciéndola.
Un día, viéndola más exasperada que de costumbre, la dijo:
--¡He, tía Tonica! ¿Sabe usted lo que yo haría si me encontrase en su lugar?
Ella, clavando en su interlocutor sus ojos de lechuza, esperó á que se explicase.
--Pues--añadió--como su hombre parece un horno, le haría empollar huevos.
La vieja se quedó estupefacta pensando que se burlaban de ella y fijándose en la cara pequeña y astuta del labrador, quien agregó:
--Le pondría cinco bajo un brazo, cinco bajo otro, y lo haría el mismo día que pusiera á empollar la clueca. Nacerían á un tiempo, y cuando los polluelos hubiesen roto el cascarón, se los daría á la gallina para que los criase. Y sería un negocio.
La vieja, desconfiando, preguntó:
--¿Eso puede ser?
--¡Ya lo creo que puede ser! ¿Por qué no ha de poder ser? Del mismo modo que se empollan huevos en una caja caliente, se pueden empollar en una cama.
Esta explicación le pareció muy razonable y se fué pensativa y tranquila.
Ocho días más tarde entró en la habitación de Tonico con el delantal lleno de huevos. Y le dijo:
--Acabo de poner diez huevos en el nido de la rubia y te traigo otros diez á ti, procura no romperlos.
--Pero ¿qué quieres?--preguntó con asombro Tonico.
--Pues que los empolles, sinvergüenza.
Al principio se rió, pero como ella insistiese, llegó á enfadarse, quiso resistir, y se negó resueltamente á que le pusiese bajo los brazos los huevos aquéllos que con su calor tenía que empollar.
Pero la vieja, furiosa, le dijo:
--Pues si no los tomas, no comerás. Ya veremos lo que sucederá.
Tonico, inquieto, no quiso contestar.
Cuando dieron las dos llamó pidiendo la sopa.
--No hay sopa para ti, gandul--le gritó la vieja desde la cocina.
Creyó que era una broma y esperó, luego rogó, suplicó, juró, dió puñetazos á las paredes, pero tuvo que resignarse á que le metiesen cinco huevos en cada sobaco. Después se le dió la sopa.
Cuando sus amigos llegaron creyeron que estaba muy mal, tan inquieto y molesto parecía.
Luego jugaron la partida diaria; pero Tonico, á juzgar por la lentitud y las precauciones con que extendía la mano para coger las fichas, debía divertirse muy poco.
--¿Te han amarrado el brazo?--le preguntó Horslaville.
--Parece que tengo un peso en el hombro,--respondió Tonico.
De pronto, alguien entró en el café y los jugadores callaron.
Eran el alcalde y su secretario, que pidieron dos copitas de triple y se pusieron á hablar de cosas del país, y como conversaban en voz baja Tonico se quiso enterar de lo que decían, y olvidándose de los huevos hizo un movimiento brusco para pegar la oreja á la pared. Y se echó sobre una tortilla.
Por el taco que soltó, la vieja adivinó el desastre y lo descubrió; primero quedó inmóvil, indignada, demasiado sofocada para hablar ante aquel cataplasma amarillo pegado al costado de su marido.
Luego, temblando de rabia, se lanzó sobre el paralítico y empezó á golpearle el vientre, y sus manos caían una tras otra, con ruido sordo y como si estuviese lavando ropa en la charca.
Los amigos de Tonico reventaban de risa, tosían, estornudaban, daban gritos; mas, el hombre, muy sofocado, paraba prudentemente los ataques de su mujer para no romper los cinco huevos que tenía al otro lado.
III
Tonico fué vencido: tuvo que empollar y que renunciar á las partidas de dominó, renunciando al mismo tiempo á todo movimiento, pues la vieja, cada vez que rompía un huevo, le cortaba los víveres con terrible ferocidad.
Pasaba las horas echado boca arriba, con los ojos fijos en el techo, inmóvil, con los brazos levantados como alas, y calentando con el calor de su cuerpo los gérmenes encerrados en los blancos cascarones.
Hablaba en voz baja como si temiese tanto al ruido como á los movimientos, y se informaba de la rubia que en el gallinero hacía el mismo trabajo que él.
Y le preguntaba á su mujer:
--¿La rubia come por la noche?
Y la vieja iba de las gallinas á su marido obsesionada, poseída por la preocupación de los polluelos que maduraban en el nido y en la cama.
Las gentes del país que conocían la historia, venían, curiosos y muy serios, á informarse del estado de Tonico. Entraban en su habitación andando de puntillas, como se entra en el cuarto de un enfermo, y preguntaban con interés:
--¿Cómo va?
--No va mal, no va mal--respondía Tonico;--pero parece que un regimiento de hormigas se me pasea por la piel.
Ahora bien, una mañana entró su mujer, y con visible emoción le dijo:
--La rubia tiene siete. Había tres huevos malos.
El corazón de Tonico latió con violencia.--Él, ¿cuántos tendría?
Y preguntó:
--¿Será pronto?
--Así lo espero--contestó la vieja, torturada por el temor de un fracaso.
Y esperaron. Los amigos, enterados de lo que debía ocurrir, se mostraban inquietos; de la cosa se hablaba en todas las casas, y la gente se informaba de puerta en puerta.
Á eso de las tres, Tonico se quedó medio dormido, pues pasaba durmiendo la mayor parte del tiempo. Inusitado cosquilleo debajo del brazo izquierdo le despertó repentinamente, y llevando allí la mano derecha, cogió á un pollito cubierto de vello amarillo que se agitaba entre sus dedos.
Tan grande fué su emoción, que empezó á chillar, y soltó el polluelo que se puso á pasearse por el pecho. El café estaba lleno de gente, los bebedores se precipitaron, invadieron la habitación, formaron círculo alrededor de la cama como suele hacerse alrededor de un saltimbanqui, y la vieja cogió con mil precauciones al animalito, que se había refugiado entre las barbas de su marido.
Nadie hablaba. Era un día de abril, cálido, y por la ventana se oían los cacareos de la clueca llamando á los recién nacidos.
Tonico, que sudaba de emoción, de angustia y de inquietud, murmuró:
--Tengo otro debajo del brazo izquierdo.
Su mujer metió en la cama su descarnada mano y, con precauciones de comadrona, sacó á la luz el segundo polluelo.
Los vecinos quisieron verlo, y todos se fijaron en él tan atentamente como si se tratase de un fenómeno.
Durante veinte minutos no nació ninguno, pero luego salieron cuatro á un tiempo.
Aquello provocó una tempestad de rumores, y Tonico, satisfecho con su éxito, sonrió enorgullecido por su extraña paternidad. Al fin y al cabo, lo que hacía no se había visto hasta entonces... ¡Qué casta de hombre!
--¡Seis! ¡Santo Dios, qué bautizo!--gritó.
Los presentes soltaron la carcajada. EL café estaba lleno, y ante la puerta esperaba mucha gente. Todos preguntaban:
--¿Cuántos hay?
--¡Hay seis!
La tía Tonica llevaba á la clueca su nueva familia, y la gallina cocleaba á más no poder, erizaba las plumas y extendía sus alas para abrigar á su creciente prole.
--¡Uno más!--gritó Tonico.
Pero se había equivocado, ¡eran tres! Aquello fué un triunfo... El último rompió el cascarón á las siete. ¡Todos los huevos eran buenos! Y Tonico, enloquecido por el contento, libre y feliz, besó al animalito, al que por poco ahoga entre sus labios. Quiso guardarle con él, en su propia cama, hasta el día siguiente; pero la vieja se lo llevó, como se había llevado á los demás, sin hacer caso de las súplicas de su marido.
Los asistentes, encantados, se fueron hablando del suceso, y Horslaville, que se quedó el último, preguntó:
--Di, tío Tonico, ¿me convidas á comer el primero?
Al oir la palabra comida, el rostro de Tonico se iluminó, y dijo:
--Pues ya lo creo que te convido, sobrino, faltaría más...
LOS PRISIONEROS
En el bosque no se oía más ruido que el ligero murmullo de la nieve al caer sobre los árboles. Y la nieve había estado cayendo todo el día; una nieve finísima que envolvía las ramas con tenue y helada espuma, que tendía sobre las hojas muertas de la espesura ligero techo de plata, y por los caminos inmensa y blanca alfombra iba haciendo más profundo el imponente silencio de aquel océano de árboles.
Delante de la puerta de la casa de campo, una mujer joven, con los brazos desnudos, colocaba leña sobre una piedra y luego la partía á hachazos. Era alta, delgada y fuerte, mujer de los bosques, hija y esposa de guardas campestres.
Desde el interior de la casa, una voz gritó:
--Berta, esta noche nos quedamos solas y es preciso que cerremos, pues por estos alrededores tal vez vaguen lobos y prusianos.
La leñadora respondió hendiendo un tronco á hachazos, y á cada movimiento que hacía para levantar los brazos erguía el esbelto busto.
--Ya he concluido, mamá, ya he concluido, y no tema nada, pues aún es de día.
Luego recogió la leña y las astillas que amontonó junto á la chimenea, volvió á salir para cerrar los postigos, unos postigos de encina enormes, y entró, corriendo los pesados cerrojos.
Su madre, una vieja arrugadita que los años hacían miedosa, hilaba junto á la lumbre.
--No me gusta que salgas cuando padre está fuera. Dos mujeres no son gran cosa.
La joven respondió:
--Lo mismo mataría á un lobo que á un prusiano.
Y clavó los ojos en un gran revólver que estaba colgado junto al hogar.
Su marido había sido incorporado al ejército en los comienzos de la invasión prusiana, y las dos mujeres se habían quedado solas con el padre, el viejo guarda Nicolás Pichón, llamado el Zancudo, que obstinadamente se había negado á abandonar su morada para encerrarse en la ciudad.
La población más próxima era Rethel, antigua plaza fuerte enclavada sobre una roca. Allí se era patriota, y los burgueses habían decidido resistir á los invasores, encerrarse, y sostener un sitio como las tradiciones de la ciudad exigían. Dos veces ya, bajo los reinados de Enrique IV y de Luis XIV, los habitantes de Rethel se habían cubierto de gloria con defensas heroicas, y ¡qué diablo! pues harían lo mismo ó les quemarían vivos dentro de sus murallas.
Así, pues, habían comprado cañones y fusiles, equipado milicias, formado batallones y compañías, y se pasaban los días haciendo el ejercicio en la plaza de Armas. Todos, panaderos, tenderos de ultramarinos, carniceros, notarios, procuradores, carpinteros, libreros y farmacéuticos, maniobraban por turno, á horas fijas y regulares, bajo las órdenes de Lavigne, antiguo alférez de dragones que se había casado con la hija de Ravaudan, cuya tienda de mercería había heredado.
Él mismo se había nombrado comandante mayor de la plaza, y como todos los jóvenes se habían ido á las filas, había echado mano á los otros y hacía que se preparasen para la resistencia. Los gordos iban siempre por la calle á paso gimnástico con objeto de que su grasa se fundiese y cobrar mayor aliento, y los débiles transportaban pesados bultos para fortificar sus músculos.
Y, aun cuando esperaban á los prusianos, los prusianos no parecían. Sin embargo, no debían de estar muy lejos, pues dos veces los exploradores habían llegado hasta la casa de Nicolás Pichón, alias el Zancudo.
El viejo guarda, que era más ligero que una ardilla, había dado aviso á la ciudad, donde, aunque dispusieron los cañones, no llegaron á ver al enemigo.
La morada del Zancudo servía de puesto de avanzada en el bosque de Aveline. Y el hombre iba á la ciudad dos veces por semana para hacer provisiones y daba, á los burgueses allí encerrados, noticias del campo.
Aquel día había salido para anunciar que, la víspera, un pequeño destacamento de infantería alemana había hecho alto en su casa á eso de las dos, volviendo á marcharse en seguida. Y anunció también que el sargento que lo mandaba hablaba francés perfectamente.
Cuando el viejo salía de noche, se llevaba á sus dos perros, dos mastines enormes con cabeza de león, pues temía á los lobos que empezaban á mostrarse feroces, y dejaba á las dos mujeres, recomendándoles que se encerrasen antes que fuese de noche.
La joven no conocía el miedo, pero la vieja temblaba por cualquier cosa y no hacía más que repetir:
--Todo eso acabará mal, ya veréis como acabará mal.
Y aquella noche, sin saber por qué, estaba más inquieta que de costumbre.
--¿Sabes á qué hora volverá tu padre?--preguntó.
--Lo más pronto á las once. Cuando come en casa del comandante siempre vuelve tarde.
Y puso el puchero en la lumbre para hacer la sopa y se quedó inmóvil, pues había oído un ruido sospechoso.
Y murmuró:
--Alguien anda por el bosque y lo menos son siete.
La vieja, asustada, cesó de hilar.
--¡Dios Santo! Y tu padre que no está...
Aún no había concluido de hablar cuando violentos golpes hicieron retemblar la puerta.
Como las mujeres no contestaban, una voz gutural y fuerte gritó:
--¡Abrid!
Luego, después de un silencio, la misma voz repitió:
--Abrid ó echo abajo la puerta.
Entonces Berta se metió en el bolsillo de la falda el revólver que estaba colgado junto al hogar, fué luego á pegar la oreja contra la puerta, y preguntó:
--¿Quién va?
La voz respondió:
--El destacamento del otro día.
--¿Qué quieren ustedes?
--Desde esta mañana andamos perdidos por el bosque. Abra ó rompo la puerta.
La mujer no podía vacilar; descorrió el cerrojo, y retirando la tranca abrió y pudo ver en la sombra pálida de la nieve á seis hombres, seis soldados prusianos, los mismos que habían visto la víspera. Y les dijo resueltamente:
--¿Qué vienen á hacer á estas horas?
El sargento respondió:
--Estoy perdido, completamente perdido, y he reconocido la casa. Desde por la mañana no he comido nada ni mi destacamento tampoco.
--Es que esta noche estoy sola con mi madre.
El soldado, que parecía un buen hombre, dijo:
--No importa. Yo no les haré ningún daño y ustedes nos darán de comer. Nos morimos de hambre y de cansancio.
La mujer dejó el paso libre diciendo:
--Entren.
Y entraron, cubiertos de nieve, llevando en los cascos una especie de crema espumosa que les daba cierta semejanza con los merengues: y parecían lacios, extenuados.
La mujer les señaló los bancos de madera que estaban junto á la gran mesa.
--Siéntense--les dijo.--Voy á hacerles una sopa, pues verdaderamente parece que no podéis más.
Y añadió agua al puchero, echó más manteca y más patatas, y cortando la mitad del tocino que estaba colgado junto á la chimenea, la metió en el caldo.
Los seis hombres seguían ansiosamente sus movimientos, dejaron los cascos y los fusiles en un rincón, y esperaron sin moverse, quietos y callados como chicos en los bancos de la escuela.
La madre se había puesto á hilar, clavando miradas llenas de terror en los soldados invasores. Y no se oía más ruido que el ligero zumbido de la rueca, los chasquidos de la leña y el murmullo del agua que hervía.
Pero de pronto, extraño ruido hizo que todos se estremeciesen; algo como un ronquido, ronquido de bestia fuerte y poderosa que hubiese estado junto á la puerta.
El sargento alemán se puso junto á los fusiles de un salto, pero la mujer, sonriendo, le contuvo con un gesto:
--Son los lobos--le dijo,--que hacen como ustedes. Vienen hasta aquí porque tienen hambre.
El hombre, incrédulo, quiso ver, y en cuanto hubo abierto la puerta distinguió dos grandes bestias grises que huían rápidamente.
Y volvió á sentarse murmurando:
--Nunca lo hubiese creído.
Cuando la sopa estuvo á punto, la comieron vorazmente, abriendo las bocas hasta las orejas para engullir más, con ojos redondos que se abrían al mismo tiempo que las mandíbulas, y con ruido de gargantas semejantes á los de las canales.
Las dos mujeres, mudas é inmóviles, contemplaban los rápidos movimientos de aquellas barbas rojas por las que las patatas desaparecían como entre vellones oscilantes. Cuando hubieron comido, y como tenían sed, la joven fué á buscarles sidra al cillero. En él estuvo largo rato: estaba en una cueva abovedada que, según se decía, había servido de cárcel y de escondrijo durante la revolución. Y á él se bajaba por una escalerilla de caracol que al fondo de la cocina cerraba recia trampa.
Cuando Berta reapareció reía sola, y rió maliciosamente, al dar á los alemanes un gran jarro de bebida.
Luego cenó con su madre, al otro extremo de la cocina.
Los soldados habían concluido de comer, y los seis se dormían alrededor de la mesa. De tiempo en tiempo una cabeza caía con ruido sobre la madera, y el hombre, bruscamente despertado, erguía el busto.
Berta dijo al sargento.
--Échense delante de la lumbre, que hay bastante sitio para seis. Yo me voy arriba con mi madre.
Y las dos mujeres subieron al primer piso. Oyóse que daban doble vuelta á la llave, que andaban y se movían, y luego no se oyó nada más.
Los prusianos se extendieron en el suelo, metiendo casi los pies en la lumbre, apoyando la cabeza en las arrolladas mantas, y los seis no tardaron en roncar con tonos diversos, agudos ó sonoros, pero continuos y formidables.
Largo rato hacía que dormían, cuando sonó un tiro, un tiro fuertísimo que cualquiera hubiese creído disparado á las mismas puertas de la casa, y luego dos nuevas detonaciones estallaron y fueron seguidas de otras tres. Los soldados se pusieron en pie de un salto.
La puerta del primer piso se abrió bruscamente, y Berta apareció descalza, en camisa, cubiertas las piernas con una enagua corta, con una vela en la mano, y con el rostro descompuesto. Dirigiéndose al sargento balbució:
--Ahí están los franceses y lo menos vienen doscientos. Si les encuentran aquí quemarán la casa. Bajen á la bodega y no hagan ruido, pues si les descubren estamos perdidos.
El sargento, medio dormido y muy asustado, murmuró:
--Muy bien, muy bien: ¿por dónde hay que bajar?
La mujer levantó precipitadamente la trampa y los seis hombres desaparecieron por la escalerilla, hundiéndose en el suelo uno tras otro, ó bajando de espalda para tantear los escalones con el pie.
Pero, en cuanto la punta del último casco hubo desaparecido, Bertina dejó caer la pesada plancha de encina, gruesa como un muro, dura como el acero, que mantenían goznes y cerradura de calabozo, y dando dos vueltas á la llave se puso á reir con risa silenciosa y satisfecha, sintiendo deseos locos de ponerse á bailar sobre las cabezas de sus prisioneros.
Encerrados allí dentro como en sólida caja de piedra que recibía el aire por un tragaluz cerrado con gruesos barrotes de hierro, ni siquiera se movían.
Berta echó leña á la lumbre, volvió á colocar el puchero, y empezó á hacer sopa murmurando:
--Esta noche padre vendrá cansado.
Luego se sentó y esperó. Solamente el sonoro péndulo del reloj interrumpía el silencio con su tic-tac regular.