Part 10
Óyeme, pues; no contraríes mi voluntad permitiéndome alabar a amigos de quienes solo diré lo que sea justo y verdadero. ¿No ves a aquel a quien atravesó el instantáneo dardo de Zeus? Ese es Capaneo, que disfrutaba de opulentas riquezas, aunque sin insolencia ni más orgullo que un pobre, y huía de los que se jactan de sentarse a mesa abundante y desprecian la frugalidad; en su concepto, la virtud no era la glotonería, sino contentarse con el sustento necesario. Amigo leal de sus amigos, presentes y ausentes (cuyo linaje de hombres no es, en verdad, numeroso), de costumbres sencillas, afable lenguaje y fiel a sus promesas, ya las hiciese a siervos, ya a ciudadanos. El segundo es Etéocles,[151] también bondadoso como pocos, joven, con escasa fortuna, y, sin embargo, obtuvo en Argos muchos honores. A menudo le ofrecieron oro sus amigos, y no lo aceptó para no esclavizarse por dinero. Odiaba a los malos, no a la república, porque no debe culparse a esta si no tiene buena fama porque no es bueno quien la gobierna. El tercero fue Hipomedonte, que no se consagró desde niño a los placeres de las Musas ni a vivir muellemente; habitaba en el campo, y agradábanlo los ejercicios corporales y las empresas arriesgadas, la caza, los caballos, tirar el arco, y deseaba servir a su patria con su esfuerzo. El otro el niño Partenopeo, hijo de la cazadora Atalanta, de bellísima forma, nacido en la Arcadia, aun cuando después vino a las orillas del Ínaco y se educó como extranjero en Argos; a nadie molestaba ni excitó la envidia de los ciudadanos, ni le gustaban las disputas, defecto intolerable así en el ciudadano como en el extranjero; formaba humildemente en las filas como si fuese argivo, defendía su territorio cuando era menester; si la ciudad prosperaba era grande su alegría, y grande su tristeza si recibía daño; y aunque tuvo muchas amantes y no pocas que se enamoraron de él, nunca faltó en nada. En pocas palabras haré la mayor alabanza de Tideo: no era claro en su lenguaje, sino esforzado sofista en las armas y muy perito en bélicas estratagemas. Inferior en prudencia a su hermano Meleagro, alcanzó igual renombre en el arte de la guerra y mucha pericia militar: ánimo ávido de gloria, ingenio fecundo en obras, no así en el decir. No te admires, pues, ¡oh Teseo!, recordando mis palabras, que osaran arrostrar la muerte delante de las torres. La buena educación es madre del pundonor, y el hombre que acostumbra a bien obrar se sonroja de aparecer malo. La fortaleza puede enseñarse si desde niño se aprende a decir y a oír lo que no se conoce, y lo que se ha aprendido se conserva hasta la vejez. Así, educad bien a vuestros hijos.
EL CORO
¡Oh hijo!, te crié desventurado, y te llevé en mis entrañas, y sufrí por ti los dolores del parto; y ahora se lleva Hades el fruto de mis míseros cuidados; yo, desdichada, no tendré en mi vejez hijo que me sustente.
TESEO
Al noble hijo de Oicleo,[152] arrebatado en vida por los dioses a los ocultos senos de la tierra con su cuadriga, lo han colmado de claras alabanzas; y si alabamos al hijo de Edipo, a Polinices, no mentiremos; me dio hospitalidad antes de dejar la ciudad de Cadmo, y dejome pasar a Argos en destierro voluntario. Pero ¿sabes lo que desearía hacer de estos?
ADRASTO
No lo sé; pero obedeceré tus órdenes.
TESEO
A Capaneo, herido por el rayo de Zeus...
ADRASTO
¿Quieres quemarlo aparte como cadáver sagrado?
TESEO
Seguramente, y a todos los demás en una misma pira.
ADRASTO
¿Y en dónde edificarás en su honor un monumento separado de los otros?
TESEO
Cerca de este palacio se levantará su sepulcro.
ADRASTO
De esto cuidarán los siervos.
TESEO
Y nosotros de los demás; vayan delante los que llevan los cadáveres.
ADRASTO
Id cerca de vuestros hijos, madres desdichadas.
TESEO
De ningún modo, ¡oh Adrasto!, debe hacerse lo que dices.
ADRASTO
¿Por qué no ha de ser conveniente que las madres toquen a sus hijos?
TESEO
Morirán si los ven desfigurados; horrible espectáculo ofrecen los cadáveres a poco de expirar. ¿A qué, pues, os ruego, queréis aumentar su dolor?
ADRASTO
Ya me convences. Es menester que os quedéis aquí; tiene razón Teseo. Después que los hayamos puesto en la pira, acompañaréis sus restos. ¡Oh, míseros mortales!, ¿a qué aprestáis las lanzas para ruina vuestra? Deteneos; descansad de vuestros trabajos, y tranquilos conservad vuestras ciudades en compañía de otros también pacíficos. Breve es la vida, y debemos pasarla lo más agradablemente que se pueda, no con penas.
EL CORO
_Estrofa._ — Ya no feliz con mis hijos, ya no dichosa con mi prole, ni puedo participar de la ventura de las madres argivas, ni nos saludará Artemisa, que asiste a las que sufren los dolores del parto, huérfanas de los nuestros. Miserable es mi vida; como a vaga nube, impéleme airado viento.
_Antístrofa._ — Nosotras, siete madres desdichadas, dimos a luz siete hijos, los más ilustres de los argivos, y ahora, sin ellos, envejezco víctima de tristísima suerte, y ni me cuentan entre los muertos ni entre los vivos, sufriendo en la orfandad una acerba fortuna.
_Epodo._ — Lágrimas solo quedan para mí, desventurada: yacen en mi casa, como recuerdos de mi hijo, lúgubres cabellos cortados, tristes coronas y las libaciones que se hacen a los muertos; cantos que no agradan a Apolo, de dorada cabellera, y al rayar el día lloraré mi infortunio, y mis lágrimas humedecerán el manto que cubre mi pecho. Pero ya veo el último lecho de Capaneo y el sagrado túmulo, y fuera de los atrios las ofrendas que Teseo consagra a los muertos, y a Evadne, que se acerca, ínclita esposa del que pereció herido por el rayo, e hija del rey Ifis. Pero ¿por qué se detiene en ese peñasco elevado que domina a este palacio después de andar esta senda?
EVADNE
¿Qué luz, qué resplandor derramó el sol con su carro cual la luna por el cielo, precedida en las tinieblas de ligeras ninfas que llevaban antorchas, cuando en mis suntuosas nupcias la ciudad argiva cantó mi epitalamio deseándome la dicha, y a mi esposo, el guerrero Capaneo? Desolada, vengo de mi palacio buscando las llamas y su sepulcro, para acabar en el palacio de Hades mi trabajosa vida y mis eternos dolores. Dulcísima es la muerte, y perecer con los que amamos si Dios lo decreta.
EL CORO
Tú ves esta pira, tesoro de Zeus,[153] cerca de la cual estás, en donde yace tu marido herido por el rayo.
EVADNE
Ya veo el término de mi carrera; en él estoy ahora; la fortuna dirige mis pasos. Me precipitaré desde aquí para probar mi honesta fama saltando en el fuego desde esta roca; y confundiendo en la ardiente llama mi amado cuerpo con el de mi esposo, mis miembros yacerán junto a los suyos, y descenderé al tálamo de Perséfone; fiel te seré también bajo la tierra, ya que has muerto. Adiós, luz; adiós, bodas. ¡Ojalá que mis hijos contraigan en Argos legítimo himeneo, y que casto compañero acompañe en su lecho a mi noble hija!
EL CORO
Mira a tu padre, el anciano Ifis, que se acerca a saber tristes nuevas; dolor sentirá al escucharlas; y más le valiera no oírlas.
IFIS[154]
¡Oh desventurada, y yo también, mísero anciano! Vengo llorando dos desgracias de mi familia: la muerte de mi hijo Etéocles por la lanza tebana, que volverá a su patria sin vida, y la desaparición de mi hija, la esposa de Capaneo, que salió precipitadamente de su palacio, anhelando morir con su esposo, Guardábala antes en él; pero aprovechose de un leve descuido, hijo de los malos presentes, y pudo escaparse. Presumí que estuviera aquí: decídmelo vosotras si lo sabéis.
EVADNE
¿Por qué interrogas a estas? Mírame en este peñasco, como un ave, ¡oh padre!, sobre la pira de Capaneo, pronta a levantar mi triste vuelo.
IFIS
¿Qué viento te trajo? ¿Qué senda? ¿Por qué después que huiste del palacio te viniste aquí?
EVADNE
Ira sentirás si conoces mi propósito; pero no quiero que lo oigas, ¡oh padre!
IFIS
¿Por qué, pues, no es justo que tu padre lo sepa?
EVADNE
Serías juez mío no imparcial.
IFIS
¿Por qué te has vestido de esta manera?
EVADNE
Algo nuevo indican estas galas, ¡oh padre!
IFIS
No es tu aspecto de quien llora a su marido.
EVADNE
Preparada estoy a osar inaudita empresa.
IFIS
¿Y por qué te has puesto tan cerca del sepulcro y de la pira?
EVADNE
He venido aquí a ganar preclara palma.
IFIS
¿Qué palma ganarás? Deseo saberlo.
EVADNE
Seré superior a todas las mujeres que el sol alumbra.
IFIS
¿En las labores de Atenea o en prudencia?
EVADNE
En fortaleza; muerta yaceré al lado de mi marido.
IFIS
¿Qué dices? ¿Qué das a entender con tan necio enigma?
EVADNE
Me precipitaré en esa pira de Capaneo.
IFIS
¡Oh hija!, no profieras tales palabras delante del vulgo.
EVADNE
Justamente deseo que lo sepan todos los argivos.
IFIS
Pero yo no lo consentiré.
EVADNE
Lo mismo da, no pudiendo impedirlo. Ya me precipito, aunque no te sea grato; pero lo será para mí y para el esposo que se ha de quemar conmigo.[155]
EL CORO
Atroz hazaña, ¡oh mujer!, has ejecutado.
IFIS
Yo, desventurado, muero, ¡oh mujeres argivas!
EL CORO
¡Ay, ay! Horrible, ¡oh desdichado!, es tu suplicio; has presenciado un acto inaudito de osadía.
IFIS
No encontraréis otro más infortunado que yo.
EL CORO
¡Oh infeliz! Hasta cierto punto, ¡oh anciano!, tú y tu mísera ciudad habéis participado de la muerte de Edipo.
IFIS
¡Ay de mí! ¿Por qué no es lícito a los hombres ser dos veces jóvenes y otras tantas viejos? Si en nuestro palacio hay algo que no nos parezca bien, podemos corregirlo, no así en la vida. Si fuésemos dos veces jóvenes y ancianos y faltásemos, dotados de dos vidas podríamos enmendarnos. Al ver yo a otros con hijos también los deseaba, y atormentábame ese deseo; pero si hubiera experimentado lo que es su pérdida para un padre, jamás sufriera el infortunio que ahora me aqueja por haber contraído himeneo y dado vida a un fortísimo joven, que me han arrancado después. Pero así es. ¿Qué debo hacer en mi desventura? ¿Iré a mi palacio? ¿Veré allí la espantosa soledad que en él reina, desesperación de mi vida? ¿Me encaminaré a la morada de Capaneo? Mucho gozaba antes en ella cuando mi hija vivía, pero ya no existe: ella besaba siempre mis mejillas, y con sus manos sustentaba mi cabeza. Nada es más sabroso para un padre anciano que una hija, pues aunque sean más nobles los varones son menos cariñosos. ¿No me llevaréis cuanto antes a mi palacio, y me sepultaréis en las tinieblas, para que el hambre acabe al fin con mi viejo cuerpo? ¿De qué me servirá tocar las cenizas de mi hija? ¡Oh vejez incontrastable, cómo te aborrezco! Odio a cuantos quieren alargar la vida y previenen la muerte con determinados alimentos, con abrigos y artes mágicas, cuando lo que convenía, ya que de nada sirven, es que dejaran de existir y cedieran su puesto a los más jóvenes.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¡Ved cómo traen los restos de nuestros hijos, consumidos por el fuego! Tomadlos, esclavas de ancianas débiles (que las lágrimas que por ellos hemos derramado nos han dejado exánimes) que han vivido largo tiempo y se desvanecen agobiadas por las desdichas. ¿Qué desventura hay mayor para el hombre que contemplar las cenizas de sus hijos?
UN NIÑO
_Estrofa 1.ª_ — Traigo, traigo de la pira, ¡oh mísera madre!, los restos de mi padre, peso no leve por los dolores que causa, y reducido cuanto me es caro a breve espacio.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿A qué traes lágrimas a la madre amada de estos muertos, y un puñado de cenizas, en vez de los cuerpos de aquellos que en otro tiempo fueron ilustres en Micenas?
EL NIÑO
_Antístrofa 1.ª_ — ¡Oh dolor, oh dolor! Desventurado huérfano de mi mísero padre, viviré en desierto palacio, no en los brazos del que me engendró.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿Qué se hizo mi dolor al dar a luz mis hijos? ¿Qué mis desvelos y mi educación maternal, y los insomnios que sufrí por ellos y mis tiernos besos?
ADRASTO
_Estrofa 2.ª_ — Desaparecieron, ya no existen para ti, ¡oh madre!, ya no viven tus hijos; volverán al éter reducidos a cenizas por el fuego, y después de visitar veloces el palacio de Hades.
EL NIÑO
Padre, ¿oyes tú también los gemidos de tus hijos? ¿No vengaré algún día tu muerte con las armas?
EL CORO
¡Ojalá, hijo, que así sea!
EL NIÑO
_Antístrofa 2.ª_ — Alguna vez, con ayuda de los dioses, vengaré a mi padre; aún no duerme en el olvido esta desgracia.
EL CORO
¡Ah, ah! ¡Bastante he llorado mi desdicha; bastantes dolores sufro!
EL NIÑO
¿No me verán las corrientes del Asopo capitaneando huestes argivas armadas de bronce para vengar la muerte de mi difunto padre?
EL NIÑO
_Estrofa 3.ª_ — Paréceme, ¡oh padre!, que todavía te miran mis ojos...
EL CORO
... dando un dulce beso en tus mejillas.
EL NIÑO
Que te oigo hablar.
EL CORO
Y que sus palabras se han desvanecido en el aire.
EL NIÑO
Para dos dejó llantos y también para una madre.
EL CORO
_Antístrofa 3.ª_ — Y nunca te abandonará la amarga memoria de tu padre. Tan grave es el peso que me agobia, que me ha perdido. Vamos, en el pecho guardaré las cenizas.
EL NIÑO
Me lamento al oír esta tristísima palabra; llegome al corazón.
EL CORO
¡Desapareciste, ¡oh hijo!; no te veré ya más, imagen querida de una madre que te amaba!
TESEO
¡Oh Adrasto y mujeres argivas! ¿Veis a estos niños, que en sus manos llevan los restos de sus esforzadísimos padres, rescatados por mí? A mí y a la ciudad los debéis. Conservadlos, acordándoos de este favor que de mí habéis recibido. Lo mismo digo a estos niños: honrad a Atenas, y que los hijos de vuestros hijos no lo olviden nunca. Testigo es Zeus y los dioses del cielo del beneficio que os hago al ausentaros.
ADRASTO
Conocemos bien, ¡oh Teseo!, todo lo que has hecho en pro del territorio argivo cuando más necesitaba de bienhechores, y nuestro agradecimiento será eterno; porque si tu servicio ha sido señalado, nuestra gratitud debe ser lo mismo.
TESEO
¿En qué otra cosa puedo mostraros mi afecto?
ADRASTO
Libre estás: digno eres de tu ciudad y ella de ti.
TESEO
Así sea; que la dicha también te acompañe.
ATENEA
Oye, Teseo, las palabras de Atenea, para que sepas lo que has de hacer en provecho de Atenas. No des estos restos mortales a los niños que han de llevarlos al campo argivo, ni los dejes ir tan fácilmente sin exigirles que presten juramento, en justa reciprocidad de tus servicios y de los de tu ciudad: conviene que jure Adrasto por toda la tierra de las danaides que, como rey, tiene autoridad. Ha de obligarse a impedir que los argivos pisen nunca el territorio ateniense con ejército enemigo, y que si vienen otros, los rechazará con las armas, y si violando su solemne promesa acomete a esta ciudad, ruega a los dioses que perezca. Yo te señalaré el lugar en donde has de sacrificar las víctimas. En tu palacio tienes un trípode de pies de bronce que te dio en otro tiempo Heracles para el ara pítica, derribadas las murallas de Ilión y presuroso de dar cima a otro trabajo suyo. En él cortarás los cuellos de tres ovejas e inscribirás el juramento en su cavidad, y lo darás después a guardar al dios que cuida de Delfos, como monumento de tu alianza y testimonio irrecusable para la Grecia. La afilada cuchilla con que abrirás las víctimas y las matarás, será escondida por ti en la tierra, junto a las piras de los siete muertos; que bastará mostrarla para inspirarles miedo si alguna vez vinieren contra esta ciudad, y les deparará vuelta funesta. Hecho esto, saca de aquí las cenizas, y que junto a la misma encrucijada istmia sea en adelante un bosque consagrado a Apolo el lugar en donde sus cuerpos han sido purificados por el fuego. Esto para ti; a los hijos de los argivos anuncio que conquistarán la ciudad que besa el Ismeno, y vengarán a sus padres. Tú, Egialeo,[156] joven capitán, mandarás en lugar del tuyo, y el hijo de Tideo, que vendrá de la Etolia, a quien el suyo llamó Diomedes. Que la barba cubra cuanto antes vuestras mejillas para que al frente del ejército bien armado de los danaides vengáis contra las siete torres de los cadmeos; cuando seáis hombres, las acometeréis con terrible ímpetu como leoncillos que las han de conquistar. No sucederá de otra manera: vosotros, con el nombre de epígonos, daréis en toda la Grecia a la posteridad abundante materia para la poesía: a tales tropas mandaréis, y Dios os será propicio.
TESEO
Atenea, mi señora, obedeceré tus órdenes (que tú me diriges para que no yerre) y me obligaré a ello con juramento: llévame tú tan solo por el camino derecho, porque si tú eres propicia a la ciudad, siempre viviremos seguros.
EL CORO
Vamos, Adrasto, prestemos ese juramento a este héroe y a Atenas: bien merece lo que han sufrido antes que nosotros que les demos esta prueba de gratitud.
LAS BACANTES
ARGUMENTO
La institución del culto de Dioniso, expuesta dramáticamente, es el asunto de esta tragedia y el fin del poeta que la compuso. Acudió para lograrlo a las tradiciones mitológicas existentes, numerosas y difundidas entre los gentiles, como lo demuestra la relación detallada que de la vida y hechos de este dios nos ha conservado Diodoro, historiador harto prolijo sin duda en este linaje de narraciones. Penteo, rey de Tebas, y la familia de Cadmo, fundador de esta ciudad, unos en más y otros en menos, son las víctimas de las iras del nuevo numen, por haberse opuesto a la admisión y establecimiento del culto del hijo, no adorado antes, de Zeus y de Sémele. Penteo, juguete miserable de Dioniso, que lo humilla y se burla de él sin piedad, perece al fin desgarrado por las bacantes, y entre ellas por su propia madre y sus tías, y los demás individuos de la familia cadmea son condenados unos a perpetuo destierro de Tebas, y otros, como Cadmo y su esposa Harmonía, hija de Ares, a ser metamorfoseados en dragones y a un destierro de siglos entre los bárbaros. Harmonía es rescatada de su pena por Ares.
De su autenticidad, como obra de Eurípides, responden unánimes autoridades críticas competentes, no solo por los datos y noticias que han llegado hasta nosotros, sino también, y quizás más principalmente, por atestiguarlo así la misma obra en su plan, peripecias y personajes, por el espíritu que la anima y por otros innumerables rasgos y signos elocuentes de la factura peculiar de este poeta. En cuanto a su mérito literario, reina gran disparidad de opiniones, no faltando algunos, como La Harpe, nada justos ni benévolos con ella. Ocasión y lugar es este oportuno para advertir que la manera de leer y estudiar fuera del teatro las obras dramáticas influye poderosamente en los juicios que después se emiten. Tal es el origen más frecuente de los errores, engaños y desengaños de los autores de estas obras, y de la contradicción, tantas veces repetida, de los juicios que acerca de ellas forman sus censores o jueces, que solo las leen, y el público, que no las lee, sino que asiste a su representación. Para fallar con acierto sería necesario verlas en el teatro: pero como esto no es posible, y mucho menos tratándose de tragedias griegas, es muy útil siempre leerlas representándolas imaginariamente el lector, nunca como se lee otro escrito cualquiera.
No nos sorprende, por tanto, que la impresión sentida por quien lee LAS BACANTES, como indicamos, no le haya sido favorable. Ni el objeto que se propone Eurípides, ni su plan o la invención de los medios elegidos para realizarlo, ni sus personajes divinos ni humanos, ni sus caracteres, ni sus pasiones, ni su principio, medio, ni fin nos satisfacen. Pero cuando se leen como apuntamos y reconstituimos el teatro griego, nos identificamos con su religión, y en cuanto se puede nos transformamos en atenienses de los tiempos en que se escribió y representó esta tragedia; truécase esta en un drama trágico, soberbio, de espectáculo, de los más notables, vivos y característicos del mundo helénico. Su fábula está admirablemente concebida, trabada y desenvuelta; sus personajes, sus caracteres, sus pasiones y actos son como debieran ser, y en su conjunto y representación escénica hubo de distinguirse en muchos conceptos por su novedad, por su aparato escénico y por la admiración y la curiosidad y el interés que debió excitar en los espectadores.
Menester es que nos despojemos de nuestra idea cristiana y filosófica de Dios, como ser justo y bueno, y atribuyamos a esta palabra la significación que tenía en la casi totalidad de los espectadores, ni siquiera la que le daban Anaxágoras, Sócrates y los filósofos griegos con el mismo Eurípides. Dioniso era para ellos un ser humano en sus ideas, sentimientos y pasiones, aunque inmortal y de poder superior. Debía pensar, sentir y obrar como lo hace. Los bienes aportados por la invención del vino y su uso entre los mortales merecían de sobra ser recordados, ensalzados y recompensados con fiestas y signos exteriores sensibles, análogos en su apariencia exterior a los efectos más ordinarios y salientes del nuevo licor inventado, y establecidos además por su inventor. ¿Qué importancia podía tener el sacrificio de algunas víctimas, como Penteo y la familia de Cadmo, si se comparaba con la suma inmensa de placeres y alegrías que había el nuevo dios de dispensar al linaje humano? Al contrario, la pena que sufren sirve a los demás de escarmiento, y afirma y perpetúa su futura expansión por el mundo. Además, nada hay tan trágico ni tan humillante para la soberbia y el orgullo humanos; mala hierba tenaz, que asoma sin cesar en los sembrados todos de los hombres, como la flaqueza y la impotencia de los mortales más poderosos en pugna con los justos decretos, con los caprichos y hasta con las injusticias de los dioses. Esa caridad y conmiseración a que nos mueven sus desdichas y la razón de su oposición al nuevo culto, y su conducta, que aprobamos y justificamos, apenas si la sentía el público, y desde luego no la apreciaba como nosotros, sino como ceguera y obstinación imperdonable. Todo lo cual no quiere decir que no estemos nosotros, como cristianos, en terreno firme, y ellos, como paganos, en terreno falso.