Part 16
¡Oh señora!, aunque ya lo veas, te diré, sin embargo, que te traemos a Euristeo cuando menos lo esperabas y él también. Jamás creyera caer en tus manos cuando salió de Micenas al frente de sufrido ejército, arrastrado por su orgullo, no por su sed de justicia, para derribar a Atenas; pero el cielo lo dispuso de otro modo, retirándole su protección. Hilo y el valiente Yolao han consagrado a Zeus vencedor triunfal estatua, y me ordenaron que te presentase el prisionero para complacerte. Dulcísimo es contemplar desdichado a un enemigo, antes feliz.
ALCMENA
¡Hombre odioso, ya estás aquí; al fin caíste en poder de la Justicia; vuelve primero hacia mí tu rostro, y ten valor bastante para mirar cara a cara a tus enemigos; en nuestros manos estás, no nosotros en las tuyas! ¿Eres, acaso, aquel (pues quiero saberlo) que osó, ¡oh malvado!, afrentar a mi hijo, esté en donde estuviere? ¿Qué tormento no le hiciste sufrir? ¿No lo mandaste en vida a los infiernos, y a matar hidras y leones? Omito por brevedad otros males que le causaste. Y no contento con esto nos rechazaste de toda la Grecia a mí y a mis hijos cuando éramos suplicantes, ancianos los unos, de tierna edad los otros. Pero tropezaste con una ciudad y con unos hombres libres, que no te temieron. Debes morir miserablemente y siempre ganarás, que no debías perecer una sola vez, siendo tantos tus crímenes.
EL MENSAJERO
Tú no puedes decretar su muerte.
ALCMENA
Inútil ha sido entonces qué lo cautivemos. ¿Qué ley prohíbe inmolarlo?
EL MENSAJERO
La voluntad de los principales de este país.
ALCMENA
¿Por qué, pues? ¿Reputan acaso torpe matar a los enemigos?
EL MENSAJERO
Así lo creen, tratándose de un prisionero de guerra.
ALCMENA
¿Hilo lo consiente?
EL MENSAJERO
Debe respetar las costumbres de esta ciudad.
ALCMENA
Lo cierto es que no debía vivir ni ver más la luz.
EL MENSAJERO
En un principio no se le hizo justicia, conservándole la vida.
ALCMENA
Luego conviene imponerle la pena que merece.
EL MENSAJERO
No hay quien lo mate.
ALCMENA
Yo misma; por lo menos me cuento en el número de los vivos.
EL MENSAJERO
Te expondrías a oír duras reconvenciones si lo hicieras..
ALCMENA
Amo a esta ciudad, y en ninguna otra cosa me opondré a sus decretos; pero no hay mortal que lo arranque de mi poder, ya que en él ha caído. Diga, pues, quienquiera que soy audaz y orgullosa más de lo justo; a pesar de todo lo haré.
EL CORO
Confieso, en verdad, que es grande y disculpable, ¡oh mujer!, el odio que profesas a este hombre.
EURISTEO
Te advierto, Alcmena, que no he de adularte, ni por salvar mi vida incurrir en la nota de cobardía. No por mi voluntad me empeñé en esta contienda (yo sabía que Demofonte era sobrino tuyo y pariente de tu hijo); pero quisiera o no, Hera, que es diosa, me inspiró ese odio tenaz contra Heracles; cuando rompí con él y conocí la lucha que me amenazaba, maquiné muchos males en su daño, siempre fraguándolos en el silencio de la noche, para que, vencidos y muertos mis enemigos, pudiese vivir tranquilo en adelante, aun sabiendo que tu hijo no era un hombre vulgar, sino un varón esforzado. Aunque haya sido mi enemigo, nunca ofenderán mis labios a un héroe tan verdadero. Muerto él, ¿debía yo, detestado de estos herederos de su odio, descansar un momento hasta desterrarlos y matarlos, acumulando sobre ellos todo linaje de males? Solo así podía salvarme. Tú misma, si te pones en mi lugar, ¿no serías el perpetuo azote de los hijuelos de ese león odioso? ¿Los dejarías vivir tranquilos en Argos? Nadie lo creerá. Ahora, pues (ya que no me mataron antes cuando estaba dispuesto a morir, como acostumbran los griegos), si me sacrifican no será piadoso mi verdugo, y los ciudadanos, obrando con prudencia, me han concedido la libertad, más atentos a honrar a los dioses que a dejarse llevar de su odio. Ya has oído mi réplica, por la cual comprenderás que debes mirarme como a valeroso suplicante. Tal es la disposición de mi ánimo, que si no deseo la muerte, tampoco sentiré perder la vida.
EL CORO
De buen grado te aconsejaría, ¡oh Alcmena!, que dieses libertad a este hombre, mostrando tu deferencia a los ciudadanos.
ALCMENA
¿Y si hay medio de que muera y al mismo tiempo de complacerlos?
EL CORO
Sería lo mejor; pero ¿cómo puede ser eso?
ALCMENA
Fácilmente te convenceré: después que yo lo mate entregaré el cadáver a sus amigos, que han de reclamarlo; de esta manera, por lo que hace a su cuerpo exánime, respetaré las costumbres de este país, y dándole muerte me pagará lo que me debe.
EURISTEO
Mátame, que no te rogaré lo contrario; pero ya que los ciudadanos me han restituido la libertad, y llenos de respeto no han querido inmolarme, les descubriré un oráculo antiguo de Apolo, que acaso más adelante pueda aprovecharles. Me sepultaréis, cuando muera, en el lugar señalado por el destino, delante del templo de la divina virgen palénide.[215] Y a los atenienses seré siempre propicio, y en mi sepulcro bajo tierra les serviré, y perseguiré cruelmente a los descendientes de los heráclidas cuando vinieren aquí con numeroso ejército, sin acordarse de este beneficio. ¡Tales son los extranjeros a quienes protegéis! ¿Cómo, pues, sabiendo lo que había de suceder, he venido aquí sin respetar el oráculo? Pensaba que Hera sería superior a él y no me vendería. Pero no consientas que me hagan libaciones, ni que en mi túmulo se derrame sangre; yo haré que quien me desobedezca sea desdichado a su vuelta en castigo de su inhumanidad, y conmigo ganaréis en dos sentidos cuando muera; a saber: protegiéndoos y haciendo daño a estos.
ALCMENA
¿Por qué, pues, vaciláis si sabéis de sus labios que matándolo decreta el destino que salve a vuestra ciudad y a vuestros descendientes? Segurísima es la senda que os traza; ahora vuestro enemigo será, al morir, vuestro amigo. Lleváoslo, pues, servidores, y cuando expire echadlo a los perros. No volverás ya en vida a desterrarme de mi patria.
EL CORO
Paréceme bien. Andad, servidores; absteniéndonos nosotros, nuestros reyes estarán libres de esa mancha.[216]
RESO
ARGUMENTO
La fábula o acción de esta tragedia está tomada del canto o libro X de _La Ilíada_, y expone dramáticamente las dos muertes de Dolón y de Reso, troyano el primero, que se propone robar el carro y los caballos de Aquiles, y rey tracio el segundo, que llega en la misma noche al campamento de Héctor. Los dos mueren a manos de Odiseo y de Diomedes, que habían penetrado a favor de las tinieblas en el campamento troyano, y el último principalmente por consejo y a instigación de Atenea, que se aparece a los dos griegos y los salva. Reso, hijo de una de las Musas y del río Estrimón, es la verdadera víctima trágica del destino, porque sabiendo su madre la suerte que le esperaba en Troya, y habiendo intentado vanamente disuadirlo de su propósito, no lo consigue, y parece como que estaba decretada su muerte. Rey Reso, y rey poderoso, y además de origen divino por sus padres, el poder fatal del destino, que se burla del orgullo humano y lo humilla o anonada, muéstrase aquí conforme con la índole característica de este linaje de obras dramáticas.
La trama o el tejido de la acción es sencillo y sobrio, sin notables ni numerosas peripecias, ni sobresale tampoco por sus pasajes patéticos, en que más descuella Eurípides, si se exceptúa la intervención final de la Musa, madre de Reso, ante el cadáver de su hijo, bien trazada y expuesta, digna de su autor, y calculada hábilmente para dejar en los espectadores la impresión dolorosa propia de tales composiciones poéticas. Sin embargo, ninguno de los dos personajes más conspicuos del drama, ni Héctor ni Reso, logran inspirarnos interés ni simpatía, ni se ajustan tampoco a la idea que teníamos de ellos, y en particular el primero, que en nada se asemeja al Héctor del poema inmortal de Homero. El ingenio y el arte incomparables de este poeta brillan sin rival en la creación y diversidad infinita de sus héroes, ninguno de ellos abstracción sensible, seca, vaga ni confusa, sino individuos reales, distintos unos de otros, y de personalidad tan característica, casi tan palpable, que se nos figura conocerlos todos como si los hubiéramos visto y tratado. El Héctor de _La Ilíada_, valeroso, modesto y bueno, nos es más simpático que el mismo Aquiles, y en esta tragedia, ambos monarcas, orgullosos, fanfarrones e hinchados con su poder y con su grandeza, más mueven en nosotros la antipatía que la admiración o la benevolencia. Como carácter dramático, parécenos mejor el del cochero de Reso, muy natural y muy propio de su situación y de su clase.
Mucho se ha discutido también, e inútilmente, a nuestro juicio, acerca de la autenticidad de esta tragedia de Eurípides, negándole algunos críticos y eruditos sus títulos legítimos de paternidad por su demérito, comparada con otras composiciones del mismo autor.
Desde luego se comprende que su inferioridad respectiva no es ni puede ser por sí sola argumento suficiente para demostrar tal aserto, porque la juventud y la consiguiente inexperiencia de literatos, de poetas y de artistas puede influir sobremanera en el valor de sus obras, como influye también evidentemente en las de su vejez, y como lo confirman numerosos ejemplos. Aun en igual edad de la vida coexisten muchas causas que alteran y pueden alterar notablemente las facultades del hombre en general y diferenciar sensiblemente sus creaciones, en más o en menos, sin dejar por eso de ser suyas. Y las hay, en efecto, tan desemejantes que algunas, a no constar fijamente que lo son, serían unánimamente rechazadas si no lo asegurasen pruebas fidedignas.
Pero cuando la duda o la disputa versa sobre obras muy antiguas, como esta, no hay otro recurso que atenerse a la opinión de su autenticidad, afirmada constantemente por testimonios autorizados desde los coetáneos, o más próximos, hasta nuestros días. En _Las Didascalias_, o escritos diversos griegos conservados y relativos al arte escénico, y empezando por Aristóteles, de peso enorme en esta cuestión en todos conceptos, siempre se ha atribuido este drama a Eurípides sin contradicción ninguna seria y atendible, puesto que no merece ese dictado la de ningún escoliasta, sea el que fuere. Propio y característico de Eurípides es la intervención de los dioses en la acción en ocasión apurada, y en forma poco respetuosa y reverente, como la de Atenea; sus alardes democráticos contra los monarcas; sus lisonjas a los atenienses, como las de la Musa, madre de Reso, en su plegaria; el conjunto y el corte, por decirlo así, de la ostentación de sus conocimientos astronómicos; el diálogo irónico y eminentemente dramático de Palas y de Paris, y hasta el pensamiento y las palabras de la Musa al hablar de los padres que no tienen hijos iguales a los de Andrómaca. Y si carece, por último, de prólogo, siéndonos desconocida la causa de su existencia y de la fecha del primero que escribiera, no hay fundamento bastante para conceder a tan liviano razonamiento exagerada importancia.
El año de la representación de esta obra dramática es desconocido, y por tanto, solo puede sensatamente suponerse que hubo de ser en la primera juventud del poeta, puesto que si se supiera de cierto, dejaría de ser una presunción y se convertiría en rotundo aserto.
PERSONAJES
CORO DE CENTINELAS TROYANOS. HÉCTOR, _hijo de Príamo._ ENEAS, _hijo de Anquises y de Afrodita, yerno de Príamo._ DOLÓN, _troyano._ UN MENSAJERO. RESO, _hijo del Estrimón, río tracio, y de una Musa._ ODISEO, _rey de Ítaca._ DIOMEDES, _hijo de Tideo._ ATENEA. PARIS, _hijo de Príamo._ EL COCHERO DE RESO. UNA MUSA, _madre de Reso._
La acción pasa en el campamento troyano, cerca de Troya.
Es de noche, y se ve en el teatro la tienda de Héctor.
EL CORO[217]
Que algún vigilante del rey que no duerma entre en la tienda de Héctor y le pregunte si quiere oír un mensaje de los soldados que velan por todo el ejército en la cuarta vigilia de la noche. Levanta la cabeza, apóyate en el codo, abre tus ojos feroces; abandona, ¡oh Héctor!, tu lecho de hojas extendido en el suelo, que es tiempo de oírme.
HÉCTOR
¿Quién es?; ¿por ventura una voz amiga? ¿Quién es este hombre? Di la seña; sepamos quiénes son los que en las tinieblas se acercan a nuestro lecho.
EL CORO
Los vigilantes del ejército.
HÉCTOR
¿Por qué mueves tal tumulto?
EL CORO
Ten confianza.
HÉCTOR
La tengo. ¿Se temen acaso asechanzas nocturnas?
EL CORO
Aún no.
HÉCTOR
¿Y por qué razón, abandonando tu puesto, turbas el ejército si no tienes que comunicarme nueva alguna? ¿Ignoras que nuestros soldados, inmediatos a los griegos, pasan la noche sobre las armas?
EL CORO
Cíñete tu espada, Héctor; ve a las tiendas de tus aliados; exhórtales a que empuñen la lanza, despiértalos, envía a tus amigos para que vengan a reunirse a tu cohorte; poned los frenos a los caballos. ¿Quién irá en busca del hijo de Pántoo,[218] o del de Europa,[219] capitán de los guerreros licios?[220] ¿En dónde están los que inspeccionan las víctimas? ¿En dónde los que mandan las tropas ligeras? Vosotros, flecheros frigios, atad los nervios a los arcos de cuerno.
HÉCTOR
En parte amedrentas a quienes te oyen, en parte nos animas; pero no te explicas con claridad. ¿Te ha herido el trémulo látigo del crónida Pan,[221] y alborotas al ejército, abandonando tu nocturno puesto? ¿Qué hablas? ¿Qué novedad anuncias? Aunque no has dicho poco, no se entiende lo que deseas.
EL CORO
Todas las noches, ¡oh Héctor!, brillan los fuegos en el campamento griego, y las antorchas alumbran las estaciones navales. Y todo el ejército se acerca con tumulto a la tienda de Agamenón, ansioso de oír alguna nueva orden. Nunca antes ha habido en la armada tal algazara. Yo, pues, temiendo algún ataque, he venido a anunciártelo, para que no acuses mi negligencia.
HÉCTOR
A tiempo has llegado, a pesar de tus nuevas, que espantan; sin duda esos guerreros quieren huir de aquí navegando a favor de las tinieblas, y se aprestan a emprender la fuga ocultándose de mi vista; alégranme las antorchas nocturnas. ¡Oh deidad que me arrebatas la victoria, como a león su presa, antes de aniquilar con esta lanza todo el ejército griego! Si no me lo hubiesen impedido los brillantes rayos del sol, no hubiera dejado mi lanza vencedora sin incendiar sus naves y recorrer sus tiendas, matando a mis enemigos con esta mano mortífera. Pronto estaba a pelear de noche y aprovecharme de mi fortuna, a no detenerme los sabios y los adivinos que conocen las voluntades de los dioses, persuadiéndome que esperase la luz del día, para no dejar aquí griego alguno. Ellos no aguardan el cumplimiento de los pronósticos de mis arúspices, que la oscuridad es preciosa para los fugitivos. Conviene formar cuanto antes al ejército; que los soldados tomen las armas y se abstengan del sueño, para que los sitiadores, saltando en las naves, heridos por la espalda, manchen las escalas con su sangre, y para que otros, cautivos cargados de cadenas, aprendan a labrar los campos de los frigios.
EL CORO
Te precipitas, Héctor, antes de saber con certeza lo que sucede; aún no estamos seguros de la huida de los griegos.
HÉCTOR
¿Por qué, pues, brillaron en su campamento esos fuegos?
EL CORO
No lo sé; pero me infunden sospechas.
HÉCTOR
Todo lo temerás, si temes esto.
EL CORO
Nunca nuestros enemigos encendieron antes tantas hogueras.
HÉCTOR
Ni tampoco antes, con vergüenza suya, fueron derrotados como ahora.
EL CORO
Obra tuya fue cuidar, pues, de acabarla.
HÉCTOR
Sencilla es mi arenga contra los enemigos: «Tomar las armas».
EL CORO
He aquí a Eneas,[222] que viene con ligero paso para anunciar a sus amigos alguna nueva.
ENEAS
¿Por qué los vigilantes nocturnos, ¡oh Héctor!, atravesaron aterrados el ejército, dirigiéndose a tu tienda, e interrumpen con sus murmullos el silencio de la noche, y todo lo alborotan?
HÉCTOR
Ármate, Eneas.
ENEAS
Pero ¿qué hay? ¿Se dice, acaso, que los enemigos preparan algún ataque nocturno?
HÉCTOR
Huyen y suben a las naves.
ENEAS
¿En qué señal cierta te fundas?
HÉCTOR
Toda la noche están encendidas sus hogueras, y paréceme que no aguardarán a mañana, sino que validos de ellas huirán desde aquí a su patria en sus naves, bien provistas de remos.
ENEAS
¿Y qué piensas hacer armado contra ellos?
HÉCTOR
Detendré con mi lanza a los fugitivos y a los que se refugien en las naves, y seré su azote; es vergonzoso para nosotros, y perjudicial además de vergonzoso, que cuando Dios lo permite dejemos escapar sin combatir a los enemigos que tantos males nos han causado.
ENEAS
¡Ojalá que fueses tan prudente como esforzado!; pero la Naturaleza no concede a todos iguales dones, que a cada cual da el suyo, y así como a ti te concedió el de pelear, a otros el de obrar con cordura. Tú, oyendo hablar de las hogueras, diste ya por cierto que emprendían la fuga los griegos, y quieres sacar al campo el ejército y atravesar los fosos en medio de la noche. Y si lo consigues, a pesar de su profundidad, y no encuentras a tus enemigos fugitivos sino esperando el empuje de tu lanza, ¿no volverás aquí vencido? ¿Y cómo, en verdad, pasarás las empalizadas si eres derrotado? ¿Y cómo atravesarán los puentes los de los carros sin que se rompan los radios de las ruedas? Y aunque venzas, vendrá a su socorro el hijo de Peleo, que te impedirá incendiar las naves y exterminar a los griegos como presumes, que es fogoso guerrero y está orgulloso con su fuerza. Dejemos, pues, dormir tranquilo al ejército junto a las armas, descansando de sus bélicas fatigas; yo creo que debe enviarse un explorador al campamento enemigo, sea el que quiera, y si huyen, en efecto, que les sigamos y ataquemos a los argivos; y si estas hogueras encubren algún engaño, resolveremos lo que ha de hacerse después que el explorador lo averigüe. Tal es mi parecer, ¡oh rey!
EL CORO
Apruébalo y varía de opinión. No me agradan las órdenes de capitanes temerarios. ¿Qué mejor precaución que acercarse a las naves ligero explorador, para saber la causa de esos fuegos que arden en la estación naval?
HÉCTOR
Vosotros vencéis; hágase, pues, lo que agrada a todos. Vete y distribuye los aliados; quizás el ejército se alborote si tiene noticias de estas asambleas nocturnas. Yo enviaré un explorador al campo enemigo, y si llegamos a descubrir alguna asechanza te la participaré, y asistirás al consejo; pero si se desbandan y emprenden la huida, prepárate al oír el sonido de la trompeta, porque yo no me detendré, sino que, al contrario, me dirigiré esta misma noche a la estación naval a atacar a los argivos.
ENEAS
Envíalo cuanto antes; ahora piensas con prudencia. A tu lado me verás, peleando con esfuerzo, cuando fuere necesario.
HÉCTOR
¿Hay algún troyano de los que toman parte en este diálogo que quiera ir de explorador a las naves de los griegos? ¿Quién prestará ese servicio a su patria? ¿Quién se obliga a ello? Yo solo no puedo hacerlo todo, mandando a un tiempo a los troyanos y sus aliados.
DOLÓN
Yo, exponiéndome al peligro por la salud de la patria, quiero espiar las naves de los griegos, y volveré después que conozca sus proyectos; con estas condiciones afrontaré la muerte.
HÉCTOR
Tienes, ¡oh Dolón!, un nombre[223] que conviene a tu empresa, y eres amante de tu patria, y duplicas la nobleza de tu paterno linaje, ya noble.
DOLÓN
Debo, pues, acometer esta hazaña, pero el que trabaja ha de obtener proporcionada recompensa. Cuando esperamos ganar lucro, doble es nuestro deleite.
HÉCTOR
Seguramente, y es justo, y no digo lo contrario. Fija, pues, tú el premio, excepto mi mando.
DOLÓN
No apetezco tu mando, lleno de cuidados.
HÉCTOR
Pero contraerás himeneo con una hija de Príamo y serás su yerno.
DOLÓN
No quiero esposa de alcurnia más elevada que la mía.
HÉCTOR
Hay también oro si lo deseas.
DOLÓN
Tengo en mi casa; no me aflige la pobreza.
HÉCTOR
¿Qué deseas, pues, de lo que guarda Troya?
DOLÓN
Si vences a los griegos, prométeme alguna parte del botín.
HÉCTOR
La tendrás; pide la que quieras, excepto los capitanes de las naves.
DOLÓN
Mátalos; no me opondré a que dejes caer tu mano sobre Menelao.
HÉCTOR
¿No quieres el hijo de Oileo?
DOLÓN
Las manos acostumbradas al regalo son perezosas para labrar la tierra.
HÉCTOR
¿Acaso el precio del rescate de algún griego vivo?
DOLÓN
Ya te he dicho antes que tengo oro en mi casa.
HÉCTOR
Tú mismo elegirás los despojos que quieras.
DOLÓN
Cuélgalos en los templos de los dioses.
HÉCTOR
¿Anhelas más rico don?
DOLÓN
Los caballos de Aquiles: el que expone su vida a los azares de la suerte, debe obtener digna recompensa.
HÉCTOR
Me disputas estos caballos, que yo también deseo: inmortales e hijos de inmortales, llevan al belicoso hijo de Tetis. Dicese que Poseidón, rey de los mares, después de domarlos, los dio a su padre Peleo. Pero ya que te sonríe esa esperanza, no la verás frustrada. Te daré, pues, como deseas, el más bello adorno de tu casa, el carro de Aquiles.[224]
DOLÓN
Bien; si lo consigo, diré que entre todos los frigios he recibido el más rico presente en premio de mi valor. No debes tenerme envidia; tú poseerás otros muchos presentes que te han de deleitar, ya que eres el más esforzado de los troyanos.
EL CORO
Grande es el peligro; grande la recompensa. Feliz serás cuando disfrutares de ella, y gloriosa tu hazaña. Y honor insigne es también casarse con la hija de príncipes. Por lo que hace a los dioses, que te proteja la Justicia; de mano de los hombres obtendrás la más preciosa recompensa.
DOLÓN
Iré; pero voy antes a mi casa, a mis lares, y me vestiré como conviene, y desde allí enderezaré mis pasos a las naves de los argivos.
EL CORO
Dime si tu vestido será distinto del que ahora llevas.
DOLÓN
Adecuado a esta empresa y a mi furtiva peregrinación.
EL CORO
Bueno es conocer hasta dónde llega tu astucia; di, ¿cuál será tu traje?
DOLÓN
Cubrirá mis espaldas una piel de lobo; la abertura de su boca caerá sobre mi cabeza, sus garras delanteras vendrán a mis manos, y a mis pies las traseras, e imitaré su paso; así será difícil que me sientan los enemigos, y me acercaré al foso y a las trincheras de las naves. Al penetrar en algún lugar desierto andaré en dos pies; tal es mi estratagema.
EL CORO
Que Hermes, el hijo de Maya, te lleve y te traiga con felicidad, que él es rey de los ladrones. Bien lo has pensado; solo falta que la fortuna te favorezca.
DOLÓN
Así me escaparé de la muerte, mataré a Odiseo y verás su cabeza. Seguro podrás decir entonces que Dolón estuvo junto a las naves de los griegos. Quizá muera el hijo de Tideo;[225] no volveré a mi casa sin llenar de sangre mis manos, antes que la luz alumbre de nuevo a la tierra.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Apolo Delio, que moras en tu templo de Timbrea y de Licia!;[226] ¡oh numen divino!, ven armado de tu arco, ven y sirve de guía salvador en esta peregrinación nocturna; ven y socorre a los hijos de Dárdano,[227] que eres todopoderoso y el fundador de las antiguas murallas de Troya.[228]