Part 8
¡Oh Deméter!,[120] divina protectora de esta tierra de Eleusis, y sacerdotes que habitáis en los templos de la diosa; que yo, Etra, sea feliz y mi hijo Teseo, y la ciudad de Atenas y la tierra de Piteo,[121] en donde me educó mi padre en opulento palacio y me dio por esposo a Egeo, el hijo de Pandión,[122] obedeciendo los oráculos de Apolo. Tal es mi súplica, compadecida de estas ancianas, que han abandonado sus hogares de Argos, víctimas de grave calamidad, y ciñen sus rodillas con el ramo de oliva de las suplicantes. Huérfanas han quedado de siete nobles hijos, muertos junto a las puertas de Cadmo, cuando fueron a las órdenes de Adrasto,[123] rey de los argivos, a restituir a su yerno Polinices su parte de la herencia de Edipo. Las madres de estos héroes, que perecieron en la guerra, quieren sepultar sus cadáveres, y los poderosos lo prohíben y no acceden a sus ruegos, menospreciando las leyes divinas. Adrasto, su compañero de infortunio, implora también mi protección, llenos sus ojos de lágrimas, y yace aquí lamentándose de esa guerra y expedición muy desdichada que lo sacó de su palacio; exhórtame a que suplique a mi hijo para que recupere los cadáveres, y ya por la persuasión, ya por la fuerza de su lanza, que autorice su sepultura; tal es la única gracia que pide a mi hijo y a la ciudad de Atenas. Sacrifico ahora por mi patria, antes de ararse la tierra, y con ese objeto he venido desde mi palacio a este templo, en donde apareció primero lozana la fructífera espiga. Ceñida, pues, con este lazo de sagradas hojas que no ciñe,[124] hállome junto a los santos hogares de las dos diosas Perséfone y Deméter, compadecida, en verdad, de estas madres de blancos cabellos, huérfanas de sus hijos por respeto a los venerables ramos, cubiertos de lana.[125] Un heraldo ha ido de mi parte a la ciudad para llamar a Teseo y librar a esta región de su incómoda presencia, o dejarme en libertad después de probar a los dioses de algún modo mis piadosas intenciones. Conviene que en tales casos las mujeres prudentes se valgan siempre de los hombres.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Ruégote, anciana, con mis viejos labios, y cayendo a tus pies, que rescates a mis hijos de entre los muertos, que si no servirán de pasto sus cuerpos a las fieras de los montes, sin fuerza sus miembros por obra de la muerte.
_Antístrofa 1.ª_ — Mira mis párpados llenos de lágrimas de mis ojos, que mueven a lástima, y el estrago que en mi rostro y en mis blancos cabellos han hecho mis arrugadas manos; ¿cómo, pues, demostraré mi pena, cuando ni he expuesto en mi casa a mis hijos difuntos, ni veo los túmulos de tierra de sus sepulcros?
_Estrofa 2.ª_ — Tú también, ¡oh mujer venerable!, diste a luz un hijo hace tiempo, y llenaste a tu esposo de alegría; ponte, ponte, pues, en mi lugar, y considera cuánto es mi dolor y mi desventura por la pérdida de los hijos a quienes di la vida; persuade al tuyo, a quien suplicamos que vaya al Ismeno y que ponga en mis manos desdichadas los cuerpos insepultos de los jóvenes que han perecido.
_Antístrofa 2.ª_ — No como mandan los ritos, sino impelida por la necesidad, me he prosternado en tu presencia, viniendo a suplicarte ante las aras de los dioses que reciben el fuego; justo es nuestro ruego, y tú, en cierto modo, ya que eres afortunada, puedes inclinar a tu hijo a que remedie mi desventura. Sufriendo males lamentables, yo, infeliz suplicante, te pido que pongas a mi hijo en mis manos para abrazar sus tristes restos.
_Estrofa 3.ª_ — Nueva lucha, nuevo llanto sucede al mío; ya resuenan las manos de mis esclavas. Id, oh vosotras las que respondéis a mis lamentos; id, compañeras de dolor a componer el coro que Hades ama; llenad de sangre vuestras mejillas; desgarrad vuestro cuerpo con vuestras blancas uñas: los honores que se tributan a los muertos glorifican a los vivos.
_Antístrofa 3.ª_ — Siento en llorar placer insaciable y molesto; como gota que cae de elevado y húmedo peñasco es mi perenne llanto; a raudales brotan las lágrimas de los ojos de las mujeres cuando la muerte se apodera de sus hijos. ¡Ay, ay de mí! ¡Ojalá que muerta no sintiese tales dolores!
TESEO
¿Qué sollozos he oído y qué golpes de pechos y lamentaciones fúnebres, que parecen salir de estos templos? El miedo me deja en suspenso, temiendo que a mi madre, a quien busco, ausente del palacio hace tiempo, haya sucedido alguna desgracia. ¿Qué es esto?; todo me anuncia extraños sucesos. Veo a mi anciana madre sentada junto al ara, y acompáñanla mujeres extranjeras que dan inequívocas señales de dolor: de sus ojos venerables derraman lágrimas que mueven a lástima, sus cabezas están rasuradas y su traje no es el de las sagradas fiestas. ¿Quiénes son estas mujeres, madre?; a ti te toca decirlo; a mí, oírlo; de seguro será alguna novedad.
ETRA
Hijo, estas mujeres son las madres de los siete capitanes que murieron junto a las puertas cadmeas; con los ramos de las suplicantes me cercan y me custodian como ves, ¡oh hijo!
TESEO
¿Y quién es ese que gime tan miserablemente a las puertas del templo?
ETRA
Adrasto, según dicen, rey de los argivos.
TESEO
Y los niños que le rodean, ¿son acaso sus hijos?
ETRA
No, que son hijos de los muertos.
TESEO
¿Por qué nos imploran con sus manos suplicantes?
ETRA
Lo sé; pero a ellos toca decírtelo, ¡oh hijo!
TESEO
A ti me dirijo, que estás envuelto en tu manto: habla, descubre tu cabeza y deja de llorar; nada podrás conseguir si no te explicas antes.
ADRASTO
¡Oh Teseo!, rey del Ática, ilustre por tus victorias, suplicante vengo en tu busca y en la de tu ciudad.
TESEO
¿En demanda de qué? ¿Cuál es tu cuita?
ADRASTO
Conoces mi funesta expedición.
TESEO
Sin duda no atravesaste invisible la Grecia.
ADRASTO
Allí perdí a los próceres argivos.
TESEO
Tales son los efectos de una guerra desdichada.
ADRASTO
Fui a pedir esos muertos a la ciudad.
TESEO
¿Confiabas en los heraldos de Hermes para sepultarlos?
ADRASTO
Pero sus matadores no me lo conceden.
TESEO
¿Y qué dicen, siendo justa tu petición?
ADRASTO
¿Qué ha de ser? Como les favoreció la fortuna, no saben contenerse.
TESEO
¿Has venido acaso a consultarme, o con qué objeto?
ADRASTO
Solo ansío, ¡oh Teseo!, que rescates a los hijos de los argivos.
TESEO
¿Qué hizo vuestra Argos? ¿Fue vana su jactancia?
ADRASTO
Frustrado nuestro empeño, recurrimos a ti.
TESEO
¿Tú en particular, o en representación de los ciudadanos?
ADRASTO
Todas las danaides[126] te ruegan suplicantes que entierres a los muertos.
TESEO
¿Por qué llevaste a Tebas siete carros?
ADRASTO
Cumpliendo este deber en beneficio de mis dos yernos.
TESEO
¿Con qué ciudadanos de Argos casaste a tus hijas?
ADRASTO
Mi familia no ha contraído alianza con ninguno de ellos.
TESEO
¿Pero diste a extranjeros esas doncellas argivas?
ADRASTO
A Tideo y a Polinices, oriundo de Tebas.
TESEO
¿Qué motivo te indujo a emparentar con ellos?
ADRASTO
Los oscuros enigmas de Febo.[127]
TESEO
Pero ¿qué dijo Apolo aludiendo al casamiento de tus hijas?
ADRASTO
Que las casase con el jabalí y el león.
TESEO
¿Y cómo entendiste los oráculos del dios?
ADRASTO
Al venir de noche a mi palacio desterrados...
TESEO
¿Quién y quién?, di: hablaste de dos a un tiempo.
ADRASTO
Tideo y Polinices, que se pelearon entre sí.
TESEO
¿Y les diste tus hijas, como si fuesen fieras?
ADRASTO
Semejante fue su combate al de dos fieras.
TESEO
¿Cómo vinieron, dejando su patria?
ADRASTO
Tideo vino de la suya por haber dado muerte a uno de sus parientes.[128]
TESEO
¿Y cómo vino el hijo de Edipo, abandonando a Tebas?
ADRASTO
A causa de las maldiciones de su padre, para no matar a su hermano.
TESEO
Prudente fue, en verdad, el destierro voluntario de que hablas.
ADRASTO
Pero los que permanecieron en su patria obraron injustamente en su ausencia.
TESEO
¿Acaso su hermano le usurpó su patrimonio?
ADRASTO
Salí para castigarlo, y así me arruiné.
TESEO
¿Consultaste a los adivinos y examinaste las llamas de las víctimas?
ADRASTO
¡Ay de mí, adivinaste mi mayor pecado!
TESEO
Según parece, no fuiste a la guerra contando con la protección de los dioses.
ADRASTO
Lo que es peor, fui a ella contra la voluntad de Anfiarao.[129]
TESEO
¿Y cómo hiciste tan poco aprecio de la protección de los dioses?
ADRASTO
Aturdiome el tumulto que promovieron los jóvenes.
TESEO
Hiciste lo que te aconsejaba la audacia, no la prudencia, causa de la perdición de muchos generales.
ADRASTO
Pero, ¡oh tú, rey de Atenas, el más fuerte de los griegos: aunque me sonroje, caeré en tierra abrazando con mis manos tus rodillas! Y aunque me acuerde de mis blancos cabellos y de que fui rey feliz en otro tiempo, véome obligado a ceder a la desgracia: ruégote, pues, que me entregues esos muertos; compadécete de mis males y de estas madres de hijos ya difuntos, también ancianas, huérfanas de canos cabellos. Tuvieron valor para venir aquí y andar a pie el camino, moviendo a lástima sus trémulos pasos; triste embajada, no para tomar parte en las ceremonias de Deméter, sino para sepultar muertos, cuando debieran haberlo sido por las manos de ellos, y mucho menos celebrar en su honra prematuros funerales. Prudente es que el rico se acuerde de los pobres y el pobre de los ricos, para que el amor al lucro lo estimule en vez de abandonarse, y que los afortunados se apiaden de las miserias, y que el poeta[130] escriba alegre; a no ser así, a los demás no deleitará, y sí su alma afligida; lo contrario no sería natural. Acaso dirás: «¿Por qué no acudes al país de Pélope y echas esta carga sobre los atenienses?». Yo puedo explicártelo mejor que nadie: Esparta es cruel y cauta; las demás ciudades pequeñas y débiles. Así, solo tu Atenas puede ampararme, que suele compadecerse de las desdichas ajenas, y tú la gobiernas, joven y vigoroso. Por falta de tales gobernantes perecieron muchos estados.
EL CORO
Y yo, Teseo, uno a los suyos mis ruegos, y te suplico que te compadezcas de mis calamidades.
TESEO
Ya traté de esto con otros, que me hablaron como tú lo haces ahora. Alguno ha dicho que los males humanos son más numerosos que los bienes. Yo, sin embargo, creo lo contrario, y que los bienes aventajan en número a los males, porque, a no ser así, no existiríamos. Alabo, pues, al dios, sea el que fuere, que nos hizo de distinta condición que la confusa y grosera de los brutos, dándonos primero la razón; después, la palabra para expresar nuestras ideas y comunicárnoslas mutuamente, y los granos por alimento, y el húmedo rocío, que baja del cielo para regar los frutos, de suerte que lo que nace de la tierra vuelve a ella y la fertiliza; y además, abrigo contra el invierno y sombra para evitar el ardor del sol, y medios de navegar para que el comercio nos suministre todo aquello con que cuenta cada país. Lo desconocido y lo que no comprendemos con claridad, examinando las llamas y las entrañas de las víctimas, lo descubren los adivinos o lo conjeturan de los augurios. ¿No somos, pues, ingratos, cuando los dioses nos han dado tales medios de vivir y no nos bastan? Pero nuestra ambición aspira a superarlos en poder, y llevados de nuestra soberbia, pretendemos ser más sabios que ellos. Tu ligereza me inclina a pensar que eres de este número, puesto que diste tus hijas a extranjeros, como si fuesen dioses, obligado por el oráculo de Febo, y empañaste el lustre de tu distinguida familia enlazándola con otras de mala fama. El hombre prudente no debe mezclar a los inocentes con los culpables, sino ganar amigos opulentos. Los dioses confunden a todos a veces, y con sus calamidades suelen perder a un tiempo al culpable con el que no lo es tanto y con el que no pecó en nada. Llevaste a tu empresa a todos los argivos, aunque los adivinos te decían a gritos los oráculos, y tú los despreciaste, sin hacer caso de los dioses, y te dejaste arrastrar de tu violencia, y perdiste a tu ciudad, seducido por jóvenes, los cuales, como solo ansían honores, apetecen la guerra, y sin razón la fomentan, y pervierten a sus conciudadanos, uno, para ser general; otro, para satisfacer su ambición y mandar, y algunos, para adquirir riquezas, sin acordarse del daño que puede recibir el pueblo. Tres son los partidos de las ciudades: el primero, de los ricos inútiles, que siempre quieren más; el segundo, de los pobres, que carecen del sustento, vehementes en sus deseos, muy dados a la envidia, siempre prontos a herir a los ricos con sus malignos aguijones y engañados por sus malvados jefes; y el tercero, el de aquellos que están a igual distancia de ambos, que conserva los estados y defiende las leyes que la ciudad ha establecido. En vista de tales razones, ¿te debo yo auxiliar? ¿Cómo podré defenderme? Vete, pues, y sufre las consecuencias de tu mal consejo, no sea que tu mala fortuna nos contagie.
EL CORO
Erró Adrasto, pero merece el perdón; arrastráronlo sus fogosos yernos.
ADRASTO
Nunca te elegí para juez de mis males, sino que recurrimos a ti, ¡oh rey!, para que los remediaras; ni aun admitiendo que yo no obrara bien, tú no me has de reprender y castigar, sino solo socorrerme. Si no quieres hacerlo, no me queda otro recurso que obedecerte; ¿qué he de hacer, pues? Vamos, ancianas, marchaos dejando aquí la verde hoja de los ramos, ceñida de lana, y poned por testigos a los dioses, a la Tierra, a Deméter, diosa flamígera,[131] y a la luz del Sol de que han sido inútiles las súplicas que les hicimos.
EL CORO[132]
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
el cual era hijo de Pélope, y nosotros, que somos de la tierra pelopea, tenemos la misma sangre en nuestras venas. ¿Qué haces? ¿Renegarás de tu origen y expulsarás de este territorio a ancianos, desoyendo sus justos ruegos? De ninguna manera: la fiera busca un refugio en los peñascos; el esclavo, en las aras de los dioses; y la ciudad, bamboleada por las tempestades, recurre suplicante a otra ciudad; en las cosas humanas nada hay perpetuamente feliz.
Vete, ¡oh desventurada!, del suelo sagrado de Perséfone; vete, y suplica por las rodillas que abraces con tus manos que traiga los cadáveres de mis hijos muertos, ¡oh desdichada de mí!, a quienes perdí en la flor de sus años bajo las murallas cadmeas.
¡Ay de mí! Coged mis trémulas manos, levantadme, llevadme, enderezad a esta desventurada. Suplícote por tu barba, ¡oh tú, muy querido!, ¡oh tú, el más ilustre de los griegos!, prosternándome a tus rodillas y delante de tu mano, ¡ay de mí, mísera!, que por mis hijos te apiades de mis súplicas, ya que como fugitiva doy flébil, flébil lamento, y te ruego con todas mis veras, ¡oh hijo!, que no dejes insepultos en la tierra de Cadmo, para servir a las fieras de juguete, a los que son de tu misma edad.
Mira las lágrimas que cubren mis párpados y cómo caigo a tus rodillas, para que sepultes a mis hijos.
TESEO
Madre, ¿por qué lloras, cubriendo tus ojos con el sutil manto? ¿Acaso te compadeces de las lamentables querellas de estas mujeres? A mí también me han conmovido. Levanta tu blanca cabeza, no derrames lágrimas, sentada ante los sagrados hogares de Deméter.
ETRA
¡Ay, ay de mí!
TESEO
Tú no debes gemir por estos males.
ETRA
¡Oh mujeres desdichadas!
TESEO
Tú no eres una de ellas.
ETRA
¿Diré algo, ¡oh hijo!, que pueda redundar en tu honor y en el de la ciudad?
TESEO
Habla, que las mujeres suelen dar muchas veces sabios consejos.
ETRA
Pero las palabras que callo me hacen vacilar.
TESEO
Vergonzoso es que calles lo que conviene a tus amigos.
ETRA
Ciertamente, no callaré si después me he de arrepentir de mi silencio y calificarlo de vergonzoso; si, por temor de que sean inútiles las bellas frases de las mujeres, reservara mi honesto consejo. Ordénote, ¡oh hijo!, primeramente, que obedezcas a los dioses y que no los ofendas despreciándolos, pues podría suceder que no los veneraras ahora, aunque en lo demás fueras sabio. Nada diría de seguro mi audacia si no hubiese de favorecer a los que sufren injustamente; pero será glorioso para ti, ¡oh hijo!, y no vacilaré en aconsejártelo, que con tu poder obligues a esos hombres desalmados, que se oponen a dar a los muertos la debida sepultura y a que se les tributen los últimos honores, a llenar este deber indispensable, y a que por fuerza los refrenes en castigo del desdén que muestran en la observancia de los ritos de toda la Grecia. La guarda cuidadosa de las leyes es el sostén de los estados. Dirá alguno quizás que pudiendo ganar para tu ciudad una corona de gloria, no la logras por cobardía, y que si has luchado con un feroz jabalí, sufriendo ese trabajo poco famoso, cuando debías mostrar tu esfuerzo contra cascos y lanzas en batalla, obrabas como un villano. De ningún modo lo harás, que yo te di a luz, ¡oh hijo! ¿Acaso no ves cómo tu patria, de cuya imprudencia se burlan, mira con torvos ojos a los que de ella se mofan? Con los peligros prospera. Las ciudades ociosas que pasan en la oscuridad su existencia, oscuras también quedan cuando temen más de lo justo. ¿No socorrerás, ¡oh hijo!, a muertos y mujeres desdichadas, que necesitan ayuda? Yo nada recelo contra ti cuando vas a defender la justicia; y al ver al afortunado pueblo de Cadmo, que no vacila en probar otra vez su suerte, debes tener confianza, que Dios suele trastornarlo todo.
EL CORO
¡Oh tú, la muy querida, bien has hablado en nuestro favor, y doble es por esto mi alegría!
TESEO
Las palabras que pronuncié, ¡oh madre!, contra este son razonables, y ya conoces mi opinión acerca de sus proyectos insensatos; pero yo convengo también en lo que me adviertes, y que no es conforme a mis hábitos huir del peligro. Después de ejecutar muchas honrosas hazañas hasta ahora entre todos los griegos, he acostumbrado siempre castigar a los malvados. ¿Qué dirán mis enemigos cuando tú, que me engendraste y que temes por mi vida, eres la primera en encomendarme este trabajo? Iré, pues, a cumplirlo, y rescataré los cadáveres, y con mis palabras los persuadiré a que me los entreguen; si no, se decidirá la cuestión por la fuerza de las armas, si no se oponen los dioses. Deseo que así lo decrete toda la ciudad, y lo hará queriendo yo; pero si dejo al pueblo el derecho de deliberar, me será más propicio; yo le he cedido la soberanía, haciendo libre a esta ciudad y facultándola para emitir sus sufragios. Adrasto me acompañará para probar con su presencia la verdad de mis palabras, y con él me presentaré ante la multitud, y convocada la juventud ateniense, vendré aquí, y ya preparados a la guerra, enviaré mensajeros a Creonte pidiéndole los muertos. Pero quitad a mi madre, ¡oh ancianas!, las sagradas coronas,[133] para que la lleve al palacio de Egeo de su amada mano; que el hijo que no sirve a sus padres es infeliz. Solo de esta manera recibirá a su vez de los suyos lo que haya dado a sus padres.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Argos, abundante en caballos, mi patrio suelo; ya has oído, ya has oído estas palabras del rey, testimonio de su piedad, que serán apreciadas en su justo valor en la Argólida y en la gran región de los pelasgos![134]
_Antístrofa 1.ª_ — ¡Ojalá que poniendo término a mis males, y aun algo más, me traiga los sangrientos trofeos que llenarán de gozo a mi corazón maternal, y que contraiga conmigo alianza la tierra de Ínaco,[135] agradecida a su auxilio!
_Estrofa 2.ª_ — Tan piadoso servicio honra a las ciudades y engendra perpetua gratitud. Pero, al fin, ¿qué decretará la ciudad en mi favor? ¿Será mi aliada y obtendremos el derecho de sepultar a nuestros hijos?
_Antístrofa 2.ª_ — ¡Socorre a una madre, socórrela, ciudad de Palas, que no sean holladas las leyes de los hombres! Tú rindes culto a la justicia, tú castigas a los injustos y ayudas a todos los afligidos cuando sufren sin razón.
TESEO (_hablando con un heraldo_).
Publicar los edictos es siempre tu obligación, y así me sirves y a la ciudad también. Encamínate ahora más allá del Asopo y de las aguas del Ismeno, y habla así al venerable tirano de los cadmeos: «Teseo te pide amistosamente los cadáveres que han de sepultarse; habita un país vecino y lo reputa justo, y desea granjearse el afecto de todos los hijos de Erecteo». Y si lo conceden, vuelve; si no, añade que esperen en breve mi escuadrón de jóvenes armados de escudo. Ya el ejército se apresta al combate, y lo revisto cerca del pozo sagrado de Calícoro.[136] Y con placer y buena voluntad se encarga la ciudad de dar cima a este trabajo, conocido mi deseo. ¡Hola! ¿Quién interrumpe mis palabras? Un heraldo tebano, según parece, aunque no estoy de ello muy seguro. Espera a ver si te libra de tu pena y con su llegada previene mis proyectos.
EL HERALDO
¿Quién es el tirano de esta región? ¿A quién he de anunciar la embajada de Creonte, que impera en la tierra de Cadmo, muerto Etéocles por su hermano Polinices junto a las siete puertas?
TESEO
Errado vas desde el principio de tu discurso, ¡oh extranjero!, buscando aquí a un tirano; libre es esta ciudad, y no la rige uno solo; el pueblo gobierna por medio de sus magistrados anuales, y no da el mando a los ricos: el pobre disfruta de iguales derechos.
EL HERALDO
Ventaja nos das en esto como en el juego de dados, pues en la ciudad que me manda, uno solo gobierna, no la muchedumbre, ni hay quien la llene de orgullo con vanos discursos, atentos solo a su interés personal, mientras otros la distraen indebidamente, y quien era grato ha poco y gozaba de mucho favor después la ofenda, y empleando nuevas calumnias para paliar sus anteriores faltas, evite su castigo. ¿Cómo, de otra manera, no apreciando bien el pueblo la razón, podrá gobernar la ciudad? La calma vale más que la precipitación. Pero el pobre rústico, aunque no sea ignorante, ocupado en su trabajo, no podrá atender al bien público. Y sin duda perjudicará a los de más valía que un malvado consiga las primeras dignidades, embaucando al pueblo con sus discursos, cuando antes no era nada.
TESEO