Chapter 5 of 23 · 3663 words · ~18 min read

Part 5

ANDRÓMACA es una tragedia griega notable, con todos sus elementos esenciales, porque el destino, o la voluntad divina, sobreponiéndose a las humanas, inspirándolas y moviéndolas como dóciles instrumentos, lleva a cabo sus acuerdos humillando su orgullo y sus pretensiones, y demostrando la flaqueza o inanidad de los cálculos de los mortales. Neoptólemo ha ofendido gravemente a Apolo y ha de expiar su pecado, y de aquí sus amoríos con Andrómaca, su casamiento con Hermíone y las consecuencias funestas de su predilección por la primera. Obra de un dios, solo otra diosa, Tetis, y cumplida la expiación, puede y debe resolver el conflicto suscitado. Pero ni Esquilo ni Sófocles la hubieran escrito como Eurípides, porque este prefiere, dentro de esa esfera tradicional, presentar a los hombres como son, no como deben ser ni superiores a la realidad, como sus dos ilustres predecesores. No hubieran llamado a Febo _rencoroso como un hombre malvado_, y habrían también omitido la exposición o prólogo de Andrómaca, y las dos justas forenses de Hermíone y de Andrómaca, y de Peleo y Menelao, y los flechazos contra las mujeres, con la agravante de ser ellas mismas las que las disparan para darlas más fuerza. Filósofo de su época y nada crédulo, pinta a nuestro linaje como es, desenvuelve la tesis de los males e inconvenientes de la poligamia, fin moral y político, y observa también los preceptos de la misma moral dramática, puesto que el principal culpable respecto a los dioses y a los hombres, o Neoptólemo, es castigado y premiada Andrómaca como merecía.

En cuanto a la fecha de su representación, basta su simple lectura para averiguar que debió ser durante la guerra del Peloponeso, porque el poeta no pierde nunca la ocasión de congraciarse con los espectadores, ensañándose en los lacedemonios, achaque muy democrático y causa probable de los largos parlamentos forenses ya citados, gratísimos a los atenienses, y objeto de las donosas burlas de Aristófanes en _Las Avispas_. Los eruditos dicen que se representó el año segundo de la olimpiada 89, 422 antes de Jesucristo.

PERSONAJES

ANDRÓMACA, _viuda de Héctor y mujer de Neoptólemo._ UNA ESCLAVA TROYANA. EL CORO, _compuesto de mujeres tesalias._ HERMÍONE, _esposa de Neoptólemo, hija de Menelao._ MENELAO, _padre de Hermíone._ MOLOSO, _hijo de Andrómaca y de Neoptólemo._ ΡELEO, _abuelo de Neoptólemo._ UNA NODRIZA. ORESTES, _hijo de Agamenón y de Clitemnestra._ UN MENSAJERO. TETIS, _diosa del mar y esposa de Peleo._

El teatro representa el palacio de Neoptólemo, y enfrente el templo de Tetis, ante cuyo altar aparece Andrómaca suplicante.

ANDRÓMACA

Ciudad de Tebas,[78] honra del Asia, de donde en otro tiempo vine con opulenta dote a la regia morada de Príamo para casarme con Héctor y darle hijos; yo soy Andrómaca, feliz sin duda en los pasados días, y ahora la mujer más desventurada que hay y habrá jamás, pues presencié la muerte de mi esposo, Héctor, a manos de Aquiles, y la de Astianacte, su hijo y el mío, precipitado desde torres empinadas después que los griegos tomaron a Troya; sufro dura esclavitud, cuando fue libérrima mi familia, y he venido a la Grecia a manos del insular[79] Neoptólemo, como trofeo de guerra elegido para él en el botín de Troya. Habito los campos vecinos a la ciudad de Farsalia y a la Ftía,[80] en donde moraba con Peleo la marina Tetis, separada del comercio de los hombres y esquivando su trato, por lo cual el pueblo tesálico llama a este lugar Tetidio, en conmemoración del himeneo de la diosa con ese mortal. Aquí el hijo de Aquiles reside en su palacio, y deja a Peleo reinar en la Farsalia, no queriendo empuñar el cetro mientras ese anciano viva. Y yo he dado a luz en él un niño, hijo del hijo de Aquiles, mi señor. Antes, a pesar de las desdichas que me rodeaban, me consolaba la esperanza de que, viviendo mi hijo, encontraría en él alguna defensa y como el baluarte contra mis males; pero desde que mi dueño se casó con la lacedemonia Hermíone,[81] despreciando mi tálamo servil, atorméntame su esposa con innumerables pesares. Dice que con ocultos filtros la hago estéril y odiosa a su marido, y que yo sola quiero mandar en este palacio, arrojándola por fuerza de su lecho cuando lo acepté en un principio contra mi voluntad, y ahora lo he abandonado. Bien sabe Zeus Máximo que yo no comparto de buena gana su tálamo. Pero no puedo convencerla, y quiere matarme, y su padre, Menelao, le ayuda en su propósito. Ahora está en el palacio, habiendo venido de Esparta. Yo, aterrada, me he refugiado en este santuario de Tetis, próximo al palacio, y aquí ruego a esa diosa que me libre de la muerte, puesto que Peleo y su descendencia lo respetan como monumento de sus nupcias con Tetis. En cuanto a mi hijo único, lo tengo oculto en otra parte para salvarle la vida; su padre ni se cuida de mí, ni en nada le sirve; ausente en Delfos, en donde paga a Apolo la pena impuesta a su furor, cuando fue en otro tiempo al templo Pitio a pedir al dios que se obligase a sufrir el castigo que merecía la muerte de su padre, con la mira de expiar ahora su falta anterior y obtener en lo futuro el favor de Febo.[82]

LA ESCLAVA

¡Oh señora!, que no temo darte este nombre, habiéndolo pronunciado tantas veces en tu palacio, cuando residíamos en Troya, y te amaba, y a tu marido, entonces vivo; ahora te hablo para anunciarte nuevas que te interesan, con miedo, es verdad, por si lo saben mis señores, pero compadecida de ti: Menelao y su hija maquinan atroces crueldades, que debes precaver.

ANDRÓMACA

¡Oh consierva muy amada!, pues consierva eres de una reina, feliz en otro tiempo, ahora infortunada: ¿qué hacen, qué lazos nuevos me tienden, queriendo matarme sin compasión por mis desdichas?

LA ESCLAVA

Tratan, ¡oh mujer sin ventura!, de matar a tu hijo, al que alejaste de tu palacio.

ANDRÓMACA

¡Ay de mí! ¿Ha sabido ella que está oculto mi hijo? ¿Cómo? ¡Oh desventurada de mí, que voy a perecer!

LA ESCLAVA

No lo sé; pero he averiguado que Menelao ha salido a buscarlo.

ANDRÓMACA

¡Cierta es mi muerte! ¡Oh hijo!, estos dos buitres te arrebatarán y te sacrificarán inhumanamente. ¡Y el que se llama tu padre, todavía en Delfos!

LA ESCLAVA

Creo que si él estuviera aquí no sería tanta tu desventura; pero ahora careces de amigos.

ANDRÓMACA

¿Ni se sabe nada de Peleo, cuya próxima venida se anunciaba?

LA ESCLAVA

Es más viejo de lo necesario para servirte su presencia.

ANDRÓMACA

Y lo he llamado, y no una sola ver.

LA ESCLAVA

¿Piensas acaso que se cuida nadie de tus mensajes?

ANDRÓMACA

¿Cómo pensarlo?[83] ¿Quieres ser tú mi mensajera?

LA ESCLAVA

¿Y qué diré si falto mucho tiempo del palacio?

ANDRÓMACA

Ya encontrarás razones; eres mujer.[84]

LA ESCLAVA

Es peligroso, porque Hermíone nos vigila sin descanso.

ANDRÓMACA

¿Lo ves? Abandonas a tus amigos en la desgracia.

LA ESCLAVA

Nunca podrás reconvenirme por esa falta. Iré, pues, aunque me exponga, que ni aun envidiable es la vida de una esclava.

ANDRÓMACA

Ve, y yo, como siempre, dirigiré al cielo mis gemidos, mis lamentos y mis lágrimas, que es ingénito en las mujeres deleitarse con sus desdichas y tenerlas siempre en los labios. No por un solo motivo, sino por muchos debo gemir: por mi ciudad patria, por la muerte de Héctor, por la cruel fortuna, que me agobia condenándome a indigna servidumbre. Ningún mortal puede llamarse feliz hasta su día postrimero y su descenso en los infiernos. Paris, en la alta Ilión, al casarse con Helena y hacerla compañera de su tálamo, no llevó a él a una recién desposada, sino a alguna Furia. Por su causa, ¡oh Troya!, a hierro y fuego te devastó el ligero Ares, que de Grecia vino en una nave, y a Héctor, al marido de esta desventurada, lo arrastró alrededor de las murallas, rigiendo su carro el hijo de la marina Tetis; yo misma fui arrancada del tálamo a la orilla del mar, y sujeta a triste esclavitud. Muchas lágrimas corrieron por mi rostro cuando abandoné la ciudad y el tálamo, y a mi marido cubierto de polvo. ¡Ay de mí, desventurada! ¿Por qué había de ver yo más la luz, esclava de Hermíone? Afligida por ella, suplicante, recurro a la estatua de la diosa, y la abrazo, y me consumo llorando como la fuente que se desliza por la peña gota a gota.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh mujer!, que por tanto tiempo resides en el templo y en el suelo consagrado a Tetis, y no lo abandonas; aunque yo sea ftiota y tú asiática, vengo, sin embargo, en tu ayuda, y a ofrecerte algún remedio a tus males, que os han convertido a ti y a Hermíone en rivales odiosas, sin duda porque compartes con ella el lecho del hijo de Aquiles.

_Antístrofa 1.ª_ — Piensa en tu suerte, reflexiona en el infortunio que te agobia. Tú, joven troyana, luchas con tus señores, oriundos de Lacedemonia. Deja el palacio de la diosa del mar, en donde sacrificamos nuestras ovejas. ¿De qué te sirve macerar tu cuerpo, desfigurado por las penas, y ser víctima de las violencias de tus dueños? La fuerza te someterá. ¿A qué sufrir trabajos, no pudiendo?

_Estrofa 2.ª_ — Vete, pues; abandona la espléndida mansión de la diosa nereida, y no olvides que eres esclava en extranjera tierra, en peregrina ciudad, en donde no vea ningún amigo, ¡oh infelicísima, oh esposa digna de lástima!

_Antístrofa 2.ª_ — Porque tú, mujer troyana, viniste a este palacio y excitaste mi compasión; pero no me atrevo a moverme por miedo a mis dueños, y sufro con pena tu desdicha, temerosa de que la nieta de Zeus advierta mi benevolencia.

HERMÍONE

Ni las joyas de oro que ciñen mi cabeza y son su encanto, ni este vestido y el lujoso manto que cubre mi cuerpo me acompañaron como primicias nupciales, dones de la casa de Aquiles o Peleo, cuando aquí vine, sino que mi padre, Menelao, me los trajo de la región espartana, con rica dote para hablar con libertad; con estas palabras os respondo.[85] Pero tú, cautiva y esclava, quieres poseer este palacio expulsándome de él; mi esposo me odia por tus filtros, y por tu causa mis entrañas no conciben, que es sagaz en tales artes el ingenio de las mujeres de Asia. Y yo pondré freno a tu maldad y no te servirá esta mansión de la nereida, ni el ara ni el templo, y habrás de morir. Si algún dios o algún hombre quiere salvarte, es menester que en vez de tu anterior orgullo, hijo de tu dicha, te inspire la humildad y te haga caer a mis rodillas, y barrer mi casa, y derramar con tu mano el agua del Aqueloo[86] de los vasos de oro, y conocer el país en que vives; no tienes aquí a Héctor, ni a Príamo, ni riquezas, sino solo una ciudad griega. A tal extremo ha llegado tu locura, ¡oh desventurada!, que te atreves a dormir con el hijo del que mató a tu esposo y a dar descendientes a su asesino. Tales son los bárbaros: el padre se casa con la hija, el hijo con la madre y la hermana con el hermano; mátase a los que más se ama, y nada de esto prohíben sus leyes. No introduzcas esas costumbres entre nosotros, que no es decoroso que un hombre solo tenga las riendas de dos mujeres, sino un solo amor conyugal, y que, contento con él, pueda vivir tranquilo en su hogar.

EL CORO

Envidiosa es la mujer, y aborrece más que nada a las compañeras de su lecho nupcial.

ANDRÓMACA

¡Ay, ay de mí! Fatal, sin duda, es para los mortales la juventud, y cuando son jóvenes, sentir injustas pasiones. Yo temo que me trates como a esclava y me impidas hablar, cuando tantas razones me asisten; y que si venzo reciba también daño. Los arrogantes oyen difícilmente sólidos argumentos de sus inferiores; sin embargo, nunca podré decidirme a faltarme a mí misma. Di, ¡oh jovencilla!, ¿qué motivos justos alegas para oponerte a los deseos legítimos de tu esposo? ¿Será la ciudad Lacedemonia inferior a la de los frigios, y más envidiable mi fortuna? ¿Me odias porque me ves libre, o porque te inquieta mi robustez y juventud,[87] mis grandes riquezas y numerosos amigos, y mi ambición de poseer el palacio que tú sola poseerías? ¿Quizá porque tengo hijos esclavos, para colmo de mis desdichas? ¿Acaso porque será preciso sufrir con resignación que mis hijos sean reyes de la Ftía, si tú no los tienes? Y en verdad que me aman los griegos porque también estimaban a Héctor, y soy mujer oscura, no reina de los frigios. No te aborrece tu esposo por mis filtros, sino porque careces de prendas amables. Tal es el verdadero filtro: no la hermosura, ¡oh mujer!, sino las virtudes deleitan a los maridos. Pero tú, si algo te ofende, hablas con arrogancia de la ciudad Lacedemonia, menosprecias a Esciros,[88] y entre pobres haces ostentación de tus riquezas; y Menelao es, en tu concepto, superior a Aquiles. Por esto seguramente te odia tu marido. Conviene que la mujer, aunque se case con un esposo malo, trate de agradarle y no de disputar con él, llena de orgullo. Si te hubieses casado con un rey de la nevada Tracia, en donde un solo lecho sirve a un hombre y a muchas mujeres, ¿las matarías acaso? Esa mancha hubiera recaído en todo tu sexo, y lo deshonrarías haciéndolo aparecer como aquejado de insaciable lujuria; vergonzoso sería, sin duda; y aunque esta enfermedad nos ataca con más fuerza que a los hombres, nos refrenamos por propio decoro. ¡Oh cariñoso Héctor! Por ti amaba yo a las que te inclinaba la astuta Afrodita, y muchas veces, para agradarte, di mi pecho a tus hijos bastardos.[89] Y al hacerlo así, mi virtud aumentaba la estimación que me profesaba mi esposo; pero tú, por miedo, no consientes que una leve gota de celestial rocío toque siquiera al tuyo. Cuida de no superar a tu madre, ¡oh mujer!, en tu amor a los hombres,[90] porque los hijos de sano corazón no deben imitar las costumbres de sus madres cuando son malas.

EL CORO

¡Oh señora!, si puedes hacerlo, transige siquiera con ella.

HERMÍONE

¿Por qué hablas con arrogancia y te atreves a disputar conmigo? ¡Como si tú sola fueras casta y yo no!

ANDRÓMACA

Si a tus palabras nos atenemos, nada tienen de castas.

HERMÍONE

Que nunca piense yo como tú, ¡oh mujer!

ANDRÓMACA

Eres jovencita y hablas de lo que debiera ruborizarte.

HERMÍONE

Tú no hablas así, en verdad, pero me ofendes cuanto puedes.

ANDRÓMACA

¿No sufrirás, pues, los dolores que da Afrodita?

HERMÍONE

¿Y por qué? ¿No miran sus goces todas las mujeres como el bien supremo?

ANDRÓMACA

Sí, cuando lo hacen con decoro; si no, no son honestas.

HERMÍONE

No gobernamos a nuestros súbditos con las leyes de los bárbaros.

ANDRÓMACA

Lo que es vergonzoso entre ellos es aquí infame.

HERMÍONE

Astuta, astuta eres; pero has de morir.

ANDRÓMACA

¿Ves la estatua de Tetis que te contempla?

HERMÍONE

Y que seguramente aborrece a tu patria por la muerte de Aquiles.

ANDRÓMACA

Tu madre, Helena, lo perdió; no yo.

HERMÍONE

¿Todavía me has de causar más disgustos?

ANDRÓMACA

Callo, pues, y refreno mi lengua.

HERMÍONE

Di, pues, la razón que aquí me trae.

ANDRÓMACA

Digo tan solo que tú no sabes lo que te conviene.

HERMÍONE

¿Dejarás este templo de la diosa del mar?

ANDRÓMACA

Sí, si no muero; pero si no, nunca.

HERMÍONE

Así se ha decretado, y no esperaré a que venga mi esposo.

ANDRÓMACA

Y hasta que no llegue no me pondré en tus manos.

HERMÍONE

Y el fuego te ahuyentará sin cuidarme de ti.

ANDRÓMACA

Enciéndelo, pues; los dioses lo tendrán presente.

HERMÍONE

Y llenaré tu cuerpo de graves y dolorosas heridas.

ANDRÓMACA

Hiéreme; mancha con sangre el ara de la diosa, que ella te castigará.

HERMÍONE

¡Oh tú, bárbara bestia, dura y obstinada, sufrirás la muerte! Yo te obligaré a que desalojes pronto este lugar, y para lograrlo emplearé cierto cebo. Pero más vale callar, que no tardará en saberse. Persiste en tu propósito, que aun rodeándote por todas partes plomo derretido,[91] te haré huir antes que venga el hijo de Aquiles, en quien confías.

ANDRÓMACA

Y en él sigo confiando: maravilla es que algún dios hallase remedios contra las ponzoñosas serpientes y ninguno contra las mujeres, peores que la víbora y el fuego, y calamidad verdadera para los hombres.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Causa de grandes desdichas fue sin duda la llegada a los montes ideos del hijo de Zeus y de Maya,[92] guiando el hermoso carro de las tres diosas, para oír el funesto fallo acerca de su belleza, encaminándose a los establos del boyero en busca del joven y solitario pastor y de los lares desiertos de su cabaña.

_Antístrofa 1.ª_ — Cuando las tres llegaron a las umbrosas selvas de los montes, lavaron sus refulgentes cuerpos en las aguas de las fuentes y buscaron al hijo de Príamo. Dirigiéronle a porfía palabras lisonjeras; y Afrodita venció con sus frases insinuantes, gratas al oído, causa de la deplorable ruina de la ciudad de los frigios y de los alcázares de la infortunada Troya.

_Estrofa 2.ª_ — Ojalá que alejase tal desdicha de su cabeza[93] la que dio a luz en otro tiempo al malhadado Paris, antes de enviarlo al Ida, cuando Casandra[94] clamó junto al laurel sagrado que era preciso matarlo, porque sería causa de grande estrago para la ciudad de Príamo. ¿A quién no incitó a ello? ¿A qué anciano del pueblo no rogó que matase al niño?

_Antístrofa 2.ª_ — El yugo de la servidumbre no pesaría sobre Troya, y tú, mujer, hubieses disfrutado de tu real palacio, y los griegos no habrían sufrido nuevos trabajos, vagando los jóvenes diez años alrededor de Troya, víctimas de bélicas fatigas, y ni los lechos nupciales hubiesen quedado desiertos, ni los ancianos sin hijos.

MENELAO

En mi poder está ya tu hijo, escondido por ti en otra casa, sin que Hermíone lo supiese. Pensabas que te salvaría la imagen de Tetis, y a tu hijo el estar oculto; pero sabes menos que Menelao, ¡oh mujer! Y si no abandonas este lugar, morirá por ti. Decídete, pues, si quieres, a sacrificarte por él, o al contrario, único medio de expiar las ofensas que nos has hecho a mí y a mi hija.

ANDRÓMACA

¡Oh fama, fama!, a miles de mortales que nada eran concediste gloriosa vida. Felices juzgo a los que disfrutan de renombre merecido; pero los falsamente famosos no los tengo por ilustres, puesto que su reputación de sabios solo de la casualidad depende. Tú, hombre tan cobarde, ¿tú mandaste en otro tiempo griegos escogidos y arrebataste a Príamo su ciudad de Troya? ¿Te han bastado las palabras de tu hija, todavía niña, para hacer alarde de tu orgullo y descender hasta el extremo de luchar con una pobre esclava? No eres digno adversario de Troya, ni Troya de ti. En apariencia brillan tales hombres, pero por dentro son semejantes a los demás, sin otra diferencia que las de sus riquezas, de mucho precio en verdad. Dejémonos de hablar, ¡oh Menelao!; tu hija es causa de mi ruina y de mi muerte; ya no podrá evitar la pena de su delito, y para el pueblo también tú serás reo, porque tu complicidad te acusa. Pero si yo conservo la vida, ¿mataréis acaso a mi hijo? ¿Cómo lo llevará su padre con paciencia? Troya no lo llama cobarde; ha ido adonde debe; y su conducta no es indigna de Peleo ni de su padre Aquiles; expulsará a tu hija del palacio, y tú, después de darla a otro en matrimonio, ¿qué le dirás?, ¿que su castidad la ha obligado a huir de un mal esposo? Pero esto será falso. ¿Y quien se casará con ella? ¿Le alcanzará viuda la vejez cana, sin marido que la acompañe? ¡Oh varón infortunado!, ¿no te compadeces de los infinitos males que me persiguen?; ¿cuántos amantes indignos quisieras que deshonrasen a tu hija antes que sufrir lo que te digo? Por pequeñas causas no se deben cometer grandes maldades; y si nosotras las mujeres somos una calamidad funesta, los hombres no deben asemejársenos. Si yo, pues, doy a tu hija veneno para que aborte, como dice, a ciencia cierta, no involuntariamente, ni prosternándome ante el ara con ese objeto, me someteré, sin que nadie me obligue, al juicio a que me sujete tu yerno, puesto que tiene derecho para condenarme, dejándolo sin hijos. Tal es mi ruego; pero me infundes no poco temor, recordando que por cuestiones mujeriles perdiste a la desventurada ciudad de los frigios.

EL CORO

Demasiado has dicho; has hablado con los hombres más de lo justo, y tu modestia, dejándose llevar del fuego de la pasión, ha agotado sus dardos.

MENELAO

Todo esto, ¡oh mujer!, es poco importante y no digno de mi cetro, como dices, ni tampoco de la Grecia. Pero has de saber que cualquiera estima en más lo que le interese que tomar a Troya; y como para mí es muy grave que mi hija pierda su esposo, la ayudo, teniendo en cuenta que todo lo demás que pueda sufrir una mujer vale menos que perder a su marido, porque entonces pierde la vida. Natural es que Neoptólemo mande a mis siervos, y los que me tocan de cerca y yo mismo, a los suyos. Los verdaderamente amigos no tienen nada propio: son comunes sus bienes. Si, por esperar a los ausentes, no proveo lo mejor, soy descuidado, no cauto. Anda, pues, y retírate de este templo de la diosa, porque si tú mueres, este niño no morirá; pero si lo rehúsas, lo mataré; es necesario que uno de los dos deje de existir.

ANDRÓMACA