Chapter 14 of 23 · 3961 words · ~20 min read

Part 14

Esta tragedia y _Las Suplicantes_, fijándonos en su objeto y en la manera de conseguirlo, nos revelan ya, sin ulteriores disquisiciones, la decadencia sufrida en corto tiempo por la primitiva y verdadera tragedia griega. El espíritu, profunda y exclusivamente religioso, que anima desde el principio hasta el fin a las obras de Esquilo y de Sófocles, ha desaparecido casi por completo; porque lo que de él queda aparece casi siempre empequeñecido y degenerado, e injustos y malvados los dioses, inferiores a los hombres, ya sean Zeus o Hera, Artemisa o Apolo. La influencia del destino se nombra y señala solo por cumplir con la tradición, pero se ve con claridad que el poeta obedece a una fórmula, no a su convicción plena y sincera. Solo Atenea, la patrona de Atenas, sin duda por serlo, disfruta del privilegio de intervenir para hacer el bien de los atenienses, anunciándoles dichas y bienes futuros. El arte drámatico baja desde el cielo a la tierra, y se convierte en instrumento de adulación popular, como la elocuencia de sus oradores y demagogos, y llega en esta parte adonde no llegaron Tucídides, Jenofonte ni aun Heródoto, ni siquiera Demóstenes, que, cuando hay necesidad, no se muerde la lengua y dice al pueblo que lo oye amargas y saludables verdades. Llámanos también la atención la pobreza de inventiva que ambas obras ostentan, signo evidente de decadencia, puesto que son los mismos los motivos dramáticos, igual el enredo y la misma también su resolución. Todas las épocas de decadencia artística o literaria se distinguen generalmente por este fenómeno: porque parece que artistas y literatos pierden la inventiva y carecen del vigor, de la originalidad y de la energía de sus ilustres predecesores.

No hay dato o indicación alguna cierta para señalar, con apariencias siquiera de exactitud, la fecha de su representación, y por tanto, no queda otro recurso que atenernos a simples conjeturas, más o menos aceptables. La diferencia, entre las dos que se admiten, es nada menos que de veintitrés años, porque la fijada por Böckh en sus _Tragicis graecis_ es la del año 3 de la olimpiada 90, o 418 años antes de Jesucristo, o el año 13 de la guerra del Peloponeso, y otros piensan que ha debido escribirse hacia la olimpiada 84, más de diez años antes de dicha guerra. Su factura más parece de esta última fecha.

PERSONAJES

YOLAO, _escudero de Heracles._ UN HERALDO DE EURISTEO, _rey de Argos._ CORO DE CIUDADANOS DE MARATÓN. DEMOFONTE, _hijo y sucesor de Teseo en Atenas._ MACARIA, _hija de Heracles._ UN CRIADO, _escudero de Hilo, hijo de Heracles._ ALCMENA, _madre de Heracles._ UN MENSAJERO ATENIENSE. EURISTEO, _rey de Argos y de Atenas, pariente de Alcmena y de Heracles._

La acción pasa en Maratón.

Se ve en el teatro el templo de Zeus, y en torno del ara varios jóvenes, hijos de Heracles, con los distintivos de los suplicantes, y Yolao entre ellos, el escudero de Heracles.

YOLAO[195]

Por cierto tengo hace tiempo que el hombre honrado ha nacido para bien de los demás, y que el codicioso es inútil a la república y molesto en el trato social, por fructuoso que sea para sí. Así me lo ha enseñado la experiencia. Yo, por pundonor, fiel a los deberes que me imponía mi parentesco, he participado solo de los infinitos trabajos de Heracles mientras estuvo a mi lado, pudiendo vivir en Argos tranquilo; ahora, desde que habita en el cielo, solo cuido de proteger a sus hijos, cuando yo soy, en verdad, el que necesita de protección para salvarse. Después que su padre abandonó la tierra, quiso Euristeo matarnos; pero evitamos la muerte, y aun cuando perdimos la patria, conservamos la vida. Vagamos, pues, desterrados, emigrando de una en otra región. Además de otros males con que nos aflige Euristeo, envía también heraldos a las ciudades en donde nos fijamos, y nos reclama y nos expulsa de ellas, haciendo amenazador alarde del poder de Argos, temible como amigo o enemigo, de sus propias fuerzas y de los favores que le dispensa la Fortuna. Y ellos, cuando ven mis escasos recursos y contemplan a estos niños, de tierna edad y sin padre, obedecen a los más poderosos y nos destierran. Yo huyo entonces con mis hijos, y con los afligidos me aflijo, temeroso de hacerles traición y de que exclame alguno: «Ved cómo Yolao, desde que no tienen padre estos niños, no los socorre, y eso que es su pariente». Y rechazados por toda la Grecia, desde que hemos llegado a Maratón[196] yacemos suplicantes junto a las aras de los dioses, pidiéndoles que no nos abandonen; dicen que en estas llanuras habitan dos hijos de Teseo, que las rigen alternativamente, del linaje de Pandión y parientes de los heráclidas,[197] y por esta causa hemos venido a los confines de la ínclita Atenas. Dos ancianos los protegen en su triste destierro; yo defiendo a estos niños, y Alcmena,[198] a las hijas de su hijo, dentro del templo, temerosa de que tan tiernas vírgenes se confundiesen con la multitud que rodea a las aras. Hilo[199] y sus hermanos, de más edad, buscan algún alcázar donde refugiarnos, si nos echan de aquí a la fuerza. ¡Oh hijos, hijos míos!, acercaos y agarrad mis vestidos; ya veo al heraldo de Euristeo,[200] que viene hacia nosotros a perseguirnos, y a hacernos vagar por todo el orbe. ¡Hombre odioso, que perezcas tú y quien te envía! ¡Cuántos males anunciaron también tus labios al noble padre de estos desdichados!

EL HERALDO COPREO

Equivocadamente crees ya, sin duda, que has encontrado la tranquila residencia que buscabas llegando a una ciudad aliada. Nadie preferirá tu débil poder al de Euristeo. Vete. ¿Por qué te afanas? En derechura debías ir a Argos, en donde morirás apedreado.

YOLAO

De ninguna manera; el ara del dios y la tierra libre en que estamos no me abandonarán así.

COPREO

¿Quieres hacer más penoso mi trabajo?

YOLAO

Nunca me arrastrarás por la fuerza, ni tampoco a estos.

COPREO

Ya veremos; que, a mi juicio, también ahora te equivocas.

YOLAO

No será mientras yo viva.

COPREO

Apártate; me los llevaré contra tu voluntad, autorizado por Euristeo, cuyos súbditos son.

YOLAO

¡Oh vosotros los que habitáis en Atenas desde los pasados tiempos!: socorrednos, que suplicantes de Zeus Agoreo[201] nos hacen violencia, y los ramos envueltos en lana se manchan con desdoro de la ciudad y ofensa de los dioses.

EL CORO

¡Hola, hola! ¿Qué significa este clamor que se levanta junto al ara? ¿Anunciará, acaso, alguna calamidad?

YOLAO

Mirad a este débil anciano tendido en tierra; ¡ay de mí, desdichado!

EL CORO

¿Qué desgracia te ha postrado?

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

YOLAO

Este, ¡oh extranjeros! en cuya tierra busco hospitalidad, despreciando vuestros dioses, me arrastra con violencia desde el vestíbulo del ara de Zeus.

EL CORO

¿De dónde, ¡oh anciano!, has venido a esta tetrápolis[202] y en busca de sus habitantes? ¿Acaso de la región opuesta os ha traído el marino remo, dejando las costas de la Eubea?

YOLAO

No vivo en ninguna isla, ¡oh extranjeros!; desde Micenas hemos venido a este país.

EL CORO

¿Qué nombre, ¡oh anciano!, te daba el pueblo de Micenas?

YOLAO

Quizá hayáis oído hablar de Yolao, el escudero de Heracles; no es oscuro su nombre.

EL CORO

En efecto, lo he oído antes; mas di cúyos son los hijos impúberes que te acompañan.

YOLAO

Son hijos de Heracles, ¡oh extranjeros!, que recurren suplicantes a ti y a tu ciudad.

EL CORO

¿De qué necesitan, dime? ¿Impetran algo de esta ciudad?

YOLAO

Que no los entregue ni los arranquen a la fuerza de tus templos para llevarlos a Argos.

COPREO

Pero ninguna de tus razones satisfará a tus dueños, a quienes debes obediencia en dondequiera que te encuentren.

EL CORO

Preciso es, ¡oh extranjero!, respetar a los suplicantes, y no obligarles a abandonar a la fuerza la mansión de los dioses; no lo sufrirá la Justicia venerable.

COPREO

Expulsa, pues, de aquí a estos súbditos de Euristeo y no apelaré a medios violentos.

EL CORO

¡Impía es la ciudad que desprecia a extranjeros suplicantes!

COPREO

Pero sensato no entrometerse en asuntos que no interesan, y más útil es seguir los consejos de la prudencia.

EL CORO

Después que lo sepa nuestro rey podrás hacerlo, no como intentas, arrancando a los extranjeros de los templos sin respetar este país libre.

COPREO

¿Quién es vuestro rey y el de esta ciudad?

EL CORO

Demofonte, hijo del ínclito Teseo.

COPREO

Pues con él trataré primero de este asunto; nada valga cuanto he dicho.

EL CORO

Helo aquí, que viene apresurado con su hermano Acamante. Ambos te oirán.

DEMOFONTE

Ya que tú, más anciano, nos precediste acudiendo a este ara de Zeus, di: ¿qué causa ha traído aquí a tanta gente?

EL CORO

Esos suplicantes que, como ves, coronan con ramas el ara, son, ¡oh rey!, los hijos de Heracles, y Yolao, fiel compañero de su padre.

DEMOFONTE

¿Y por qué daban tales clamores?

EL CORO

Porque este heraldo intentaba arrancarlos del ara a la fuerza; dio esos gritos el anciano y dobló sus rodillas, obligándome a derramar lágrimas de compasión.

DEMOFONTE

Y, sin embargo, griegos son su traje, sus galas, aunque no lo sean sus hechos. Ahora puedes hablarme sin demora y decirme de dónde vienes.

COPREO

Soy argivo, ya que quieres saberlo. Te diré, además, el motivo que me trae y quién me envía. Euristeo, rey de Micenas, me manda aquí para llevarme a estos fugitivos, y mi misión, ¡oh extranjeros!, y cuanto expondré en su apoyo, será arreglada a justicia. Yo, argivo, me llevo estos argivos que han huido de su patria, condenados a muerte por las leyes, que nos autorizan, como sucede en tales casos, a llevar a ejecución nuestros fallos. Y cuando se han refugiado en los altares de otros estados, empleamos los mismos medios, y ninguno osa atraerse desdichas merecidas. Han venido aquí, o para aprovecharse de tu imprudente condescendencia si con ellos la tienes, o desesperados, temiendo el peligro que corrían, ya se haga lo que desean, ya no. No esperan seguramente que tú, mientras conserves sana la razón, y solo entre todos los soberanos de la Grecia cuyos dominios recorrieron, te compadezcas de su triste situación. ¿Calcularás, pues, lo que puedes ganar si dejas que nos los llevemos? Cuenta desde luego con todo el numeroso ejército argivo y con el poder de Euristeo, que serán aliados de esta república. Pero si después de oírlos te apiadas de ellos y tu corazón se ablanda, se decidirá la cuestión por la fuerza de las armas, para que no creas que cederemos sin apelar al hierro. ¿Qué contestarás? ¿Te han despojado los tirintios[203] y argivos de parte de tus dominios para declararles la guerra? ¿Será, acaso, por socorrer a tus amigos? ¿Cómo podrás dar justa sepultura a los que mueran en la guerra? Mala fama tendrás entre los atenienses si por un anciano al borde del sepulcro, si por una sombra, por decirlo así, y por estos niños te precipitas en tal abismo. Dirás quizá, lo cual es muy especioso, que lo haces mirando a lo que podrá suceder más adelante. Sin embargo, es preferible lo que te propongo; mal pelearán contra los argivos estos niños armados cuando lleguen a la pubertad, suponiendo que así lo esperes, y mientras tanto ha de transcurrir largo tiempo y te expones a morir. Sigue, pues, mi consejo; sin dar tú nada, deja que me lleve lo que me pertenece, y contrae amistad con Micenas, para que no te suceda lo que a tus conciudadanos, que pudiendo tener aliados poderosos eligen los más débiles.[204]

EL CORO

¿Quién fallará bien tal contienda y conocerá a fondo este litigio sin oír a las dos partes?

YOLAO

¡Oh rey!, confesaré que soy deudor a tu patria de no leve beneficio, pudiendo hablar y oír a mis enemigos sin correr el riesgo de ser arrojado antes de aquí como en otras partes. No hay lazo alguno legal entre este y nosotros; en nada dependemos de Argos, habiéndose cumplido el decreto que de allí nos desterraba; ¿cómo podrá reclamarnos en justicia como argivos, cuando nos han expulsado de nuestra ciudad? Ahora somos extranjeros; ¿creéis justo lanzar de los confines de la Grecia, para que padezcan la pena del destierro, a todos los que lo han sido de Argos? No, seguramente, de Atenas, que por miedo a los argivos no será tan inhumana con los hijos de Heracles, ni como Traquinia, o la pequeña plaza aquea, de donde tú, sin derecho alguno, exagerando el poder de Argos como ahora, nos expulsaste cuando nos refugiamos en ellas suplicantes dentro de los altares. Si logras tu deseo y los atenienses lo aprueban, no diré jamás que Atenas es una ciudad libre. Conozco bien cómo piensan y sienten estos ciudadanos; preferirán morir si el honor, en los hombres dignos, vale más que la vida. Pero no hablemos de esto; odioso es alabar sin tasa, y así me parecía cuando me ensalzaban demasiado. Quiero ahora demostrarte que debes proteger a estos suplicantes como rey de Atenas. Piteo es hijo de Pélope; de Piteo nació Etra, y de Etra tu padre Teseo. Veamos ahora cuál es el linaje de los heráclidas. Heracles era hijo de Zeus y de Alcmena, y Alcmena de Pélope. Así, eran primos tu padre y el de estos niños. El parentesco te une, pues, a ellos, ¡oh Demofonte! Pero además de los deberes que te impone, te indicaré otros que debes cumplir; aludo ahora a la navegación que su padre hizo con Teseo cuando era yo su escudero, en demanda de cierto tahalí,[205] origen de muchas desgracias, y el servicio que te prestó sacándolo de las oscuras mansiones del infierno,[206] como toda la Grecia puede atestiguarlo. Por cuyos beneficios a su vez te piden que no los entregues a sus enemigos ni consientas que los arranquen a viva fuerza de tus templos y los expulsen de aquí. Sería para ti vergonzoso y una desdicha para tu ciudad que tus parientes, cuando imploran el favor de Zeus, desterrados y errantes (¡ay de mí, ay de mis males; míralos, míralos!), fuesen víctimas de la violencia. Ruégote, pues, tocándote con este ramo, que no abandones a los hijos de Heracles, que demandan tu ayuda, sino que vean en ti un pariente, un amigo, un padre, un hermano, su señor; todo esto es preferible a caer otra vez en manos de los argivos.

EL CORO

Al oírlo muévenme a lástima sus males, ¡oh rey! Ahora me he convencido como nunca de que la fortuna vence a la nobleza, pues estos, hijos del mejor de los padres, son infelices sin merecerlo.

DEMOFONTE

Tres razones, ¡oh Yolao!, me inducen a no rechazaros: la primera y principal es Zeus, en cuya ara te has refugiado, protegiendo a estos tiernos hijuelos; después, el parentesco y la deuda antigua que tengo con ellos de hacerlos el bien, agradecido a su padre; y por último, la torpe fama que de lo contrario ganaría, lo cual debo evitar a todo trance. Si consiento que un extranjero se los lleve del ara a la fuerza, nadie creerá que este país es libre, sino que he vendido a unos suplicantes por miedo a los argivos, infamia digna de la horca. ¡Ojalá que tu llegada hubiese sido más feliz!; pero así y todo no tiembles, que nadie te arrebatará de aquí con violencia, ni a esos niños tampoco. Y tú vuelve a Argos, y dilo así a Euristeo: si acusa a estos extranjeros de algún delito, se le hará justicia; pero llevártelos, nunca.

EL HERALDO

¿Y si mi pretensión es fundada y te convence?

DEMOFONTE

¿Cómo ha de serlo nunca arrancar a un suplicante de los altares?

COPREO

Luego para mí solo es la vergüenza, sin daño tuyo.

DEMOFONTE

Seguramente lo sería para mí, si consiento que te los lleves.

COPREO

Relégalos, pues, de tu territorio, y entonces nos los llevaremos.

DEMOFONTE

Necio eres, si piensas saber más que los dioses.

COPREO

Según parece, este es el refugio de todos los malos.

DEMOFONTE

Asilo de todos es el templo de los dioses.

COPREO

No pensarán así los de Micenas, por ventura.

DEMOFONTE

¿No soy yo aquí soberano?

COPREO

Siempre que no los ofendas, si presumes de prudente.

DEMOFONTE

Pero me importa, si no soy sacrílego.

COPREO

No deseo que te muevan guerra los argivos.

DEMOFONTE

Y, sin embargo, tales son mis sentimientos; no los abandonaré.

COPREO

No obstante, me apoderaré de ellos, y me los llevaré.

DEMOFONTE

No será fácil tu vuelta a Argos.

COPREO

Pronto lo sabré, haciendo la prueba.

DEMOFONTE

Guárdate de tocarles, si no quieres llorar también pronto.

EL CORO

No, por los dioses; no osarás maltratar a un heraldo.

DEMOFONTE

Sin duda, si no aprende a conducirse con humildad.

EL CORO

Vete. Tú, ¡oh rey!, no le toques.

COPREO

Voyme. Poco vale uno solo en la pelea; pero vendré con numeroso ejército de argivos, cubiertos de bronce, que me esperan infinitos, armados de clípeos, y el mismo rey Euristeo, que se pondrá a su frente, y que me aguarda en los últimos límites de Alcátoo,[207] preparado a todo evento. Cuando conozca la injuria que le haces, terrible será para ti y para los ciudadanos, y para esta tierra y estos árboles; inútiles serían tantos jóvenes como hay en Argos si no te castigáramos.

DEMOFONTE

Vete enhoramala; que no me infunde miedo tu ciudad de Argos. Nunca de aquí, llenándome de ignominia, arrancarás a estos a la fuerza: que gobierno una ciudad libre, no sujeta a los argivos.

EL CORO

Tiempo tienes de reflexiones, antes que el ejército argivo se acerque a nuestro territorio; esforzados en la guerra son los de Micenas, y en vista de lo ocurrido lo serán mucho más; y como es costumbre de los heraldos exagerarlo todo, es probable que diga al rey, entre otras cosas, que ha sufrido bárbaros tratamientos, y quizá que ha estado a punto de perder la vida.

YOLAO

Nada es tan honroso para los hijos como haber nacido de un padre bueno y valiente, y casarse con mujeres que pertenezcan a familias honradas. El que, dominado por pasión libidinosa, se junta con los malos, no oirá mis alabanzas, ya que por disfrutar de vituperable deleite deja sin honra a sus hijos. Más preserva del infortunio la nobleza de la estirpe que la oscuridad del nacimiento. Nosotros, víctimas de males extremos, hemos hallado amigos y parientes que solos nos defienden en toda la Grecia, a pesar de ser tan grande y tan ensalzada. Dadles, ¡oh niños!, vuestra diestra; dádselas, y vosotros a ellos, y andad juntos. ¡Oh hijos!, nos han probado su amistad; si algún día tenéis la dicha de volver a vuestra patria y habitar vuestros palacios, y alcanzáis los honores de que disfrutaron vuestros padres, acordaos siempre de que fueron bondadosos y os salvaron, y no empuñad contra su país lanza hostil, teniendo presentes tales beneficios, sino amadlos más que a nadie. Dignos son de vuestra estimación, ya que nos han librado del pueblo pelásgico y de su inmenso poder, concitando su odio, y que, al veros miserables y sin hogar, no os entregaron a vuestros enemigos ni os expulsaron de su suelo. Yo, por mi parte, ahora que vivo y cuando muera, ¡oh amigo!, te alabaré en presencia de Teseo; lo llenaré de alegría refiriéndole todo lo ocurrido, ya que nos acogiste humano y has socorrido a los hijos de Heracles, y porque, generoso, conservas en la Grecia la gloria de tu padre, y, nacido de claro linaje, no lo deshonras. Quizás, entre muchos, solo encuentres uno que no sea inferior a tu padre.

EL CORO

Siempre este país ayuda a los débiles; los protege la justicia. Así ha sufrido por sus aliados innumerables trabajos, y ahora veo ya otra lucha que amenaza.

DEMOFONTE

Y tú has dicho bien, anciano, y espero que cumplirán los deberes a que has aludido. Yo, por mi parte, convocaré la asamblea de los ciudadanos todos, y tendré preparado, para oponer al ejército de Micenas, numerosas tropas. Enviaré primero espías para que no me encuentren desprevenido, ya que los de Argos son ágiles guerreros, y celebraré los sacrificios, congregados los adivinos. Entra tú en el palacio con los niños y deja el ara de Zeus, que no faltará quien te ampare, aunque yo me ausente. Anda, pues, al palacio, anciano.

YOLAO

No abandonaré el ara; como suplicantes permanecemos aquí, para que tu ciudad consiga la victoria; iremos adonde deseas cuando deis glorioso término a esta lucha; los dioses que nos auxilian, ¡oh rey!, no son inferiores a los de los argivos; y si entre ellos la primera es Hera, esposa de Zeus, tenemos de nuestra parte a Atenea. Yo aseguro que para obtener buen éxito en esta empresa es muy importante invocar a los dioses más poderosos, porque Palas no consentirá que se le humille.

EL CORO[208]

_Estrofa._ — Si te llena de orgullo tu poder, a otros es indiferente, ¡oh extranjero de Micenas!; no temas que tus palabras jactanciosas me aterren. Nunca lograrás amedrentar a la famosa Atenas, la de bellos coros. Y tú eres un insensato, y el hijo de Esténelo, el tirano de Argos.

_Antístrofa._ — Que has llegado a una ciudad en nada inferior a la tuya, para arrancar con violencia a desterrados que suplican a mis dioses y se refugian en mi país, siendo tú también extranjero, y no obedeces a nuestros reyes ni es justo lo que reclamas. ¿Cómo podrán nunca aprobarlo los hombres prudentes?

_Epodo._ Pláceme la paz; pero te digo, ¡oh necio rey!, que si vienes a buscarnos no quedará impune tu osadía. Tú solo no estás armado de lanza y de clípeo cubierto de bronce. Sin embargo, no me agrada la guerra. No molestes a mi ciudad, floreciente con los dones de las Gracias, sino modérate, como debes.

YOLAO

¡Oh hijos!, ¿por qué venís, mostrando tanta ansiedad en vuestros ojos? ¿Me anunciaréis algo nuevo de los enemigos? ¿Se pondrán en marcha? ¿Están aquí ya? ¿Qué sabéis? No serán vanas las amenazas del heraldo; su general, favorecido antes de la fortuna, vendrá, lo sé bien, y no con pocas pretensiones, a hacer a Atenas la guerra. Pero Zeus castiga a los soberbios.

DEMOFONTE

Han llegado el ejército argivo y su rey Euristeo; yo los he visto. Conviene que el buen general, si sabe su deber, no observe a sus enemigos con ojos ajenos. Aún no acampan sus tropas en estas llanuras, sino en la pendiente de un collado, y espía (según presumo) la ocasión oportuna para traer aquí su ejército y situarse en lugar seguro. Por mí parte, bien prevenido me halla: armados estamos, prontas las víctimas que se han de inmolar a los dioses, y ya los adivinos purifican la ciudad para ahuyentar a los enemigos y salvarla. Y aun cuando sean diversos los oráculos, todos claramente convienen en mandarme sacrificar a Perséfone, hija de Deméter, una virgen de noble estirpe. Decidido, como ves, estoy a defenderte; pero ni mataré a mi hija, ni obligaré a ningún ciudadano a hacerlo contra su voluntad: ¿quién, en efecto, pierde la razón hasta el punto de entregar a la muerte a los hijos, que tanto se aman? Y ahora podrías observar agitadas asambleas, sosteniendo unos que es justo socorrer a los extranjeros, y otros que me acusan de imprudente; si realizo, pues, lo que deseo, sobrevendrá una guerra civil. Considera todo esto, y pensemos ambos en los medios de salvarte, así como a esta región, sin exponerme a las reconvenciones de los ciudadanos. No soy tirano, como sucede entre los bárbaros; si es justo lo que hago, justos serán conmigo.

EL CORO

¿Se oponen acaso los dioses a que esta ciudad, a pesar de sus deseos, socorra pronto a los extranjeros?

YOLAO