Part 9
Ingenioso es este heraldo, y hace gala de su elocuencia cuando la ocasión se presenta. Pero ya que concluiste tu arenga, oye: tú has iniciado esta cuestión; nada hay más dañoso para un estado que un tirano. En primer lugar, no hay leyes comunes; uno solo manda; en sus manos está la balanza de la justicia, y ya no es igual a los demás. Pero con legislación escrita, el pobre y el rico tienen iguales derechos, y es lícito a los indigentes echar en cara sus faltas a los más poderosos cuando no es buena su fama, y el inferior vence al superior teniendo razón. He aquí la libertad: «¿Quién quiere proponer públicamente lo que haya pensado en utilidad de la república?». Y el que mira por su bien adquiere gloria, y el que no, se calla. ¿Qué será más provechoso a la ciudad? Y seguramente en donde el pueblo es soberano se deleita con los ciudadanos esforzados que aparecen; pero el tirano es su mayor enemigo, y mata a los que lo aventajan en prudencia por el miedo que lo infunde su propia tiranía. ¿Cómo puede estar segura una ciudad si alguno, como a espiga en el prado de primavera, arranca los ciudadanos osados y siega a los jóvenes? ¿De qué sirve adquirir riquezas y dar a los hijos el sustento para que sea más opulenta la vida del tirano? ¿A qué educar con cuidado a las hijas vírgenes, grato deleite para el tirano y lágrimas para sus padres si él las quiere? Que yo no viva más si mis hijas se han de casar a la fuerza. Y así contesto a cuanto has dicho. ¿Qué has venido a pedir aquí? A llorar hubieses venido, ya que tanto hablas de más, si tu sagrado carácter no te salvase; porque el mensajero, dicho lo que se le encargare, debe volverse cuanto antes. Advierte a Creonte que en adelante no envíe a Atenas heraldos tan charlatanes como tú.[137]
EL CORO
¡Ay, ay! Cuando la fortuna favorece a los malvados, ¡cuán insolentes los hace, como si hubiesen de ser siempre felices!
EL HERALDO
Hablaré ya: de nuestra cuestión puedes creer lo que has dicho, y yo lo contrario. Yo y todo el pueblo tebano te prohibimos que des asilo a Adrasto en este país, y si está aquí, que lo expulses antes que el dios oculte su cabellera, sin hacer caso del religioso respeto que puedan merecer estos suplicantes, ni te traigas los muertos por fuerza, puesto que nada te interesa de lo que sucede en Argos. Y si me obedecieres, gobernarás tu ciudad sin contratiempo; pero si no, tendremos guerra contigo y tus aliados. Reflexiona, pues, y sin enfurecerte al oír mis palabras, como gobernante que eres de una ciudad libre, no me respondas con soberbia, y no habrá necesidad de apelar a la violencia. La excesiva confianza es el mayor enemigo del hombre, y ha llevado la desolación a muchas ciudades, llenando de orgullo los ánimos. Cuando se ha de decidir la guerra por los sufragios, nadie piensa en su muerte, sino en la de los demás; pero si la tuviesen delante de los ojos al dar su voto, jamás la Grecia furiosa padecería tales desdichas. Y, sin embargo, todos los hombres conocemos lo mejor y distinguimos los bienes de los males, y preferimos la paz a la guerra; porque la primera es muy agradable a las Musas y enemiga de las lágrimas, y goza con abundante y alegre descendencia, y disfruta de las riquezas. Y sin hacer caso de estos beneficios por nuestra maldad, emprendemos la lucha, y al que puede menos lo reducimos a la servidumbre de otro hombre, y hacemos a una ciudad esclava de otra. Tú quieres servir a enemigos y a muertos, sepultándolos y cuidando de ellos cuando su sinrazón los perdió. En tu concepto, pues, no cayó justamente de las escalas derechas el cuerpo de Capaneo,[138] abrasado por el rayo al arrimarlas a las puertas, jurando que arrasaría la ciudad, ya le fuesen propicios los dioses, ya adversos; ni el abismo se tragó justamente al augur,[139] sepultándolo en sus simas con su carro de cuatro caballos, ni los demás capitanes yacen justamente junto a las puertas, aplastados por los peñascos las junturas de sus huesos. O te jactas de saber más que Zeus, o confiesas que los dioses pierden a los malos. Conviene que los sabios amen primero a sus hijos, y después a sus parientes y a la patria, a la cual se debe favorecer, no dañar. Peligroso es un capitán temerario, y el que gobierna la nave es sabio si permanece tranquilo cuando la ocasión lo pide, y tanto más cuanto la prudencia es también la verdadera fortaleza.
EL CORO
Bastaba que Zeus fuese el vengador de la injusticia; vosotros no debíais ser insolentes.
ADRASTO
¡Oh, tú, malvado como ninguno!
TESEO
Calla, Adrasto; refrena tu lengua, no hables antes que yo; este heraldo no viene a buscarte a ti, sino a mí; luego yo debo replicarle. Y primero responderé a lo que primero dijiste. No reconozco a Creonte como a mi señor, ni sé que su poder alcance a obligar a Atenas a hacer lo que desea. ¡Bien andaría la república si él nos mandase! Yo no soy, no, quien declara la guerra, puesto que no fui con ellos a la tierra de Cadmo; pero sí creo justo sepultar los cadáveres de los que en ella murieron, sin ofender por eso a la ciudad, ni trabar con los hombres mortales combates solo por guardar una ley común a toda la Grecia. ¿Cuál de estos propósitos no es justo? Si sufristeis males de los argivos, muertos están; con gloria vuestra y con deshonra suya castigasteis a vuestros enemigos y os vengasteis plenamente. Dejad, pues, que la tierra cubra a los muertos; que vuelva a cada parte lo que vivió, el espíritu al éter, el cuerpo a nuestra madre común; no lo poseemos en propiedad sino mientras en él reside la vida, y la tierra que lo alimentó debe después recuperarlo. ¿Crees acaso que Argos recibirá daño si no dejas sepultarlos? De ninguna manera: toda la Grecia se encargará de obligaros a ello, como siempre que se defrauda a los muertos en lo que se les debe, y se les retiene insepultos; si vuestra ley se aprueba, infundirá cobardía en los fuertes. ¿Has venido aquí a hacerme atroces amenazas, y teméis a los muertos si los cubre la tierra? ¿Qué receláis acaso, que los sepultados arruinen a Tebas? ¿Que enterrados engendren hijos de quienes os venga el castigo? Inútil alarde has hecho de tu lengua, mostrando vano o infundado temor. No os olvidéis, ¡oh necios!, de la suerte miserable de los hombres; una lucha es nuestra vida: de los mortales, los unos son ahora afortunados, otros lo serán después, otros lo han sido antes. Inconstante es la fortuna: hónrala el desdichado para que se le muestre propicia, y el feliz la ensalza cuanto puede, temeroso de que su aura le abandone. Conocido esto, debemos resignarnos si no es grave su injuria, y sufrirla si no perjudica al estado. ¿Cómo, pues, lo lograremos? Concedednos que sepultemos a los muertos, que solo la piedad nos guía, o pronto os arrepentiréis. Decidido estoy a ir allá y sepultarlos a la fuerza. Jamás dirán los griegos que caen en desuso antiguas leyes de los dioses, hoy vigentes para mí y para la ciudad de Pandión.
EL CORO
Confía en tu piedad; rinde culto al astro de la Justicia, y evitarás la reprobación de muchos hombres.
EL HERALDO
¿Quieres que resuma en pocas palabras mi réplica?
TESEO
Hazlo, si gustas; nada tienes de taciturno.
EL HERALDO
Jamás sacarás de nuestros campos a los hijos de los argivos.
TESEO
Y a tu vez, óyeme ahora, si te place.
EL HERALDO
Te oiré; conviene que alternemos.
TESEO
Sepultaré los cadáveres, y antes me los llevaré de la tierra asopia.
EL HERALDO
Has de probar primero la suerte de las armas.
TESEO
Otros muchos trabajos he sufrido ya.
EL HERALDO
¿Te engendró acaso tu padre para resistir a todos?
TESEO
A los malos, sí; a los buenos no los castigamos.
EL HERALDO
Tú y tu ciudad acostumbráis a arriesgaros a menudo sin necesidad.
TESEO
Pero así y todo es también muy feliz.
EL HERALDO
Ven, pues, para que la lanza tebana te cautive junto a la ciudad.
TESEO
¿Y habrá algún guerrero esforzado, hijo del dragón?
EL HERALDO
Lo sabrás con tu daño; eres todavía demasiado fogoso.
TESEO
No podrán encolerizarme tus palabras soberbias. Pero aléjate de aquí, mensajero de vanas frases; nada conseguimos hablando. Conviene que se encaminen a la tierra cadmea todos los armígeros infantes, los que manejan los carros y los sendos caballos enjaezados que destilan espuma de su boca. Yo mismo me presentaré ante las siete puertas de Cadmo, llevando en mi mano el afilado acero, y seré también heraldo. Mándote, ¡oh Adrasto!, que no salgas de aquí para que no me contagie tu mala fortuna, que con la mía capitanearé esforzadas huestes que me llenarán de gloria. Solo me falta que me ayuden todos los dioses defensores de la justicia. Solo así ganaré la victoria, que el valor de nada sirve a los hombres si algún dios no los favorece.
EL SEMICORO A
¡Oh madres desventuradas de infelices capitanes! ¿Cómo el pálido miedo penetra en mis entrañas?
EL SEMICORO B
¿Qué nueva voz pronuncias?
EL SEMICORO A
¿En dónde se junta el pueblo de Palas?
EL SEMICORO B
¿Has dicho que lo decidirán las armas, o negociaciones pacíficas?
EL SEMICORO A
Mejor sería lo último; pero si las matanzas de Ares, si los combates, si los golpes y heridas de quienes pelean se repiten otra vez, ¡oh desventurada!, ¿qué dirán de mí, señalándome como causa de todo?
EL SEMICORO B
¡Y si alguna vuelta de la fortuna derriba al que se ha ilustrado con gloriosas hazañas! Esta confianza me sostiene.
EL SEMICORO A
Tú dices que los dioses son justos.
EL SEMICORO B
¿Quiénes sino estos deciden de la suerte de los hombres?
EL SEMICORO A
De distinta manera afectan sus decretos a los mortales.
EL SEMICORO B
Mátate tu antiguo miedo: la venganza evoca a la venganza; la sangre, a la sangre también; los dioses consuelan a los hombres en sus males, puesto que en sus manos está el éxito de todo.
EL SEMICORO A
¿Cómo llegaremos a los campos de bellas torres, dejando las aguas de la diosa de Calícoro?
EL SEMICORO B
¡Ojalá que algún dios me diese alas para llegar a la ciudad situada entre dos ríos! Conocerías, sí, conocerías, sin duda, la fortuna que aguarda a tus amigos.
EL SEMICORO A
Desconocida es todavía la suerte reservada al valeroso príncipe de esta tierra.
EL SEMICORO B
Invoquemos otra vez a los dioses que invocamos, que en estos pongo mi principal esperanza para librarme de mis temores.
EL SEMICORO A
¡Oh Zeus, esposo de nuestra antigua madre, de la tierna hija de Ínaco! Protege a los atenienses. Favoréceme.
EL SEMICORO B
Dame, dame los que fueron tu gloria, los que destinaste a habitar en la ciudad y padecen grave injuria para que yo los lleve a la pira.
EL MENSAJERO
Vengo, ¡oh mujeres!, a anunciaros alegres nuevas, habiéndome salvado (hiciéronme prisionero en la batalla, junto al río Dirceo, en donde pelearon los escuadrones de los siete capitanes muertos), y a contaros la victoria ganada por Teseo. No te molestaré con largo discurso: yo era esclavo de Capaneo, a quien Zeus abrasó con ardiente rayo.
EL CORO
¡Oh tú, el muy querido, grata me es tu vuelta y lo que refieres de Teseo! Si está en salvo el ejército de los atenienses, me regocijará cuanto digas.
EL MENSAJERO
En salvo, y todo se ha hecho como Adrasto debió hacerlo con los argivos que llevó del Ínaco contra la ciudad de los cadmeos.
EL CORO
¿Cómo el hijo de Teseo y sus compañeros de armas erigieron los trofeos a Zeus? Dilo, que ya que lo presenciaste, alegrarás, refiriéndolo, a los que no lo vieron.
EL MENSAJERO
Brillante rayo del sol, presagio favorable, alumbraba a la tierra; yo lo observaba todo junto a la puerta Electra desde una torre elevada que dominaba a la llanura. Vi las tres filas de los tres cuerpos de ejército, y la multitud de guerreros de pesadas armas que se extendía por las alturas próximas al Ismeno, como se había dicho, y al mismo rey, al ínclito hijo de Egeo, y a los habitantes de la antigua Cecropia,[140] que lo acompañaban en el ala derecha; en la izquierda los paralios[141] armados de lanza, junto a la misma fuente de Ares, y el escuadrón de caballería a los flancos del ejército, distribuido en partes iguales, y los carros más allá del sepulcro sagrado de Anfión. El pueblo de Cadmo se extendía delante de las murallas, y a su retaguardia yacían los cadáveres, causa de la batalla, y la caballería tebana enfrente de la ateniense, y los carros enfrente de los carros de cuatro corceles. Entonces el heraldo de Teseo habló así: «Callad, pueblos; callad, tropas tebanas, y oíd: venimos a pedir los cadáveres para sepultarlos, como manda una ley que se observa en toda la Grecia, y sin ánimo de derramar sangre». Y Creonte nada respondió, permaneciendo armado en silencio; pero los que guiaban los carros de cuatro caballos comenzaron después la pelea, y en su primer ímpetu rompieron las filas de los carros enemigos, mientras desde estos peleaban los soldados esgrimiendo el acero, y dando lugar a que retrocedieran los caballos para combatir otra vez con los armados de lanzas. Viendo Forbas, capitán de la caballería ateniense, la confusión que habían producido los carros, el ataque de la caballería cadmea tomó parte en el combate con sus tropas, que alternativamente vencían y eran vencidas. Yo, que lo he visto con estos ojos, y no oído de otros (en el mismo lugar en donde peleaban los carros, y los soldados que en ellos iban), y los infinitos horrores que se sucedían, no sé por dónde empezar, si por el polvo tan espeso que llegaba al cielo, o por los que eran arrastrados en todos sentidos, envueltos en las riendas, mientras la sangre corría, ya cayendo los unos, ya precipitados con violencia los otros de cabeza cuando los carros se rompían, y expirando entre sus destrozados restos. Al observar Creonte que la caballería ateniense venía, se adelantó embrazando el clípeo antes que se desanimaran sus soldados. Ni Teseo anduvo tampoco ocioso, saliéndole al encuentro con sus brillantes soldados; trabaron, pues, la batalla, y los enemigos mataban mezclados con sus adversarios, y morían a sus manos, y se animaban con grandes clamores. «Herid, resistid a los hijos de Erecteo con vuestra fuerte lanza». El ejército de los descendientes del dragón peleaba con valor, y cejaba nuestra ala izquierda; pero al mismo tiempo vencía la derecha a la contraria, y era igual la batalla. Teseo, mientras tanto, ganaba nuevos lauros, y no solo estuvo en donde los suyos derrotaron a sus enemigos, sino que acudió al socorro del ala que cedía. Dio un grito espantoso, que repitieron los ecos: «¡Oh hijos!, si no resistís con vuestros pechos a la enhiesta lanza de estos espartos,[142] perece la ciudad de Palas». Y así inspiró nuevo aliento a los hijos de Cránao.[143] Y empuñó la clava formidable de Epidauro,[144] y la esgrimió a una y otra parte; separaba los cuellos de los troncos y aplastaba las cabezas cubiertas de cascos, derrotándolos al fin. Yo grité también entonces, salté de gozo y aplaudí mientras se dirigían hacia las puertas. En la ciudad se oían clamores y alaridos de jóvenes y ancianos, y el terror llenaba los templos. Teseo, que hubiera podido entrar en ella, contuvo a su gente, asegurando que no venía a asaltarla, sino solo a pedir los cadáveres. Así debe ser el capitán que vaya al frente de las tropas: valiente en el peligro y poco amigo de dejarse llevar de la insolencia del populacho, porque este, intentando subir las últimas gradas de la escala, cuando la fortuna le favorece, suele perder la felicidad, de que en otro caso disfrutaría.
EL CORO
Yo, ahora, que veo este día inesperado, creo en los dioses, y siento menos mis desdichas al recordar el castigo que han sufrido.
ADRASTO
¡Oh Zeus! ¿Por qué se llaman sabios los míseros mortales? De tu voluntad dependemos, y cumplirla es nuestro destino. Estrechos nos encontrábamos en Argos, y éramos muchos jóvenes y de robusto brazo; y cuando Etéocles quiso transigir, no aceptamos, y después perecimos. Él, afortunado entonces, como el pobre que se ve rico de repente, se llenó de orgullo para que no quedase impune el necio pueblo de Cadmo, y perdió la batalla. ¡Oh vanos mortales, que, como el que tiende el arco más de lo justo, sufrís con razón tristes males y no hacéis caso de los que os aman, sino solo de la fortuna, y vosotras, ciudades, que pudiendo evitar pacíficamente vuestra ruina resolvéis vuestras cuestiones derramando ríos de sangre! Pero ¿a qué viene esto? Quiero saber ahora cómo te has salvado; después preguntaré lo restante.
EL MENSAJERO
Cuando el tumulto que ocasionó la batalla alborotó a la ciudad, me escapé por la puerta por donde entraba el ejército.
ADRASTO
¿Recuperasteis acaso los cadáveres causa del combate?
EL MENSAJERO
Sí; los de los capitanes de las siete ínclitas cohortes.
ADRASTO
¿Qué dices? ¿Y los demás muertos?
EL MENSAJERO
Han sido enterrados en los valles del Citerón.
ADRASTO
¿Del lado allá o del lado acá? ¿Quién los enterró?
EL MENSAJERO
Teseo, junto al umbroso peñasco de Eleuterís.[145]
ADRASTO
¿Y en dónde ha dejado los muertos no enterrados?
EL MENSAJERO
Cerca; que cerca está cuanto se hace con actividad.
ADRASTO
Sin duda indignos esclavos los han sacado de entre los muertos.
EL MENSAJERO
Ningún esclavo tomó parte en este trabajo.
ADRASTO
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...[146]
EL MENSAJERO
Así habrías hablado si hubieras sido testigo de los cuidados que Teseo prodigó a los muertos.
ADRASTO
¿Él mismo lavó los cadáveres de esos desventurados llenos de sangre?
EL MENSAJERO
Y preparó los lechos mortuorios y cubrió sus cuerpos.
ADRASTO
Importante era este deber y no exento de humillación.
EL MENSAJERO
¿Qué humillación cabe en los males humanos comunes a todos?
ADRASTO
¡Ay de mí! ¡Cuánto mejor hubiese querido morir con ellos!
EL MENSAJERO
En vano lloras y haces derramar lágrimas a estas desventuradas.
ADRASTO
Ellas son, al contrario, las que me enseñan a hacerlo. Pero vamos, levantaré mis manos, saliendo al encuentro de los muertos, y cantaré a sus manes triste canción invocando a mis amigos, privado de los cuales vegeto en triste soledad; daño irreparable para los mortales es perder la vida, que recobrar lo demás es posible.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Nuevas alegres en parte, en parte tristes; los honores de la victoria duplican la fama de la ciudad y de sus capitanes; amargo será para mi ver a mis hijos muertos, y sin embargo, grato espectáculo alcanzar este día venturoso, aunque sufra al mismo tiempo el mayor de los dolores.
_Antístrofa 1.ª_ — ¡Ojalá que el viejo padre de los días[147] me hubiese conservado perpetuamente libre de los conyugales lazos! ¿Qué necesidad tenía yo de hijos? Si no me hubiese casado, nunca podría esperar tan horrible calamidad; ahora soy víctima de manifiesta desdicha sin mis hijos muy amados. Pero he aquí sus cuerpos sin vida. ¡Cuánta es mi desventura! ¡Ojalá que con ellos muera, bajando a la común morada de Hades!
ADRASTO
_Estrofa 2.ª_ — Gemid, ¡oh madres!, por los muertos que han de ir debajo de la tierra; responded a mis lamentos.
EL CORO
¡Oh hijos! ¡Oh amargo nombre de madre, yo te hablo, y muerto no me oyes!
ADRASTO
¡Ay, ay de mí!
EL CORO
¡Ay de mis males!
ADRASTO
¡Ah, ah!
EL CORO
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
ADRASTO
¡Ay de mí! ¡Cuánto hemos sufrido!
EL CORO
Las más espantosas calamidades.
ADRASTO
¡Oh ciudad argiva! ¿No te apiadas de mi destino?
EL CORO
¡Mírame también huérfana de mis hijos!
ADRASTO
Acercad los cuerpos llenos de sangre de estos desventurados, que ni merecían la muerte ni han perecido a manos de dignos adversarios en medio del combate.
EL CORO
Dádmelos, que yo los estreche y en mis brazos los sustente.
ADRASTO
Ya los tienes, ya los tienes en tus brazos.
EL CORO
¡Carga bastante pesada es la de mis dolores!
ADRASTO
¡Ay, ay de mí!
EL CORO
Pero hablas con madres.
ADRASTO
Vosotras me oís.
EL CORO
Gimes por nuestros males comunes.
ADRASTO
¡Ojalá que las tropas tebanas me hubiesen dado muerte entre el polvo!
EL CORO
¡Ojalá que nunca hubiese dormido al lado de mi esposo!
ADRASTO
¡Contemplad este piélago de desdichas, madres desventuradas que habéis perdido vuestros hijos!
EL CORO
¡Con las uñas nos hemos lacerado, y sobre nuestras cabezas hemos derramado las cenizas!
ADRASTO
¡Ay, ay de mí, ay de mí! ¡Que a mí solo me trague la tierra, que la tempestad me despedace, que el rayo de Zeus me hiera!
EL CORO
Asististe a tristes nupcias,[148] y funesto fue el oráculo de Apolo; el genio maléfico de Edipo, abandonando su palacio, ha venido a hacerte la guerra sembrando lágrimas.
TESEO
Deseaba interrogaros cuando os lamentabais delante del ejército; pero dejémoslo ahora, aunque os interese, y preguntemos a Adrasto. Dime, ¿por qué estos mortales se hacen ilustres por su fortaleza? Responde tú, más sabio que estos jóvenes y hombre de experiencia. He admirado sus hazañas, superiores a toda expresión, en virtud de las cuales esperaban apoderarse de la ciudad. Nada diré para no excitar la risa,[149] ni para averiguar con cuál ha peleado cada uno en el campo de batalla, ni la lanza enemiga que los ha herido. Vanas son las palabras de los que escuchan y del que cuenta, si después de asistir a la pelea y de contemplar espeso bosque de lanzas se quiere referir quién ha sido valiente. Ni yo lo preguntaría, ni daría crédito a los que se atreviesen a narrarlo, porque estando enfrente del enemigo apenas se puede ver lo que más nos interesa.[150]
ADRASTO