Part 3
Ese hijo de que has hablado, ¿ha de nacer, o, según el oráculo, ha nacido ya?
EL CORO
Febo le ha devuelto uno, que vivía, ya en la pubertad; presente estuve yo.
CREÚSA
¿Que dices? Infausto, infausto, inaudito es lo que me cuentas.
EL PEDAGOGO
Y también para mí. Acábame de decir más claramente el oráculo, y quién es ese hijo.
EL CORO
El dios declaró que era el primero que encontrase al salir del templo.
CREÚSA (_sollozando_).
¡Ay, ay de mí! ¡Pero yo he de vivir sin hijos, sin hijos he de vivir, y solitaria y sin ellos habitaré en mi palacio!
EL PEDAGOGO
¿Y a quién aludió el oráculo? ¿Con quién tropezó el marido de esta desdichada? ¿Cómo, en dónde lo vio?
EL CORO
¿Te acuerdas, ¡oh señora amada!, del joven que cuidaba de este templo? Ese es su hijo.
CREÚSA
¡Ojalá que yo vuele por el húmedo aire,[48] lejos de la Grecia, hasta llegar a los luceros vespertinos: que tan grande es mi dolor, ¡ay!, que tan grande es mi dolor!
EL PEDAGOGO
¿Y qué nombre le puso su padre? ¿Lo sabéis, o también lo ignoráis?
EL CORO
Ion, por ser el primero que encontró.
EL PEDAGOGO
¿Y quién es su madre?
EL CORO
No puedo decírtelo; pero el esposo de esta, sin que ella lo sepa, para decírtelo todo, ¡oh anciano!, ha ido a sacrificar en acción de gracias, por el hallazgo de su hijo y por la hospitalidad que le dio, a los sagrados tabernáculos y a celebrar con él un banquete.
EL PEDAGOGO
Tu esposo nos hace traición, ¡oh señora!, y, como tú, lo deploro. Estamos llenos de oprobio, y nos arrojarán del palacio de Erecteo; no me inspira el odio a tu marido, sino el afecto que te profeso, porque habiéndose casado contigo, aunque solo era en la ciudad un extranjero intruso, y habitado en tu palacio y poseído todo tu patrimonio, engendró hijos en otra mujer. Yo te explicaré lo que ha hecho sin tu consentimiento: cuando supo que eras estéril, no contento ya con que fuese igual vuestra desgracia, compartió el lecho de alguna esclava, de quien tuvo a ese niño; lo alejó de ella, dándolo a educar en Delfos, y sin obstáculo ha crecido ocultamente en el templo del dios. Ya hombre, te persuadió que vinieras aquí pretextando que no tenías hijos tú; el dios no te ha engañado; él sí, criando hace tiempo al suyo y tramando tales engaños; si se averiguaban, los atribuiría a Apolo;[49] si permanecían ignorados, se aprovecharía de ellos para darle el reino de Atenas. Tranquilo forjó, pues, el nuevo nombre de Ion, por haber sido el que encontró al salir del templo. ¡Ay de mí! ¡Cómo he aborrecido siempre a los malvados que maquinan injusticias o iniquidades y después las engalanan artificiosamente! Prefiero un amigo sencillo y bueno a otro más sagaz si es malo. Y sufrirás el colmo de los males si un hombre oscuro, hijo de madre incierta, de una esclava cualquiera, ha de mandar en tu palacio. Más tolerable sería que habiendo nacido de noble ciudadana, te hubiese persuadido, viéndote sin descendencia, que lo adoptaras, llevándolo a tu palacio; y si te desagradaba, contraer nuevo himeneo con alguna de las nietas de Eolo. Deber tuyo es, pues, ahora, acometer alguna hazaña mujeril, o empuñando el acero, o armándole alguna celada, o matando con veneno a tu marido y a tu hijo antes que ellos lo hagan contigo. Y si no lo intentas, perderás la vida, que cuando dos enemigos viven bajo un mismo techo, amenaza grave peligro al uno o al otro.[50] Yo te ayudaré, y nos presentaremos en el festín, mataremos juntos a su hijo, y pagaré así a mis dueños cuanto han gastado en sustentarme, y moriré o viviré con ellos. Solo el nombre de esclavo es deshonroso, que en todo lo demás, ningún siervo, siendo bueno, vale menos que los hombres libres.
EL CORO
Y yo, dueña querida, quiero compartir contigo esta desdicha, y morir o vivir sin oprobio.
CREÚSA (_que de repente sale de un doloroso estupor_).
¡Oh alma mía! ¿Cómo he de callar? Y por otra parte, ¿cómo publicar mis ignoradas aventuras amorosas desoyendo los consejos del pudor? Ya, ¿qué obstáculo me lo impide? ¿Con quién rivalizaré en virtud? ¿No es un traidor mi marido? Usúrpanme mi palacio, quédome sin hijos, y se desvanecieron esperanzas que ya no puedo abrigar, a pesar de mis deseos, callando mis amores, callando mi deplorable pasado. Pero no; por el solio estrellado de Zeus, por la diosa que habita en mis peñascos y por la sagrada orilla de la pantanosa laguna Tritónide,[51] no ocultaré mi falta, y me consolaré abriendo mi pecho. Lágrimas destilan mis pupilas, y duélese mi corazón, víctima de las asechanzas de los dioses y los hombres, cuya ingrata traición a mi lecho probará mi esfuerzo.
_Proodo o canto preliminar._ — ¡Oh tú!, que acompañas tu canto con la cítara de siete cuerdas, que en sus rústicos e inanimados cuernos[52] haces oír los suaves himnos de las Musas; tu crimen, ¡oh hijo de Leto!, por mí será publicado.
_Estrofa._ — Brillaba tu cabellera y me buscaste cuando yo cogía en mi falda bellas flores que emulaban el esplendor del sol, y, sujetando mis blancas manos, sin pudor me llevaste, ¡oh dios enamorado!, a la gruta que me sirvió de lecho, a pesar de los gritos con que llamaba a mi madre, cediendo a sus deshonestos deseos.
_Antístrofa._ — Doite a luz un hijo, ¡oh desventurada!, y temerosa de mi madre arrojelo a tu gruta, en donde en mísero maridaje te uniste a esta desdichada. ¡Ay de mí, ay de mí!, y ya murió el infortunado, sirviendo de pasto a las aves y despedazado por ellas, mientras tú, tañendo la cítara, cantas himnos. ¡Hola! A ti me dirijo, ¡oh hijo de Leto!, que por suerte pronuncias tus oráculos a todos en dorado asiento y en el centro de la tierra, y a tus oídos llegarán estas voces.
_Epodo._ — ¡Ay de ti, punible estuprador!, que en tu templo das un hijo a mi marido, no habiendo recibido antes de él beneficio alguno; mi hijo y el tuyo, que nada sabe, perece arrebatado por las aves, perdidas las fajas en que lo envolvió su madre. Delos te odia, y las ramas de laurel y la palma de suelto follaje, bajo la cual Leto le dio a luz en parto venerando, fruto de su unión con Zeus.
EL CORO
¡Ay de mí! Gran cúmulo de males nos amenaza, capaz de arrancar lágrimas a los más indiferentes.
EL PEDAGOGO
¡Oh hija!, no me canso de mirar tu rostro hasta perder el juicio. Cuando apuraba la amarga copa de estos infortunios, tus palabras, como nueva ola que me arroja de la popa, otra vez me acomete y trueca los males presentes en otros más graves. ¿Qué dices? ¿De qué crimen acusas a Febo? ¿Auguras haber dado vida a un hijo? ¿En qué parte de la ciudad expusiste ese parto de tu vientre, grato a las fieras? Repítelo, explícate.
CREÚSA
Respeto me infundes, ¡oh anciano!; pero lo declararé, no obstante.
EL PEDAGOGO
Sí, que honroso es llorar con los amigos.
CREÚSA
Oye, pues: ¿sabes en dónde está la gruta septentrional de la roca de Cécrope, que llamamos Macra?
EL PEDAGOGO
Sí, allí se ve el templo de Pan, cerca del ara.
CREÚSA
Pues en ese paraje luchamos tan tristemente.
EL PEDAGOGO
¿Cómo? ¡Cuántas lágrimas me haces derramar!
CREÚSA
Contra mi voluntad tuve con Febo infausto ayuntamiento.
EL PEDAGOGO
¡Oh hija! ¿Es esto acaso lo que yo sospechaba?
CREÚSA
Lo ignoro; pero si dices verdad, la confirmaré.
EL PEDAGOGO
¿Cuando ocultamente te quejabas de enfermedad misteriosa?
CREÚSA
Así era; y ahora confieso mi desventura.
EL PEDAGOGO
¿Y cómo ocultaste después tus nupcias con Apolo?
CREÚSA
Di a luz el fruto de nuestro amor; óyeme con paciencia, anciano.
EL PEDAGOGO
¿En dónde? ¿Quién te ayudó en tu parto? ¿Acaso tú sola sufriste sus dolores?
CREÚSA
Sola en la gruta, en donde celebré mi himeneo.
EL PEDAGOGO
¿Y en dónde está ese niño, para que no vivas sin hijos?
CREÚSA
Murió, ¡oh anciano!, habiendo sido expuesto a las fieras.
EL PEDAGOGO
¿Murió? ¿Y osó Apolo abandonarlo?
CREÚSA
No quiso socorrerlo; críase en el palacio de Hades.
EL PEDAGOGO
¿Y quién lo expuso? ¿No serías tú, sin duda?
CREÚSA
Yo, en una noche oscura, envuelto en sus pañales.
EL PEDAGOGO
¿Y nadie lo supo?
CREÚSA
Tan solo mi desdicha, tan solo el misterio.
EL PEDAGOGO
¿Y cómo osaste dejar a tu hijo en la gruta?
CREÚSA
¿Cómo? Después de exhalar tristes quejas.
EL PEDAGOGO
¡Qué horror! ¡Oh, tú, corazón de hierro, que a tanto te atreviste, y aún más cruel el dios!
CREÚSA
¡Si hubieses visto al niño extendiendo hacia mí sus manecitas!
EL PEDAGOGO
¿Porque tenía hambre, o para que lo tomases en tus brazos?
CREÚSA
Por gustar la leche de mis pechos, que no lo alimentaron, víctima de mi injusticia.
EL PEDAGOGO
¿Y cuál fue tu objeto al exponer a tu hijo?
CREÚSA
Creí que el dios lo salvaría por ser también suyo.
EL PEDAGOGO
¡Qué furiosa borrasca azota a tu familia!
CREÚSA
¿Por qué lloras ocultando tu cabeza, ¡oh anciano!?
EL PEDAGOGO
Pensando en tu aflicción y en la que sentirá tu padre.
CREÚSA
Tal es la suerte reservada a los mortales; nada hay constante en ellos.
EL PEDAGOGO
Dejémonos ya de lamentos, ¡oh hija!
CREÚSA
¿Y que haré? Desdicha grande es la irresolución.
EL PEDAGOGO
Véngate del dios, que te injurió primero.
CREÚSA
¿Y cómo yo, simple mortal, venceré a deidades más poderosas?
EL PEDAGOGO
Incendia el venerando templo de Febo.
CREÚSA
Tengo miedo; bastantes males me atormentan.
EL PEDAGOGO
Mata, pues, a tu marido, que esto es posible.
CREÚSA
Me acuerdo de nuestra unión, cuando era bueno.
EL PEDAGOGO
Mata, al menos, al niño, que nació para tu daño.
CREÚSA
¿Cómo? ¡Si pudiera! ¡Cuánto lo anhelo!
EL PEDAGOGO
Arma a tus satélites, que llevan espada.
CREÚSA
Pronta estoy; pero ¿adónde iremos?
EL PEDAGOGO
A los sagrados tabernáculos, en donde celebra el banquete, con sus amigos.
CREÚSA
Hazaña es asesinar, y los esclavos valen poco.
EL PEDAGOGO
¡Ay de mí! Tu ánimo desfallece. Vamos, decídete.
CREÚSA
Dolorosa y eficaz es la venganza que medito.
EL PEDAGOGO
Lo mismo te serviré.
CREÚSA
Oye, pues: ¿te acuerdas de la batalla de los gigantes?
EL PEDAGOGO
Sí, la trabaron en Flegra[53] con los dioses.
CREÚSA
Allí la tierra dio a luz a la Gorgona,[54] monstruo horrible.
EL PEDAGOGO
¿Para auxiliar a sus hijos y combatir con los dioses?
CREÚSA
Sí, y la mató Palas, hija de Zeus.
EL PEDAGOGO
¿Y cuál era su forma, espantosa sin duda?
CREÚSA
Armado estaba su pecho de víboras entrelazadas.
EL PEDAGOGO
¿No es esta la misma tradición que oí en otro tiempo?
CREÚSA
Atenea ostenta la piel de ella en su seno.
EL PEDAGOGO
¿No la llaman la _Égida_, atributo de Palas?
CREÚSA
Así la nombraron cuando peleó a favor de los dioses.
EL PEDAGOGO
¿Y cómo, ¡oh hija!, ofenderá a tus enemigos?
CREÚSA
Conociste, sin duda, a Erictonio, ¡oh anciano! ¿No es así?
EL PEDAGOGO
¿El primero de tus antepasados que dio a luz la tierra?
CREÚSA
A poco de nacer le concedió Palas...
EL PEDAGOGO
¿Qué? Parece que temes hablar.
CREÚSA
Dos gotas de sangre de la Gorgona.
EL PEDAGOGO
¿Y qué efecto harán en los hombres?
CREÚSA
Una da la muerte, otra cura las enfermedades.
EL PEDAGOGO
¿Y las suspendió del cuerpo del niño?
CREÚSA
Con ligaduras doradas; él las dio a mi padre.
EL PEDAGOGO
¿Y a su muerte las heredaste?
CREÚSA
Así fue, y las traigo ocultas en mi mano.
EL PEDAGOGO
¿Y de dónde proviene este doble presente de la diosa?
CREÚSA
Es la sangre que derramó la vena cava.[55]
EL PEDAGOGO
¿Y para qué sirve? ¿Cuál es su virtud?
CREÚSA
Ahuyenta las enfermedades e infunde nueva vida.
EL PEDAGOGO
¿Y cuál dijiste que era el efecto de la otra?
CREÚSA
Mata, porque es veneno de los dragones de la Gorgona.
EL PEDAGOGO
¿Y están juntas las dos, o separadas?
CREÚSA
Separadas; la buena no se mezcla con la mala.
EL PEDAGOGO
¡Oh hija muy amada!, posees cuanto necesitas.
CREÚSA
Así morirá a tus manos el hijo de Juto.
EL PEDAGOGO
¿En dónde y cómo? Manda tú, y yo obedeceré.
CREÚSA
En Atenas, cuando habite en mi palacio.
EL PEDAGOGO
No has dicho bien; hace poco reprobaste mi consejo.
CREÚSA
¿Cómo? ¿No tienes confianza en mi proyecto?
EL PEDAGOGO
Se creerá que tú misma has envenenado al hijo de Juto, aunque su muerte no sea obra tuya.
CREÚSA
Bien está; dicen que las madrastras aborrecen a los hijastros.
EL PEDAGOGO
Mátalo, pues, aquí, en donde negarás el crimen.
CREÚSA
De antemano saboreo ya este deleite.
EL PEDAGOGO
Y ocultarás a tu esposo lo que él quiere callarte.[56]
CREÚSA
¿Sabes lo que has de hacer? Después que recibas de mi mano este antiguo vaso dorado, presente de Palas, irás adonde mi marido sacrifica a escondidas, y cuando acaben de cenar y vayan a ofrecer libaciones a los dioses, ocultándolo bajo tu vestido, derrámalo en la copa del joven, pero solo en la suya, no en todas, para que la beba el futuro señor de mi palacio, que si llega a humedecer su garanta, nunca irá a la ínclita Atenas, y se quedará aquí.
EL PEDAGOGO
Vete ahora tú a las habitaciones destinadas a los peregrinos, que yo haré cuanto me has ordenado. ¡Vamos, pies trémulos, manteneos firmes a pesar de mis años y encaminaos hacia el enemigo, como ordena mi dueña, y dadle muerte, y librad el palacio de su presencia! Buena es la piedad cuando la fortuna se muestra propicia; pero ninguna ley prohíbe que hagamos daño a nuestros enemigos.[57] (_Retíranse los dos en dirección opuesta_).
EL CORO
_Estrofa._ — ¡Oh Trivia!,[58] hija de Ceres, que presides a los crímenes nocturnos; lleva también de día a feliz término el que ha de perpetrar esta copa mortífera, como desea mi venerable, mi venerable señora, y que beba estas gotas de la garganta de Medusa, hija de la Tierra, el que intenta penetrar en el palacio de los hijos de Erecteo; que ningún otro de distinto linaje domine en mi ciudad, excepto los nobles Erecteidas.
_Antístrofa._ — Pero si se frustra el asesinato que osa mi dueña y pasa la ocasión de cometerlo, y se desvanece su esperanza, o herirá su pecho afilada cuchilla, o ceñirá un lazo su cuello, y acabando sus dolores, vivirá con otra forma. Mientras exista, no verán sus ojos, brillantes luceros, que dominen en su morada señores extranjeros, siendo ella de noble estirpe.
_Estrofa._ — Me avergozaré, por el dios que alaban los cantos, si, junto a las fuentes de Calícoro, y al celebrarse con antorchas las Vigésimas,[59] hemos de contemplar a Ion vigilando durante la noche, cuando los coros conmueven el aire a la luz del cielo estrellado y de la Luna, y las cincuenta hijas de Nereo danzan en la mar y en el fondo de los ríos perennes en honor de Perséfone, la de corona de oro, y de su madre veneranda, si allí quiere reinar un vagabundo, esclavo de Febo, y disfrutar de riquezas que otros ganaron.
_Antístrofa._ — Vosotros los que satirizáis a las mujeres en vuestros versos y reveláis en vuestros himnos nuestras faltas conyugales y nuestros amores adulterinos e impíos, observad cuán superior es nuestra piedad al desordenado apetito de los hombres. Componed, pues, contra ellos y mis adulterios vuestras mordaces canciones. Juto, descendiente de Zeus, ha probado su ingratitud, puesto que participando de la desgracia de mi dueña y no teniendo hijos de ella, los buscó en otras, y ha logrado uno espurio.
EL CRIADO
¿En dónde estará, ¡oh mujeres!, mi señora, la ínclita hija de Erecteo? He corrido toda la ciudad sin poder encontrarla.
EL CORO
¿Qué sucede, ¡oh consiervo!, que te trae tan azorado? ¿Cuál es tu mensaje?
EL CRIADO
Nos persiguen, y los magistrados de Delfos la precipitarán desde una roca si la hallan.
EL CORO
¡Ay de mí! ¿Qué dices? ¿Se ha averiguado acaso que maquinábamos la muerte de ese joven?
EL CRIADO
Me has entendido, y no serás la última que lo pague.
EL CORO
¿Y cómo se ha descubierto ese crimen misterioso?
EL CRIADO
El dios, no queriendo contaminarse, ha hecho triunfar la justicia.
EL CORO
¿Cómo? Suplicándote te ruego que lo digas; cuando te hayamos oído, si nos conviene morir, moriremos de mejor grado, o viviremos si preferimos ver la luz del sol.
EL CRIADO
Después que se ausentó Juto, el marido de Creúsa, conocido el oráculo del dios, en compañía de su hijo, para llevarlo al banquete y al sacrificio que a los dioses preparaba, se dirigió adonde brilla el fuego dionisíaco[60] para que la sangre de las víctimas regase ambas cumbres en acción de gracias por tan feliz hallazgo, hablándole así: «Quédate tú aquí, ¡oh hijo!, para levantar muchos tabernáculos, ayudado de trabajadores. Cuando yo sacrifique a los dioses que presiden al nacimiento, invita, si tardo, a los amigos que han de acompañarnos». Y se alejó llevándose los novillos. El adolescente levantó con cuidado los pilares del tabernáculo, huyendo de los rayos del sol de mediodía y de poniente, y midió un espacio rectangular de 100 pies de largo por cada lado, cuya superficie era de 10.000 pies cuadrados, según dicen los peritos, para convidar a todo el pueblo de Delfos. Y con los sagrados tapices del tesoro cerró sus costados, que era una maravilla. Primero colocó en el techo uno, trofeo de la derrota de las Amazonas, don que ofreció al dios Heracles, el hijo de Zeus. Tales eran los asuntos que sus tejidos representaban: el cielo convocando a las estrellas en los aires; el Sol guiando a sus caballos poco antes de su ocaso, llevando en pos el brillante lucero vespertino, y la Noche, de negras vestiduras, rigiendo su carro de dos caballos, rodeada de espléndidos luminares. Las Pléyades y Orión[61] con su espada hendían el firmamento, y encima la Osa, envolviéndose en su cola de oro, y opuesta al polo; más alta, resplandecía la Luna llena, que divide los meses; las Híades, señal muy conocida de los navegantes, y la rosada Aurora ahuyentando a los astros. Añadió en los costados otros tapices de bárbaros dibujos, como de naves enemigas de los griegos, bien armadas de remos y de hombres semifieras, y de cacerías a caballo, y de ciervos y feroces leones ya encadenados. Inmediato a la puerta estaba Cécrope, envolviéndose en espirales, junto a sus hijas,[62] ofrenda de algún ateniense. Después que trajeron los vasos de oro, un heraldo, sobre las puntas de los pies, invitó al banquete a todos los ciudadanos que quisiesen asistir. Llena la copa, se adornaron de coronas y gustaron deleitosos manjares. A la mitad del festín se adelantó hasta la mesa un anciano, y excitó gran risa entre los convidados, sirviéndoles oficiosamente. De las urnas les ofrecía agua para lavarse, y los perfumaba con mirra,[63] y a todos presentaba doradas copas, encargándose él solo de este ministerio. Cuando sonaron las flautas y circuló la copa común, dijo el anciano: «Tiempo es ya de llevarse las copas pequeñas de vino y traer los vasos grandes,[64] para que más pronto la alegría penetre en los ánimos de todos». Entonces trajeron vasos cincelados de oro y plata. Él, tomando uno de los más bellos, como para congraciarse con su nuevo señor, se lo dio lleno, echando en el vino un veneno activo que, según dicen, le había dado su señora para que el nuevo hijo dejase de ver la luz, sin excitar sospechas; pero cuando este tenía en su mano la libación, como los demás, uno de los servidores profirió una palabra de mal agüero,[65] y como criado en el templo y entre sabios adivinos, pudo apreciar su valor y mandó que le llenasen otra copa, y derramó la primera en honor de la Tierra, y ordenó a todos que lo imitaran. Reinó entonces el silencio, y volvimos a verter en los vasos sagrados agua y vino biblino.[66] Al mismo tiempo penetró en la tienda una bandada de ligeras palomas, que vivían seguras en el templo de Apolo. Y después que derramaron el vino...
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sedientas bebieron de él, y lo tragaron con sus cuellos cubiertos de pluma. Y las demás apuraron sin peligro la libación divina; pero la que se posó en la tierra, en el lugar en donde el hijo recién hallado vertió la suya, y sació allí su sed, comenzó a temblar y a estremecerse toda, y, como si gimiera, arrulló confusamente; todos los convidados quedaron maravillados contemplando sus sufrimientos, y murió presa de convulsiones y se estiraron sus pies purpúreos. Entonces, el hijo declarado por el oráculo, arrollando su manto y descubriendo sus hombros y su brazo,[67] exclamó así: «¿Quién ha intentado envenenarme? Dilo, anciano; tú has sido, y de tu mano recibí la copa». Y cogiéndolo de sus viejos brazos, comenzó a interrogarle, para que no se le escapase, siendo tan manifiesto su delito. Descubriose, pues, y a la fuerza declaró el crimen de Creúsa y su propósito de envenenarlo. El joven designado por el oráculo salió entonces presuroso al frente de sus compañeros, y habiendo buscado a los próceres de esta ciudad de Apolo, Pitia les dijo: «¡Oh santa tierra!, la mujer extranjera, hija de Erecteo, ha intentado envenenarme». Enterados los notables de Delfos, decretaron unánimes que mi señora fuese precipitada desde la roca, por haber osado dar muerte a un varón tan santo y cometer este crimen en el templo. Todos los ciudadanos persiguen ahora a la que emprendió anhelosa tan malhadada peregrinación, pues deseando que Febo le conceda hijos, perderá su vida juntamente con la esperanza de tenerlos.
EL CORO
No hay medio de que yo, infortunada, evite mi suerte; todo se sabe, todo se sabe por la muerte de la paloma al beber la libación compuesta del jugo de los racimos de Dioniso, y de las gotas del activo veneno de las víboras; inevitable es el sacrificio mortífero, la calamidad que amenaza a mi vida y el suplicio de mi dueña, despeñada desde la roca. ¿Cómo huiré volando, o me refugiaré en tenebrosas cavernas, para librarme de las piedras que han de darme la muerte, o llevada por los ligeros cascos de los caballos uncidos a la cuadriga, o en la popa de alguna nave? No es posible ocultarme, a no ser que algún dios quiera salvarnos. ¿Qué sufrimientos, ¡oh desdichada señora!, te esperan? ¿Por ventura seremos víctimas nosotras del mal que intentamos hacer a otros, como exige la justicia?
CREÚSA (_que llega azorada_).
Búscanme, ¡oh esclavas!, para darme funesta muerte, condenada por los sufragios délficos;[68] dispuesta estoy a sufrir el suplicio.
EL CORO
Conocemos tus desdichas, ¡oh infortunada!, y la pena que te aguarda.
CREÚSA
¿Adónde huiré, pues? Con trabajo he podido escaparme del edificio en que estaba, huyendo de mi ruina, y callada llego aquí burlando a mis enemigos.
EL CORO
¿Adónde mejor que al ara?
CREÚSA
¿Pero de qué me servirá?
EL CORO
No es lícito matar al suplicante.
CREÚSA
Pero la ley lo manda.
EL CORO
Si hubieses caído en sus manos...
CREÚSA
Ya vienen mis crueles ejecutores con las espadas desenvainadas.
EL CORO
Siéntate, pues, junto al ara. Porque si ahí mueres, tus verdugos expiarán tu muerte; menester es sufrir resignados nuestro destino.
ION (_con séquito de guerreros_).