Chapter 15 of 23 · 3988 words · ~20 min read

Part 15

¡Oh hijos!, parecemos navegantes que habiendo escapado de tempestad violenta, tocan la tierra con sus manos, y los vientos y la mar los rechazan. Tal es nuestra triste suerte después que, ya en salvo, pisamos la ribera. ¡Ay de mí! ¿A qué me lisonjeaste, ¡oh mísera esperanza!, si no habías de ser nunca realidad? Perdón merece Demofonte si no quiere sacrificar a las hijas de los ciudadanos; alabo su bondad y la de sus conciudadanos; y si mi desgracia es obra de los dioses, no por eso será menor mi agradecimiento. ¡Oh hijos, no sé qué hacer por vosotros! ¿Adónde nos dirigiremos? ¿Qué dioses no hemos coronado? ¿A qué ciudad bien guardada no recurrimos? Moriremos, ¡oh hijos!; nos entregarán sin duda. Poco me cuido de mi suerte, si debo morir, a no ser por el gozo que sentirán mis enemigos; pero deploro la vuestra y os compadezco, ¡oh hijos!, y a la vieja Alcmena, madre de vuestro padre. ¡Oh infortunada por tu larga vida, e infortunado yo también, que tanto he sufrido inútilmente! Oblíganos, sí, oblíganos el destino a caer en manos de nuestro enemigo, y a morir miserable y torpemente. ¿Pero sabes tú un remedio a nuestros males, ya que todavía no he perdido por completo la esperanza de salvarlos? Entrégame a los argivos; por ellos, ¡oh rey!, no te expongas al peligro, y que mis hijos se libren de la muerte; yo no debo amar la vida; piérdola, pues. Mucho anhela Euristeo, hombre sin entrañas, apoderarse de mí e injuriarme, por haber sido compañero de Heracles. El sabio prefiere enemistarse con el sabio, no con el necio, porque hasta el más despreciable encuentra en aquel protección.[209]

EL CORO

¡Oh anciano!, no acuses a esta ciudad, que si pudiera sernos útil vender a los que imploran nuestra ayuda, nos cubriría de infamia.

DEMOFONTE

Generoso es lo que has dicho, pero imposible. Ese rey no ha traído aquí su ejército para cautivarte. ¿Qué ganaría Euristeo dando muerte a un anciano? Solo quiere matar a los heráclidas. Tremenda amenaza es para los enemigos la existencia de hijos esforzados y nobles que no olvidan las injurias de su padre, y así lo habrá pensado Euristeo. Quizás se te ocurra algún otro remedio, porque no sé qué hacer, conociendo ya los oráculos, y me embarga el miedo. (_Vase_).

MACARIA[210]

Extranjeros, no atribuid a audacia mi venida; es mi primer ruego, pues la mayor gloria de una mujer es el silencio y la modestia y vivir tranquila en su casa. Pero he salido al oír tus lamentos, ¡oh Yolao!, aunque mi linaje no me impusiese ese deber. Sin embargo, en cierto modo soy a propósito para cumplirlo, porque he puesto todo mi cariño en mis hermanos, y quiero saber también por mí misma si te atormenta algún nuevo mal, además de los antiguos.

YOLAO

¡Oh hija!, con mayor razón debo alabarte que a los demás hijos de Heracles. Cuando creíamos que la suerte favorecía a nuestra familia, le amenaza de nuevo peligro inevitable. Según afirma Demofonte, los adivinos han dicho que no se ha de sacrificar toro ni novillo, sino una virgen hija de noble padre, si todos hemos de salvarnos. Tal es nuestra angustia, resistiéndose él a matar a sus hijas o a las de los demás ciudadanos. Y aunque no me lo haya dicho claramente, me ha dado a entender que si no encontramos algún medio de evitar esas desdichas, nos encaminemos a otro territorio, que él no quiere comprometer la paz de Atenas.

MACARIA

¿Nada debemos temer si se cumple esa condición?

YOLAO

Basta esa sola, la única que se opone a nuestra dicha.

MACARIA

Que no te espante ya el enemigo ejército de los argivos; dispuesta estoy, ¡oh anciano!, antes que me lo manden, a morir y entregar mi cuello al dios. ¿Qué diremos si la ciudad quiere exponerse por nosotros a grandes peligros y nos infunde pavor la muerte, nuestro solo recurso? ¿Qué, cuando somos causa de ajenos trabajos? No, sin duda; que sería ridículo estar aquí gimiendo y suplicando, cuando nos engendró tal padre, y aparecer como cobardes. ¿Quién lo creería decoroso? Más vale, pues, hacerlo que exponer a esta ciudad (¡ojalá que nunca suceda!) a caer en manos de sus enemigos, y perecer yo misma al fin, después de sufrir ultrajes indignos de la hija de tan noble padre. ¿Me desterrarán y andaré errante? Que el rubor nunca tiña mis mejillas, si ha de decir alguno: «¿A qué vinisteis con ramos de suplicantes si tanta afición mostráis a la vida? Alejaos, que no auxiliaremos a pusilánimes». Y ni aunque mis hermanos muriesen y yo no, espero ser feliz, aunque muchos, con esa esperanza, vendieron a sus amigos. ¿Quién querría casarse con una doncella abandonada y tener hijos de ella? Mejor es perecer que exponerme a tan indignos peligros. A algún otro que no fuese noble, como yo, convendría esto acaso. Llevadme, pues, adonde han de inmolarme, y coronadme, y comenzad los auspicios si os parece, pero venced a los enemigos; pronta está mi existencia, de buen grado, no forzada; protesto que muero por mis hermanos y por mí. Tal es el honroso medio que he encontrado, yo que no amo la vida, para dejarla con gloria.

EL CORO

¡Hola, hola! ¿Qué diré al oír las palabras de esta doncella valerosa, que quiere sacrificarse por sus hermanos? ¿Quién hablará más noblemente? ¿Qué hombre haría otro tanto?

YOLAO

¡Oh hija!, tus divinos pensamientos demuestran bien a las claras que eres hija de Heracles, no de otro alguno. No me hacen sonrojar tus palabras, aunque me aflija la desgracia; pero te diré cómo, en justicia, puede hacerse esto: convoca aquí a todas tus hermanas, y que muera por ellos la que designe la suerte, que no es razonable que tú sola seas la víctima, sin correr las demás ese riesgo.

MACARIA

Nunca moriré por obra de la casualidad, pues no habría que agradecerlo; no te cuides de ello, ¡oh anciano! Pero si aceptas mi ofrecimiento y pronto queréis utilizarlo, de buen grado doy por ellos mi vida, lo cual no haría obligada.

YOLAO

¡Ah dioses! Más generosas que antes son tus palabras de ahora, y eran, no obstante, las mejores; pero superas en fortaleza a lo más fuerte y eres más buena que la bondad misma. No te mando, ni prohíbo tampoco, ¡oh hija!, que te sacrifiques, pues así salvas a tus hermanos.

MACARIA

Prudente es tu resolución; no temas contaminarte llevándome al sacrificio, que moriré por mi voluntad. Pero sígueme, que deseo morir en tus manos y que cubras con tus vestidos mi cuerpo, que yo arrostraré el horror de esta fúnebre ceremonia, ya que he nacido de un padre que es todo mi orgullo.

YOLAO

Yo no podré presenciar tu muerte.

MACARIA

Ruega a estos, al menos, que no lance mi último suspiro en manos de hombres, sino de mujeres.

EL CORO

Se cumplirá tu deseo, ¡oh virgen desdichada!, porque sería vergonzoso para mí no cuidar de tu decoro corporal por muchas razones, por la grandeza de tu ánimo y por ser contigo justo; que mis ojos te han admirado y eres valerosa como ninguna. Pero si quieres despedirte de tus hermanos y de este anciano, apresúrate a darles el último adiós.

MACARIA

Adiós, adiós, ¡oh anciano!; enseña a estos niños a ser tan sabios como tú; nada más tengo que decirte de ellos. Mira por su vida y no apetezcas la muerte; hijos tuyos somos, a tus manos nos hemos criado. Ya ves cómo en edad núbil muero por salvarlos. Vosotros, mis hermanos, sed felices y que os favorezca la suerte dándoos todo aquello que me mueve a perder la existencia. Y honrad a este anciano y a Alcmena, madre de mi padre, que se halla en el palacio, y a los que nos ofrecen asilo hospitalario. Y si os conceden los dioses que os veáis libres de tantos males, y que volváis a vuestra patria, recordad que debéis sepultar a vuestra salvadora, sin duda con magnificencia, porque no os ha faltado, sino al contrario, ha muerto por vuestro linaje. Vosotros, en vez de hijos, seréis mis más gloriosos monumentos; vosotros la palma de mi virginidad, si algo se siente bajo la tierra, y ¡ojalá que así no sea! Si allí hemos de sufrir también trabajos, no sé adónde dirigirme, que la muerte se mira como el mayor remedio de todos nuestros males.

YOLAO

Sabe, ¡oh tú la más animosa y magnánima de todas las mujeres!, que serás muy honrada por nosotros mientras vivas y después de muerta. Y, adiós, temo que mis palabras ofendan a la diosa, hija de Deméter, a quien se ha consagrado tu cuerpo. ¡Oh hijos!, llegó nuestra última hora; el dolor hiela nuestra sangre; venid a mi lado y dejadme en un asiento cubriéndome con este vestido, ¡oh hijos!, porque este sacrificio no me agrada, y sin embargo, no podremos vivir si no se cumple el oráculo, y aun nos expondríamos a mayor peligro, lo cual en esta situación sería una verdadera calamidad.

EL CORO

_Estrofa._ — Yo digo que ningún hombre es feliz ni desdichado sino por obra de los dioses, y que no hay familia siempre dichosa; uno a otro se suceden los golpes del destino, que humilla al afortunado y eleva al hombre oscuro. Inevitables son sus decretos; la sabiduría no puede resistirlos, y vano es el trabajo de quien lo intente, que su desastre no es menos seguro.

_Antístrofa._ — Pero no te postres en tierra para sufrir el rigor del hado, ni atormentes tu alma con el más acerbo dolor; gloriosa es la muerte de esta desventurada por sus hermanos y por Atenas, y su fama brillará siempre entre los hombres. El sendero de la virtud es el de los trabajos. Digno es el hijo de su padre, digno también de su noble linaje.

UN CRIADO

¡Oh hijos, yo os saludo! ¿En dónde están Yolao y la madre de vuestro padre?

YOLAO

Mírame cómo debo estar ahora.

EL CRIADO

¿Por qué yaces en tierra y está triste tu semblante?

YOLAO

Atormentábame cierto disgusto doméstico que acabo de experimentar.

EL CRIADO

Levántate; endereza la cabeza.

YOLAO

Viejo soy y no tengo fuerza alguna.

EL CRIADO

Vengo, sin embargo, a comunicarte gratísima nueva.

YOLAO

Pero ¿quién eres? ¿En dónde te he visto? No lo recuerdo ahora.

EL CRIADO

Soy un servidor de Hilo; ¿no me has conocido?

YOLAO

¡Oh tú el más amado! ¿Vienes, pues, a aliviar nuestras penas?

EL CRIADO

Sí; y desde este instante puedes disfrutar de tales bienes.

YOLAO

¡Oh madre de esforzado hijo!, ¡oh Alcmena!, sal y oye tan dulcísimo mensaje, que, angustiada hace tiempo por las desdichas de los que aquí vinieron, te consumías esperando a tus demás hijos.

ALCMENA

¿Qué significan tan desusados clamores en este recinto? ¡Oh Yolao! ¿Ha vuelto otro heraldo de Argos? Débiles, en verdad, son mis fuerzas, pero ten entendido, ¡oh extranjero!, que nunca mientras yo viva podrás llevarte a mis hijos, si me han de llamar madre de Heracles; si a tanto te atreves, no lucharás con gloria con dos ancianos.

YOLAO

Alégrate, anciana, no temas; no viene ningún heraldo de Argos a traer nuevas hostiles.

ALCMENA

¿Por qué levantaste la voz como si tuvieras miedo?

YOLAO

Para llamarte; para que te acerques a mí y a este templo.

ALCMENA

Nada sabía. ¿Quién es este?

YOLAO

Anuncia la llegada del hijo de tu hijo.

ALCMENA

¡Salve, pues, por este mensaje! Pero si al fin vino, ¿en dónde está? ¿Qué causa le impide acompañarte y llenarme de ventura?

EL CRIADO

Dispone y ordena el ejército que manda.

ALCMENA

Sabido esto, ya nada me interesa.

YOLAO

Sí; pero yo debo informarme de todo.

EL CRIADO

¿Qué deseas saber?

YOLAO

¿Cuántos son sus auxiliares?

EL CRIADO

Muchos; no puedo decir su número.

YOLAO

¿Lo sabrán, sin duda, los generales atenienses?

EL CRIADO

Lo saben; ya ocupan su puesto en el ala izquierda.

YOLAO

¿Está el ejército preparado a la pelea?

EL CRIADO

Lejos de las filas se han llevado a las víctimas.

YOLAO

¿A qué distancia se hallan los argivos?

EL CRIADO

Se distingue claramente a su general.

YOLAO

¿Y qué hace? ¿Ordena, acaso, las tropas enemigas?

EL CRIADO

Así lo presenciamos, aunque no lo hayamos oído. Pero iré allá; líbrenme los dioses, en cuanto pueda, de que mis señores den la batalla en mi ausencia.

YOLAO

También yo iré contigo; los dos pensamos, sin duda, ayudar a nuestros amigos.

EL CRIADO

No debías decir tal necedad.

YOLAO

¿Por qué no he de tomar parte con mis amigos en lo más recio de la pelea?

EL CRIADO

La vista sola no hiere, si la mano está quieta.

YOLAO

¿Cómo, pues? ¿No heriré yo también si asisto a la batalla?

EL CRIADO

No digo que no, pero podrías caer antes.

YOLAO

No habrá enemigo que me resista.

EL CRIADO

No tienes ya la fuerza de otros tiempos.

YOLAO

Pelearé, no obstante, con igual número que en otras épocas.

EL CRIADO

De poco servirás a tus compañeros.

YOLAO

No me detengas cuando estoy dispuesto a hacer algo por ellos.

EL CRIADO

Acaso, aunque quieras, será inútil tu ayuda.

YOLAO

Puedes decir cuanto te plazca, pero no me harás desistir de mi propósito.

EL CRIADO

¿Cómo te has de oponer, inerme, a hombres armados?

YOLAO

En este palacio hay armas, botín de guerra, que manejaremos y las volveremos a traer si sobrevivimos; que si muero, los dioses no las reclamarán. Pero entra, y descolgándolas de los clavos que las sustentan, vísteme cuanto antes los militares arreos; vergonzosa es nuestra tardanza mientras pelean unos y otros se esconden de miedo.

EL CORO

El tiempo no quebranta tu ánimo, tan esforzado como antes; pero nada vale tu cuerpo. ¿Por qué intentas valiente lo que ha de perjudicarte y aprovechar poco a Atenas? Debes reconocer tu debilidad, hija de tus años, y no acometer imposibles. Aunque lo desees ardientemente, no podrás ser dos veces joven.

ALCMENA

¿Cómo, pues, insensato, quieres dejarme aquí abandonada con estos niños?

YOLAO

La pelea es para los hombres; a ti te toca cuidar de ellos.

ALCMENA

Pero si mueres, ¿cómo me salvaré?

YOLAO

Los hijos de tu hijo que sobrevivan velarán por ti.

ALCMENA

¿Y si (¡lo que no suceda!) son víctimas de nuevas desdichas?

YOLAO

Estos extranjeros nunca faltarán; nada temas.

ALCMENA

Solo en ellos confío; no en otro alguno.

YOLAO

Y Zeus, estoy seguro de ello, se conduele también de sus trabajos.

ALCMENA

¡Bah! Nada que le desagrade oirá de mí; pero bien sabe si es justo o no conmigo.

EL CRIADO

Ya tienes aquí las armas necesarias para que te las pongas cuanto antes; se acerca el momento de dar la batalla, y Ares odia a los tardos; pero si temes su peso, déjalas ahora y en las filas podrás armarte. Yo las llevaré.

YOLAO

Bien has dicho; encárgate, pues, de su custodia hasta que yo te las pida; dame la lanza y sostén mi brazo izquierdo para dirigir mis pasos.

EL CRIADO

¿Cuándo se ha visto a un soldado a quien guían como a un niño?

YOLAO

Marchemos sin tropezar, que es señal de buen agüero.

EL CRIADO

¡Ojalá que tu vigor igualase a tu buen deseo!

YOLAO

Date prisa; sentiré mucho no asistir a la batalla.

EL CRIADO

Vacilas tú, sin duda, y no yo, aunque creas lo contrario.

YOLAO

¿Pero no ves con qué vigor ando?

EL CRIADO

Veo que tu imaginación va mucho más allá de la realidad.

YOLAO

No dirás eso cuando lleguemos.

EL CRIADO

¿Qué has de hacer? Quisiera, sin duda, que salieras con felicidad de este trance.

YOLAO

Hiriendo a algún enemigo en la lucha.

EL CRIADO

Si llegamos allí alguna vez, temo que no.

YOLAO

¡Ay de mí! ¡Ojalá, ¡oh brazo mío!, que seas tan buen compañero como allá en mi pubertad, cuando domaste a Troya con Heracles! ¡Ojalá que ponga en fuga a Euristeo!: es cobarde, y no resistirá al empuje de la lanza. No es cierta la fama de esforzados que tienen los poderosos, creyéndose falsamente que el hombre feliz lo sabe todo bien.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Tierra, y Luna, que luces toda la noche, y espléndida cabellera del dios, que alumbras a los mortales!; sed hoy mis mensajeros, y llevad al cielo mi voz, y al regio solio, y a Atenea de ojos azules. Por mi patria, por mi hogar, por haber protegido a suplicantes, canto el peligro que conjuraré con mi espada.

_Antístrofa 1.ª_ — Formidable es una ciudad como la de Micenas, afortunada y célebre por sus bélicas hazañas, que arde en ira contra mi patria; pero sería vergonzoso, ¡oh Atenas!, que entregásemos, obedientes a los argivos, a los que suplicantes nos piden hospitalidad. Zeus es mi aliado en esta guerra, y nada temo. Zeus, con justicia, aprecia la rectitud de nuestras intenciones. Nunca mis dioses más reverenciados serán inferiores a los mortales.

_Estrofa 2.ª_ — Tuyo es este suelo, ¡oh virgen veneranda!, tuyo es, y esta ciudad, de quien eres madre, y dueña y protectora; aleja de ella al que trajo aquí de Argos ejército enemigo, y no castigues mi piedad consintiendo en que me expulse del hogar en que nací.

_Antístrofa 2.ª_ — Numerosos sacrificios se hacen aquí en tu honra, y nunca nos olvidamos del día que cierra el mes, y con vasos sagrados y coros de jóvenes celebramos tus fiestas, y en la colina que azota el viento[211] resuenan nuestros vítores al compás nocturno de los pies de las vírgenes.

EL CRIADO

¡Oh señora!, tráigote una nueva que oirás en un instante, la más grata para mí: vencimos a los enemigos, y ya se erigen trofeos de todas las armas que han caído en nuestro poder.

ALCMENA

¡Oh tú el más querido!; por la nueva que me traes, recobrarás tu libertad. Pero aún no has disipado mi inquietud, pues no sé si viven aquellos cuya vida me es cara.

EL CRIADO

Viven, y han ganado en el ejército gloria incomparable.

ALCMENA

Y el anciano Yolao, ¿ha sobrevivido?

EL CRIADO

Sí, y con ayuda de los dioses ha hecho brillantes hazañas.

ALCMENA

¿Cómo, pues? ¿Se ha distinguido en la batalla?

EL CRIADO

Joven se ha vuelto, siendo viejo.

ALCMENA

Me sorprenden tus palabras: pero deseo que me describas primero la acción en que vencieron nuestros amigos.

EL CRIADO

De una vez te lo referiré todo. Después que ordenamos nuestras huestes enfrente de los enemigos, Hilo bajó de su carro de cuatro caballos, y colocándose a igual distancia de ambos ejércitos, ya preparados a la pelea, habló así: «¡Oh capitán que has venido de Argos!, ¿por qué hemos de causar daño en esta región? Ni aun perjudicarás en nada a Micenas si la privas de un solo hombre. Yo te desafío a singular combate: si me matas, te llevas a los hijos de Heracles, y si tú mueres, me devolverás mi palacio y disfrutaré de los honores debidos a mi padre». El ejército aprobó su resolución, ya por la grandeza de ánimo que revelaba, ya mirándola como el fin de tantos males. Pero Euristeo ni mostró su deferencia a tan justo y universal deseo, ni, siendo general, se atrevió por cobardía a combatir con la lanza, y se condujo indignamente. Y, sin embargo, vino a reducir a esclavitud a los hijos de Heracles. Hilo, en virtud de su negativa, volvió a incorporarse a las filas. Los adivinos, sabedores de que no se obtendría la paz en singular combate, se apresuraron a sacrificar a Macaria y derramaron sangre salutífera de humana garganta. Unos subían en los carros, otros resguardaban sus cuerpos con los clípeos, y el rey de los atenienses, varón esforzado, animaba así a su ejército: «¡Oh ciudadanos!: necesario es que todos, según vuestras fuerzas, ayudéis a la patria que os engendró y alimentó». El otro, por su parte, rogaba a sus aliados que no deshonrasen a Argos y a Micenas. Cuando la trompeta tirrénica dio claramente la señal y trabaron la batalla, ¡cuánto choque de escudos, cuántas voces, cuántos gemidos! En la primera acometida, el ejército argivo nos puso en desorden, pero después retrocedió. Pie con pie luego, y cuerpo a cuerpo, resistían con denuedo, y caían muchos. Dos exhortaciones se oían a un tiempo: «Vosotros los que habitáis en Atenas; vosotros los que sembráis los campos de Argos, ¿no libraréis de oprobio a vuestra patria?». Con trabajo y esforzándonos cuanto nos era dable, derrotamos al ejército argivo. Entonces el viejo Yolao, viendo a Hilo que, ansioso de pelear, se salió de las filas, extendiendo su diestra le rogó que lo subiese en su carro, y tomando en su manos las riendas, lo dirigió contra los caballos de Euristeo. Lo que sucedió después lo sé por haberlo oído, no así lo demás, que yo mismo presencié. Al atravesar la aldea de Palene,[212] consagrada a la diosa Atenea, vio el carro de Euristeo, e hizo un voto a Hebe y a Zeus si le devolvían el vigor de sus juveniles años y lo vengaban de sus enemigos. Ahora sabrás el milagro: dos dioses se aparecieron en el yugo de los caballos y envolvieron su carro en oscura nube; los más sabios aseguran que eran tu hijo y Hebe. En efecto; el ínclito Yolao recobró la fuerza de su brazo, alcanzando la cuadriga de Euristeo cerca de los peñascos escironios,[213] y, atado de manos y gozoso con tan rica presa, trajo al general enemigo, antes el hijo de la dicha. Tan feliz casualidad anuncia a los mortales que aprendan a no llamar afortunado al que por tal celebran antes de que muera, porque la fortuna cambia a cada instante.

EL CORO

¡Oh Zeus!, a quien debemos estos trofeos; ya puedo, libre de espantoso miedo, mirar el día.

ALCMENA

¡Oh Zeus!, aunque tarde, te apiadaste de mis males; agradezco tu beneficio. Ahora me convenzo de que mi hijo vive en el cielo, lo cual no creía antes. ¡Oh hijos!, al fin, ya libres de trabajos, no debéis temer a Euristeo, que recibirá muerte desastrosa, y veréis la ciudad de vuestro padre, y poseeréis su herencia, y sacrificaréis a los dioses patrios, ya que hasta ahora no habéis podido hacerlo viviendo errantes mísera vida. Pero decidme la oculta causa que ha movido a Yolao a perdonar la vida a Euristeo; en mi juicio, no es prudente cautivar a su enemigo y no castigarlo como merece.

EL CRIADO

Por honrarte y para que lo contemplasen tus ojos sujeto a tu poder, y pendiente de tu voluntad. Lo trajo a la fuerza, no de buen grado, pues no quería venir vivo a tu presencia y sufrir justo castigo. Alégrate, pues, ¡oh anciana!, y acuérdate de lo que dijiste antes: dame la libertad, porque en ocasiones como esta deben ser veraces los labios de los ingenuos.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Grata es para mí la danza cuando suena la flauta en el festín; grata es también Afrodita, y dulcísimo ver dichosos a nuestros amigos, humillados antes. Poderosa entre los hombres es la Parca, que decreta nuestra muerte, y el Tiempo, hijo de Cronos.

_Antístrofa 1.ª_ — Con razón, ¡oh ciudad! (esto nunca debe aplazarse), adorarás a los dioses; insensato es el que se oponga a ello mediante tales pruebas, y cuando con gloria nuestra el dios nos exhorta a hacerlo, quebrantando para siempre la soberbia de los malvados.

_Estrofa 2.ª_ — En el cielo vive tu hijo, ¡oh anciana! (nunca pienses que ha bajado a la morada de Hades, cuando llama ardiente consumió su cuerpo), y Hebe[214] es la amada compañera de su lecho en el palacio de oro. ¡Oh Himeneo!, tú has llenado de gloria a dos hijos de Zeus.

_Antístrofa 2.ª_ — Igual es la suerte de muchos mortales; si dicen que Palas protegió a Heracles, su ciudad y su pueblo salvaron a sus hijos castigando la insolencia de un hombre que, dominado de furor violento, llegó a hollar la Justicia. Que nunca sean insaciables mi espíritu ni mi corazón.

EL MENSAJERO