Part 6
¡Ay de mí! Amarga es mi suerte y la mortal opción que me propones, y ya elija mísera, ya no, siempre seré una desdichada. ¡Oh tú, que tramas grandes maldades por causas pequeñas!, oye: ¿con qué objeto me matas?, ¿por qué causa?, ¿qué ciudad he vendido?, ¿a cuál de tus hijos he dado muerte?, ¿qué población he incendiado? Por fuerza comparto el lecho de mi señor, y, sin embargo, intentas sacrificarme, no al autor de todo; pero ¿por qué, prescindiendo del origen de tu ofensa, diriges tus ímpetus contra sus consecuencias, que es lo último? ¡Cuánta es mi desventura por estos males! ¡Oh mísera patria mía, qué trato sufro tan indigno! ¿Qué necesidad había de añadir esta doble carga a la antigua? Pero ¿a qué me lamento de este mal del momento, y no me acuerdo de otros? Yo presencié la muerte de Héctor, destrozado por el carro, y el deplorable incendio de Ilión, y subí esclava a las naves de los argivos, arrastrada por los cabellos; y después que vine a la Ftía me casé con los asesinos de Héctor. ¿Qué dulzuras tiene para mí la vida?; ¿qué debo considerar, mi presente o mi pasada desventura? Un solo hijo me quedaba, querido como las niñas de mis ojos, y solo porque les place tratan de matarlo. No morirá, de seguro, por salvar yo mi vida infeliz; él es mi esperanza, y no perecerá; que para mí sería una deshonra no sacrificarme por mi hijo. Voy, pues, a abandonar el ara; ya me entrego a las manos que me han de degollar, que me han de matar, que me han de atar, que me han de ahorcar. ¡Oh hijo mío!, yo, tu madre, iré al Orco por salvarte; pero si escapas de la muerte, acuérdate de ella y de su desdicha y sufrimientos; y cuando veas a tu padre, bésalo, llora y abrázalo y cuéntale mis tormentos. Para todos los hombres, los hijos son tan amados como el vivir; quienquiera que me critique sin saber lo que son, sufrirá menos; pero su felicidad no es envidiable.
EL CORO
Compadézcote al oírte; dignas de lástima son las desdichas de todos los mortales, aunque sean extranjeros. ¡Oh Menelao!, tú y tu hija debíais reconciliaros con ella y librarla de sus males.
MENELAO
Sujetadla, esclavas, que oirá palabras amargas. Yo te amenacé con la muerte de tu hijo para que abandonaras el ara de la diosa, y así te engañé para que cayeras en mis manos, y después matarte. Y esto, por lo que a ti atañe; por lo que hace a este niño, mi hija decidirá si ha de morir o no. Pero anda al palacio, para que aprendas, ya que eres esclava, a no insultar jamás a los que son libres.
ANDRÓMACA
¡Ay de mí! Con fraude obraste: me has engañado.
MENELAO
Publícalo a todos; no lo negamos.
ANDRÓMACA
¿Así pensáis vosotros, los que habitáis las orillas del Eurotas?[95]
MENELAO
Y los que moran en Troya, cuando ofendidos se vengan.
ANDRÓMACA
¿Crees que los dioses no son dioses, y no castigan a los culpables?
MENELAO
Si lo hacen, lo sufriremos; pero te mataré.
ANDRÓMACA
¿Y también a este hijo mío, arrancado de debajo de mis alas?[96]
MENELAO
No, seguramente; lo entregaré a mi hija para que lo mate si quiere.
ANDRÓMACA
¡Ay de mí! ¿Cómo no te he de llorar, ¡oh hijo!?
MENELAO
Ya ves la lisonjera esperanza que debes alimentar acerca de su muerte.
ANDRÓMACA
¡Oh habitantes de Esparta!, mortales muy enemigos de todos los hombres, conciliábulo engañoso, los primeros en mentir, forjadores de dolosos males, de torcidos pensamientos y llenos de falsía: sin razón florecéis en la Grecia. ¿Qué delito no se comete entre vosotros? ¿No se repiten con frecuencia los asesinatos? ¿No sois ávidos de torpes ganancias? ¿No habéis probado siempre que decís una cosa y sentís otra? ¡Que los dioses me oigan y perezcáis! No es para mí mal tan grave el morir como tú piensas. Perdiéronme otras desdichas, perdiome la ruina y el incendio de la mísera ciudad de los frigios, y mi ilustre marido, que con su lanza te obligó a probar tu cobardía y a ser soldado de mar, no de tierra.[97] Ahora me matas, convertido en esforzado guerrero contra una pobre mujer. Mátame, pues, que seguramente mi lengua no te adulará, ni a tu hija tampoco; si eres grande en Esparta, yo lo soy en Troya, y si mi presente fortuna es adversa, no te jactes de la tuya, que de un momento a otro puedes sufrir la mía.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Nunca alabaré a los mortales que tienen dos lechos nupciales, ni que engendran hijos de diversas madres, causa de disensión en las familias y de tristes calamidades. Que mi marido, cuando me case, se contente con un solo tálamo, y que con ninguna otra lo comparta.
_Antístrofa 1.ª_ — Ni en las ciudades son más útiles dos gobernantes que uno solo, y en realidad son dos verdaderas cargas y cuna de sedición entre los ciudadanos; hasta las Musas siembran la discordia entre dos que compongan himnos a un tiempo.
_Estrofa 2.ª_ — Y cuando los ligeros vientos se llevan a los marineros, dos que rijan el timón y gran multitud de sabios valen menos que una inteligencia inferior que mande sola, y es más útil en casas y ciudades cuando se quiere gobernar con fruto.
_Antístrofa 2.ª_ — Pruébalo la lacedemonia, hija del capitán Menelao; furor ardiente la arrastra contra la rival de su tálamo, y trama la muerte de esa infeliz troyana y de su hijo, dominada por la envidia. Impío, injusto, odioso es el asesinato. Acaso algún día sienta laudable arrepentimiento. Pero veo juntos delante del palacio a los dos desdichados que aguardan la muerte. ¡Mísera mujer, y tú, niño desventurado, víctima del himeneo de tu madre, sin participar de su cuerpo, sin haber cometido crimen alguno contra los reyes!
ANDRÓMACA
Ved cómo me llevan debajo de la tierra, y las ligaduras que llenan de sangre mis manos.
MOLOSO
Madre, madre, bajo tus alas desciendo también al infierno.
ANDRÓMACA
¡Mísera víctima! ¡Oh príncipes de la Ftía!
MOLOSO
¡Oh padre, ven a socorrer a los que te aman!
ANDRÓMACA
Tú, hijo querido, yacerás junto a los pechos de tu madre, muerto bajo la tierra, con ella, también muerta.
MOLOSO
¡Ay de mí, ay de mí! ¿Qué haré? Desventurado soy sin duda, y tú también, ¡oh madre!
MENELAO
Andad a los infiernos, que vinisteis de torres enemigas. Los dos habéis de morir por dos causas inevitables: mi interés te mata, y a este niño mi hija Hermíone. Es gran imprudencia dejar hijos enemigos de los que lo han sido nuestros, pudiendo matarlos, y no librar de ese peligro a las familias.
ANDRÓMACA
¡Oh esposo, esposo, hijo de Príamo, ojalá que mi mano fuese tan robusta como la tuya y empuñara tu salvadora lanza!
MOLOSO
¡Infeliz de mí! ¿A quién invocaré para evitar la muerte?
ANDRÓMACA
Arrástrate, y besa las rodillas de tu señor, ¡oh hijo!
MOLOSO
¡Oh señor, oh señor,[98] perdóname la vida!
ANDRÓMACA
Riegan las lágrimas mis mejillas; de mis ojos caen poco a poco, como gota opaca de empinado risco.
MOLOSO
¡Ay de mí, ay de mí! ¿Qué remedio podré hallar a mis males?
MENELAO
¿Por qué imploras mi perdón y me suplicas, cuando soy solo ola o marino peñasco? Yo solo ayudo a los míos, y nunca podré reconciliarme contigo, puesto que ya en edad adulta tomé a Troya y cautivé a tu madre; para que goces de su compañía descenderás a la morada del infernal Hades.
EL CORO
Veo cerca a Peleo, que dirige hacia aquí de prisa sus trémulos pasos.
PELEO
A vosotros pregunto, y a este maestro de asesinos: ¿Qué sucede? ¿Cómo reina tal desorden en este palacio? ¿Por qué causa? ¿Por qué hacéis esto, condenando al suplicio sin juzgar antes? Detente, Menelao; no te precipites sin oír a las partes. (_Al servidor que le acompaña_). Precédeme tú, apresúrate; según me parece, esto no admite dilación; que aquí, y no en otra parte, quisiera recobrar mi fuerza juvenil. Y primero, en verdad, con viento favorable, como bajel de hinchadas velas, enderezaría hacia este mi rumbo. Di: ¿con qué derecho, atadas tus manos, se llevan estos a ti y a tu hijo? Como la oveja que defiende a su cordero, mueres tú en nuestra ausencia y en la de tu señor.
ANDRÓMACA
Como ves, ¡oh anciano!, me llevan a morir con mi hijo. ¿Qué te diré, habiéndote llamado no una sola, sino mil veces? Acaso tienes noticia de la cuestión que se ha promovido en este palacio, si has hablado con la hija de Menelao, autores ambos de mi muerte. Y ahora me arrastran arrancándome del ara de Tetis, que te dio a luz noble hijo, y a la que rindes venerable culto, no juzgándome con arreglo a derecho, ni esperando a los ausentes, sino prevalidos de mi aislamiento y del de mi hijo, al que quieren matar también, inocente de toda culpa. Pero te ruego, pues, ¡oh anciano!, cayendo a tus rodillas, ya que mis manos no puedan tocar tu muy amada barba,[99] que me salves por los dioses; de otro modo moriremos con vergüenza vuestra, ¡oh anciano!, y miserable daño nuestro.
PELEO
Os mando desatar sus ligaduras, si no queréis arrepentiros, y soltar sus manos.
MENELAO
Y yo, no inferior a ti, te lo prohíbo, porque mis derechos señoriales en esta son superiores a los tuyos.
PELEO
¡Cómo! ¿Acaso, y solo por venir aquí, gobiernas ya mi palacio? ¿No te basta mandar a los habitantes de Esparta?
MENELAO
Yo me apoderé de esta cautiva troyana.
PELEO
Y diéronla a mi nieto y la aceptó como parte del botín.
MENELAO
¿No es lo mío suyo y lo suyo mío?
PELEO
Para hacer el bien, no el mal, ni para matar tampoco.
MENELAO
Ten entendido que nunca la sacarás de mi poder.
PELEO
Con este cetro llenaré de sangre tu cabeza.
MENELAO
Toca, acércate a mí y sabrás quién soy.
PELEO
Y querrás que te llamen hombre, ¡oh tú, el más malvado e hijo de malvados![100] ¿Cómo te han de contar entre los hombres? Un frigio robó tu esposa, que abandonaste en un palacio no cercado y sin siervos que lo guardasen, como si en él tuvieras una mujer casta, no la peor de todas. Ni aunque quiera puede ser honesta ninguna doncella espartana, acostumbrada a salir de su casa y a tomar parte con muslos desnudos y suelta túnica en las carreras y palestras de los jóvenes; lo cual, en mi concepto, no debe tolerarse. ¿Y es después sorprendente que no eduquéis mujeres castas? Convendría preguntarlo a Helena, que procaz huyó con un joven a tierra extraña, abandonando sus lares conyugales. Y por ella capitaneaste contra Troya tan grande ejército de griegos, cuando hubiera sido mejor que la despreciaras y no movieses guerra, puesto que estabas seguro de su crimen, dejándola allí. Hasta debieras haberla recompensado y no admitirla en tu palacio. Pero no tuviste tan feliz inspiración, sino que perecieron muchas vidas preciosas, y a muchas ancianas privaste de hijos y arrebataste a muchos padres de blancos cabellos sus nobles descendientes. Yo soy uno de estos infortunados; mírote como al matador de Aquiles, como a una deidad malévola; tú solo viniste sin heridas de Troya, y trajiste tus bellas armas guardadas en ricas vainas, como allá las llevaste. Y yo mismo intenté persuadir a mi hijo que no se casase ni contrajese contigo parentesco, ni admitiese en su palacio a la hija de una mujer mala, teniendo presente que se heredan las faltas maternales. Aprended, ¡oh enamorados!, la conveniencia de casaros con hijas de buenas madres. Además, ¡cuánta no fue tu sinrazón con tu hermano, mandando matar neciamente a su hija![101] ¡Tanto temiste no poseer una mujer adúltera! Tomada Troya, para seguirte también en este terreno, no mataste a esa mujer que volvía a tu potestad, sino que al ver su pecho tiraste a un lado la espada, recibiste sus ósculos y adulaste a una perra traidora vencido por la lujuria, ¡oh tú, el más villano de los hombres! Y después vienes al palacio de mis hijos, no respetas su ausencia y matas con infamia a una pobre mujer y a un niño, cuya muerte os hará llorar a ti y a tu hija, la que mora en el palacio, aun cuando fuese tres veces bastardo. Muy a menudo las cosechas de tierras áridas son superiores a las que nacen en pingües terrenos, y muchos bastardos aventajan a los hijos legítimos. Pero llévate tu hija. Mejor es para los hombres amar a un yerno pobre y honrado que a uno criminal y rico, y tú nada vales.
EL CORO
Por causas insignificantes la lengua promueve entre los hombres grandes disputas, y por esto los prudentes no discuten con sus amigos.
MENELAO
¿Cómo dirás que los ancianos son sabios, y los que por tales tiene la Grecia? Tú, Peleo, hijo de ilustre padre y unido conmigo por los lazos de la afinidad, ¿no debieras avergonzarte de hablar así y de afrentarme por una mujer bárbara, a quien te convendría desterrar mas allá del Nilo y del Fasis, y excitarme tú mismo a hacerlo, solo recordando que es oriunda del continente de Asia, en donde yacen muchos cadáveres de griegos muertos por las lanzas, y manchada con sangre de tu hijo? Paris, que mató a Aquiles, era hermano de Héctor, y esta, esposa también de Héctor. Y, sin embargo, a ti y a ella os cobija el mismo techo y te dignas sentarte con ella a la mesa, y consientes que dé a luz hijos odiosos a tu linaje; por estas razones, ¡oh anciano!, y atendiendo a tu interés y al mío, quiero matarla, y tú me la arrancas de las manos. Pero veamos, pues, si, como creo, no es vergonzoso que hablemos ahora: si mi hija no tiene descendientes y esta sí, ¿los harás señores del territorio ftiótico, y, siendo bárbaros, mandarán a los griegos? ¿No soy, pues, prudente evitando tales iniquidades? ¿Tienes tú razón? Reflexiona también en esto: si casaras a tu hija con alguno, ¿sufrirías tales injurias en silencio? No lo creo. ¿Por una mujer extranjera insultas así a tus amigos y parientes? Igual derecho tiene el marido y la mujer, ya ultraje a esta, ya lo sea él por la deshonestidad de su cónyuge. El hombre tiene en sus manos medios de lograrlo; pero la mujer solo puede conseguirlo valiéndose de sus padres y amigos. ¿No es justo, por tanto, que yo socorra a mis parientes? Anciano, anciano eres, y cuando hablas de mi campaña más me favoreces que callando. Helena no sufrió voluntariamente tantas penas sino por decreto de los dioses, y esa guerra fue muy útil a Grecia, porque, poco perita antes en las armas y combates, salió aguerrida de esta empresa: en todo es la experiencia maestra de los mortales. Y si yo, al ver a mi esposa, me contuve y no la maté, fue por prudencia. ¡Ojalá que tú no hubieras matado a Foco![102] Tal es mi benévola réplica, no inspirada por la ira; pero si te encolerizas, tú perderás por tu locuacidad lo que ganaré por mi previsión.
EL CORO
Lo mejor será que os dejéis de vanas palabras y no incurráis ambos a un tiempo en la misma falta.
PELEO
¡Ay de mí! ¡Qué depravadas costumbres reinan en Grecia! Cuando el ejército erige trofeos de sus victorias, no se atribuyen a los soldados que pelearon, sino a su general, que se lleva toda la gloria, cuando él maneja la lanza como otros muchos, y sin aventajarles en nada logra mayor fama.[103] Y en la ciudad se sientan después orgullosos con los magistrados, y miran a la plebe con desdén, cuando nada valen, y en cambio los plebeyos suelen ser mucho más sabios si a un tiempo están dotados de voluntad y osadía. Así tú y tu hermano os habéis enorgullecido con la toma de Troya y por haber mandado a los griegos, y os llenan de arrogancia las fatigas y trabajos de los demás. Yo te probaré, después de esto, que no debes mirar al ideo Paris como a un enemigo superior a Peleo, si tú y tu hija estéril no os alejáis cuanto antes enhoramala de este palacio, puesto que mi nieto, agarrándola por los cabellos, la arrastrará por el suelo, porque es estéril y tiene envidia a la que no lo es. ¿Acaso porque ella sea infeliz sin hijos no los hemos de tener nosotros? Dejad a Andrómaca, esclavos; veremos si alguno me impide desatar sus manos. Levántate, que yo, aunque anciano trémulo, aflojaré los apretados nudos de estas ligaduras. ¡Así, oh tú, el peor de los hombres, has lastimado estas manos! ¿Creías atar algún toro o algún león? ¿Temiste que desenvainando su espada te obligase a huir? Ven, niño, a mis brazos; desata conmigo a tu madre; yo te educaré en la Ftía, y serás grande enemigo de estos. Sabed que los espartanos, sin su bélica gloria y su valor en las batallas, en ninguna otra cosa serían superiores a los demás.
EL CORO
Desenfrenados son los ancianos, y la cólera los arrastra más allá de los justos límites.
MENELAO
Te dejas llevar demasiado de la propensión a la injuria. Yo, que a la fuerza he venido a la Ftía, ni haré nada indigno de mí, ni lo sufriré tampoco. Y ahora, que no tengo tiempo para vagar, vuelvo a mi palacio, porque hay una ciudad no lejos de Esparta, que antes era amiga y ahora no; quiero castigarla al frente de mis tropas y reducirla a mi dominio.[104] Y cuando lo arregle todo a mi placer, volveré. Presente yo entonces, y también mi yerno, hablaré sin ambages, y oiré sus razones. Y si Neoptólemo castiga a Andrómaca, y después es prudente, yo lo seré también; si se enfurece, me enfureceré, y mis acciones corresponderán en todo a las suyas. No me ofenden tus palabras, porque eres a modo de sombra que habla, y no sirves más que para esto.
PELEO
Ve delante de mí, ¡oh hijo!, protegido por mi brazo, y tú también, ¡oh desventurada!, que después de tan recia tempestad, habéis encontrado seguro puerto.
ANDRÓMACA
Que los dioses, ¡oh anciano!, sean propicios a ti y a los tuyos, ya que nos has salvado a mí y a mi hijo. Pero ten cuidado, no sea que estos, ocultos en el camino solitario, me arrebaten a la fuerza viéndote viejo, y a mí débil y a mi hijo niño; no lo olvides, y evita el peligro presente, sin exponernos a ser cautivados después.
PELEO
No hables el tímido lenguaje de las mujeres. Anda. ¿Quién osará tocaros? Llorará, sin duda, el que lo haga; por la gracia de los dioses mandamos en Ftía, y disponemos de escuadrones de caballería y de muchos infantes. Todavía conservamos todas nuestras fuerzas, y no nos ha gastado la vejez, como tú piensas; me bastaría mirar a ese hombre para vencerlo, aunque sea viejo. Si el anciano es animoso, vale más que muchos jóvenes; ¿qué aprovecha al cobarde su robusto cuerpo?
EL CORO
_Estrofa._ — O que yo no nazca, o que mis padres sean buenos y me sea dado disfrutar de la opulencia de ciertas familias. No falta a los nobles consuelo en sus desdichas, y a las claras prosapias pertenece la gloria y el honor, que da la fama; nunca borra el tiempo la memoria de los grandes varones, y la virtud de los muertos brilla también perenne.
_Antístrofa._ — Más vale no ganar deshonrosa victoria que hollar a la justicia por la envidia y por la fuerza; al pronto agrada esto a los hombres, pero con el tiempo se hace molesto y redunda en desdoro de su linaje. Quiero que me alaben, que este sea el bálsamo de mi vida, y que no haya potestad alguna ilegítima ni en la familia ni en el gobierno.
_Epodo._ — ¡Oh anciano, hijo de Éaco!; creo que con los lapitas peleaste contra los centauros con lanza celebérrima, y que en la nave Argos atravesaste el inhospitalario mar de las Simplégades, ilustre empresa; y cuando en otro tiempo el hijo preclaro de Zeus[105] destruyó a la ciudad de Ilión, participaste de su gloria y volviste luego a Europa.
LA NODRIZA
¡Oh mujeres muy amadas!, como el mal nunca viene solo, otro nos amenaza en este día: Hermíone, la que manda en el palacio, abandonada de su padre y arrepentida de su atentado, cuando quiso matar a Andrómaca y a su hijo, desea morir, temiendo que su marido la castigue alejándola ignominiosamente de su lado, o dándola muerte en represalias de la que quiso dar a quien no debía. Trabajo cuesta a los servidores que la celan impedir que se ahorque, como quiere, y arrebatarle de las manos el acero; y entonces se lamenta amargamente y confiesa su falta. Yo, amigas, hago cuanto puedo para disuadirla de su propósito suicida; entrad vosotras en el palacio y evitad su muerte, porque los amigos recientes persuaden con más facilidad que los antiguos, aunque sean íntimos.
EL CORO
Oímos, en efecto, los gritos de los servidores, originados, sin duda, de la causa que anunciaste. Parece que la infortunada desea hacer público su sentimiento por las atrocidades que antes cometiera. Ahora sale del palacio, escapándose de las manos de los criados, arrastrada de suicida anhelo.
HERMÍONE
¡Ay de mí, ay de mí! Yo arrancaré mis cabellos y me desgarraré el pecho con mis uñas enemigas.
LA NODRIZA
¿Que haces, hija? ¿Afearás así tu belleza?
HERMÍONE
¡Ay, ay, ay, ay de mí! Vuela por los aires, lejos de mis cabellos, ¡oh velo sutil!
LA NODRIZA
Cubre tu pecho, hija; cúbrelo con tu manto.
HERMÍONE
¿Por qué he de cubrir mi pecho con el manto? Manifiesto y público, no oculto, ha sido mi atentado contra mi esposo.
LA NODRIZA
¿Deploras tu tentativa de sacrificar a la compañera de tu tálamo?
HERMÍONE
Gimo, sin duda, por mi osadía al cometer ese atentado, haciéndome execrable, sí, execrable a los hombres.
LA NODRIZA
Tu marido te perdonará.
HERMÍONE
¿Por qué arrancaste la espada de mi mano? Dámela, dámela, ¡oh querida!, para que con ella me mate; ¿por qué me quitas los lazos que han de acabar conmigo?
LA NODRIZA
¿Y he de consentir que mueras víctima de tu furor?
HERMÍONE
¡Oh ruina!, ¿en dónde hay fuego que me devore?; ¿desde qué escollo me precipitaré?; ¿en qué mar, en qué selva solitaria, abandonada de todos, me salvará la muerte?[106] ¿Cómo me entregaré a los dioses infernales?
LA NODRIZA
¿Por qué te afliges así? Las calamidades divinas aquejan a todos los hombres, ya en un tiempo, ya en otro.
HERMÍONE
Me has abandonado, me has abandonado, ¡oh padre!, dejándome solitaria en la orilla, sin remo para navegar. Tú me pierdes, tú me pierdes; ya no habitaré más este palacio conyugal. ¿A qué estatuas acudiré suplicante? ¿Caeré como esclava a las rodillas de mi esclava? ¡Ojalá que me alejase de la Ftía ave de cerúleas alas, o nave de pino, como la que arribó primero a las costas cianeas![107]
LA NODRIZA
¡Oh hija!, ni aprobé tus excesos contra la troyana, ni tampoco el miedo que ahora te domina y tanto te acobarda. Tu marido no te rechazará tan fácilmente, persuadido por los desatinados discursos de una mujer bárbara. No eres ninguna cautiva de Troya, sino hija de varón ilustre, y has traído rica dote, y vienes de una ciudad no poco afortunada. Ni tu padre, ¡oh hija!, te abandonará, como temes, ni consentirá que te expulsen de este palacio. Entra, pues, y no salgas de él, que te deshonrarás si te ven de esta manera, ¡oh hija!
EL CORO
Mirad cómo apresura su paso ese huésped extranjero, dirigiéndose hacia nosotras.
ORESTES
Decidme, ¡oh mujeres!, ¿es este acaso el real palacio en donde habita el hijo de Aquiles?
EL CORO
Sí; pero ¿quién eres tú, que así me interrogas?
ORESTES