Chapter 13 of 23 · 3866 words · ~19 min read

Part 13

Digna de mí es la empresa que acometo.

DIONISO

Temible eres, temible eres, y vas a presenciar espantosa matanza para alcanzar la gloria que en el cielo te aguarda. (_Vase Penteo_). Extiende tu mano, ¡oh Ágave!, y vosotras, hermanas, hijas de Cadmo; llevo a este joven a sufrir terrible lucha; yo y Bromio seremos vencedores; lo que después suceda os enseñará lo demás.

EL CORO

_Estrofa._ — Andad, andad al monte, ágiles perros del Furor, en donde las hijas de Cadmo celebran las bacanales; excitadlas contra este espía rabioso de las ménades revestido de adornos mujeriles. Su madre le verá primero acechando detrás de pulida piedra, o en algún árbol, y gritará a las bacantes: «¿Quién, ¡oh bacantes!, es este explorador de los cadmeos, que ha llegado con felicidad al monte? ¿Quién lo engendró? No ha nacido de sangre de mujer, sino de alguna leona o del linaje de las Gorgonas líbicas». Preséntese la justicia armada de su cuchilla y húndala en el cuello de este impío, de este malvado, de este engendro de la tierra, hijo de Equión, violador del derecho.

_Antístrofa._ — Con inicua atención y criminal furor viene, ¡oh Dioniso!, a tus orgías y a las de tu madre, lleno de furia, y delirante como si fuera a vencer a tu deidad invicta. El hombre modesto, pronto a tributar a los dioses los honores que les deben los mortales, y de humanos sentimientos, vive sin dolor. Con placer sería sabio, sin excitar su envidia; honor grande e ilustre es también vivir de día y de noche honradamente, ser piadoso y adorar a los dioses, rechazando cuanto se opone a las leyes establecidas. Preséntese la justicia armada de su cuchilla y húndala en el cuello del impío, del malvado engendro de la tierra, hijo de Equión, que viola el derecho.

_Epodo._ — Aparécete, toro o dragón de muchas cabezas, o león rojo como el fuego. Ea, Dioniso, echa tu lazo fatal con semblante risueño al que viene en busca de las bacantes, que caerá en medio de las ménades.

EL MENSAJERO

¡Oh linaje del anciano sidonio, que florecías en otro tiempo en la Grecia y sembraste la semilla serpentina del dragón, hijo de la tierra! ¡Cómo deploro tu suerte, aunque esclavo, ya que el esclavo leal comparte también las desdichas de sus dueños!

EL CORO

¿Qué hay? ¿Anuncias algo nuevo relativo a las bacantes?

EL MENSAJERO

Murió Penteo, hijo de Equión.

EL CORO

¡Oh rey Bromio! ¡Has probado cuán grande, cuán grande eres!

EL MENSAJERO

¿Qué dices? ¿Por qué hablas así? ¿Te alegran acaso, ¡oh mujer!, los males de mis señores?

EL CORO

Extranjera soy, y prorrumpo en versos bárbaros, acompañados de báquicos clamores, que ya no me hacen temblar las cadenas.

EL MENSAJERO

¿Crees tú acaso que Tebas es tan cobarde?...

EL CORO

Dioniso, Dioniso es mi soberano, no Tebas.

EL MENSAJERO

Digna eres de perdón; pero no es honesto, ¡oh mujeres!, alegrarse de los males ajenos.

EL CORO

Dime, cuéntame cómo ha muerto ese hombre, fautor de injusticias.

EL MENSAJERO

Después de pasar más allá de Terapnas[192] la tebana y de las aguas del Asopo, comenzamos a subir la pendiente del Citerón Penteo, yo, su fiel servidor, y el extranjero que nos guiaba para enseñarnos las bacantes. Primero hicimos alto en un valle lleno de hierba, andando con cuidado y en silencio para que viésemos sin ser vistos. Estaba cercado de peñascos por ambas partes, con arroyos que lo regaban, y lleno de umbrosos pinos, y en él yacían las ménades, ocupadas en gratos trabajos. Unas coronaban otra vez de hiedra sus tirsos, ya despojados de ella; otras, como los potrillos que dejan sus pintorescos pastos, se respondían cantando báquicos versos. El desdichado Penteo, no viéndolas, no obstante su número, dijo: «¡Oh extranjero!, no veo aquí a las ménades por más que miro; quizá si me subo a alguna eminencia o en algún elevado abeto presenciaré claramente sus torpezas». Entonces fui yo testigo de un milagro que hizo el extranjero; agarró la rama más alta de un abeto, la dobló hasta el oscuro suelo, encorvola como un arco o cual rueda cuando gira moviéndose alrededor de su eje, y de este modo, atrayéndolas, él las doblaba hasta tocar la tierra, haciendo lo que no hubiera hecho ningún hombre. Colocado Penteo en las ramas del abeto, las soltó otra vez con cuidado, de modo que no lo dejase caer si se enderezaba de pronto. El abeto, ya derecho, elevaba al cielo su cima, y en ella aparecía sentado mi dueño. Viéronlo las ménades antes que él las viese, apenas llegó a lo alto, desapareciendo el extranjero y oyéndose cierta voz, al parecer de Dioniso, que exclamó desde los aires: «¡Oh tiernas jóvenes!, os traigo al que se burla de vosotras, de mí y de mis orgías; castigadlo, pues». Y mientras esto decía relampagueaba el fuego sagrado en la tierra y en el cielo. El aire quedó mudo, callaron las hojas del umbrío bosque, y ni se percibían los aullidos de las fieras. Ellas, al escuchar confusamente la voz, se levantaron y miraban a todas partes. Volvió entonces él a exhortarlas. Cuando las hijas de Cadmo conocieron distintamente la báquica trompeta, se precipitaron en veloz carrera, no más tardas que palomas, Ágave, su madre, sus hermanas y todas las bacantes, y recorrían las rocas y el valle dividido por el torrente, agitadas del estro furioso del dios. Cuando vieron a mi señor en el abeto, primero le tiraron piedras con gran fuerza, subiéndose a un peñasco como si fuera una torre; después ramas; otras lanzaron al aire sus tirsos contra Penteo, blanco desdichado, pero nada conseguían. El infeliz, a una altura a la cual no podían llegar las bacantes a pesar de sus esfuerzos, no se movía, sin saber qué hacer. Al fin rompieron ramas de encina, y con tales palancas intentaban arrancar de raíz al abeto; pero cansadas de sus inútiles tentativas, dijo así Ágave: «Andad, ménades, cercad el árbol para apoderarnos de la fiera que se ha subido en él, y evitaremos que publique las danzas misteriosas del dios». Todas ellas sacudieron juntas el abeto y lo arrancaron de la tierra, y Penteo, sentado en lo más alto, cayó desde allí al suelo dando un gran gemido, presintiendo sin duda la desdicha que le amenazaba. Su madre, la primera, comenzó como sacerdotisa el sacrificio, y le acometió; él se quitó la mitra de la cabeza para que la mísera Ágave, conociéndolo, no lo matase, y dijo tocando sus mejillas: «Yo, madre, soy tu hijo Penteo, que diste a luz en el palacio de Equión; compadécete de mí, ¡oh madre!, y, por sus pecados, no mates a tu hijo». Mas ella, echando espuma por la boca y revolviendo sus ojos extraviados, sin sentir compasión y poseída de Dioniso, no se apiadó de él. Cogió con sus dos manos la izquierda de Penteo, y apoyando su pie en el cuerpo del desventurado, le arrancó el brazo no a impulso de su fuerza, sino ayudada del dios. Ino acababa la obra, por otra parte, desgarrando sus carnes, y Autónoe y toda la muchedumbre de las bacantes le amenazaba también. Oíanse clamores de toda especie, y él gemía mientras respiraba, y ellas aullaban a un tiempo. Y una le arrancaba el otro brazo, otra un pie con su calzado y desgarraba sus entrañas, y otras, llenas de sangre las manos, rasgaban sus carnes. Yace, pues, su cuerpo hecho pedazos, parte bajo ásperos peñascos, parte en las espesas ramas de la selva, y no es fácil encontrarlos; y la cabeza, de que se apoderó su madre, clavada está en un tirso como la de un león, y la pasean por el Citerón mientras danzan sus hermanas en el coro de las ménades. Y envanecida con tan triste trofeo regresa a estas murallas invocando a Dioniso, su compañero y victorioso auxiliar en la conquista de este botín, fuente para ella de lágrimas, no de placer. Yo me alejaré de este teatro de calamidades antes que Ágave llegue al palacio. Someterse a las leyes divinas y obedecerlas es para mí lo mejor y lo más prudente, y dignos de alabanza los mortales que así lo hacen. (_Vase._)

EL CORO

Celebremos con danzas a Dioniso, cantemos la desdicha de Penteo, descendiente del dragón, que, al vestirse el traje mujeril y empuñar la férula, recibió segura muerte, coronado de bellas hojas, arrastrándolo un toro al abismo. Bacantes, descendientes de Cadmo, en luto y lágrimas trocasteis vuestro egregio canto de victoria. Grata lucha la de despedazar un hijo con manos que gotean sangre. Pero veo a Ágave, madre de Penteo, que viene apresurada a su palacio con los ojos extraviados. Acoged a las compañeras del dios Evio.

ÁGAVE

¡Bacantes asiáticas!

EL CORO

¿Para qué me llamáis?

ÁGAVE

Traemos de los montes al palacio hiedra recién cortada y rica presa.

EL CORO

Ya la veo: bienvenida seas, ¡oh compañera de mis danzas!

ÁGAVE

Cogí sin lazos... este león nuevo, como puedes verlo.

EL CORO

¿En qué desierto?

ÁGAVE

En el Citerón.

EL CORO

¿Qué hizo el Citerón?

ÁGAVE

Lo mató.

EL CORO

¿Cuál fue la primera que lo hirió?

ÁGAVE

Mío es este honor. Yo, la bienaventurada Ágave, seré inmortal en las asambleas báquicas.

EL CORO

¿Y cuál después?

ÁGAVE

Los descendientes...

EL CORO

¿Qué descendientes?

ÁGAVE

Los de Cadmo; pero después que yo, después que yo se acercaron a esta fiera.

EL CORO

¡Felices vosotras, que os apoderasteis de tal presa!

ÁGAVE

Ya participarás del banquete.

EL CORO

¿De qué banquete, desventurada?

ÁGAVE

Este novillo, tierno aún, tiene en sus mejillas vello reciente, y suaves cabellos adornan su cabeza.

EL CORO

Notable es su melena; como de salvaje alimaña.

ÁGAVE

Dioniso, prudente cazador, excitó sabiamente a las ménades a cazarlo.

EL CORO

Este rey es el que preside a la caza.

ÁGAVE

¿Lo apruebas?

EL CORO

¿Cómo no? Lo apruebo.

ÁGAVE

Y después también los cadmeos...

EL CORO

Y Penteo también a su madre...

ÁGAVE

Alabará por haber apresado a este león.

EL CORO

Hermoso, en verdad.

ÁGAVE

Hermoso, en efecto.

EL CORO

¿Te alegras?

ÁGAVE

Me alegro por las grandes, por las grandes hazañas que se han ejecutado en esta región.

EL CORO

Enseña, pues, ¡oh desventurada!, enseña a los ciudadanos el trofeo que traes de tu victoria.

ÁGAVE

¡Oh vosotros!, que habitáis la ciudad bien fortificada de este campo tebano, venid y veréis esta presa, esta fiera que apresamos nosotras las hijas de Cadmo, no valiéndonos de los aguzados dardos tesalios, no de redes, sino de los dedos de nuestras blancas manos. ¡Vanagloriaos, pues, ahora, y preparad, fabricando lanzas, inútiles armas! Nosotras con esta mano nos apoderamos de él y en diversos trozos portamos sus miembros. ¿En dónde está mi anciano padre? Que se acerque. Y mi hijo Penteo, ¿en dónde está? Que traiga escalas de compactos peldaños, y clave en los esculpidos artesonados esta cabeza de león que os presento.

CADMO

Seguidme, cargados con el cadáver del mísero Penteo; seguidme, siervos, al palacio: con mucho trabajo encontré su pecho despedazado en las gargantas del Citerón, no en donde lo inmolaron, sino en lo más áspero de la selva, en lugar oculto y de difícil acceso. Contáronme las maldades que han cometido mis hijas al atravesar las murallas y penetrar en la ciudad, acompañado de Tiresias a mi vuelta de las bacanales; y regresando otra vez al monte traigo aquí a mi hijo, muerto a manos de las ménades. Y vi a Ino y a Autónoe, que de Aristeo dio a luz en otro tiempo a Acteón, danzando todavía furiosas, y alguno me dijo que Ágave se dirigía aquí con pie báquico, y no fue falso, en verdad, que la veo, y al mismo tiempo un espectáculo nada grato.

ÁGAVE

Mucho, ¡oh padre!, puedes vanagloriarte por haber engendrado dos hijas de las más ilustres; todas ellas lo son y yo principalmente, que, dejando la tela en la lanzadera, acometo más altas empresas, apresando en persona a las fieras. Ves en mis brazos la recompensa que ha tenido mi valor, para que puedas clavarla en tu palacio. Acéptala, ¡oh padre!, y gozoso con el fruto de mi caza, convida a tus amigos: bienaventurado, bienaventurado eres por haber dado el ser a hijas capaces de tales hazañas.

CADMO

¡Oh asesinato funesto, fuente de inagotable llanto! ¡Y tú lo has perpetrado con tus manos desventuradas! Inspirada por los dioses celebraste este sacrificio y me invitas al festín y también a Tebas. ¡Ay de mí! ¡Qué desdicha para ti y para mí también! Justamente, aunque con rigor, nos perdió el dios, el rey Bromio, a pesar de su parentesco con nosotros.

ÁGAVE

¡Cuán molesta es para los hombres la vejez, y cuán triste su aspecto! ¡Ojalá que mi hijo sea afortunado en la caza, y tan ingenioso como su madre, cuando persiga a las fieras con los jóvenes tebanos! Pero solo sabe resistir a los dioses. Tú, ¡oh padre!, y yo también debemos aconsejarle que no se complazca siguiendo las lecciones de malhadados maestros. ¿En dónde está? ¿Quién lo llamará para que venga a verme tan gozosa?

CADMO

¡Ay, ay de mí! Grave dolor ha de causarte tu acción, cuando recobres el juicio; si siempre permanecieras así, aunque no fuerais felices, no conoceríais, sin embargo, toda la extensión de vuestro infortunio.

ÁGAVE

¿Pero hay en todo esto algo que no te parece bien o es causa de pena?

CADMO

Primeramente mira el aire con tus ojos.

ÁGAVE

Así lo hago. ¿Por qué me lo mandas?

CADMO

¿Es para ti el mismo, o crees que ha variado?

ÁGAVE

Figúraseme más transparente y que brilla más que antes.

CADMO

¿Sientes todavía en tu alma la misma perturbación?

ÁGAVE

No entiendo lo que dices, pero poco a poco recobro mi juicio y vuelvo a mi estado natural.

CADMO

¿Oirás lo que te diga? ¿Me responderás con claridad?

ÁGAVE

Como que ya no me acuerdo de lo que acabo de decir, ¡oh padre!

CADMO

¿A que palacio viniste después de celebrar tu himeneo?

ÁGAVE

Me casaste con Equión, hijo, según dicen, de los dientes del dragón, que se sembraron.

CADMO

¿Qué hijo nació en ese palacio, de tu marido y tuyo?

ÁGAVE

Penteo, fruto de nuestra unión.

CADMO

¿Y cúya es la cabeza que sostienes con tus brazos?

ÁGAVE

De un león, según dijeron las cazadoras.

CADMO

Mírala con cuidado; poco cuesta observarla.

ÁGAVE

¡Ay de mí! ¿Qué veo? ¿Qué es esto que traigo en mis manos?

CADMO

Contémplalo y examínalo atenta.

ÁGAVE

¡Desventurada de mí! ¡Contemplo la mayor desventura!

CADMO

¿Te parece ahora semejante a un león?

ÁGAVE

No. ¡Qué infortunada! Tengo en mis manos la cabeza de Penteo.

CADMO

Llorado antes de ser reconocido.

ÁGAVE

¿Quién lo mató? ¿Cómo ha venido a mi poder?

CADMO

¡Mísera realidad, cuán intempestiva eres!

ÁGAVE

Habla, porque tiemblo al pensar en lo que vas a decir.

CADMO

Tú y tus hermanas lo matasteis.

ÁGAVE

¿En dónde pereció? ¿En el palacio, o en qué lugar?

CADMO

En donde tus perros despedazaron antes a Acteón.

ÁGAVE

¿Y por qué fue al monte este desdichado?

CADMO

Fue a burlarse del dios y de tus bacanales.

ÁGAVE

¿Pero cómo nosotras nos acercamos a él?

CADMO

Estabais furiosas, y toda la ciudad corría al mismo tiempo agitada por el ardor báquico.

ÁGAVE

Dioniso nos perdió; al fin lo entiendo.

CADMO

Lo injuriabais no adorándolo.

ÁGAVE

¿Pero en dónde está el cuerpo de mi hijo muy querido, ¡oh padre!?

CADMO

Aquí, habiéndolo encontrado con no poco trabajo.

ÁGAVE

¿Pero no ha sufrido mutilación alguna?

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

ÁGAVE

¿Y qué relación hay entre Penteo y mi locura?

CADMO

Os imitó no adorando al dios. Sin duda por esto padecisteis igual daño así él como vosotras, y arruinasteis a esta familia y a mí, que, no teniendo hijos varones, veo, ¡oh desventurada!, muerto torpe y tristemente a este fruto de tu vientre; que en ti, ¡oh hijo!, cifrábamos todos nuestra esperanza, y tú eras nuestro báculo, hijo de mi hija, venerado de los ciudadanos; ninguno, solo al mirarte, se atrevía a ofenderme en mi vejez, que pronto le hubiese alcanzado justo castigo. Despreciado ahora, me echarán de este palacio, a mí, aquel famoso Cadmo que sembró el linaje de los tebanos y segué óptima mies lisonjera. ¡Oh hijo!, el más amado de los hombres, aunque no existas, siempre serás el más querido, ya que no tocaré más esta barba con mi mano ni abrazarás más al padre de tu madre, diciéndole: «¿Quién te injuria, anciano? ¿Quién te desprecia? ¿Quién aflige tu corazón? ¿Quién te ofende?, dímelo que yo castigaré al que tal haga, ¡oh padre!». Ahora soy desdichado, y tú también, y tu madre y tus infelices hermanas dignas de lástima. Así, si alguno no venera a los dioses, acuérdese de la muerte de Penteo y crea en ellos.

EL CORO

Duéleme tu suerte, ¡oh Cadmo!; tu nieto ha recibido el castigo que merecía, aunque te llene de amargura.

ÁGAVE

¡Oh padre!, ya ves cuánto he cambiado... si no cometiese este crimen que debo expiar.[193]

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

DIONISO

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dragón serás, cambiando de forma, y tu esposa Harmonía, hija de Ares, con la que te casaste, siendo tú mortal, será convertida en fiera serpiente. Con tu esposa guiarás una yunta de novillos, como dice el oráculo de Zeus, y reinarás entre los bárbaros. Y con tropas innumerables derribarás muchas ciudades; pero cuando devastaren el oráculo de Apolo será infeliz su vuelta.[194] Ares, sin embargo, te salvará, y también a Harmonía, y te llevará a vivir al país de los bienaventurados. Yo, Dioniso, lo digo, no nacido de padre mortal, sino de Zeus. Si hubieseis sido prudentes, cuando no queríais, os hubiese ayudado el hijo de Zeus, y sería feliz vuestra suerte.

ÁGAVE

¡Oh Dioniso!, nosotros te suplicamos que nos perdones nuestros pecados.

DIONISO

Tarde lo conocéis, no cuando debíais.

ÁGAVE

Así lo confesamos; pero es cruel tu venganza.

DIONISO

Vosotros, siendo yo dios, me injuriabais.

ÁGAVE

Los dioses no han de imitar a las mortales.

DIONISO

Zeus, mi padre, lo había decretado largo tiempo hacía.

ÁGAVE

¡Ay, ay de mí! Condenados estamos, ¡oh Cadmo!, a mísero destierro;

DIONISO

¿Por qué, pues, vaciláis en cumplir vuestro destino?

CADMO

¡Oh hija, qué deplorable es nuestra suerte, y tú qué desdichada, y cuánto tus hermanas! Yo, mísero anciano, pediré hospitalidad en tierra extranjera, y obediente al triste hado, traeré a la Grecia mis tropas de bárbaros, y a la hija de Ares, a Harmonía, mi esposa, convertida en dragón espantoso, como yo, al frente de mi ejército, a devastar los altares y sepulcros griegos, y será tanta mi desdicha, que nunca me veré libre de males, ni tranquilo pasaré el Aqueronte en la navecilla.

ÁGAVE

¡Oh padre!, y yo, separada de ti, seré también desterrada.

CADMO

¿Por qué me abrazas, ¡oh hija desdichada!, como si fuese un cisne, blanca ave agobiada por los años?

ÁGAVE

¿Adónde iré, expulsada de mi patria?

CADMO

No lo sé, hija; de poco puede servirte tu padre.

ÁGAVE

¡Adiós, palacio, adiós, ciudad en que nací; mísera desterrada de mi hogar, te dejo presa de amarga pena!

CADMO

Busca, ¡oh hija!, a Aristeo...

ÁGAVE

¡Por ti lloro, padre!

CADMO

¡Y yo por ti, hija, y por tus hermanas!

ÁGAVE

Cruel es el castigo que el rey Dioniso da a tu familia por la injuria que le hicisteis.

CADMO

Atroz fue también el agravio no honrándose en Tebas su nombre.

CADMO

¡Adiós, hija desdichada! Difícilmente recobrarás tu alegría.

ÁGAVE

Guiadme, ¡oh amigas!, en busca de mis hermanas, que me acompañarán en el destierro. Lejos iré del abominable Citerón, en donde no lo vean mis ojos, ni sepan lo que es tirso. De él cuidarán otras bacantes.

EL CORO

Bajo múltiples formas se muestra el hado, y muchas cosas que no se esperan hacen los dioses y lo que se aguardaba no viene, y el cielo les da fin inopinado. Así ha sucedido ahora.

LOS HERÁCLIDAS

ARGUMENTO

El objeto de LOS HERÁCLIDAS, como el de _Las Suplicantes_, es alabar a Atenas por sus leyes y sentimientos humanitarios favoreciendo al débil y al desdichado. Los descendientes de Heracles, con Hilo, hijo del héroe y de Deyanira, con Yolao, sobrino y escudero del hijo de Zeus y de Alcmena, y con esta, se han refugiado como suplicantes en el ara de Zeus, en Maratón, aldea de Ática, huyendo de la persecución constante de Euristeo, que no los deja tranquilos en toda la Grecia. En Atenas reinaban entonces Demofonte y Acamante, hijos de Teseo. Preséntase, en efecto, en seguida un heraldo argivo en nombre de Euristeo, que no puede arrancarlos de su asilo ni con amenazas ni con razones de conveniencia para Atenas y sus autoridades, concluyendo en declarar la guerra a los atenienses en nombre de Euristeo. Pelean después los dos ejércitos enemigos: el argivo, mandado por Euristeo en persona, y el de los atenienses y los heráclidas, por Hilo, Yolao y los reyes de Atenas, siendo vencidos los invasores y hecho prisionero Euristeo. El oráculo había declarado que para alcanzar la victoria contra los argivos los atenienses y los heráclidas, era necesario el sacrificio previo de una víctima humana, y Macaria, hermana de Hilo, entonces ofrece espontáneamente su vida, y se logra el triunfo deseado.

En la traza y desarrollo del plan de esta tragedia se observa, desde luego, mejor gusto que en otras más famosas de nuestro poeta, como si se hubiese escrito en una época más clásica y atildada, así en el ajuste y distribución de sus partes, como en la sobriedad que en toda ella reina, en la extensión menor de los coros, en la relación más estrecha y constante con el asunto que guardan, y en la falta o parsimonia de las digresiones del poeta, cuando se ofrece la ocasión de entremezclar disputas o alegatos jurídicos, o sostener opiniones más o menos inoportunas sobre política, religión o filosofía. No por esto se abstiene Eurípides, al hablar de Heracles, de decir que fue un héroe, _esté donde estuviere_, ni de afirmar de Euristeo que sus maldades no son tanto obra suya como de Hera, ni, por último, de asegurar rotunda y categóricamente, sin paliativos de ningún género, que esa misma diosa Hera lo ha engañado y vendido. El personaje de Alcmena, como el de Hécuba en la tragedia de este nombre, atrabiliario, desvergonzado e insolente, iracundo y cruel, como vaciados en el mismo molde, sírvenos además para confirmar el odio del poeta al bello sexo, comparando estos tipos de ancianas con sus semejantes del sexo masculino. Néstor es la personificación homérica del anciano griego, trazado magistralmente con sus largas y viejas narraciones, sus alabanzas exageradas a las cosas y a los hombres que fueron, y con sus arranques extemporáneos juveniles, pero experimentado, prudente y hábil en los consejos. Cuando Eurípides nos presenta ancianos, como el Yolao de esta tragedia o el Peleo de _Andrómaca_, no se nota en él antipatía, odio ni ensañamiento; no así cuando introduce en sus dramas mujeres ancianas, como las dos citadas, en cuyo trazado brilla siempre la benevolencia por su ausencia.