Chapter 18 of 23 · 3997 words · ~20 min read

Part 18

¡Ay, ay! ¡Grave golpe de la fortuna! ¡Ay, ay!

EL CORO

Pist..., callad todos; estaos quietos; alguno caerá, acaso, en la red.

EL COCHERO

¡Ay, ay de mí! ¡Cuán funesta es la desdicha que sufren los aliados tracios!

EL CORO

¿Quién gime?

EL COCHERO

¡Ay, ay de mí! ¡Desventurado soy, y tú también, rey de los tracios! ¡Oh, en mal hora viniste en ayuda de la funestísima Troya! ¡Cuál ha sido el término de tu vida!

EL CORO

¿Quién eres, en fin, de nuestros aliados? Las tinieblas de la noche no me dejan ver ni conocerte claramente.

EL COCHERO

¿En dónde encontraré a algún príncipe troyano? ¿En dónde duerme Héctor, resguardado con su escudo? ¿A cuál de los capitanes del ejército contaré, ¡ah, ah, ah, ah!, los males que hemos sufrido, la desgracia de que hemos sido víctimas, obra de un desconocido, pródigo en desdichas deplorables para los tracios?

EL CORO

Algún infortunio ha sobrevenido al ejército de Reso, según parecen indicar las palabras de este.

EL COCHERO

¡Pereció el ejército, cayó el rey, víctima de pérfida mano! ¡Dolor mortal me causa la herida que me consume! ¡Que yo muera! ¡Ah, ah, ah, ah! Reso y yo debíamos perecer miserablemente por socorrer a Troya.

EL CORO

No hay duda que estos lamentos indican alguna calamidad; claramente dan a entender que han perecido los aliados.

EL COCHERO

Calamidad grave y afrentosa, doblemente intolerable, nos ha herido. El morir con gloria, si al fin se ha de morir, paréceme amargo al que lo sufre; ¿cómo no? La nobleza y el lustre de las familias es goce de los vivos; nosotros, al contrario, perecemos temeraria y torpemente. Después que Héctor nos señaló nuestro puesto en los reales, y nos comunicó la seña, dormíamos recostados en la tierra, vencidos del cansancio, y no velaban por el ejército nocturnos centinelas, ni estaban a mano las armas ni guardados los yugos de los caballos, confiando el rey en que vosotros erais vencedores y amenazabais a las popas de las naves; descuidados nos entregábamos todos al reposo. Yo, solícito, desperté de mi sueño y di abundante pienso a los caballos, creyendo que mañana pelearíamos con ellos. Vi entonces a dos hombres que, en la oscuridad de la noche, rondaban nuestro campamento, y que al moverme se deslizaron y huyeron; les di voces para espantarlos, pensando que fuesen ladrones que venían a robarnos. Pero nada replicaron; yo no sé mas; volví a mi tienda y me dormí. Y en sueños se me apareció cierto fantasma; en sueños, según creía, vi dos lobos que se cebaban en los lomos de los caballos que yo crie y a los cuales regía, unidos al carro de Reso, y que azotándolos con sus colas[255] los aguijoneaban, dando ellos resoplidos de ira y resistiéndose de miedo. Despierto entonces pugnando por ahuyentar a esas fieras de los caballos, y agitado de nocturnos terrores. Al levantar la cabeza oigo gemidos de moribundo. Un río de sangre juvenil caliente me inunda al acercarme a mi señor, víctima de triste muerte. Sobresalteme, sin tener a mano la lanza, y al buscar y requerir mi espada, hiriome un robusto brazo en el costado; sentí el golpe que abrió en mi cuerpo profundo surco. Caí en tierra, y ellos, dueños del yugo ecuestre, aceleran en su huida el paso de los caballos. ¡Ay, ay de mí! ¡El dolor me atormenta, y ya, desventurado, no puedo sostenerme! Y aunque he presenciado esta desgracia, no puedo decir quiénes han sido sus autores, ni cómo la han causado. Presumo, sin embargo, que deben ser amigos.[256]

EL CORO

Cochero del mísero tracio, no sospeches que no son enemigos los que han perpetrado ese crimen. Pero Héctor, sabedor de él, se acerca; como es justo, se conduele de tus males.

HÉCTOR

¿Por qué, ¡oh fautores de gravísimos males!, se os escaparon vergonzosamente los espías griegos que han asesinado a vuestros compañeros, y no los rechazasteis ni al entrar ni al salir del campamento? ¿Quién expiará esta falta? Tú, que guardabas nuestro ejército. Ilesos huyeron, burlándose del descuido de los frigios y de mí, que soy vuestro capitán. Tened, pues, por cierto, y os lo juro por el poder de Zeus, que, en castigo, serás azotado o muerto. Creed, si no lo hago, que Héctor es un cobarde y para nada sirve.

EL CORO

¡Ay, ay! ¡A mí grande, grande...![257] ¡Oh general, defensor de la ciudad!; sin duda penetraron cuando vine a anunciarte que se veían luces junto a las naves del ejército argivo; ni mis ojos vigilantes se cerraron esta noche, ni un momento durmieron, no, por las fuentes del Simois; no te encolerices conmigo, ¡oh rey!; yo no he faltado a mi deber. Y si después llega a tu noticia algún hecho o dicho mío intempestivo, entiérrame vivo, que no pediré perdón.

EL COCHERO

¿A qué tales amenazas? ¿Por qué, siendo tú también bárbaro, intentas engañarme con artificiosos discursos? Obra tuya es todo; ningún otro fue autor de la muerte de Reso ni de la herida que he recibido; larga y sagaz oración necesitas, sin duda, para persuadirme de que no has asesinado a tus amigos. Tu deseo de poseer los caballos te arrastró a matar a tus aliados. Recuerdo bien las protestas que hiciste. Los desdichados llegaron y murieron. Menos criminal fue Paris violando el derecho de la hospitalidad que tú, que asesinaste a los que te socorren. No digas que algún argivo, acercándose a nosotros, ha sido el delincuente. ¿Quién, en verdad, atravesando las cohortes troyanas, podría llegar oculto a nuestros reales? Tú y el ejército argivo estabais aquí antes. ¿Cuál otro fue herido, cuál de tus aliados ha muerto, si vinieron los griegos, como dices? Las víctimas que han derramado su sangre nosotros somos y lo que es más sensible, nuestros son también los que ya no ven la luz. En suma: no acusamos a ningún griego. ¿Quién podría encontrar la tienda de Reso en las tinieblas de la noche, a no decirlo algún dios? Ni aun sabían que hubiese llegado; luego tú eres el verdadero criminal.

HÉCTOR

En tantos años como han transcurrido desde que nos ayudan nuestros aliados y el pueblo aqueo sitia a Troya, nadie me ha reconvenido por ningún delito; tú eres el primero que lo hace. Por grande que fuese mi afición a esos caballos, nunca me hubiese arrastrado a dar muerte a mis amigos. Obra es de Odiseo. ¿Qué otro argivo podría haber concebido ese proyecto? ¿Cuál realizarlo? Le temo, y me aflige que hayan encontrado a Dolón y perecido a sus manos; hace ya largo tiempo que se ausentó, y por ninguna parte parece.

EL COCHERO

Nada sé de ese Odiseo a que aludes; pero estoy seguro de que ningún enemigo nos ha herido.

HÉCTOR

Piensa tú lo que quieras, si tal es tu placer.

EL COCHERO

¡Oh tierra patria, ojalá que muriese en tu seno!

HÉCTOR

No morirás; bastantes han muerto ya.

EL COCHERO

¿Adónde volveré mis ojos, no existiendo mis dueños?

HÉCTOR

Mi palacio te acogerá y te cuidará.

EL COCHERO

¿Y cómo me han de curar las manos de mis asesinos?

HÉCTOR

No dejarás de repetir siempre lo mismo.

EL COCHERO

Muera el que lo hizo; no te maldigo, como piensas; pero la Justicia lo sabe mejor que yo.

HÉCTOR

Lleváoslo a mi palacio, y cuidad de que no sufra; y vosotros encaminaos a la ciudad, y decid al Senado que mande sepultar los muertos en las encrucijadas de los caminos.[258]

EL CORO

¿Qué objeto se propone el numen adverso, que, después de tanta ventura, llena otra vez a Troya de lágrimas? Pero ¿qué es esto, ¡oh, oh!? ¿Qué diosa, ¡oh rey!, lleva en sus brazos por el aire el cuerpo de Reso? Estupefacto quedo al contemplar este portento.

MUSA

Podéis mirar, troyanos; yo, Musa adorada de los sabios, una de las nueve hermanas, me presento a vosotros; vengo por este hijo mío, asesinado miserablemente por sus enemigos. El pérfido Odiseo, que lo mató, pagará algún día su crimen. Con lágrimas míseras, ¡oh hijo!, te lloro, con dolor de madre. Funesta ha sido tu venida a Troya, funesta tu obstinación, sin haber celebrado los auspicios, prohibiéndotelo yo y desoyendo los ruegos de tu padre. ¡Ay de mí, mísera! ¡Oh hijo amado!, ¡oh hijo amado! ¡Ay de mí!

EL CORO

En cuanto debo, no uniéndome contigo lazo alguno de parentesco, deploro la triste suerte de tu hijo.

LA MUSA

¡Perezca el nieto[259] de Eneo; perezca también el de Laertes, que me han arrebatado el mío nobilísimo, y Helena, que abandonó su palacio, navegando, robada, al tálamo frigio y perdiéndote miserablemente junto a Ilión, ¡oh tú, el muy querido!, arrancando de innumerables ciudades esforzadísimos varones! Mucho, ¡oh hijo de Filamón!,[260] ya mientras viviste, ya al descender al Orco, atormentaste mi corazón; tu arrogancia, que te perdió, y tu lucha con las Musas, fueron causa de que yo diese a luz este hijo desdichado. Atravesando las ondas del río, llegué al lecho en que te engendró el Estrimón, cuando nosotras las Musas fuimos al monte Pangeo, rico en oro terrenal, a celebrar cantando famoso certamen con el ilustre tracio, y cegamos a Tamiris, que había lanzado contra nuestro arte muchas injurias. Y después que te di la vida, por respeto a mis vírgenes hermanas, te deposité en los remolinos de tu caudaloso padre; pero Estrimón, para criarte, no te confió a manos mortales, sino a las ninfas de las fuentes. Allí, bien educado por ellas, llegaste a ser el más famoso, ¡oh hijo!, y el soberano de la Tracia. No temía que murieses en tu patrio suelo, cuando ordenabas las huestes ávidas de sangre; sabedora de tu destino, te prohibía que auxiliases a Troya. Las embajadas de Héctor y los frecuentes mensajes del Senado te indujeron a venir al socorro de tus amigos. No creas que ignoro que a Atenea se debe esta desdicha; nada hizo Odiseo ni el hijo de Tideo, aunque lo parezca. Y sin embargo, nosotras las Musas adoramos todas a Atenas, ciudad de esa diosa, y con ella tenemos frecuente trato, y Orfeo,[261] primo de Reso, a quien tú mataste, reveló en ella secretos misterios, y a Museo,[262] tu santo ciudadano, y uno de los que más se distinguieron en el arte, enseñamos nosotras las nueve hermanas y el mismo Febo, y en premio de esto lloro ahora a mi hijo, llevándolo en mis brazos. No tengo necesidad de acudir a nadie que me explique esta desgracia.

EL CORO

Temerariamente, ¡oh Héctor!, nos calumnió el cochero tracio diciendo que habíamos maquinado ese crimen.

HÉCTOR

Ya lo sabía; no necesitaba oír a ningún adivino para asegurar que había perecido por obra del astuto Odiseo. Pero al ver que el ejército griego sitiaba a mi patria, ¿por qué no había de enviar mensajeros a mis amigos para que viniesen a socorrer a Troya? Los envié, pues; como debía, vino a ayudarme en esta guerra. No me alegro, en verdad, de su muerte. Y ahora estoy pronto a erigirle un sepulcro y a quemar en la pira muchos y ricos vestidos; vino como aliado, aunque haya muerto miserablemente.

LA MUSA

No lo cubrirá el negro manto de la tierra; yo pediré a la esposa de Hades, a la hija de Ceres, diosa frugífera,[263] que me lo entregue; débeme este favor, agradecida a mis esfuerzos en hacer creer que honra a los amigos de Orfeo. Y para mí será en adelante como un muerto y como quien no ve la luz; nunca me acompañará ni verá a su madre; oculto en las cavernas de la tierra argentífera,[264] de hombre convertido en dios, vivirá, sacerdote de Dioniso, en la roca Pangea, en donde habita el dios, a quien adoran los iniciados en sus divinos misterios. Yo lo lloraré con moderación, imitando a la diosa marina, cuyo hijo ha de morir también fatalmente. Nosotras, las nueve hermanas, entonaremos en su honor fúnebres cánticos, y después celebraremos a Aquiles, hijo de Tetis, que llorará también. Palas, que te mató, no podrá librarlo de la muerte; que en el carcaj de Apolo se guarda la flecha que ha de quitarle la vida. ¡Cuántos cuidados dan los hijos! ¡Cuántas penas afligen a los mortales! Alejad de vosotras pensamientos temerarios y pasad sin ellos la vida,[265] y no os veréis en el duro trance de sepultarlos.

EL CORO

La madre de Reso cuidará de sus funerales; si tú, Héctor, meditas algún proyecto, ocasión es de realizarlo, que dentro de poco nos inundará la luz del día.

HÉCTOR

Andad, y que los aliados tomen al punto las armas y ajusten el yugo al cuello de los caballos. Conviene, no obstante, que, provistos de antorchas, aguarden la señal de la trompeta tirrena.[266] Espero derrotar el ejército, asaltar las trincheras de los aqueos e incendiar sus naves, y que los rayos del sol, que se acerca, solemnicen con su esplendor el día de nuestra libertad.

EL CORO

Obedece al rey; cúbrannos nuestras armas, y hagamos saber a los aliados las órdenes de Héctor; y que el dios que nos protege nos conceda la victoria.

EL CÍCLOPE

ARGUMENTO

El famoso Odiseo, rey de Ítaca, no voluntariamente, sino arrastrado por vientos contrarios, arriba a la costa de Sicilia, en donde habitaba Polifemo, el Cíclope, consagrado en absoluto, a pesar de su origen divino, a satisfacer sus apetitos bestiales. Como gigante, necesitaba una cantidad de alimento proporcionada a su estatura, y aunque constituían su más suculenta comida ordinaria los animales domésticos, regalábase también, cuando la ocasión se presentaba, con la carne de los desventurados náufragos o extraviados que aportaban a sus dominios. Los esclavos que a la sazón le servían para atender a su ganadería y a su labranza eran Sileno y los sátiros hijos de este, que habían caído en sus manos cuando buscaban a Dioniso, su señor, en poder de unos piratas tirrenios enviados por Hera, su enemiga.

Odiseo pide a Sileno víveres y agua, estando ausente el Cíclope, y pagándole su precio; y cuando el viejo exayo del hijo de Sémele se dispone a complacerlo, por el vino del comprador y con la piadosa intención de guardarse el precio de la venta, aparece el Cíclope, que desbarata tan seductores proyectos, desoye las súplicas y exhortaciones de Odiseo, y lo destina a ser asado o cocido con sus compañeros. Y, en efecto, mata y se come a dos de ellos, accediendo solo por pura benevolencia y cortesía ciclópea, agradecido al deleite que ha recibido de su prisionero escanciándole el licor de Dioniso, a reservarlo para el último de su antropófago banquete. No queda, pues, otro recurso al héroe de Homero que matar a Polifemo, y así lo hace, embriagándolo primero e introduciendo después en su único ojo frontal un enorme tizón puntiagudo ardiendo.

Esta obra dramática de Eurípides es preciosa para nosotros, por ser la única de su especie que se conserva, por su mérito literario intrínseco, y porque nos ofrece al eminente trágico cómico consumado, y justamente en la época más brillante de su vida y en la flor de su talento. Contaba entonces el año 57 de su edad, y la representación de esta obra tuvo lugar en la olimpiada 85, y en su tercer año, 438 antes de Jesucristo.

El drama satírico, según la opinión más admitida por los eruditos dedicados a estos estudios, fue inventado como homenaje o expiación en favor de Dioniso, de cuyas fiestas habían nacido la tragedia y la comedia, aunque ni la una ni la otra conservaban de su primitivo origen sino la tradición del hecho, desfigurado y casi olvidado, hasta el extremo de afirmar los mismos atenienses que en ninguna de ellas se veía rastro o huella de su origen, aparte de la formación de las palabras que expresaban el nombre de la tragedia de τράγος, _macho cabrío_, animal consagrado a Dioniso, y de la época de su representación en las fiestas dionisíacas. La prueba evidente y al alcance de todos de esta verdad la hallamos en seguida en los lectores vulgares de esas composiciones, ignorantes por completo de esa relación entre el dios coronado de hiedra y las obras dramáticas griegas, si antes no han llegado a su noticia las indicaciones expuestas. Se exigió, pues, en desagravio del dios, que a las obras trágicas acompañase un drama satírico, cuyo asunto había de desenvolver una fábula o acción relativa a Dioniso, directa o indirectamente, con un coro compuesto de sátiros, de donde le vino su nombre, y sujeto, además, a ciertos límites previamente trazados en su exposición y desarrollo, a sus danzas peculiares y hasta a sus ritmos. Solamente en la mitología o en la edad heroica, a diferencia de la tragedia y de la comedia, habían de fundarse sus argumentos, y fueron entre los griegos lo que las farsas _atelanas_ de los romanos y los entremeses entre los españoles: lo bufo y lo alegre después de lo serio y lo triste. Los escribieron y perfeccionaron todos los grandes poetas, Esquilo, Sófocles, Eurípides, Pratinas, Hegemón y otros muchos.

Pero prescindiendo de su rareza, recomienda especialmente al CÍCLOPE su valor literario intrínseco, extraordinario a nuestro juicio. Su acción, elegida, trazada y desenvuelta con naturalidad, sencillez y sobriedad dramática, tan hábil como práctica en su conjunto y en sus más ínfimos detalles; la gracia, la claridad y la aparente ligereza de sus distintas peripecias, y la variedad, la novedad y el interés escénico de las situaciones burlescas de sus distintos personajes; la mezcla de serio y de ridículo de un gusto depurado y ático que resplandece en todas sus estrofas; la diversidad de los caracteres de sus personajes, maravillosamente diseñados y sostenidos, y, por último, la poesía verdadera derramada a manos llenas en toda ella, y en particular en los cantos de los coros, obligan por necesidad a cuantos lean este drama, si poseen sentido natural para la percepción de la belleza literaria, y han aprovechado la educación consiguiente para perfeccionarla, a admirar a su autor como merece, y a confesar con justicia que su capacidad poética en lo trágico no es inferior, sino más bien al contrario, en el drama satírico titulado EL CÍCLOPE. Hasta en las groserías o indecencias que contiene, se muestra hasta cierto punto moderado, porque, comparadas con las de los poetas cómicos contemporáneos, resultan, así respecto a su número como a su calidad, pálidos y vagos reflejos del cinismo, de la desvergüenza y de la osada procacidad de esos antiguos predecesores helenos de algunos novelistas, periódicos y autores dramáticos modernos.

PERSONAJES

SILENO, _exayo de Dioniso._ CORO DE SÁTIROS, _hijos de Sileno._ ODISEO, _príncipe de Ítaca._ EL CÍCLOPE, _Polifemo._

La acción pasa en Sicilia, delante de la caverna del Cíclope.

Se ve en el teatro una caverna y su entrada, y próximo a ella un verde prado.

SILENO

¡Oh Dioniso!, por ti soporto ahora innumerables trabajos, semejantes a los de mi florida juventud. Primero envió Hera contra mí a las Furias para que me atormentaran en tu ausencia, después que dejaste a las ninfas de los montes que te criaron; luego fui tu auxiliar, y a tu lado combatí en la lucha contra los gigantes y di muerte a Encélado, rompiendo con mi lanza el centro de su escudo. Pero, poco a poco, ¿no he soñado todo esto? No, por Zeus, que presenté a Dioniso los bélicos despojos. Pero nada de esto es comparable a mi última desdicha, cuando Hera suscitó contra ti a los piratas tirrenios para que te vendiesen en lejanas tierras, y yo lo supe y con mis hijos navegué en busca tuya, y yo mismo, empuñando el timón en la popa de la nave, al compás de los remos y sentados mis hijos en los bancos, azotamos la blanca espuma del azulado mar, ansiosos de encontrarte, ¡oh rey! Y ya cerca de Malea,[267] un viento que soplaba del oriente combatió nuestro bajel y nos arrojó contra estos escollos del Etna, en donde habitaban los cíclopes[268] homicidas, hijos de un solo ojo del dios marino. Esclavos somos de uno de ellos, que nos apresó; Polifemo se llama nuestro dueño, y en vez de celebrar danzas báquicas, apacentamos los rebaños del impío Cíclope. Mis hijos, muchachos ya crecidos, apacientan las ovejas en las últimas colinas; yo lleno los abrevaderos y limpio la casa, y en ella resido, y sirvo al impío Cíclope en sus nefandas cenas. Y ahora, obediente a sus órdenes, barreré la gruta con estos rastrillos de hierro, para que esté limpia a la vuelta del Cíclope, mi señor, y de las ovejas. Pero ya veo a mis hijos que se acercan apacentando los ganados. ¿Qué es esto? ¿Acaso os entregáis a vuestras ruidosas danzas,[269] como en otro tiempo, cuando erais fieles compañeros de Dioniso en la casa de Altea[270] y os deleitabais al son de las liras y del canto?

EL CORO

¿Adónde caminas, ¡oh hijo de padre noble y de noble madre!? ¿Por qué vas hacia los escollos? ¿Por ventura no tienes aquí suave aura y alegre césped, y agua clara de los ríos que reposa en los abrevaderos junto a la gruta en donde balan tus corderillos? ¡Ay de ti! ¿No pacerás aquí; no pacerás aquí? ¿No en la colina llena de húmedo rocío? ¡Hola! Pronto te lanzaré una piedra. Apártate; apártate, ¡oh carnero!, vete al establo del pastor, del rústico Cíclope.

Déjame, oveja, tus tetas turgentes; entrega tus pezones a los corderillos que yacen en los lechos. Los balidos de tus hijuelos, que duermen durante el día, te llaman. ¿No volverás al fin a tu establo, abandonando los pastos herbosos bajo las rocas del Etna? Aquí no está Dioniso, aquí no hay coros ni bacantes armadas de tirsos, ni estrépito de tímpanos junto a las fuentes de agua cristalina, ni frescas gotas de vino, ni Nisa[271] con sus ninfas.

Báquicos, báquicos versos me hace cantar Afrodita, a la cual perseguía yo ligero con las bacantes de pies blancos. ¡Oh Dioniso, oh Dioniso querido! ¿En dónde yaces solitario sacudiendo tu blonda cabellera? Yo, mientras tanto, tu servidor, soy ahora esclavo del Cíclope de un solo ojo, siervo errante cubierto con esta piel miserable de macho cabrío, lejos de ti, a quien amo.

SILENO

Callad, ¡oh hijos!, y ordenad a los criados que traigan los rebaños a la cóncava gruta que forman estos peñascos.

EL CORO

Andad; pero ¿a que tanta precipitación, ¡oh padre!?

SILENO

Veo a la orilla del mar el casco de una nave griega, y a los remeros con su capitán que vienen hacia aquí y traen colgados de su cuello vasos vacíos, sin duda en busca de alimento, y las urnas del agua. ¡Oh extranjeros desdichados! ¿Quiénes son? No sabrán quién es Polifemo, nuestro señor, cuando se dirigen hacia este techo inhospitalario, arrastrados por su triste destino para servir de pasto al Cíclope que devora a los hombres. Pero callaos, y les preguntaremos de dónde vienen a las sículas rocas del Etna.

ODISEO

¿Me diréis, ¡oh extranjeros!, en dónde encontraremos algún río para apagar nuestra sed, y alguno que quiera vender víveres a navegantes hambrientos? ¿Qué es esto? Parece que hemos arribado a la tierra de Dioniso, porque veo junto a esa gruta multitud de sátiros. Saludo al más anciano.

SILENO

Salve, ¡oh extranjero!; di quién eres y cuál es tu patria.

ODISEO

Odiseo, de Ítaca, rey de los cefalonios.

SILENO

He oído hablar de cierto Odiseo, hombre locuaz, del astuto linaje de Sísifo.[272]

ODISEO

Yo soy, pero no me insultes.

SILENO

¿Desde dónde venís por mar a Sicilia?

ODISEO

Desde Troya, después de haber sufrido en ella muchos trabajos.

SILENO

¿Cómo, pues? ¿No sabías navegar hacia tu patria?

ODISEO

Las tempestades y los vientos me han traído aquí a la fuerza.

SILENO

¡Hola! Tu fortuna es igual a la mía.

ODISEO

¿Contra tu voluntad estás aquí también?

SILENO

Por seguir a los piratas que robaron a Dioniso.

ODISEO

Pero ¿qué país es este y quienes lo habitan?

SILENO

El monte Etna, el más alto de Sicilia.

ODISEO

¿Y las murallas y las torres de la ciudad?

SILENO

No hay; en estas cumbres no habitan hombres, ¡oh extranjero!

ODISEO