Part 7
El hijo de Agamenón y de Clitemnestra, y me llamo Orestes; ahora voy a consultar el oráculo de Zeus que hay en Dodona; pero ya que he llegado a la Ftía, he querido preguntar si vive mi prima, la espartana Hermíone, y si está buena; pues aunque habite lejos de aquí la amo todavía.
HERMÍONE
¡Oh, hijo de Agamenón!, puesto que apareces en medio de la tempestad, ruégote por estas rodillas, que abrazo, que te apiades de mí, no dichosa, ya que llegaste a tiempo para ser testigo de mi desventura. Con mis brazos te oprimo, no con menos fuerza que lo haría a los ramos de los suplicantes.[108]
ORESTES
¡Cómo! ¿Qué es esto? ¿Me equivoco acaso, o veo claramente a la hija de Menelao, reina de este palacio?
HERMÍONE
Ciertamente: la sola hija que la tindáride Helena tuvo de mi padre; nada debo ocultarte.
ORESTES
Ayúdame, Febo, y líbrala de sus males. ¿Qué es esto? Las desdichas que sufres, ¿son obra de los dioses o de los hombres?
HERMÍONE
En parte, de mí misma; en parte, de mi esposo; en parte, de algún dios; la muerte me rodea por todos lados.
ORESTES
No teniendo hijos, ¿qué calamidad puede afligir a una mujer, a no ser alguna que a su amor se oponga?
HERMÍONE
Esa es, en efecto, la causa de mi mal; me has comprendido; sábelo, pues.
ORESTES
¿Tu esposo ama, acaso, a otra?
HERMÍONE
A la que fue esposa de Héctor, hoy cautiva.
ORESTES
No es conveniente, sin duda, que un hombre tenga dos mujeres.
HERMÍONE
Y así es, sin embargo; y además me he vengado de ella.
ORESTES
¿Has maquinado, acaso, contra tu rival alguna asechanza de las que traman en esos casos las mujeres?
HERMÍONE
He querido matarla, y a su hijo bastardo.
ORESTES
¿Y los mataste, o lo frustró algún accidente?
HERMÍONE
El viejo Peleo, que tomó bajo su protección a los más malos.
ORESTES
¿Hubo alguno que fuese tu cómplice en este delito?
HERMÍONE
Mi padre, que vino de Esparta con ese objeto.
ORESTES
¿Y fue vencido por un anciano?
HERMÍONE
Se avergonzó, sin duda, y se fue, abandonándome.
ORESTES
Ya te he entendido: temes que tu marido castigue tu atentado.
HERMÍONE
Así es; y con razón me perderá. ¿Qué he de decir, pues? Pero te ruego, invocando a Zeus, tronco de mi linaje,[109] que de aquí me lleves a algún lugar muy remoto o al palacio de mi padre, porque temo que el de Neoptólemo, maldiciéndome como si tuviera voz, me expulse, y que la misma tierra Ftía me odia. Si antes viene mi marido, después de consultar el oráculo de Febo, me matará en castigo de mis acciones muy torpes, o serviré a la concubina a quien yo mandaba. Pero ¿cómo has obrado así?, dirá alguno. Perdiéronme mujeres malvadas llenándome de orgullo con estas palabras: «¿Sufrirás tú que una vil cautiva, esclava en tu palacio, sea la compañera de tu lecho? ¡Por la reina te juro[110] que en mi casa no vería la luz usurpando mis más caros derechos!». Y yo, oyendo estas pláticas de astutas sirenas seductoras, redomadas y locuaces, me llené de necia vanidad. ¿Por qué tomarme estos cuidados por mi marido, cuando nada me faltaba? Muchas eran mis riquezas, y mandaba en el palacio; yo hubiese dado a luz hijos legítimos, y los de ella, bastardos, casi hubiesen sido siervos de los míos. Pero nunca, nunca conviene, y no lo diré una sola vez, que los hombres casados, si son prudentes, dejen entrar en sus casas a las amigas de sus esposas, de ordinario sus maestras en maldades. Una, por ganar algo, corrompe a la casada; otra, que delinque, quiere que ella la imite, y muchas lo hacen por su natural perversidad, y de aquí los disgustos de las familias. Guardad bien de ellas las puertas de vuestras casas con cerraduras y barras, porque estas mujeres de fuera, en vez de hacer algo bueno, son causa de muchos males.
EL CORO
Demasiado te has ensañado en tu propio sexo; debe perdonársete; pero bueno es que las mujeres disimulen sus defectos.
ORESTES
Sabio fue, sin duda, el que nos enseñó a oír las razones de los mismos labios de los interesados. Cuando llegaron a mi noticia las disensiones de esta familia y tu contienda con la esposa de Héctor, estaba esperando, o que te decidieras a permanecer aquí, o que aterrada por el miedo que te infunde esa cautiva querrías alejarte de este palacio. Yo vengo aquí, no para obedecerte en lo que me ordenes, sino para llevarte lejos de la Ftía, si, como dijiste hace poco, optas por ese extremo. Porque, habiendo sido antes mía, vives con Neoptólemo por la deslealtad de tu padre, que antes de acometer a Troya te desposó conmigo, y después te prometió a tu actual esposo si la tomaba. Cuando volvió aquí el hijo de Aquiles, perdoné a tu padre y rogué a aquel que renunciase a este matrimonio, contándole mis penas y mi reciente desgracia, porque podría solo casarme con alguna de mi familia y no de otra manera, desde que desterrado de mi palacio ando vagando tristemente. Él, entonces, me insultó por la muerte de mi madre; dijo que era justa la persecución de las terribles diosas de mirada torva. Y yo, agobiado por mis desdichas domésticas, lo sentí, sí, lo sentí en el alma y sufrí con paciencia este nuevo infortunio, y sin esperanza de lograr tu mano me retiré contra mi voluntad. Ahora, pues, que la fortuna te ha vuelto la espalda, te llevaré de aquí y volverás a poder de tu padre. Mucho pueden los lazos de parentesco, y en la adversidad nada hay mejor que un amigo de la familia.
HERMÍONE
Mi padre cuidará de mis nupcias; a mí no me corresponde resolverlo. Pero llévame cuanto antes de este palacio, no sea que vuelva mi marido y prevenga mi fuga, o Peleo me persiga a caballo sabiendo que abandono el palacio de su hijo.
ORESTES
No temas a un anciano ni el daño que pueda hacer el hijo de Aquiles después de los agravios que me infirió el insolente, que esta mano ha preparado contra él mortales asechanzas, de las cuales no podrá escapar, y que no publicaré hasta que se realicen y las sepa el peñasco délfico. El matricida, si se mantienen firmes mis aliados de la tierra ftiota, le enseñará a no casarse con ninguna de mis prometidas. Con daño suyo pedía que el rey Febo fuese castigado por la muerte de su padre; no le valdrá haber mudado de parecer, que ahora paga al dios lo que debe, que por su causa y por mi acusación tendrá muerte desastrosa y se acordará de mi enemistad. El dios trueca la fortuna de los hombres, que odia y no tolera su arrogancia.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh Febo!, que en Ilión ceñiste de murallas colina bien defendida,[111] y tú, Poseidón, que hiendes el marino piélago con tus cerúleos caballos, ¿por qué consentisteis primero en edificar con vuestras manos cuanto había de ser profanado por Enialio, perito en lides, y abandonasteis a la mísera Troya?
_Antístrofa 1.ª_ — ¿Y para qué juntasteis muchos carros tirados de briosos caballos a las orillas del Simois e instituisteis allí luchas homicidas no premiadas con coronas? Y murieron los reyes de Ilión, y jamás lucirá el fuego ni subirá el humo del incienso de las aras de los dioses de Troya.
_Estrofa 2.ª_ — También murió el Atrida a manos de su esposa, y ella pagó con la vida su delito, asesinada por sus hijos. El decreto fatídico del dios, sí, del dios, la castigó cuando el hijo de Agamenón vino de Argos y la mató, asesino de su madre, después de visitar tu templo. ¡Oh Dios, oh Febo! ¿Cómo he de creerlo?[112]
_Antístrofa 2.ª_ — Muchas esposas troyanas, en el campamento de los griegos, gemían por la muerte de sus desdichados hijos, y dejaron sus hogares y cayeron bajo el dominio de otros esposos. No tú sola, ¡oh Hermíone!, ni solo tus amigos sufrieron tristes dolores. Grecia entera lloró esa calamidad, esa misma calamidad, y el rayo hendió otros fértiles campos después que los frigios, sembrando la infernal muerte.
PELEO
Mujeres ftiotas, contestadme a lo que os pregunto: ha llegado a mis oídos vago rumor de que la hija de Menelao, abandonando este palacio, había huido de aquí. Vengo, pues, con deseo de saber si es verdad, porque es nuestro deber cuidar de cuanto interese a los amigos y ausentes.
EL CORO
Cierto es lo que oíste, ¡oh Peleo!; yo no debo ocultar los males que me afligen; es verdad que la reina ha huido de su palacio.
PELEO
¿Y que temía? Replícame.
EL CORO
Que su marido la desterrase.
PELEO
¿Quizá por haber atentado a la vida de su hijo?
EL CORO
Sí, y por miedo a la cautiva.
PELEO
¿Huyó con su padre o con algún otro?
EL CORO
El hijo de Agamenón se la ha llevado.
PELEO
¿Con qué objeto? ¿Para casarse con ella?
EL CORO
Y maquinando la muerte del hijo de tu hijo.
PELEO
¿Por medio de asechanzas, o peleando con él frente a frente?
EL CORO
En el templo sagrado de Apolo, ayudado de los de Delfos.
PELEO
¡Ay de mí! ¡Horrible trama! ¿No habrá alguno que vaya cuanto antes al ara pítica, y cuente lo que pasa a nuestros amigos antes que el hijo de Aquiles muera a manos de sus enemigos?
EL MENSAJERO
¡Ay de mí, ay de mí! ¡Qué calamidades vengo a anunciarte, ¡oh anciano!, y a los amigos de mi señor!
PELEO
¡Ay, ay de mí! Mi ánimo, tristemente preocupado, espera saber alguna desdicha.
EL MENSAJERO
Dígote, anciano Peleo, que ya no existe el hijo de tu hijo; mortales fueron las heridas, y obra de los hombres de Delfos y del huésped de Micenas.[113]
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿Qué haces, anciano? ¡No te caigas; levántate!
PELEO
Nada soy, yo muero; mi voz se apaga, mis miembros desfallecen.
EL MENSAJERO
Oye; si quieres vengar a tus amigos, reanímate para informarte de lo que ha sucedido.
PELEO
¡Oh destino, cómo me has cercado, llenándome de amargura en mi extrema vejez! ¿Cómo ha muerto el hijo único de mi único hijo? Dilo, que deseo oírlo, aunque sea intolerable.
EL MENSAJERO
Después que llegamos a la tierra preclara de Febo, saciamos primero nuestra curiosidad visitando cuanto era digno de verse, mientras el sol giró tres veces en su órbita brillante. Y esto bastó para infundir sospechas, y el pueblo, que adora a Apolo, se juntaba en conciliábulos y corrillos. El hijo de Agamenón, recorriendo toda la ciudad, deslizaba en todos los oídos frases hostiles: «Mirad a este —decía— que visita las cavernas del dios llenas de riquezas, tesoros de los hombres; por segunda vez viene aquí con igual propósito que lo trajo la vez primera, por robar el templo de Apolo». Circularon, pues, por la ciudad rumores malvados, y los magistrados cuidaban del tesoro, se congregaban en las curias, y privadamente pusieron centinelas en el templo de Febo, rodeado de columnas. Pero nosotros, llevando ovejas criadas en el frondoso Parnaso, y sin saber nada, lo veneramos, y nos acercamos a las aras con los que nos hospedaban, y con los adivinos píticos. Y alguno habló así: «¡Oh joven! ¿Qué pediremos al dios para ti? ¿Qué motivo te ha traído?». Él respondió: «Queremos expiar nuestro anterior pecado, cuando yo mismo exigí de él en otro tiempo que expiase la muerte de mi padre». Entonces hizo su efecto la infame calumnia de Orestes, de que mi señor mentía, y de que había venido con siniestro propósito. Entró en el templo para invocar a Febo ante el oráculo, y comenzó a examinar las víctimas mientras el fuego las consumía. Muchos hombres, con armas, coronados de laurel, estaban enfrente, y entre ellos el hijo de Clitemnestra, autor de esta trama. Él, a la vista de todos, suplicaba al dios que le fuese propicio, cuando los armados de cortantes espadas acometieron a traición al desprevenido hijo de Aquiles. Retrocedió, haciéndoles frente, porque sus heridas no eran mortales, desenvainando la espada arrebatada del pórtico con otras armas suspendidas de los clavos, y se detuvo junto al ara, guerrero de terrible aspecto, gritando así e interrogando con sus voces a los hijos de Delfos: «¿Por qué queréis matarme, cuando solo he venido aconsejado de mi piedad? ¿Por qué causa muero?». Ninguno, aunque eran muchos, replicó una palabra, sino le contestaron tirándole piedras. Agobiado de innumerables dardos se defendía con su armas, y esquivaba los golpes, presentando a todos el escudo que embrazaba. Pero de nada le servía; toda clase de armas arrojadizas, saetas, jabalinas, dardos sueltos, flechas mortales, volaban hacia él y caían a sus pies. Hubieras de ver entonces los maravillosos saltos que daba tu hijo para evitarlos; pero cercado y sin refugio, y no dejándole respirar, abandonó el hogar del ara, que recibía las víctimas, y dando un salto troyano[114] los acometió de repente; ellos, como palomas que ven al gavilán, emprendieron la fuga. Muchos cayeron juntos, ya heridos, ya atropellados en los angostos tramos de las puertas. Clamor nefando resonó en el templo sagrado y peñascoso; pero como bajo sereno cielo[115] mi señor se detuvo, resplandeciendo sus brillantes armas, hasta que del centro del templo se oyó una voz espantosa y terrible, y la multitud volvió otra vez a la pelea. Entonces cayó el hijo de Aquiles, herido su costado por la aguda espada de un hombre de Delfos, que perdió la vida con otros muchos. Después de caer en tierra, ¿quién no le acometió con espadas y lanzas?, ¿quién no lanzó piedras?, ¿quién no le aplastó con ellas? Y crueles heridas destrozaron su hermoso cuerpo. Su cadáver, que yacía junto al altar, fue arrastrado fuera del templo, rico en víctimas. Nosotros, apoderándonos de él lo más pronto que nos fue posible, te lo traemos para que lo llores, ¡oh anciano!, y para que le des honrosa sepultura. El rey que profetiza, el defensor de la justicia entre los hombres, castigó así al hijo de Aquiles, y como un mortal malvado guardó su rencor por antiguos ultrajes. ¿Cómo, pues, ha de ser sabio?[116]
EL CORO
He aquí al rey, que desde Delfos lo traen a su palacio. ¡Oh desventurado que sufriste tales oprobios!, ¡oh desventurado!, y tú también, anciano; tú recibes en su palacio al hijo de Aquiles, no como quisieras: fatal desdicha te hiere; su calamidad es también la tuya.
PELEO
_Estrofa._ — ¡Ay de mí! ¡Qué infortunio contemplo! ¡Cómo lo recibo en mi propio palacio! ¡Ay de mí, ay de mí, ah, ah! ¡Oh ciudad tesálica, morimos, perecemos, desapareció ya mi linaje; ya no me sobrevivirán mis hijos en mi palacio patrimonial! ¡Qué desdichado me hacen estos males! ¿En qué ser amado se recrearán mis ojos? ¡Oh labios y mejillas tan queridos! ¡Ojalá que el destino te hubiese arrancado la vida junto a Ilión, a las orillas del Simois!
EL CORO
Y muerto entonces, ¡oh anciano!, lo fuera con más honra, no como ahora, y más feliz hubieras tú sido.
PELEO
_Antístrofa._ — ¡Oh nupcias, oh nupcias, causa de perdición, causa de perdición para esta familia y para mi ciudad! ¡Ah, ah, ah, ah! ¡Oh hijo, ojalá que el linaje de tu esposa, infausto para mí, para mis hijos y para mi palacio, no te hubiese acarreado la muerte a que te destinaba Hermíone, ¡oh hijo!, sino que ella pereciese, herida por el rayo, por haber cometido el sangriento crimen! ¡Ojalá que nunca acusases a Febo de lanzar contra tu padre mortíferas saetas, tú mortal y él dios!
EL CORO
¡Ay, ay! Mis lamentos acompañarán los fúnebres cantos que voy a entonar a los manes de mi señor, muerto.
PELEO
¡Ay, ay de mí! ¡Yo también lloro, anciano mísero y desventurado!
EL CORO
¡Destino del dios, calamidad obra de un dios!
PELEO
¡Oh tú, que dejas desierto tu palacio, abandonando a un anciano sin hijos!
EL CORO
Tú, viejo Peleo, debías morir, sí; debías morir antes que tus hijos.
PELEO
¿No arrancaré mis cabellos, no golpearé mi cabeza con mis manos al llorarlo? ¡Oh ciudad!, Febo me arrebató dos hijos.
EL CORO
¡Oh infeliz anciano, que contemplas y sufres estos males, qué triste será tu existencia!
PELEO
Sin hijos, solitario, sin ver el fin de mis desdichas, pasaré trabajos hasta la muerte.
EL CORO
De nada te sirvió que los dioses te hicieran feliz en tus nupcias.
PELEO
Todo se desvaneció en los aires, humo fue tan vana pompa.
EL CORO
Solitario discurrirás en tu desierto palacio.
PELEO
Ni ciudad quiero tampoco, ni ciudad; que este cetro vegete en la tierra; y tú, hija de Nereo, que vives retirada en las cavernas, me verás postrado sin vida ni movimiento.
EL CORO
¡Hola, hola!, ¿qué sucede?; ¿tiembla el suelo?; ¿qué numen se presenta? Ved, mirad, doncellas; algún dios, atravesando el blanco éter, penetra en los campos de la Ftía, fecunda en caballos.
TETIS
Dejando el palacio de Nereo vengo yo, Tetis, acordándome de los nupciales lazos que antes nos unieron, ¡oh Peleo! Ruégote primero que no te dejes abatir por tus males, puesto que yo misma, que nunca debí llorar a mis hijos, perdí a Aquiles, de pies ligeros, príncipe de la Grecia e hijo tuyo. Pero te diré el motivo que aquí me trae, para que le conozcas. Sepulta al difunto hijo de Aquiles junto al ara de Apolo Pítico: eterno oprobio será de Delfos y monumento que recuerde el sangriento atentado de Orestes. La cautiva Andrómaca debe, ¡oh anciano!, habitar en la Molosia, unida a Héleno en legítimas nupcias, y con ella ese niño, el único que queda de la estirpe de Éaco;[117] de él descenderán los felices reyes de la Molosia, porque no ha de perecer tu linaje y el mío y el de Troya, que de ella cuidan también los dioses, aunque la perdiera el odio de Palas. Y para que sepas lo que vale tu himeneo conmigo, que nací diosa e hija de un dios, te libertaré de los humanos y te haré inmortal e incorruptible. Y en adelante, ya dios, vivirás conmigo, también diosa, en el palacio de Nereo; y desde él, saliendo del mar con los pies secos, verás a Aquiles, hijo tuyo y mío muy amado, que mora en los palacios de la isla de Leuca, en el estrecho Euxino. Ve, pues, a la divina ciudad de Delfos, y acompaña a este muerto; y cuando lo cubra la tierra, vuelve a la lejana caverna de la antigua roca de Sepia,[118] y detente allí y espérame, que yo iré a buscarte desde el mar acompañada de un coro de cincuenta nereidas. Así lo ha dispuesto el destino, así agrada a Zeus. No llores más a los muertos; todos los hombres están sujetos a este decreto inevitable de los dioses.
PELEO
¡Oh esposa noble y veneranda, hija de Nereo, salve!; digna de ti y de tus hijos es tu conducta. Calmaré mi dolor, que tú, diosa, lo mandas, y sepultado este, iré a las cavernas del Pelión, en donde mis manos palparán tu hermosísimo cuerpo. ¿No conviene, pues, elegir noble esposa, de honrada familia, y no es esto lo más sensato, y no anhelar funestos himeneos, aun cuando la desposada aporte riquísima dote? Jamás los que así obran temerán el castigo del cielo.
EL CORO
Vario es el destino de los hombres; inesperadas son muchas veces las órdenes de los dioses, y las que se aguardan no llegan, y en ocasiones desenlazan lo que parecía inextricable. Así ha acontecido ahora.
LAS SUPLICANTES
ARGUMENTO
Adrasto, rey de Argos, rechazado por Creonte, tirano de Tebas, en su demanda de sepultar los cadáveres de los cinco jefes que la atacaron, porque Polinices, hijo de Edipo, había sido inhumado por su hermana Antígona, y a Anfiarao se lo tragó la tierra, acude para lograr su objeto a Teseo, rey de Atenas, que al principio se niega a complacerlo y hasta lo trata con escasa cortesía y miramiento. Pero las madres ancianas de los insepultos son más afortunadas con Etra, madre de Teseo, a la sazón en Eleusis para celebrar la fiesta de Deméter. Imploran su piedad como suplicantes, consiguen que acceda a sus ruegos, recaba de su hijo lo que no pudo conseguir Adrasto, y los difuntos son al fin recuperados por la fuerza de las armas y traídos a Atenas. Evadne, esposa de Capaneo, se precipita en la pira de su marido, y Atenea aconseja a Teseo que conserve a su disposición para lo sucesivo testimonio fehaciente del favor dispensado entonces a Argos.
Para nosotros no ofrece esta tragedia grande interés en ningún concepto, aunque debió inspirarlo extraordinario a los atenienses, para quienes lo escribió el poeta. Celebrar las glorias de una ciudad, y más siendo tan pura y tan generosa como esta, siempre agrada a sus habitantes, averiguado como está ya hasta la saciedad que el amor propio del linaje humano es también la flaqueza mayor, la más constante y la más asequible a los encantos de la adulación. Atenas se constituía además en defensora de la religión helénica, que hasta entre enemigos exigía el respeto a los muertos contrarios, creencia que servía de base a esa costumbre tradicional observada en la guerra, y característica en general en los atenienses, el pueblo más compasivo y tolerante en tales materias. Recuérdese su conducta con sus rivales los lacedemonios cuando la guerra de Mesenia, rasgo de magnanimidad inmarcesible, rarísimo en la Historia. Socorrieron a sus mortales enemigos y los salvaron de su ruina contra sus propios intereses. Y si, como parece probable, se escribió y se representó esta tragedia durante la guerra del Peloponeso, cuando los argivos se aliaron con los lacedemonios e invadieron el territorio ático, su oportunidad y su interés hubieron de aumentar sobremanera. Ateniense era el héroe, Teseo, y atenienses los soldados que combatieron a sus órdenes.
El asunto no podía, pues, ser más trágico; sus personajes pertenecían al ciclo mitológico heroico, explotado para este linaje de composiciones, y la traza y disposición de la obra, en su conjunto y en sus detalles, sin prólogo en esta, con la intervención de Palas al fin y el suicidio de Evadne cuando menos se esperaba, la distinguen como obra de Eurípides, sin dar lugar a dudas de ningún género. Lo cual no obsta, sin embargo, para hacernos sonreír, por lo menos el diálogo y la disputa del heraldo tebano y de Teseo, que toca en lo cómico, o sus respectivas disertaciones acerca de las ventajas e inconvenientes de la monarquía y de la república, propias de escuela o de academia, o las alabanzas de Adrasto a los muertos, más aplicables a pacíficos ciudadanos de Atenas del tiempo de Eurípides que a los feroces guerreros que sucumbieron peleando ante las murallas de Tebas, ni cuadra tampoco con nuestro gusto y nuestras ideas modernas la aparición de Evadne en lo alto del peñasco, al terminarse la tragedia, aunque también es posible que en el auditorio hiciera por lo mismo singular y grato efecto.
Ateniéndonos a la indicación del autor griego que la encabeza, su representación se hizo bajo el arconte Antifón el año III de la olimpiada 90, o el 418 antes de nuestra era.
PERSONAJES
ETRA, _madre de Teseo y esposa de Egeo._ CORO DE ANCIANAS, _madres de los siete héroes sitiadores de Tebas._ TESEO, _hijo de Egeo._ ADRASTO, _rey de Argos._ UN PREGONERO O HERALDO. UN MENSAJERO. EVADNE, _esposa de Capaneo e hija de Ifis._ IFIS, _padre de Evadne._ NIÑOS, _hijos de los siete jefes._ ATENEA.
La acción pasa en Eleusis, aldea inmediata a Atenas.
Se ve en el teatro el templo de Deméter y de Perséfone, y delante de él a Adrasto, cubierta la cabeza y acompañado de siete niños, hijos de los siete jefes que sitiaron a Tebas. Cerca del ara yace Etra rodeada de las siete madres de los jefes, de rodillas y llevando los distintivos de las suplicantes. Detrás de ellas hay siete esclavas.
ETRA[119]