Part 12
¿De dónde importas este culto en la Grecia?
DIONISO
Dioniso nos inició, hijo de Zeus.
PENTEO
¿Y hay allí, en efecto, algún Zeus que engendra nuevos dioses?
DIONISO
No; es el mismo que se casó aquí con Sémele.
PENTEO
¿Quizá de noche en sueños, o se te apareció despierto excitándote a celebrar su culto?
DIONISO
Yo lo vi y él me veía, y me inició en sus misterios.
PENTEO
¿Pero qué significan esas orgías?
DIONISO
Está prohibido que lo sepan los hombres no iniciados en los misterios de Dioniso.
PENTEO
¿Y para qué sirven?
DIONISO
Tú no puedes oírlo, pero importa conocerlos.
PENTEO
Sagazmente lo encubres, cuando quiero saberlo.
DIONISO
Los misterios del dios no son para los impíos.
PENTEO
Si dices que viste al dios claramente, ¿cómo era?
DIONISO
Como quiso; yo nada le mandaba.
PENTEO
Esquivas deliberadamente mi pregunta para no replicar nada.
DIONISO
El que habla a un necio, aunque sea prudente parecerá también necio.
PENTEO
¿Fuiste tú el primero que vino aquí adorando ese nuevo dios?
DIONISO
Todos los bárbaros con danzas celebran tales orgías.
PENTEO
En prudencia son muy inferiores a los griegos.
DIONISO
En esto, al menos, son superiores, no obstante la diversidad de sus costumbres.
PENTEO
Y su culto, ¿se celebra de noche o de día?
DIONISO
Generalmente de noche: hay en las tinieblas yo no sé qué de santo.
PENTEO
Peligroso es para las mujeres y expuesto a graves males.
DIONISO
Quienquiera encontrará torpezas a la luz del día.
PENTEO
Castigo merecen tus perjudiciales sofismas.
DIONISO
Y tu estolidez y tu impiedad.
PENTEO
¡Osado es este sectario de Dioniso, y, a la verdad, no imperito en el decir!
DIONISO
Dime... la pena que me aguarda: ¿qué castigo piensas darme?
PENTEO
En primer lugar, cortaré tus delicados rizos.
DIONISO
Son sagrados: los dejo crecer en honor del dios.
PENTEO
Dame ahora el tirso que llevas en la mano.
DIONISO
Quítamelo tú; el mismo Dioniso me lo dio.
PENTEO
Y seguras cadenas te guardarán.
DIONISO
Me libertará cuando yo quiera el mismo dios.
PENTEO
Cuando puedas invocarlo en medio de las bacantes.
DIONISO
Y ahora, junto a mí, ve lo que sufro.
PENTEO
¿En dónde está? Yo no lo veo.
DIONISO
Conmigo; tú no lo ves porque eres impío.
PENTEO
A él, servidores: se burla de mí y de Tebas.
DIONISO
Yo, en mi sano juicio, mando a insensatos que no me aten.
PENTEO
Y yo, que mando más que tú, ordeno que te sujeten.
DIONISO
Ni conoces tu destino, ni lo que haces, ni quien eres.
PENTEO
Soy Penteo, hijo de Ágave, y Equión es mi padre.
DIONISO
Bien indica tu nombre la desgracia que te aguarda.[183]
PENTEO
Vete; atadlo junto al pesebre, y que lo rodeen oscuras tinieblas. Baila allí: en cuanto a las que te acompañan, cómplices de tus crímenes, o las venderemos o acabaremos con su alboroto y sus tambores, y serán mis esclavas y tejerán mis telas.
DIONISO
Voime: lo que no está decretado, no debe sufrirse; pero no dudes que Dioniso, a quien niegas, te castigará por tus ultrajes, porque ofendiéndome, lo llevas también a la prisión.
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — ..., hija del Aqueloo, venerable y noble virgen Dirce, que en otro tiempo recibiste en tus ondas al hijo de Zeus, cuando su padre lo libró del fuego inmortal y encerrándole en su muslo exclamó: «Andad, Ditirambo,[184] sufre un nuevo y varonil útero: con este nombre te mostraré, ¡oh Dioniso!, y así te llamará Tebas». Y tú, ¡oh bienaventurada Dirce!, ¿tú me rechazas, cuando te traigo coronada muchedumbre? ¿Por qué me desprecias?¿Por qué huyes? En verdad te digo que en adelante, sí, por los racimos de la vid, delicias de Dioniso, que en adelante cuidarás de Bromio.
_Antístrofa 1.ª_ — Mira, mira cuán cruel es el linaje de Penteo, hijo de la Tierra, que nació del dragón, hijo de Equión, parto de la Tierra, monstruo cruel, no hombre mortal, sino como sanguinario gigante enemigo de los dioses, que en un momento ató mis manos, siendo sacerdotisa de Dioniso, y en el palacio guarda en cárcel tenebrosa a mi compañero en los coros. ¿Lo ves tú, ¡oh Dioniso!, hijo de Zeus, ves a tu sacerdote en peligro? Ven, ¡oh rey!, atravesando el Olimpo, agita tu tirso florido de color de oro, y refrena la osadía de este hombre impío.
_Epodo._ — ¿En dónde, pues, ¡oh Dioniso!, presides con tu tirso en los coros? ¿En Nisa,[185] madre de fieras, o en la cima del Coricio?[186] ¿Quizá en las cavernas frondosas del Olimpo, en donde Orfeo tocaba la cítara en otro tiempo, arrastrando con su canto a los árboles y a las fieras de los montes? ¡Oh Pieria, tierra desventurada! Evios te adora, y vendrá con sus coros y sus bacantes, y, pasando solamente las corrientes del Axio,[187] guiará a las ménades danzando y atravesará el Lidias, que derrama la dicha y riega con sus aguas, según he oído, esa fértil región de muchos y buenos caballos.
DIONISO
¡Alerta, bacantes; alerta bacantes! ¡Oíd, oíd mi voz!
EL CORO
¿De quién es esta voz?, ¿de quién? ¿Desde dónde me llama Dioniso?
DIONISO
Venid, venid, que por segunda vez os llamo, yo, hijo de Sémele y de Zeus.
EL CORO
¡Vítor, vítor; dueño mío, dueño mío! Ven a nosotras, que juntas te aguardamos, ¡oh Bromio, oh Bromio! ¡Temblor sagrado de la tierra! ¡Ah, ah! ¡No tardará el palacio de Penteo en convertirse en ruinas! En él está Dioniso. ¡Adoradlo! Nosotros te adoramos, ¡oh Dioniso! Ved cómo saltan las piedras que se apoyan en las columnas.[188] Bromio da triunfales clamores bajo su techo.
DIONISO
Enciende la tea, ardiente como el rayo. Incendia, incendia el palacio de Penteo.
UN SEMICORO
¡Ah, ah! ¿No ves el fuego, ni el sagrado sepulcro de Sémele, y la llama que en otro tiempo se desprendió del rayo de Zeus, hiriéndole?
EL OTRO SEMICORO
Prosternaos en tierra, prosternad vuestros trémulos cuerpos, ménades: el rey, hijo de Zeus, se acerca, arruinando este palacio.
DIONISO
Mujeres bárbaras, ¿tanto es vuestro pavor que habéis caído en tierra? Según parece, sentisteis a Dioniso que sacude el palacio de Penteo. Pero levantaos y recobrad ánimo, no tembléis.
EL CORO
¡Oh astro el más resplandeciente de las báquicas fiestas, cuánto ha sido mi placer al verte, antes solitaria!
DIONISO
¿Os desesperasteis acaso cuando me llevaban, creyendo que habían de encerrarme en la negra cárcel de Penteo?
EL CORO
¿Cómo no? ¿Quién me defendería si eras víctima de alguna desdicha? ¿Pero cómo te has salvado, luchando con ese impío?
DIONISO
Yo mismo, sin ajeno auxilio, me salvé fácilmente.
EL CORO
¿Y no puso esposas en tus manos?
DIONISO
También me burlé de él, porque creyendo sujetarme, ni me tocó ni me prendió, y fue vana su esperanza. Encontrando un toro en la cuadra adonde nos llevó para encerrarnos, lo enlazó por las rodillas y los pies, respirando cólera, sudando y mordiéndose los labios, y yo, tranquilo, comtemplaba su faena sentado. Entonces vino Dioniso, e hizo temblar el edificio, y encendió el fuego del sepulcro de su madre, y así que Penteo lo vio, creyendo que ardía su palacio, corrió a uno y otro lado pidiendo agua a sus servidores, y todos le ayudaron en este inútil trabajo. Receloso de que yo me escapara, se precipita en el palacio, desenvainando su negra espada. Después Bromio, según me pareció, salvo error, evocó un fantasma en el palacio, al cual acometió Penteo, dando sendas cuchilladas al brillante éter, como si tratara de degollarme. Dioniso le suscitó además nuevos males: hizo que el regio alcázar cayera en tierra, lo redujo a polvo mientras examinaba mis dolorosas ligaduras; y soltando fatigado la espada, descansaba sin aliento. Siendo mortal, osó pelear contra un dios. Yo salí tranquilo del palacio y he venido a buscaros sin cuidarme de Penteo. Pero, según creo, se oyen pasos solitarios, y no tardará en llegar al vestíbulo. ¿Qué dirá después de todo esto? Lo sufriré sin indisponerme, aunque lo exalte furiosa ira, ya que es propio del sabio ser afable y tolerante.
PENTEO
¡Extraño es lo que me pasa! Se me escapó el extranjero cargado hace poco de cadenas, ¡Hola, hola! Aquel es. ¿Qué es esto? ¿Cómo desde el vestíbulo contemplas mi palacio, libre de tu prisión?
DIONISO
Detente y reprime tu cólera.
PENTEO
¿Cómo sacudiendo tus cadenas te has escapado?
DIONISO
¿No te he dicho, o no lo has oído, que alguno me libertaría?
PENTEO
¿Quién? Siempre dices cosas nuevas.
DIONISO
El que crea la vid, provechosa a los hombres.
PENTEO
A Dioniso atribuyes, pues, tan rico presente.
... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...
PENTEO
Que se cierren todas las torres vecinas.[189]
DIONISO
¿Y para qué? ¿No atraviesan los dioses las murallas?
PENTEO
Sabio, sabio eres, excepto en lo que más te interesa.
DIONISO
Sabio soy, sin duda, en lo que es más necesario. Pero entérate primero de lo que quiere decirte ese mensajero que viene del monte a anunciarte alguna novedad, que nosotros nos estaremos quietos y no huiremos.
EL MENSAJERO
¡Oh Penteo, rey de esta tierra de Tebas! Vengo del Citerón, en donde siempre hay blanca nieve, de resplandeciente brillo.
PENTEO
¿Y qué vienes a anunciarme?
EL MENSAJERO
Habiendo visto a las furiosas bacantes que de aquí, agitadas del divino estro, huyeron con sus blancos pies, he venido deseando anunciarte, ¡oh rey!, y también a la ciudad, los milagros portentosos y superiores a todo encarecimiento que hacen. Pero desearía saber si puedo hablarte libremente, o si he de hacerlo con las consideraciones debidas. Temo, ¡oh rey!, tus ímpetus y tu cólera, y tus hábitos tiránicos.
PENTEO
Habla: por mi parte estás libre de toda pena, que cuando hay razón nunca me enfurezco. Cuanto más grave sea lo que tienes que decirme de las bacantes, tanto mayor será el castigo de este que ha enseñado a las mujeres tan malas artes.
EL MENSAJERO
Al llevar los rebaños de bueyes a la cumbre del monte, cuando el sol, calentando a la tierra, le enviaba sus rayos, vi tres coros de mujeres, presididos el uno por Autónoe, el otro por tu madre Ágave y por Ino el tercero. Todas dormían descuidadas, descansando unas en hojas de abeto, otras en hojas de encina, apoyando humildemente sus cabezas en el suelo, y en distintas actitudes, no, como tú dices, ebrias por las libaciones y por el sonido de las flautas para entregarse a Afrodita en las solitarias selvas. Tu madre, que yacía en medio de las bacantes, las despertó al oír el mugido de los cornígeros bueyes. Ellas, entonces, sacudiendo el profundo sueño que cerraba sus ojos, se levantaron con maravillosa modestia, tanto las más jóvenes como las de más edad y las vírgenes no casadas. Primero desataron sus cabellos y cubrieron sus hombros, y se pusieron las pieles de ciervo, sin lazo alguno, ciñéndolas después con serpientes que les besaban las mejillas. Otras tenían en sus brazos cabritillos o fieros lobeznos, y les daban blanca leche, sin duda recién paridas que habían abandonado sus hijos, según era de presumir de sus hinchados pechos, y se pusieron coronas de hiedra y de encina y de florida férula. Una de ellas tomó su tirso e hirió una piedra, de la cual brotó clara corriente; otra dejó caer la férula y el dios hizo salir una fuente de vino, y las que apetecían leche entreabrían la tierra con los dedos de sus pies y la tenían abundante, y de los tirsos de hiedra corría dulce miel, de tal suerte que si la hubieses visto, con tus ardientes votos habrías llamado al dios que ahora rechazas. Todos los boyeros y pastores de ovejas resolvimos juntarnos para hablar y discutir lo que conviniese en vista de tantos milagros, y uno que se explica bien, y que va con frecuencia a la ciudad, dijo a los demás: «¿Queréis, vosotros los que habitáis las sagradas cimas de estos montes, que cautivemos a Ágave, madre de Penteo, que se halla entre las bacantes, que esto agradará al rey?». Parecionos prudente su consejo, y nos pusimos en acecho, ocultándonos entre las hojas de los árboles. Ellas, a la hora acostumbrada, aprestaban ya sus tirsos para celebrar las bacanales invocando a un tiempo a Yaco,[190] hijo de Zeus, y a Bromio, y el monte entero comenzó a bailar entonces, arrastrando en su curso a fieras y a cuanto contenía. Casualmente danzaba Ágave no lejos de mí y di un salto para apresarla, saliendo del arbusto que me ocultaba. Pero ella exclamó: «¡Oh perros míos ágiles, que estos hombres nos cautivan; seguidme, seguidme, armados de tirsos!». Nosotros huimos al oírla y evitamos así que nos despedazaran las bacantes, y ellas entonces acometieron inermes a los novillos que pastaban. Te hubieras maravillado de ver a una que tenía en sus manos una vaquilla de hinchada ubre, partida por medio y mugiendo todavía, mientras las otras desgarraban a las restantes, y hubieras contemplado sus costillas o sus pezuñas hendidas diseminadas aquí y allí, y los pedazos de sus carnes palpitantes, que en los abetos manaban sangre. Los toros feroces, que furiosos embestían antes con sus cuernos, yacían tendidos en tierra por mano de innumerables doncellas, y las pieles que los cubrían, hechas pedazos en un abrir y cerrar de ojos. Después, cual bandada de aves que levantan por los aires su vuelo, se extendieron por la ancha llanura que a orillas del Asopo da a Tebas abundantes cosechas, y atacando como enemigos a Hisias y Eritras,[191] a la falda del Citerón, todo lo destruyen y saquean: arrebatan a los niños de sus casas, y cuanto cargan en sus hombros sin ataduras, ya fuese de bronce, ya de hierro, ni se mueve ni se cae en el oscuro suelo: luego radiaban sus cabellos y, sin embargo, no los abrasaba. Los atacados, furiosos, tomaron las armas al verse despojados por las bacantes. Admirable era aquel espectáculo, ¡oh rey! El dardo de acerada punta no las hería, y ellas, lanzando los tirsos, destrozaban a sus enemigos, y siendo mujeres, ponían en fuga a los hombres, no sin ayuda de algún dios. Otra vez volvieron a las mismas fuentes que hizo brotar el dios, de donde habían salido, y se lavaron la sangre, y las serpientes con su lengua limpiaban las gotas que de las mejillas corrían por su cuerpo. Adora, pues, a este dios, ¡oh soberano de Tebas!, quienquiera que sea, porque en las demás ciudades es muy venerado, y dicen de él, según he oído, que da a los mortales la vid, que destierra los cuidados. Si el vino desaparece, se acabó Afrodita y escasos serán los goces de los hombres.
EL CORO
Temo hablar al rey con demasiada libertad; pero lo haré, sin embargo: Dioniso no es inferior a ningún dios.
PENTEO
Ved cómo se acerca ya a nosotros hasta tocarnos, semejante al fuego, la vituperable osadía de las bacantes, deshonra de la Grecia. No hay, pues, que vacilar; ve a la puerta Electra y manda que se preparen todos los armados de escudos, los que montan ligeros caballos, cuantos vibran las peltas y tienden los nervios de los arcos, para hacer la guerra a las bacantes. Cansado estoy ya de sufrir las locuras de estas mujeres.
DIONISO
No haces caso alguno de lo que te digo, ¡oh Penteo!; pero aunque me maltrates te aconsejaré que no hagas la guerra al dios, sino al contrario, que te sosiegues. Bromio no sufrirá que lances a las bacantes de los montes evios.
PENTEO
Déjate de corregirme, que si tuviste la fortuna de escaparte cargado de cadenas, aprovéchate de ella, pues de otro modo te expones todavía a sufrir el condigno castigo.
DIONISO
Yo, simple mortal, preferiría rendirle culto a rechazarle obstinado, siendo un dios.
PENTEO
Haré sacrificios en su honor matando a muchas mujeres, como merecen, en la cima del Citerón.
DIONISO
Todos huiréis; es vergonzoso que os pongan en fuga los tirsos de Dioniso, armados vosotros con sendos escudos de bronce.
PENTEO
Intratable es el extranjero con quien nos las habernos, y no callará, ya sufra, ya obre.
DIONISO
¡Oh amigo!, todavía puede arreglarse todo.
PENTEO
¿Cómo? ¿Me haré esclavo de mis esclavos?
DIONISO
Yo traeré aquí a las mujeres, desarmadas.
PENTEO
¡Ay de mí! Ya preparas en daño mío indignos artificios.
DIONISO
¿Cómo así, si yo solo deseo salvarte con ellos?
PENTEO
¿Os habéis convenido todos en celebrar perpetuas bacanales?
DIONISO
Es cierto, y no dudes que he hecho ese pacto con el dios.
PENTEO
Vengan mis armas; calla tú ahora.
DIONISO
¡Ah! ¿Quieres verlas juntas en los montes?
PENTEO
Sí, sin duda, y aun daré por lograrlo mucho oro.
DIONISO
¿Y por qué es tan vehemente tu deseo?
PENTEO
Por observarlas agobiadas por el vicio, con gran pesar suyo.
DIONISO
¿Y presenciarás de buen grado lo que te será fatal?
PENTEO
No lo dudes, y me estaré callado bajo los abetos.
DIONISO
Pero te descubrirán, aunque vayas con cautela.
PENTEO
Iré sin ocultarme; has dicho bien.
DIONISO
¿Vendrás, pues, sirviéndote yo de guía?
PENTEO
Anda cuanto antes; te doy todo el tiempo que sea necesario.
DIONISO
Ponte, pues, un vestido de lino.
PENTEO
¿Y para qué, siendo hombre, he de disfrazarme de mujer?
DIONISO
Para que no te maten si ven allí a un hombre.
PENTEO
Has dicho bien, y se conoce que la experiencia te ha hecho maestro.
DIONISO
Así nos lo enseñó Dioniso.
PENTEO
¿Y cómo llevaremos a cabo lo que me aconsejas?
DIONISO
Yo me encargo de tu persona si entramos en el palacio.
PENTEO
¿Cómo?, ¿con traje de mujer? Me da vergüenza.
DIONISO
No muestras ya tanto deseo de ver a las ménades.
PENTEO
¿Cómo dices que vas a vestirme?
DIONISO
Una larga cabellera caerá de tu cabeza.
PENTEO
¿Y qué más?
DIONISO
Manto talar y una mitra.
PENTEO
¿Y qué más?
DIONISO
Un tirso en las manos y una piel de manchado cervatillo.
PENTEO
No puedo yo vestirme traje mujeril.
DIONISO
Entonces te acarrearás la muerte peleando con las bacantes.
PENTEO
Está bien; exploraremos primero el campo.
DIONISO
Preferible es a emplear otros medios violentos, fecundos en males.
PENTEO
¿Y cómo atravesaré la ciudad sin ser visto de los tebanos?
DIONISO
Iremos por calles excusadas; yo seré tu guía.
PENTEO
Cualquier medio es bueno, siempre que las bacantes no se burlen de mí.
DIONISO
Cuando entremos en el palacio resolveremos lo más acertado.
PENTEO
No me opongo a ello; a todo estoy dispuesto. Voy a entrar y marcharé allá, acompañado de soldados, o seguiré tus consejos. (_Penteo entra en el palacio_).
DIONISO
Mujeres, este hombre ha caído en la red, y buscará a las bacantes, y morirá allí como merece. Manos, pues, a la obra, ¡oh Dioniso!, que no estás lejos; venguémonos de él. Perturba primero su mente inspirándole leve furor, porque mientras conserve sano el juicio no querrá vestirse traje mujeril. Al contrario, si su imaginación se extravía, no vacilará en hacerlo. Quiero que se burlen de él los tebanos, llevándolo en ese traje ridículo por toda la ciudad, que recordará sus anteriores amenazas, tan terribles en apariencia. Pero voy a vestirlo y componerlo; irá a los infiernos después de que muera a manos de su madre. Al fin conocerá a Dioniso, hijo de Zeus, dios de los más sensibles, y al mismo tiempo muy benévolo con los mortales.
EL CORO
_Estrofa._ — Luego, en los nocturnos coros moveré, como bacante, mi blanco pie, agitando mi cuello en el húmedo aire, como el cervatillo que juega en los verdes prados, sus delicias, libre ya de los crueles cazadores, y se escapa de sus emboscadas y atraviesa las redes bien tejidas, mientras el cazador, dando voces, alienta a sus ágiles perros; y con trabajo, como rápido torbellino, salta por la llanura que riega el río, y goza, lejos de los hombres, en las umbrías y espesas selvas. ¿Qué don más útil, cuál más precioso han concedido los dioses a los mortales que tener sus manos vencedoras pendientes sobre la cabeza de sus enemigos?
_Antístrofa._ — Tarde llega, pero cierta es la divina providencia, y castiga a los hombres que rinden culto a la iniquidad, e insensatos desprecian a los dioses. Astutos son, y ocultos acechan los tardos pasos del tiempo, y persiguen al impío. Nunca debemos pensar, jamás proyectar nada contrario a las leyes. Poco cuesta creer que son poderosos los dioses, sean quienes fueron, como lo ha consagrado siempre un largo tiempo y como nos enseña la misma naturaleza.
_Epodo._ — ¿Qué don más útil, cuál más precioso han concedido los dioses a los mortales que tener sus manos vencedoras pendientes sobre la cabeza de sus enemigos? Lo que es bello es siempre grato. Dichoso aquel que se escapa de las olas del mar, y arriba al puerto; dichoso también el que sale triunfante de sus trabajos. En otro sentido, algunos superan a los demás en felicidad y en poder. Innumerables son las esperanzas humanas: las hay que terminan en la opulencia, al paso que otras se desvanecen; pero yo tengo por feliz al que vive siempre tranquilo.
DIONISO
Yo te llamo, ¡oh Penteo!, que anhelas ver lo que no debes, y acometer lo que no debe intentarse; sal del palacio, veámoste adornado como una ménade para servir de expiación a tu madre y a la tropa de que forma parte; te asemejas a una hija de Cadmo.
PENTEO
Paréceme ver dos soles y dos Tebas de siete puertas; que tú, convertido en toro, me precedes, y que en tu cabeza han nacido dos cuernos. ¿Eres acaso fiera? Ahora tienes figura de toro.
DIONISO
Con nosotros va el dios, antes adverso y ya nuestro aliado. Ya verás lo que te interesa ver.
PENTEO
¿Qué parezco yo? ¿Ino o mi madre Ágave?
DIONISO
Imagino que al mirarte miro a ella. Pero no está bien este rizo, como yo te lo puse, debajo de la mitra.
PENTEO
Tales movimientos hice allá dentro en todos sentidos, como una bacante, que descompuso mi peinado.
DIONISO
Pero nosotros, que nos hemos encargado de tu aliño, volveremos a arreglártelo. Levanta la cabeza.
PENTEO
Anda, pues; a tu disposición estamos...
DIONISO
Flojo está el cinturón, y los pliegues de tu vestido no caen con elegancia.
PENTEO
Así me parece por este lado izquierdo; mas por el otro creo que el manto cae bien.
DIONISO
Seguramente seré tu mejor amigo, cuando, contra tu opinión, observes la modestia de las bacantes.
PENTEO
¿Cómo me asemejaré más a una bacante, llevando el tirso en la mano derecha o en la izquierda?
DIONISO
Es menester levantarlo con la derecha y con el pie del mismo lado; alabo tu cambio de opinión.
PENTEO
¿No puedo llevar en mis hombros con las bacantes la cima del Citerón?
DIONISO
Podrás, si quieres; antes no estabas en tu sano juicio; ahora piensas como debes.
PENTEO
¿Llevaremos palancas, o lo arrancaré con mis manos y llevaré su cumbre sobre mis hombros o en mis brazos?
DIONISO
No trastornes los lugares en donde residen las ninfas o Pan, y en los cuales suele tocar la flauta.
PENTEO
Has dicho bien: por la fuerza no se vence a las mujeres; así me ocultaré entre los abetos.
DIONISO
Te esconderás como debes, ya que vas engañado a servir de expiación a las ménades.
PENTEO
Y espero cautivarlas, como si fueran aves, en las muy dulces redes de sus lechos.
DIONISO
Todo tu afán es presenciar ese espectáculo; quizá las cautives, si no te cautivan antes.
PENTEO
Llévame ahora por medio de la sierra tebana, que soy el único habitante de esta ciudad que osa acometer tal empresa.
DIONISO
Tú solo te ufanas en provecho de Tebas, tú solo; así te aguardan luchas que han de darte gloria. Sígueme, que yo seré el guía que te salve; de allí te traerá otro.
PENTEO
Sin duda mi madre.
DIONISO
Es claro.
PENTEO
Allá voy.
DIONISO
De allí te traerán.
PENTEO
¿Aludes a mi molicie?
DIONISO
En brazos de tu madre.
PENTEO
Y me obligas a consagrarme al deleite.
DIONISO
Tales son los que para ti prevengo.
PENTEO