Chapter 17 of 23 · 3995 words · ~20 min read

Part 17

_Antístrofa 1.ª_ — Que el espía llegue a las naves, y se salve, después de observar al ejército griego, y vuelva otra vez a los lares de Troya, su patria, y que suba en el carro tirado de yeguas ftiotas,[229] presente que el dios de la mar hizo a Peleo, el hijo de Éaco, cuando Héctor, nuestro dueño, derrotare al Ares griego.

_Estrofa 2.ª_ — Él solo, por sus lares y su patria, osa explorar las estaciones navales de los griegos. Yo admiro su valor, pocos son en verdad los hombres esforzados, cuando las tinieblas envuelven la mar y la ciudad se estremece.[230] Algún frigio, sí, alguno hay animoso; hay una lanza bastante osada para atacar a los que desprecian mi alianza con los misios.[231]

_Antístrofa 2.ª_ — ¿A cuál de los aqueos herirá en sus tiendas este guerrero que camina a pie imitando el paso de una fiera? ¡Perezca Menelao, y traiga la cabeza de Agamenón, para aliviar el llanto que derrama la infortunada Helena, y entréguesele en castigo de haber venido contra la patria y contra Troya al frente de mil naves!

EL MENSAJERO

¡Oh rey!, que siempre anuncie yo a mis soberanos nuevas como las que sabrás en breve.

HÉCTOR

Necios son de ordinario los rústicos; tú, sin duda, creerás participar a tus dueños noticias importantes si les hablas de la fecundidad de sus rebaños en ocasión inoportuna. ¿No sabes a mi palacio o al de mi padre, adonde debías dirigirte si la fortuna sonríe a tus rebaños?

EL MENSAJERO

Necios somos los pastores, no lo niego; pero, sin embargo, es fausto mi mensaje.

HÉCTOR

No me hables de dichas pastoriles, que ahora solo nos preocupan las batallas y los combates.

EL MENSAJERO

De lo mismo vengo a hablarte: un capitán, al frente de numeroso ejército, se acerca a tus tiendas para ayudarte en la guerra como amigo y aliado.

HÉCTOR

¿Y cuál es la patria que ha abandonado por socorrerme?

EL MENSAJERO

La Tracia;[232] él se llama el hijo del Estrimón.[233]

HÉCTOR

¿Dices que Reso pisa el suelo troyano?

EL MENSAJERO

Así es, y me ahorras las molestias de un largo discurso.

HÉCTOR

¿Y cómo camina por los bosques del Ida, alejándose de los caminos llanos y trillados?

EL MENSAJERO

No lo sé de cierto, pero no es difícil conjeturarlo. Peligroso es mover de noche un ejército, sabiendo que la llanura está cubierta de tropas enemigas. Gran terror ha infundido en los rústicos pastores que habitamos en el monte Ida, primer hogar de este pueblo,[234] penetrando de noche en selvas llenas de fieras. El ejército tracio marchaba con gran ruido, como la mar, y nosotros, consternados y atónitos, nos llevamos los rebaños a los montes más altos, temiendo que los griegos nos atacaran y robasen tus ganados, hasta que nuestros oídos percibieron voces amigas y perdimos el miedo. Salí yo entonces a su encuentro, y pregunté en lenguaje tracio a los exploradores que enviaba su general, y de ellos supe el nombre y el linaje del guerrero que venía a socorrer a la ciudad de Príamo. Y después que oí cuanto deseaba, me detuve y vi a Reso, que, como un dios, regía un carro tracio. El yugo, de oro, sujetaba el cuello de caballos más blancos que la nieve. En los hombros traía una pelta de bronce,[235] de dorados relieves, y las frentes de los caballos relucían como la Gorgona de la diosa,[236] sembrando el terror al agitar sus numerosas campanillas. No hubieras podido contar sus tropas. ¡Tanta era su numerosa caballería, las multiplicadas filas de los armados de peltas, los infinitos flecheros y la multitud de los armados a la ligera que vestían el traje tracio! Formidable aliado se presenta; ya huya, ya le aguarde[237] para combatir, el hijo de Peleo no podrá escapársele.

EL CORO

Cuando los hombres aplacan sumisos la cólera de los dioses, la fortuna siempre los favorece.

HÉCTOR

Encontraré muchos amigos, ya que vence mi lanza con ayuda de Zeus. Pero no necesitamos de los que no compartieron antes nuestros trabajos, cuando encarnizada guerra rasgaba con violencia las velas de esta nave. La llegada de Reso en estos momentos prueba bien a las claras la clase de amistad que profesa a Troya; viene a disfrutar del festín, no habiendo acompañado a los cazadores que se apoderaron de la presa, ni manejado con ellos sus armas.

EL CORO

Con razón desprecias y acusas a esos amigos; disimula, no obstante, tu enojo, y no rechaces a los que vienen en ayuda de la ciudad.

HÉCTOR

Bastamos nosotros, que la hemos defendido largo tiempo.

EL CORO

¿Crees ya haber vencido a tus enemigos?

HÉCTOR

Sí; lo probarán los rayos del sol de mañana.

EL CORO

Ignoramos lo futuro; recuerda los cambios que decretan los dioses.

HÉCTOR

Odio a los que socorren tarde a sus amigos.

EL MENSAJERO

Rechazar a los aliados es peligroso. Bastará su presencia para aterrar a los argivos.

EL CORO

Que el que llega ahora no se siente como aliado a nuestra mesa, sino como simple huésped; no son para él los favores de los hijos de Príamo.

HÉCTOR

Bien me aconsejas (_Al coro_), y oportuna es tu advertencia; ese Reso, de brillantes y doradas armas, según anuncia el mensajero, será recibido como aliado nuestro.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Que Adrastea,[238] hija de Zeus, ahuyente la envidia que puedan excitar mis palabras; diré ya lo que me agrada. Viniste, ¡oh hijo!, de un río; viniste, te acercaste a la tienda frigia y salgo a saludarte, ya que te envió al fin tu madre, una de las Piérides,[239] y el Estrimón, de bellos puentes.

_Antístrofa 1.ª_ — Este te engendró en otro tiempo, revolviendo sus ondas por el inmaculado seno de la cantora Musa. Tú has venido a buscarme como Zeus esplendente arrastrado por veloces caballos. Ahora, ¡oh patria!, ¡oh Frigia!, si Dios nos es propicio, podrás entonar cánticos en alabanza de Zeus salvador.

_Estrofa 2.ª_ — ¿Celebrará otra vez ahora la antigua Troya, durante todo el día, estas fiestas acompañadas de cantos amorosos, embriagándose con las copas que circulan alternadamente por la huida a Esparta de los Atridas, que atravesarán el mar desde las troyanas costas? ¡Oh rey amado, ojalá que después de darles muerte con tu mano y con tu lanza vuelvas a tu patria!

_Antístrofa 2.ª_ — Ven, comparece, muestra a los ojos del hijo de Peleo tu pelta de brillante oro, levantándola oblicuamente junto a la abertura circular de tu carro, mientras animas a los caballos y vibras el dardo de dos puntas. Ninguno podrá resistirte; ninguno volverá jamás a danzar en el templo de la argiva Hera; que esta tierra soportará esa carga muy deseada después que muera a manos de un tracio. (_Reso se acerca_). ¡Viva, viva! ¡Oh gran rey!, ¡oh Tracia! Criaste un hijo de noble aspecto, hoy tu soberano. Mira las armas de oro que lo defienden; oye el ruido de las campanillas de la embrazadura de su escudo. Un dios, ¡oh Troya!, un dios, el mismo Ares es este hijo del Estrimón y de la Musa cantora, que viene a socorrerte.

RESO

¡Salve, Héctor, buen hijo de buen padre, señor de esta región! Al fin te hallo después de tanto tiempo. Alégrome que venzas, y que sities las torres de tus enemigos; yo también vengo a derribar las trincheras de los griegos y a incendiar sus naves.

HÉCTOR

Hijo de madre cantora, una de las Musas, y del Estrimón, río tracio, agrádame decir siempre la verdad, porque no soy hombre artificioso. Mucho tiempo ha, sí, mucho tiempo ha que debías haber venido a nuestro socorro, y no consentir, en cuanto pudieras, que los argivos sitiasen armados a Troya. No dirás que no te llamaron tus amigos, y que por eso no viniste a auxiliarnos ni te has cuidado de nosotros. ¿Cuántos heraldos o embajadas de los frigios, llegando hasta tu palacio, no te han rogado que socorrieses a nuestra ciudad? ¿Qué presentes no te han llevado de nuestra parte? Tú, pariente nuestro y también bárbaro, nos has abandonado a merced de los griegos. Y yo, con esta diestra, cuando era reducido tu imperio, te di el cetro de la vasta Tracia, cerca del monte Pangeo y de las llanuras peonias,[240] acometiendo a los más valerosos tracios, y destrocé sus escudos y sometí este pueblo. Olvidaste tan grandes beneficios, y tarde socorres a tus amigos que padecen. Algunos, que por cierto no son nuestros parientes, habiendo venido hace mucho tiempo, yacen muertos en apiñados túmulos, en prueba de su lealtad; otros, armados y cerca de sus ecuestres carros, continúan arrostrando esforzadamente los vientos helados, y el fuego del dios que engendra sed, no como tú, haciendo frecuentes libaciones en los lechos del festín. Tales son los cargos que te hago; tales mis recomendaciones, para que conozcas la franqueza de Héctor.

RESO

Igual al tuyo es mi carácter: de los que buscan en sus palabras el camino más corto; no falaz ni artificioso. Mayor que la tuya era mi indignación y el dolor que roía mis entrañas al verme lejos de ti, pero los escitas,[241] mis vecinos, me hicieron la guerra cuando pensaba venir a Troya, y me dirigí a las costas del mar Euxino,[242] al frente de mi ejército. Allí la sangre escita, al par que la tracia, derramada por la lanza, ha empapado la tierra. Tal ha sido la causa que me detenía, impidiéndome venir a esta guerra como aliado tuyo. Después que los derroté y que me dieron en rehenes a sus hijos, obligándose a pagar un tributo anual, emprendí mi marcha, pasando en naves las gargantas del Ponto, y recorriendo otros países, no, como tú dices en mi oprobio, bebiendo en grandes copas ni descansando bajo artesonados de oro, sino azotado por los vientos que combaten el mar de Tracia y por las brisas heladas de la Peonia, sin dormir, y arrostrándolas con estos vestidos. Pero aunque tarde, todavía llego a tiempo; diez años ha que peleas y nada consigues, sino que pasa un día y otro día sufriendo los inconstantes azares de la guerra; uno solo me bastará a mí para asaetear sus torres, acometer las estaciones navales y destruirlos, y al siguiente tornaré a mi patria desde Ilión, dando breve fin a tus trabajos. Que ninguno de vosotros levante con sus manos el clípeo;[243] yo, aunque haya venido tarde, refrenaré a los aqueos, orgullosos con sus lanzas.

EL CORO

¡Viva, viva! Gratas son tus palabras; amigo eres de Zeus...; pero que Zeus Máximo aleje la invencible envidia que pueden excitar tus palabras. Ni ahora ni antes trajo la armada de Argos varón más ilustre que tú. ¿Cómo Aquiles, cómo Áyax podrán resistir tu empuje? ¡Ojalá, oh rey, que yo vea el día en que los castigues con tu lanza, llenando de sangre tus manos!

RESO

Disculparás mi larga ausencia cuando te deje gozar de esos deleites; dígote, pues, con perdón de Adrastea, que después de librar a Troya de sus enemigos, y cuando apartes los despojos que has de consagrar a los dioses, iremos juntos a la tierra argiva y devastaré con mis armas a toda la Grecia, para que a su vez sufran tan aflictivos males.

HÉCTOR

Sí; libre del que ahora nos aqueja, habitaré en Troya, segura como en otro tiempo, y daré eternas gracias a los dioses. Por lo que toca a Argos y a la Grecia, no es tan fácil devastarla como aseguras.

RESO

¿No dicen que los sitiadores son los más esforzados de los griegos?

HÉCTOR

No, en verdad; rebajamos su valor; bástanos rechazarlos siempre.

RESO

Muertos, pues, estos, lo demás será fácil empresa.

HÉCTOR

No pienses ahora en lo más remoto, olvidándote de lo que tienes más a la mano.

RESO

¿Y te contentas con sufrir, no con curar males?

HÉCTOR

Vasto es mi imperio, aun sin salir de aquí; llévate, pues, los armados de peltas, y acampa tu ejército, ya en el ala izquierda, ya en la derecha, ya en el centro de los aliados.

RESO

Mi único deseo es pelear con los enemigos, ¡oh Héctor! Así, si no te avergüenzas de no incendiar conmigo las popas de las naves, ya que tantas han sido tus bélicas fatigas, déjame acampar frente a las huestes de Aquiles.

HÉCTOR

Es imposible que le ataques con irresistible lanza.

RESO

Se dijo que había navegado también contra Troya.

HÉCTOR

Navegó y vino, en efecto; pero airado con los generales, dejó ociosa su mano.

RESO

Después de él, ¿cuál se distingue más?

HÉCTOR

En mi concepto, no le son inferiores Áyax y el hijo de Tideo; Odiseo es también elocuentísimo hablador, bastante animoso, y fautor de muchos males que afligen a Troya. Penetró de noche en el templo de Atenea, robó el Paladión[244] y lo llevó a las naves de los argivos. Merodeando otra vez, disfrazado de mendigo, atravesó las murallas y pedía a los dioses que enviasen a los argivos muchas desdichas, y vino de espía a Ilión, y se escapó, después de matar a los centinelas y capitanes de las puertas; siempre está armando asechanzas cerca de la ciudad, junto al altar Timbreo,[245] y sostenemos con él frecuentes luchas, hijas de su sagacidad maléfica.

RESO

Ningún varón esforzado quiere matar a su enemigo a traición, sino atacándolo frente a frente. A mis manos vendrá vivo el que tú dices que trama dolorosas asechanzas y espía ocasión oportuna para ejecutar sus insidiosos intentos, y lo clavaré por la espalda a la salida de las puertas, y será pasto de los buitres y demás aves; que si es un salteador y despoja los templos de los dioses, debe sufrir este género de muerte.

HÉCTOR

Ahora ocupad vuestro puesto en los reales, que es de noche. Yo te enseñaré el lugar en donde pernoctará tu ejército, separado de las filas. No olvides, por si fuera menester, que la seña es «Febo», y anuncíalo a los tracios. Adelantaos vosotros (_A los vigilantes_) un poco y vigilad con cuidado, y aguardad a Dolón, que ha ido a explorar las naves, que, si se salva, no tardará en volver al campamento troyano.[246]

EL CORO

¿A quién toca hacer la guardia? ¿Quién me releva? Ya se ocultan las primeras estrellas y se ven las siete Pléyades, y el águila vuela en los aires. Despertad. ¿Por qué vaciláis? Levantaos del lecho; despertad, que la vigilia os aguarda. ¿No veis la luz de la luna? Ya se acerca, ya se acerca la aurora, precedida del matutino lucero.

EL SEMICORO

¿A quién toca la primera guardia?

EL OTRO SEMICORO

Dicen que a Corebo, el hijo de Migdón.

EL SEMICORO

¿Y a quién después?

EL OTRO SEMICORO

El ejército peonio relevó a los cilicios, y nosotros a los misios.

EL SEMICORO

Tiempo es ya, según ha dispuesto la suerte, de que nosotros llamemos a los licios para la cuarta vigilia.

EL CORO

Ya oigo al ruiseñor de artificioso canto, asesino de sus hijos,[247] que a las orillas ensangrentadas del Simois canta sus penas; ya los rebaños pastan en el Ida, ya se percibe el sonido de la flauta, que interrumpe el silencio de la noche; el sueño solicita dulcemente mis ojos, y al despuntar la aurora, se desliza suavísimo en mis párpados.

EL SEMICORO

¿Por qué no vendrá el espía que envió Héctor a explorar las naves?

EL OTRO SEMICORO

Algo temo; mucho dura su ausencia.

EL SEMICORO

¿Habrá perecido víctima de ocultas asechanzas? Casi estoy por creerlo.

EL OTRO SEMICORO

Llamemos a los licios, a quienes la suerte ha designado para montar la quinta vigilia.[248]

ODISEO

¿Oíste, Diomedes? ¿Son vanos ruidos que se deslizan hasta mí? ¿Es estrépito de armas?

DIOMEDES

No; son las cadenas de hierro de los carros ecuestres; el miedo me sobrecogió también antes de asegurarme que era el crujir de las cadenas de los caballos.

ODISEO

Cuida no tropieces con los centinelas nocturnos.

DIOMEDES

Mío es ese cuidado, aunque nos oculten las tinieblas.

ODISEO

Si despierta alguno, ¿te acordarás de la seña del ejército troyano?

DIOMEDES

«Febo» es la seña, según dijo Dolón.

ODISEO

Vamos; abandonadas están estas tiendas.

DIOMEDES

Mas Dolón dijo que era la tienda de Héctor, contra cuyo pecho viene esta lanza.

ODISEO

¿Qué será, pues? ¿Se habrá ido a otra parte su cohorte?

DIOMEDES

Quizá a armarnos alguna asechanza.

ODISEO

Audaz es Héctor; audaz porque ahora vence.

DIOMEDES

¿Qué hacemos, Odiseo? No encontramos a nuestro hombre en la tienda, y vano ha sido nuestro empeño.

ODISEO

Vayamos cuanto antes a la estación naval. Sálvalo algún dios que lo favorece; no debemos pelear contra la fortuna.

DIOMEDES

Busquemos, pues, a Eneas, o a Paris, el más odioso de los frigios, y cortemos en castigo su cabeza.

ODISEO

Pero ¿cómo podrás encontrarlos de noche, en medio de un ejército enemigo, y matarlos sin peligro?

DIOMEDES

Es vergonzoso volver a las naves de los argivos sin ejecutar ninguna hazaña que humille a los troyanos.

ODISEO

¿Cómo que no? ¿No matamos a Dolón, espía de nuestras naves, y guardamos sus despojos? ¿Crees que tú solo acabarás con todo el ejército? Obedéceme y volvámonos. ¡Que la fortuna nos favorezca!

ATENEA

¿Adónde, pues, os volvéis desde el campamento troyano, agobiado vuestro corazón por la tristeza, porque los dioses no os conceden matar a Héctor ni a Paris? ¿No sabéis que ha venido Reso, aliado de Troya, con pomposo aparato? Si mañana viene, ni la lanza de Aquiles ni la de Áyax le impedirán destruir el campamento griego, arruinar las trincheras y abrirse con su esfuerzo ancha puerta dentro de ellas. Si lo matas, todo es tuyo. Deja la tienda de Héctor, y no pienses en cortarle la cabeza, que otra mano ha de matarlo.

ODISEO

Hiriome, ¡oh Atenea soberana!, el eco conocido de tu voz; tú siempre me socorres en el peligro; dinos en dónde yace ese guerrero y en qué parte del ejército bárbaro tiene su puesto.

ATENEA

Aquí cerca, separado de sus compañeros, fuera de las filas, por orden de Héctor, hasta que suceda a la noche la luz del día. Caballos blancos, visibles en la noche, están próximos, atados a sus carros tracios; brillan como el plumaje del cisne de los ríos. Robadlos, pues, que son riquísimo botín, después de matar a sus dueños; en todo el orbe no se encontrará un carro semejante.

ODISEO

O mata tú, Diomedes, a los tracios, o déjame a mí que lo haga y tú robarás los caballos.

DIOMEDES

Yo mataré y tú sujetarás los caballos. Mucha es tu experiencia en tales hazañas y grande tu sagacidad. Es menester que se utilicen los servicios de cada uno según sus facultades.

ATENEA

Alejandro[249] se acerca a nosotros, sin duda porque algún centinela le habrá comunicado sus vagas sospechas acerca de la llegada de los enemigos.

DIOMEDES

¿Solo o acompañado?

ATENEA

Solo; según parece, viene a la tienda de Héctor a participarle que espías griegos rondan el campamento.

DIOMEDES

¿Muere este primero?

ATENEA

Tú no podrás más que el destino, el cual no consiente que perezca a tus manos. Pero aproxímate cuanto antes a Reso, a quien has de dar muerte fatal; yo me apareceré a Paris como si fuese Afrodita que le socorre en sus peligros, y me burlaré a mansalva de mi enemigo. Y esto solo vosotros lo sabéis, que quien debe padecer, ni lo conoce ni lo oye, aunque esté inmediato.

PARIS

¿Duermes, Héctor, mi capitán y hermano? ¿No debías velar? Enemigos se acercan a nuestro ejército, ya sean ladrones, ya espías.

ATENEA

Nada temas; yo, Afrodita,[250] que te estimo, cuido de ti. Yo también me intereso en esta guerra, y no me olvido de la palma que me diste, y agradecida te favorezco. Y ahora vengo a salvar al ejército troyano y te traigo un guerrero esforzado, amigo tuyo, hijo tracio de la divina Musa que canta,[251] y a cuyo padre llaman Estrimón.

PARIS

Siempre eres benévola conmigo y con mi patria; gran tesoro aseguré en favor de Troya dándote la palma. He venido, no por saber claramente lo que pasaba, sino guiado por cierto rumor vago. Los centinelas dicen que se han acercado espías griegos; y el que no los ha visto lo afirma, y el que los vio no puede indicar el camino que han tomado. He aquí el motivo que me trajo a la tienda de Héctor.

ATENEA

Nada temas; no amenaza al ejército peligro alguno. Tu hermano, ausente, da sus órdenes para que acampe el ejército tracio.

PARIS

Tus palabras me persuaden, y dándoles la fe que merecen, voy, libre de temor, a conservar el orden en el campo.

ATENEA

Vete; no te olvides que velo por cuanto te interesa, y que nada me satisface tanto como contemplar felices a mis amigos. Algún día sabrás hasta dónde llega mi benevolencia. (_Vase Paris_). A ti digo, ¡oh hijo de Laertes!, que te dejas arrastrar de tu ánimo, fogoso en demasía, y que ocultes sin tardanza tu afilado acero. Por tierra yace el capitán tracio, y vuestros son sus caballos; pero los enemigos, sabedores de lo que sucede, vienen a buscaros. Huid, pues, cuanto antes a la estación naval. ¿Por qué vaciláis? Salvad vuestra vida, que llega un tropel de troyanos.

EL CORO[252]

¡Ea, ea; hiere, hiere, hiere, hiere: mata, mata! ¿Quién es este hombre? Helo aquí; este digo. Ladrones son que de noche perturban el ejército. Que venga, que venga por aquí alguno. Aquí están, ya son míos. ¿Que dices? ¿De dónde has venido? ¿Cuál es tu patria?

ODISEO

No te interesa saberlo; hoy morirás si me haces algún mal.

PRIMER SEMICORO

¿No dirás la seña antes que te atraviese el pecho con mi lanza?

ODISEO

Detente; nada receles.

SEGUNDO SEMICORO

Acércate más. (_A uno de los soldados que le acompañan_). Hiere, quienquiera que sea.

PRIMER SEMICORO

¿Fuiste tú, acaso, el que mataste a Reso?

ODISEO

No; el que había de matarlo.

SEGUNDO SEMICORO

Quietos todos.

PRIMER SEMICORO

De ninguna manera.

SEGUNDO SEMICORO

Cuidado, no mates a algún amigo.

PRIMER SEMICORO

Pero ¿cuál es la seña?

ODISEO

Febo.

SEGUNDO SEMICORO

Ya entiendo. Que nadie mueva su lanza.

PRIMER SEMICORO

¿Sabes, acaso, hacia dónde se dirigieron esos guerreros?

SEGUNDO SEMICORO

Por esta senda los vimos.

PRIMER SEMICORO

Que alguno siga sus huellas. ¿Se da la voz de alarma?

SEGUNDO SEMICORO

No es conveniente alborotar a los aliados durante la noche, madre de terroríficos fantasmas.

EL CORO

_Estrofa._ — ¿Qué guerrero es el que ha venido aquí? ¿Quién, haciendo alarde de su audacia, se jactará de escaparse de mis manos? ¿En dónde lo alcanzaré? ¿A quién lo compararé? ¿Ha venido, intrépido, durante la noche, atravesando las cohortes y los vigilantes? ¿Es acaso tesalio, o habitante de la ciudad marítima de los locrenses?[253] ¿Se crio en alguna de las Espóradas?[254] ¿Quién era? ¿De qué gente? ¿De qué patria? ¿A qué dios venera?

PRIMER SEMICORO

¿Será esa hazaña obra de Odiseo? ¿Quién será este héroe?

SEGUNDO SEMICORO

¿Por qué no, si así nos lo hace presumir lo que ha sucedido hasta ahora?

PRIMER SEMICORO

¿Lo crees, acaso?

SEGUNDO SEMICORO

¿Por qué no?

PRIMER SEMICORO

Osado es, sin duda, en daño nuestro.

SEGUNDO SEMICORO

¿Quién? ¿A quién alabas por su valor?

PRIMER SEMICORO

A Odiseo.

SEGUNDO SEMICORO

No celebres a un guerrero que solo se distingue hurtando.

EL CORO

_Antístrofa._ — También vino antes a la ciudad y era su apariencia de imbécil, y estaba cubierto de harapos, y bajo ellos llevaba escondida su espada. Mendigando el sustento iba como siervo fugitivo, con sus cabellos desaliñados y sucios; muchas imprecaciones lanzó contra el linaje de los Atridas como si fuese enemigo. ¡Ojalá que hubiese perecido, que hubiese perecido en rigurosa justicia antes de pisar la tierra de los frigios!

EL SEMICORO

Ya haya sido Odiseo, ya otro cualquiera, el miedo me sobrecoge.

PRIMER SEMICORO

Héctor se enfurecerá contra nosotros, que estábamos de centinela.

SEGUNDO SEMICORO

¿Y cómo nos ha de reconvenir?

PRIMER SEMICORO

Lo llevará a mal.

SEGUNDO SEMICORO

Pero ¿en qué faltamos? ¿Qué temes?

PRIMER SEMICORO

Que entre nosotros pasaran...

SEGUNDO SEMICORO

¿Quiénes?

PRIMER SEMICORO

Los que han venido esta noche al campamento frigio.

EL COCHERO