Chapter 11 of 23 · 3995 words · ~20 min read

Part 11

Por lo demás, Eurípides nos sale aquí al encuentro de cuerpo entero. Empieza Dioniso descerrajándonos el consabido prólogo, y termina el drama apareciéndose en toda su gloria y resolviendo con su intercesión el conflicto suscitado. La deidad que figura aquí o interviene, como es uso suyo y costumbre, se conduce de tal modo que resulta inferior y más injusta que un mortal mediano. Sémele es la esposa de Zeus y la madre gloriosa de Dioniso; pero se ha pensado y dicho por alguno que pudo _muy bien deslizarse con algún simple mortal, y aconsejada por su padre, y por salvar su honra, atribuir la hazaña al rey del Olimpo_. El Universo está sujeto a las leyes divinas, y por consiguiente, el legislador es lógicamente un dios, _sea el que fuere_. Dioniso, numen egoísta, como la mayoría de los hombres de aquel tiempo y de los posteriores, es _pro dominatione_ capaz de todo, y se cuida poco de proporcionar a las mujeres en sus orgías y bacanales ocasión propicia para abandonarse a Afrodita, por la sencilla y espeluznante razón de que la luz del día no las evita tampoco, o lo que viene a ser lo mismo, que él añadirá a los excesos diurnos, inevitables, los nuevos nocturnos que serán la consecuencia del nuevo culto. Y esta saeta va contra lo divino y lo femenino humano. Ni se olvida de lisonjear al rey de Macedonia, que lo protege, y en general al pueblo helénico extremando el valor de sus creencias populares, superior al de los sabios pensadores. Y, sin embargo, en esta obra como en casi todas las suyas, se encuentra también una situación o escena eminentemente trágica, como la de Ágave al recobrar la razón y darse cuenta del horror de su desdicha, y su buen gusto y su aticismo se revela en la manera de presentarla, sobria, interesante y conmovedora, sin esbozarla tan solo, porque su efecto dramático sería escaso, ni apurándola y alargándola con exceso, porque debilitaría y anularía la impresión que ha de nacer en los espectadores, como suele suceder comúnmente.

En cuanto o la fecha probable de su representación, y teniendo en cuenta la noticia del escoliasta de Aristófanes al verso 67 de _Las Ranas_, a la estancia de Eurípides en Macedonia, en la corte del rey Arquelao, en los últimos años de su vida, a lo escrito por Diodoro en el capítulo XVI de su libro VIII de los juegos públicos instituidos por ese rey en Díon, en honor del dios del vino, y hasta la métrica usada en LAS BACANTES, parece lo más sensato fijar su representación en el año 3 de la olimpiada 93, lo más pronto en seguida de su muerte, o el 405 antes de Jesucristo, o con mayor seguridad poco después, sabiéndose que se puso en escena después de su muerte por su hijo del mismo nombre, juntamente con _Alcmeón_ o _Ifigenia en Áulide_, las otras dos partes de la trilogía.

PERSONAJES

DIONISO. CORO DE BACANTES. TIRESIAS, _adivino._ CADMO, _fundador de Tebas._ PENTEO, _rey de Tebas, hijo de Ágave._ UN CRIADO. UN MENSAJERO. OTRO MENSAJERO. ÁGAVE, _hija de Cadmo, madre de Penteo._

La acción pasa en Tebas.

Se ve en el teatro el palacio de Penteo, y a un lado ruinas, de las cuales sale humo de tiempo en tiempo. Cércalas una empalizada, y entretejida en ella una vid frondosa.

DIONISO

A esta tierra tebana he venido yo, Dioniso, hijo de Zeus, a quien Sémele, hija de Cadmo,[157] dio a luz en otro tiempo, ayudándola en su parto el rayo del cielo; de dios hecho hombre, hállome ahora junto a la fuente de Dirce y las aguas del Ismeno.[158] Y veo inmediato a este palacio el sepulcro de mi madre, herida por el rayo, y las ruinas de su regia morada, cuyo humo anuncia la llama viva del divino fuego y el odio perpetuo de Hera. Pero alabo a Cadmo, que ha hecho inaccesible este lugar sagrado, convirtiéndolo en santuario de su hija, y yo le doy sombra por todas partes con los frondosos racimos de la vid. Y dejando los campos de los lidios,[159] ricos en oro, las abrigadas llanuras de los frigios[160] y los persas,[161] las ciudades de los bactrianos,[162] y después de recorrer el país de los medos,[163] de áspero cielo, la Arabia feliz y toda el Asia que yace junto al mar salado en donde se ven ciudades populosas y bien defendidas por torres, habitadas a un tiempo por griegos y bárbaros, me he acercado primero a esta ciudad griega, después de establecer allí mi culto y mis fiestas, para que los hombres me adoren. Tebas es la primera ciudad griega que ha acudido a mi llamamiento, dando alaridos, cubiertos sus habitantes con una piel de ciervo y llevando en sus manos el tirso,[164] dardo adornado de hiedra, porque las hermanas de mi madre, por su interés particular, negaban que yo, Dioniso, fuese hijo de Zeus, y afirmaban que Sémele me había concebido de algún mortal, atribuyendo a Zeus la falta a instigación de Cadmo, y que por eso repetían que el rey de los dioses le había dado muerte, alegando falsamente que la amase. Así es que yo, inspirándoles mis furores, las he obligado a abandonar su residencia, y delirantes habitan en el monte, adornadas con mis sagradas insignias; a todas las mujeres de los cadmeos, ya adultas, víctimas de mis furores, he arrebatado de sus casas, y mezcladas con las hijas de Cadmo, se hallan a la intemperie en las alturas bajo los verdes abetos. Conviene que esta ciudad, aunque no quiera,[165] reconozca que ignora mis misterios, que defiendo a mi madre Sémele, y que, como dios, me he aparecido a los mortales después de engendrarme Zeus. Cadmo hizo heredero de su dignidad y de su imperio a Penteo, hijo de su hija, que rechaza mi culto y me niega las libaciones, y no se acuerda de mí en sus preces. Yo le probaré, pues, y a todos los tebanos, que soy dios. A otra región, fundado aquí mi culto, pasaré después, en donde haré lo mismo. Y si la ciudad de los tebanos, enfurecida, quiere obligar a las bacantes a abandonar el monte, daré la batalla al frente de las ménades.[166] Con este objeto he trocado en humana mi divina naturaleza, revistiendo la forma mortal. Así, ¡oh mujeres!, mis amigas, que dejasteis el Tmolo,[167] baluarte de la Lidia, y desde las naciones bárbaras habéis sido mis compañeras y auxiliares en tan larga peregrinación, levantad los tímpanos usados entre los frigios, invención mía y de la madre Rea,[168] y encaminándoos al regio palacio de Penteo, tocad a vista y presencia de la ciudad de Cadmo. Yo danzaré también en los coros de las bacantes, dirigiéndome ahora a las alturas del Citerón,[169] en donde se hallan.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Desde el Asia, abandonando el sagrado Tmolo, sufro por Bromio[170] grato trabajo y dulce fatiga, alabando al dios Dioniso.

_Antístrofa 1.ª_ — ¿Quién está en el camino? ¿Quién está en el camino? ¿Quién en su casa? ¡Apártese de aquí!, y que todos, con labios piadosos, guarden silencio, porque como esta solemnidad exige, cantaré las glorias de Dioniso.

_Estrofa 2.ª_ — Feliz el bienaventurado que conociendo los divinos misterios purifica su alma, y les consagra su existencia errante en los montes, en expiación sagrada; y celebrando, según los ritos, las orgías de la madre Cibeles, agita el tirso, y adora a Dioniso, coronado de hiedra. Andad, bacantes; andad, bacantes, que desde los montes frigios acompañáis a Dioniso Bromio, a Dioniso Bromio, dios, hijo de dios, a las ricas ciudades de la Grecia.

_Antístrofa 2.ª_ — Cuando en otro tiempo lo llevaba Sémele en sus entrañas, al sentir los dolores del parto cayó un rayo de Zeus, y la madre lo lanzó de su vientre, dejando también la vida, herida por el fuego sagrado. Zeus Cronida lo recogió del tálamo de su madre, y guardándolo en su muslo lo encerró en él con broches de oro, ocultándolo de la vista de Hera, y dio a luz al dios cornígero[171] cuando lo acabaron las Parcas, y lo coronó con guirnaldas de dragones, y de aquí que las ménades, armadas de tirsos, entrelazaron con ellos su cabellera.

_Estrofa 3.ª_ — ¡Oh Tebas!, en donde se crio Sémele, corónate de hiedra; florece, florece, con la verde férula[172] de bellos racimos, y adórnate, según los ritos de Dioniso, con hojas de encina o de abeto y con vestidos manchados de pieles de ciervas, mezclándolos con blanca lana; muestra tu piedad cogiendo las férulas lujuriosas, que luego toda la tierra celebrará con danzas a Bromio, que lleva sus tropas al monte, al monte, en donde se halla femenil muchedumbre furiosa por obra de Dioniso, y olvidada de sus lanzaderas y sus telas.

_Antístrofa 3.ª_ — ¡Oh templo de los curetes[173] y santuarios divinos de Creta!, en donde Zeus celebra su natalicio, y en donde los coribantes, llevando en las cavernas su casco de triplicado cuero, inventaron en honor mío este círculo, cubierto de estirada piel, y mezclaron sus clamores báquicos con el dulce sonido de las flautas frigias, y lo entregaron a la madre Rea, formando coro con los alaridos de las bacantes; y los sátiros furiosos lo obtuvieron de la madre diosa y lo llevaron a los coros de las trietérides, con los cuales se deleita Dioniso.

_Epodo._ — Y se alegra cuando en los montes, dejando los ágiles coros, se recuesta en tierra, llevando el vestido sagrado del cervatillo, o persigue a los ciervos y goza en agrestes festines, recorriendo las cumbres de la Lidia y de la Frigia, y Bromio es el primero que cantó _Evohé_.[174] Mana leche la tierra, mana vino, mana néctar de abejas, y parece perfumado el aire con el incienso sirio. El mismo Dioniso, con el rostro alumbrado por la negra antorcha de la férula, precipita su carrera, alienta a los coros errantes, y excitándolos con sus clamores, esparce al aire sus bellísimos cabellos. Al mismo tiempo, y con grandes alaridos, dice así: «Andad, bacantes; andad bacantes, delicias del Tmolo,[175] que arrastra el oro, cantad a Dioniso, celebrad al dios con los tambores sonoros, gritando _Evohé_ con gritos y clamores frigios, cuando la flauta de dulce sonido toca las sagradas danzas que celebran corriendo en el monte, en el monte». Gozosa la bacante, como el potrillo que pace la hierba con su madre, mueve en las danzas su pie ligero.

TIRESIAS[176]

¿Quién llamará a la puerta de esta casa a Cadmo, hijo de Agénor, que, dejando a Sidón, edificó la ciudad de Tebas? Que vaya alguno a anunciarle que Tiresias lo busca. Él sabe el motivo que me trae y el pacto que yo, anciano, he celebrado con quien lo es más, para que empuñe los tirsos y lleve las pieles de ciervo y corone su cabeza con hojas de hiedra.

CADMO

¡Oh, tú, muy querido, que al oírte conocí tu voz desde allá dentro, voz sabia de sabio varón! Preparado vengo con este distintivo del dios. Conviene que yo tribute grandes honores a Dioniso en cuanto pueda, ya que nació de mi hija y como dios ha aparecido a los hombres. ¿Adónde llevamos los coros? ¿En dónde nos detenemos y agitamos nuestros blancos cabellos? Tú, anciano Tiresias, guía a otro anciano, que eres sabio. No me cansaré de noche ni de día de herir con el tirso la tierra, que placentero me olvido de mis años.

TIRESIAS

Lo mismo sentimos ambos: yo me remozo y asistiré a los coros.

CADMO

¿Iremos, pues, al monte en el carro?

TIRESIAS

No se honrará al dios como se debe.

CADMO

Yo, anciano, te llevaré a ti, también anciano, como si fueras un niño.

TIRESIAS

El mismo dios nos llevará allá sin trabajo.

CADMO

¿Y de todos los ciudadanos solo nosotros formaremos coros en honor de Dioniso?

TIRESIAS

Nosotros solos somos sensatos; los demás deliran.

CADMO

Mucho tardaremos; coge tú mi mano.

TIRESIAS

Hela aquí, enlázala, y júntala con la tuya.

CADMO

No soy yo, simple mortal, quien desprecia a los dioses.

TIRESIAS

Tratándose de ellos, dejémonos de sutilezas. Respetamos las tradiciones de nuestros padres, sean cuales fueren, y no habrá razón que las destruya, aunque sean parto del más agudo ingenio. Quizá dirá alguno que no sienta bien a mis años danzar coronado de hiedra. El dios no ha establecido si ha de ser joven o viejo el que guíe los coros; solo quiere que todos le tributen comunes honores, y no fija que sean tantos o cuantos los que han de adorarle.

CADMO

Ya que tú, ¡oh Tiresias!, no ves esta luz, yo seré para ti el adivino que ha de explicarte lo que suceda. Penteo, hijo de Equión,[177] a quien di el cetro de Tebas, se acerca precipitadamente a este palacio. ¡Qué sorprendido parece! ¿Qué dirá de nuevo?

PENTEO

Ausente estaba, y supe que en esta ciudad habían ocurrido extraños males; que nuestras mujeres habían abandonado sus casas por engañosas bacanales, y andan errantes en los umbrosos montes adorando con sus danzas a Dioniso, nuevo dios, o a un impostor cualquiera; que en sus conciliábulos circulan copas llenas, y que, huyendo unas de otras, se dejan abrazar de los hombres, pretextando, es verdad, que son ménades que celebran sagradas fiestas, pero, en rigor, honrando a Afrodita más que a Dioniso. En la cárcel guardan mis servidores a cuantas he atrapado, atadas las manos; también vendrán las que faltan cuando las prendan en el monte; esto es, Ino, Ágave, que me concibió de Equión, y Autónoe,[178] la madre de Acteón, y les pondré férreas cadenas, y las apartaré de esta bacanal malvada. Dicen, no obstante, que ha llegado de la Lidia cierto farsante extranjero, cierto encantador de blondos rizos y perfumado cabello, de negros y agraciados ojos, que no las deja de día ni de noche, con achaque de celebrar con las doncellas sagradas bacanales. Si le llego a cautivar, cesarán de una vez sus gesticulaciones acompañadas del tirso, separándole la cabeza del cuerpo. Él dice que es el dios Dioniso; él, que en otro tiempo estuvo encerrado en el muslo de Zeus, y que el rayo lo abrasó con su madre, dando a entender falsamente que se había casado con el rey de los dioses. ¿No merece muerte infame la petulante conducta de ese extranjero, quienquiera que sea? Pero he aquí otro milagro: mirad al adivino Tiresias con pieles de cervatillo manchadas, y al padre de mi madre, ridícula pareja, que como bacantes agitan la férula. Me avergüenzo, padre, viéndote chochear tan viejo. ¿No tirarás la hiedra? ¿No soltarás el tirso, padre de mi madre? ¿Tú lo has seducido, Tiresias? ¿Quieres, acaso, difundiendo entre los hombres el culto de ese nuevo dios, observar el vuelo de las aves y enriquecerte examinando el fuego? Si no fuese por tu cana vejez, atado te había de ver en medio de las bacantes, ya que favoreces este culto dañoso. Cuando en los banquetes prueban las mujeres el zumo de la uva, se acabó ya el orden en las orgías.

EL CORO

¿No respetas a la piedad venerable, ¡oh extranjero!, ni a Cadmo, el que sembró los hijos de la Tierra?[179] ¿Cómo siendo tú hijo de Equión deshonras así tu linaje?

TIRESIAS

Cuando el sabio encuentra ocasión oportuna, no es difícil que hable bien. Voluble es tu lengua como de hombre sagaz, pero insensatas tus palabras. El atrevido, como sea poderoso y elocuente, perjudica más que aprovecha si le falta el juicio. Este dios nuevo, de quien tú te burlas, ha de ser tan grande en la Grecia, que yo no puedo expresarlo. Dos dioses, ¡oh joven!, son los principales entre los hombres: Deméter (la Tierra es, llámala como quieras), que les da alimentos secos, y en segundo lugar, y distinto de ella, el hijo de Sémele, que inventó el llamado licor de la uva y quiere divulgarlo entre los mortales, librándolos de dolores en sus infinitas miserias cuando de él se hartan, y entregándolos al sueño, olvido de los males cotidianos. Ningún otro filtro es tan poderoso para desterrar sus cuidados. Con este mismo dios se hacen libaciones a los demás, para que, intercediendo él, seamos dichosos. ¿Te ríes de que Zeus lo haya guardado en su muslo? Te lo explicaré de la mejor manera. Después que lo libró del fuego fulmíneo y llevó al Olimpo al recién nacido, quiso Hera expulsarlo del cielo; pero Zeus se valió de cierta astucia, digna de un dios. Cortando parte del aire que rodea a la tierra, lo transformó en Dioniso y lo dio en rehenes a Hera para evitar disputas, y después dijeron los hombres que acabó de formarse criado en el muslo de Zeus, alterando la palabra por el motivo indicado, y fingieron esa fábula. Es dios adivino, porque el mismo desorden y la locura que produce ayudan a profetizar. Cuando se apodera de nosotros nos obliga a predecir lo futuro, haciéndonos perder la razón. También se asemeja a Ares, que aterra a los ejércitos armados puestos en orden de batalla, antes de acometer con la lanza; también este furor es obra de Dioniso. Algún día le veréis en las rocas de Delfos danzando con antorchas en su peñasco de dos puntas, y vibrando y sacudiendo el báquico ramo. No dudes que será grande en la Grecia. Obedéceme, pues, Penteo; no creas que el mandar vale algo entre los hombres, ni, si lo crees (vana es tu opinión), te tengas por sabio; acoge al dios en tus dominios, y ofrécele libaciones, y celebra bacanales, y corona tu cabeza. Dioniso no incita a las mujeres a ser deshonestas, al contrario, según la naturaleza de cada uno, enseña siempre en todo la continencia. Considera que, aun en las bacanales, la que es casta no se pervierte. ¿Ves? Tú gozas cuando vienen muchos a tus pnertas y ensalza la ciudad el nombre de Penteo, y él, a mi parecer, gozará también cuando le tributan honores. Así, yo y Cadmo, a pesar de tus burlas, nos coronaremos de hiedra y danzaremos, ancianos los dos y de cabellos blancos, y por mi parte no resistiré al dios arrastrado por tus consejos. Deliras de la manera más desdichada y no hay remedio que pueda sanarte, y si no empleas los indicados, cierta es tu ruina.

EL CORO

¡Oh anciano, tus palabras no deshonran a Febo, y eres prudente adorando a Bromio, dios grande!

CADMO

Buenos, ¡oh hijo!, son los consejos de Tiresias; imítanos y no desprecies las nuevas leyes. Tu entendimiento se ha extraviado y tu razón es sinrazón. Aun cuando no sea dios, como dices, afírmalo, sin embargo, y miente en honra suya, y se creerá que Sémele le dio a luz, y no padecerá nuestro linaje. ¿No recuerdas la mísera muerte de Acteón? Devoráronlo en las selvas rabiosos perros que crio, por sostener que era mejor cazador que Artemisa. Para que no te suceda esto, ven y coronaré de hiedra tu cabeza; alaba con nosotros al dios.

PENTEO

No me toques siquiera; vete a celebrar tus bacanales y no me hagas partícipe de tu necedad. Castigaré a este maestro tuyo en tales delirios. Que alguno, sin perder tiempo, se encamine a la casa de Tiresias, en donde examina los auspicios, y fuerce las puertas y las derribe, y lo revuelva todo, y entregue las coronas a los vientos y a las borrascas, que así será grande su tormento. Recorred vosotros toda la ciudad en busca de ese afeminado extranjero que intenta pervertir aún más a las mujeres y desunir los matrimonios; y si os apoderáis de él, traedlo aquí atado, y que muera a pedradas, ya que ha promovido en Tebas acerbas bacanales.

TIRESIAS

¡Oh desventurado! ¡Cómo ignoras las consecuencias de tus órdenes! Ya estás furioso, cuando hace poco eras solo insensato. Vámonos nosotros, Cadmo, y roguemos al dios por él, a pesar de su crueldad, y por Tebas, y que nos libre de mal. Pero sígueme con tu báculo de hiedra, para que me sostengas como puedas y yo a ti. Es vergonzoso que caigan en tierra dos ancianos; pero, en fin, suceda lo que quiera. Es preciso servir a Dioniso, hijo de Zeus. ¡Ojalá que Penteo, ¡oh Cadmo!, no lleve el luto a tu palacio!; y no mires esto como una profecía, sino como el efecto natural de lo que intenta; su necedad le hace decir sandeces.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh santidad, diosa venerable! ¡Oh santidad, que recorres el orbe con tus alas de oro! ¿Oyes las palabras de Penteo? ¿Oyes sus impías injurias contra Bromio, hijo de Sémele, entre los inmortales el primero, cuando las alegres coronas adornan los banquetes? Suyo es guiar en las fiestas a los coros, infundir la alegría al son de las flautas y disminuir los cuidados cuando el licor de la uva circula en la mesa de los dioses, o cuando la copa invita al sueño a los mortales en los festines en que abunda la floreciente hiedra.

_Antístrofa 1.ª_ — Fin infortunado tienen la lengua desenfrenada y la demencia que desprecia las leyes; al contrario, la vida práctica y la moderación permanecen inalterables y conservan las familias, pues aunque los dioses habiten lejos el éter, no descuidan las cosas humanas. La sabiduría demasiado sutil no es sabiduría, ni el ambicionar lo que no está al alcance del hombre. Breve es la vida, y el que acomete grandes empresas no goza de los bienes presentes. Inclinaciones son estas, en mi juicio, de insensatos y necios.

_Estrofa 2.ª_ — Que yo vaya a Chipre,[180] isla de Afrodita, en donde moran los amores que difunden dulce deleite entre los mortales,[181] hacia donde las cien bocas del Nilo, río bárbaro, fecundan la tierra sin las lluvias del cielo; que vaya a la bellísima morada de las Piérides,[182] colina sagrada del Olimpo. Llévame allá, Bromio; Bromio, dios que las bacantes adoran: allí están las gracias, allí el amor, allí es lícito celebrar báquicas orgías.

_Antístrofa 2.ª_ — Este dios, hijo de Zeus, goza con los alegres banquetes y ama la Paz, madre de las riquezas, diosa que alimenta a los jóvenes y distribuye por igual entre el rico y el pobre los placeres del vino, que destierran la tristeza; aborrece a quien no se cuida de sus bienes, y nos da grata vida de día y de noche. Lejos de ti el sutil ingenio y los pensamientos de los muy sabios; lo que el humilde vulgo sigue y aprueba será también mi divisa.

UN CRIADO

Aquí nos tienes, Penteo, con la presa que anhelabas, que tus órdenes no han sido vanas. Dulce fue con nosotros esta fiera, y no huyó, entregándose a nosotros sin repugnancia, y risueña nos mandó que la trajésemos aquí atada, y se estuvo quieta, facilitando nuestro trabajo. Yo le dije con respeto: «¡Oh extranjero, no te llevo por mi voluntad, sino por mandato de Penteo, que me envió!». Pero las bacantes que habías encerrado, apoderándote a la fuerza de ellas y maniatándolas en la cárcel pública, se han escapado y danzan en los bosques lejanos invocando al dios Bromio. Sus grillos se abrieron por sí mismos, y las prisiones las dejaron atravesar sus puertas sin intervenir la mano del hombre. Muchos milagros acompañan en Tebas a este varón. A ti te toca cuidar de lo demás.

PENTEO

Desata las manos de este prisionero, que, ya en mis redes, no es tan ligero que pueda escapárseme. Y seguramente, ¡oh peregrino!, no es deforme tu cuerpo para seducir a las mujeres, motivo que te trajo a Tebas; larga es tu cabellera, no para la lucha, y oculta parte de tus mejillas excitando al deleite, y blanco y bello tu color, hijo de la sombra, no de los rayos del sol, que fascina por su belleza. Dime primero cuál es tu linaje.

DIONISO

No seré jactancioso; fácil es decirlo. Acaso hayas oído hablar del florido Tmolo.

PENTEO

Sí, el que rodea por todas partes a la ciudad de Sardes.

DIONISO

De allí soy, y la Lidia es mi patria.

PENTEO