Chapter 10 of 25 · 3998 words · ~20 min read

Part 10

Oye, hijo de Agamenón, que te hablan los gemelos hijos de Zeus, hermanos de tu madre, Cástor y mi hermano Pólux. Después que aplacamos en la mar una borrasca fatal a las naves, vinimos a Argos, en donde presenciamos el asesinato de nuestra hermana, madre tuya. La justicia se ha cumplido, pero tú no has sido su ministro, que Apolo, Apolo... Pero es mi rey y callo, pues aunque sabio, no pudo inspirarte sabiduría. Mas después de todo, es menester resignarse, porque se han de obedecer los decretos del destino y de Zeus: que Electra sea esposa de Pílades y la lleve consigo; abandona tú a Argos, pues habiendo asesinado a tu madre, no debes entrar en ella. Las terribles Furias, diosas de feroces miradas, te perseguirán errante, víctima del delirio; pero encamínate a Atenas y abraza la sagrada imagen de Palas, que ahuyentará a tus perseguidoras, azotándolas también con crueles dragones, y no osarán acercarse a ti, y te protegerá con la terrible égida y la cabeza gorgónica. Hay allí cierta colina de Ares, en donde los dioses se juntaron primero para dar sus votos y fallaron sobre el homicidio de Halirrotio,[223] hijo del rey del mar, que pereció a manos del dios cruel de la guerra, enfurecido a causa de las impías nupcias que celebró con su hija, desde cuyo suceso es para los dioses santísima o irrevocable la sentencia que allí se pronuncia.[224] En este mismo lugar te sujetarás al fallo que recaiga en tu causa. Votos iguales salvarán tu vida y no morirás por tu crimen, pues Febo será responsable de haberte aconsejado el parricidio. Y las crueles diosas, presas de profundo dolor, se precipitarán en una sima cerca de esa eminencia, oráculo sagrado desde entonces y temido de los hombres. Ley será en adelante para la posteridad que el reo se salve siempre que el mismo número de votos lo condene y lo absuelva. Conviene que después habites a las orillas del Alfeo, en la Arcadia, cerca del templo Liceo,[225] y se fundará además una ciudad que lleve tu nombre.[226] Esto es lo que te digo. El cadáver de Egisto será enterrado por los argivos. Menelao, dueño ya de los campos troyanos, y su esposa Helena, llevarán a tu madre a Nauplia, en donde le darán sepultura. Helena viene ahora del palacio de Proteo,[227] dejando a Egipto; no ha estado en Troya, pues Zeus, para suscitar guerras y muertes de hombres, envió a Ilión una falsa imagen suya.[228] Pílades llevará a su virgen esposa a la tierra aquea,[229] y al país de los focidios[230] al esposo de tu hermana,[231] tu pariente solo en el nombre, dándole una libra de oro. Tú irás por el Istmo a la afortunada roca de Cécrope,[232] y cuando cumplieres tu fatal destino y expiares tu parricidio, serás feliz, libre de estos males.

EL CORO

¡Oh hijos de Zeus!, ¿nos dais licencia de hablaros?

LOS DIOSCUROS

Podéis hacerlo, si no os habéis contaminado.

ORESTES

Y yo, ¿puedo hablar con vosotros, ¡oh hijos de Tindáreo!?

LOS DIOSCUROS

También tú, porque a Febo imputo este crimen sangriento.

EL CORO

¿Cómo siendo dioses y hermanos de esta, ahora cadáver, no habéis alejado de aquí a las Furias?

LOS DIOSCUROS

El destino lo ordenaba y la voz imprudente de Febo.

ELECTRA

¿Y qué me mandó Febo? ¿Qué oráculos me prescribieron dar muerte a mi madre?

LOS DIOSCUROS

Crimen común y común destino, y el delito de vuestro padre os perdió a ambos.

ORESTES

¡Oh hermana mía! Hoy que te veo después de tanto tiempo, me alejan al punto de tu presencia, y te abandono, y tú a mí.

LOS DIOSCUROS

Ya tiene hogar y esposo; solo en dejar la ciudad de los argivos participa de tus males.

ORESTES

¿Y qué cosa hay más deplorable que ser desterrado de su patria? Pero yo, reo de la muerte de mi madre,[233] abandonaré los lugares en que vivió mi padre para sujetarme al fallo de un tribunal extranjero.

LOS DIOSCUROS

No desmayes; resígnate, que vas a la santa ciudad de Atenea.

ELECTRA

Abrázame, ¡oh hermano muy amado!; las horribles imprecaciones de una madre nos alejan del hogar paterno.

ORESTES

Anda, pues, abrázame tú, y llora como si lo hicieses ante mi sepulcro.

LOS DIOSCUROS

¡Ay, ay! Tristes hasta para los dioses son tus lamentos. Nosotros y los demás habitantes del cielo nos compadecemos de las desdichas humanas.

ORESTES

¡No te veré ya más!

ELECTRA

¡Ni yo a ti tampoco!

ORESTES

Esta es la última vez que me hablas.

ELECTRA

Adiós, ¡oh ciudad!; adiós por largo tiempo vosotras, mujeres que la habitáis.

ORESTES

¡Oh hermana fidelísima!, ¿ya te vas?

ELECTRA

Me voy derramando tiernas lágrimas.

ORESTES

Alégrate tú, Pílades, que Electra será tu esposa.

LOS DIOSCUROS

Celebrar su himeneo será, en efecto, su primer cuidado; pero tú, si has de huir de estas Furias, encamínate a Tebas. Con sus manos armadas de dragones y su negro cuerpo te acometerán con terrible ímpetu, y te causarán atroces dolores. Nosotros vamos ahora volando al mar Sículo a proteger en sus aguas las proas de los bajeles. Cuando atravesamos el éter no socorremos a los impíos, salvando tan solo de graves trabajos a los que rinden culto a la Piedad y a la Justicia. Que nadie, pues, navegue que sea injusto ni perjuro. Yo, dios, lo anuncio a los hombres.

EL CORO

Y yo me despido de vosotros. Entre los mortales es solo feliz el que no sufre infortunios y está contento con su suerte.

IFIGENIA EN ÁULIDE

ARGUMENTO

Detenida en Áulide[234] la armada griega por vientos contrarios en su navegación a Troya, declara el adivino Calcas que no soplarán los favorables hasta que Ifigenia, hija de Agamenón y de Clitemnestra, sea sacrificada en el ara de Artemisa. Su padre, generalísimo del ejército, que está descontento e impaciente, instado por su hermano Menelao y por su propia ambición, accede a tan inhumana exigencia y escribe a su esposa mandándole que le envíe a Ifigenia para casarla con Aquiles. Pero se arrepiente después de su resolución, y le escribe otra carta diciéndole lo contrario. Carece de prólogo, y la acción comienza cuando el mensajero que ha de llevar la última carta se dispone a cumplir las órdenes novísimas de su señor. Pero esta última carta es interceptada por Menelao, y Clitemnestra e Ifigenia sobrevienen, deseosas de celebrar las bodas anunciadas. La mentira de Agamenón se descubre al fin; Ifigenia se conforma con su propio sacrificio, y al consumarse este, desaparece la víctima destinada a sufrirlo, siendo sustituida milagrosamente por una cierva.

No crea el lector, sin embargo, que el desarrollo y exposición detallada de esta tragedia nos afecte desagradablemente, como podrá pensarlo cualquiera si tiene solo en cuenta el argumento de ella, trazado en las líneas anteriores con la concisión que nos impone la naturaleza y objeto primordial de nuestra versión. Se desenvuelve con arte y maestría sin apelar a recursos dramáticos violentos ni inesperados más o menos verosímiles, y motivados en general los unos en absoluto, y desapercibidos los otros por el interés de la curiosidad y por las pasiones que nos mueven al leerla, y que debió ser mucho más poderoso para los espectadores que asistieron a su representación. A pesar de la extensión y de los defectos del primer coro, indicados en las notas; prescindiendo de los largos parlamentos de Agamenón y de Menelao, y aun haciendo el traductor caso omiso de las interpolaciones de este drama, que saltan a la vista, de la inexperiencia poética y escénica que se revelan en su autor o en sus autores, de sus innovaciones y faltas en la versificación, en los metros usados y hasta en la cantidad de las sílabas, y del escaso e imperfecto partido que saca, al parecer, el poeta de algunas partes de su composición; a pesar de todo esto, que no es poco, repetimos, está tan magistralmente trazada en su conjunto, ofrece situaciones y complicaciones de sus personajes tan dramáticas y trágicas como la de la llegada de Clitemnestra y de Ifigenia y su entrevista con Agamenón, de mérito extraordinario, y resplandece tal verdad y tanta ternura y naturalidad en su diálogo, y en las resoluciones varias y hasta contradictorias de Agamenón, de Menelao y de la misma Ifigenia, y se presentan tan bien la ambición característica de Aquiles, de Menelao y del mismo Agamenón, la nobleza, el amor filial y la resignación patriótica de Ifigenia, y un instinto poético tan recto, un gusto tan ático y seductor y un arte tan maravilloso e inesperado en la transición, que nos conduce sin sentirlo de los horrores y temores que nos asaltan en la entrevista de Agamenón con su esposa e hija, a la placidez y relativa dulzura del desenlace, que nos llena y encanta a su conclusión, y nos obliga a proclamar no solo que es su autor Eurípides, sino también que es esta tragedia, entre todas las suyas que conocemos, una de las más notables.

Racine la ha imitado con la alteración importante de transformar a Aquiles, el de _los pies ligeros_, discípulo del centauro Quirón, educado en las selvas y alcanzando a las ciervas en su carrera, y nada pulido, por tanto, en un galán almibarado, y a la estancia de la armada griega en Áulide en una sesión dramática del tiempo de Luis XIV.

La lectura y examen de esta tragedia y las manchas que la afean, juntamente con las noticias que dan acerca de ella el escoliasta de Aristófanes, Eliano y Hesiquio, su falta de prólogo y el uso de los anapestos en su principio, han inducido a los helenistas y eruditos a revisarla y disecarla de tal manera, con tanta desenvoltura y exceso de libertad y parsimonia de prudencia, que acaso si resucitara Eurípides le costaría harto trabajo y no poco dolor reconocerla como suya. La edición de Cambridge, una de las mejores, dice así hablando de la de Hermann, célebre helenista:

«Posible es que esa edición de la IFIGENIA se haya escrito más ligeramente de lo que convenía; posible es que los años de su autor hayan trocado su perspicacia anterior en sutileza; posible que su indiscutible superioridad en este género de literatura, y el respeto que merecen a sus compatriotas sus juicios críticos, hayan exagerado su confianza en sí mismo, estimulándolo a emplear su talento sin la debida prudencia. No me atrevo a decidir acerca de las causas probables del hecho; pero, en mi opinión, paréceme evidente que ha empeorado el texto en vez de mejorarlo». Y no decimos más, porque basta lo citado para los lectores y para nuestro propósito.

Se representó después de la muerte de Eurípides por el hijo del poeta, del mismo nombre que su padre, y formaba parte de una trilogía con _Las Bacantes_ y _Alcmeón_. Se ignora si le acompañaba o no drama satírico, y la fecha de su representación.

PERSONAJES

AGAMENÓN, _rey de Argos y de Micenas, general de los griegos en el sitio de Troya._ UN ANCIANO, _servidor de Agamenón._ CORO DE DONCELLAS DE CALCIS (_en la Eubea_). MENELAO, _hermano de Agamenón y esposo de Helena._ CLITEMNESTRA, _esposa de Agamenón, hija de Tindáreo y hermana de Helena._ IFIGENIA, _hija de Agamenón y de Clitemnestra._ AQUILES, _hijo de Peleo y de Tetis._ UN MENSAJERO.

La escena es en Áulide, junto al Euripo.[235]

Envuelta en las sombras de la noche se ve en el teatro una tienda suntuosa próxima al campamento griego. Agamenón sale de ella con una carta en la mano y como hablando consigo mismo, y pronuncia las palabras que siguen:

AGAMENÓN (_dirigiéndose a la tienda_).

Hola, anciano, sal de la tienda y ven acá.

EL ANCIANO

Aquí estoy. Aunque viejo, no duermo, ni son torpes mis ojos. ¿Qué nueva orden quieres darme, rey Agamenón?

AGAMENÓN

Ya la sabrás.

EL ANCIANO

Pronto, pues.

AGAMENÓN

¿Cuál es esa estrella que sigue su curso por el cielo?

EL ANCIANO

Sirio,[236] que guía junto a las siete Pléyades, todavía a la mitad de su carrera.

AGAMENÓN

Aún no se oye el canto de las aves, ni la mar, y vientos silenciosos se deslizan en el Euripo.

EL ANCIANO

Pero, ¿a qué sales de tu tienda, rey Agamenón? Todavía descansa Áulide, y no se mueven los centinelas de las murallas. Entremos.

AGAMENÓN

Feliz eres, anciano; feliz es cualquier mortal que pasa su vida sin fama y sin gloria, y menos felices los que disfrutan de honores.

EL ANCIANO

Y, sin embargo, son el encanto de los hombres.

AGAMENÓN

Pero ocasionados a peligros; y aun cuando agrade ser el primero, trae también sus penalidades: ya porque descuidamos el culto de los dioses y nos castiguen, ya porque nos atormentan los juicios humanos, varios y descontentadizos.

EL ANCIANO

No alabo tales palabras en boca de un príncipe. Atreo, ¡oh Agamenón!, no te engendró solo para gozar, sino para que sintieras placer y dolor, como mortal que eres. Y aunque no quieras, quiérenlo los dioses. Tú, a la luz de la lampara, has escrito esta carta, que todavía traes en tus manos, y borraste otra vez sus letras, y la sellaste, y la desataste y tiraste las tablillas por tierra, derramando abundantes lágrimas, y poco te faltaba para perder el seso. ¿Qué te aflige? ¿Qué te aflige? ¿Qué novedad ha ocurrido? ¿Qué novedad, rey? Vamos, habla conmigo, que soy bueno y leal, pues Tindáreo[237] me dio a tu cónyuge al casarte como prueba de su liberalidad, y he sido su fiel compañero.

AGAMENÓN

Tres vírgenes dio a luz Leda, hija de Testio:[238] Febe, Clitemnestra, mi esposa, y Helena, cuya mano pretendieron los mancebos más nobles y ricos de la Grecia. Atroces amenazas profería, abundante sangre se preparaba a derramar cualquiera de ellos que no la lograse. Tindáreo, su padre, dudaba, pues, si la daría o no a alguno, preocupándole cuál sería el partido más acertado. Y se le ocurrió entonces obligar a los pretendientes, con juramento, juntando sus diestras y ofreciendo libaciones mientras el fuego consumía a las víctimas y pronunciaban terribles imprecaciones, a socorrer al que se casase con su hija si alguno la robaba de su palacio, arrancándola del lecho de su dueño, y que pelearían con él y derribarían su ciudad a mano armada, ya fuese griega, ya bárbara. Después que así lo hicieron todos y que el astuto viejo ejecutó su sagaz proyecto, dejó en libertad a su hija de elegir uno de ellos, el más favorecido por Afrodita, y ella (ojalá que nunca la tomase por esposa) prefirió a Menelao. Cuando desde la Frigia vino a Lacedemonia este juez de diosas (según es fama entre los hombres) con sus brillantes vestidos, lleno de oro resplandeciente y con su bárbaro lujo, enamorado de Helena y ella de él, la llevó a los pastos de Ida, ausente Menelao en lejanos países. Su esposo, al volver, recorrió toda la Grecia y recordó el antiguo juramento que sus rivales prestaron a Tindáreo, con arreglo al cual debían ayudar al ofendido. Por esta causa resolvieron los griegos hacer la guerra; tomaron las armas, y vinieron al estrecho de Áulide con naves y clípeos, y con muchos caballos y carros, y me eligieron su capitán por deferencia a Menelao, mi hermano. ¡Ojalá que otro cualquiera obtuviese en mi lugar esta dignidad! Reunido el ejército, permanecemos en Áulide sin poder navegar. El adivino Calcas[239] contesta a nuestras preguntas y vacilaciones diciéndonos que sacrifiquemos a Ifigenia, mi hija, para honrar a Artemisa, que mora en este suelo, y que si así lo hacemos, seguiremos nuestro rumbo y destruiremos a los frigios; y que si no, nada lograremos. Cuando lo supe, ordené a Taltibio[240] que licenciase sin dilación todo el ejército, ya que nunca conseguirá de mí que dé muerte a mi hija; pero después mi hermano, estrechándome vivamente, me ha persuadido que consienta en tales atrocidades. Y he escrito a mi esposa que me envíe a Ifigenia como para casarla con Aquiles; le pondero la grandeza de este, y le digo que no quiere navegar con los aqueos a no tener en la Ftía esposa de nuestra sangre: he pensado convencer a Clitemnestra pretextando el falso matrimonio de su hija; pero la verdad, entre todos los griegos, solo la sabemos yo, Calcas, Odiseo y Menelao. Pero cuanto prometí entonces sin razón, lo borro ahora de estas tablillas mejor aconsejado, favorecido por las sombras de la noche; y habiéndolas desatado y sellado de nuevo, las entregaré a un anciano fiel a mi linaje y a mi esposa. Ahora llevarás a mi esposa la carta que me has visto abrir y sellar varias veces, diciéndote antes su contenido.

EL ANCIANO

Dímelo, decláramelo, para que, al hablar, mi lengua lo confirme.

AGAMENÓN

Además de mi carta anterior, te remito esta, ¡oh hija de Leda!, para que no venga tu hija al estrecho sinuoso de la Eubea, a Áulide, abrigada de las olas. El año próximo inmediato celebraremos su himeneo.

EL ANCIANO

Pero ¿cómo Aquiles, viéndose engañado, no se encolerizará, indignándose contra ti y contra tu esposa? Peligroso es esto. Dime lo que piensas.

AGAMENÓN

Aquiles solo es el pretexto, no la verdadera causa de su venida, y nada sabe de tales nupcias, ni de nuestros proyectos, ni que yo haya dado palabra de casarlo con mi hija, ni de entregársela.

EL ANCIANO

Grave es lo que meditas, rey Agamenón, pues en vez de casar a tu hija con el hijo de la diosa, piensas sacrificarla a los griegos.

AGAMENÓN

¡Ay de mí, he perdido el juicio! ¡Ay, ay de mí, me precipito en mi daño! Pero vete ligero y olvídate de tu edad.

EL ANCIANO

Ya corro, ¡oh rey!

AGAMENÓN

Que no te detengas en las fuentes umbrosas ni te dejes dominar por el dulce sueño.

EL ANCIANO

Ruégote que pronuncies palabras de buen agüero.

AGAMENÓN

Siempre que atravieses una encrucijada mira alrededor, cuidando de que no se te oculte ningún carro de veloces ruedas que traiga a mi hija a las naves de los hijos de Dánao. Y si encuentras a los que la conducen, hazlos volver, apodérate de las riendas y llévalos a las murallas de los cíclopes.

EL ANCIANO

Así lo haré.

AGAMENÓN

Pero anda, sal cuanto antes de esta plaza.

EL ANCIANO

Mas, dime, ¿cómo darán crédito a mis palabras tu esposa e hija?

AGAMENÓN

Guarda el sello que cubre esta carta. Vete. Ya brilla la aurora y palidece esta luz, y asoma el fuego de la cuadriga del sol. Sírveme en mis trabajos. Ningún mortal es dichoso hasta el fin; ninguno ha habido hasta ahora que no conozca el dolor. (_Vanse Agamenón y el anciano_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — He venido a la arenosa costa de la marítima Áulide navegando por las ondas de Euripo hasta el angosto estrecho, y dejando la Cálcide,[241] mi ciudad, bañada por la ínclita Aretusa,[242] que se precipita en la mar, para ver el ejército de los aqueos y las mil naves de belicosos guerreros que se dirigen a Troya, mandados por el blondo Menelao y por el noble Agamenón. Tratan, según cuentan nuestros esposos, de recobrar a Helena, robada del Eurotas, abundante en cañas, por el pastor Paris, don que le hizo Afrodita cuando, cerca de la oculta fuente, la declaró más bella que sus dos rivales Hera y Palas.

_Antístrofa 1.ª_ — Presurosa atravesé el bosque en donde se elevaba el humo de muchos sacrificios en honor de Artemisa, tiñendo mis mejillas juvenil rubor por contemplar las trincheras de los que llevan clípeos, las tiendas de campaña de los hijos de Dánao y los escuadrones de caballos. Y he visto a los dos Áyax, amigos, al hijo de Oileo y al de Telamón, gloria de Salamina, y a Protesilao, que con Palamedes, el nieto de Poseidón, juega con varias figurillas;[243] y a Diomedes, aficionado a lanzar el disco, y junto a él a Meriones,[244] de la raza de Ares, portento entre los hombres; y al hijo de Laertes, oriundo de insulares montes, y a Nireo,[245] el más hermoso de los griegos.

_Epodo._ — Y vi también a Aquiles, ligero como el viento, hijo de Tetis, discípulo de Quirón,[246] corriendo con sus armas por la arenosa ribera, disputando a pie la victoria a una cuadriga. Y gritaba el auriga Eumelo,[247] del linaje de Feres, aguijando los hermosísimos caballos de insignes frenos llenos de oro: los de en medio, junto al yugo, eran pintados de blanco, y los otros dos, los de más largas riendas, que se ayudaban mutuamente en su carrera, de pelo rojo, con manchas en las piernas, más arriba de su casco sólido; y junto a ellos, y cerca de la rueda y de sus rayos, corría armado el hijo de Peleo.

_Estrofa 2.ª_ — Vi también sus numerosas naves, espectáculo admirable y que satisfizo mi juvenil curiosidad, disfrutando de dulce deleite. Formaba el ala derecha de la armada la escuadra ftiota de los mirmidones, con cincuenta bajeles impetuosos. Doradas imágenes en su parte más alta representaban a las nereidas, distintivo de las naves que llevaban el ejército de Aquiles.[248]

_Antístrofa 2.ª_ — Cerca de ellas estaban los buques argivos, de igual número de remos, a cuyo frente iba el hijo de Mecisteo,[249] educado por su abuelo Tálao, y Esténelo, el hijo de Capaneo.[250] Seguían después las sesenta naves del Ática, mandadas por el hijo de Teseo,[251] llevando a Palas en ecuestre y alado carro, signo fausto a los navegantes.

_Estrofa 3.ª_ — Vi también la armada de los beocios, compuesta de cincuenta naves adornadas de símbolos, y entre ellos, y en la parte más elevada, a Cadmo,[252] teniendo en sus manos un dragón dorado; Leitos, el hijo de la Tierra, los mandaba. Vi también a los de la Fócida,[253] y a los locrenses, iguales en número, capitaneados por el hijo de Oileo,[254] que abandonó a la ilustre ciudad Troniada.

_Antístrofa 3.ª_ — El hijo de Atreo, de la ciclópea Micenas, iba al frente de cien naves, y con él su hermano, capitán también, como un amigo va con otro, para pedir en nombre de la Grecia estrecha cuenta a la que dejó su palacio para contraer, en las popas de las naves de Gerenio Néstor,[255] que vino de Pilos, bárbaras nupcias. Vi además una imagen con pies de toro, símbolo del Alfeo.

_Epodo._ — Doce eran los bajeles de los enianes que obedecían al rey Guneo, y junto a ellos los príncipes de la Élide,[256] llamados epeos por todo el pueblo, a las órdenes de Eurito. Las naves tafias, armadas de brillantes remos, las guiaba Meges, hijo de Fileo, habiendo dejado las islas Equínadas, inaccesibles a los marineros. Y Áyax, criado en Salamina, juntaba las últimas del ala derecha a la izquierda, en doce ligerísimos bajeles, apostado cerca de ellos, según observé al visitar la flota griega; y si algún buque bárbaro se atreve a atacarla, no podrá volver, según es de presumir de su formidable aspecto. Oiga lo que oyere, en mi patria conservaré eterna memoria de tan importante armada.[257]

EL ANCIANO

Menelao, ¿osas cometer atrocidades que no debías intentar?

MENELAO

Aparta; eres demasiado fiel a tus señores.

EL ANCIANO

Honrosa es la injuria que me haces.

MENELAO

Llorarás si no desistes de tu propósito.

EL ANCIANO

No debiste abrir la carta que yo llevaba.

MENELAO

Ni tú llevarla, si habías de perjudicar a toda la Grecia.

EL ANCIANO

Con otros puedes disputar; pero déjamela ahora.

MENELAO

No la soltaré.

EL ANCIANO

Ni yo tampoco.

MENELAO

Pronto con mi cetro llenaré de sangre tu cabeza.

EL ANCIANO

Pero es glorioso morir por sus señores.

MENELAO

Suelta, que para esclavo hablas demasiado.

EL ANCIANO

Injúriannos, señor: Menelao, ¡oh Agamenón!, me ha arrancado con violencia tu carta, y desoye la voz de la justicia.

AGAMENÓN

¿Cómo? ¿Qué tumulto es este? ¿Qué sucede en las puertas? ¿Qué significan estas palabras descomedidas?

MENELAO

Más vale que yo te hable, no este.

AGAMENÓN

Pero, ¿por qué, ¡oh Menelao!, disputas y violentas a este esclavo?

MENELAO

Mírame, para saber cómo he de hablarte.

AGAMENÓN

¿Me impedirá el miedo abrir los párpados, siendo hijo de Atreo?

MENELAO

¿Ves esta tablilla? ¿Conoces su odioso contenido?

AGAMENÓN