Part 9
¡Oh dioses, y tú, Justicia, que todo lo ves, al fin venciste! Pero explícame todos los pormenores de la muerte del hijo de Tiestes.
EL MENSAJERO
Después que salimos de aquí, entramos en el camino trillado por los carros, junto al cual estaba el ínclito príncipe de Micenas tejiendo coronas de tierno mirto. Al vernos dijo: «Salve, ¡oh huéspedes!; ¿quiénes sois?, ¿de dónde venís?, ¿en dónde habéis nacido?». Orestes respondió: «Somos de la Tesalia, y vamos al Alfeo[204] a adorar a Zeus Olímpico». Al oírlo Egisto replicó: «Hoy me acompañaréis a la cena, porque sacrificaré bueyes a las ninfas, y mañana temprano saltaréis del lecho y llegaréis al término de vuestro viaje. Pero entremos en la casa». Mientras decía esto nos guiaba a ella, y nosotros le seguíamos, no pareciéndonos bien rechazarlo. Ya dentro, dijo: «Tráiganse baños cuanto antes a estos huéspedes, para que se acerquen al altar y al agua lustral». Orestes le contestó así entonces: «Nos hemos purificado en las ondas puras de un río; pero si es lícito a los extranjeros sacrificar con los ciudadanos, ¡oh Egisto!, preparados estamos, y no nos opondremos, ¡oh rey!». Acabada esta plática, y dejando las lanzas los servidores que formaban su guardia, todos pusieron manos a la obra. Unos traían el vaso lustral, otros los cestos, otros encendían el fuego y ponían los vasos alrededor del hogar, y todos hacían gran ruido en el edificio. El esposo de tu madre derramaba la salsamola[205] en las aras, profiriendo estas palabras: «Ninfas que habitáis en las rocas, que yo os sacrifique muchas veces bueyes, y que mi esposa, la hija de Tindáreo, que está en el palacio, sea, como yo ahora, afortunada en cuanto emprenda, y desdichados mis enemigos». (Aludía a ti y a Orestes). Pero mi señor hacía votos contrarios, no, en verdad, en voz alta, para recuperar su patrimonio. Egisto tomó del cesto un cuchillo recto; cortó los pelos del novillo, echándolos con su mano derecha en el fuego; hirió a la víctima en los lomos al levantarla los sacrificadores, y dijo a tu hermano: «Los tesalios, entre otras artes insignes, se envanecen de ser maestros en despedazar un toro y domar caballos. Toma el acero, ¡oh huésped!, y prueba que la fama no miente cuando así habla de los hijos de Tesalia». Orestes cogió en sus manos el bien templado cuchillo dórico;[206] sujetó el manto con el broche, y echándolo hacia atrás, eligió por sacrificador a Pílades, e hizo que se apartasen los demás servidores; y tomando un pie del novillo, descubría sus blancas carnes extendiendo la mano, y despojaba sus lomos de la piel en menos tiempo que tarda el jinete en recorrer dos veces el estadio.[207] Abría después las entrañas, y Egisto, recibiéndolas en su mano, las examinaba con cuidado porque faltaba el lóbulo en los intestinos, y así esta falta como el cuello de la vejiga de la hiel, presagiaban desdichas al que las escudriñara. Contrajo, pues, su rostro y, al observarlo, le preguntó mi dueño: «¿Por qué te entristeces?». «¡Oh huésped! —replicó—; temo fuera de aquí alguna asechanza; el hijo de Agamenón es mi más mortal enemigo, y también de mi familia». Él respondió: «¿Temes asechanzas de un desterrado, reinando tú en la ciudad? ¿No me dará alguno un cuchillo ftío, en vez del dórico,[208] para que, acabada la exploración, celebremos el banquete, después de abrir el pecho de la víctima?». Entonces Egisto se apoderó de las vísceras pectorales y se puso a examinarlas; mas al bajar la cabeza, tu hermano, levantándose sobre la punta de los pies, le descargó un golpe, rompiéndole las vértebras y tirando en tierra cuan largo era su cuerpo palpitante, que se revolcó en su sangre. Enteráronse sus servidores y tomaron las armas, y todos ellos, muchos en número, atacaron a los dos; pero los detuvo el valor de Pílades y Orestes, vibrando sus armas, y el último dijo: «No vengo como enemigo contra esta ciudad ni contra mis servidores; yo soy el mísero Orestes, que ha castigado al asesino de su padre. No me matéis, vosotros que sois mis antiguos súbditos». Contuviéronse ellos al oírlo, y fue reconocido por cierto anciano que sirvió en su palacio. Regocijáronse entonces, y al punto lo coronaron. A buscarte viene, a enseñarte la cabeza, no de la Gorgona, sino de Egisto, a quien aborreces; su sangre paga con triste usura la derramada por él en otro tiempo.
EL CORO
_Estrofa._ — Prepara los pies para la danza, ¡oh amiga!, como el potrillo que salta con gracia en el aire. Tu hermano trajo una corona de más valor que la ganada en lucha victoriosa a las orillas del Alfeo.[209] Pero canta el himno triunfal en mi coro.
ELECTRA
¡Oh luz, oh crines de los cuatro caballos del Sol, oh tierra y tinieblas, que antes me envolvíais!; ahora están mis ojos libres y clara mi vista desde que sucumbió Egisto, el asesino de mi padre. Ea, amigas; con las galas que guardo en mi casa, coronaré la cabeza de mi hermano vencedor.
EL CORO
Hace bien en engalanar su cabellera, que nuestros coros seguirán gratos a las musas. Ahora que al rigor de la justicia perecieron estos hombres inicuos, gobernarán nuestro país sus antiguos y queridos reyes. Prosigan, pues, nuestros unánimes y alegres vítores. (_Aparecen Orestes y Pílades con su séquito, trayendo el cadáver de Egisto. Electra sale al encuentro de Orestes con coronas y cintas_).
ELECTRA
¡Oh victorioso Orestes, hijo de padre también victorioso en las guerras de Ilión!; toma para ti estas coronas entrelazadas. Vuelves a mi casa, no después de recorrer vanamente el estadio, sino después de matar a nuestro enemigo Egisto, asesino de tu padre y del mío. Y tú, Pílades, educado por un varón muy piadoso,[210] que estás a su lado, toma de mi mano otra corona, que te expusiste a iguales peligros. Siempre desearé vuestra dicha.
ORESTES
A los dioses solo, ¡oh Electra!, la debemos; después puedes alabarme, que solo soy instrumento suyo y de la Fortuna. No me jacto vanamente de haber dado muerte a Egisto, y para que nadie lo dude te traigo su cadáver, ya por si quieres echarlo a las fieras que lo despedacen, o suspenderlo de un poste y ofrecer sus restos a las aves hijas del Éter. El que antes se llamaba tu señor es ahora tu siervo.
ELECTRA
De buena gana diría, a no ser por vergüenza...
ORESTES
¿Qué? Habla, ya no tendrás miedo.
ELECTRA
De que me aborrezcan si insulto a los muertos.
ORESTES
No hay quien lo reprenda.
ELECTRA
Nuestra ciudad es descontentadiza e inclinada a la maledicencia.
ORESTES
Di cuanto quieras, hermana; odio inextinguible profesamos siempre a Egisto.
ELECTRA
Sea, pues:[211] ¿cuál será mi primera injuria? ¿Cuáles otras le seguirán? Jamás, al levantarme, dejaba de pensar en lo que te diría al verte, si alguna vez no embargaba el temor mi lengua. Ya llegó ese día, y ahora, ¡oh Egisto!, me oirás como si vivieras. Tú me perdiste, huérfana de mi caro padre; también a este, no provocado por agravio alguno; sedujiste a mi madre, y sin haber peleado contra los frigios mataste al general de los griegos. Tan lejos fue tu locura que creíste que no te sería infiel mi madre, con la cual te casaste, profanando el lecho de mi padre. Sepa, pues, todo el que corrompa a mujer ajena, que si después se ve obligado a tomarla por esposa, será infeliz si piensa que guarda para él solo el pudor que antes no tuvo. Desgraciada era tu suerte, aunque no lo creyeras así: no ignorabas que habías contraído un himeneo impío, ni mi madre que impío era también su esposo. Como los dos erais malvados, participasteis ambos de vuestras respectivas desdichas: tú de la suya, ella de la tuya. Todos los argivos decían a una: «Aquel es el esposo de esta mujer; esta mujer no es esposa de este hombre». Y era vergonzoso que una mujer estuviese al frente de un palacio, no un hombre, y yo aborrezco los hijos que en la ciudad llevan, no el nombre de su padre, sino solo el de su madre. Si alguno se casa con esposa más ilustre que él, nadie se acuerda del esposo y todos de la mujer. Te engañaste muy mucho y diste pruebas de ignorante si pensabas que eras algo porque tenías riquezas, que nada son y se disfrutan poco tiempo. Duradero es el ingenio, no ellas; mientras que poseyéndolo vencemos a los males, la opulencia es injusta y vive con los malvados, y vuela fácilmente y efímera es su flor. Callo lo que has hecho con las mujeres (que una virgen no debe decirlo); pero lo indicaré con reserva, para que se entienda: tu conducta era insolente, porque morabas en un palacio y eras hermoso. Que un marido tenga corazón varonil, no rostro virginal. Buenos son los mismos hijos de Ares, no los hombros bellos, gala de los coros. Muere, pues, necio como pocos; nunca sospechaste que pagarías la pena merecida. Ninguno me diga que por haber dado con felicidad el primer paso en la carrera ha vencido, mientras no llegue a la meta y alcance el término de la vida. (_Dale con el pie_).
EL CORO
Cometió atentados horribles, y horriblemente os vengasteis tú y tu hermano. ¡Grande es el poder de la justicia!
ORESTES
Ea, servidores, llevaos ese cadáver y ocultadlo en las tinieblas, para que no lo vea mi madre antes de morir. (_Llévanse el cadáver_).
ELECTRA
Calla; hablemos de otra cosa.
ORESTES
¿Qué hay, pues? ¿Vienen a socorrerlo de Micenas?
ELECTRA
No; es la madre que me dio a luz.
ORESTES
A tiempo viene a caer en la red.
ELECTRA
Soberbia se presenta con su carro y con su estola.
ORESTES
¿Qué hacemos? ¿Matamos a nuestra madre?
ELECTRA
¿Sientes compasión al verla?[212]
ORESTES
¡Ay de mí! ¡Cómo he de matar a la que me alimentó y me dio a luz!
ELECTRA
Como ella mató a tu padre y al mío.
ORESTES
¡Oh Febo, seguramente es insensato tu oráculo!
ELECTRA
Si es Apolo necio, ¿quiénes serán los sabios?
ORESTES
Cualquiera que me aconseje matar a mi madre, lo cual no es lícito.
ELECTRA
¿Pero qué mal te aguarda vengando a tu padre?
ORESTES
Tendré que huir, reo de parricidio, cuando antes era inocente.
ELECTRA
Y si no vengas a tu padre serás impío.
ORESTES
Yo expiaré el asesinato de mi madre.
ELECTRA
¿Y no serás castigado si no vengas a tu padre?
ORESTES
¿Si el oráculo será obra de algún mal genio, no del dios?
ELECTRA
¿Sentándose en el sagrado trípode? No lo creo.
ORESTES
Ni yo que es piadoso ese oráculo.
ELECTRA
No te desalientes y pierdas el ánimo.
ORESTES
¿La mataré también dolosamente?
ELECTRA
Como a Egisto, su esposo.
ORESTES
Entraré; cruel es esta lucha y cruel será mi acción. Si los dioses lo quieren, así sea; combate es este para mí dulce y amargo a un tiempo.
EL CORO
Viva la hija de Tindáreo, reina de la tierra argiva, hermana de los fuertes hijos de Zeus[213] que moran entre los astros del ardiente éter y socorren a los mortales afligidos en medio de los mares. Salve: venérote como a los bienaventurados, que grandes son tus riquezas y tu dicha; tiempo es ya, ¡oh reina!, de rendir homenaje a la fortuna.
CLITEMNESTRA
Bajad del carro, troyanas, y dadme la mano para ayudarme a salir. Adornados están los templos de los dioses con los despojos frigios, aunque en mi palacio posea, en vez de la hija que perdí,[214] estas esclavas escogidas de la tierra de Troya, don exiguo, pero grato.
ELECTRA
¿No me será lícito, ¡oh madre!, a mí, esclava arrojada del hogar paterno, que habito en pobre casa, tocar tu bienaventurada mano?
CLITEMNESTRA
Para eso sirven estas esclavas; no me atormentes.
ELECTRA
¿Por qué no? Como a cautiva me lanzaste del hogar paterno; sin él, cautiva soy también como estas, huérfanas de padre, abandonadas.
CLITEMNESTRA
Así pensaba también tu padre de amigos que no lo merecían. Me explicaré, sin embargo, aunque se crea, y a mi parecer sin razón, que es interesado el lenguaje de una mujer de mala fama.[215] Si después de oírme estima alguno que debe odiarme, hágalo en buen hora; si no, ¿por qué aborrecerme? Tindáreo me dio a tu padre, no para que me matase ni tampoco a mis hijos, y Agamenón, al dejar su palacio, arrastró a Ifigenia a Áulide, en donde estaban detenidas las naves, pretextando que la casaría con Aquiles; y allí, llevándola a la pira, manchó con sangre sus blancas mejillas. Y esto podría perdonarse si lo hubiera hecho por librar de asedio a Argos o por salvar a su familia y los demás hijos, perdiendo uno por todos; pero no arrancármela por recobrar a la libidinosa Helena y porque su esposo no pudo refrenarla. Esto solo, a pesar de ser injusto, no me habría precipitado a asesinarlo; pero volvió en compañía de una bacante de inspirado estro,[216] y compartió con ella su lecho y quiso tener a un tiempo dos esposas en un mismo palacio. No diré que las mujeres no sean deshonestas; pero aun siendo cierto, si el esposo peca y rechaza sus abrazos, ella quiere imitarlo y buscar otro amante. ¡Y para nosotras es ignominioso, y si los hombres lo hacen nadie se admira! Si hubiesen robado a Menelao, ¿debía yo sacrificar a Orestes por salvar al esposo de mi hermana? ¿Y el que mató a mi hija no debía morir y yo sí? Yo lo maté; yo le salí al encuentro, y fueron mis cómplices sus enemigos; si no, ¿qué amiga hubiese osado ayudarme a perpetrar ese crimen? Di lo que quieras con toda libertad, y prueba que tu padre no sufrió el castigo merecido.
ELECTRA
Defendiste tu causa, pero es injusta. Conviene a la mujer prudente ceder siempre a su esposo; de la que así no piense, ni aun hablar quiero. Acuérdate, ¡oh madre!, de tus últimas palabras concediéndome completa libertad de replicarte.
CLITEMNESTRA
Lo mismo repito ahora, y no me vuelvo atrás de lo dicho.
ELECTRA
Y después de oírme, ¿no me harás ningún mal, madre?
CLITEMNESTRA
De ningún modo, y seré contigo indulgente.
ELECTRA
Sea así, pues, y este será mi exordio.[217] ¡Ojalá, ¡oh madre!, tuvieses mejores pensamientos, porque es grande tu hermosura y la de tu hermana Helena!; pero sois dos hermanas igualmente frívolas e indignas de Cástor. La una consintió en su rapto y tú perdiste al más ilustre de los griegos, pretextando que le dabas muerte por haber degollado a tu hija, pues no todos saben como yo la verdad del caso, y que tú, antes de cerciorarte de ello y a poco de separarte de tu esposo, peinabas al espejo los rubios rizos de tu cabellera. Pero la mujer que, ausente de su esposo, se adorna para agradar, merece vituperio; nunca sale de su casa sino en demanda de traiciones. Tú fuiste la única griega que se alegraba de los triunfos de los troyanos, nublándose tus ojos cuando sucumbían, y deseando que Agamenón no volviese de Troya. Y justo motivo tenías para ser casta, pues en nada le aventaja Egisto, y los griegos le eligieron general; y por lo mismo que tu hermana Helena había cometido tales maldades más gloria reportarías, porque los delitos ajenos ofrecen a los justos útil enseñanza. Pero aun suponiendo, como dices, que mi padre matase a tu hija, yo y mi hermano, ¿qué daño te hemos hecho? ¿Por qué, después de muerto tu esposo, no nos llevaste al palacio paterno en vez de traer a él otro lecho, y das una corona en precio de su crimen, ni destierras a tu esposo en vez de a tu hijo, ni por vengarme lo asesinas, cuando él en vida me ha hecho perecer, no una, como mi padre a mi hermana, sino dos veces? No hay duda que si un asesinato se venga con otro, yo y tu hijo Orestes vengaremos en ti el de nuestro padre. Si su muerte fue justa, lo será también la tuya. Todo el que se casa con una mujer malvada solo por sus riquezas o ilustre linaje, es un necio; que un himeneo modesto y casto es la bendición de una familia.[218]
EL CORO
La fortuna juega un gran papel en los casamientos de las mujeres, y hace la felicidad o la desdicha de los mortales.
CLITEMNESTRA
Obedeces, ¡oh hija!, a la ley natural amando al que te engendró. También sucede que unos hijos quieren solo a sus padres, y otros prefieren a la madre. Te perdono, porque no siempre, ¡oh hija!, me alegran mis recuerdos. ¿Pero así estás sin purificarte, y mal abrigada, y recién parida, sin embargo? ¡Oh, cuán desgraciada soy, solo por mi causa, excitando las iras de mi esposo más de lo justo!
ELECTRA
Tarde gimes, cuando no puedes remediarlo. Mi padre ha muerto; ¿cómo no llamas a tu hijo, que anda errante lejos de su patria?
CLITEMNESTRA
Tengo miedo; así me lo aconseja mi interés, no el suyo, porque, según dicen, se enfurece al recordar el asesinato de Agamenón.
ELECTRA
¿Y por qué nos trata tu esposo con tanto rigor?
CLITEMNESTRA
Tal es su carácter, pero no mejor el tuyo.
ELECTRA
Lo siento, aunque no me indigno.
CLITEMNESTRA
Ya no te hará ningún daño.
ELECTRA
Se llena de orgullo porque habita en mi palacio.
CLITEMNESTRA
¿Lo ves? ¿Promueves nuevas disputas?
ELECTRA
Me callo: le temo, y yo me entiendo.[219]
CLITEMNESTRA
No hables más de esto. ¿Para qué me llamabas, hija?
ELECTRA
Según creo, tienes ya noticia de mi parto; sacrifica en mi nombre, porque yo ignoro la costumbre observada cuando tiene el niño diez días, y no es extraño, por ser el primero.
CLITEMNESTRA
Eso corresponde a la que te asistió en el parto.
ELECTRA
Nadie me ayudó, y sola di a luz un hijo.
CLITEMNESTRA
¿No tenéis ningún amigo?
ELECTRA
Nadie codicia pobres amistades.
CLITEMNESTRA
Iré, pues, para sacrificar a los dioses, ya que el niño tiene el tiempo debido;[220] pero así que recibas esta gracia volveré al campo, en donde mi esposo sacrifica a las ninfas. Vosotros, servidores, llevad a los pesebres los caballos uncidos a la lanza, y regresad cuando calculéis que he concluido el sacrificio, pues también debo complacer a mi esposo. (_Entra en la casa_).
ELECTRA
Entra en mi pobre casa; cuida de que su ennegrecido techo no deslustre tu peplo; sacrificarás como conviene a los dioses. Pronto está el cesto para los sagrados auspicios, y aguzado el cuchillo que dio muerte al toro, junto al cual caerás tú misma herida; en el palacio de Hades te casarás también con quien dormías en el imperio del Sol: tan grande será la gracia que te dispense en pago de la pena que debes a mi padre. (_Entra tras ella_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Una cadena terrible forman los males, y vientos varios agitan a las familias. Mi príncipe, sí, mi príncipe sucumbió en otro tiempo en el baño, y resonó el pavimento, y resonaron las almenas de piedra del palacio mientras él exclamaba: «¡Oh mujer criminal!, ¿por qué me matas cuando vuelvo a mi patria amada después de diez sementeras?».
_Antístrofa 1.ª_ — Pero sonó la hora de la venganza para esta infame, que profanó el lecho nupcial y mató con sus propias manos a su esposo desdichado, que regresaba tarde a su patria, a los muros de los cíclopes, que se elevan en los aires, blandiendo ella misma el puñal afilado. ¡Oh mísero esposo, qué ofensa tan grande te hizo esta furia ensañándose criminal en ti, como salvaje leona que mora en las espesuras de los montes!
CLITEMNESTRA (_dentro_).
¡Por los dioses, hijos, no matéis a vuestra madre!
EL CORO
¿Oyes una voz bajo el techo?
CLITEMNESTRA
¡Ay de mí! ¡Ay de mí!
EL CORO
Deploro que sucumba a manos de sus hijos. La justicia divina ejerce su ministerio cuando la ocasión se presenta. Adversa es tu suerte, ¡oh desgraciada!, pero impíos fueron también tus hechos.
Vedlos, vedlos aquí manchados con la sangre de su madre, que salen de la casa, señal manifiesta de la victoria, como los lamentos que oímos antes. Nunca hubo palacio más funesto que el habitado por los hijos de Tántalo. (_Al salir Electra y Orestes ábrense las puertas, y se ven los dos cadáveres de Clitemnestra y Egisto_).
ORESTES[221]
_Estrofa 2.ª_ — Ensalcemos a la Tierra y a Zeus, que ve cuanto hacen los mortales; contemplad, ¡oh dioses!, estos crímenes sangrientos y nefandos; dos cuerpos tendidos en tierra al golpe de mi mano, único remedio a mis desdichas.
ELECTRA
Lamentables son en verdad, ¡oh hermano!; autora soy también de ellos. Con furor me he ensañado en esta madre que me dio a luz.
ORESTES
¡Oh madre infortunada y criminal que me diste la vida! ¡Oh calamidad, oh calamidad, obra voluntaria de tus propios hijos! Sin embargo, has expiado el asesinato de mi padre.
_Antístrofa 2.ª_ — Me instigaste, ¡oh Febo!, a cumplir esta venganza, y cometiste horrible y manifiesto delito, y desataste funesto himeneo en la tierra helénica. ¿A qué ciudad iré? ¿Qué hombre piadoso me dará hospitalidad y mirará tranquilo el rostro del matador de su madre?
ELECTRA
¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Y yo, ¿adónde iré? ¿Qué coro podré formar? ¿Quién me querrá por esposa? ¿Qué hombre querrá recibirme en su lecho conyugal?
ORESTES
Como el viento, sí, como el viento has cambiado; ahora piensas piadosamente, antes no, y excitaste a tu hermano, ¡oh hermana amada!, a cometer terribles atentados que no aprobaba. ¿No viste cómo la desdichada se despojó de su manto, me presentó su pecho para que lo hiriera, ¡ay de mí, ay de mí!, y, enterneciéndome, arrastró por tierra el cuerpo que me engendrara?
ELECTRA
Sé que vacilaste al oír el flébil clamor de la madre que te dio a luz.
ORESTES
Así habló, tocando mi barba: «¡Oh hijo mío, por los dioses te lo pido!». ¡Y besaba mis mejillas, y se me cayó el arma de las manos!
EL CORO
¿Cómo te has atrevido, ¡oh desgraciada!, a presenciar el asesinato de tu madre?
ORESTES
Yo la maté ocultando mi rostro con el palio y atravesando su cuello con mi espada.
ELECTRA
Pero yo te animé y esgrimí también el acero.[222]
ORESTES
Envuelve en el manto a tu madre, quítala de nuestra vista, lava sus heridas. (_Dirigiéndose al cadáver de Clitemnestra_). ¡Oh madre de tus asesinos!
ELECTRA (_mientras cubre el cadáver_).
He aquí cómo amigas y enemigas te ocultamos bajo nuestros vestidos, última víctima de nuestra familia.
EL CORO
Mirad cómo aparecen ciertos seres sobrenaturales sobre lo alto de la casa; quizá sean algunos dioses, porque así no vienen los mortales. ¿Por qué se presentan de este modo a los hombres?
LOS DIOSCUROS (_habla Cástor_).