Part 19
¡Oh hija, qué inconstante es cierta deidad, y cómo se burla de nuestros cálculos! Cambia fácilmente, y se inclina a un lado o a otro; hace a este desgraciado, y el otro, libre en un principio de infortunios, perece después de muerte desastrosa; caprichosa es siempre para distribuir sus dones. Graves penas habéis sufrido: tú a causa de los deshonrosos rumores que acerca de ti corrieron; él arrastrado por sus bélicas inclinaciones. Y cuando más se afanaba no adelantó nada, y ahora la más feliz casualidad le ofrece gratísimo presente. No llenaste de oprobio a tu anciano padre y a los hijos de Zeus, ni hiciste lo que dijeron. Ahora recuerdo tus bodas, y las antorchas que yo llevaba junto a tu carro de cuatro caballos, cuando en compañía de tu esposo dejabas tu palacio paterno. Malo es, sin duda, el que no se interesa por la suerte de sus amos, y ni se alegra cuando son dichosos, ni llora en sus adversidades. Yo, aunque nací esclavo, cuéntome, no obstante, entre los siervos nobles, y aunque no puedo llamarme libre, lo soy por mis pensamientos. Más vale esto que en un solo hombre se junten dos males: un corazón dañado y la esclavitud que lo sujeta a sus semejantes.
MENELAO
Anciano, que soportaste conmigo en la guerra innumerables trabajos, ahora, partícipe de mi felicidad, ve y anuncia a mis compañeros lo sucedido, y cuéntales mi próspera fortuna, y diles que permanezcan en la costa y aguarden el resultado de la lucha que, según creo, me espera; quizá nos llevemos de aquí a Helena si me ayudan, y aprovechando la ocasión, dejaremos incólumes este país bárbaro.
EL MENSAJERO
Así se hará, ¡oh rey! Ahora comprendo cuán perjudiciales son los adivinos y cuán falsas sus profecías. No nos revelan lo futuro ni las llamas ni el canto de las aves; pura necedad de los mortales es la creencia en tales auspicios. Nada dijo Calcas,[343] nada anunció al ejército, como lo hubiera hecho si supiera que sus amigos morían por una nube, ni tampoco Heleno,[344] y Troya fue saqueada inútilmente. Dirás acaso que Dios no lo permitió. Pero entonces, ¿a qué consultar a los adivinos? Al sacrificar a los dioses, pidámosles lo que nos convenga, y dejémonos de oráculos, que son artificios y vanas invenciones, y nadie sin trabajar se ha enriquecido, examinando solo las llamas. La prudencia y la sensatez son los mejores adivinos.[345]
EL CORO
Lo mismo que este anciano pienso yo de los adivinos; los dioses nos sean propicios, y tendremos a nuestro favor la mejor de las profecías.
HELENA
Sea, pues, enhorabuena, que hasta aquí todo va bien. Pero nada se pierde en saber cómo has venido en salvo desde Troya, y es natural que deseemos conocer las desdichas de nuestros amigos.
MENELAO
Con una sola pregunta, y de una sola vez, quieres que te conteste a tantas cosas. ¿A qué te he de contar las calamidades que sufrí en el mar Egeo[346] y hablarte de hogueras de Nauplio,[347] en la Eubea, de Creta[348] y de las ciudades de la Libia que he cruzado, y de las grutas de Perseo?[349] Mis palabras no te satisfarían; al referirte mis trabajos los recordaría con pesar, y ahora, después de pasados, siento natural fatiga, y sin fruto alguno me afligirían dos motivos de tristeza.
HELENA
Preferible es tu respuesta a mi pregunta. Dime tan solo, dejando lo demás, cuánto tiempo has andado errante por los mares.
MENELAO
Además de los diez años que estuve en Troya, han pasado después otros siete.
HELENA
¡Ay dioses! Largo tiempo es, ¡oh desventurado! Y allí te salvaste, y ahora vienes a morir.
MENELAO
¿Qué es eso? ¿Qué dices? ¡Tú me has perdido, mujer!
HELENA
Te dará muerte el dueño de este palacio.
MENELAO
¿Pues qué delito he cometido para merecerla?
HELENA
Has venido a contrariar sus deseos y a impedir mi enlace.
MENELAO
¿Pues quién desea contraerlo con mi mujer?
HELENA
Y afligirme con nueva afrenta.
MENELAO
¿Algún particular poderoso, o el soberano de este país?
HELENA
El hijo de Proteo, que aquí reina.
MENELAO
Vamos, ya comprendo el enigma de aquella esclava.[350]
HELENA
¿A qué puerta bárbara te acercaste?
MENELAO
A esta, y de ella me rechazaron como a un pordiosero.
HELENA
¿Pedías acaso que socorriesen tu necesidad? ¡Oh desventurada de mí!
MENELAO
Así era, en efecto; pero sin llevar ese nombre de mendigo.
HELENA
¿Luego, según parece, sabes cuanto ocurre acerca de mi himeneo?
MENELAO
Lo sé; pero ignoro si has procurado evitarlo.
HELENA
No dudes que mi tálamo te aguarda intacto.
MENELAO
¿Cómo lo probarás? Grato es lo que dices, siendo cierto.
HELENA
¿Ves mi asilo, cerca de este sepulcro?
MENELAO
Veo, desventurada, este lecho en tierra; pero ¿qué tiene de común contigo?
HELENA
Aquí venía yo suplicante a pedir que el cielo me librase de esas nupcias.
MENELAO
¿Sin haber ara en él?[351] ¿Es esa la costumbre de los bárbaros?
HELENA
Este sepulcro nos protege, como si fuese un templo de los dioses.
MENELAO
¿Y no podré llevarte a mi patria?
HELENA
En vez de un lecho, te espera homicida cuchilla.
MENELAO
Soy, pues, el mortal más desdichado.
HELENA
No te desanimes, sino huye de esta tierra.
MENELAO
¿Abandonándote? Por ti derribé a Troya.
HELENA
Más te conviene huir que perder la vida por ser mi esposo.
MENELAO
Como cobarde me aconsejas lo que es indigno del destructor de Ilión.
HELENA
No puedes matar al rey, como quizá deseas.
MENELAO
¿Es acaso su cuerpo invulnerable al hierro?
HELENA
Lo sabrás. Acometer imposibles no es de hombre prudente.
MENELAO
¿Entregaré callado mis manos a las esposas que han de sujetarlas?
HELENA
Ahora no sabes qué hacer. Es preciso inventar algún artificio.
MENELAO
Es más glorioso morir después de ejecutar alguna hazaña, que sin hacer nada.
HELENA
Una sola esperanza hay de salvarnos.
MENELAO
¿Recurriendo al soborno, a la audacia, o a la persuasión?
HELENA
Si el rey ignora que has venido...
MENELAO
¿Quién me ha de descubrir? Seguramente no sabrá quién soy.
HELENA
Allá dentro le auxilia alguna semejante a los dioses.
MENELAO
¿Algún oráculo?
HELENA
No, una hermana; llámanla Teónoe.
MENELAO
Fatídico es el nombre;[352] pero dime, ¿qué he de hacer?
HELENA
Todo lo sabe, y revelará a su hermano tu llegada.
MENELAO
Moriremos, porque no es posible ocultarme.
HELENA
A no ser que a fuerza de súplicas logremos persuadirla...
MENELAO
¿Qué? ¿Qué esperanza me dejas entrever?
HELENA
Que nada anuncie a su hermano de lo ocurrido.
MENELAO
Y si la persuadiéramos, ¿podríamos dejar este país?
HELENA
Fácilmente, si ella nos ayuda, pues ocultárselo es imposible.
MENELAO
A ti te toca esto, porque las mujeres se avienen bien unas con otras.
HELENA
No dejaré, sin duda, de abrazar sus rodillas.
MENELAO
¿Y si no aprueba nuestro proyecto?
HELENA
Tú morirás, y yo, desdichada, me casaré con él a la fuerza.
MENELAO
Tú me vendes; esa violencia es un pretexto.
HELENA
Lo juro por tu cabeza: el más santo juramento.
MENELAO
¿Qué dices? ¿Que morirás tú y no contraerás nuevas nupcias?
HELENA
A ambos nos matará la misma cuchilla, y después yaceré a tu lado.
MENELAO
Toca entonces mi diestra.
HELENA
Tócola, pues, y te juro que, muerto, dejaré también la luz.
MENELAO
Y yo, sin ti, acabaré mi vida.
HELENA
¿Y cómo moriremos gloriosa muerte?
MENELAO
Después de inmolarte en este sepulcro, me suicidaré. Mas primeramente acometeremos por tu posesión peligrosa lucha. Acérquese quienquiera, no ajaré la gloria ganada en Troya, ni volveré a la Grecia para servir de mofa, ya que Tetis perdió por mi causa su hijo Aquiles, y presencié la muerte de Áyax Telamonio, y vi sin hijo al que engendró Neleo.[353] Después de esto, ¿no osaré morir por mi esposa? Sí, sin duda, porque si son sabios los dioses, cubrirán de leve tierra el sepulcro del varón esforzado que muera a manos de sus enemigos, pues en el duro suelo echan sobre los cobardes pesada carga.
EL CORO
¡Oh dioses, que alguna vez sea afortunado el linaje Tantáleo, y se vea libre de males!
HELENA
¡Desventurada de mí! ¡Funesta es mi suerte, oh Menelao! Todo se acabó para nosotros. Del palacio sale la fatídica Teónoe. La puerta suena, las barras crujen; huye. Pero ¿a qué huir? Ya esté ausente, ya presente, sabe que has llegado. ¡Oh infeliz de mí, cuán cierta es mi muerte! Lejos ya de Troya y de los bárbaros, por segunda vez te amenazan bárbaras espadas.
TEÓNOE (_que sale del palacio, precedida de dos esclavas con antorchas_).
Precédeme tú, llevando la brillante luz de las antorchas, y purifica con azufre el aire, como manda la religión, para que aspiremos las auras puras del cielo.[354] Que la llama lustral alumbre el sendero, por si alguno lo ha hollado, profanándolo con su pie impío, y sacude la antorcha ardiente antes que yo pase; y observando el rito que me han enseñado los dioses, llevad otra vez el fuego al hogar doméstico. (_Volviéndose hacia Helena_). ¿Qué hay, Helena? ¿Qué dices de mis vaticinios? Vino al fin tu esposo Menelao: este es, sin sus naves y sin tu imagen. (_A Menelao_). ¡Oh desventurado!, de cuántos trabajos te libra tu venida, y no sabes si volverás a tu patria o si te quedarás aquí; causa de discordia eres entre los dioses, y hoy mismo, en presencia de Zeus, celebrarán consejo para decidir de tu suerte. Hera, hasta ahora tu enemiga, te ama ya, y quiere que vuelvas a Esparta con Helena, para que sepa la Grecia que fueron falsas las nupcias de Alejandro, don de Afrodita. Esta diosa se opone a vuestro regreso, temiendo duras reconvenciones, no se crea que ganó la palma de la belleza por la promesa que hizo a Paris de casarlo con Helena.[355] En mi mano está la postrera resolución de este asunto, ya perdiéndote, como Afrodita desea, si digo a mi hermano que estás aquí, ya salvándote la vida, si me inclino al parecer de Hera y lo oculto a mi hermano, que me ordenó participarle tu venida. ¿Quién irá a anunciarle a Teoclímeno que está aquí Menelao, para librarme de responsabilidad?
HELENA
¡Oh virgen!, suplicante caigo a tus rodillas, y en tan humilde postura permaneceré impetrando tu gracia en nuestro favor, puesto que apenas encuentro a mi esposo cuando lo veo en peligro de muerte; no reveles a Teoclímeno su llegada a mis brazos, que tanto le aman; sálvalo, que te lo pido suplicante; por tu hermano no faltes a tu piedad, conciliándote su amor mala e injustamente. Dios odia la violencia, y nos manda que conservemos cuanto nos pertenezca, prohibiéndote el empleo de la fuerza. De todos los hombres es la tierra y el cielo, y conviene que los poderosos no se apropien lo ajeno, ni tampoco lo arrebaten. Hermes, por orden divina, pero con harta desdicha mía, me confió a tu padre, encargándole que me guardase para este esposo que ha venido ahora, ávido de recobrarme. ¿Cómo podrá lograrlo si muere? ¿Cómo me entregará viva al que no existe? Piensa, pues, en lo que debes al divino numen y a la religiosa memoria de tu padre, y si Hermes y él han de devolver o no ajeno depósito. Yo, en verdad, creo que sí. No ha de ser preferido tu hermano inicuo a tu honrado padre. Porque siendo tú profetisa, y creyendo en los dioses, te olvidas de la gloriosa justicia de tu padre por congraciarte con tu injusto hermano. Te deshonrarás si conociendo todas las cosas divinas, y cuánto es y no es, ignoras lo que es justo. Líbrame, pues, de los malos que me afligen, compadeciéndote de mi desdicha; no hay mortal que no aborrezca a Helena, a la que en Grecia fue infiel a su marido y habitó después en el opulento palacio de los frigios. Si vuelvo a mi patria y otra vez entro en Esparta y saben que han sido víctimas de los artificios de las diosas,[356] y que yo no falté a mis amigos, me devolverán mi honesta fama, casaré a mi hija, virgen ahora, y tranquila y dichosa gozaré de mis riquezas. Si Menelao hubiese muerto y el fuego de la pira lo consumiera, ausente y separada de él siempre lo lloraría; pero ¿me lo arrebatarán ahora, vivo y en salvo? Que no sea así, ¡oh virgen!, yo te lo ruego; de todo corazón te suplico que me concedas esta gracia, y que imites al piadoso Proteo: es en los hijos la mayor gloria, si nacieron de padres buenos, imitar las costumbres de los autores de sus días.
EL CORO
Digna eres tú de lástima, y a compasión mueven tus palabras; pero deseo oír a Menelao defendiendo su vida.
MENELAO
No me es posible caer a tus rodillas, ni humedecer con lágrimas mis párpados; disminuiría muy mucho la gloria que gané en Troya, si mostrase timidez, aunque, según dicen, es de nobles corazones llorar en la adversidad. Pero nunca lo haré, decoroso y todo como es, en desdoro de mi fortaleza. Pero si te place libertar a un extranjero que con derecho quiere recuperar a su esposa, devuélvemela y sálvame además; si así no piensas, por grande que sea mi desdicha presente, igual a las pasadas, tú parecerás siempre mujer injusta. Diré, pues, a este monumento lo que es digno de mí, lo que creo justo y lo que tocará tu corazón, recurriendo a tu padre: «¡Oh anciano!, que habitas en este sepulcro de dura piedra, dame mi esposa, que yo te la pido, la que te entregó Zeus en depósito, para que me la guardases. Sé que, muerto, no me la devolverás jamás; pero tu hija no sufrirá que se invoque vanamente a su padre, que yace bajo la tierra, y que se aje su fama, en vida tan gloriosa; en su mano está el hacerlo. ¡Oh infernal Hades!, también imploro tu auxilio, ya que por causa de Helena recibiste a tantos en tu reino que murieron al filo de mi espada, y fueron tu recompensa: o restitúyelos la vida, u obliga a Teónoe a devolverme mi esposa, si su poder no ha de superar al de su piadoso padre». Si me arrebatáis a Helena, os expondré las razones que ha callado ella. Un juramento me obliga, ¡oh virgen!, a pelear primero con tu hermano, y él o yo hemos de morir; nada hay más sencillo. Y si no nos encontramos uno frente a otro, y el hambre nos sitia, mientras yacemos suplicantes en este túmulo, he resuelto matar a esta y hundir después mi espada de dos filos en mis entrañas, para que corra dentro la sangre y ambos muramos sobre sus pulimentadas piedras, que serán testimonio de perpetuo dolor para ti y de la deshonra de tu padre. Ni tu hermano ni otro alguno se casará nunca con ella, que yo me la llevaré, ya que no a mi patria, al menos a los infiernos. Pero ¿por qué digo esto? Si femenil molicie me hiciera derramar lágrimas, sería más digno de lástima que haciendo alarde de mi entereza. Mata, pues, si lo deseas, que no será sin gloria mía; o, más bien, sigue mi consejo, para que seas justa, y yo recibiré a mi esposa.[357]
EL CORO
En tu mano está, ¡oh doncella!, decidir esta contienda. Falla, pues, y contenta a todos.
TEÓNOE
Amo la piedad por natural inclinación, no por la fuerza, y no me olvido de mí misma, y no mancharé la gloria de mi padre ni obtendré el favor de mi hermano llenándome de ignominia. Por naturaleza tributo a la justicia el más respetuoso culto, y ya que heredé de Nereo don inestimable,[358] intentaré salvar a Menelao. Hera desea favorecerte, y yo seguiré su dictamen; séame propicia Ciprina, aunque nunca me ha servido, pues quiero permanecer siempre virgen. Respecto a la invocación que hiciste a este sepulcro de mi padre, pienso como tú; obraré injustamente si no te la devuelvo, que él, si viviera, te la entregaría para que la poseyeses, porque en el infierno y en el cielo hay una justicia que venga las maldades de todos los hombres. El alma de los que mueren, propiamente no vive si no siente su inmortalidad cuando camina en alas del sempiterno Éter.[359] Para acabar en pocas palabras, accederé a tu súplica, guardando silencio, y no ayudaré a mi hermano en su necio empeño. Aunque no lo parezca, es un verdadero beneficio borrar su impiedad y traerlo al buen sendero. Buscad, pues, vosotros el medio de resolver estas dificultades; yo me retiro, y os prometo callarme. Pero comenzad vuestra obra suplicando a los dioses, y especialmente a Afrodita, que os deje volver a vuestra patria, y rogad a Hera que persista en su propósito de salvaros. A ti, ¡oh mi difunto padre!, jamás llamarán impío habiendo sido piadoso. (_Entra en el palacio_).
EL CORO
Nunca fue el injusto afortunado; solo en la justicia hay esperanza de salud.
HELENA
Nos salvamos en cuanto depende de esta virgen. Menester es ahora que veamos el medio de librarnos de estos males.
MENELAO
Oye, pues, tú que has estado largo tiempo en este palacio y has vivido con los servidores del rey.
HELENA
¿Por qué lo dices? Me infundes alguna esperanza que podrás hacer algo en nuestro provecho.
MENELAO
¿Podrías persuadir a alguno de los que tienen cuadrigas que nos diese una?
HELENA
Sí. Pero ¿cómo hemos de huir no conociendo estos campos y tierras bárbaras?
MENELAO
¿Dices que es imposible? ¿Y si ocultándome en el palacio mato al rey con esta cuchilla de dos filos?
HELENA
No lo sufriría su hermana, ni se callaría tampoco, sabiendo que intentabas matarlo.
MENELAO
Ni aun nave tenemos en donde huir, en el mar está la única que poseíamos.
HELENA
Óyeme, si es que la mujer puede hablar con prudencia.[360] ¿Quieres fingirte muerto?
MENELAO
De mal agüero es eso; pero si hemos de ganar algo, preparado estoy a morir de esa manera, no en realidad.
HELENA
Y yo golpearé mis mejillas delante de ese rey impío, y cortaré mis cabellos y me lamentaré amargamente.
MENELAO
¿Y de que nos servirá? Algo callas.
HELENA
Pediré licencia al tirano para ocultarte en un cenotafio, como si hubieses muerto en la mar.
MENELAO
Supongamos que la concede. ¿Cómo nos escaparemos sin nave, si depositas mi cuerpo en un cenotafio?
HELENA
Le rogaré que me conceda una, en la cual llevaremos tus fúnebres galas para lanzarlas a las olas del mar.
MENELAO
¡Qué bien me parece! El único inconveniente que se me ocurre, es que si manda que me sepultes en tierra es inútil tu invención.
HELENA
Pero diremos que en Grecia no es costumbre sepultar en la tierra a los que perecieron en la mar.
MENELAO
También apruebo esto. ¿Y yo navegaré contigo, y en la misma nave irán mis fúnebres galas para arrojarlas a la mar?
HELENA
Es necesario que subas en ella[361] cuanto antes con tus compañeros de navegación que se libraron del naufragio.
MENELAO
Y cuando me embarque, echada el áncora, cada griego, armado de su espada, podrá atacar a nuestros enemigos.
HELENA
A ti te toca esto: que los vientos nos sean después favorables para llenar nuestras velas y dirigir nuestro rumbo.
MENELAO
Basta ya; los dioses pondrán término a mis sufrimientos. Pero ¿cómo dirás que supiste mi muerte?
HELENA
Diré que de ti la supe; tú fingirás que eres el único que se ha salvado cuando navegabas con el hijo de Atreo, y que lo viste morir.
MENELAO
Y al contemplar estos harapos que cubren mi cuerpo, restos del naufragio, quedará más convencido.
HELENA
A propósito vinieron; lástima ha sido que se perdieran tus vestidos; pero acaso este mal redundará en beneficio nuestro.
MENELAO
¿He de entrar contigo en el palacio, o permaneceremos en este sepulcro?
HELENA
Quédate aquí, porque si emplea contra ti la fuerza, este sepulcro y tu espada podrán defenderte. Yo entraré en el palacio, y cortaré antes mis cabellos, y en vez de vestidos blancos me los pondré negros, y con mis manos llenaré de sangre mis mejillas. Grande es el peligro, y resultará una de dos cosas: o moriré si descubren nuestro artificio, o volveré a mi patria, salvándote. ¡Oh Hera veneranda! que yaces en el lecho de Zeus, protege a dos desdichados que te lo ruegan tendiendo sus brazos al cielo, en donde habitas entre sus espléndidos astros. Y tú, Afrodita, que obtuviste la palma de la belleza al precio de mis nupcias, no me pierdas. Bastante daño me has hecho ya, dando a los bárbaros mi nombre, no mi cuerpo. Si quieres que muera, que sea en mi patria. ¿Nunca te compadecerás de los míseros mortales, olvidándote de amores, artificios y engaños, manantial de sangre que brota del seno de las familias, seducidas por tus dulces atractivos? Si te moderases serías la diosa más amada de los hombres. Nada más diré. (_Vase_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Ruiseñor de triste canto, rey de las aves cantoras, que revuelas gozoso en las umbrías arboledas habitadas por las musas; ven a acompañar mis lamentaciones y modula tus trinos con tu garganta, recordando los trabajos de la mísera Helena y las desdichas deplorables de los hijos de Troya, vencidos por las lanzas griegas, cuando guiado por Afrodita vino Paris, tu infausto esposo, ¡oh Helena!, turbando la mar con bárbaros remeros, y llevándose de Lacedemonia la compañera de Menelao, tan funesta a los hijos de Príamo.
_Antístrofa 1.ª_ — Muchos aqueos sufrieron dolorosa muerte, ya atravesados por la lanza, ya heridos por las piedras, obligando a cortar sus cabellos a sus esposas, que desde entonces yacen viudas en solitario hogar. A muchos perdió también el marino que usa un solo remo y alumbra con luz ardiente la isla de Eubea,[362] encendiendo luminar engañoso, y arrastrándolos a las rocas Cafereas o a las costas del mar Egeo. Funestos fueron los montes sin hospitalarios puertos, cuando el soplo de las tempestades llevó a Menelao lejos de su patria, acompañado de bellísimo portento, vestido a la bárbara usanza, causa de contienda entre los griegos, sagrada imagen que formó Hera de la niebla.
_Estrofa 2.ª_ — ¿Qué hombre de los que investigan la razón de todo podrá afirmar que hay dioses o que no los hay, viéndolos girar en todos sentidos por los accidentes más imprevistos?[363] Tú, ¡oh Helena!, hija de Zeus que transformado en ave te engendró en el seno de Leda, infame has sido en la Grecia, que te llama deshonesta, traidora, pérfida e impía, y al fin no sé lo que creerán los hombres. Pero la palabra de los dioses ha sido para mí verdadera.
_Antístrofa 2.ª_ — Insensatos sois cuantos ansiáis bélica gloria, dirimiendo neciamente las míseras contiendas humanas con la punta de la guerrera lanza. Si ha de resolverlas lucha sangrienta, nunca huirá la discordia de las ciudades. También invadió los lechos nupciales de la tierra de Príamo, cuando por medios pacíficos hubiesen podido arreglar sus encontradas pretensiones acerca de tu posesión, ¡oh Helena! En el Orco yacen ahora los troyanos, y la llama arrasó, cual rayo de Zeus, las murallas, y unas desdichas siguen a otras, y nunca cesan las calamidades que afligen a los míseros troyanos. (_Mientras canta el Coro, Menelao se esconde detrás del sepulcro de Proteo. Así permanece oculto a la vista de Teoclímeno, que llega del campo acompañado de monteros y perros_).
TEOCLÍMENO