Chapter 13 of 25 · 3953 words · ~20 min read

Part 13

Conozco, sin duda, cuándo debo compadecerme y cuándo no, y amo a mis hijos, que de otro modo sería insensato. Mucho, ¡oh mujer!, me aflige realizar mí proyecto, mucho también no osarlo, pero es mi deber. Ya veis qué formidable escuadra está aquí reunida, y cuántos griegos armados de bronce, a quienes no es permitido acercarse a las torres de Ilión si no te sacrifico, como ha dicho el adivino Calcas, ni les es lícito arruinar a la famosa Troya. Cierto afán insano de navegar cuanto antes a la tierra de los bárbaros se ha enseñoreado del ejército, y de castigar el rapto de una esposa griega, y matarán en Argos a mis hijos, y a vosotras y a mí, si por mi culpa no se cumple el oráculo de Artemisa. No me arrastra Menelao, ¡oh hija!, ni me conformé con su opinión, sino Grecia me obliga, en cuyo provecho, ya quiera o no, he de inmolarte, porque somos más débiles. Conviene que sea libre en cuanto de ti y de mí dependa, ¡oh hija!, y que los bárbaros no roben a los griegos sus esposas. (_Vase_).

CLITEMNESTRA

¡Oh hija, oh extranjeras, cuán desventurada me hace tu inevitable pérdida! Tu padre huye, entregándote a Hades.

IFIGENIA

¡Ay de mí, madre, madre mía, un mismo canto de muerte conviene a nuestra común desgracia, que ya se acabó para mí la luz y este resplandor del sol! ¡Ay, ay de mí! Montes nevados de los frigios y selvas del Ida, en donde Príamo en otro tiempo expuso tierno niño[272] lejos de su madre, y condenó a Paris a funesta muerte, y se llamaba Ideo, sí, llamábanle Ideo en la ciudad de Dárdano. Ojalá que nunca se criase con sus toros el boyero Paris, por orden de Príamo, cerca de cristalinas aguas, en donde yacen las fuentes de las ninfas, y el verde prado de lozanas flores, y rosas y jacintos que habían de coger las diosas. Allí vino después Palas, y la dolosa Afrodita, y Hera, y Hermes, el mensajero de Zeus; Afrodita, envanecida con sus atractivos; Palas con su lanza, y Hera con su esposo el rey Zeus. Y acorrieron a juicio odioso y a disputar cuál era la más hermosa, y también a darme muerte, único medio de que logren fama los hijos de Dánao; tales son, ¡oh doncellas!, las princesas que Artemisa pide para favorecer la expedición contra Troya. Mas quien engendró a esta desventurada, ¡oh madre, madre mía!, huye y me abandona y me vende. ¡Ay de mí, mísera, que he visto a la funesta, a la funesta e infausta Helena sacrificarme, y perezco por orden impía de un padre, también impío! ¡Ojalá que no se refugiasen en Áulide las popas de mis naves con sus espolones de bronce, ni la armada que ha de llevar los griegos a Troya, ni que Zeus enviase al Euripo contrarios vientos, él, que a unos concede propicias auras, que llenan plácidamente sus velas, causa para otros de llanto; a estos para envolverlos el destino en sus redes, a aquellos para dejar puerto, a otros para recoger las velas, y a otros, en fin, para morir! Desdichado es, sin duda, sí, desdichado es el linaje humano, y fatal desgracia que los hombres se atraigan además nuevos infortunios. ¡Ay, ay de mí! Fuente de graves males, fuente de graves dolores es para los griegos la hija de Tindáreo.

EL CORO

Compadézcome de ti; triste es tu suerte, y ojalá que nunca te amenazase.

IFIGENIA

¡Oh madre, que me diste a luz, yo veo multitud de hombres que se acercan aquí!

CLITEMNESTRA

Y el hijo de la diosa, causa de tu venida.

IFIGENIA

Abrid, esclavas, las puertas, que voy a ocultarme.

CLITEMNESTRA

¿Por qué huyes, hija?

IFIGENIA

Me avergüenzo de ver a Aquiles.

CLITEMNESTRA

¿Por qué?

IFIGENIA

El malogrado éxito de mi himeneo tiñe de rubor mis mejillas.

CLITEMNESTRA

No es lisonjera tu derrota. No te muevas; tan grande es nuestro dolor, que ni aun lugar deja a la vergüenza.

AQUILES

¡Oh hija de Leda, mujer desventurada!

CLITEMNESTRA

No es falso lo que dices.

AQUILES

Óyense horribles clamores entre los argivos.

CLITEMNESTRA

¿Qué clamores son esos? Dímelo.

AQUILES

Acerca de tu hija.

CLITEMNESTRA

De mal agüero son tus primeras palabras, y nada bueno anuncian después.

AQUILES

Dicen que es menester sacrificarla.

CLITEMNESTRA

¿Nadie lo contradice?

AQUILES

Yo vengo, como ves, exponiéndome al peligro.

CLITEMNESTRA

¿A cuál, ¡oh extranjero!?

AQUILES

A morir apedreado.

CLITEMNESTRA

¿Porque deseas salvar a mi hija?

AQUILES

Ciertamente.

CLITEMNESTRA

¿Quién sería tan osado que se atreviera a tocarte?

AQUILES

Todos los griegos.

CLITEMNESTRA

¿Y no te defenderá el ejército de los mirmidones?

AQUILES

Son mis mayores enemigos.

CLITEMNESTRA

Sin duda perecemos, ¡oh hija!

AQUILES

Afirmaban que me había seducido Ifigenia.

CLITEMNESTRA

¿Y qué respondiste?

AQUILES

Que por los dioses no mataran a mi futura esposa.

CLITEMNESTRA

Bien dicho.

AQUILES

La que me prometió su padre.

CLITEMNESTRA

Llamada por él de Argos.

AQUILES

Pero sus clamores ahogaban los míos.

CLITEMNESTRA

Intolerable es la muchedumbre.

AQUILES

Te ayudaré, sin embargo.

CLITEMNESTRA

¿Y pelearás solo contra tantos?

AQUILES

¿No ves esos que vienen armados?

CLITEMNESTRA

Que los dioses premien tu nobleza.

AQUILES

Así lo harán.

CLITEMNESTRA

¿No morirá ya mi hija?

AQUILES

No, a lo menos con mi asentimiento.

CLITEMNESTRA

¿Llegará acaso alguno que me la arrebate?

AQUILES

Muchos, sin duda, y Odiseo a su frente.

CLITEMNESTRA

¿El nieto de Sísifo?[273]

AQUILES

El mismo.

CLITEMNESTRA

¿Espontáneamente, o en nombre del ejército?

AQUILES

Elegido por él y por su propia voluntad.

CLITEMNESTRA

Mala elección, de seguro, para mancharos de sangre.

AQUILES

Pero yo lo impediré.

CLITEMNESTRA

¿Y se la llevarán resistiéndose?

AQUILES

Arrastrándola de sus rubios cabellos.

CLITEMNESTRA

¿Y qué haré yo entonces?

AQUILES

No soltarla.

CLITEMNESTRA

Si de esto depende su salvación, no la matarán.

AQUILES

Pero vendrán sin tardanza.

IFIGENIA

Madre, escúchame: veo que te indignas en vano contra tu esposo, pretendiendo imposibles. Justo es que alabemos por su decisión a este extranjero; pero tú debes evitar las acusaciones del ejército, y que por nuestra resistencia sobrevenga a Aquiles alguna calamidad. Oye, madre, lo que pensando se me ha ocurrido: resuelta está mi muerte, y quiero que sea gloriosa, despojándome de toda innoble flaqueza. Vamos, madre, atiéndeme, aprueba mis razones: la Grecia entera tiene puestos en mí sus ojos, y en mi mano está que naveguen las naves y sea destruida la ciudad de los frigios, y que en adelante los bárbaros no osen robar mujer alguna de nuestra afortunada patria, si ahora expían el rapto de Helena por Paris. Todo lo remediará mi muerte, y mi gloria será inmaculada, por haber libertado a la Grecia. Ni debo amar demasiado la vida, que me diste para bien de todos, no solo para el tuyo. Muchos armados de escudos, muchos remeros vengadores de la ofensa hecha a su patria acometerán memorables hazañas contra sus enemigos, y morirán por ella. ¿Y yo sola he de oponerme? ¿Es acaso justo? ¿Podremos resistirlo? Pero vengamos a lo principal. No conviene que Aquiles pelee contra todos los griegos por una mujer, ni que por ella muera. Un solo hombre es más digno de ver la luz que infinitas mujeres. Y si Artemisa pide mi vida, ¿me opondré, simple mortal, a los deseos de una diosa? No puede ser. Doy, pues, mi vida en aras de la Grecia. Matadme, pues; devastad a Troya. He aquí el monumento que me recordará largo tiempo, esos mis hijos, esas mis bodas, esa toda mi gloria. Madre, los griegos han de dominar a los bárbaros, no los bárbaros a los griegos, que esclavos son unos, libres los otros.

EL CORO

Generosos sentimientos, ¡oh tierna joven!, víctima de tu adversa suerte y de Artemisa.

AQUILES

Algún dios, ¡oh hija de Agamenón!, me hubiese hecho feliz concediéndome tu mano. ¡Bienaventurada es la Grecia por tu causa, y tú por ella! No oponiéndote a una deidad más poderosa que tú, has pensado lo que es útil y necesario. Mayor es mi deseo de casarme contigo ahora que conozco tu noble índole y tu sin par grandeza. Escúchame, pues: quiero hacerte dichosa y llevarte a mi palacio, y sentiré, poniendo a Tetis por testigo, no salvarte y pelear contra toda la Grecia. Mira que la muerte es mal grave.

IFIGENIA

Hablo así sin acordarme de nadie. Baste a la hija de Tindáreo ser causa, por su hermosura, de batallas y muertes entre los hombres. Tú, ¡oh extranjero!, no mueras por mí, ni mates a nadie, sino déjame que si puedo, salve a la Grecia.

AQUILES

¡Oh criatura nobilísima! Nada te replicaré ya si así piensas. Generosos son tus sentimientos; ¿por qué no se ha de decir la verdad? Pero quizás te arrepientas de tu propósito. Para que comprendas bien mis intenciones, me colocaré junto al ara y apostaré allí estos soldados, no para asegurar, sino para impedir tu muerte, que acaso sigas luego mis consejos, al ver la cuchilla que amenaza a tu cuello. No te dejaré, pues, morir tan audaz y temerariamente, sino que iré acompañado de estos guerreros al templo de la diosa, y allí te esperaré. (_Vase_).

IFIGENIA

Madre, ¿por qué lloras en silencio?

CLITEMNESTRA

Bastante es mi desdicha para llorar.

IFIGENIA

Déjame, no me intimides; aprueba mi resolución.

CLITEMNESTRA

Habla, hija, porque yo no seré contigo injusta.

IFIGENIA

Que no cortes los rizos de tu cabellera ni te cubran negros vestidos.

CLITEMNESTRA

¿Qué has dicho, hija? ¿Cuándo te perderé?

IFIGENIA

Tú a mí no; me he salvado; por mi causa será más ilustre tu nombre.

CLITEMNESTRA

¿Qué dices? ¿Por qué no he de llorar tu muerte?

IFIGENIA

De ninguna manera, porque no me elevarán túmulo alguno.

CLITEMNESTRA

Qué, ¿la muerte no es una sepultura?

IFIGENIA

El ara de la diosa, hija de Zeus, será mi sepulcro.

CLITEMNESTRA

Te obedeceré, pues, ¡oh hija!, porque eres generosa.

IFIGENIA

Como feliz que soy, y causa de bien para la Grecia.

CLITEMNESTRA

Pero ¿qué diré de tu parte a tus hermanas?

IFIGENIA

No las obligues a ponerse negros vestidos.

CLITEMNESTRA

¿Qué diré en tu nombre que sea grato a las vírgenes?

IFIGENIA

Que deseo su felicidad. A Orestes edúcamelo como conviene a un hombre de su calidad.

CLITEMNESTRA

Abrázalo, que no volverás a verlo.

IFIGENIA

¡Oh tú, el más amado, ayudásteme cuanto podías!

CLITEMNESTRA

¿Qué haré en Argos en tu obsequio?

IFIGENIA

No aborrecer a mi padre y a tu esposo.

CLITEMNESTRA

Terrible desastre le acarreará tu muerte.

IFIGENIA

Contra su voluntad me sacrifica por salvar a la Grecia.

CLITEMNESTRA

Pero con dolo, no cual cumple al linaje de Atreo.

IFIGENIA

¿Quién me llevará antes que me arrastren por los cabellos?

CLITEMNESTRA

Yo iré contigo...

IFIGENIA

De ninguna manera; no dices bien.

CLITEMNESTRA

Sin soltar tu vestido.

IFIGENIA

Obedéceme, madre, no te muevas, que así lo aconseja tu decoro y el mío. Alguno de estos servidores de mi padre me acompañará hasta el prado de Artemisa, en donde me han de sacrificar.

CLITEMNESTRA

¡Oh hija, te separas de mí!...

IFIGENIA

Y no volveré más.

CLITEMNESTRA

Y abandonas a tu madre.

IFIGENIA

Y, como ves, sin merecerlo.

CLITEMNESTRA

Detente, no me dejes.

IFIGENIA

No quiero que llores más. Vosotras, ¡oh doncellas!, cantad lúgubre himno en honor de Artemisa, hija de Zeus, y que felices presagios favorezcan a los griegos. Así, que se preparen los cestos y arda el fuego destinado a la salsamola; que mi padre toque el ara con su diestra, porque voy a dar a los griegos victoria salvadora. Llevadme al sacrificio, que triunfo de Troya y de los frigios. Traed las coronas que han de ceñir mis sienes, y dádmelas; ved mi cabellera, pronta a recibirlas, y el agua lustral dispuesta. Danzad vosotras alrededor del templo y del altar, alabad a Artemisa, a Artemisa, reina y bienaventurada, que, a costa de mi sangre y de mi vida, por ser necesario, cumpliré voluntaria el oráculo. ¡Oh madre mía veneranda, para ti son estas lágrimas que derramo, no lícitas en los sacrificios! ¡Oh doncellas, alabad conmigo a Artemisa, protectora de este lugar frontero a Calcis, en cuyo puerto estrecho de Áulide anclaron las naves griegas, y hará inmortal mi nombre! ¡Oh tierra mía natal, oh pelásgico Argos, oh Micenas, en donde me he criado!

EL CORO

¿Invocas a la ciudad fundada por Perseo,[274] obra de los cíclopes?

IFIGENIA

Eduqueme en su seno, y glorificará a Grecia, y no me apena la muerte.

EL CORO

Imperecedera será tu fama.

IFIGENIA

¡Oh día claro y luz de Zeus!, vivamos otra vida y sea otra nuestra suerte. ¡Adiós luz, para mí grata! (_Vase_).

EL CORO

Vedla, vedla cómo se encamina a regar con su sangre el ara de numen cruento, la vencedora de Troya y de los frigios, purificada con el agua lustral y coronada su cabeza, que se doblará en el sacrificio sobre su elegante cuello. Aguárdante las aguas lustrales paternales,[275] y los sagrados vasos, y el ejército griego, impaciente por llegar a Troya. Pero invoquemos a Artemisa, hija de Zeus, divina reina, para que favorezca al ejército. ¡Oh deidad augusta, a quien deleitan víctimas humanas, lleva al ejército griego al país de los frigios y a la pérfida Ilión, y concede a Agamenón llenar de gloria inmarcesible al ejército griego y ceñir sus sienes con aureola eterna!

EL MENSAJERO

¡Oh Clitemnestra, hija de Tindáreo, deja el palacio y óyeme!

CLITEMNESTRA

He venido al escuchar tu voz, temblando de miedo y temerosa de que me anuncies alguna nueva calamidad.

EL MENSAJERO

Al contrario, quiero contarte maravillas y portentos acerca de tu hija.

CLITEMNESTRA

No vaciles, pues; habla sin tardar.

EL MENSAJERO

Claramente lo sabrás todo, ¡oh cara dueña! Todo te lo contaré, desde el principio, a no ser que la emoción que siento trabe mi lengua. Después que llegamos con Ifigenia al prado florido de Artemisa, hija de Zeus, en donde estaba reunido el ejército de los griegos, acudió a verla inmensa muchedumbre. Cuando el rey Agamenón vio a la doncella que se encaminaba a la muerte, gimió y volvió hacia atrás su cabeza, y lloró ocultando los ojos bajo el manto. Al detenerse ella junto a su padre dijo así: «¡Oh padre, aquí me tienes, que de buen grado vengo a dar mi vida por mi patria y por la Grecia, para que me sacrifiquéis en el ara de la diosa, ya que así lo pide el oráculo! Mi único deseo es que seáis afortunados, y que alcancéis insigne victoria, y regreséis después a vuestra patria. Así, que ningún griego me toque; callada y animosa entregaré mi cerviz al hierro». Tales fueron sus palabras, sorprendiendo a cuantos las oyeron la grandeza de ánimo y el valor de la virgen. Taltibio, de pie en medio de todos, como heraldo del ejército, pidió a los dioses felices presagios, e impuso silencio. Y el adivino Calcas, desenvainando la afilada cuchilla, la depositó en el dorado cesto, y coronó a la doncella. Pero Aquiles entonces se acercó presuroso al ara, y apoderándose del cesto y del agua lustral, dijo: «¡Oh Artemisa!, hija de Zeus, que gozas matando fieras y mueves de noche tu luz brillante, acepta propicia esta víctima que te ofrecemos el ejército de los griegos y el rey Agamenón, sangre inmaculada de la bella cerviz de una virgen; concédenos favorable navegación y que conquistemos con nuestras armas la ciudadela de Troya». Y los Atridas y todo el ejército quedaron suspensos mirando a la tierra. El sacerdote empuñó la cuchilla, recitó sus preces y examinó el cuello antes de herirlo. Dolor no leve afligía mi corazón, y no separaba mis ojos de la tierra. Entonces ocurrió un milagro repentino: todos oyeron claramente el ruido del golpe al herir, pero ninguno vio en dónde se había ocultado la virgen. Clama el sacerdote, conclama todo el ejército, admirado de tal portento, obra sin duda de los dioses, y al cual, aun presenciándolo, no se daba crédito. En lugar de Ifigenia, yacía en tierra una cierva palpitante, muy grande y de maravillosa hermosura, inundando con su sangre el ara de la diosa. Imagínate, pues, con qué gozo pronunciaría Calcas estas palabras: «¡Oh capitanes del ejército griego!, ¿veis esta víctima, esta cierva de los montes, que la diosa ha traído al ara? Acéptala con preferencia a la doncella, para que tan noble sangre no mancille su altar. Y lo hace de buen grado, y nos concede favorable navegación y que conquistemos a Ilión. Cobren ánimo los marinos, y váyanse a las naves; hoy atravesaremos el mar Egeo, dejando las sinuosas ensenadas de Áulide». Después que la llama de Hefesto consumió a la víctima, pidió a los dioses que favoreciesen la vuelta del ejército. Agamenón me envió, pues, para anunciarte estas nuevas y el acuerdo de los dioses, y la gloria inmortal que ha alcanzado en Grecia. Yo que, presente, lo vi todo, te aseguro que Ifigenia ha volado al Olimpo. Que desaparezca, pues, tu dolor y se aplaque tu indignación contra tu esposo; inesperados sucesos ocurren a los mortales por mandato de los dioses, y así salvan a los que aman. Hoy he visto a tu hija viva y muerta.

EL CORO

¡Cuánta es mi alegría al oír estas nuevas! El Mensajero dice que tu hija vive entre los dioses.

CLITEMNESTRA

¡Oh hija! ¿Qué dios te ha arrebatado? ¿Cómo te invocaré? ¿Cómo hablarte? ¿Si habrá fingido este discurso para consolarme y para que cesen mis tristes lágrimas?

EL CORO

Mira al mismo rey Agamenón, que viene a repetirte sus palabras.

AGAMENÓN

Nada debemos temer por nuestra hija, ¡oh esposa! No dudes que se halla ahora con los dioses. Conviene que regreses a tu palacio, en compañía de este tierno novillejo, pues el ejército se prepara a darse a la vela. Adiós; largo tiempo ha de transcurrir antes que oigas mi voz y vuelva de Troya. Que la dicha te acompañe.

EL CORO

Que gozoso, ¡oh Atrida!, llegues a la Frigia, y que tornes contento, trayéndome de Troya bellísimos despojos.

IFIGENIA EN TÁURIDE

ARGUMENTO

Ifigenia, hija de Agamenón, que no ha muerto sacrificada en Áulide, siendo sustituida por obra de Artemisa por una cierva, vive en Táuride,[276] puerto del Quersoneso Táurico, y en un templo de la misma diosa en cuya ara son sacrificados todos los extranjeros que arriban a sus costas. Orestes, su hermano, con su amigo Pílades, desembarcan en Táuride con el propósito de robar la estatua de Artemisa, cuya sacerdotisa es Ifigenia, y son descubiertos y aprisionados por los indígenas, devotísimos de su deidad protectora. Ifigenia, antes de sacrificarlos, sabedora de que eran griegos y acordándose siempre de su patria, de su familia y de su rango, escribe una carta a su hermano Orestes, a quien no conocía, e intenta aprovechar la ocasión oportuna que se le presenta para servirse de uno de los dos extranjeros destinados al sacrificio, y salvarle la vida si acceden a su deseo. Al recibir Pílades la carta que ha de entregar a Orestes, la pone en los manos de su destinatario, llamándolo por su nombre, y se reconocen los dos hermanos, y puestos todos de acuerdo, roban la estatua y huyen; y cuando el rey Toante se prepara a perseguirlos y capturarlos, aparece Atenea, que lo aplaca y salva a los fugitivos, anunciándolo que así lo ha decretado el poder divino.

Esta tragedia, en su plan, en su traza, en los caracteres de sus personajes, en sus pasiones y hasta en sus menores detalles nos ofrece el tipo distintivo y propio de las obras de Eurípides, y es muy útil, por tanto, para ilustrarnos acerca de sus rasgos poéticos personales, de su importante papel en la literatura helénica y de la influencia que ha tenido y tiene en los pueblos modernos, siendo inferior a Sófocles y Esquilo, y justamente por serlo.

Comienza con su prólogo o soliloquio expositivo de hechos supuestos anteriores relativos a la acción, en cuanto son necesarios para comprender los que le suceden, e indicar el lugar en donde se ejecutan y desenvuelven después, en virtud de pasiones puramente humanas y de caracteres que también lo son, enredándose y complicándose con naturalidad y verosimilitud; y cuando el nudo o el conflicto alcanza su punto culminante, y su desate o resolución parecen difíciles o imposibles, interviene un poder sobrenatural que desvanece rápida y milagrosamente los obstáculos que lo impiden. Concédese al destino la parte tradicional y preponderante que le corresponde, pero no lo domina y absorbe todo, como en Esquilo, sino, al contrario, lo menos posible, y no tanto por la convicción del poeta, cuanto atendiendo a las exigencias y costumbre del público. Ese poder superior a dioses y hombres ha ordenado el hecho final, pero los últimos obran y se mueven dentro de su natural esfera, y exactamente como lo harían si aquel no existiese. El discípulo de Anaxágoras, que no comparte las creencias y las supersticiones populares, y las contradice y ataca por ser opuestas a la razón, se manifiesta sin rebozo siempre que la ocasión lo permite. Las flaquezas del bello sexo asedian al autor como perpetua pesadilla, quizás por considerarlo indigno de embargar con tanto imperio la atención de los hombres y apartarlos de más serias y útiles aficiones y pensamientos. Sobresale en la representación dramática de los afectos, como en el reconocimiento de los dos hermanos, justificando los elogios que Aristóteles le prodiga en su _Poética_, y por medios sencillos, verdaderos e interesantes. No olvida, sin embargo, congraciarse con sus compatriotas al hablar de la fiesta de las copas, del Areópago, del culto de la Artemisa ática en Braurón, opuesto al bárbaro táurico, y del oráculo de Delfos, distinto de la adivinación por los sueños. Su buen gusto se revela en la sobriedad y eficacia de sus recursos escénicos, y en el arte con que los reúne y los contrasta.

Despréndese de esto que el estudio de las obras de Eurípides, en las cuales desaparece sensiblemente el carácter religioso de la primitiva tragedia, acercándose más y más a la puramente humana que la ha sustituido y persiste en la actualidad, nos enseña la senda recorrida por esta parte de la poesía dramática desde sus orígenes hasta nuestros días, y las reformas radicales que ha sufrido hasta lograr su completa formación. De lo divino o religioso, que todo lo llena al principio, se va poco a poco separando lo puramente humano, que permanece luego independiente, perfeccionándose más y más hasta conseguir su esencia y su forma última y definitiva, más durable y constante. Lo mismo ha acontecido a los demás géneros poéticos, y casi pudiera decirse que a todas las instituciones humanas, incluyendo en ellas a las políticas. La religión ha sido la nodriza y el mentor de la humanidad, guiándola solicita y cariñosa en sus primeros pasos, y sin separarse de ella.

Eurípides, como trágico griego, es así el menos griego de ellos, si atendemos solo a la índole característica y hierática de la tragedia griega, y en este sentido es el peor de los tres trágicos conocidos, pero precisamente por esto es el eslabón que une a la tragedia antigua con la moderna. Nos convencemos fácilmente de esta verdad si suprimimos mentalmente la influencia del destino en cualquiera de las obras de este poeta, o, al contrario, si suponemos que el objeto o término final de otra cualquiera moderna ha sido decretado y preparado por el destino, en cuya hipótesis resultará que en lo sustancial del fondo y de la forma son ambas iguales. Las demás diferencias que las separan, sin afectar a lo sustancial, provienen de muchas causas diversas relacionadas con los distintos elementos sociales de las naciones antiguas y modernas, como la diferencia de religión, de gobierno, de hábitos y costumbres, de educación, de mayor o menor cultura y de influencias nacionales o locales más o menos poderosas en el auge o en la decadencia de esta clase de composiciones.