Chapter 15 of 25 · 3651 words · ~18 min read

Part 15

¿Pero por qué no me has de complacer en esto?

ORESTES

Me envanezco de tener por patria a la ínclita Argos.

IFIGENIA

Por los dioses, ¿eres de allí verdaderamente, o extranjero?

ORESTES

De Micenas, venturosa en otro tiempo.[291]

IFIGENIA

¿Saliste desterrado de tu patria, o huyendo de alguna otra desdicha?

ORESTES

En cierto modo, soy desterrado contra mi voluntad y voluntariamente.

IFIGENIA

¿Me dirás lo que deseo saber?

ORESTES

Sí, que no debo dar a esto importancia, cuando tan grande es mi infortunio.

IFIGENIA

Yo he deseado mucho que viniese alguno de Argos.

ORESTES

No yo; si te sucede lo contrario, sabrás por qué.

IFIGENIA

¿Has oído hablar de Troya, tan famosa en todas partes?

ORESTES

¡Ojalá que nunca oyese su nombre, ni siquiera en sueños!

IFIGENIA

Dicen que ya no existe, arrasada por la guerra.

ORESTES

Así es; no te engañaron al contártelo.

IFIGENIA

¿Y volvió Helena al palacio de Menelao?

ORESTES

Volvió, y su vuelta fue fatal a alguno de los míos.

IFIGENIA

¿En dónde está? Algo me debe también por cierta desgracia de que fue causa.

ORESTES

Habita en Esparta con su primer esposo.

IFIGENIA

Objeto de horror para toda la Grecia, no para mí sola.

ORESTES

Amargo fruto recogí yo también de sus nupcias.

IFIGENIA

¿Volvieron acaso los griegos, como pregona la fama?

ORESTES

¿Tantas preguntas me haces en una sola?

IFIGENIA

Antes que mueras quiero disfrutar de este placer.

ORESTES

Interrógame, pues, si lo deseas; yo te responderé.

IFIGENIA

Cierto adivino Calcas, ¿regresó de Troya?

ORESTES

Murió, según decían en Micenas.

IFIGENIA

Cuán justamente, ¡oh deidad veneranda! ¿Y el hijo de Laertes?

ORESTES

Aun no ha llegado a su patria, pero se cree que viva.

IFIGENIA

Que muera y nunca torne a ella.

ORESTES

No le desees mal, que su suerte no es envidiable.

IFIGENIA

¿Vive todavía el hijo de la nereida Tetis?

ORESTES

No; en vano celebró su himeneo en Áulide.

IFIGENIA

Era más bien un engañoso lazo, según aseguran los desdichados que deben saberlo.

ORESTES

¿Quién eres tú? ¿Con qué interés te informas del estado de la Grecia?

IFIGENIA

Soy también griega; cuando era jovencita, perecí.

ORESTES

Con razón, pues, ¡oh mujer!, te cuidas de averiguar lo que en ella sucede.

IFIGENIA

¿Y qué ha sido del capitán cuya dicha publica la fama?

ORESTES

¿Cuál? El que yo conozco, al menos, no es de ese número.

IFIGENIA

Cierto hijo de Atreo, que se llamaba el rey Agamenón.

ORESTES

No sé de quién hablas; dejemos esto, ¡oh mujer!

IFIGENIA

De ninguna manera, por los dioses; al contrario, contéstame, ¡oh extranjero!, para complacerme.

ORESTES

Murió el desdichado, y además arrastró consigo a la muerte a algún otro.

IFIGENIA

¿Murió? ¿Cómo? ¡Ay de mí, desventurada!

ORESTES

¿Por qué has gemido así? ¿Te unía a él algún lazo?

IFIGENIA

Gimo recordando su pasada dicha.

ORESTES

Murió miserablemente, asesinado por una mujer.

IFIGENIA

¡Oh! ¡Cuán deplorable es la suerte de la criminal y de su víctima!

ORESTES

Déjame ya; no me preguntes más.

IFIGENIA

Solo quiero saber si vive todavía la esposa de ese desdichado.

ORESTES

No vive; pereció a manos de su mismo hijo.

IFIGENIA

¡Oh palacio arruinado! ¿Y con qué objeto?

ORESTES

Por vengar el asesinato de su padre.

IFIGENIA

¡Ay de mí! ¡Instrumento deplorable de castigo merecido!

ORESTES

Sin embargo, los dioses no le favorecen, a pesar de su justicia.

IFIGENIA

¿Ha dejado Agamenón en el palacio algún otro hijo?

ORESTES

Electra, su única hija.

IFIGENIA

¿Se dice algo de la otra que mataron?

ORESTES

Nada, sino que, muerta, no ve la luz.

IFIGENIA

¡Desventurada, y desventurado también el padre que la sacrificó!

ORESTES

Pereció inicuamente por una mujer malvada.

IFIGENIA

¿Sobrevive en Argos algún hijo a su padre?

ORESTES

Sí, desdichado en verdad; en ninguna parte existe, y en todas a un tiempo.

IFIGENIA

Adiós, falsos sueños; nada erais, pues.

ORESTES

Ni los dioses, que se llaman sabios, son menos engañosos que los leves sueños. Grande confusión reina en las cosas divinas y humanas; solo me duele que, por obedecer a adivinos, perezca quien no carece de prudencia; bien lo saben algunos.

EL CORO

¡Ay, ay de mí! ¿Quién se acordará de nosotras y de nuestros padres? ¿Viven acaso? ¿No viven? ¿Quién podrá decirlo?

IFIGENIA

Oíd: ya he tomado mi resolución, ¡oh extranjeros!, que puede seros útil y a mí también. Lo mejor será, sin duda, que nos convengamos todos. ¿Quieres acaso, si te salvo, llevar un mensaje mío a mis amigos de Argos, y cartas que me escribió cierto cautivo, compadecido de mi suerte, juzgando que no era homicida mi mano, sino que moría en virtud de una ley justa en concepto de la diosa? Hasta ahora no he encontrado ninguno que regrese a mi patria, y que, salvándose, entregase mis cartas a alguno de mis amigos. Tú, pues, que según parece no eres villano, y que has visto a Micenas y conoces a aquellos a quienes me dirijo, no morirás, alcanzando por obedecerme recompensa no despreciable. Pero el otro, ya que la ciudad me obliga a ello, será separado de ti y sacrificado a la diosa.

ORESTES

Apruebo cuanto has dicho, ¡oh extranjera!, excepto una cosa, porque la muerte de mi compañero me afligiría mucho. Yo soy el piloto que lo ha traído a este mar calamitoso, y navegó conmigo para compartir mis trabajos. No es, pues, justo que me salve y te sirva a costa de su vida. Más vale hacerlo así: tú le entregas las cartas que te interesa mandar a Argos, y a mí me matará quien quiera. Es lo más infame arrastrar a la desgracia a los amigos y evitarla nosotros. Este lo es mío, y quiero que vea la luz no menos que yo.

IFIGENIA

¡Oh corazón generoso! ¡Cómo se conoce que es noble tu estirpe y que eres verdadero amigo de tus amigos! Que así sea el único pariente que me queda; yo también, ¡oh extranjeros!, tengo un hermano, aunque no le veo. Pero ya que tal es tu voluntad, enviemos a este que lleve las cartas; tú morirás, víctima de tu estrecha amistad.

ORESTES

¿Pero quién ha de sacrificarme? ¿Quién osará cometer tan bárbaro crimen?

IFIGENIA

Tal es mi deber en honor de la diosa.

ORESTES

No envidiable, sin duda, ¡oh virgen!, ni tampoco grato.

IFIGENIA

Oblígame la necesidad, numen incontrastable.

ORESTES

¿Tú, siendo mujer, matas a los hombres con la espada?

IFIGENIA

No, pero rociaré con agua lustral tu cabellera.

ORESTES

Pero ¿quién es sacrificador, si me es lícito preguntarlo?

IFIGENIA

Los encargados de este ministerio habitan en el templo.

ORESTES

¿Y qué sepulcro me recibirá cuando muera?

IFIGENIA

Dentro arde el fuego sagrado, y en la roca han abierto vasta sima.

ORESTES

¡Ay de mí! ¡Ojalá que mi hermana me tributase los últimos deberes!

IFIGENIA

Vano es tu deseo, ¡oh desventurado!, quienquiera que seas, que yace lejos de ti y de esta tierra bárbara. Pero basta que seas argivo para que te honre como pueda. Yo adornaré tu sepulcro, y mi mano untará tu cuerpo frío de amarillento aceite, y derramaré sobre tu pira la miel que liba de las flores la roja abeja. Pero voy a traer las cartas del templo de la diosa; no me odies por eso. Custodiadlos, servidores, sin ataduras, que acaso envíe cartas a alguno de mis amigos de Argos, que no las espera, y a quien amo mucho, participándole, con gran gozo suyo, que viven algunos que cree muertos.

EL CORO

Deploro tu destino: pronto serás sacrificado con las sangrientas gotas del agua lustral.

ORESTES

En vez de lamentarlo, ¡oh extranjeras!, debéis regocijaros.

EL CORO

Feliz eres, ¡oh joven!, y afortunada tu suerte, porque vuelves a tu patria.

PÍLADES

Nunca desea un amigo que su amigo muera.

EL CORO

¡Oh peregrinación infausta! ¡Ay, ay, tú morirás! ¡Ay, ay de mí! ¿Cuál de los dos ha de perecer? Duda mi alma, y no sabe si llorar y gemir por ti primero o acaso por ti.

ORESTES

Di, Pílades, por los dioses, ¿estás tan conmovido como yo?

PÍLADES

No lo sé; me preguntas cuando no puedo responderte.

ORESTES

¿Quién es esa doncella? Como si fuese griega se ha informado de los trabajos sufridos en Troya, y de la vuelta del ejército, y de Calcas, sabio adivino, y de Aquiles; y se apiadó mucho del desventurado Agamenón, y me preguntaba con interés por su esposa y por sus hijos. Esa extranjera debe ser alguna argiva que ha llegado hasta aquí, pues no de otro modo enviaría esas cartas ni se interesaría por todo esto, como si hubiese de participar de la ventura de mi patria.

PÍLADES

Has prevenido mi juicio, y has dicho primero cuanto yo pienso, excepto que las desdichas de los reyes son conocidas de todos los que se cuidan de los asuntos humanos. Pero indicó también otra cosa.

ORESTES

¿Cuál? Mejor la entenderás participándomela.

PÍLADES

Que es vergonzoso que muerto tú vea yo la luz; si navegué contigo, contigo debo morir. Afrentosa reputación de tímido y de cobarde tendré en los valles de Argos y de la Fócida, y creerá la multitud, ya que abundan los malos, que habiéndote hecho traición vuelvo a mi patria sano y salvo, o que te he dado muerte por reinar, cuando a tu familia afligían tantas calamidades, y por casarme con tu hermana, que ha de heredarte. Tal es mi temor, tal mi vergüenza, y estoy resuelto a rendir contigo el alma y a que me degüellen al mismo tiempo que a ti, y conviertan en ceniza mi cuerpo; basta que sea tu amigo, y mi horror al vituperio.

ORESTES

Ruégote que no pienses así; yo solo debo sufrir mis males, y si puede ser simple mi pena, no he de duplicarla. Lo que tú miras como horrible y afrentoso, caerá sobre mí si murieses por compartir mis trabajos. Por mí no te aflijas; no es mala mi suerte, que agobiado por tanto infortunio como los dioses me envían, me veré libre de la vida; tú eres feliz, tu familia está pura y contenta, y la mía es desdichada o impía. Cuando, ya en salvo, tengas hijos de la hermana que te di por esposa, durará mi nombre, y mi estirpe no se extinguirá. Vete, pues, y vive y habita el palacio de tu padre. Ruégote suplicante, por esta diestra, que cuando vayas a la Grecia y a la ecuestre Argos me consagres un sepulcro y un monumento, y que mi hermana ofrezca en mi túmulo su cabellera y sus lágrimas; anúnciale mi muerte a manos de cierta mujer argiva, inmolado en el ara. Ni la abandones nunca, recordando siempre que has contraído himeneo con la hija de Agamenón, y que tus nuevos parientes son huérfanos. Y adiós ya; tú has sido mi mayor y más leal amigo, tú me acompañabas en la caza, te educaste conmigo y has sufrido muchos trabajos por compartir mis desdichas. Apolo, dios adivino, nos engañó astutamente, nos ha alejado de la Grecia cuanto ha podido, avergonzado de sus anteriores vaticinios, y por dar crédito a sus palabras y obedecerlas di muerte a mi madre y ahora muero.

PÍLADES

Tendrás el sepulcro que deseas, y nunca abandonaré el lecho de tu hermana, ¡oh desventurado!; más te amaré muerto que vivo. Sin embargo, no puedes decir todavía que te ha perdido el oráculo del dios, aunque estés a la orilla de la tumba: muchas veces, sí, muchas veces gravísima calamidad produce grandes mudanzas si la fortuna lo dispone.

ORESTES

Calla, que inútiles son ahora los vaticinios de Febo; esa mujer sale ya del templo.

IFIGENIA (_a los que han quedado guardando a los cautivos_).

Apartaos, servidores, y preparad allá dentro lo necesario para los que presiden el sacrificio. (_Vase el Coro_). Aquí tenéis las cartas en múltiples rollos, ¡oh extranjeros! Escuchad además: como ninguno es constante en la desgracia, y cuando la confianza sucede al miedo, recelo que, de vuelta a su patria, no se acuerde de mis cartas y no las lleve a Argos.

ORESTES

¿Qué quieres, pues? ¿Qué te inquieta?

IFIGENIA

Ha de jurarme que llevará estas cartas y las entregará a mis amigos de Argos.

ORESTES

Y tú, ¿jurarás cumplir tu promesa?

IFIGENIA

Di, ¿qué he de decir?, ¿qué callar?

ORESTES

Que lo dejarás ir sano y salvo de esta tierra bárbara.

IFIGENIA

Es justo tu deseo. ¿Cómo, pues, de otra manera conseguiría lo que anhelo?

ORESTES

¿Y lo consentirá el tirano?

IFIGENIA

Yo me encargaré de esto y de dejarlo en la nave.

ORESTES

Jura, pues, y formula el piadoso juramento que ha de hacer él.

IFIGENIA

Que diga: «Yo entregaré estas cartas a tus amigos».

PÍLADES

«Entregaré estas cartas a tus amigos».

IFIGENIA

Y yo, en cambio, te facilitaré los medios de dejar las rocas Cianeas.

PÍLADES

¿Y a qué dios pones por testigo de tus juramentos?

IFIGENIA

A Artemisa, cuya sacerdotisa soy en este templo.

PÍLADES

Y yo al rey del cielo, al venerando Zeus.

IFIGENIA

¿Y si me faltas y no cumples tu juramento?

PÍLADES

Que no vuelva a mi patria. ¿Y tú, si no me salvas?

IFIGENIA

Que nunca vea la tierra de Argos.

PÍLADES

Oye ahora algo que pasamos por alto.

IFIGENIA

Seguramente no hay frases inoportunas si son útiles.

PÍLADES

Concédeme, sin embargo, que si sucede algún percance a la nave, y la mar borra tus cartas y se traga mis riquezas y yo solo me salvo, que no valga mi sagrada promesa.

IFIGENIA

¿Y sabes tú lo que haré? Cuanto mayor es nuestra prevención, más fácilmente realizamos nuestros deseos. Te diré lo que he escrito en las cartas, para que puedas referirlo a los amigos; así no hay temor alguno, y si las salvas, ellas dirán calladas lo que quiero; y si la mar las borra y tú te libras de la muerte, no lo olvidarás.

PÍLADES

Bien miras de este modo por mí y por los dioses. Indícame, pues, a quién debo entregarlas en Argos, y lo que he de decir de tu parte.

IFIGENIA

Anuncia a Orestes, hijo de Agamenón, «que estas cartas son de Ifigenia, viva, la sacrificada en Áulide, aunque crean lo contrario los que ven allí la luz».

ORESTES

¿Y en dónde está? ¿Resucitó acaso después de muerta?

IFIGENIA

Yo soy Ifigenia; no me interrumpas con tus preguntas. «Llévame a Argos, ¡oh hermano mío!, de esta tierra bárbara antes que muera, y líbrame de las víctimas de la diosa en cuyo honor sacrifico a los extranjeros...».

ORESTES

¿Qué te parece, Pílades? ¿En dónde estamos?

IFIGENIA

«O lanzaré, Orestes, imprecaciones contra tu familia». Repito dos veces su nombre para que no se te olvide.

ORESTES

¡Oh dioses!

IFIGENIA

¿Por qué invocas a los dioses, tratando solo de mis asuntos particulares?

ORESTES

Prosigue, no es nada; me había distraído. Preguntando después, averiguaré cosas increíbles.

IFIGENIA

Dile que Artemisa me salvó poniendo en mi lugar una cierva, a la cual mató mi padre creyendo que desenvainaba contra mí su espada, y después me trajo aquí. Tal es el contenido de mi carta.

PÍLADES

¡Oh, con qué juramento tan fácil de cumplir me obligaste, y cuán grata es la condición que fijaste al hacer el tuyo! No tardaré mucho en verme libre de ese sagrado lazo. He aquí cómo llevo tu carta y te la entrego, ¡oh Orestes!, de parte de tu hermana.

ORESTES

La acepto; dejaré, pues, a un lado las plegadas cartas, y gozaré de este placer, y no, en verdad, con meras palabras. ¡Oh hermana muy querida!; aunque mi sorpresa es grande, te estrecharé sin embargo en mis brazos. Increíble es lo que me pasa; disfrutaré de este puro goce oyendo milagros portentosos.

EL CORO

No profanes, extranjero, a la sacerdotisa de la diosa, abrazando su manto, que no debes tocar.

ORESTES

¡Oh hermana!, hija como yo de mi padre Agamenón; no me rechaces, ya que encuentras un hermano que nunca creíste ver más.

IFIGENIA

¿Eres tú mi hermano? ¿Te atreves a repetirlo? Él recorre ahora el campo argivo y la tierra de Nauplia.[292]

ORESTES

No es allí donde está tu hermano, ¡oh desdichada!

IFIGENIA

¿Pero te dio a luz la lacedemonia hija de Tindáreo?

ORESTES

Mi padre fue el nieto de Pélope.

IFIGENIA

¿Qué dices? ¿Puedes probármelo de alguna manera?

ORESTES

Sí; pregunta lo que quieras del palacio paterno.

IFIGENIA

Tú debes hablar y yo oír.

ORESTES

Te diré primero lo que me contó Electra. ¿Tienes tú noticia de la lucha fratricida de Atreo y Tiestes?

IFIGENIA

La oí; fue por la posesión del vellocino de oro.

ORESTES

¿Y sabes que la representaste en bellas telas, tejidas de tu mano?

IFIGENIA

¡Oh tú, el muy amado, ya tocas mi corazón!

ORESTES

¿Y el retroceso del sol, también figurado en ella?

IFIGENIA

Obra fue también de mis manos ese sutil tejido.

ORESTES

¿Te bañó tu madre en Áulide?

IFIGENIA

Sí; y un ilustre himeneo no logró impedirlo.[293]

ORESTES

¿Que dices a esto? ¿No cortaste tu cabellera para entregarla a tu madre?

IFIGENIA

Seguramente: como recuerdo mío, para depositarla en el sepulcro en vez de mi cuerpo.

ORESTES

Te daré otras pruebas. Yo mismo he visto en tu aposento virginal la antigua lanza de Pélope, que se conservaba en el palacio de mi padre, con la cual consiguió la mano de Hipodamía,[294] después de matar a Enómao.

IFIGENIA

¡Oh tú, el más querido Orestes, eres el muy amado Orestes; al fin te veo, tanto como te he deseado, y lejos del suelo patrio, muy lejos de Argos!

ORESTES

Y yo a ti, muerta en opinión de los hombres. Lágrimas de alegría, copioso llanto, con gozo derramado, humedecen tus ojos y los míos.

IFIGENIA

Entonces te dejé, entonces te dejé, tierno niño, en brazos de tu nodriza, en el palacio. ¡Oh fortuna feliz, más de lo que puede expresarse! ¿Qué podré decir? Más que milagro, superior a todo encarecimiento, es lo que nos sucede.

ORESTES

Que en adelante seamos dichosos, viviendo juntos.

IFIGENIA

Placer inagotable he recibido, ¡oh mis amigas!; ahora temo que mi hermano huya de mis brazos, volando por los aires. ¡Oh lares ciclópeos, oh patria, oh Micenas amada, a ti te debo la vida, a ti la educación de mi hermano, astro de mi linaje!

ORESTES

Afortunados fuimos por nuestro nacimiento; pero las desdichas, ¡oh hermana!, han hecho infeliz nuestra vida.

IFIGENIA

Bien lo supe yo cuando mi padre, víctima de su destino, acercó a mi cerviz la espada.

ORESTES

¡Ay de mí! Paréceme que allí te veo, aunque no lo presenciara.

IFIGENIA

Cuando bajo pretexto de casarme con Aquiles me llevaban al supuesto aposento nupcial, y en torno del ara solo había lágrimas y sollozos. ¡Ay de mí, ay de mí, qué agua lustral me aguardaba allí!

ORESTES

La audacia de mi padre me hizo llorar también.

IFIGENIA

¡Indigno, sí, indigno de un padre fue ese atentado! Pero los males se suceden unos a otros.

ORESTES

Ciertamente, hubiera sido horrible, ¡oh mísera hermana!, que hubieses sacrificado a tu hermano por decreto de algún dios.

IFIGENIA

Tan atroz crueldad habría puesto el colmo a mis desdichas. Espantoso, sí, espantoso sin duda fuera mi delito, ¡ay de mí, oh hermano! Con trabajo evitaste muerte impía de mi misma mano. Pero ¿cuál será ahora el fin de tantas calamidades? ¿Cuál mi suerte? ¿De qué medio me valdré para salvarte y conducirte a Argos desde esta región y desde el borde de la tumba, antes que la cuchilla derrame tu sangre? Probar debes, ¡oh alma mísera!, si por tierra (no en la nave) y con veloz carrera, puedes escaparte de este mortal peligro, atravesando naciones bárbaras y sendas intransitables. Larga es la ruta por la mar, y difícil el paso por el angosto escollo cianeo. ¡Mísera, mísera! ¿Qué dios, qué hombre, qué casualidad inesperada nos abrirá feliz camino, mostrando el término de tantos males a estos dos últimos Atridas?[295]

EL CORO

Yo misma acabo de presenciar uno de los sucesos más sorprendentes, superior a todo encarecimiento: me guardaré bien de publicarlo.

PÍLADES

Justo es, ¡oh Orestes!, que amigos que se encuentran se abracen mutuamente; pero ahora, y dejando ya de llorar, es preciso que salgamos de esta tierra bárbara, ya que nos hemos salvado con tanta gloria. Es de varones sabios no apartarse del rumbo que traza la fortuna, seducidos por deleites intempestivos.

ORESTES

Has dicho bien; creo que la suerte nos protege y, por tanto, si nos aprovechamos de ella pronto, será más eficaz su protección.

IFIGENIA

Nada me impide averiguar ahora, nada se opone a que me digas qué ha sido de Electra; mucho me alegraré de saberlo.

ORESTES

Con este vive, y es feliz.

IFIGENIA

¿De dónde es tu compañero? ¿Quién es su padre?

ORESTES

Su padre se llama Estrofio el focidio.

IFIGENIA

¿Es, pues, mi pariente, por su madre la hija de Atreo?[296]

ORESTES

Primo tuyo, sin duda, mi solo y único amigo.

IFIGENIA

Νo había, pues, nacido cuando me sacrificó mi padre.

ORESTES

No; algún tiempo estuvo Estrofio sin hijos.

IFIGENIA

Yo te saludo, esposo de mi hermana.

ORESTES

Y salvador mío, no solo pariente.

IFIGENIA

¿Y cómo osaste cometer tales atrocidades contra una madre?

ORESTES

No hablemos de ello: por vengar la muerte de mi padre.

IFIGENIA

¿Y por qué mató ella a su marido?

ORESTES

Te repito que no hablemos de mi madre; indecoroso es para tus oídos.

IFIGENIA

Callo. ¿Ahora Argos cifra en ti sus esperanzas?

ORESTES

Menelao manda en ella; yo estoy desterrado de mi patria.

IFIGENIA

¿Tu tío agrava, pues, las calamidades de su familia?

ORESTES

No; el terror que me infunden las Furias me aleja de mi patria.

IFIGENIA

A él aludían, sin duda, al decir que delirabas en la orilla del mar.

ORESTES

No es esa la vez primera que me han visto presa de esa desdicha.

IFIGENIA

Ya entiendo; te atormentaban las diosas vengadoras de tu madre.

ORESTES

Hasta un extremo indecible me subyugan con sangriento freno.

IFIGENIA

¿Y por qué has venido aquí?

ORESTES

Por obedecer un oráculo de Febo.

IFIGENIA

¿Y qué pensabas hacer? ¿Puedes decirlo, o debes callarlo?

ORESTES