Part 15
¿Pero por qué no me has de complacer en esto?
ORESTES
Me envanezco de tener por patria a la ínclita Argos.
IFIGENIA
Por los dioses, ¿eres de allí verdaderamente, o extranjero?
ORESTES
De Micenas, venturosa en otro tiempo.[291]
IFIGENIA
¿Saliste desterrado de tu patria, o huyendo de alguna otra desdicha?
ORESTES
En cierto modo, soy desterrado contra mi voluntad y voluntariamente.
IFIGENIA
¿Me dirás lo que deseo saber?
ORESTES
Sí, que no debo dar a esto importancia, cuando tan grande es mi infortunio.
IFIGENIA
Yo he deseado mucho que viniese alguno de Argos.
ORESTES
No yo; si te sucede lo contrario, sabrás por qué.
IFIGENIA
¿Has oído hablar de Troya, tan famosa en todas partes?
ORESTES
¡Ojalá que nunca oyese su nombre, ni siquiera en sueños!
IFIGENIA
Dicen que ya no existe, arrasada por la guerra.
ORESTES
Así es; no te engañaron al contártelo.
IFIGENIA
¿Y volvió Helena al palacio de Menelao?
ORESTES
Volvió, y su vuelta fue fatal a alguno de los míos.
IFIGENIA
¿En dónde está? Algo me debe también por cierta desgracia de que fue causa.
ORESTES
Habita en Esparta con su primer esposo.
IFIGENIA
Objeto de horror para toda la Grecia, no para mí sola.
ORESTES
Amargo fruto recogí yo también de sus nupcias.
IFIGENIA
¿Volvieron acaso los griegos, como pregona la fama?
ORESTES
¿Tantas preguntas me haces en una sola?
IFIGENIA
Antes que mueras quiero disfrutar de este placer.
ORESTES
Interrógame, pues, si lo deseas; yo te responderé.
IFIGENIA
Cierto adivino Calcas, ¿regresó de Troya?
ORESTES
Murió, según decían en Micenas.
IFIGENIA
Cuán justamente, ¡oh deidad veneranda! ¿Y el hijo de Laertes?
ORESTES
Aun no ha llegado a su patria, pero se cree que viva.
IFIGENIA
Que muera y nunca torne a ella.
ORESTES
No le desees mal, que su suerte no es envidiable.
IFIGENIA
¿Vive todavía el hijo de la nereida Tetis?
ORESTES
No; en vano celebró su himeneo en Áulide.
IFIGENIA
Era más bien un engañoso lazo, según aseguran los desdichados que deben saberlo.
ORESTES
¿Quién eres tú? ¿Con qué interés te informas del estado de la Grecia?
IFIGENIA
Soy también griega; cuando era jovencita, perecí.
ORESTES
Con razón, pues, ¡oh mujer!, te cuidas de averiguar lo que en ella sucede.
IFIGENIA
¿Y qué ha sido del capitán cuya dicha publica la fama?
ORESTES
¿Cuál? El que yo conozco, al menos, no es de ese número.
IFIGENIA
Cierto hijo de Atreo, que se llamaba el rey Agamenón.
ORESTES
No sé de quién hablas; dejemos esto, ¡oh mujer!
IFIGENIA
De ninguna manera, por los dioses; al contrario, contéstame, ¡oh extranjero!, para complacerme.
ORESTES
Murió el desdichado, y además arrastró consigo a la muerte a algún otro.
IFIGENIA
¿Murió? ¿Cómo? ¡Ay de mí, desventurada!
ORESTES
¿Por qué has gemido así? ¿Te unía a él algún lazo?
IFIGENIA
Gimo recordando su pasada dicha.
ORESTES
Murió miserablemente, asesinado por una mujer.
IFIGENIA
¡Oh! ¡Cuán deplorable es la suerte de la criminal y de su víctima!
ORESTES
Déjame ya; no me preguntes más.
IFIGENIA
Solo quiero saber si vive todavía la esposa de ese desdichado.
ORESTES
No vive; pereció a manos de su mismo hijo.
IFIGENIA
¡Oh palacio arruinado! ¿Y con qué objeto?
ORESTES
Por vengar el asesinato de su padre.
IFIGENIA
¡Ay de mí! ¡Instrumento deplorable de castigo merecido!
ORESTES
Sin embargo, los dioses no le favorecen, a pesar de su justicia.
IFIGENIA
¿Ha dejado Agamenón en el palacio algún otro hijo?
ORESTES
Electra, su única hija.
IFIGENIA
¿Se dice algo de la otra que mataron?
ORESTES
Nada, sino que, muerta, no ve la luz.
IFIGENIA
¡Desventurada, y desventurado también el padre que la sacrificó!
ORESTES
Pereció inicuamente por una mujer malvada.
IFIGENIA
¿Sobrevive en Argos algún hijo a su padre?
ORESTES
Sí, desdichado en verdad; en ninguna parte existe, y en todas a un tiempo.
IFIGENIA
Adiós, falsos sueños; nada erais, pues.
ORESTES
Ni los dioses, que se llaman sabios, son menos engañosos que los leves sueños. Grande confusión reina en las cosas divinas y humanas; solo me duele que, por obedecer a adivinos, perezca quien no carece de prudencia; bien lo saben algunos.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿Quién se acordará de nosotras y de nuestros padres? ¿Viven acaso? ¿No viven? ¿Quién podrá decirlo?
IFIGENIA
Oíd: ya he tomado mi resolución, ¡oh extranjeros!, que puede seros útil y a mí también. Lo mejor será, sin duda, que nos convengamos todos. ¿Quieres acaso, si te salvo, llevar un mensaje mío a mis amigos de Argos, y cartas que me escribió cierto cautivo, compadecido de mi suerte, juzgando que no era homicida mi mano, sino que moría en virtud de una ley justa en concepto de la diosa? Hasta ahora no he encontrado ninguno que regrese a mi patria, y que, salvándose, entregase mis cartas a alguno de mis amigos. Tú, pues, que según parece no eres villano, y que has visto a Micenas y conoces a aquellos a quienes me dirijo, no morirás, alcanzando por obedecerme recompensa no despreciable. Pero el otro, ya que la ciudad me obliga a ello, será separado de ti y sacrificado a la diosa.
ORESTES
Apruebo cuanto has dicho, ¡oh extranjera!, excepto una cosa, porque la muerte de mi compañero me afligiría mucho. Yo soy el piloto que lo ha traído a este mar calamitoso, y navegó conmigo para compartir mis trabajos. No es, pues, justo que me salve y te sirva a costa de su vida. Más vale hacerlo así: tú le entregas las cartas que te interesa mandar a Argos, y a mí me matará quien quiera. Es lo más infame arrastrar a la desgracia a los amigos y evitarla nosotros. Este lo es mío, y quiero que vea la luz no menos que yo.
IFIGENIA
¡Oh corazón generoso! ¡Cómo se conoce que es noble tu estirpe y que eres verdadero amigo de tus amigos! Que así sea el único pariente que me queda; yo también, ¡oh extranjeros!, tengo un hermano, aunque no le veo. Pero ya que tal es tu voluntad, enviemos a este que lleve las cartas; tú morirás, víctima de tu estrecha amistad.
ORESTES
¿Pero quién ha de sacrificarme? ¿Quién osará cometer tan bárbaro crimen?
IFIGENIA
Tal es mi deber en honor de la diosa.
ORESTES
No envidiable, sin duda, ¡oh virgen!, ni tampoco grato.
IFIGENIA
Oblígame la necesidad, numen incontrastable.
ORESTES
¿Tú, siendo mujer, matas a los hombres con la espada?
IFIGENIA
No, pero rociaré con agua lustral tu cabellera.
ORESTES
Pero ¿quién es sacrificador, si me es lícito preguntarlo?
IFIGENIA
Los encargados de este ministerio habitan en el templo.
ORESTES
¿Y qué sepulcro me recibirá cuando muera?
IFIGENIA
Dentro arde el fuego sagrado, y en la roca han abierto vasta sima.
ORESTES
¡Ay de mí! ¡Ojalá que mi hermana me tributase los últimos deberes!
IFIGENIA
Vano es tu deseo, ¡oh desventurado!, quienquiera que seas, que yace lejos de ti y de esta tierra bárbara. Pero basta que seas argivo para que te honre como pueda. Yo adornaré tu sepulcro, y mi mano untará tu cuerpo frío de amarillento aceite, y derramaré sobre tu pira la miel que liba de las flores la roja abeja. Pero voy a traer las cartas del templo de la diosa; no me odies por eso. Custodiadlos, servidores, sin ataduras, que acaso envíe cartas a alguno de mis amigos de Argos, que no las espera, y a quien amo mucho, participándole, con gran gozo suyo, que viven algunos que cree muertos.
EL CORO
Deploro tu destino: pronto serás sacrificado con las sangrientas gotas del agua lustral.
ORESTES
En vez de lamentarlo, ¡oh extranjeras!, debéis regocijaros.
EL CORO
Feliz eres, ¡oh joven!, y afortunada tu suerte, porque vuelves a tu patria.
PÍLADES
Nunca desea un amigo que su amigo muera.
EL CORO
¡Oh peregrinación infausta! ¡Ay, ay, tú morirás! ¡Ay, ay de mí! ¿Cuál de los dos ha de perecer? Duda mi alma, y no sabe si llorar y gemir por ti primero o acaso por ti.
ORESTES
Di, Pílades, por los dioses, ¿estás tan conmovido como yo?
PÍLADES
No lo sé; me preguntas cuando no puedo responderte.
ORESTES
¿Quién es esa doncella? Como si fuese griega se ha informado de los trabajos sufridos en Troya, y de la vuelta del ejército, y de Calcas, sabio adivino, y de Aquiles; y se apiadó mucho del desventurado Agamenón, y me preguntaba con interés por su esposa y por sus hijos. Esa extranjera debe ser alguna argiva que ha llegado hasta aquí, pues no de otro modo enviaría esas cartas ni se interesaría por todo esto, como si hubiese de participar de la ventura de mi patria.
PÍLADES
Has prevenido mi juicio, y has dicho primero cuanto yo pienso, excepto que las desdichas de los reyes son conocidas de todos los que se cuidan de los asuntos humanos. Pero indicó también otra cosa.
ORESTES
¿Cuál? Mejor la entenderás participándomela.
PÍLADES
Que es vergonzoso que muerto tú vea yo la luz; si navegué contigo, contigo debo morir. Afrentosa reputación de tímido y de cobarde tendré en los valles de Argos y de la Fócida, y creerá la multitud, ya que abundan los malos, que habiéndote hecho traición vuelvo a mi patria sano y salvo, o que te he dado muerte por reinar, cuando a tu familia afligían tantas calamidades, y por casarme con tu hermana, que ha de heredarte. Tal es mi temor, tal mi vergüenza, y estoy resuelto a rendir contigo el alma y a que me degüellen al mismo tiempo que a ti, y conviertan en ceniza mi cuerpo; basta que sea tu amigo, y mi horror al vituperio.
ORESTES
Ruégote que no pienses así; yo solo debo sufrir mis males, y si puede ser simple mi pena, no he de duplicarla. Lo que tú miras como horrible y afrentoso, caerá sobre mí si murieses por compartir mis trabajos. Por mí no te aflijas; no es mala mi suerte, que agobiado por tanto infortunio como los dioses me envían, me veré libre de la vida; tú eres feliz, tu familia está pura y contenta, y la mía es desdichada o impía. Cuando, ya en salvo, tengas hijos de la hermana que te di por esposa, durará mi nombre, y mi estirpe no se extinguirá. Vete, pues, y vive y habita el palacio de tu padre. Ruégote suplicante, por esta diestra, que cuando vayas a la Grecia y a la ecuestre Argos me consagres un sepulcro y un monumento, y que mi hermana ofrezca en mi túmulo su cabellera y sus lágrimas; anúnciale mi muerte a manos de cierta mujer argiva, inmolado en el ara. Ni la abandones nunca, recordando siempre que has contraído himeneo con la hija de Agamenón, y que tus nuevos parientes son huérfanos. Y adiós ya; tú has sido mi mayor y más leal amigo, tú me acompañabas en la caza, te educaste conmigo y has sufrido muchos trabajos por compartir mis desdichas. Apolo, dios adivino, nos engañó astutamente, nos ha alejado de la Grecia cuanto ha podido, avergonzado de sus anteriores vaticinios, y por dar crédito a sus palabras y obedecerlas di muerte a mi madre y ahora muero.
PÍLADES
Tendrás el sepulcro que deseas, y nunca abandonaré el lecho de tu hermana, ¡oh desventurado!; más te amaré muerto que vivo. Sin embargo, no puedes decir todavía que te ha perdido el oráculo del dios, aunque estés a la orilla de la tumba: muchas veces, sí, muchas veces gravísima calamidad produce grandes mudanzas si la fortuna lo dispone.
ORESTES
Calla, que inútiles son ahora los vaticinios de Febo; esa mujer sale ya del templo.
IFIGENIA (_a los que han quedado guardando a los cautivos_).
Apartaos, servidores, y preparad allá dentro lo necesario para los que presiden el sacrificio. (_Vase el Coro_). Aquí tenéis las cartas en múltiples rollos, ¡oh extranjeros! Escuchad además: como ninguno es constante en la desgracia, y cuando la confianza sucede al miedo, recelo que, de vuelta a su patria, no se acuerde de mis cartas y no las lleve a Argos.
ORESTES
¿Qué quieres, pues? ¿Qué te inquieta?
IFIGENIA
Ha de jurarme que llevará estas cartas y las entregará a mis amigos de Argos.
ORESTES
Y tú, ¿jurarás cumplir tu promesa?
IFIGENIA
Di, ¿qué he de decir?, ¿qué callar?
ORESTES
Que lo dejarás ir sano y salvo de esta tierra bárbara.
IFIGENIA
Es justo tu deseo. ¿Cómo, pues, de otra manera conseguiría lo que anhelo?
ORESTES
¿Y lo consentirá el tirano?
IFIGENIA
Yo me encargaré de esto y de dejarlo en la nave.
ORESTES
Jura, pues, y formula el piadoso juramento que ha de hacer él.
IFIGENIA
Que diga: «Yo entregaré estas cartas a tus amigos».
PÍLADES
«Entregaré estas cartas a tus amigos».
IFIGENIA
Y yo, en cambio, te facilitaré los medios de dejar las rocas Cianeas.
PÍLADES
¿Y a qué dios pones por testigo de tus juramentos?
IFIGENIA
A Artemisa, cuya sacerdotisa soy en este templo.
PÍLADES
Y yo al rey del cielo, al venerando Zeus.
IFIGENIA
¿Y si me faltas y no cumples tu juramento?
PÍLADES
Que no vuelva a mi patria. ¿Y tú, si no me salvas?
IFIGENIA
Que nunca vea la tierra de Argos.
PÍLADES
Oye ahora algo que pasamos por alto.
IFIGENIA
Seguramente no hay frases inoportunas si son útiles.
PÍLADES
Concédeme, sin embargo, que si sucede algún percance a la nave, y la mar borra tus cartas y se traga mis riquezas y yo solo me salvo, que no valga mi sagrada promesa.
IFIGENIA
¿Y sabes tú lo que haré? Cuanto mayor es nuestra prevención, más fácilmente realizamos nuestros deseos. Te diré lo que he escrito en las cartas, para que puedas referirlo a los amigos; así no hay temor alguno, y si las salvas, ellas dirán calladas lo que quiero; y si la mar las borra y tú te libras de la muerte, no lo olvidarás.
PÍLADES
Bien miras de este modo por mí y por los dioses. Indícame, pues, a quién debo entregarlas en Argos, y lo que he de decir de tu parte.
IFIGENIA
Anuncia a Orestes, hijo de Agamenón, «que estas cartas son de Ifigenia, viva, la sacrificada en Áulide, aunque crean lo contrario los que ven allí la luz».
ORESTES
¿Y en dónde está? ¿Resucitó acaso después de muerta?
IFIGENIA
Yo soy Ifigenia; no me interrumpas con tus preguntas. «Llévame a Argos, ¡oh hermano mío!, de esta tierra bárbara antes que muera, y líbrame de las víctimas de la diosa en cuyo honor sacrifico a los extranjeros...».
ORESTES
¿Qué te parece, Pílades? ¿En dónde estamos?
IFIGENIA
«O lanzaré, Orestes, imprecaciones contra tu familia». Repito dos veces su nombre para que no se te olvide.
ORESTES
¡Oh dioses!
IFIGENIA
¿Por qué invocas a los dioses, tratando solo de mis asuntos particulares?
ORESTES
Prosigue, no es nada; me había distraído. Preguntando después, averiguaré cosas increíbles.
IFIGENIA
Dile que Artemisa me salvó poniendo en mi lugar una cierva, a la cual mató mi padre creyendo que desenvainaba contra mí su espada, y después me trajo aquí. Tal es el contenido de mi carta.
PÍLADES
¡Oh, con qué juramento tan fácil de cumplir me obligaste, y cuán grata es la condición que fijaste al hacer el tuyo! No tardaré mucho en verme libre de ese sagrado lazo. He aquí cómo llevo tu carta y te la entrego, ¡oh Orestes!, de parte de tu hermana.
ORESTES
La acepto; dejaré, pues, a un lado las plegadas cartas, y gozaré de este placer, y no, en verdad, con meras palabras. ¡Oh hermana muy querida!; aunque mi sorpresa es grande, te estrecharé sin embargo en mis brazos. Increíble es lo que me pasa; disfrutaré de este puro goce oyendo milagros portentosos.
EL CORO
No profanes, extranjero, a la sacerdotisa de la diosa, abrazando su manto, que no debes tocar.
ORESTES
¡Oh hermana!, hija como yo de mi padre Agamenón; no me rechaces, ya que encuentras un hermano que nunca creíste ver más.
IFIGENIA
¿Eres tú mi hermano? ¿Te atreves a repetirlo? Él recorre ahora el campo argivo y la tierra de Nauplia.[292]
ORESTES
No es allí donde está tu hermano, ¡oh desdichada!
IFIGENIA
¿Pero te dio a luz la lacedemonia hija de Tindáreo?
ORESTES
Mi padre fue el nieto de Pélope.
IFIGENIA
¿Qué dices? ¿Puedes probármelo de alguna manera?
ORESTES
Sí; pregunta lo que quieras del palacio paterno.
IFIGENIA
Tú debes hablar y yo oír.
ORESTES
Te diré primero lo que me contó Electra. ¿Tienes tú noticia de la lucha fratricida de Atreo y Tiestes?
IFIGENIA
La oí; fue por la posesión del vellocino de oro.
ORESTES
¿Y sabes que la representaste en bellas telas, tejidas de tu mano?
IFIGENIA
¡Oh tú, el muy amado, ya tocas mi corazón!
ORESTES
¿Y el retroceso del sol, también figurado en ella?
IFIGENIA
Obra fue también de mis manos ese sutil tejido.
ORESTES
¿Te bañó tu madre en Áulide?
IFIGENIA
Sí; y un ilustre himeneo no logró impedirlo.[293]
ORESTES
¿Que dices a esto? ¿No cortaste tu cabellera para entregarla a tu madre?
IFIGENIA
Seguramente: como recuerdo mío, para depositarla en el sepulcro en vez de mi cuerpo.
ORESTES
Te daré otras pruebas. Yo mismo he visto en tu aposento virginal la antigua lanza de Pélope, que se conservaba en el palacio de mi padre, con la cual consiguió la mano de Hipodamía,[294] después de matar a Enómao.
IFIGENIA
¡Oh tú, el más querido Orestes, eres el muy amado Orestes; al fin te veo, tanto como te he deseado, y lejos del suelo patrio, muy lejos de Argos!
ORESTES
Y yo a ti, muerta en opinión de los hombres. Lágrimas de alegría, copioso llanto, con gozo derramado, humedecen tus ojos y los míos.
IFIGENIA
Entonces te dejé, entonces te dejé, tierno niño, en brazos de tu nodriza, en el palacio. ¡Oh fortuna feliz, más de lo que puede expresarse! ¿Qué podré decir? Más que milagro, superior a todo encarecimiento, es lo que nos sucede.
ORESTES
Que en adelante seamos dichosos, viviendo juntos.
IFIGENIA
Placer inagotable he recibido, ¡oh mis amigas!; ahora temo que mi hermano huya de mis brazos, volando por los aires. ¡Oh lares ciclópeos, oh patria, oh Micenas amada, a ti te debo la vida, a ti la educación de mi hermano, astro de mi linaje!
ORESTES
Afortunados fuimos por nuestro nacimiento; pero las desdichas, ¡oh hermana!, han hecho infeliz nuestra vida.
IFIGENIA
Bien lo supe yo cuando mi padre, víctima de su destino, acercó a mi cerviz la espada.
ORESTES
¡Ay de mí! Paréceme que allí te veo, aunque no lo presenciara.
IFIGENIA
Cuando bajo pretexto de casarme con Aquiles me llevaban al supuesto aposento nupcial, y en torno del ara solo había lágrimas y sollozos. ¡Ay de mí, ay de mí, qué agua lustral me aguardaba allí!
ORESTES
La audacia de mi padre me hizo llorar también.
IFIGENIA
¡Indigno, sí, indigno de un padre fue ese atentado! Pero los males se suceden unos a otros.
ORESTES
Ciertamente, hubiera sido horrible, ¡oh mísera hermana!, que hubieses sacrificado a tu hermano por decreto de algún dios.
IFIGENIA
Tan atroz crueldad habría puesto el colmo a mis desdichas. Espantoso, sí, espantoso sin duda fuera mi delito, ¡ay de mí, oh hermano! Con trabajo evitaste muerte impía de mi misma mano. Pero ¿cuál será ahora el fin de tantas calamidades? ¿Cuál mi suerte? ¿De qué medio me valdré para salvarte y conducirte a Argos desde esta región y desde el borde de la tumba, antes que la cuchilla derrame tu sangre? Probar debes, ¡oh alma mísera!, si por tierra (no en la nave) y con veloz carrera, puedes escaparte de este mortal peligro, atravesando naciones bárbaras y sendas intransitables. Larga es la ruta por la mar, y difícil el paso por el angosto escollo cianeo. ¡Mísera, mísera! ¿Qué dios, qué hombre, qué casualidad inesperada nos abrirá feliz camino, mostrando el término de tantos males a estos dos últimos Atridas?[295]
EL CORO
Yo misma acabo de presenciar uno de los sucesos más sorprendentes, superior a todo encarecimiento: me guardaré bien de publicarlo.
PÍLADES
Justo es, ¡oh Orestes!, que amigos que se encuentran se abracen mutuamente; pero ahora, y dejando ya de llorar, es preciso que salgamos de esta tierra bárbara, ya que nos hemos salvado con tanta gloria. Es de varones sabios no apartarse del rumbo que traza la fortuna, seducidos por deleites intempestivos.
ORESTES
Has dicho bien; creo que la suerte nos protege y, por tanto, si nos aprovechamos de ella pronto, será más eficaz su protección.
IFIGENIA
Nada me impide averiguar ahora, nada se opone a que me digas qué ha sido de Electra; mucho me alegraré de saberlo.
ORESTES
Con este vive, y es feliz.
IFIGENIA
¿De dónde es tu compañero? ¿Quién es su padre?
ORESTES
Su padre se llama Estrofio el focidio.
IFIGENIA
¿Es, pues, mi pariente, por su madre la hija de Atreo?[296]
ORESTES
Primo tuyo, sin duda, mi solo y único amigo.
IFIGENIA
Νo había, pues, nacido cuando me sacrificó mi padre.
ORESTES
No; algún tiempo estuvo Estrofio sin hijos.
IFIGENIA
Yo te saludo, esposo de mi hermana.
ORESTES
Y salvador mío, no solo pariente.
IFIGENIA
¿Y cómo osaste cometer tales atrocidades contra una madre?
ORESTES
No hablemos de ello: por vengar la muerte de mi padre.
IFIGENIA
¿Y por qué mató ella a su marido?
ORESTES
Te repito que no hablemos de mi madre; indecoroso es para tus oídos.
IFIGENIA
Callo. ¿Ahora Argos cifra en ti sus esperanzas?
ORESTES
Menelao manda en ella; yo estoy desterrado de mi patria.
IFIGENIA
¿Tu tío agrava, pues, las calamidades de su familia?
ORESTES
No; el terror que me infunden las Furias me aleja de mi patria.
IFIGENIA
A él aludían, sin duda, al decir que delirabas en la orilla del mar.
ORESTES
No es esa la vez primera que me han visto presa de esa desdicha.
IFIGENIA
Ya entiendo; te atormentaban las diosas vengadoras de tu madre.
ORESTES
Hasta un extremo indecible me subyugan con sangriento freno.
IFIGENIA
¿Y por qué has venido aquí?
ORESTES
Por obedecer un oráculo de Febo.
IFIGENIA
¿Y qué pensabas hacer? ¿Puedes decirlo, o debes callarlo?
ORESTES