Chapter 20 of 25 · 3941 words · ~20 min read

Part 20

Salve, sepulcro de mi padre: a la puerta de mi palacio te sepulté, ¡oh Proteo!, atento solo a mi salvación, y siempre tu hijo Teoclímeno, cuando sale o entra en él, te saluda respetuosamente, ¡oh padre mío! Vosotros, servidores, llevad a la regia estancia los perros y las redes de las fieras.[364] Muchas veces me he arrepentido de no castigar a los malvados con la muerte. Y ahora poco supe que cierto griego había arribado públicamente a esta costa y engañado a los espías, ya él también lo sea, ya trate de robar a Helena; pero morirá si cae en mis manos. ¡Hola! Ya, según parece, ha realizado su propósito, porque, abandonando el sepulcro, la hija de Tindáreo ha huido en alguna nave de este país. Eh, servidores, abrid las puertas, desatad los caballos y sacad los carros, para que en cuanto pueda no me engañen, arrebatándome la esposa que deseo. (_Sale Helena del palacio vestida de luto, cortados los cabellos y derramando lágrimas_). Pero no os mováis, que en el palacio está la que vamos a perseguir, y no ha huido. ¡Hola! ¿Por qué te vistes de negro, no de blanco, y has cortado con el hierro los cabellos de tu bella cabeza y lloras, regando tus mejillas lágrimas abundantes? ¿Te hacen gemir nocturnos sueños o la fama te ha traído triste nueva, llenándote de aflicción?

HELENA

¡Oh señor!,[365] que ya te debo llamar así, muerta soy. Completa es mi ruina, todo se acabó ya para mí.

TEOCLÍMENO

¿Qué calamidad te aqueja? ¿Qué ha ocurrido?

HELENA

Menelao, ¡ay de mí!, ¿cómo lo diré?, ha muerto.

TEOCLÍMENO

No creas que me alegra esa noticia, aunque por otra parte me haga feliz. ¿Cómo lo has sabido? ¿Te lo dijo acaso Teónoe?

HELENA

Ella me lo dijo, y además quien presenció su muerte.

TEOCLÍMENO

¿Ha llegado acaso alguno que lo anuncie con toda certeza?

HELENA

Sí, y ojalá que se presente como yo deseo.

TEOCLÍMENO

¿Quién es? ¿En dónde está? Quiero saberlo con seguridad.

HELENA

El que se sienta trémulo cerca de este monumento. (_Aparece entonces Menelao_).

TEOCLÍMENO

¡Oh Apolo!, y qué traza tan miserable es la tuya.

HELENA

¡Ay de mí! Paréceme que veo a mi marido.[366]

TEOCLÍMENO

¿Cuál es la patria de este hombre y de dónde viene?

HELENA

Es griego, y uno de los aqueos que navegaban con mi esposo.

TEOCLÍMENO

¿Y dice cómo pereció Menelao?

HELENA

Del modo más deplorable, en las húmedas ondas del mar.

TEOCLÍMENO

¿En qué paraje bárbaro navegaba?

HELENA

La tempestad le arrojó contra los escollos inaccesibles de la Libia.

TEOCLÍMENO

Y estando en la misma nave de Menelao, ¿cómo no pereció también?

HELENA

A veces los malos son más afortunados que los buenos.

TEOCLÍMENO

Y el recién venido, ¿en dónde dejó los restos de la nave?

HELENA

En donde valiera más que hubiese muerto, en vez de Menelao.

TEOCLÍMENO

Murió, pues. ¿Qué buque ha traído a ese mensajero?

HELENA

Según dice, lo recogió uno que sobrevino en el momento del naufragio.

TEOCLÍMENO

¿Y qué se hizo de la calamidad que en tu lugar estuvo en Troya?

HELENA

¿Aludes a mi vaporosa imagen? Se desvaneció en el aire.

TEOCLÍMENO

¡Oh Príamo y míseros troyanos, cuán vanamente perecisteis!

HELENA

Víctima soy también de las desdichas de los troyanos.

TEOCLÍMENO

¿Dejó insepulto a tu marido, o lo enterró?

HELENA

Dejolo insepulto. ¡Ay de mi desventura, ay de mis males![367]

TEOCLÍMENO

¿Y por eso cortaste los rizos de tu blonda cabellera?

HELENA

Ámolo siempre, aunque yazga en los infiernos.

TEOCLÍMENO

¿Y es verdad que deploras esta desdicha?

HELENA

¿Es fácil acaso ocultarla a tu hermana?[368]

TEOCLÍMENO

De ninguna manera. Y después de esto, ¿continuarás habitando en este sepulcro?[369]

HELENA

¿Por qué me mortificas con preguntas y ni aun a los muertos respetas?

TEOCLÍMENO

Fiel eres, sin duda, a tu esposo, negándote siempre a acceder a mis deseos.

HELENA

Pero ya no; dueño eres de mi mano.

TEOCLÍMENO

Tarde has consentido, y sin embargo lo apruebo.

HELENA

¿Sabes lo que has de hacer? Olvidémonos de lo pasado.

TEOCLÍMENO

¿Bajo qué condición? Un favor se paga con otro.

HELENA

Hagamos las paces; roconcíliate conmigo.

TEOCLÍMENO

Desaparezca, pues, mi indignación contra ti, y que el viento la lleve.

HELENA (_arrojándose a sus pies_).

Por estas rodillas te ruego, ya que me amas...

TEOCLÍMENO

¿Qué deseas, suplicándome así?

HELENA

Que me dejes sepultar a mi difunto esposo.

TEOCLÍMENO

¿Cómo, pues? ¿Se sepulta a los ausentes? ¿Enterrarás acaso una sombra?

HELENA

Es costumbre entre los griegos, si alguno muere en la mar...

TEOCLÍMENO

¿Qué se hace? Astutos son los Pelópidas en tales ocasiones.

HELENA

Sepultar el vacío tejido de un peplo.[370]

TEOCLÍMENO

Celebra sus funerales; levántale un túmulo en el campo, en donde quisieres.

HELENA

No sepultamos así a los navegantes que murieron.

TEOCLÍMENO

¿Cómo, pues? Ignoro los ritos funerarios de los griegos.

HELENA

Lanzamos al mar cuanto se consagra al muerto.

TEOCLÍMENO

¿Qué quieres, pues, que te conceda en su favor?

HELENA

No lo sé. (_Mirando a Menelao_). Nuevo es para mí todo, habiendo sido antes feliz.

TEOCLÍMENO

¡Oh extranjero!, grata nueva has anunciado.

MENELAO

No para mí, al menos, ni tampoco para el difunto.

TEOCLÍMENO

¿Cómo sepultáis a los muertos que perecieron en la mar?

MENELAO

Con arreglo a la fortuna de cada uno.

TEOCLÍMENO

No repares en gastos y di lo que quieras, que lo conseguirás, si algo vale mi amor a Helena.

MENELAO

Primeramente se les ofrecen libaciones de sangre.

TEOCLÍMENO

¿Sangre de qué? Dilo, que se te facilitará cuanto quieras.

MENELAO

Manda tú lo que mejor te parezca; bastará lo que dieres.

TEOCLÍMENO

Entre los bárbaros se acostumbra inmolar un caballo o un toro.[371]

MENELAO

Pero no nos hagas algún presente que sea de poco valor.

TEOCLÍMENO

En mis numerosos rebaños no escasean nobles víctimas.

MENELAO

Y se lleva un lecho preparado, por supuesto sin el cadáver.

TEOCLÍMENO

Se cumplirán tus deseos. ¿Y qué otra cosa falta con arreglo a vuestros ritos?

MENELAO

Bronceadas armas, porque era aficionado a ellas.

TEOCLÍMENO

Dignas del hijo de Pélope serán las que te demos.

MENELAO

Y además cuantas bellas flores produzca la tierra.

TEOCLÍMENO

¿Y para qué? ¿De qué manera arrojáis a la mar todo esto?

MENELAO

Necesitamos una nave con sus remeros.

TEOCLÍMENO

¿Y a qué distancia se ha de alejar de la tierra?

MENELAO

Apenas se han de ver desde la orilla las ondas que la cerquen.

TEOCLÍMENO

¿Con qué objeto? ¿Quién instituyó entre los griegos esta costumbre?

MENELAO

Para que las ofrendas no sean rechazadas por las olas contra la costa.

TEOCLÍMENO

Pondré a vuestra disposición ligera nave fenicia.

MENELAO

Basta esto, y lo agradecerá Menelao.

TEOCLÍMENO

¿Y puedes hacerlo sin el concurso de Helena?

MENELAO

Al contrario, ha de presidir la madre, la esposa o los hijos.

TEOCLÍMENO

¿Ella, pues, según dices, ha de celebrar las exequias de su marido?

MENELAO

Piadosa obligación es para los justos no defraudar las legítimas esperanzas de los muertos.

TEOCLÍMENO

Así sea. Interésame que sea piadosa la compañera de mi lecho. Iré, pues, al palacio y enviaré las fúnebres galas; y cuando te vayas, no será con las manos vacías, si en algo estimo el favor que Helena me dispensa. Por haberme traído tan fausta nueva, recibirás, en vez de tus sórdidos harapos, un nuevo traje y abundantes provisiones, para que puedas volver a tu patria, ya que tu estado es tan miserable. Tú, ¡oh desventurada!, no te atormentes deplorando una desgracia irreparable. Se ha cumplido el destino de Menelao, y muerto ya, no puede resucitar.

MENELAO (_a Helena_).

Deber tuyo es, ¡oh joven!, amar a tu esposo mientras exista, y cuando muera no acordarte de él; paréceme lo mejor que puedes hacer ahora. Si llego con felicidad a la Grecia, lavaré tu antigua mancha, si, como espero, te comportas cual debes con tu marido.

HELENA

No lo dudes; no podrá quejarse, como tú mismo has de ver. Pero entra, ¡oh desventurado!, lávate y deja esos harapos. No tardaré en probarte mi bondad. Con más afición harás a mi querido Menelao sus exequias, si de nosotros consigues lo que mereces. (_Vanse los tres_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_[372] — La rústica madre de los dioses recorrió en otro tiempo con pies ligeros los agrestes bosques, y atravesó las corrientes de los ríos, y las ondas del mar que resuena gravemente buscando a su perdida hija, que no debemos nombrar,[373] mientras las báquicas campanillas se agitaban con ruido, y al carro de la diosa, tirado por fieras, acompañaban ágiles doncellas, en busca de la que fue arrebatada de los coros virginales, y Artemisa, armada de sus saetas, y Palas, de semblante adusto, empuñando la lanza. Pero Zeus, mirándolas desde el cielo...

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otra cosa decretaba.

_Antístrofa 1.ª_ — Cuando después de vagar incesante descansó de sus trabajos la afligida madre y supo el pérfido rapto de su hija, tan difícil de hallar, recorrió las nevadas rocas de las ninfas del Ida, y se arrojó llorosa sobre los peñascos cubiertos de nieve; y como el arado no surcaba los campos, nada producían para los mortales, y el hambre azotaba a los pueblos; no brotaba lozana y abundante hierba, alegre pasto de los ganados; faltó el alimento a las ciudades, cesaron los sacrificios a los dioses, las ardientes libaciones no regaban las aras y de las húmedas fuentes no manaban límpidas aguas; anunciaba todo el dolor que sentía por la pérdida de su hija.

_Estrofa 2.ª_ — Cuando los dioses y el linaje humano llegaron a carecer de su ordinario sustento, Zeus, para aplacar la ira funesta de la triste madre, dijo: «Andad, Gracias venerandas, id a desvanecer con vuestro canto la aflicción de Deméter, airada por el rapto de su hija, y vosotras, Musas, cantad himnos en vuestro coro». Afrodita, la más bella de los bienaventurados, tocó primero la resonante trompeta, y tomó el tambor, cubierto de piel, y sonrió la diosa, y cogió en sus manos la flauta de sonido grave, deleitándose con sus modulaciones.

_Antístrofa 2.ª_ — (_A Helena_). Y te olvidaste, orgullosa, de celebrar en tu aposento tan santa fiesta, e incurriste en la cólera de la divina madre, ¡oh hija!, no sacrificando a los dioses. Mucho pueden, en verdad, las pieles de los manchados cervatillos, y las sagradas férulas, y las fuentes ceñidas de hiedra, y las ondulaciones que en el aire imprimen las campanillas dispuestas en círculo, y la cabellera desordenada de las bacantes, y las fiestas nocturnas de la diosa ...

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Pero solo te envanecías con tu hermosura.

HELENA (_que sale del palacio con Menelao, ya armado_).

Todo va bien en el palacio, ¡oh amigas! La hija de Proteo, que favorece nuestro engaño, interrogada por su hermano acerca de la muerte de mi marido, que estaba presente, no lo ha descubierto; al contrario, dijo que había muerto y que ya no veía la luz. Muy importante es para mi esposo tan oportuno beneficio; lleva las armas, que debe lanzar al mar, y embrazando el escudo con siniestra mano, y empuñando con la diestra la lanza, se prepara a celebrar conmigo tan gratos funerales. No esquivará así la pelea, y triunfará de innumerables bárbaros cuando entremos en la nave, armada de numerosos remos. Ya dejó los vestidos de náufrago y se puso otros, y yo misma le ayudé a lavarse en agua de río, después de tanto tiempo. Pero debo callar, porque sale del palacio quien se lisonjea de celebrar conmigo en breve su himeneo; ruégote (_Al Coro_) que me pruebes tu afecto, y que cierres tus labios, si es posible, para que todos nos salvemos.

TEOCLÍMENO

Adelantaos en buen orden, servidores, a celebrar las marinas exequias, como ha dispuesto el extranjero. Tú, Helena, obedéceme, si no te desagrada mi consejo; quédate aquí; lo mismo honrarás a tu marido presente que ausente. Temo que tu aflicción y tristes recuerdos te trastornen lo bastante para que te precipites también a las olas del mar; aunque no asistas a esa ceremonia, lo llorarás, sin embargo, cuanto quieras.

HELENA

¡Oh ínclito esposo mío!, necesario es que yo honre al primero que visitó mi lecho nupcial tan grande es mi amor a él, que quisiera morir también. Pero ¿de qué servirá? Déjame, pues, que vaya y que celebre sus exequias. Que los dioses te concedan lo que deseo, y a este extranjero que ahora nos ayuda.[374] Y en el palacio seré para ti tan buena esposa como anhelas, por los beneficios que a Menelao y a mí dispensas. Parece que la fortuna protege estos funerales; pero manda que nos entreguen la nave en que hemos de llevarlo todo, para que el favor sea completo.

TEOCLÍMENO (_a uno de sus servidores_).

Ve tú y dales una nave sidónica de cincuenta remos, con los necesarios remeros.

HELENA

¿Pero no manejará el timón el que ha dispuesto los funerales?

TEOCLÍMENO

Sin duda, y lo obedecerán mis marineros.

HELENA

Repite, pues, tus órdenes con toda claridad.

TEOCLÍMENO

Lo mandaré dos y hasta tres veces, si quieres.

HELENA

Que seas feliz y que el mejor éxito corone mis proyectos.

TEOCLÍMENO

No llores demasiado, que marchitarás tu belleza.

HELENA

Hoy sabrás hasta dónde llega mi gratitud.

TEOCLÍMENO

Vano trabajo nos tomamos por los muertos.

HELENA

Aquí y allí hay algunos a quienes aludo.

TEOCLÍMENO

En mí tendrás un esposo en nada inferior a Menelao.

HELENA

Exento estás de culpa; solo falta que me proteja la fortuna.

TEOCLÍMENO

De ti dependo, si me amas.

HELENA

Hace ya tiempo que aprendí a estimar a los amigos.

TEOCLÍMENO

¿Quieres, acaso, que yo te acompañe y gobierne la nave?

HELENA

No, rey, que no has de servir a tus esclavos.

TEOCLÍMENO

Ea, pues, olvidemos ya los ritos de los hijos de Pélope; puro está nuestro palacio, pues Menelao no expiró en él. Anuncíese a mis sátrapas que me traigan presentes nupciales; conviene que en todo mi reino resuenen faustos epitalamios por mi himeneo con Helena, y que celebre mi dicha. Vete, extranjero, y cuando abandonares en los brazos de la mar al primer esposo de esta, vuelve pronto a mi palacio con Helena para solemnizar mis bodas, ya regreses luego a tu patria, ya prefieras quedarte con nosotros y ser feliz. (_Retírase_).

MENELAO

¡Oh Zeus!, llamado padre y dios sabio, míranos y líbranos de nuestros males, y ayúdanos diligente, ya que hasta ahora arrastro penosa cadena de males. Basta que nos toque tu dedo, y alcanzaremos la dicha que deseamos. Innumerables trabajos hemos sufrido ya. Muchas veces, ¡oh dioses!, os he invocado en vano para que os compadezcáis de mis miserias; no siempre he de ser desdichado; concededme al fin próspera fortuna. Acceded ahora a mis ruegos, y seré después feliz. (_Vase con Helena_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Veloz nave fenicia de Sidón, que cortas las ondas mugidoras,[375] amada de los remeros, y precedes danzando a los graciosos coros de los delfines, cuando los vientos no agitan las olas; que Galanea,[376] la azulada hija del Ponto, diga así: «Tended las velas a las marinas brisas, y empuñad los remos de abeto, ¡oh marineros!, y llevad a Helena a los puertos de Perseo».[377]

_Antístrofa 1.ª_ — (_A Helena_). Cerca de la corriente del río[378] hallarás a las doncellas Leucípides,[379] o ante el templo de Atenea, mezclándote al fin, aunque tarde, en los coros o en las fiestas nocturnas de Jacinto,[380] muerto a manos de Apolo cuando intentó llegar a la meta con el disco, origen de las fiestas anuales que fundó entonces en la Laconia el hijo de Zeus. Y casarás a la tierna doncella[381] que dejaste en su casa ... pues todavía no han lucido en su honor las antorchas.

_Estrofa 2.ª_ — ¡Ojalá que aladas cortáramos los aires, formando escuadrón como las aves líbicas,[382] cuando emigran huyendo del invierno, obedientes a la voz de su capitán, resonando a su paso por los campos áridos y los llenos de frutos! ¡Oh aves de largo cuello, que rivalizáis con las nubes, llegad hasta las Pléyades y el nocturno Orión, y anunciad, deteniéndoos en la orilla del Eurotas, que Menelao, después de tomar a la ciudad de Dárdano, volverá a su patria!

_Antístrofa 2.ª_ — Surcando el aire de vuestro carro, venid al fin, hijas de Tindáreo, que habitáis en el cielo bajo los torbellinos de los brillantes astros, y velad por Helena en el mar azulado, y en sus olas espumosas y cerúleas, enviando desde vuestra morada vientos propicios a los navegantes; no consentid que llene a vuestra hermana de ignominia su bárbaro himeneo, resultado de la contienda del Ida, causa para ella de graves penas, aunque nunca haya pisado las torres febeas[383] del Ilión.

EL MENSAJERO

¡Oh rey!, muy oportunamente te encuentro en tu palacio; pronto oirás males inesperados.

TEOCLÍMENO

¿Qué hay?

EL MENSAJERO

Busca otra mujer, que Helena desapareció ya de aquí.

TEOCLÍMENO

¿Volando, u hollando la tierra?

EL MENSAJERO

Menelao, el mismo que se presentó a anunciarte su propia muerte, se la llevó en la nave.

TEOCLÍMENO

¿Qué prodigio cuentas? ¿Pero cúyo era el bajel en que huyeron? Increíble es lo que dices.

EL MENSAJERO

El mismo que cediste al extranjero. En una palabra, se escapó con tus marinos.

TEOCLÍMENO

¿Cómo? Deseo saberlo. No puedo creer que uno solo haya vencido a tantos como te acompañaban.

EL MENSAJERO

Después que la hija de Zeus se encaminó desde este palacio a la orilla del mar, astuta, andaba con molicie, y gemía al lado de su esposo, no en verdad muerto. Cuando llegamos a la cerca en que se guardan tus naves, sacamos a la mar un bello buque sidonio, que contaba cincuenta remos con sus bancos. Todos trabajaban a porfía: uno preparaba el mástil, otro ponía el remo al alcance de su mano, estos desataban las blancas velas, aquellos soltaban las riendas del timón. Mientras nos afanábamos así, ciertos griegos, compañeros de viaje de Menelao, que nos esperaban, se acercaron a la orilla, vestidos como náufragos y de escuálido aspecto, al menos en la apariencia. Cuando los vio el hijo de Atreo, les habló así, fingiendo dolor engañoso: «¡Oh desdichados!, ¿en qué lancha os salvasteis? ¿Qué nave griega os trajo? ¿Queréis acompañarnos a celebrar los funerales del difunto Atrida, al cual, aunque ausente, tributa los últimos honores la hija de Tindáreo, que aquí veis?». Ellos, derramando falsas lágrimas, entraron en la nave, ofreciendo a Menelao las libaciones que él mismo hacía a la mar. Mas nosotros empezábamos ya a desconfiar y hablábamos unos con otros, viendo la multitud que llenaba el buque, y callábamos, sin embargo, obedientes a tus órdenes insensatas, pues habías mandado que el extranjero manejase el timón. Ya todo estaba pronto, no con mucho trabajo, y solo faltaba que el toro salvase el tablado por donde se entraba en la nave; mugía, revolviendo los ojos a todas partes, y bajaba la cabeza y nos miraba, sin permitir que nos acercásemos. Entonces exclamó el marido de Helena: «Vosotros los que derribasteis a Troya, ¿no cargaréis al toro en vuestros hombros, como los griegos acostumbran, y lo arrojaréis a la proa, y mi cuchilla, ya pronta, herirá la víctima, que se ha de inmolar al muerto?». Ellos, dóciles a su mandato, se apoderaron de él y lo llevaron a las tablas de la nave, y Menelao, acariciando su cuello y su frente, sujeta con un solo nudo, lo hizo entrar en ella. Al fin, después que todo estuvo preparado, subió Helena las escalas con sus pies bellos, y tomó asiento en medio de la nave, y junto a ella Menelao, el que se decía difunto. Los griegos, sin separarse unos de otros, formando grupos iguales a la derecha y a la izquierda de ambos, sentáronse también, ocultando sus espadas bajo los vestidos. Al oír la voz del capitán de los remeros, resonaron en la mar nuestros clamores. Cuando estábamos a cierta distancia de la tierra, el piloto que regía el timón hizo esta pregunta: «¿Navegamos más allá, ¡oh extranjero!, o nos quedamos aquí, ya que tú eres nuestro capitán?». Él dijo «Basta», y empuñando la espada en la diestra se encamino a la proa a degollar al toro, aunque sin hacer mención del muerto, y al cortar su cuello, se expresó así: «¡Oh marino Poseidón, que habitas en el salado piélago, y castas hijas de Nereo, de aquí llevadme en salvo, con mi esposa, hasta la costa Nauplia!». Ya la sangre saltaba a borbotones a la mar, feliz presagio de la navegación del extranjero. Alguno exclamó entonces: «Nos engaña, marineros, retrocedamos; tú ordena la maniobra, y tú da vuelta al timón». Pero el hijo de Atreo, así que mató al toro, derecho, en medio de sus compañeros, los exhortó con estas palabras: «¿Por qué titubeáis, ¡oh flor de la Grecia!, en degollar y matar a estos bárbaros y en arrojarlos a la mar?». Tu prefecto entonces, por la otra parte, arengó de esta suerte a los marineros: «¿No habrá quien empuñe un trozo de lanza, quien rompa un banco, ni quien arranque un remo para resistir, como nos sea posible, a estos extranjeros?». Y todos se levantaron, unos con remos y otros con espadas. La sangre corrió por el navío. Helena animaba así a los suyos desde la popa: «¿Qué se hizo de la gloria que ganasteis en Troya? Probad vuestro esfuerzo contra estos bárbaros». Caían unos, que se precipitaban demasiado, otros se levantaban y otros yacían sin vida. Pero Menelao, bien armado, observaba cuándo cedían sus compañeros, y acudía allí, esgrimiendo sus armas hasta echarnos del buque y quitar los remos a tus marineros. Después, apoderándose del timón, dirigió el rumbo hacia la Grecia. Levantaron el mástil, soplaron vientos favorables, y se alejaron de la costa. Yo, por evitar la muerte, me tiré al mar junto al áncora, y me echaron una cuerda desde la orilla, que me salvó, y llegué a tierra para anunciarte lo ocurrido. Nada es tan útil a los hombres como una prudente desconfianza.

EL CORO

Nunca hubiese creído, ¡oh rey!, que Menelao en persona te engañase a ti y a nosotros, como lo ha hecho.

TEOCLÍMENO

¡Desventurado de mí, víctima de artificios mujeriles! Desvaneciéronse mis bodas. Si pudiese salir en persecución de la nave y apoderarme de ella, me consolaría, vengándome pronto de los extranjeros; ahora castigaré a mi hermana, que me ha vendido, y que, viendo a Menelao en mi palacio, no me lo dijo. No volverá a engañar a nadie con sus vaticinios.

EL CORO

¿Adónde te diriges, señor? ¿Vas a derramar sangre?

TEOCLÍMENO

Adonde me lleva la justicia. Pero no me lo impidas.

EL CORO

No soltaré tu vestido: te precipitas en vasto abismo de males.

TEOCLÍMENO

¿Y mandarás a tu señor, siendo su esclavo?

EL CORO

Bien sé lo que digo.

TEOCLÍMENO

No lo creeré, si no me dejas...

EL CORO

Al contrario, no te dejaremos...

TEOCLÍMENO

Matar a mi hermana, malvada si las hay...

EL CORO

Te equivocas; es la más piadosa.

TEOCLÍMENO

Que me vendió...

EL CORO

Traición honrosa en verdad, para que no fueses injusto.

TEOCLÍMENO

Entregando mi esposa a otro...

EL CORO

Que tiene más derecho a ella.

TEOCLÍMENO

¿Quién es dueño de lo mío?

EL CORO

El que la recibió de su padre.

TEOCLÍMENO

Pero la fortuna me la dio.

EL CORO

Y el destino te la quitó.

TEOCLÍMENO

Tú no eres juez de mis asuntos.

EL CORO

Sin duda, si son más sensatas mis palabras.

TEOCLÍMENO

Luego servimos, no mandamos.

EL CORO

Para ser piadoso, no para cometer injusticias.

TEOCLÍMENO

Paréceme que deseas la muerte.

EL CORO

Mata. No consentiré que sacrifiques a tu hermana. Aquí me tienes. Nada glorifica tanto a nobles esclavos como morir por sus dueños.

LOS DIOSCUROS