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Part 25

[330] Es muy bueno esto de las ocultas señales, en cuya virtud Menelao podría reconocer a Helena. Es tan natural, tan sencillo, tan infantil, que excita nuestra involuntaria sonrisa, y no solo lo perdonamos, sino que sentiríamos no verlo escrito. La poesía griega puede compararse a esos valles de los montes en donde crecen confundidos flores, arbustos y árboles sin orden ni concierto, pero formando un todo encantador y risueño, porque vemos en ellos la mano de Dios sola, la vida inagotable de la Naturaleza; parte de la moderna se asemeja a esos jardines simétricos en donde todo es regular y ordenado, con sus cuadros geométricos, sus árboles en fila, sus fuentes en los ángulos o el centro; en fin, todo prosaico, artificial y frío.

[331] Calisto, hija de Licaón, seducida por Zeus, transformado en la diosa Artemisa para lograr su amoroso intento. Hera la convirtió en osa, no en leona, como dice Eurípides más abajo, y Zeus la trasladó al cielo con su hijo Arcas, en donde fueron conocidos con los nombres de la Osa grande y pequeña.

[332] Poco se sabe de esta Cos, citada por Helena sin nombrarla. Estéfano, en su obra sobre las ciudades, dice así: Κίος δὲ ἀπὸ Κῶ, ᾕτις Μέροπος γηγενοὺς θυγάτηρ. «Cos (la isla del Egeo, patria de Hipócrates, Epicarmo y Apeles), llamada así de Cos, hija de Mérope». Higino, _Astron._, 16, dice que este Mérope fue rey de la isla de Cos, cuyo nombre viene del de su hija. Parece que Mérope contrajo himeneo con una ninfa llamada Etemea, castigada a flechazos por Artemisa, furiosa al contemplar el desprecio con que la trataba. Perséfone, sin embargo, la arrastró a los infiernos todavía con vida. Así es de presumir que algunos, como hace aquí Eurípides, atribuyen a una hija de Mérope lo que otros cuentan de su esposa.

[333] Véase el _Orestes_, en donde se refiere todo esto que dice Menelao.

[334] Ya en otra ocasión hemos recordado las burlas de Aristófanes acerca de los harapos que suelen cubrir a los héroes de Eurípides. Los de Sófocles y Esquilo excitan el terror y la compasión, no por estos accesorios externos, sino por su especial situación trágica. Sin embargo, no puede negarse que ahora, al menos, están justificados.

[335] El amor de Teoclímeno a Helena.

[336] No deja de ser dramática la situación de Menelao que, habiendo dejado a Helena en poder de sus compañeros, oye de los labios de la vieja portera tan extrañas nuevas. Sus dudas y reflexiones son tan naturales que no pueden menos de excitar nuestro interés. Tantas casualidades no son creíbles, y por eso excitan hasta ese punto su extrañeza; pero como su situación no es a propósito para perder el tiempo analizándolas, las deja para mejor ocasión.

[337] Parecía lo natural que Menelao, al encontrar inesperadamente a Helena a quien había dejado oculta en la cueva, creyese que de cualquier modo había salido de ella y estaba allí como él, pues el mismo tiempo necesitaban uno y otro para llegar a aquel paraje. Un marido de nuestros tiempos se hubiera apoderado de ella y la hubiese arrastrado a la cueva para compararlas y desvanecer sus dudas; pero Menelao, seguro de que no la dejarían escapar sus compañeros, dominado de mil supersticiones, desconfiando de todo después de haber sufrido tantas desdichas, y viéndola correr hacia el sepulcro de Proteo como hacia un edificio conocido y hablar con el Coro como con antiguos amigos, vacila, y no sabe qué pensar ni qué hacer.

[338] Hera fue siempre celosa, vengativa y cruel, y no pudo perdonar la injuria que le hizo Paris, dando a Afrodita la palma de la belleza en los bosques de Ida. Con este objeto supone Eurípides que solo dejó al hijo de Príamo una vana sombra, alterando a su capricho la tradición y atribuyendo a una de las deidades principales del Olimpo tan bárbara venganza, puesto que por un fantasma aéreo y para satisfacer su rencorosa pasión, causó la muerte de tantos griegos y troyanos.

[339] El texto griego dice terminantemente: πικρὰς ἐς ἀρχὰς βαίνεις. Esta locución, muy común en la lengua helénica, es natural en un pueblo acostumbrado a oír frecuentemente a sus oradores y familiarizado con los términos de la Retórica. Otras muchas frases revelan también que era una ciudad marítima y mercantil.

[340] Los personajes de Eurípides, siempre que hablan del lecho, dan a entender lo que media realmente, esto es, que estaban a considerable altura, hasta el extremo de que para llegar a ellos se hacía uso de una escalera (_gradus_) o de un taburete alto (_scamnum_). Venían a ser una especie de sofás muy grandes, con una elevación en la cabecera y a veces otra en los pies (ἀνακλιντήριον) y un respaldo en uno de los lados, mientras que el otro (_sponda_) dejaba franca la entrada. Fuertes fajas (_fascias, restes, institae_), sujetas en el catre, sostenían un colchón bien relleno (_torus, culcita_) con un travesero y una almohada (_cubital, cervical_).

[341] Hermes, mensajero de los dioses.

[342] Como este mensajero es un esclavo, no osa, sin permiso de su dueño Menelao, tomar parte en el diálogo de ambos esposos, y solo cuando este le da licencia para ello se atreve a hablar con sus dueños.

[343] Famoso adivino, hijo de Téstor, que acompañó a los griegos a su expedición a Troya y predijo que duraría diez años, y que la flota que conducía a los guerreros no saldría del puerto de Áulide hasta que Agamenón sacrificase a su hija Ifigenia en el altar de Artemisa. Homero dice que murió de despecho, vencido por el adivino Mopso.

[344] Heleno, otro adivino hijo de Príamo, a quien cautivó Odiseo en la guerra de Troya, y después de tomada fue hecho esclavo de Pirro, cuya amistad se granjeó prestándole importantes servicios. Pirro le cedió su esposa Andrómaca, y al morir, parte de sus estados.

[345] Esta diatriba contra el arte de las adivinaciones, aunque conforme con nuestras ideas, no deja de ser un rasgo inaudito de irreligiosa osadía, tratándose de un griego de la antigüedad. Justamente, uno de los lazos comunes que unía a los distintos pueblos de la Grecia era esta creencia en los oráculos, y la veneración que se profesaba a algunos, como al de Apolo en Delfos, asilo sacrosanto en tiempo de disturbios, a cuyo lustre contribuían con sus dones todas las ciudades helénicas.

[346] Esta tempestad de que habla Menelao es la que promovió Poseidón a ruego de Atenea, para vengarla de la profanación de su templo por Áyax, de todo lo cual hacemos mención en _Las Troyanas_, verso 77 y siguientes.

[347] Nauplio, rey de la Eubea y padre de Palamedes, que pereció apedreado en el campamento de los griegos junto a Troya, por engaño de Odiseo, se vengó de sus enemigos encendiendo hogueras en el promontorio Cafereo, y atrayendo hacia él a los vencedores de Ilión, cuyas naves se estrellaron casi todas en los escollos.

[348] Creta, a consecuencia de los amores de Pasífae, de la expedición de Teseo y de la muerte de Minotauro era para los griegos una isla novelesca.

[349] Hallábanse estas grutas, en las cuales Perseo cortó la cabeza de la Gorgona, en la parte occidental del delta del Nilo.

[350] Las frases pronunciadas antes por la vieja portera del palacio de Proteo, cuando Menelao se llega a él pidiendo hospitalidad. Recuerda lo que le ha dicho del odio que su señor profesa a los griegos y sus noticias sobre Helena, la hija de Zeus, incomprensibles entonces pera él.

[351] Ejemplos innumerables que hemos visto en otras tragedias nos enseñan que entre los antiguos griegos los altares de los dioses servían de asilo a los criminales y desdichados, y como Menelao solo ve un sepulcro, no un templo ni un altar, extraña esta costumbre de los egipcios, distinta de la de sus compatriotas. Sin más explicación se comprende fácilmente que Helena, expuesta a los ardores amorosos de Teoclímeno, cuidase de dormir de noche en el sepulcro, no en el palacio de su amante desdeñado.

[352] Teónoe, de θεός, dios, y νοῦς, entendimiento.

[353] Neleo, hijo de Poseidón y de Tiro, y hermano de Pelias, a quien ayudó a usurpar el cetro de Yolco, que empuñaba Esón; desterrado después por el usurpador, fundó Pilos y Mesenia, y se casó con Cloris, de quien tuvo doce hijos, y a Néstor entre ellos. Se atrevió a pelear con Heracles, y murió a sus manos con casi todos sus hijos, excepto Néstor. Neleo fue uno de los argonautas. Su hijo y sucesor, de quien habla Menelao, el Matusalén de los griegos, asistió al combate de los centauros y los lapitas, y capitaneó a pilios y mesenios en el sitio de Troya, en donde perdió a su hijo Antíloco. Néstor, como hemos dicho, era tan viejo que, según Homero, contaba tres edades de hombre, y fue también muy famoso por su sabiduría y su elocuencia.

[354] Desde los tiempos más remotos fueron mirados los egipcios por los demás gentiles, sobre todo por los griegos, como un pueblo excesivamente religioso, fanático y supersticioso, y su país como la patria natural de prodigios y portentosas maravillas. Recuérdese también que entre los idólatras la purificación corporal era signo de la espiritual, y consecuente con esta creencia la divina Teónoe, purifica la atmósfera que respira y la tierra que pisa con el fuego, el azufre y la resina.

[355] Curiosas son en extremo estas razones de alta política que mueven a las diosas Hera y Afrodita, atentas a que no sufra menoscabo entre los mortales la idea que tienen de su poder. La vanidad mujeril, que así reinaba entre los griegos en el cielo como en la tierra, excitan a cada una a favorecer o dañar a Helena y Menelao; y aunque Artemisa a la conclusión del _Hipólito_ diga que está prohibido a los dioses usurpar lo que a otros corresponde, ni intervenir en sus asuntos particulares, ocurría sin duda a veces que chocaban sus intereses, y en este caso no había otro recurso que celebrar solemnes consejos, en los cuales se resolvían tan importantes cuestiones.

[356] Algo crítica es la situación de Teónoe, porque en último caso probará que ella, simple mortal, si favorece a Menelao y a Helena, es más justa y filantrópica que la misma Afrodita, lo cual no habla muy alto en favor de su piedad para con una divinidad injusta. Obsérvese la tendencia irreligiosa de Eurípides, siempre dispuesto a rebajar a los dioses y a ensalzar a los hombres a costa de aquellos, pues dentro de poco Teónoe demostrará con su conducta que, fiel a la memoria y a la voluntad de su padre, despreciando las iras de su hermano y de Afrodita, se declara sin rebozo por lo que cree justo y humano.

[357] Seguramente no será necesario llamar la atención de los lectores hacia la castiza y natural belleza de los dos discursos que pronuncian Helena y Menelao. Nutridos de sólidas razones, llenos de espontáneos y sencillos afectos y apropiados a la aflictiva situación en que ambos se encuentran, prueban una vez más el indispensable talento dramático de Eurípides, siempre que no lo extravíe el filosofismo, su amor a la novedad, su afán inmoderado de distinguirse de los demás poetas, y como consecuencia de todo esto, las radicales alteraciones que hace sufrir a las fábulas mitológicas tradicionales, al carácter de los personajes que intervienen en ellas, consagrado por los siglos, y a los dioses que forman en los negocios humanos, a imitación de lo que sucede en _La Ilíada_, una parte tan activa.

[358] El de profetizar, de que se ha hablado antes.

[359] Estas opiniones filosóficas de Eurípides, que expone en distintos pasajes de sus tragedias, provienen sin duda de su maestro Anaxágoras, y no dejan de ser curiosas. En su concepto, el cuerpo, formado de tierra, vuelve a ella después de la muerte, y el alma, emanación del Éter, torna también a él. Acaso los griegos, dotados de singular perspicacia para penetrar en los arcanos psicológicos, hubieron de conocer el problema, que aún no ha resuelto la ciencia en nuestros días, abandonada a sí misma, esto es, el de la unión del alma y del cuerpo, espíritu simple la primera y materia compuesta el segundo. La Filosofía hasta ahora se limita a consignar el hecho de esta unión, pero no lo explica ni probablemente podrá explicarlo nunca.

[360] Aquí respira de nuevo la animosidad de Eurípides contra el bello sexo.

[361] Fácilmente recordarán los lectores que la palabra cenotafio (de κενοτάφιον, _sepulcro vacío_) de que usa antes Helena, indica con claridad que Menelao no ha de ser sepultado en él, sino que se le va a erigir en el supuesto de que ha perecido en la mar, llevándose esta su cadáver. Menelao representará ante Teoclímeno el papel de náufrago compañero de aquel héroe, que se ha salvado con trabajo. Recuérdese también que en casi todas las tragedias de Eurípides las mujeres son de ordinario las que urden estos astutos artificios, como en la _Hécuba_, para mutilar a Poliméstor, y en la _Electra_, para vengarse de Menelao.

[362] Alusión al falaz faro encendido por Nauplio para vengarse de los griegos, de que ya hemos hablado más arriba.

[363] Justa y terrible acusación que Eurípides lanza contra los dioses del gentilismo, aunque más propias del filósofo que enseña que del poeta, intérprete de la tradición y de las creencias de sus mayores. La verdad es que el Olimpo con sus númenes, víctima de pasiones humanas y personificación antropomórfica de la sencilla religión de un pueblo primitivo y no alumbrado por la luz de la revelación, era ya en tiempo de Eurípides poética ficción, tan desnuda de verosimilitud como opuesta a la razón filosófica.

[364] Sabido es que los antiguos cazadores usaban de una red grande y muy fuerte (_longo meantia retia tractu. Nemes Cyneg._, 300), con la cual, antes de comenzar la batida, rodeaban vasta extensión de los montes para impedir que la caza se dispersase en la llanura.

[365] Helena, con refinada astucia, llama señor a Teoclímeno, cual si fuera su esposo, dejándole entrever que ya consiente en su nuevo himeneo.

[366] Fácilmente apreciarán los lectores la finísima ironía que respiran estas palabras de Helena, comprensibles en sus dos sentidos solo para los espectadores, no para Teoclímeno, ignorante de todo lo ocurrido.

[367] Recuérdese lo que antes hemos dicho repetidas veces acercado la importancia que daban los griegos a la sepultura.

[368] Esta es la principal razón que da Helena a Teoclímeno para convencerle de la verdad de su aserto, pues no es fácil suponer que su propia hermana se uniese con dos extranjeros, como eran Menelao y Helena, para engañar a su hermano.

[369] La pregunta de Teoclímeno retrata fielmente la pasión amorosa del hijo de Proteo, que si finge en un principio participar del dolor de su amada, y casi parece olvidarse de su amor, aprovecha sin embargo la primera coyuntura favorable para enterarse de lo que más interesa a la satisfacción de sus deseos.

[370] El texto original dice: κενοῖσι θάπτειν ἐν πέπλων ὑφάσμασιν, porque el peplo no envolvía al cadáver, como se acostumbraba en tales casos.

[371] Jenofonte en su _Cirop._, VIII, 3, 24, dice así: Ἐπεὶ δὲ ἀφίκοντο πρὸς τὰ τεμένη, ἔθυσαν τῷ Διὶ, καὶ ὡλοκαύτωσαν τοὺς ταύρους· ἔπειτα τῷ Ἡλίῳ, καὶ ὡλοκαύτωσαν τοὺς ἵππους. «Habiendo llegado después a los templos, sacrificaron a Zeus, consumiendo las llamas toros enteros; luego sacrificaron al sol, y el fuego devoró entonces por completo _a los caballos_ que se inmolaron». Se ve, pues, que entre los persas, prototipo de los bárbaros para los griegos, se sacrificaban caballos a los dioses.

[372] Estos cantos del Coro, bellísimos como poesía independiente de la tragedia, no lo son tanto interpoladas en ella, por la escasa relación que tienen con la misma, a pesar de la contraria aseveración de algunos críticos modernos alemanes. Será todo lo más una digresión poética que hace Eurípides, pero es indudable también que en ninguna otra tragedia suya hay tan lejana alusión en los cantos del Coro al argumento o a los personajes del mismo. En los últimos versos parece que atribuye las desdichas de Helena a su indiferencia hacia el culto de la _Mater Deorum_, cuidadosa solo de su belleza; pero esto, suponiendo que no haya habido transcendentales interpolaciones, no obstante las correcciones de Hermann, Hartung y otros sabios filósofos, en nada debilita nuestra opinión, puesto que de todas maneras resulta que los cantos del Coro están en contradicción con lo restante de la tragedia. ¿No ha dicho antes el poeta que si el rapto de Helena ha sido origen de la guerra de Troya, solo debe atribuirse a Afrodita, que prometió su posesión a Paris por haberle adjudicado la palma de la belleza? ¿No ha dicho también que Hera, para vengarse de Paris y de Afrodita, formó vano fantasma, engañando con él a griegos y troyanos, y transportando a Egipto a la verdadera Helena? Verdad es que el mismo Eurípides afirma otras veces que la grave contienda de aqueos y frigios era obra de Zeus, a fin de librar a la madre Tierra de tantos hombres como oprimían su seno; pero aun concediendo al poeta libérrima facultad de alterar la tradición a su antojo, y por tanto la de variar de opinión cuando le parece, siempre resulta en definitiva que este canto del Coro, cuyo objeto es achacar los infortunios de la hija de Leda a su indiferencia religiosa, tiene más trazas de adición poética, extraña a la composición, que de parte esencial de la misma.

Observen también los lectores que el poeta confunde a Cibeles, Deméter y Dioniso, los atributos de cada uno y las ceremonias religiosas del culto de estas tres deidades, acaso porque realmente los unía cierto vínculo común, puesto que Cibeles es la Tierra, Deméter la diosa que enseñó a los hombres su cultivo, y Dioniso el que ofreció a los mortales el vino.

[373] Alusión a los misterios de Eleusis.

[374] Helena hace aquí y posteriormente malignas alusiones, que los espectadores debían comprender fácilmente, a expensas de Teoclímeno. Creemos, sin embargo, que no todas están en su lugar, porque la crítica situación de Helena momentos antes de acometer su atrevida empresa, de la cual depende su salvación y la de su esposo, expuesta a fracasar inesperadamente por cualquier suceso imprevisto, no era, sin duda, la más conveniente para hablar de esta manera. Acaso sea nuestro escrúpulo infundado; pero en ocasiones semejantes no es costumbre entre los mortales expresarse así. Parece que habla Eurípides, no Helena.

[375] El texto griego dice: ῥοθίοισι μάτηρ. Ῥόθος significa ruido, rumor como de olas, torrentes, remos, etc. El poeta llama madre a la nave porque, al cortar las olas, hacen estas ruido.

[376] Γαλάνεια en griego, deidad y nombre creado por Eurípides, derivado de γαλήνη, calma marina, tiempo sereno.

[377] Micenas, fundada por Perseo, famoso héroe griego, hijo de Zeus y Dánae. Acrino, padre de esta, temeroso de que la sedujeran, la encerró en una torre, bien guardada, en donde penetró el rey del Olimpo, convertido en finísima lluvia de oro. El fruto de esta unión fue abandonado a la merced de las olas, que lo llevaron a la costa de Serifos, cuyo rey Polidectes lo adoptó por hijo. Mató, ya hombre, a las Gorgonas, de cuya sangre brotó el caballo alado Pegaso, con cuyo auxilio libertó a Andrómaca del monstruo marino que había de devorarla.

[378] El Eurotas.

[379] Llamábanse Leucípides las vírgenes sacerdotisas Febe e Hilaíra, hijas de Leucipo, de las cuales habla Pausanias, _Lacónica_, y Propercio, 1, 2.

[380] Príncipe lacedemonio, hijo de Amiclas, de extraordinaria belleza, de quien se enamoraron a un tiempo Apolo y Céfiro, siendo preferido el primero. Jugando un día al disco con aquel dios, Céfiro torció el disco, que, hiriendo a Jacinto, lo dejó sin vida, y fue convertido en la flor que lleva su nombre. Era adorado como una divinidad por los lacedemonios y amicleos.

[381] Hermíone, hija de Menelao y de Helena.

[382] Las grullas.

[383] Llámales febeas porque fueron edificadas por Febo en el reinado de Laomedonte, padre de Príamo.

[384] Es esta una isla pequeña, frente al promontorio Sunio, llamada Cránae. Homero, _Iliad._, III, 445, y Estrabón, IX, 1, la mencionan.

[385] Estas ideas aristocráticas, siempre que viene a cuento la nobleza, es otra de las flaquezas del poeta, que no se compagina con su origen plebeyo.

[386] De la misma manera, y con iguales palabras, terminan casi todas las tragedias de Eurípides. Algo análogo hacía también Demóstenes con los exordios de sus arengas.