Chapter 6 of 25 · 3809 words · ~19 min read

Part 6

¡Gime, ay de mí, ay de mí, ¡oh ciudad!, que cortan tu flor, el hijo de Zeus! ¡Grecia infeliz, que pierdes tu bienhechor, víctima de los furores de la Locura, que no desaparece al son de las flautas! Causa de muchos gemidos, alejose en su carro y aguijó sus caballos para hacer el mal, que es la Gorgona,[137] hija de la Noche, cuyas sierpes silban a un tiempo con sus cien cabezas, la Locura de ojos ardientes. Pronto destruye un dios su felicidad, pronto expirarán los hijos a manos de su padre. ¡Ay de mí, desventurado! ¡Oh Zeus! En breve las crueles Furias, rabiosos ministros de venganza, azotarán a tu linaje, que se extinguirá. ¡Oh palacio! ¡Danza sin tímpanos,[138] sin el grato tirso de Dioniso! ¡Oh palacio!, que inundará de sangre, no del jugo de báquicos racimos. Huid, ¡oh hijos!; ya suena, ya suena el canto de guerra, y comienza a perseguir a sus hijos; la Locura no se desencadenará en vano en el palacio. ¡Ay de mí, ay de mis desdichas; ay, ay de mí, que lloro a su padre anciano, y a la madre de estos niños, en mal hora nacidos! Mirad, mirad; la tempestad conmueve el edificio, el techo se desploma. ¡Ay de mí! ¿Qué haces, hijo de Zeus? Desorden infernal promueves en tu morada, como Palas en otro tiempo luchando con Encélado.[139]

EL MENSAJERO (_que sale del palacio_).

¡Ancianos de blancos cabellos!

EL CORO

¿Por qué me llamas con esas voces?

EL MENSAJERO

Terribles sucesos ocurren no lejos de aquí.

EL CORO

No preguntaré a ningún adivino.

EL MENSAJERO

¡Perecieron sus hijos!

EL CORO

¡Ay, ay de mí!

EL MENSAJERO

Llorad, que lo merece esta desdicha; cruel muerte fue la suya.

EL CORO

Cruel también su padre, ¡oh!

EL MENSAJERO

Es increíble lo que hemos sufrido.

EL CORO

¿Cómo cuentas tan lamentable, tan lamentable desgracia, causada por un padre a sus hijos? Dime cómo la cólera divina ha descargado en esa familia, y cuál ha sido el fin miserable de los nietos de Creonte.

EL MENSAJERO

Preparadas estaban las víctimas ante el ara de Zeus para purificar el palacio, libre ya del odioso cadáver del rey de este país;[140] asistía a esta ceremonia el coro de sus bellos hijos, y Heracles y Mégara, y ya el cesto sagrado circulaba en torno del ara y guardábamos silencio. Cuando el hijo de Alcmena se disponía a tomar con su diestra el tizón y sumergirlo en el agua lustral, detúvose sin decir palabra, y al verlo vacilar, miráronle sus hijos. Pero ya no era él; había perdido el juicio, y tenía los ojos extraviados y llenos de sangre, y de su poblada barba caía copiosa espuma. Entonces dijo con risa insensata: «¡Oh padre!, ¿a qué preparo el agua lustral antes de matar a Euristeo, y anticipo inútilmente esta expiación, que podrá hacerse después? Cuando traiga aquí su cabeza purificaré mis manos de sangre. Derramad el agua y tirad los cestos. ¿Quién me da el arco? ¿Quién mi arma terrible? Iré a Micenas; llevemos palancas y azadones para derribar con su corvo hierro la ciudad en donde habitaron los cíclopes, después de edificarla con ayuda de su regla roja y de haber observado los astros». Se apartó un poco, y no habiendo allí carro alguno, él lo afirmaba, y fingió subir en él, y agitaba la mano como si manejase el aguijón. Y a un mismo tiempo infundía risa y miedo en sus servidores, y uno de ellos se expresó así, mirando a los demás: «¿Está loco nuestro señor, o se divierte con nosotros?». Mientras tanto él subía y bajaba las escaleras, y apareciéndose de repente en el aposento de los hombres, aseguraba que había llegado a la ciudad de Niso,[141] cuando realmente no había salido de su palacio. Recostándose luego en tierra como si estuviera en aquella ciudad, preparó su alimento, pero a los pocos instantes decía hallarse en las cumbres frondosas del Istmo, y despojándose de sus vestidos luchaba solo, y se proclamaba vencedor, hablando a espectadores imaginarios. Profiriendo contra Euristeo palabras horribles, creía hallarse en Micenas. Su padre, estrechando su robusta mano, le habló así: «¡Oh hijo!, ¿qué sufres? ¿Qué peregrinación es esta a que aludes? ¿Acaso te ha trastornado el juicio la muerte de los que ha poco perecieron a tus golpes?». Pero él, creyendo ver al padre de Euristeo en ademán suplicante, lo rechaza, y amenaza a sus hijos con su ligera aljaba y su arco, persuadido de que eran los de Euristeo. Ellos, consternados, huyeron en diversas direcciones, refugiándose uno bajo los vestidos de su mísera madre, otro detrás de una columna, y el último, en fin, como temblorosa ave, cerca del altar. Mégara exclamó: «¡Oh padre!, ¿qué haces? ¿Matas a tus hijos?». El anciano y todos los servidores dan voces; pero él, persiguiendo al pobre niño alrededor de la columna con pasos terribles, cuadrose enfrente y le hirió las entrañas, y cayó en tierra, tiñendo con su sangre, al morir, las columnas de piedra. Dio entonces un grito de júbilo, y vanagloriándose de su acción, dijo: «Ya murió un hijo de Euristeo, y yace en tierra en expiación de la enemistad paternal». Y tiende el arco contra el otro, que temblaba al pie del altar, pensando escaparse. Cayó el desdichado de rodillas ante su padre, y extendiendo sus manos hacia su cuello y barba, dijo: «¡Oh padre muy amado, no me mates!; hijo tuyo, hijo tuyo soy, no de Euristeo». Pero él, revolviendo con furor sus ojos gorgónicos, y viendo que estaba demasiado cerca para dispararle sus saetas, como el herrero que golpea en la encendida masa descargó su clava en la blonda cabeza del niño y desbarató sus huesos. Y después que dio muerte al segundo de sus hijos, fue en busca de la tercera víctima. Prevínole su madre mísera, y cerró las puertas; pero él entonces, como si se hallase junto a los muros de los cíclopes, remueve la tierra, da golpes en las puertas con las palancas y, arrancando los postes, postró en tierra de un flechazo al hijo y a la madre. De allí corre apresurado a matar al anciano; mas se apareció Palas, según creímos, blandiendo en su mano aguda lanza, y tiró una piedra enorme que, dándole en el pecho, impidió que perpetrase su rabioso crimen, y le infundió sueño; cayó al suelo, recostándose en un trozo de columna que quedó en pie en el umbral después de caer el techo. Y nosotros, cuando volvimos, lo atamos con cuerdas a ella ayudados del anciano, para que al despertar no derramase más sangre. El desdichado, ya sin esposa y sin hijos, duerme mísero sueño. No hay mortal más infortunado.

EL CORO

Celebérrimo e increíble fue en la Grecia el asesinato que en la región argólica osaron cometer las hijas de Dánao;[142] pero supéralo este, y aún es más deplorable que tan antiguo crimen. Yo puedo decir que la muerte que dio Procne[143] a su generoso y único hijo redundó en honor de las musas; pero tú, ¡oh desventurado!, asesinaste rabiosamente a los tres que engendraste. ¿A cuál gemiré o lloraré, por cuál entonaré fúnebre plegaria o pronunciaré los versos que cantan los coros infernales? ¡Ay, ay de mí! (_Ábrense las dos puertas del palacio y se ve a Heracles dormido y atado a un trozo de columna, rodeado de los cadáveres de su mujer e hijos_). Ved cómo se abren las dos puertas y se descubren los altares del palacio; contemplad los míseros hijos, que yacen cerca de su infortunado padre, mientras duerme profundamente lejos de este estrago, y los lazos y multiplicados nudos que envuelven su cuerpo, atado a la columna de piedra. Como el ave que llora a sus hijuelos implumes, así se acerca aquí el anciano con tardo paso, atravesando esta escena horrible. Helo ya aquí.

ANFITRIÓN

Ancianos de Tebas, ¿no guardaréis silencio para que olvide durmiendo sus males?[144]

EL CORO

Por ti lloro y gimo, y por estos hijos, y por el varón ilustre que ganó tan preclaras victorias.

ANFITRIÓN

Alejaos; no hagáis ruido, no gritéis, para que no despierte, pues duerme plácida y sosegadamente.

EL CORO

¡Ay de mí! ¡Cuántos horrores!

ANFITRIÓN

¡Ah, ah! Vosotros me desesperáis.

EL CORO

El que estaba tendido en tierra se levanta.

ANFITRIÓN

¿No os lamentaréis en silencio, ancianos? Cuidado no despierte y rompa las cuerdas que lo sujetan, y pierda a la ciudad, y pierda a su padre, y acabe de derribar el palacio.

EL CORO

¡Imposible, imposible!

ANFITRIÓN

Calla, que observaré cómo respira; vamos, me acercaré a escuchar.

EL CORO

¿Duerme?

ANFITRIÓN

Sí, duerme sueño parricida; mató a su esposa, mató a sus hijos, los hirió con su rechinante arco.

EL CORO

Gime, pues...

ANFITRIÓN

Gimo...

EL CORO

Por la muerte de sus hijos.

ANFITRIÓN

¡Ay de mí!

EL CORO

Y por el tuyo.

ANFITRIÓN

¡Ah, ah!

EL CORO

¡Oh anciano!...

ANFITRIÓN

Calla, calla, que ha despertado y se revuelve. Ea, pues, me ocultaré en el palacio.

EL CORO

No tengas miedo, que las tinieblas envuelven los párpados de tu hijo.

ANFITRIÓN

Mirad, mirad. Agobiado por males tan intolerables no temo dejar la luz, sino que cometa también el crimen de matar a su padre y aumente sus infortunios, y que además de las Furias, que ya lo agitan, vengan las que castigan a los parricidas.

EL CORO

Debiste morir cuando vengaste la muerte de los hermanos de tu esposa, derribando la ciudad de los tafios, bañada por las olas.

ANFITRIÓN

Huid, ancianos, huid de este palacio; huid de este hombre furioso, que despierta de su sueño. Pronto presenciaréis un nuevo asesinato, y alborotará a la ciudad de Tebas.

EL CORO

¡Oh Zeus! ¿Por qué tan sin mesura odias a tu hijo y lo sumerges en este abismo funesto?

HERACLES (_que vuelve en sí poco a poco_).

¡Ah! Ya respiro. (_Anfitrión y el coro se ocultan cuando oyen las exclamaciones de Heracles_). Y veo lo que más anhelo, el aire, la tierra y estos rayos del sol; pero figúraseme que he sufrido grave borrasca y perturbación en mi juicio, y que abrasa mi aliento, saliendo de mis pulmones con trabajo, no como antes. ¿Qué es esto? ¿Por qué, como a una nave,[145] sujetan cuerdas mi pecho y vigorosos brazos, y estoy sujeto a este trozo de columna, cercado de cadáveres? Flechas aladas y un arco yacen esparcidos por el suelo, que antes no se separaban de mí, y me defendían, y yo los conservaba con cuidado. Según presumo, no he vuelto otra vez a los infiernos por orden de Euristeo, habiendo venido hace poco. Ni veo el peñasco de Sísifo, ni a Hades, ni el cetro de la hija de Deméter. Admirado estoy; ignoro en dónde me hallo. ¡Hola! ¿Hay cerca o lejos algún amigo que disipe mis dudas? Paréceme que me son desconocidos todos estos objetos.

ANFITRIÓN

Ancianos, ¿me acercaré ya al autor de mis males?

EL CORO

Y yo contigo, para compartir tu desgracia (_Acércanse a él el coro y Anfitrión, este sollozando y cubierto el rostro_).

HERACLES

Padre, ¿por qué lloras y ocultas tu rostro, apartándole de tu hijo muy querido?

ANFITRIÓN

¡Oh hijo, que eres mi hijo, aunque desdichado!

HERACLES

Pero ¿cuál es mi infortunio, para que así llores?

ANFITRIÓN

Si algún dios lo sufriese, gemiría.

HERACLES

Tus palabras son graves, pero aún no has dicho lo ocurrido.

ANFITRIÓN

Tú mismo lo ves, si estás en tu juicio.

HERACLES

Di si me acusas de algún crimen que yo haya cometido.

ANFITRIÓN

Te lo diré, si ya no eres esclavo de Hades.

HERACLES

¿Qué es esto? Por dos veces has hablado en términos enigmáticos.

ANFITRIÓN

Estoy observándote, hasta cerciorarme de que has recobrado la razón.

HERACLES

No recuerdo haber padecido nunca dolencia alguna de ese género.

ANFITRIÓN

Ancianos, ¿desato a mi hijo? ¿Qué hago?

HERACLES

Dime también el nombre del que me sujetó, que al verme así me avergüenzo.

ANFITRIÓN

Piensa solo en tus males, y deja lo demás.

HERACLES

¿Basta, acaso, tu silencio para saber lo que deseo?[146]

ANFITRIÓN

¡Oh Zeus!, ¿impasible contemplas estas desdichas, fraguadas en el solio de Hera?

HERACLES

¿He recibido, por ventura, algún nuevo daño de esa diosa?

ANFITRIÓN

Olvídate de ella y acuérdate solo de tu infortunio.

HERACLES

¡Perdidos somos! ¿De qué calamidad hablas?

ANFITRIÓN

Mira, contempla estos cadáveres de tus hijos.

HERACLES

¡Ay de mí! ¡Horrible espectáculo! ¡Oh desgracia!

ANFITRIÓN

Guerra nefanda, ¡oh hijo!, has hecho a los tuyos.

HERACLES

¿De qué guerra hablas? ¿Quién los mató?

ANFITRIÓN

Tú y tu arco, y el dios que te sugirió ese crimen.

HERACLES

¿Qué dices? ¿Quién es el asesino? ¡Oh padre, mensajero de desdichas!

ANFITRIÓN

Víctima de tu delirio, deseas oír narración deplorable.

HERACLES

¿También soy yo el asesino de mi esposa?

ANFITRIÓN

Todos estos atentados obra son de la misma mano.

HERACLES

¡Ay, ay de mí! Tristes tinieblas me cercan.

ANFITRIÓN

¡Tus males me hacen llorar!

HERACLES

¿Furioso derribé, pues, mi palacio?

ANFITRIÓN

Solo sé que en todo eres desdichado.

HERACLES

¿Cuándo me acometió la locura? ¿Cuándo se ensañó en mí?

ANFITRIÓN

Al purificar con el fuego tus manos junto al ara.

HERACLES

¡Ay de mí! ¿Cómo no me arranco la vida,[147] cuando he asesinado a los hijos de mi corazón, o me precipito de algún peñasco escarpado, o atravieso mi pecho con la espada, para que yo sea también el vengador de su muerte, o abrase el fuego mi cuerpo para lavar esta infamia que me agobia? Pero aquí viene Teseo, mi pariente[148] y amigo, que se opondrá a mi suicidio. ¿Me verán los ojos de mi huésped más amado lleno de sangre de mis hijos? ¡Ay de mí! ¿Qué haré? ¿A qué soledad dirigiré mis pasos para librarme de estos males? ¡Ay, si pudiera volar por los aires, o esconderme en la tierra! Ocultaré mi rostro, que me avergüenzo de mis crímenes, y ya que estoy manchado con esta sangre, no quiero contaminar a los demás. (_Aparece Teseo con su séquito de guerreros atenienses_).

TESEO

Acompáñanme otros jóvenes guerreros de Atenas, que acampan a las orillas del Asopo, para auxiliar a tu hijo, ¡oh anciano! A la ciudad habitada por los descendientes de Erecteo llevó nueva la fama de que Lico, después de apoderarse de esta región, os había declarado la guerra y se preparaba a pelear con vosotros. He venido, pues, a pagar a Heracles el beneficio que me hizo sacándome de los infiernos, y por si necesitáis de mi auxilio o del de mis aliados. ¿Qué es esto? ¿Qué hacen aquí estos cadáveres? ¿He venido acaso tarde para evitar esta desgracia? ¿Quién mató a estos niños? ¿Cúya es esta esposa que miro? Porque presumo que no han muerto en la guerra, sino que han sido víctimas de alguna otra calamidad.

ANFITRIÓN

¡Oh rey, dueño de la colina cubierta de olivos!...

TESEO

¿Por qué comienzas tu plática con tan triste exordio?[149]

ANFITRIÓN

Hemos sufrido graves males, obra de los dioses.

TESEO

¿Quiénes son estos niños a quienes lloras?

ANFITRIÓN

Engendrolos mi desventurado hijo, y él mismo los mató; él osó asesinarlos.

TESEO

Otras palabras quiero oír.

ANFITRIÓN

Y de buen grado te obedeciera.

TESEO

¡Horribles son las que has proferido!

ANFITRIÓN

¡Perdidos somos! ¡Perdidos somos!

TESEO

¿Qué dices? ¿Cómo lo hizo?

ANFITRIÓN

Arrastrado por la locura; los mató con veneno de la hidra de cien cabezas.[150]

TESEO

Débelo al odio de Hera. ¿Quién es ese que yace entre los muertos, anciano?

ANFITRIÓN

Mi hijo, mi hijo mísero, que, armado de su escudo, combatió en mortal pelea a favor de los dioses, y luchó contra los gigantes en los campos de Flegra.[151]

TESEO

¡Ay, ay de mí! ¿Qué mortal fue nunca tan desdichado?

ANFITRIÓN

No hallarás otro víctima de tantas calamidades ni de tan inauditos infortunios.

TESEO

¿Por qué el infeliz oculta su cabeza bajo sus vestidos?

ANFITRIÓN

Porque se avergüenza de verte, recordando tu amistad fraternal y la muerte de sus hijos.

TESEO

También vine a compartir su dolor; descúbrelo.

ANFITRIÓN (_que se arrodilla delante de Heracles_).

¡Oh hijo!, quita ese vestido de tus ojos, sepáralo a un lado, muestra tu faz al sol, que un noble amigo viene a enjugar tus lágrimas. ¡Por tu barba, por tus rodillas y tu mano te lo suplico, por el llanto que vierte este anciano! ¡Hijo mío, aplaca tu ira de fiero león, que te arrastra fuerza mortífera e impía, y quieres añadir nuevos males a los que ya sufrimos!

TESEO

Vamos; a ti me dirijo, que yaces en tan deplorable postura; muestra tu rostro a tus amigos. ¡No hay nube tan negra que pueda encubrirnos la plaga de tus males! ¿Por qué extiendes hacia mí tu mano, y me señalas esos muertos? ¿Temes acaso contaminarme si me hablas? No rehúso compartir tus desdichas, que fui feliz algún día, y no olvido que me sacaste de las tinieblas a la luz. Detesto a los que muestran fría gratitud a sus amigos, y al que quiera disfrutar con ellos de sus placeres y abandonarles en la desgracia. Levántate, descubre tu cabeza desdichada, míranos. (_Quítale el vestido del rostro_). El mortal que es noble sufre con resignación la cólera del cielo.

HERACLES

¡Oh Teseo!, ¿no eres testigo del estrago que he hecho en mis hijos?

TESEO

Ya me lo han referido, y mis ojos contemplan el desastre a que aludes.

HERACLES

¿Por qué descubriste mi cabeza a la luz del sol?

TESEO

¿Y por qué no? Tú, siendo hombre, ¿ofendes acaso a los dioses?

HERACLES

Evita, ¡oh desdichado!, mi contagio impío.

TESEO

Nunca contagian los amigos.

HERACLES

Te alabo; no me arrepiento de los beneficios que te hice.

TESEO

Y yo que los recibí, me compadezco ahora de ti.

HERACLES

Digno soy de lástima por haber asesinado a mis hijos.

TESEO

Lamento tu desdicha y la mudanza de tu suerte.

HERACLES

¿Viste nunca a algún otro víctima de mayores males?

TESEO

Desde la tierra llegan los tuyos al cielo.

HERACLES

Dispuesto estoy a morir.

TESEO

¿Crees, acaso, que se cuidarán los dioses de tus amenazas?

HERACLES

Crueles son conmigo, y yo lo seré con ellos.

TESEO

Refrena tu lengua, que agravarás tus dolores si hablas con soberbia.

HERACLES

Tantos son ya mis males, que no hay lugar para más.

TESEO

¿Qué harás? ¿En dónde descargarás tu ira?

HERACLES

Muerto iré al infierno, de donde he venido.

TESEO

Palabras son las tuyas de un hombre vulgar.

HERACLES

Tú me aconsejas así porque no sufres lo que yo.

TESEO

¿Cómo? ¿Así se expresa Heracles, el que padeció tantos trabajos?

HERACLES

No los sufriré tan crueles, suponiendo que pueden tolerarse.

TESEO

¿El bienhechor y grande amigo de los hombres?

HERACLES

De nada me sirve esto, que vence Hera.

TESEO

No consentirá la Grecia que tan temerariamente mueras.

HERACLES

Oye, pues, y mis palabras desvanecerán tus escrúpulos; yo te explicaré por qué no debo vivir ahora, ni debía vivir antes. Recuerda, en primer lugar, que este es mi padre, manchado con la sangre del anciano que engendró a mi madre Alcmena, su esposa.[152] Cuando es vicioso el tronco de un linaje, es necesario que sean desgraciados sus descendientes. Zeus, sea quien fuere, me dio el ser y me hizo odioso a Hera; no te ofendas, anciano, que para mí eres tú mi padre, no Zeus. Y cuando todavía mamaba envió a mi cuna terribles serpientes aquella diosa para que me ahogasen.[153] ¿A qué contar los trabajos que después sufrí, cuando la pubertad sombreó mi labio? ¿Qué luchas no he sostenido con leones, con tifones de tres cuerpos,[154] con gigantes o con innumerables centauros? Y después de dar muerte a la hidra, perro de muchas cabezas que sin cesar renacían, terminé otras muchas empresas, y fui a los infiernos por orden de Euristeo, para sacar a la luz del sol al monstruo de tres cabezas que guarda la entrada. Y ahora, por último, me aflige la desdicha de haber asesinado a mis hijos, para poner el colmo a los males que se ensañan en mi familia. A tal extremo he llegado; ni aun me es lícito habitar en mi amada Tebas, porque si permanezco en ella, ¿qué templo visitaré, qué amigos? Tan grande es mi desventura que no puedo hablar con nadie.[155] ¿Me encaminaré a Argos? ¿Cómo, estando desterrado de mi patria? ¿A qué otra ciudad iré? Me mirarán con malos ojos, porque todos me conocerán y amargamente murmurarán así de mí: «¿No es ese aquel hijo de Zeus que mató en otro tiempo a sus hijos y a su esposa? ¿No se irá de aquí a expiar en otra parte su crimen?». Tristes son las mudanzas de la fortuna para los que se reputan felices, que quien fue siempre desdichado no siente los nuevos males que le atormentan. Pienso que algún día ha de ser tan extremada mi desventura que la tierra me dará voces para que no la toque, y el mar para que no lo atraviese, y las fuentes de los ríos, y que sufriré un suplicio análogo al de Ixión en la rueda. Lo mejor es, por tanto, que ningún griego vuelva a verme, ya que entre ellos fui feliz. ¿Para qué he de vivir ya? ¿Qué ganaré, hombre inútil y deshonrado? Dance ya contenta la ínclita esposa de Zeus, hiriendo el Olimpo con sus pies; logró lo que deseaba, aniquilar por completo al héroe más ilustre de la Grecia. ¿Quién adorará a semejante deidad? Por celos de una mortal, amada de Zeus, ha perdido al bienhechor de la Grecia, de todo punto inocente.

TESEO

La esposa de Zeus ha sido la única autora de todo: con razón lo has creído. (Más fácil es aconsejarle que soportar sus males). En todos los seres se ensaña la fortuna, hasta en los dioses, si no son falsas las narraciones de los poetas. ¿No han contraído entre sí incestuosos himeneos? ¿Por mandar, no han cargado a sus padres de ignominiosas cadenas?[156] ¡Y habitan en el cielo y no se afligen mucho recordando sus faltas! ¿Y qué dirás tú, mísero mortal, que sufres tan impaciente los males de esta vida, y quieres superar a los dioses? Deja, pues, a Tebas, si la ley te prohíbe residir en ella, y sígueme a la ciudad de Palas. Allí, purificando tus manos de este crimen, te daré un palacio, y parte de mis bienes, y los presentes que me hicieron los ciudadanos por haber salvado la vida a los catorce jóvenes, después de dar muerte al toro de Creta. Campos tengo propios en toda esta región: mientras vivas, tuyos los llamarán los hombres; y cuando mueras y desciendas al infierno, edificarán en ellos monumentos, se instituirán sacrificios en tu honor y te rendirá culto toda Atenas. Bello galardón es para sus ciudadanos alcanzar fama entre los griegos por servir a un hombre eminente. Y yo te lo debo por haberme salvado; además, no tienes ahora amigos. Cuando los dioses favorecen a un mortal, no los necesita, que nos basta su celestial protección si quieren dispensárnosla.

HERACLES