Chapter 5 of 25 · 3867 words · ~19 min read

Part 5

_Antístrofa 1.ª_ — E hirió en otro tiempo con su arco mortífero al linaje de los crueles centauros[105] que vagaban por los montes, y les dio muerte con sus veloces saetas. Testigo fue el Peneo,[106] de deleitosa corriente, y las espaciosas y estériles llanuras, y los valles del Pelión,[107] y las peñas vecinas a Hómola,[108] desde donde, armados con pinos, devastaban con sus correrías el país de los tesalios. Y después que mató a la cierva de manchado lomo, envanecida con sus cuernos de oro, azote de los rústicos labradores, la ofreció a la diosa de Énoe, cazadora de fieras.[109]

_Estrofa 2.ª_ — Y subió en las cuadrigas, y domó los caballos de Diomedes,[110] que, furiosos y sin freno, devoraban en sus letales pesebres ensangrentado pasto, disfrutando el nefando banquete del placer de desgarrar carne humana. Y pasó el Hebro,[111] de argentadas ondas, para cumplir el trabajo que le ordenó Euristeo, el tirano de Micenas, y atravesó las cumbres del Pelión, junto a la corriente del Anauro.[112] Y con su arco mató a Cicno,[113] asesino de extranjeros, inhospitalario habitante de Anfanas.

_Antístrofa 2.ª_ — Y llegó al palacio Hesperio, en donde moraban las vírgenes cantoras, para coger el fruto de los manzanos de hojas de oro resplandeciente, después de exterminar al dragón rojo, que, enrollado en el árbol, lo guardaba de todos. Y entró luego en el seno del espacioso mar, y lo limpió de monstruos para que los mortales navegaran. Y con sus brazos sostuvo el cielo en su centro, cuando fue al palacio de Atlas,[114] y merced a su fortaleza la estrellada mansión de los dioses no vaciló en sus cimientos.

_Estrofa 3.ª_ — Y hendiendo las olas del Euxino, buscó al escuadrón de las amazonas[115] cerca de la laguna Meótide,[116] en donde desaguan muchos ríos. ¿Cuántos amigos suyos de la Grecia no lo acompañaron en demanda del vestido de oro de la virgen, hija de Ares,[117] y del tahalí mortífero? La ínclita Grecia recibió los despojos de la virgen bárbara, que se guardan en Micenas. Y cauterizó las heridas de la hidra de Lerna, perro homicida de mil cabezas, y la mató con sus saetas, y al pastor de tres cuerpos de la Eritea.[118]

_Antístrofa 3.ª_ — Y en otros combates ganó afortunada palma; y navegó en busca de Hades, que hace derramar tantas lágrimas, su último trabajo, y allí murió el desdichado, y aún no ha vuelto. Sin amigos está su palacio, y la barca de Caronte espera a sus hijos, que, desde la orilla de la vida, emprenderán peregrinación nefanda e impía, de la cual jamás se regresa; solo en tu brazo confía tu familia, y no te presentas. Si mis fuerzas fuesen ahora las de mi juventud; si yo pudiera vibrar la lanza en la pelea, con mis compañeros de Tebas socorrería a tus hijos; pero ya pasó ese tiempo.

Veo venir a los hijos de Heracles, antes tan famoso, con sus vestidos mortuorios, y a su esposa amada, que los guía con tardo paso, y al anciano Anfitrión. ¡Ay de mí, desventurado, que no puedo contener las lágrimas que a torrentes brotan de mis viejos ojos!

MÉGARA

Veamos. ¿Quién es el sacerdote, quién el sacrificador de estos desdichados, quién el verdugo de mi mísera ánima? Prontas están las víctimas que se han de enviar al infierno. ¡Oh hijos, el carro que ha de conducirnos después de muertos no ofrecerá bello espectáculo, confundidos ancianos, jóvenes y madres! ¡Oh hado mío funesto, y de estos hijos a quienes veo por última vez! Yo, en verdad, os di a luz; pero os crié para que vuestros enemigos os deshonrasen, para que os sacrificasen, para servirles de ludibrio. ¡Ay de mí! ¡Cómo se han desvanecido las esperanzas que en otro tiempo me hizo concebir vuestro padre! (_A sus hijos_). Él, ahora difunto, te instituía heredero de Argos, en donde te esperaba el palacio de Euristeo, rey de la fértil Pelasgia, y cubría tu cabeza con los despojos del fiero león, que él mismo usaba. Tú habías de ser rey de Tebas, aficionada a carros, y poseer mis campos, según hubiesen convenido Heracles y mi padre; y a tu diestra entregaba esa incontrastable clava, vano don de Dédalo.[119] Y a ti te prometió, por último, que te daría la Tesalia, que despobló en otro tiempo con sus flechas de largo alcance. Como sois tres y era tanta la grandeza de su ánimo, os dejaba también tres reinos. Yo os buscaba bellas esposas y provechosas alianzas del campo ateniense, de Tebas y de Esparta, para que con tan dulces lazos vivieseis venturosos. Y todo se desvaneció, y cambió la fortuna, y la muerte es la esposa que os aguarda, y mis lágrimas infortunadas os servirán de ablución nupcial. Y vuestro abuelo os ofrece el banquete de bodas, y seréis yernos del Orco, cruel pariente. ¡Ay de mí! ¿Cuál de vosotros será el primero, cuál el último que estrecharé contra mi pecho? ¿A quién besaré? ¿A cuál abrazaré? Ojalá que, como la abeja de transparentes alas, recoja todas vuestras lágrimas y, reuniéndolas, derrame abundantes las mías. ¡Oh tú, el muy amado!; si en los infiernos hay algún muerto que pueda oírme, óyeme, ¡oh Heracles!; mueren tu padre y tus hijos, y yo también, la que los hombres apellidaban feliz en otro tiempo por ser tu esposa; socórrenos; ven, aunque no seas más que una sombra; solo así nos salvarás, y cobardes serán en tu presencia los asesinos de tus hijos.

ANFITRIÓN

Tú, ¡oh mujer!, te has acordado de cuanto a Hades se debe; yo, elevando mis manos al cielo, te invoco, ¡oh Zeus!, para que auxilies a estos niños si en algo quieres servirlos, que no podrás dentro de poco. Verdad es que te llamé otras muchas veces... Vano es mi deseo; según parece, moriremos sin remedio. Breve es la vida, ¡oh ancianos!; pasadla, pues, lo más alegremente que os sea posible,[120] y que no os visiten los dolores ni de noche ni de día. Porque el tiempo no sabe acariciar nuestras esperanzas, sino solo volar cuando acaba sus obras. Contempladme: yo, en concepto de los hombres, disfrutaba de los favores de la fortuna. Un día me los arrebata veloz, como el ave que hiende los aires. Ignoro si la felicidad y la gloria han sido siempre duraderas. Adiós, pues; por última vez veis a vuestro amigo y compañero.

MÉGARA

¿Qué es esto, ¡oh anciano!? ¿Veo acaso al hombre más querido? ¿Qué diré?

ANFITRIÓN

No sé, hija; el estupor embarga también mi ánimo.

MÉGARA

Este, según afirmaban, yacía bajo la tierra, a no ser que nos engañe algún sueño a la luz del día. ¿Qué diré? ¿Deliro acaso y veo vano fantasma? Este no es otro que Heracles, ¡oh anciano! Agarraos, ¡oh hijos!, de los vestidos de vuestro padre; daos prisa, no lo soltéis, ya que para vosotros en nada cede a Zeus Salvador.[121]

HERACLES

Yo te saludo, palacio y vestíbulo de mis lares; ¡con qué gozo te miro de vuelta a la luz! ¡Hola! ¿Qué sucede? Delante de él veo a mis hijos, cuyas cabezas ornan fúnebres galas, y a mi esposa rodeada de hombres, y a mi padre, que llora alguna desdicha. Me acercaré a ellos, y averiguaré qué novedad ha ocurrido.

ANFITRIÓN

¡Oh, el más amado de los mortales!; ¡oh luz que alumbras a tu padre!; ya te veo, ya te salvaste; a tiempo apareces a tus amigos.

HERACLES

¿Qué dices? ¿Qué desgracia ha sobrevenido, ¡oh padre!?

MÉGARA

Estábamos a punto de morir; perdóname, anciano, si te interrumpo, que las mujeres son en cierto modo más dignas de lástima que los hombres, e inminente era la muerte de mis hijos y también la mía.

HERACLES

¡Oh Apolo, triste es el exordio de tu discurso!

MÉGARA

Perecieron mis hermanos y mi anciano padre.

HERACLES

¿Qué nueva oigo? ¿De qué manera? ¿Qué lanza les dio muerte?

MÉGARA

Matolos Lico, ínclito[122] señor de este país.

HERACLES

¿En lucha armada, o favorecido por sediciones que hayan agitado a esta ciudad?

MÉGARA

Una sedición le dio el cetro de Tebas, la de las siete puertas.

HERACLES

¿Y por qué te embarga tal terror, y a este anciano?

MÉGARA

Porque intentaba matar a tu padre, a mí y a tus hijos.

HERACLES

¿Qué dices? ¿Por qué temía a mis hijos, huérfanos?

MÉGARA

No vengasen algún día la muerte de Creonte.

HERACLES

¿Y por qué los veo revestidos de un traje que solo a los muertos conviene?

MÉGARA

Pusímonos ya nuestras fúnebres galas.

HERACLES

¿Y habíais de morir víctimas de la tiranía? ¡Cuánta es mi desventura!

MÉGARA

Y sin amigos: dijéronnos que habías sucumbido.

HERACLES

¿Y quién os trajo esa nueva, causa de vuestro abatimiento?

MÉGARA

Los mensajeros de Euristeo.

HERACLES

Pero ¿por qué habéis dejado mi palacio y mis lares?

MÉGARA

A la fuerza arrancaron a tu padre de su lecho.

HERACLES

¿Y no se avergonzó de insultar así a un anciano?[123]

MÉGARA

La vergüenza habita lejos de la violencia.

HERACLES

¿Y porque me ausento os abandonan los amigos?

MÉGARA

¿Y quiénes lo son del desgraciado?

HERACLES

¿Se olvidaron ya de la lucha que sostuve contra los minios?

MÉGARA

La desgracia, para decírtelo otra vez, no conoce amigos.

HERACLES

¿No arrojaréis esas lúgubres cintas que ornan vuestros cabellos, y miraréis la luz, contemplándola gozosos con vuestros ojos, en vez de las tinieblas infernales? Ya que hay necesidad de mi brazo, buscaré al nuevo tirano y derribaré su palacio, y después de cortarle la cabeza la echaré a los perros para que la devoren, y someteré con esta clava victoriosa a todos los tebanos que me han abandonado después de recibir de mí tantos beneficios; mis aladas saetas arrancarán a otros la vida, y con su estrago llenaré de muertos el Ismeno, y de sangre las claras ondas de Dirce. ¿A quién he de socorrer con más razón que a mi esposa, a mis hijos y a este anciano? De nada me servirían mis trabajos si los sufrí sin provecho alguno mío, y no doy cima a este ahora. Yo debo morir defendiéndolos, ya que ellos habían de perecer en breve por causa de su padre. ¿Qué no se dirá de mí si después de vencer a la hidra y al león por orden de Euristeo no puedo auxiliar a mis infortunados hijos? No me llamarán, como antes, Heracles el de las gloriosas hazañas.

EL CORO

Justo es que un padre ayude a sus hijos, y un hijo a su padre anciano y a su compañera.

ANFITRIÓN

Digno es de ti, ¡oh hijo!, amar a tus amigos y aborrecer a tus enemigos; pero no te precipites.

HERACLES

¿Y cómo, ¡oh padre!, puede haber precipitación en esto?

ANFITRIÓN

El rey tiene muchos auxiliares miserables, aunque los hombres los llamen opulentos, que promovieron la sedición y perdieron la ciudad por despojar a los otros;[124] sus gastos y su vituperable holganza han dado fin a sus bienes. Te han visto llegar a la ciudad; guárdate, pues, de morir, contra lo que te figuras, si se reúnen tus adversarios.

HERACLES

Poco me importaría que toda la ciudad me viera, pues al observar cierta ave en paraje infausto, comprendí que alguna calamidad había ocurrido a mi familia, y sin rodeos, deliberada y públicamente, he venido aquí.

ANFITRIÓN

Está bien; acércate ahora a saludar a tus lares, que vea tu rostro el hogar paterno. El rey en persona vendrá a arrastrar a la muerte a tu esposa e hijos, y a sacrificarnos a los demás. Estate, pues, allí, y sin peligro saldrá todo como deseas, y no alborotarás tu ciudad, ¡oh hijo!, hasta no acabar esta empresa.

HERACLES

Así lo haré, y bien me aconsejaste; iré a mi palacio. Al fin, de vuelta de los subterráneos sin sol, donde moran Hades y su esposa, saludaré primero a mis dioses domésticos.

ANFITRIÓN

¿Y descendiste verdaderamente al palacio de Hades, hijo mío?

HERACLES

Y traje a la claridad del día a la fiera de tres cabezas.

ANFITRIÓN

¿En lucha vencedora, o por concesión de la diosa?

HERACLES

Después de vencerla; también tuve la fortuna de ser iniciado en los santos misterios.[125]

ANFITRIÓN

¿Y está ahora esa fiera en el palacio de Euristeo?

HERACLES

En la selva de Deméter y en la ciudad de Hermíone.[126]

ANFITRIÓN

¿Ignora acaso Euristeo que has vuelto a la tierra?

HERACLES

No lo sabe; yo, a mi regreso, deseaba visitar cuanto antes a mi familia.

ANFITRIÓN

¿Y cómo estuviste tanto tiempo en el infierno?

HERACLES

Me detuve por sacar de él a Teseo, ¡oh padre!

ANFITRIÓN

¿Y en dónde está? ¿Fue a su patria?

HERACLES

Encaminose a Atenas, lleno de alegría al verse fuera del Orco.[127] Pero seguid a vuestro padre a su palacio, ¡oh hijos!; vuestra entrada en él os será más grata que vuestra salida. Cobrad ánimo y no derramad a torrentes las lágrimas. Tú también, ¡oh esposa!, reanímate y no tiembles; soltad mis vestidos, que no soy ningún ave, ni quiero huir de mis amigos. ¡Ah! ¡No me obedecen, sino los estrechan con más fuerza! ¡Tan inminente era el peligro! Como si fuesen navecillas los llevaré de la mano y los remolcaré, que no me opongo a salvarlos. Todos los hombres son semejantes: aman a sus hijos los que más valen, y los que nada son; en punto a riquezas hay diversidad entre ellos: unos las tienen, otros no; pero todos los aman igualmente.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Grata es para mí la juventud, no la vejez, carga más pesada que los peñascos del Etna, que agobia mi cabeza y oscurece con sus tinieblas la luz de mis ojos.[128] Ni todo el lujo del imperio del Asia, ni un palacio lleno de oro valen para mí lo que ella, que si es muy dulce en la opulencia, también lo es en la pobreza. Aborrezco la triste y letal senectud; ojalá que desaparezca bajo las olas, pues nunca debió acercarse a los hombres y a las ciudades, sino volar por los aires.

_Antístrofa 1.ª_ — Si la prudencia y la humana sabiduría fuesen patrimonio de los dioses, disfrutaríamos de doble juventud los que la mereciésemos por nuestras virtudes, para que, después de muertos, volviésemos a ver de nuevo el sol y viviésemos dos veces, y así se distinguirían los buenos de los malos como los marineros distinguen las innumerables estrellas del firmamento. Pero ahora no hay señal alguna para conocerlos, y vivimos vida agitada, pensando solo en acumular riquezas.

_Estrofa 2.ª_ — No cesaré de adorar a las Gracias y a las Musas, unidas en dulcísimo consorcio. Que yo no viva sin las nueve hermanas, y que las coronas ornen siempre mis sienes. Todavía el anciano poeta celebra a Mnemósine;[129] todavía cantaré el triunfo de Heracles, ya en el templo de Dioniso, que nos da aromático vino, ya al son de la lira de siete cuerdas y de la flauta líbica; aún alabaremos a las Musas, que me invitaron a formar estos coros.

_Antístrofa 2.ª_ — Himnos entonan las delíades,[130] danzando en bellos grupos a las puertas del templo en loor de los bienaventurados hijos de Leto; yo, anciano poeta, como el cisne[131] cantaré también himnos en tu palacio, ¡oh Heracles!, con voz trémula; fausto argumento me da para ello el hijo de Zeus, que, superando con sus hazañas a sus nobles progenitores, ha logrado con sus trabajos que los mortales vivan tranquilos, sin miedo a las fieras. (_Sale Anfitrión del palacio, y aparece Lico_).

LICO

A tiempo sales del palacio, ¡oh Anfitrión!; no habéis tardado poco en vestiros el traje mortuorio. Pero ve y ordena que lo dejen ya los hijos y la esposa de Heracles, según prometisteis espontáneamente, sabedores de vuestra próxima muerte.

ANFITRIÓN

¡Oh rey! Me persigues sin apiadarte de mi suerte, y tu conducta es insolente, cuando sabes que ha muerto mi hijo, y que, por lo mismo que mandas, debías ser mesurado y compasivo. Pero ya que nos obligas a morir, necesario es someternos a nuestro destino y obedecerle.

LICO

¿En dónde está Mégara? ¿Dó los hijos del hijo de Alcmena?

ANFITRIÓN

Figúraseme, en cuanto puedo presumir desde aquí fuera...

LICO

¿Qué? ¿En qué te fundas?

ANFITRIÓN

Que pide suplicante en el santuario de sus lares...

LICO

Seguramente suplica en vano que la salven.

ANFITRIÓN

Y en vano llama también a su esposo.

LICO

Que ni la oye, ni jamás vendrá.

ANFITRIÓN

No, a no ser que algún dios lo resucite.

LICO

Ve a buscarla, y arráncala del palacio.

ANFITRIÓN

Sería cómplice de este asesinato si lo hiciera.

LICO

Nosotros, libres de esos terrores que la religión te inspira, traeremos a los hijos y a la madre. Seguidme, servidores, para que, libres de inquietud, logremos al fin el descanso apetecido.

ANFITRIÓN

Ve tú también; ve adonde debes ir; quizá otro se encargue de lo restante. Pero ya que obras mal, lo sufrirás también. ¡Oh ancianos! Buen camino lleva; en lazos mortales ha de enredarse el malvado que espera matar a otros. Pero iré y le veré caer, que es grato presenciar la ruina de un enemigo cuando paga la pena de su delito.

PRIMER SEMICORO

Truécase la suerte; el que antes era gran rey, descenderá a los infiernos. ¡Ay de la justicia! ¡Ay de las alternativas del destino!

SEGUNDO SEMICORO

Tarde llegaste, ¡oh tú que injuriabas a quienes valían más que tú!, adonde expiarás con la vida tu crimen.

PRIMER SEMICORO

Pero veamos, ¡oh anciano!, lo que sucede en el palacio, y si alguno se encarga de realizar mi deseo. (_Acércanse a la puerta del palacio_).

LICO

¡Ay, ay de mí!

PRIMER SEMICORO

Ya escucho desde aquí canto grato a mis oídos; cercana está la muerte. Los clamores y los gemidos del rey son el prólogo que precede a su ruina.

LICO

¡Oh tierra entera de Cadmo! ¡Pérfidamente muero!

SEGUNDO SEMICORO

¡Así mataste a otros! Sufre, pues, ahora la pena que mereces, que tal debe ser el castigo de tus delitos.

PRIMER SEMICORO

¿Qué mortal, acusando injustamente a los dioses, profiere necias injurias contra los celestiales bienaventurados, diciendo que nada pueden?

SEGUNDO SEMICORO

Ancianos, ya no existe el impío. El silencio reina en el palacio; volvamos a nuestros coros; felices son aquellos a quienes amo. (_Vuelven los semicoros a su puesto, y se reúnen de nuevo_).

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — Danzas, danzas y festines se celebran en la ciudad sagrada de Tebas; trocáronse las lágrimas, trocose la fortuna, y se oirán, se oirán nuestros cantos. Pereció este nuevo rey, y el antiguo impera, recién venido de las orillas del Aqueronte. Inopinadamente se realizó nuestra esperanza.

_Antístrofa 1.ª_ — Los dioses, los dioses no se olvidan cuando es conveniente premiar a los piadosos o castigar a los impíos. El oro y la fortuna borran la modestia del corazón humano, y consigo traen la arbitrariedad y la injusticia. El que huella las leyes no arrostra las vicisitudes de la suerte, y el inicuo rompe por sí mismo el negro[132] carro de la felicidad.

_Estrofa 2.ª_ — ¡Oh Ismeno!, corónate de guirnaldas;[133] danzad vosotras, moradas brillantes de esta ciudad de siete puertas, y tú, Dirce de bellas ondas, y vosotras, vírgenes ninfas del Asopo, andad, dejad las aguas de vuestro padre y cantad en coro la gloriosa lucha y la preclara victoria de Heracles. ¡Oh rocas de Apolo, cubiertas de selvas, y Helicón, albergue de las musas!; alabad con alegre algazara mi ciudad, alabad mis murallas, en donde apareció un linaje de hombres sembrados que, embrazando sus escudos de bronce, formaron armado escuadrón y dejaron en herencia esta tierra a los hijos de sus hijos, luz sagrada de Tebas.

_Antístrofa 2.ª_ — ¡Oh lecho, que en dulce consorcio fuiste visitado por un mortal y por Zeus, fogoso amante de la ninfa, hija de Perseo!; si no lo dudé en otro tiempo, ahora lo creo más firmemente, porque no lo esperaba; probado está el incomparable valor de Heracles, que volvió del centro de la tierra, después de haber visto el palacio infernal de Hades. Prefiero tu imperio al de reyes degenerados, como el que ha sucumbido en esta lucha, señal de que la justicia agrada todavía a los dioses. (_Aparécese la Locura en negro carro encima del palacio, e Iris a su lado_). ¡Hola!, ¡hola! ¿Volvemos, ¡oh ancianos!, a sentir el aguijón del temor? ¿Qué fantasma es ese que veo sobre el palacio? Huye, huye, aligera tu tardo paso, aléjate de aquí. ¡Oh rey Apolo, líbrame de estos males!

IRIS

No os alarméis, ancianos, de ver a la Locura, hija de la Noche, y a mí, Iris,[134] mensajera de los dioses; no venimos a hacer daño a esta ciudad, sino a la familia de un solo hombre, llamado hijo de Zeus y de Alcmena. Porque antes de terminar sus duros trabajos, guardábalo el destino, y no permitía Zeus que ni Hera ni yo le infiriésemos la más leve ofensa; pero ya que ha obedecido las órdenes de Euristeo, Hera y yo queremos castigarlo,[135] obligándolo a matar a sus hijos y a derramar la sangre de sus más allegados parientes. Anda, pues, hija virgen de la negra Noche, de corazón inexorable; inspírale la locura, trastorna su juicio hasta que extermine a sus hijos y se muevan sus pies en danzas insensatas; agítalo, envuélvelo en tus redes letales, para que sus hijos, muertos a sus manos siendo su más bella corona, atraviesen el estrecho Aqueronte, y sepa lo que es la ira que a Hera y a mí animan; nada valdrán los dioses, y mucho los mortales, si no sufre ese castigo.

LA LOCURA

Nací de padre y madre nobles, de la sangre del Cielo y de la Noche, y ni me es dado aborrecer a mis amigos, ni ofender a los que lo son de los hombres. Pero quiero hacer una advertencia a ti y a Hera antes que te vayas, por si la tenéis en cuenta. Ni en la tierra ni en el Olimpo es desconocido este héroe a cuyo palacio me enviáis, pues pacificó regiones inaccesibles y el alborotado mar, y solo él reconstruyó los altares de los dioses que abandonaron los impíos, y por todo esto te aconsejo que no le suscites graves males.[136]

IRIS

No te opongas a mis deseos y a los de Hera.

LA LOCURA

La senda que yo trazo es la mejor.

IRIS

La esposa de Zeus no te ordenó que vinieses aquí para mostrarte afable.

LA LOCURA

Sea testigo el Sol de que la obedezco contra mi voluntad. Si es necesario que yo cumpla vuestros mandatos sin vacilar, como el perro del cazador, iré allá; ni la mar con sus olas que braman, ni el horrible terremoto, ni el incontrastable rayo, fuente de dolores, me igualarán cuando me enseñoree del pecho de Heracles, y pulverice los techos, y derribe su palacio, matando antes a sus hijos; y él no sabrá que los sacrifica, habiéndolos engendrado, hasta que no se vea libre de mi rabia.

Ved cómo el toro, pronto a embestir, sacude ya su cabeza y revuelve en silencio sus ojos extraviados, de mirar siniestro, y respira con trabajo, y muge terriblemente, invocando a las Furias del Tártaro. Luego te atormentaré más y te llenaré de terror. Vete al Olimpo, Iris; levanta tus pies generosos, que voy a penetrar invisible en la regia morada de Heracles. (_Retíranse Iris y la Locura_).

EL CORO