Chapter 16 of 25 · 3994 words · ~20 min read

Part 16

Lo diré. Ese oráculo ha sido para mí causa de muchos disgustos. Después que castigué las faltas de mi madre, que omito, andaba desterrado, perseguido por los remordimientos de las Furias, y Febo me envió entonces a Atenas para aplacar a las diosas sin nombre. Hay allí un santo Tribunal fundado por Zeus en otro tiempo para juzgar a Ares, que había manchado sus manos.[297] Cuando llegué, nadie me quiso recibir en su casa, mirándome como a un ser detestado de los dioses; los más compasivos me dieron mesa hospitalaria, en donde yo solo me sentaba, aunque vivían bajo el mismo techo, y me acompañaron silenciosos, no queriendo que hablase con ellos ni gustase de sus bebidas y manjares; y con este objeto todos tenían vaso aparte e igual, y en él vertían el vino y lo saboreaban. Yo no osaba reconvenirlos, sino que callado lo sentía, y fingía no repararlo, y gemía mucho, acordándome del asesinato de mi madre. Me han dicho que en memoria de mis calamidades los atenienses han instituido solemne aniversario, y que el pueblo de Palas todavía guarda la costumbre de celebrar la fiesta de las copas que hacen un congio.[298] Después que llegué al túmulo de Ares y asistí al juicio, yo en un asiento y en el otro la mayor de las Furias, habló Apolo, y presenció los trámites seguidos para fallar mi parricidio, y me salvó, sirviéndome de testigo, y Palas contó por sí misma los sufragios iguales por ambas partes, y escapé vencedor de este peligro inminente. Resolvieron que se consagrase un templo cerca de la misma curia a las Euménides que se sometieron al fallo del Tribunal; pero las que no se conformaron con la sentencia, me atormentaban siempre con su incesante persecución, hasta que volví a la tierra santa de Febo, y prosternándome ante el vestíbulo de su templo y ayunando, juré que allí mismo me arrancaría la vida si el que me había perdido no me protegía. Entonces, haciendo oír su voz desde el dorado trípode, me mandó venir aquí y que robase la estatua que había caído del cielo y la llevase al país de los atenienses. Ayúdame tú, pues, a recobrar mi salud, como el dios ha prometido; porque si nos apoderamos de la estatua, me veré libre de mi locura, y llevándote en un bajel de muchos remos, verás segunda vez a Micenas. Así, hermana amada, salva a tu familia, salva a tu hermano; perecerá cuanto me pertenece y el linaje de los Pelópidas si no nos acompaña la estatua celestial de la diosa.

EL CORO

Grande fue la ira de los dioses contra el viejo Tántalo, y lo agobiaron con terribles desdichas.

IFIGENIA

Antes que vinieras deseaba ir a Argos y verte, ¡oh hermano! Lo que tú quiero; que libre de tus males yo sea la columna que ha de sostener el palacio afligido de mi padre, puesto que no soy su enemiga por haberme condenado a muerte. No ensangrentaré en ti mis manos, y salvaré tu linaje. Pero temo a la diosa, temo al rey cuando note la falta de la estatua en el templo de Artemisa. ¿Cómo entonces podré evitar la muerte? ¿Cuál será mi excusa? Si consiguiéramos robar la imagen de la diosa y huir en tu nave de bella popa, nos expondríamos a un peligro glorioso; pero separada de ella, pereceré sin duda, y tú, logrado tu objeto, volverás a tu patria. Pero nada rehuiré por salvarte, ni aun la muerte. Mucha falta hace a la familia el hombre que se muere; pero la mujer vale poco.

ORESTES

Nunca seré causa de tu ruina, como lo fui de la de mi madre; basta un asesinato; quiero vivir o morir contigo. Te llevaré a Argos si aquí no sucumbo, o nos guardará el mismo sepulcro. Pero oye mi parecer: si Artemisa fuese contraria a nuestros proyectos, ¿cómo había de mandar Apolo que trasladase su estatua a la ciudad de Palas y que yo te encontrase? Reflexionando, pues, en todo esto, espero volver.

IFIGENIA

¿Cómo es posible que no perezcamos y que realicemos nuestros deseos? Es la grave dificultad que se opone a nuestro regreso, que voluntad no nos falta.

ORESTES

¿Podríamos matar al tirano?

IFIGENIA

Cruel sería que quienes nos dan hospitalidad muriesen a manos de advenedizos.

ORESTES

Pero debemos intentarlo, si es el único medio de salvarnos.

IFIGENIA

Yo no podría hacerlo, aunque alabe tu decisión.

ORESTES

¿Y si me ocultas en el templo?

IFIGENIA

¿Para escaparnos, favorecidos de las tinieblas?

ORESTES

Sí; la noche protege a los ladrones y la luz es amiga de la verdad.

IFIGENIA

Hay en el templo guardianes que no engañaremos.

ORESTES

¡Ay de mí! Segura es nuestra muerte. ¿Cómo, pues, huiremos?

IFIGENIA

Se me ocurre una buena idea.

ORESTES

¿Cuál? Particípamela sin tardanza.

IFIGENIA

Tu misma desdicha servirá para engañarlos.

ORESTES

Ingeniosas son las mujeres en urdir intrigas.

IFIGENIA

Diré que has venido de Argos por haber asesinado a tu madre.

ORESTES

Utiliza mis males en provecho tuyo.

IFIGENIA

Diré que con esa mancha no es lícito sacrificarte a la diosa.

ORESTES

¿Y qué pretextarás? Algo sospecho.

IFIGENIA

Que es preciso lavar tu mancha y después darte muerte.

ORESTES

¿Y cómo de esta manera nos será más fácil apoderarnos de la estatua?

IFIGENIA

Diré que quiero purificarte en las ondas del mar.

ORESTES

Pero está dentro la estatua por la cual vine.

IFIGENIA

Y diré que quiero lavarla, porque tú la has profanado.

ORESTES

¿En dónde? ¿Dijiste que en las húmedas olas del mar?

IFIGENIA

En donde está sujeta tu nave con cables de lino.

ORESTES

¿Y llevarás tú la estatua, o algún otro?

IFIGENIA

Yo, solo yo puedo tocarla.

ORESTES

¿Y qué haremos de Pílades?

IFIGENIA

Diré que sus manos están manchadas como las tuyas.

ORESTES

¿Sabiéndolo el rey, o ignorándolo?

IFIGENIA

Yo lo persuadiré, pues aunque quisiera no podría ocultárselo.

ORESTES

Numerosos remeros hay en nuestra nave.

IFIGENIA

Tú cuidarás de lo demás.

ORESTES

Solo falta que estas mujeres guarden silencio. Ruégales, pues, con frases persuasivas, que la mujer, cuando quiere, sabe excitar la compasión.

IFIGENIA

¡Oh esclavas muy queridas! A vosotras me dirijo, y de vosotras depende que prosperen mis proyectos o que se desvanezcan como el humo, y me quede sin patria, sin mi hermano amado y sin una hermana adorada. Tal es el exordio de mi discurso; todas somos mujeres y nos amamos unas a otras, y nadie nos aventaja en callar lo que nos interesa. Silencio, pues, y ayudadnos en nuestra fuga. Joya preciosa es la discreción. Reflexionad en la suerte que aguarda a tres seres muy amados: o regresar a su patria, o morir todos a un tiempo. Salvándome yo, tú participarás de mi ventura, y conmigo volverás a Grecia. Por tu diestra, pues, te ruego, y a ti, y a ti, por tu rostro y tus rodillas, y por las caras prendas que dejasteis en vuestros hogares, por vuestra madre y vuestro pudre y por vuestros hijos, si los tenéis. ¿Qué decís? ¿Cuál de vosotras aprueba, cuál se opone a mis proyectos? Decidlo. Si no os conformáis con ellos, pereceremos yo y mi mísero hermano.

EL CORO

Confía en nosotras, dueña querida, y atiende solo a tu salvación, que yo callaré cuanto te interese. A Zeus pongo por testigo de que haré lo que me ruegas.

IFIGENIA

Premio tengan tan gratas palabras, y que seáis felices. Debéis entrar en el templo, que no tardará en venir el rey a averiguar si se ha celebrado el sacrificio de los extranjeros. ¡Oh tú, veneranda!, que en el seno de Áulide me libraste de las manos mortíferas de mi padre, sálvame también ahora, y conmigo a estos, o por tu causa los oráculos de Apolo no tendrán crédito entre los hombres. Que favorezcas tu huida de esta tierra bárbara a Atenas; no debes habitar aquí, sino en una tierra afortunada.

EL CORO

_Estrofa 1.ª_ — ¡Oh alción!,[299] ave que en los peñascosos escollos del Ponto cantas tu triste destino con voz bien conocida de los prudentes, siempre llorando a tu marido; acompáñame en mi llanto, que yo, pájaro sin alas,[300] suspiro por las asambleas de los griegos, por Artemisa Lucina,[301] que habita junto al collado Cinto,[302] en donde ostenta la palma su delicada cabellera, el laurel sus ramos, su sagrado fruto el verde olivo, amado por Leto[303] en su parto, y la laguna que revuelve sus aguas en círculo, mientras el cisne canoro rinde homenaje a las musas.

_Antístrofa_ 1.ª — ¡Oh lágrimas abundantes, que corristeis por mis mejillas cuando derribadas las torres de mi patria subí a las naves, llenas de remeros y de lanzas! Vendida a gran precio de oro vine a esta tierra bárbara, para servir a la hija de Agamenón, sacerdotisa virgen de la diosa que mata a los ciervos, y en los altares en donde se sacrifican ovejas, alabando mi suerte perpetuamente miserable, porque las penas no afligen cuando desde la cuna nos rodean. Pero la felicidad es inconstante, y cuando la aflicción viene después de la dicha, la vida es intolerable al hombre.

_Estrofa 2.ª_ — Que la nave argiva, ¡oh señora!, armada de cincuenta remos, te lleve a tu patria, y que alivie el trabajo del remero el sonido de la flauta del rústico Pan, trabada con cera, y que el profeta Febo, cantando acompañado de la canora lira de siete cuerdas, te conduzcan sin contratiempo a la fértil Atenas. Déjame aquí, y que al compás de impetuosos remos las cuerdas extiendan las hinchadas velas en la extremidad de la quilla, mientras esta surca ligera las olas.

_Antístrofa 2.ª_ — ¡Ojalá que yo vuele al esplendido circo del aire, ruta que sigue el ardiente fuego del sol, y que cese el batir de mis alas al llegar a mi aposento nupcial, y asista a los coros de otro tiempo, cuando virgen digna de noble esposo rivalizaba en grupos bellos con mis compañeras en presencia de mi madre, dando sombra a mis mejillas mi velo, y mis rizos y mis cabellos, brillantemente exornados![304]

TOANTE

¿En dónde está la griega que guarda este templo? ¿Celebró ya el sacrificio de los extranjeros? ¿Arden sus cuerpos en el sagrado vestíbulo?

EL CORO

Aquí está, ¡oh rey!, quien te contestará como deseas.

TOANTE

Veamos, pues. ¿Por qué, ¡oh hija de Agamenón!, llevas en tus brazos la estatua de la diosa, que no debe moverse de su asiento?

IFIGENIA

¡Oh rey!, detente a la entrada del templo.

TOANTE

¿Qué hay de nuevo en él?

IFIGENIA

Se ha cometido un sacrilegio: tal es el nombre que da la religión a ese atentado.

TOANTE

¿Qué novedad me anuncias?

IFIGENIA

Impuras son las víctimas que me has traído, ¡oh rey!

TOANTE

¿Quién te lo ha dicho? ¿Es esa tu opinión?

IFIGENIA

Retrocedió la estatua de la diosa.

TOANTE

¿Por sí misma o por temblor de tierra?

IFIGENIA

Por sí misma, y cerró sus ojos.

TOANTE

¿Y cuál es la causa? ¿Acaso la profanación de los extranjeros?

IFIGENIA

Tal es, y no otra: cometieron abominaciones.

TOANTE

¿Mataron acaso algún bárbaro en la orilla del mar?

IFIGENIA

Vinieron aquí manchados con la sangre derramada en su patria.

TOANTE

¿En dónde? Yo deseo saberlo.

IFIGENIA

Hundieron sus espadas en el pecho de su madre.

TOANTE

¡Oh Apolo! Ni aun los bárbaros hubiesen cometido acción tan criminal.

IFIGENIA

Han sido desterrados de toda la Grecia.

TOANTE

¿Y por esto sacas la estatua del templo?

IFIGENIA

Sí, al aire santo, para alejarla del contacto de los asesinos.

TOANTE

¿Y cómo has averiguado el nefando crimen de los extranjeros?

IFIGENIA

Averigüelo cuando anduvo hacia atrás la estatua de la diosa.

TOANTE

Sabia te hizo la Grecia. ¡Qué bien lo has conocido!

IFIGENIA

Y ahora poco intentaron seducirme con dulces halagos.

TOANTE

¿Anunciándote alguna grata nueva de Argos?

IFIGENIA

Que mi hermano Orestes vivía.

TOANTE

Pero tú les replicarías con sensatez, alegando el sacerdocio que debes a la diosa.

IFIGENIA

Como quien detesta a toda la Grecia, que me perdió.

TOANTE

¿Y qué haremos, di, con los dos extranjeros?

IFIGENIA

Observar nuestra antigua ley.

TOANTE

¿Y por qué están ociosas la cuchilla y el agua lustral?

IFIGENIA

Quiero antes lavarlos, purificándolos, según ordena nuestra religión.

TOANTE

¿Con agua de fuente o de la mar?

IFIGENIA

El mar lava todos los crímenes.

TOANTE

Más santas serán las víctimas que han de sucumbir.

IFIGENIA

Y mejor conseguiré mi deseo.

TOANTE

¿No se estrellan las olas en el templo?

IFIGENIA

Necesitamos la soledad para practicar otros ritos.

TOANTE

Haz lo que quieras; no tengo empeño en saber esos misterios.

IFIGENIA

Deseo purificar la estatua de la diosa.

TOANTE

Si la han profanado los matricidas...

IFIGENIA

De otro modo, nunca la hubiese removido de su asiento.

TOANTE

Laudable es tu piedad y diligencia; con razón te admiran todos.

IFIGENIA

¿Mandarás hacer lo que nos falta?

TOANTE

Sepámoslo, pues.

IFIGENIA

Añadirás nuevas cadenas a las que llevan.

TOANTE

¿Y adónde podrían huir?

IFIGENIA

No hay que fiarse de los griegos.

TOANTE

Servidores, traed más cadenas.

IFIGENIA

Y también a los extranjeros.

TOANTE

Así se hará.

IFIGENIA

Que un velo cubra sus cabezas.

TOANTE

¿De los rayos del sol?

IFIGENIA

Que me acompañe también alguno de tus satélites.

TOANTE

Estos te escoltarán.

IFIGENIA

Y manda a la ciudad un extranjero que diga...

TOANTE

¿Qué?

IFIGENIA

Que nadie salga de su casa.

TOANTE

¿Para no mancharse si tropiezan con los sacrílegos?

IFIGENIA

Sería descuido abominable.

TOANTE (_a uno de sus guardias_).

Ve tú y publícalo así de mi parte.

IFIGENIA

Que ninguno se acerque a verlos.

TOANTE

Bien miras por la ciudad.

IFIGENIA

Y no hay tampoco gran necesidad de la ayuda de los amigos.

TOANTE

¿Lo dices por mí?

IFIGENIA

Tú, mientras tanto, ante el templo de la diosa...

TOANTE

¿Qué he de hacer?

IFIGENIA

Purifica el templo con el fuego.

TOANTE

¿Para cuando vuelvas?

IFIGENIA

Y al salir los extranjeros...

TOANTE

¿Y qué haré entonces?

IFIGENIA

Tapar tus ojos con el manto.

TOANTE

¿Para no contaminarme?

IFIGENIA

Y si te parece que tardo mucho...

TOANTE

¿A qué regla he de atenerme?

IFIGENIA

No te sorprendas.

TOANTE

Cumple, pues, tus piadosos deberes con la diosa.

IFIGENIA

¡Ojalá que esta expiación produzca el efecto que deseo!

TOANTE

Lo mismo pido.

IFIGENIA

Ya veo a los extranjeros, que salen del templo, y las suntuosas galas de la diosa, y los tiernos corderillos que lavarán con su sangre el sacrilegio, y el fulgor de las lámparas, y todo lo necesario para purificar a los criminales y a la divina imagen. Ordeno a los ciudadanos que no presencien esta expiación, y que si algún guardián del templo desea conservar puras sus manos para el servicio de los dioses, que quien ha de contraer matrimonio, o las mujeres que hayan de parir, huyan y se alejen para no contaminarse. ¡Oh reina virgen, hija de Zeus y de Leto!, si llego a borrar el crimen sangriento de estos extranjeros y a sacrificar como conviene, habitarás un templo sin mancilla, y nosotros seremos felices; ya entiendes lo demás, aunque no lo exprese, ¡oh diosa!, y también los demás dioses, que todos lo saben.

EL CORO

_Estrofa._ — Bello fue el hijo que dio a luz Leto en los risueños valles de Delos, Apolo de cabellos de oro, hábil en tocar la cítara, y la que se deleita y hace gala de su destreza en tirar el arco, a los cuales, desde los bosques inmediatos a la mar, desde la célebre isla de abundantes aguas en que nacieron, llevó su madre a la cima del Parnaso, en donde Dioniso se entrega a sus orgías, y el dragón de manchado lomo y de cabeza roja, cubierto de escamas de bronce, bajo opaco y frondoso laurel, monstruo horrible, hijo de la Tierra, guardaba el oráculo subterráneo, sucumbió a tus flechas, ¡oh Febo!, cuando todavía eras niño, cuando saltabas en los brazos de la madre querida y diste principio a tus divinos oráculos; y te sientas en dorado trípode, en trono que no engaña, profetizando a los mortales desde el misterioso vestíbulo, cerca de la fuente Castalia,[305] en donde está el centro de la Tierra.

_Antístrofa._ Pero después que Apolo, usurpando las atribuciones de Temis, se reservó el derecho de dar sus oráculos divinos, la Tierra, madre de aquella diosa, creó fantasmas nocturnos que en sueños decían a muchos mortales lo pasado, lo presente y lo futuro en los tenebrosos y subterráneos aposentos en donde estas deidades moran; y privó a Febo de su don profético por vengar la afrenta de su hija. El rey entonces, dirigiéndose al Olimpo con pie ligero, agitó su mano infantil desde el solio de Zeus para libertar al templo pítico del furor de la Tierra y sus respuestas nocturnas. Riose Zeus porque su hijo vino a él sin vacilar, ansioso de alcanzar pomposo culto, y accedió a sus ruegos besando su cabellera. Cesaron los nocturnos sueños, y libertó a los hombres de los oráculos hijos de la noche, y devolvió a Febo sus honores, y a los mortales confianza en las respuestas, que da en solio preclaro y célebre por la multitud que lo visita.

EL MENSAJERO

Vosotros los encargados de la guarda de este edificio y de sus altares, ¿adónde fue Toante, nuestro rey? Llamadle; que salga del templo abriendo sus seguras puertas.

EL CORO

¿Qué hay, pues, si puedo preguntarlo sin tu licencia?

EL MENSAJERO

Huyeron los dos jóvenes, por consejo de la hija de Agamenón, y se llevaron la estatua veneranda en la nave griega.

EL CORO

Increíble es lo que dices; ya sale del templo el rey de esta tierra, a quien buscas.

EL MENSAJERO

¿Adónde va? Él debe saber lo que sucede.

EL CORO

Nosotras lo ignoramos; anda, pues, y persíguelo hasta que lo alcances y le cuentes tu mensaje.

EL MENSAJERO

Observad la perfidia de las mujeres; vosotras sois cómplices de esta maldad.

EL CORO

¿Deliras? ¿Qué tenemos que ver nosotras con la huida de los extranjeros? ¿No irás cuanto antes a buscar al rey?

EL MENSAJERO

No antes de cerciorarme claramente de si está o no en el templo el príncipe de este país. ¡Hola!, abrid las puertas vosotros los de dentro, y decid al rey que aquí fuera le buscan para anunciarle nuevos e innumerables males.

TOANTE

¿Quién vocifera así, junto a la mansión de la diosa, llamando a la puerta y alborotándola dentro?

EL MENSAJERO

Engañábanme estas mujeres y me alejaban de ti como si hubieses salido, y, sin embargo, estabas en el templo.

TOANTE

¿Qué esperaban? ¿Con qué objeto lo hacían?

EL MENSAJERO

Después diré de ellas lo que merecen; pero ya que estoy en tu presencia, oye: la doncella Ifigenia, que presidía en los sacrificios, huye con los extranjeros, llevándose consigo la estatua veneranda de la diosa. Fingida era la expiación que proyectaba.

TOANTE

¿Qué dices? ¿Qué móviles le han inspirado?

EL MENSAJERO

Salvar a Orestes; te maravillarás sin duda.

TOANTE

¿Cuál, el hijo de la Tindáride?

EL MENSAJERO

El destinado por la diosa a perecer en sus aras.

TOANTE

¡Oh portento! ¿Cómo calificaré tan grave atentado?

EL MENSAJERO

Que tu imaginación no se extravíe; óyeme, y pensándolo bien todo, después que te lo explique, busca el mejor medio de perseguir a los extranjeros.

TOANTE

Habla; oportuna es tu advertencia; los fugitivos no dirigen su rumbo a ningún puerto inmediato, y los alcanzará mi lanza.

EL MENSAJERO

Después que llegamos a la orilla del mar, adonde había arribado ocultamente la nave de Orestes, la hija de Agamenón nos indicó (recordarás que nos enviaste con ella para llevar las cadenas de los extranjeros) que nos alejásemos de allí, pretextando que no tardaría en encender el fuego del misterioso sacrificio y en hacer la purificación, ya muy urgente. Iba detrás, y llevaba en sus manos las cadenas de los dos extranjeros. Esto nos infundía ciertas sospechas; pero tus servidores parecían satisfechos, ¡oh rey! Al fin, para engañarnos mejor, fingiendo hacer algo importante, aulló y cantó versos bárbaros, empleando artes mágicas, como si lavase la mancha del asesinato. Después que estuvimos sentados mucho tiempo, recelamos que los extranjeros podían haberse soltado, y matarla y huir. Temiendo ver, no obstante, lo que no debíamos, permanecimos en silencio en nuestro puesto; pero, por último, todos fuimos de parecer que debíamos ir a buscarlos, aunque no nos fuese permitido. Entonces vimos el casco de una nave griega, bien provista de remos, que movía ya sus velas, y cincuenta marineros que los manejaban en los bancos, y que los jóvenes, libres de sus cadenas, se acercaban a la popa. Unos sujetaban la proa con perchas; otros suspendían el áncora; otros arrimaban las escalas precipitadamente, y llevaban cuerdas en las manos, que tiraron al mar, al alcance de los extranjeros. Sin temor al peligro, así que conocimos el engaño, nos apoderamos de la fugitiva y de las cuerdas, e intentamos arrancar el timón de la nave de bella popa, en donde estaba sentado el piloto. Díjímosle entonces: «¿A qué robáis de aquí la estatua y su sacerdotisa? ¿Cuál es tu padre? ¿Quién eres tú, que así la arrebatas?». Él respondió: «Sabe que soy Orestes, hijo de Agamenón, hermano de Ifigenia, y que me llevo a mi hermana, que he encontrado, arrancada de mi palacio». Reteníamos, sin embargo, a la extranjera, y queríamos obligarla a la fuerza a que nos siguiese y traerla a tu presencia. Ni ellos tenían espadas ni tampoco nosotros; pero había manos, y nos sacudíamos con estrépito, y ambos jóvenes a un tiempo nos golpeaban con sus pies los costados y el vientre, tanto, que nos desalentaban y nos llenaban de fatiga. Cubiertos de señales degradantes huimos a un lugar de difícil acceso, lastimados unos en la cabeza, otros en los ojos, y deteniéndonos en las pendientes peleábamos con más cautela, y les tirábamos piedras. Alejábannos, sin embargo, los flecheros, lanzándonos saetas desde la popa. Entonces una ola poderosa arrastró a la nave a la ribera; y cuando temían los marineros que se fuese a pique, Orestes cargó con su hermana en el hombro izquierdo, y entrando en el mar y trepando por las escalas, la depositó en la nave, provista de buenos bancos de remos, juntamente con la estatua de la hija de Zeus, venida del cielo. Desde el medio de la nave se oyó una voz que dijo: «¡Oh remeros griegos!, empuñad los remos y llenad de espuma las ondas; ya poseemos lo que nos trajo al Ponto Euxino y nos obligo a penetrar en las Simplégades». Ellos, con alegre murmullo, azotaron la mar. Adelantaba la nave, ya en el puerto, y al entrar en la boca era juguete de soberbias olas. Levantándose de repente un viento fuerte la hizo retroceder, mientras los remeros resistían al empuje luchando con las ondas; al fin el reflujo la arrastró segunda vez contra la tierra. Derecha entonces la hija de Agamenón, oró así: «¡Oh hija de Leto!, sálvame, que tierna joven me sacrificaron a ti; llévame a la Grecia desde esta tierra bárbara, y perdona mi rapto. Tú, diosa, que amas a tu hermano, debes recordar que yo amaré también a mis parientes». Los marineros aclamaron a la doncella y entonaron un himno, y con sus brazos, desnudos desde el hombro, movieron a compás los remos. El bajel se acercaba más y más al escollo, y uno saltó a la mar, y otro recogió los torcidos cables, suspendidos del buque. Y entonces vine corriendo a buscarte, ¡oh rey!, para anunciarte todo lo ocurrido. Acude, pues, llevando cadenas y lazos, que si el mar no se sosiega, no hay esperanza de salvación para los extranjeros. El rey del mar, el venerando Poseidón, es amigo de Ilión y enemigo de los Pelópidas. Y ahora, según parece, pondrá en tus manos y en las de la ciudad al hijo de Agamenón, y recobrarás también a su hermana, ingrata con la diosa y olvidadiza del milagro que la libró en Áulide de la muerte.

EL CORO

¡Oh mísera Ifigenia!, morirás con tu hermano, cayendo otra vez en poder de tus dueños.

TOANTE