Part 4
EL CORO
¡Ay de la ciudad infortunada! Ea, dirige tus pasos hacia las naves de los griegos.
HERACLES FURIOSO
ARGUMENTO
Once de sus famosos trabajos había ya cumplido Heracles, y estaba ausente de Tebas para terminar el último, que consistía nada menos que en traer al Cancerbero de las tinieblas a la luz. En esta ciudad había dejado a su esposa Mégara, y a tres hijos que había tenido de ella, bajo la custodia de su padre Anfitrión que, temeroso de las violencias de que pudieran ser víctimas por parte de Lico, rey de la Eubea, que mandaba en Tebas apoyado por un partido rebelde y victorioso, se refugia junto al altar de Zeus Salvador, asilo sacrosanto que podía resguardarlos de sus iras; pero el tirano entonces inventa el medio de realizar su sanguinario intento sin tocar el ara, mandando a sus esclavos que la cerquen de leña y abrasen de este modo a los heráclidas. Anfitrión y Mégara convienen en tal apuro en someterse a su voluntad, abandonándoles su vida y la de los hijos de Heracles, siempre que perezcan de otra manera, y lo consiguen del tirano, y además un breve plazo para prepararse a la muerte y adornarse en el palacio de Heracles con sus vestidos y galas funerarias.
Afortunadamente vuelve este héroe de los infiernos, y enterado por Anfitrión de lo que sucede, y aconsejado por él, entra en su morada, en donde después sorprende y mata a su enemigo al venir en busca de sus víctimas. Por desgracia, la diosa Hera, que siempre lo odia, y más ahora viendo que ha salido triunfante de la última y más peligrosa prueba, envía a su mensajera Iris y a la Locura para que trastornen su juicio y lo obliguen a matar a sus hijos. Así acontece, en efecto, y el héroe, víctima de su delirio, los sacrifica sin piedad con su madre, y aun intenta asesinar a su padre creyendo que todos eran de la familia de Euristeo, no de la suya, librando solo al último de la suerte que le aguarda la intervención de Atenea, que derriba a Heracles con una piedra, le infunde triste sueño y le devuelve la razón perdida. Al fin despierta de su letargo, llora su desventura cuando ya no tenía remedio, y se ausenta de Tebas con su amigo Teseo, que llega en tan crítico instante deseoso de auxiliarlo contra Lico, encargando a su padre Anfitrión que dé honrosa sepultura a Mégara y a sus hijos.
Tal es el argumento de esta tragedia, cuya acción parece doble a primera vista, según opinan críticos tan competentes como A. G. Schlegel y M. Artaud, quienes aseguran que la primera acaba cuando Mégara y sus hijos evitan la muerte por la llegada de Heracles y el castigo de Lico, y que la segunda expone el sacrificio de los heráclidas y de su desventurada madre. Sin embargo, con la desconfianza natural a quien intenta refutar juicios tan autorizados, debemos decir nosotros que esa primera acción es solo un complemento esencialísimo de la segunda, y está enlazada a ella tan íntimamente que ambas forman una sola, supuesta la intención del poeta y la misma índole de la tragedia, dirigida, como dice Aristóteles, a mover la piedad y la compasión. El principal interés que nos inspira esta obra de Eurípides proviene de la situación del padre, esposa e hijos de Heracles, los cuales, amenazados primero de muerte por Lico, se libran de ella por la llegada del héroe; y cuando su gozo debía ser mayor, cuando se veían ilesos, cuando nada debieran temer, teniendo a su lado a su padre y protector, sucumben a manos de este de una manera inesperada. Por consiguiente, si suprimimos la primera parte se desvanece casi todo el interés de la segunda, y no aparecen tan claras esas alternativas del destino que ha querido figurar el poeta. El defecto capital de esta tragedia no es, pues, ese, en nuestro concepto, sino otro muy distinto, que salta a los ojos al leerla; a saber: que su trama y su espíritu están en abierta contradicción, o lo que es lo mismo, que toda ella en su plan y accidentes supone la existencia de los dioses que determinan la acción, y en su espíritu la niega. La piedad y la compasión que excita el poeta cuando paramos la atención en la suerte de Heracles, de su esposa e hijos, se convierten en indignación y odio contra Hera, que solo por satisfacer su celosa venganza sacrifica víctimas inocentes, y contra su esposo Zeus, que siendo el soberano del cielo y padre de Heracles, contempla impasible la ruina de su propia descendencia. Esto solo, supuestas aquellas creencias y prescindiendo ahora de las nuestras, como debemos hacerlo, era inmoral y altamente irreligioso, justamente tratándose de un espectáculo cuyo objeto era fortificar este sentimiento y moralizar al pueblo. Por lo demás, es obra, como todas las de Eurípides, notable por sus bellezas dramáticas aisladas, por su pintura de afectos, por su poesía sobria y elegante, por sus rasgos sencillos y por la armónica distribución de sus partes. Hay de ella una imitación de uno de los Sénecas, no se sabe si del filósofo o del retórico, como casi todas las suyas llena de singularidades y absurdos, pues aun siendo español y poeta, y no obstante la cruzada que de algún tiempo a esta parte se ha levantado a su favor, para nosotros y para toda persona imparcial y sensata que lea sus imitaciones después de los originales, es y será siempre un trágico deplorable. El patriotismo tiene sus límites, y nunca debe hollar los del buen gusto, porque ni Lucano ni Séneca nos hacen falta, habiendo florecido tan famosos poetas españoles.
Si intentamos ahora fijar la época en que se representó esta tragedia, tendremos que contentarnos con presunciones más o menos fundadas, careciendo de datos positivos y fidedignos, ya transmitidos por los escoliastas, ya por otros escritores griegos. Parece lo más probable que la escribió Eurípides ya anciano, según se desprende de estos versos que pronuncia el coro y que indudablemente aluden al autor:
Οὐ παύσομαι τὰς Χάριτας Μούσαις συγκαταμειγνύς, ἁδίσταν συζυγίαν. μὴ ζῴην μετ᾽ ἀμουσίας, αἰεὶ δ᾽ ἐν στεφάνοισιν εἴην, ἔτι τοι γέρων ἀοιδὸς κελαδεῖ Μναμοσύναν. ἔτι τὰν Ἡρακλέους καλλίνικον ἀείδω, κ. τ. λ.
Calcúlase, por tanto, que no es anterior a la olimpiada 90 (420 antes de J.-C.), y que fue obra de un poeta sexagenario.
PERSONAJES
ANFITRIÓN, _padre_ } Y } _de Heracles._ MÉGARA, _esposa_ } CORO DE ANCIANOS TEBANOS. LICO, _rey de Tebas._ IRIS, _mensajera de los dioses._ LA LOCURA. UN MENSAJERO. HERACLES. TESEO, _rey de Atenas._
La acción es en Tebas.
Se ve en el teatro el palacio de Heracles, junto al templo de Zeus Salvador, cuya ara cerca la familia de aquel héroe. Anfitrión, abandonando los umbrales del templo, dice así:
ANFITRIÓN
¿Qué mortal no conoce al argivo Anfitrión,[79] padre de Heracles, que compartió su lecho con Zeus, y a quien engendró en otro tiempo Alceo,[80] hijo de Perseo?[81] Habitó en esta ciudad de Tebas, en donde nacieron los hijos de la Tierra,[82] que se sembraron como el grano, de cuyo linaje salvó muy pocos Ares, heredando sus nietos tan rico reino. De ellos descendía Creonte, hijo de Meneceo, rey de este país, padre de Mégara, esposa de Heracles, cuyo himeneo celebraron los hijos de Cadmo en mi palacio al son de la flauta. Ausente de Tebas mi hijo, de donde yo emigré, y lejos de Mégara y de sus parientes, quiso vivir en Argos, ciudad ciclópea, de la cual me desterraron por haber dado muerte a Electrión; y como deseaba consolarme y restituirme a mi patria, ofreció a Euristeo,[83] si permitía mi vuelta, nada menos que pacificar todo el orbe, ya lo atormentase Hera, ya lo guiase el destino. Y en verdad que ha sufrido duros trabajos; al fin se encaminó al palacio de Hades, atravesando las bocas del Ténaro,[84] para sacar a la luz del sol al perro de tres cuerpos, de cuya expedición no ha vuelto. Antigua tradición hay entre los tebanos de que en otro tiempo se casó con Dirce[85] cierto Lico, señor de esta ciudad de siete torres, antes que reinasen en ella Anfión y Zeto, los de los blancos caballos, hijos de Zeus. Uno de sus descendientes, llamado como su padre, no tebano, sino oriundo de la Eubea, quitó la vida a Creonte y reina aquí, habiéndose apoderado de esta ciudad, afligida por sediciones. Pero a nosotros, según parece, nos perjudica no poco nuestro parentesco con Creonte, porque mientras Heracles yace en el seno de la tierra, Lico, ínclito[86] rey de Tebas, quiere exterminar a sus hijos y matar también a su esposa, para ahogar en sangre su estirpe, sin perdonarme a mí (si es lícito contarme entre los mortales, inútil anciano), temiendo que lleguen a ser hombres y venguen a su abuelo. Y yo (porque mi hijo me dejó en este palacio, encargándome de la educación de los suyos al bajar al oscuro seno de la tierra), para salvarlos de la muerte, me he refugiado con su madre en este ara de Zeus Salvador, erigida por su generoso padre como monumento de la victoria, que ganó con su lanza, sobre los minias.[87] Y aquí estamos, careciendo de todo, del sustento, de agua, de vestido y durmiendo en el duro suelo; nos echaron de nuestro palacio, y aquí nos acogimos desesperados. De nuestros amigos, unos han probado no serlo en realidad, y los leales no pueden socorrernos. Así sucede en la adversidad (¡ojalá que nunca se ensañe ni aun en los que me aman sin pasión!), piedra segura de toque para conocer a los que nos rodean.
MÉGARA
¡Oh anciano, que en otro tiempo, al frente de guerreros de Tebas, arrasaste con tanta gloria la ciudad de los tafios![88] ¡Cuán cierto es que los dioses abandonan a los hombres a su ignorancia! Ni aun me fue contraria la fortuna, dándome ilustre padre, orgulloso en otro tiempo con sus riquezas y dueño de un reino cuya codiciosa posesión suelen disputar numerosas lanzas y ensañarse en sus felices soberanos; contento con sus hijos, me casó con el tuyo, y llegué a ser la noble esposa de Heracles. Y todos estos bienes se desvanecieron; ambos, ¡oh anciano!, moriremos, y con nosotros los heráclidas, tiernos hijuelos que abrigo bajo el calor de mis alas. Cércanme y me preguntan: «¿Adónde fue nuestro padre, madre mía? ¿Qué hace? ¿Cuándo volverá?». Engáñales su infantil inocencia, y lo buscan vanamente. Y yo los distraigo hablándoles de otras cosas, y me estremezco cuando rechinan las puertas, y todos se levantan como para abrazar sus rodillas. Ahora, pues, ¡oh anciano!, ¿cuál es tu esperanza? ¿Cómo podremos salvarnos, siendo tú solo nuestro defensor? Ni abandonaremos los confines de esta tierra (puesto que nos lo impide fuerza más poderosa que la nuestra), ni debemos esperar auxilio de amigos. Dime, pues, lo que piensas, para no perder tiempo, amenazándonos la muerte y siendo tan débiles para resistirla.
ANFITRIÓN
¡Oh hija!, no es fácil en tan críticos momentos evitar ligeramente y sin trabajo tan graves males.
MÉGARA
¿Hay dolor que no sufras, y sin embargo tanto amas la vida?
ANFITRIÓN
Pláceme, en verdad, y aún no desespero del todo.
MÉGARA
Ni yo; pero no esperemos imposibles, ¡oh anciano!
ANFITRIÓN
Ganar tiempo es ya un alivio a nuestras desdichas.
MÉGARA
Pero el que pasa, lleno de tristeza, me atormenta sin descanso.
ANFITRIÓN
No dudes, ¡oh hija!, que nuestros males presentes se trocarán en bienes, y que algún día vendrá mi hijo, tu bien amado esposo. Tranquilízate, pues, y enjuga las lágrimas perennes de tus hijos, y consuélalos, y engáñalos con fingidas palabras, por triste que sea este recurso. También se cansan las calamidades humanas, y los vientos no soplan siempre con igual fuerza, y los afortunados no lo son perpetuamente; todo cambia y se trastorna. El hombre virtuoso siempre tiene esperanza, y solo el malo desespera.
EL CORO
_Estrofa._ — Apoyado en mi báculo me acerco a la morada y al lecho del anciano Anfitrión, entonando lúgubre canto, como blanco cisne, y mi voz y mi aspecto son de fantasmas nocturnos, trémulo, aunque resuelto, ¡oh hijos sin padre!, ¡oh anciano!, y tú, madre infeliz, que lloras a tu esposo, ahora en el palacio de Hades.
_Antístrofa._ — No fatiguéis vuestros pies y vuestros miembros, agobiados por los años, cansándoos como el caballo uncido al yugo que, al arrastrar el carro por inclinada ladera, se detiene sin aliento. Ayúdente mis manos y mi vestido, si tropiezan mis pies vacilantes; que un anciano guíe a otro; en los pasados días sufrimos iguales trabajos, y jóvenes peleamos juntos, sin deshonrar a nuestra patria celebérrima.
_Epodo._ — Observad sus terribles miradas,[89] semejantes a las de su padre; ni ha desaparecido su gracia, aunque el infortunio paterno alcance también a sus hijos; ¡oh griegos, de qué auxiliares, de qué auxiliares os priváis en la guerra si llegáis a perderlos! Pero veo a Lico, señor de este país, que se acerca.
LICO
Pregunto al padre y a la esposa de Heracles si me es lícito (y lo es, en verdad, y puedo preguntaros, siendo señor de este territorio): ¿hasta cuándo queréis prolongar vuestra existencia? ¿En qué esperanza, en qué auxilio confiáis para no morir? ¿Creéis acaso que vendrá el padre de estos niños, ahora en los infiernos? Indigna es vuestra aflicción al ver cercana la muerte, cuando te jactaste vanamente en toda la Grecia de que Zeus compartió tu lecho, y engendró un nuevo dios (_A Mégara_), llamándote esposa de varón gloriosísimo. ¿Qué preclara hazaña ejecutó tu esposo? ¿Dar muerte a la hidra de la laguna,[90] o a la fiera Nemea?[91] La apresó en sus redes, y dice que la ahogó en sus brazos. ¿Osáis luchar conmigo por esto? ¿Y bastará para librar de la muerte a los hijos de Heracles? Ganó fama de esforzado sin merecerlo, peleando solo con fieras, no en más altas empresas, porque nunca embrazó el escudo ni manejó la lanza en la refriega; estuvo pronto siempre a huir, armado solo del arco, la más cobarde de todas las armas. Pero este no es indicio de fortaleza, sino formar impasible en las filas sin miedo al surco que abre formidable enemigo. No atribuyas a crueldad mi propósito, hijo solo de la previsión; sé muy bien que quité la vida a Creonte, padre de esta, y que poseo su reino. No consentiré, pues, que estos niños sean hombres, ni dejaré vivir a quienes se vengarán de mí.
ANFITRIÓN
Defienda Zeus a su hijo; yo, ¡oh Heracles!, probaré por ti la necedad de este, y no dejaré que te desacredite. Apelo al testimonio de los dioses para lavarte, ¡oh Heracles!, de la mancha de cobarde, absurdo inaudito y el más inverosímil. Hablen los rayos y las cuadrigas de Zeus que te llevaron, desde las cuales clavaste tus rápidas flechas en el pecho de los gigantes,[92] hijos de la Tierra, celebrando con los dioses el triunfo de tu gloriosa victoria. Hablen también los centauros;[93] ve a Foloe,[94] ¡oh tú el peor de los reyes!, y pregunta cuál es el varón más famoso, y te dirán que mi hijo, el que, según aseguras, solo es esforzado en apariencia. Si preguntas a Dirfis,[95] la de los abantes,[96] en donde te criaste, no te alabará, que en tu patria no has ejecutado hazaña alguna. Desprecias las saetas, sapientísima invención, como armas ofensivas. Óyeme y rectificarás tu juicio: el hombre pesadamente armado es esclavo de sus armas, y cuando los que forman con él en las filas no son valientes, sucumbe víctima de la cobardía de sus compañeros, y cuando se rompe su lanza no puede evitar la muerte, puesto que ella sola lo defiende. Pero el de ojo certero en disparar el arco disfruta del apetecido privilegio, después de lanzar millares de flechas, de defender a los demás, y desde lejos se venga de sus enemigos y hiere y ciega con ellas a los que ven, y no se expone a sus golpes situado en paraje seguro; lo esencial en el combate es guardar bien el cuerpo y hacer daño a los enemigos, sin exponerse a los caprichos de la fortuna. Mis palabras prueban, por tanto, lo contrario de lo que has dicho. Pero ¿por qué quieres matar a estos niños? ¿Qué te han hecho? Solo eres prudente, a mi juicio, temiendo, cobarde, a los hijos de varón tan ilustre. Pero es intolerable para nosotros morir víctimas de tu miedo. Lo justo hubiese sido que tú padecieses en nuestro lugar, si Zeus nos hiciese justicia, porque valemos más que tú. Si quieres reinar aquí, déjanos salir desterrados; nada conseguirás a la fuerza, y serás víctima de ella si cambia la fortuna. ¡Ay de mí! ¡Oh tierra de Cadmo, que yo te vea, que ensalces también mis maldiciones! ¿Así ayudas a Heracles y a sus hijos? Él solo peleó contra los minias y devolvió a Tebas su libertad. No alabo a la Grecia, ni callaré nunca paciente que sea impasible testigo de tu vituperable conducta con mi hijo, cuando debía venir al socorro de estos niños con fuego, con lanzas, con todo linaje de armas, y premiar los trabajos de Heracles, que ha purgado de enemigos el mar y la tierra. Ni la Grecia ni la ciudad de los tebanos os socorren, ¡oh hijos!, y cifráis en mí, débil amigo, vuestras esperanzas, cuando solo sirvo ya para hablar, y trémulos están mis miembros por los años, y desapareció mi antiguo vigor. Si fuese joven y de robusto cuerpo, empuñaría la lanza y llenaría de sangre la cabellera de este, para que, temeroso, huyera de mí más allá de los límites atlánticos.[97]
EL CORO
¿No encuentran ocasión de hablar los hombres buenos, aunque sea lenta su palabra?
LICO
Desata contra mí tu lengua, que pronto sufriréis justo castigo. Andad, que vayan unos al Helicón[98] y otros a los valles del Parnaso,[99] y mandad a los leñadores que corten troncos de encina; y cuando los trajeren a la ciudad y los amontonéis alrededor del ara, prendedles fuego y quemadlos a todos, y así sabrán que no reina aquí el difunto Creonte, sino yo. A vosotros, ancianos, que os oponéis a mis proyectos, solo aseguro que lloraréis a los hijos de Heracles y los males que sobrevendrán a vuestras familias; así os acordaréis de que sois mis esclavos.
EL CORO
Hijos de la Tierra, que sembró Ares en otro tiempo arrancándoos de la boca voraz del dragón, ¿no levantáis los cetros en que se apoyan vuestras diestras y ensangrentáis con ellos la cabeza de este impío? ¿Cómo no siendo tebano, sino un advenedizo, osas tiranizar a estos jóvenes? Al menos no te atreverás a ofenderme impunemente, ni poseerás lo que gané con tanto trabajo de mis manos; vete al país de donde viniste para sufrir el condigno castigo y hacer alarde de tu insolencia; mientras yo viva no matarás nunca a los hijos de Heracles, aunque él los haya abandonado y yazga bajo la tierra. Tú has arruinado este país, y el que tanto le sirvió no obtiene la recompensa merecida. ¿Por ventura no debo acordarme de mis amigos difuntos cuando más me necesitan? ¡Oh diestra mía! ¡Cuánto anhelas empuñar la lanza, aunque los años frustren tu deseo! Te haría callar a no ser por esto, ya que osas llamarme esclavo, y con gloria habitaremos en Tebas, cuya posesión tanto placer te infunde. Desacertada anduvo entregándose a sediciosos y pérfidos consejeros; de otro modo nunca hubiese consentido que reinases en ella.[100]
MÉGARA
Alabo vuestra conducta, ¡oh ancianos!; justo es indignarse contra los que hacen sufrir a los amigos, pero que ningún daño padezcáis por causa nuestra de este rey airado. Oye, pues, mi parecer, ¡oh Anfitrión!, si en tu juicio lo merece. Ciertamente amo a mis hijos, ¿y cómo no, si los di a luz? La muerte es para mí una desdicha, pero luchar contra la necesidad, necia pretensión. Ya que hemos de perecer, que sea de otra manera, no devorados por el fuego y sirviendo de escarnio a nuestros enemigos, mal más intolerable que la muerte, cuando, por otra parte, no debemos deshonrar a nuestros abuelos. Gloriosa fama alcanzaste tú en la guerra para morir sin valor; pero mi ínclito esposo, ¿no expresó también su deseo de que no viviesen sus hijos mancillados? Afligen a los nobles las acciones torpes de sus hijos, y yo no debo olvidar el ejemplo de Heracles. He aquí, pues, mi opinión acerca de tus esperanzas. Crees que tu hijo vendrá del centro de la tierra, pero ¿qué muerto ha vuelto jamás de los infiernos?[101] ¿Podremos acaso aplacar con ruegos a Lico? De ninguna manera: que el necio intente huir de su enemigo; los prudentes, los que han recibido educación distinguida, solo deben ceder, porque más fácilmente se apiadarán de ti si te resignas. Ya he pensado en solicitar el destierro de estos hijos a fuerza de súplicas. Miserable será, no obstante, su suerte si han de vivir pobres y sin ventura, pues, según dicen, los que dan hospitalidad a los desterrados solo el primer día los miran con buenos ojos. Soporta, como nosotros, la muerte que te aguarda. Apelamos a tu nobleza, ¡oh anciano! El que intente luchar contra las calamidades que mandan los dioses, por grande que sea su ánimo, no dejará de ser un insensato, pues nadie logrará evitar lo que ha de suceder necesariamente.[102]
EL CORO
Si mi brazo fuese vigoroso y os injuriaran, fácilmente castigaría a quien tal osase; ahora nada somos; así, ¡oh Anfitrión!, piensa en la mejor manera de evitar esos males.
ANFITRIÓN
Seguramente no es timidez ni afición a la vida lo que me impide morir, sino mi deseo de salvar a los hijos de mi hijo, aunque, por otra parte, parezca que pretendo imposibles. He aquí mi cerviz, que ofrezco al suplicio; hiéranla, sepárenla del tronco, precipítenla de elevado peñasco; solo te pedimos, ¡oh rey!, que a nosotros dos nos concedas una gracia: mátame a mí y a esta desventurada antes que a mis hijos, para no presenciar el espectáculo impío de su martirio llamando a su madre y al padre de su padre; no esperamos auxilio alguno que nos libre de la muerte.
MÉGARA
Y yo te ruego suplicante que me concedas otra gracia, para que tú solo nos dispenses dos a un tiempo: déjame entrar en nuestro palacio, y preparar las fúnebres galas de estos niños; ahora poco nos echaron de él. Así, al menos, poseerán los únicos restos de los bienes de su padre.
LICO
Se hará lo que pides; ordeno, pues, a mis servidores que abran las puertas. Entrad y preparad esas fúnebres galas, que mi odio no va tan lejos; pero cuando los hayáis vestido, vendré a buscaros para enviaros a la mansión subterránea. (_Vase_).
MÉGARA
Seguid, hijos míos, los tristes pasos de vuestra madre al hogar paterno, en donde otros poseen lo que os pertenece, y solo queda vuestro nombre. (_Entra en el palacio con sus hijos_).
ANFITRIÓN
¡Oh Zeus!, en vano disfrutaste de mi lecho, y en vano te llamábamos padre de mi hijo; me amas menos de lo que aparentabas; y yo, simple mortal, te aventajo en virtud, siendo tú dios poderoso, porque no he hecho traición a los heráclidas. Tú sabías venir furtivamente a ajeno tálamo, o introducirte en él sin licencia de nadie, pero no salvar a tus amigos. Eres, por tanto, dios injusto o poco sabio.[103] (_Entra también en el palacio_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Entona, ¡oh Febo!, alegre canto, pulsando la sonora cítara con dorado plectro,[104] que yo quiero celebrar con alabanzas, corona de sus trabajos, al que penetró en las tinieblas subterráneas de los infiernos, ya le llame hijo de Zeus, ya de Anfitrión; cantar sus nobles hazañas es honrar a los muertos. Y primeramente mató al león de la selva de Zeus, y con su cabeza y con la terrible piel de la retinta fiera abrigó sus espaldas.