Chapter 11 of 25 · 3876 words · ~19 min read

Part 11

La veo, y lo primero que hay que hacer es soltarla.

MENELAO

No antes de enseñar a todos los griegos lo que hay escrito en ella.

AGAMENÓN

¿Sabes acaso, habiendo roto el sello, lo que debías ignorar?

MENELAO

Aflígete, que se han de descubrir tus ocultas maldades.

AGAMENÓN

¿Cómo te apoderaste de ella? ¡Oh dioses, cuánta es tu impudencia!

MENELAO

Esperando a tu hija de Argos, si ha de venir a reunirse con el ejército.

AGAMENÓN

¿Y por qué tanto interés por mis asuntos? ¿No es inaudito descaro?

MENELAO

Solo porque quería; yo no soy tu esclavo.

AGAMENÓN

¿Y dejará de ser un abuso? ¿No podré gobernar mi casa?

MENELAO

Fácilmente varías de parecer: ahora piensas así, antes de otra manera, después pensarás de otra distinta.

AGAMENÓN

Sagaz eres en demasía; perjudicial la lengua hábil en hacerse odiosa.

MENELAO

Los ánimos versátiles, no sinceros, son injustos con los amigos. Pero deseo convencerte, para que ni la ira te desfigure la verdad, ni digas que te hablo con desprecio. ¿Acuérdaste de cuando deseabas llevar a los griegos a Troya, no fingida, sino verdaderamente, cuán humilde eras y cómo estrechabas todas las diestras y dabas acceso en tu palacio a todo el pueblo, y audiencia aunque no quisieran, mostrándote afable con exceso, para que te confiasen el supremo mando? Y después, así que te lo concedieron, variaste de conducta, no fuiste ya amigo de tus amigos como antes, era difícil verte, y rara vez se te hallaba en tu palacio. El hombre probo que obtiene el mando, no debe ser tan inconstante, sino, al contrario, amar más a sus amigos, porque si la fortuna le sonríe, puede servirles mejor. Tales son tus primeras faltas. Después que llegaste a Áulide con todo el ejército, para nada servías, consternado con el contratiempo que te suscitaron los dioses, oponiéndose a nuestra navegación. Pero los griegos te pedían que disolvieras la armada, para no sufrir en Áulide inútilmente. ¡Qué triste era tu semblante y cuánta tu turbación si, capitán de cien naves, no llenabas con tus soldados los campos de Príamo! Y me mandabas llamar y me decías: «¿Qué haré? ¿Qué remedio pondré?». Y todo por temor de perder el mando y la preclara gloria que esperabas conseguir. Después, cuando Calcas sacrificó y te intimó que mataras a tu hija en honor de Artemisa, y que solo así podrían navegar los griegos, te llenó de gozo y prometiste hacerlo; y voluntariamente ordenaste a tu esposa, no obligado por la fuerza, como no te atreverás a sostener, que enviase aquí a tu hija con el pretexto de casarla con Aquiles. Luego cambias de parecer, y averiguamos que remites otras cartas y que no inmolarás a tu hija, lo cual, en verdad, no te favorece mucho. Así también se desprende de tus últimas palabras. Lo que a ti, sucede a muchos en la gestión de los negocios públicos: primero se afanan cuanto pueden, y a poco decaen vergonzosamente, ya por temor a necias hablillas, ya con razón, porque no pueden defender a la república. Duélome sobre todo de la mísera Grecia, que deseaba acometer gloriosa empresa y se ve forzada a dejar impunes a bárbaros que nada valen, y que se burlarán de ella por tu causa y por tu hija. A ninguno pondría yo al frente de un estado ni de un ejército por su interés personal; el que manda en una ciudad ha de ser prudente; así cualquiera puede gobernarla, con tal de que sea sensato.

EL CORO

Amargo espectáculo es el de hermanos que se querellan, disputan y dan voces.

AGAMENÓN

Quiero replicarte como mereces, aunque con dulzura y en pocas palabras, sin fruncir mi ceño con impudencia, sino con moderación, porque eres mi hermano. El hombre de bien suele ser con todos respetuoso. Dime, ¿a qué viene tu desagrado y esos ojos que respiran sangre? ¿Quién te injuria? ¿Qué necesitas? ¿Deseas rescatar tu buena esposa? Yo no puedo dártela; mal la educaste. Y yo, que en nada pequé, ¿expiaré tus faltas? ¿Te atormenta mi ambición? ¿O quieres estrechar en tus brazos a tu bella compañera, sin acordarte del honor ni de la justicia? Son vituperables deleites de hombre depravado. Y si yo, pensando mal primero, varié prudentemente de parecer, ¿estaré loco por eso? Más bien tú que, perdiendo una esposa culpable, gracias a algún dios que te favorecía, quieres recuperarla. Sus necios pretendientes, ansiosos de casarse con ella, prestaron a Tindáreo el consabido juramento. Pero la Esperanza es diosa, según creo, y contribuyó más a ello que tú y tu poder. Emprende, pues, con su ayuda la guerra, que, a mi juicio, no tardarás en arrepentirte de tu insensatez. No hay deidad sin inteligencia que no sepa distinguir el juramento informal y arrancado por la fuerza. Yo no mataré a mis hijos, ni será justo que tú logres tu deseo castigando a una mujer pésima, y me consuman las lágrimas noche y día si cometo iniquidades e injusticias contra los hijos que engendré. Pocas son mis palabras, pero claras, por lo cual, si no quieres moderarte, cuidaré de lo que me interesa.

EL CORO

Distintas son estas frases de las pronunciadas antes; pero aconsejan con razón que miremos por nuestros hijos.

MENELAO

¡Ay, ay de mí! ¡Que sea tanta mi desventura y me abandonen mis amigos!

AGAMENÓN

Sí, si no intentas perder los que tienes.

MENELAO

¿Cómo pruebas que eres también hijo de mi padre?

AGAMENÓN

Deseo ser contigo prudente, no enfurecerme.

MENELAO

Nuestros amigos deben participar de nuestras penas.

AGAMENÓN

Aconséjame haciéndome bien, no llenándome de amargura.

MENELAO

¿No piensas ya acabar con los griegos tu penosa empresa?

AGAMENÓN

La Grecia, sin duda por decreto de algún dios, delira como tú.

MENELAO

¡Envanécete, pues, con tu cetro, vendiendo a tu hermano! Apelaré a otros recursos y acudiré a otros amigos.

EL MENSAJERO

¡Oh Agamenón, rey de todos los griegos! Tráigote a tu hija, a la que llamaste Ifigenia en tu palacio. Acompáñanla su madre, tu esposa Clitemnestra, y tu hijo Orestes, para que goces al verlos tras dilatada ausencia. Como el camino ha sido largo, lavan sus delicados pies en una clara fuente, como yeguas sueltas en verde prado, para que saboreen agradable pasto.[258] Yo me adelanto para que te prepares, porque el ejército sabe (veloz fama ha corrido por él) que tu hija ha llegado. Presurosa muchedumbre acude a verla. ¡Bienaventurados los mortales que alcanzan preclara gloria! Mas dicen: «¿Qué nupcias son estas? ¿De qué se trata? ¿El rey Agamenón ha mandado llamar a su hija por regocijarse con su visita?». A otros hubieras oído estas palabras: «Van a iniciar a esa tierna doncella en los sacrificios de Artemisa, reina de Áulide. ¿Quién se casará con ella?». Pero date prisa en ofrecer los cestos sagrados,[259] y que tú y el rey Menelao coronéis vuestras cabezas; celebra con pompa el himeneo, y que en el palacio resuenen la flauta y las ruidosas danzas, que brilló para la doncella el día de su ventura.

AGAMENÓN

Está bien; pero entra en mi morada, que si es propicia la fortuna, no nos abandonará en lo demás. (_Vase el Mensajero_). ¡Ay de mí! ¿Qué diré yo, desventurado? ¿Cómo empezaré? ¿En qué lazo fatal hemos caído? El destino me previene, y es más sagaz que todas mis intrigas. ¡Cuántas ventajas trae el nacer en humilde cuna! Licencia tiene el hombre oscuro para llorar cuanto quiera y decir lo que le plazca, y esto es indecoroso para los nobles; vanas apariencias gobiernan nuestra vida, y servimos a la plebe. Temo seguramente dar rienda suelta a mis lágrimas, y después, en mi desdicha, siento no llorar, víctima de tantas calamidades. Veamos. ¿Qué diré a mi esposa? ¿Cómo recibirla? ¿Con qué ojos mirarla? Y ha venido sin ser llamada, añadiendo este nuevo mal a los que ya sufría. Sin embargo, con razón ha seguido a su hija para celebrar sus bodas y entregarla a su esposo, ya que tanto la ama, y solo encontrará aquí hombres pérfidos. A la desdichada virgen (¿pero a qué la llamo virgen? Hades, según creo, la tomará en breve por esposa) ¡cuánto la compadezco! Paréceme oírla, diciéndome suplicante: «¿Por qué me matas, padre? ¡Que nupcias como estas celebres tú y todos los que ames!». Orestes gritará junto a ella no sabiendo lo que sucede, pues todavía es niño. ¡Ay, ay, cómo me ha perdido Paris, el hijo de Príamo, causa de todos mis males, por casarse con Helena!

EL CORO

Compasión me mueve, y, mujer peregrina, gimo, como debo, por la desdicha de mis príncipes.

MENELAO

Hermano, déjame tocar tu diestra.[260]

AGAMENÓN

Sea así; tuya es la victoria, mía la derrota.

MENELAO

Juro por Pélope, el que se llamaba padre del tuyo y del mío, y por Atreo, que me engendró, que te hablaré con franqueza y sin artificio ni disimulo. Cuando te vi llorar me compadecí de ti y lloré también, y abandono ahora mi anterior propósito, por no ser cruel contigo; pienso, pues, como tú, y te ruego que no mates a tu hija, ni solo atiendas a mi conveniencia. No es justo que tú gimas y yo goce, que los tuyos mueran y los míos vean la luz. ¿Qué pretendo? ¿No podré celebrar otras nupcias gloriosas si las deseo? Y perdiendo a mi hermano, lo cual es indigno para mí, ¿recibiré a Helena, o lo malo por lo bueno? Como aturdido joven discurría, hasta que reflexionando un poco he llegado a comprender que es un verdadero crimen matar a nuestros hijos. Duélome también de esta infeliz doncella, pensando en los lazos de la sangre que a ella me unen, y en su sacrificio en aras de mi himeneo. ¿Qué relación hay entre tu hija y Helena? Acábese la expedición en Áulide. Tú, hermano, no llenes tus ojos de lágrimas y no me fuerces a llorar. Y si te inquieta el vaticinio sobre tu hija, a mí no; cédote todo mi derecho. Repruebo ahora mi cruel propósito, como debo; varié de parecer por afecto al hijo de mi padre. Costumbre es del hombre de bien elegir siempre lo mejor.

EL CORO

Has hablado con grandeza, digna de Tántalo, hijo de Zeus: no deshonras a tus mayores.

AGAMENÓN

Alábote, Menelao, porque, contra lo que esperaba, has pronunciado palabras razonables, tales cuales debías. Causas de discordia ha de ser entre hermanos el amor y el deseo de enriquecer su familia: maldigo tal parentesco, amargo para ellos. Pero la necesidad me obliga a consumar el sangriento asesinato de mi hija.

MENELAO

¿Cómo? ¿Quién podrá obligarte a matar a tu hija?

AGAMENÓN

Todo el ejército aqueo aquí reunido.

MENELAO

No, si ordenas a Ifigenia que se vuelva a Argos.

AGAMENÓN

En esta parte podría engañarlos, pero no en la otra.

MENELAO

¿Y cuál es la otra? Nunca conviene demostrar demasiado temor a la muchedumbre.

AGAMENÓN

Calcas declarará los oráculos al ejército de los griegos.

MENELAO

No si lo previenes, lo cual es fácil.

AGAMENÓN

El linaje entero de los adivinos es ávido de males.

MENELAO

Ni provechoso, ni útil en nada en que interviene.

AGAMENÓN

¿Pero no te infunde recelo la idea que me ocurre?

MENELAO

¿Cómo adivinarla?

AGAMENÓN

El hijo de Sísifo lo sabe todo.

MENELAO

Ni a ti ni a mí puede Odiseo dañarnos.

AGAMENÓN

Es siempre astuto y defensor del pueblo.

MENELAO

Domínalo la ambición, mal grave.

AGAMENÓN

No dudes, pues, que asistirá a la asamblea de los griegos, declarará los oráculos de Calcas y hablará del sacrificio que he prometido; añadirá que intento engañar a Artemisa, faltando a mi palabra, y arrastrará al ejército, y matándonos a ti y a mí, mandará a los griegos que maten también a mi hija. Y si huyo a Argos, me seguirán y arruinarán las murallas ciclópeas y a mí con ellas, y devastarán mi reino. Tales son mis desdichas. ¡Oh, cuánta es mi desventura! ¡A qué angustia me reducen los dioses! Cuida solo, ¡oh Menelao!, atravesando el campamento, de que nada sepa Clitemnestra antes de inmolar a mi hija y de entregarla a Hades, para que, ya que soy infortunado, derrame las menos lágrimas posibles. Y vosotras, extranjeras, guardad silencio.

EL CORO

_Estrofa._ — Felices los morigerados y castos que disfrutan del tálamo de Afrodita y de sus pacíficos goces libres de rabiosos ardores, cuando el Amor de cabellos de oro tiende contra nosotros sus dos arcos: el uno que da venturosa y duradera suerte, y el otro desordenada vida. Bellísima Afrodita, aparta este último de nuestro lecho: contenta con modesta hermosura que sean puros mis amores, que yo participe de tus placeres sin abusar de ellos.

_Antístrofa._ — Diversos son los caracteres de los mortales, diversas las costumbres, pero las buenas, dicha segura. Una educación escogida es de gran importancia para alcanzar la virtud. La vergüenza es sabiduría y da gracia que consuela, haciéndonos elegir lo que nos conviene, y en opinión de todos nos da inmarcesible gloria. Afanarse por el cumplimiento de nuestro deber es digno de alabanza; eviten, pues, las mujeres los amores ilícitos, y sean los hombres modestos sin afectación, que así servirán mucho a su patria.

_Epodo._ — Tú viniste, ¡oh Paris!, desde donde te educabas, apacentando los blancos novillos del Ida, al son de tus cantos bárbaros y modulando con la flauta frigia imitaciones de Olimpo;[261] gozosas pacían la hierba las vacas, abundantes en leche, cuando te hicieron su juez las diosas, y de aquí tu embajada a los ebúrneos palacios de la Grecia, y el amor que al verte sintió Helena, y la herida que tú recibiste. De aquí también que la discordia, sí, que la discordia guiase a los griegos con sus lanzas y sus naves contra la Troya de Pérgamo. (_Ven llegar el carro de Clitemnestra_). ¡Viva! ¡Viva! Grandes son las felicidades de los poderosos: ved a mi reina Ifigenia, hija del rey, y a Clitemnestra, hija de Tindáreo, ambas de ilustre prosapia, y que han logrado afortunada suerte. Mucho pueden los dioses que conceden las riquezas a los mortales no desventurados. Detengámonos, ¡oh doncellas de Calcis!, ayudemos a la reina a descender de su carro y depositémosla en tierra con pie firme, extendiendo suavemente nuestras manos y con benévola sonrisa, para no afligir a la ínclita hija de Agamenón, que acaba de llegar a este país. Nosotras, extranjeras, no debemos infundir sobresalto ni terror a estas argivas, también extranjeras.

CLITEMNESTRA (_desde su carro_).

De buen agüero es para nosotras tu bondadosa acogida y corteses palabras, y abrigo cierta esperanza de que la desposada que me acompaña contraerá feliz himeneo. Saca del carro los presentes nupciales que traigo para la virgen, y llévalos con diligencia al palacio. Tú, hija, baja también, poniendo en tierra tu pie tierno y poco seguro. Vosotras, jóvenes de Calcis, recibidla en vuestros brazos y ayudadle a descender, y a mí también, para apearme cómodamente; y otros sujeten a los caballos (que son asustadizos y no obedecen a la voz), y tomad a Orestes, hijo de Agamenón, que todavía no habla. ¿Duermes, hijo, arrullado por el movimiento del carro? Despierta, afortunado, y asistirás a la nupcias de tu hermana, que, siendo tú noble, vas a contraer ilustre parentesco con el nieto de Nereo, igual a los dioses. Ifigenia, hija mía, ven cerca de mí, cerca de tu madre, y prueba a estos extranjeros mi dicha, y saluda ya a tu amado padre. ¡Oh rey Agamenón!, para mí el más venerable de los hombres, ya hemos llegado, obedeciendo sin tardanza tus mandatos.

IFIGENIA

¡Oh madre! (_Saliéndole presurosa al encuentro_), (y no te enojes conmigo), estrecharé contra mi pecho a mi padre. Quiero abrazarle corriendo. ¡Oh padre!, al cabo de tanto tiempo, deseo gozar mirándote; no te enfades.

CLITEMNESTRA

Abandónate a tan puro placer, ¡oh hija!, que quisiste siempre a tu padre más que todos tus hermanos.

IFIGENIA

¡Oh padre! Con cuánta alegría te veo tras ausencia tan larga.

AGAMENÓN

Y yo a ti; tú sientes lo que yo.

IFIGENIA

Salve, padre. Alabo tu propósito de hacerme venir junto a ti.

AGAMENÓN

No sé, ¡oh hija!, si afirmarlo o negarlo.

IFIGENIA

¡Ay de mí! Poco halagüeño es ahora tu semblante, tan plácido ha poco al verme.

AGAMENÓN

Muchos son los cuidados de un rey y de un general.

IFIGENIA

Piensa solo en mí, y olvídate de lo demás.

AGAMENÓN

Y contigo estoy en cuerpo y alma, y no en otra parte.

IFIGENIA

Desarruga, pues, tu ceño y mírame con ternura.

AGAMENÓN

Ya me alegro; siempre me alegro al verte, ¡oh hija mía!

IFIGENIA

¿Y sin embargo derramas lágrimas de tus ojos?

AGAMENÓN

Larga será después nuestra ausencia.

IFIGENIA

No sé lo que dices; no sé lo que dices, padre muy querido.

AGAMENÓN

Cuanto más sensatas son tus palabras, más me mueves a lástima.

IFIGENIA

Diré, pues, sandeces, si así te complazco.

AGAMENÓN

¡Válganme los dioses! No puedo callar; alábote, sin embargo.

IFIGENIA

Quédate en tu palacio, ¡oh padre!, al lado de tus hijos.

AGAMENÓN

Lo deseo en verdad, y siento no poderlo hacer.

IFIGENIA

Perezcan los guerreros con Menelao, origen de nuestros males.

AGAMENÓN

Que a otros harán desdichados, como a mí me hicieron.

IFIGENIA

¡Cuánto ha durado tu ausencia, detenido en Áulide!

AGAMENÓN

Y algún obstáculo me impide también ahora proseguir mi rumbo con el ejército.

IFIGENIA

¿En dónde dicen que habitan los frigios, padre?

AGAMENÓN

En donde ojalá que nunca habitara Paris, hijo de Príamo.

IFIGENIA

Lejos navegas, padre, abandonándome.

AGAMENÓN

Igual es tu suerte, ¡oh hija!, a la de tu padre.

IFIGENIA

¡Oh! ¡Ojalá que fuese lícito a ambos que yo te acompañara!

AGAMENÓN

Y tú has de navegar ahora adonde te acordarás de tu padre.

IFIGENIA

¿Navegaré sola o con mi madre?

AGAMENÓN

Sola, separada de tu padre y de tu madre.

IFIGENIA

¿Me llevarás a otro palacio, padre?

AGAMENÓN

Hablemos de otra cosa; las doncellas no deben saber esto.

IFIGENIA

Que de la Frigia vuelvas pronto a mi lado, después de realizar tus proyectos, ¡oh padre!

AGAMENÓN

Antes he de hacer aquí cierto sacrificio.

IFIGENIA

Pero conviene que lo prepares aconsejado por los sacerdotes.

AGAMENÓN

Ya lo verás, porque has de estar cerca del vaso sagrado.

IFIGENIA

¿Danzaremos en coros alrededor del ara, padre?

AGAMENÓN

Más dichosa eres que yo, no sabiendo nada. Pero irás al palacio, para que te vean las doncellas, después de darme tu diestra y un ósculo amargo, ya que por largo tiempo te separarás de tu padre. ¡Oh pecho y mejillas, oh rubios cabellos, cuánto dolor nos ha causado Helena y la ciudad de los frigios! Pero callemos. Lágrimas incesantes corren de mis ojos cuando te abrazo. Vete al palacio. A ti ruego, ¡oh hija de Leda!, que te compadezcas de mí, pues voy a casar mi hija con Aquiles. Afortunada es esta separación, pero sensible para un padre llevar a palacio ajeno a los hijos que educó con trabajo.

CLITEMNESTRA

No soy tan necia como crees. Advierte también que mi pena será igual a la tuya cuando lleve a la doncella al altar del himeneo, sin que te molestes en avisármelo; pero la necesidad y el tiempo mitigarán a una ese dolor. Sé el nombre del que desposaste con mi hija; pero deseo conocer su linaje y patria.

AGAMENÓN

Egina[262] fue hija de Asopo.

CLITEMNESTRA

¿Qué mortal o qué dios es su esposo?

AGAMENÓN

Zeus, que engendró a Éaco, príncipe de los enones.

CLITEMNESTRA

¿Pero cuál de los hijos de Éaco empuñó el cetro?

AGAMENÓN

Peleo, cónyuge de la hija de Nereo.

CLITEMNESTRA

¿Pero la recibió por esposa consintiéndolo el dios, o contra la voluntad divina?

AGAMENÓN

Zeus la desposó: se la dio quien tenía derecho de dársela.

CLITEMNESTRA

¿En dónde celebró sus nupcias? ¿En las olas del mar?

AGAMENÓN

En la estrecha morada del Pelión,[263] en donde Quirón habita.

CLITEMNESTRA

¿En donde dicen que habita también el linaje de los centauros?

AGAMENÓN

Allí celebraron los dioses con banquetes las bodas de Peleo.

CLITEMNESTRA

¿Y fue Tetis la que educó a Aquiles, o su padre?

AGAMENÓN

Fue Quirón, para que no aprendiese las pervertidas costumbres de los hombres.

CLITEMNESTRA

¡Bien! Sabio maestro, y más sabio aún el que le confió a su sabiduría.

AGAMENÓN

He aquí el esposo de tu hija.

CLITEMNESTRA

Seguramente no es despreciable. ¿Pero en qué ciudad de la Grecia reside?

AGAMENÓN

A orillas del Apídano,[264] en los confines de la Ftía.

CLITEMNESTRA

¿Y allá ha de llevar a nuestra hija virgen?

AGAMENÓN

Él, que ha de poseerla, lo decidirá.

CLITEMNESTRA

Que sean, pues, felices. ¿Qué día se celebrará el himeneo?

AGAMENÓN

Cuando en favorable auspicio la luna llegue a su plenitud.[265]

CLITEMNESTRA

¿Sacrificaste ya a la diosa víctimas propiciatorias por el casamiento de nuestra hija?

AGAMENÓN

Lo haré; tal es ahora mi propósito.

CLITEMNESTRA

¿Y habrá después festín nupcial?

AGAMENÓN

Cuando inmole las víctimas que he de sacrificar a los dioses.

CLITEMNESTRA

¿Y en dónde celebraremos nosotras el banquete de las mujeres?

AGAMENÓN

Aquí, junto a las naves de los griegos, engalanadas sus popas.

CLITEMNESTRA

Pláceme, y necesario es en verdad. En fin, que todo sea para bien.

AGAMENÓN

¿Sabes, ¡oh esposa!, lo que has de hacer? Obedéceme.

CLITEMNESTRA

¿Qué dices? Siempre acostumbro a obedecerte.

AGAMENÓN

Nosotros, allí en donde está el esposo...

CLITEMNESTRA

¿Cómo haréis sin la madre de la desposada lo que solo a ella incumbe?

AGAMENÓN

Llevaremos a tu hija en medio de los dánaos.

CLITEMNESTRA

Y mientras, ¿en dónde estaré yo?

AGAMENÓN

Vete a Argos, y educa a las vírgenes que allí quedan.

CLITEMNESTRA

¿Dejando a mi hija? ¿Quién llevará la antorcha?

AGAMENÓN

Yo llevaré la que ha de alumbrar a los esposos.

CLITEMNESTRA

No es esa la costumbre, aunque sea para ti poco importante.

AGAMENÓN

Indecoroso parece que fuera de aquí te cerque innumerable soldadesca.

CLITEMNESTRA

Pero no que como madre intervenga en las bodas de mis hijos.

AGAMENÓN

Ni las doncellas han de estar solas en el palacio.

CLITEMNESTRA

Bien las guardan seguros gineceos.

AGAMENÓN

Obedéceme.

CLITEMNESTRA

No, por la diosa, reina de los argivos. Atiende a tus negocios y deja a mi cargo los domésticos, y, entre ellos, el de casar a mis hijas. (_Vase_).

AGAMENÓN

¡Ay de mí! Infructuosos han sido mis esfuerzos desvaneciose la esperanza de alejar a mi esposa para que no presencie el espectáculo que se prepara. Engaño y tiendo asechanzas a los que más amo, y soy vencido. Consultaré, no obstante, al adivino Calcas lo que puede ser grato a la diosa y a mí fatal, y pesada carga para Grecia. Conviene que el hombre sensato alimente en su casa a una mujer buena y complaciente o que no tenga ninguna. (_Vase_).

EL CORO

_Estrofa._ — Vendrá al Simois y a sus argentados remolinos numeroso ejército de griegos armados y en sus naves, y llegarán a Ilión, en la febea[266] tierra troyana, en donde dicen que Casandra esparce al aire sus rubios cabellos y se ciñe corona de verde laurel cuando la abrasa el fuego fatídico del dios.

_Antístrofa._ — Aguardarán los troyanos alrededor de las murallas y en la ciudadela de Pérgamo hasta que Ares, con su escudo de bronce y atravesando el mar en naves de afiladas popas, a fuerza de remos, se acerque al álveo del Simois, para arrancar del palacio de Príamo a Helena, hermana de los Dioscuros que están en el cielo, y llevarla a Grecia, y sean vencidos al empuje de las belicosas lanzas y de los clípeos griegos.