Part 14
Y así se comprende y se explica también que, desde el renacimiento clásico literario hasta nuestros días, haya sido Eurípides el preferido para estudio y para modelo, y que continúe siéndolo ahora, no Sófocles, ni menos Esquilo. El _Edipo rey_ del primero, en nuestra modesta opinión, es la obra maestra e inimitable del teatro griego; no ha logrado adaptarse todavía al teatro moderno, ya por no haberlo intentado siquiera, ya por los resultados obtenidos por insignes poetas españoles y extranjeros que, habiéndolo intentado, encallaron en la empresa. Sin la creencia, y creencia firme y general en el destino, que no existe, la realización de ese deseo es de todo punto imposible. En cambio abundan las imitaciones de las tragedias de Eurípides, sobre todo en Francia, en donde ocupan lugar preferente en su literatura clásica.
En las obras impresas de Racine se conserva el plan de un primer acto de _Iphigénie en Tauride_, y ha sido imitada también por Guimond de la Touche, siempre al estilo francés, aunque no sea el de Racine. Goethe ha escrito otra _Ifigenia en Táuride_, que solo tiene el título de común con la griega.
De algunas alusiones muy embozadas que se han visto o creído ver en la tragedia de Eurípides, no por cierto muy convincentes, se ha supuesto que su representación hubo de hacerse en el año primero de la olimpiada 92, que corresponde al 412 de nuestra era.
PERSONAJES
IFIGENIA. ORESTES, _hermano de Ifigenia._ PÍLADES, _amigo de Orestes._ CORO DE MUJERES GRIEGAS. UN PASTOR. TOANTE. UN MENSAJERO. ATENEA.
El lugar de la acción es Táuride (Crimea).
Vese en la escena el templo dórico de Artemisa Táurica, en lo alto de una roca. El altar está salpicado de sangre, y alrededor se observan vestidos y armas, despojos de las víctimas sacrificadas. Empieza a amanecer.
IFIGENIA
Pélope, hijo de Tántalo, obtuvo en Pisa,[277] con sus ligeros caballos, la mano de la hija de Enómao, madre de Atreo, que engendró a Menelao y Agamenón, y de este y de la hija de Tindáreo nací yo, Ifigenia, víctima sacrificada, a juicio de mi padre, en el claro seno de Áulide, para recobrar a Helena, y cerca de los torbellinos que revuelve el Euripo cuando impetuosos vientos lo llevan a la mar. En Áulide juntó también el rey Agamenón un ejército en mil naves para conquistar a Ilión y ganar gloriosa corona, castigando a Helena, esposa infiel, por complacer a Menelao. Graves obstáculos se oponían a la navegación, porque no soplaban vientos favorables. Calcas entonces, observando las llamas, habló así: «¡Oh tú, Agamenón, que mandas este ejército griego!; tus naves no dejarán el puerto antes que Artemisa acepte el sacrificio de tu hija Ifigenia, pues prometiste consagrar a la diosa lucífera lo más hermoso que el año produjera. Tu esposa Clitemnestra dio a luz en tu palacio una hija (aludió a mí y me llamó muy bella), que has de inmolar». Y por arte del sagaz Odiseo me arrancaron del regazo de mi madre, pretextando que lo hacían para casarme con Aquiles. Y al llegar, desdichada, a Áulide, ya en lo alto de la pira, y a punto de herirme la cuchilla, sustrájome Artemisa, poniendo en mi lugar una cierva, y llevándome a través del resplandeciente éter a esta tierra de los tauros, en donde Toante impera, rey bárbaro de bárbaro país que corre como las aves con sus pies ligeros, de donde le vino su nombre. La hija de Leto hízome su sacerdotisa en este templo, entre cuyos ritos, gratos a ella, hay uno cuyo solo nombre es bueno; pero callaré, por respeto a mi señora. Yo inmolo aquí, según antigua costumbre, a los griegos que arriban a estas costas. Siempre doy principio a las ceremonias religiosas, y consuman el sacrificio los que habitan en la morada augusta de esta deidad nefanda. Sepan las auras, por si tienen remedio, las pavorosas visiones que me han perseguido esta noche. Pareciome en sueños que abandonaba este país y habitaba en Argos, y reposaba al lado de las vírgenes, mis compañeras, cuando tembló la tierra y hui de mi aposento, y se desplomó la cúspide del palacio, y toda la techumbre vino a tierra, hasta los más altos pilares. Solo quedaba en pie una columna del palacio paterno, de cuyo capitel pendía blonda cabellera que hablaba, y yo, lamentándome de mi triste ministerio de matar a los extranjeros, la rociaba con agua, como destinada a la muerte. He aquí la interpretación que doy a este sueño: no vive ya Orestes, porque lo purifiqué para su sacrificio. Son los hijos varones columnas de las familias, y los rociados con el agua de mis sagrados vasos están condenados a morir. Y, sin embargo, no puedo aplicar este sueño a otros amigos, porque Estrofio[278] no tenía hijos cuando me inmolaron. Quiero, pues, ahora celebrar los funerales de mi hermano ausente con las esclavas griegas que me dio para mi servicio el rey. Pero no sé qué causa les impide venir; entraré, pues, en el templo de la diosa, en donde habito. (_Vase_).
ORESTES
Mira, observa si hay gente en el camino.
PÍLADES
Miro, observo, y todo lo examino con mis ojos.
ORESTES
¿Crees, Pílades, que sea este el templo de la diosa, adónde hemos dirigido nuestra nave atravesando la mar desde Argos?
PÍLADES
A mí me lo parece; no basta, sin embargo, si tú no opinas lo mismo.
ORESTES
¿Y el ara empapada con sangre griega?
PÍLADES
Tiene, en efecto, coronas teñidas en sangre.
ORESTES
¿Ves, acaso, despojos suspendidos de sus muros?
PÍLADES
Restos de extranjeros sacrificados.
ORESTES
Pero conviene que lo escudriñes todo con diligencia. ¡Oh Febo! ¿Por qué tus oráculos me atraen a nuevas redes, después que me hiciste asesinar a mi madre para vengar a mi padre? Las Furias, siempre renovando sus persecuciones, atormentábanme en mi destierro, obligándome a vagar sin descanso. Y me acerqué a tu templo, y te pregunté cómo podría librarme de este furor que me agita, y de tantas penalidades como he sufrido en mi errante peregrinación por la Grecia. Tú me mandaste entonces que me encaminara a los confines de la Táuride, en donde es adorada tu hermana, y robase su estatua, que, según dicen estos habitantes, cayó del cielo en su templo, apoderándome de ella, ya por engaño, ya aprovechándome de alguna feliz casualidad, y que, arrostrando el peligro, la llevase al país de los atenienses; nada más me ordenaste, y si lo cumplo, pondré término a mis trabajos. He venido aquí obedeciéndote, a esta tierra desconocida e inhospitalaria. Ahora te pregunto, ¡oh Pílades!, ya que me ayudas en esta empresa, ¿qué hacemos? ¿Ves sus altos y fuertes muros? ¿Subiremos los peldaños del templo? ¿Cómo nos ocultaremos después en él? ¿Abriremos las puertas de bronce de este recinto que no conocemos? Si nos sorprenden cuando intentemos entrar, moriremos; así, antes que suceda esto, huyamos a la nave que nos trajo.
PÍLADES
No debemos huir, ni acostumbramos hacerlo, ni el oráculo del dios merece menosprecio. Alejémonos del templo y refugiémonos en las cavernas que lava el negro Ponto con sus aguas, lejos de la nave, no la descubra alguno, nos delate a los reyes y nos cautiven a la fuerza. Y cuando viniere la oscura noche osaremos con maña robar del templo la tersa estatua de la diosa. Mira si los triglifos dejan bastante espacio para albergarnos. Audaces en sus empresas son los esforzados, no así los cobardes, que para nada sirven. ¿Acaso después de andar tan largo camino a fuerza de remos retrocederemos al llegar a la meta?
ORESTES
Has dicho bien, y debo obedecerte. Ocultémonos, pues, en donde nos sea posible. Como el dios no ha de impedir el cumplimiento de su oráculo, osémoslo: para los jóvenes no hay trabajo excusable.
EL CORO
Silencio, habitantes del Ponto Euxino, que moráis en dos peñascos que se besan;[279] ¡oh Dictina[280] de las selvas, hija de Leto!, a tu palacio, a las doradas almenas de tu templo, de bellas columnas, acerco mi pie santo y virginal, siervo de la sacerdotisa que lleva la clava, y habiendo abandonado las torres de la ecuestre Grecia, las murallas y los campos umbrosos de la insigne Europa, en donde yace el hogar de mi padre. Ya he llegado. ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué te inquieta? ¿Por qué me llamaste al templo, por qué me llamaste?, ¡oh hija de los ilustres Atridas que asediaron las torres de Troya con famosa armada de mil naves, llenas de innumerables soldados!
IFIGENIA
¡Oh siervas, cómo me abandono a tristes plegarias, canto lúgubre en elegíacos, no acompañados de la lira, ¡ay, ay de mí!, sino solo de fúnebre llanto! Tales son mis desdichas, llorando la muerte de mi hermano, cuya sombra se me ha aparecido en sueños en las tinieblas de esta noche oscura. Yo muero, yo muero; ya pereció el linaje de mi padre, ¡ay de mí! Mi familia ya no existe, ¡ay, ay!, víctima de los infortunios sufridos en Argos. ¡Ay, ay del destino que me arranca mi único hermano, llevándolo a los infiernos! A sus manos ofreceré las libaciones que contiene este vaso, derramándolo en el seno de la tierra, y abundante leche de las vacas de los montes, vino de Dioniso y miel de abejas de amarillentas alas que aplacan a los muertos. Pero dame el vaso de oro macizo y la infernal ofrenda. ¡Oh hijo de Agamenón que yaces bajo la tierra! Como si hubieses muerto te ofrezco este don; acéptalo, que en tu túmulo no depositaré mi blonda cabellera ni tampoco derramaré mis lágrimas. Lejos estoy de tu patria y de la mía, en donde creen que yo, mísera, he sido inmolada.
EL CORO
Cantos que respondan a los tuyos, e himno asiático en bárbaro lenguaje haré oír, ¡oh señora!, musa lúgubre, grata a los muertos, tristes versos que a Hades deleitan. ¡Ay de mí! Desapareció el astro que iluminaba el augusto palacio de los Atridas, ¡ay de mí!, tu hogar paterno. ¿Quién, pues, ahora empuñará el cetro de los reyes famosos de Argos? Una pena sucede a otra desde que, torciendo las riendas de sus veloces caballos, el Sol se alejó, y apartó, indignado de tus progenitores, su sagrado y brillante rostro.[281] Un dolor sucede a otro en su palacio, a causa del vellocino de oro; un asesinato a otro, a un llanto otro llanto, y de aquí que el funesto destino asentara su planta en la mansión de los Tantálidas, que ya perecieron, y con triste ímpetu te haya acometido numen nefando.
IFIGENIA
Desde el principio, y desde el himeneo de mi madre, ha sido adversa mi suerte, y desde la noche aquella en que las Parcas, que presiden al nacimiento, decretaron que yo viviera vida amarga, primogénita de la infortunada hija de Leda, que me concibió en mal hora en su tálamo, y me dio a luz y me educó para ser víctima de la debilidad de mi padre, quien me había de sacrificar cruelmente, y llevándome, en cumplimiento de su voto, a las arenas de Áulide en su carro ecuestre, como prometida, ¡ay!, como infeliz esposa del nieto de Nereo. Extranjera ahora en el inhospitalario Ponto, habito lúgubre mansión, sin esposo ni hijos, sin patria, sin amigos, cuando tantos amigos solicitaban mi mano; no cantando himnos a la argiva Hera, ni tejiendo con la lanzadera en finas telas la imagen de Palas Ática y de los Titanes,[282] sino manchando las aras de Artemisa con sangre, después de dar a los extranjeros deplorable muerte, y oyendo sus clamores, que mueven a lástima, y contemplando las lágrimas tristes que derraman. Y ahora me olvido de estos males, y lloro a un hermano, muerto en Argos, que dejé tierno infante, todavía en la lactancia, cara prenda en los brazos y en el seno de su madre, Orestes, en fin, que en Argos debía empuñar el cetro.
EL CORO
Desde la orilla del mar viene hacia aquí un pastor, quizá a anunciar alguna nueva importante.
EL PASTOR
Hija de Agamenón y de Clitemnestra, oye la noticia que voy a darte.
IFIGENIA
¿Quién osa interrumpirme en este momento?
EL PASTOR
Dos jóvenes fugitivos han arribado a esta región, a las Cianeas Simplégades, sacrificio y víctimas agradables a Artemisa. Prepara, pues, desde luego el agua lustral y las ofrendas.
IFIGENIA
¿De qué país? ¿Cómo se llama la patria de esos extranjeros?
EL PASTOR
Son griegos; solo sé esto y nada más.
IFIGENIA
¿Dices que ignoras sus nombres?
EL PASTOR
Uno llamaba Pílades al otro.
IFIGENIA
¿Y cuál era el nombre de su compañero?
EL PASTOR
No lo sé; no lo hemos oído.
IFIGENIA
¿Cómo los descubristeis y los cautivasteis?
EL PASTOR
En la extrema orilla del inhospitalario estrecho.
IFIGENIA
Pero vosotros los pastores, ¿qué hacíais en la mar?
EL PASTOR
Fuimos a lavar en sus olas los bueyes.
IFIGENIA
Dejemos eso, y dime ahora, para satisfacer mi curiosidad, de qué manera los cautivasteis. Largo tiempo hacía que no llegaban los griegos para regar el ara de la diosa con torrentes de sangre.
EL PASTOR
Cuando llevábamos a los bueyes selvícolas al mar que baña las Simplégades, llegamos a cierta caverna, abierta por el continuo embate de las olas, abrigo de pescadores de púrpura. Aquí vio a los dos jóvenes uno de nuestros compañeros, y retrocedió, desandando el camino con la punta de los pies, y dijo: «¿No veis? Ahí habitan ciertas deidades». Otro, el más religioso, alzó las manos y los adoró así al verlos: «¡Oh Palemón soberano,[283] hijo de la marina Leucótoe, patrono de los navegantes!, muéstratenos propicio, ya sean los Dioscuros quienes yacen en la ribera, ya los hijos amados de Nereo,[284] padre del noble coro de las cincuenta nereidas». Pero otro, vano, audaz e impío, se burló de sus plegarias, y dijo que los de la gruta eran náufragos, y que allí se ocultaban, sabedores de la costumbre observada entre nosotros de sacrificar extranjeros. Casi todos creíamos que tenía razón, y que debíamos apoderarnos de estas víctimas y traerlas, como siempre, a la diosa. Mientras tanto, uno de los peregrinos dejó la roca, se detuvo un poco, movió la cabeza a un lado y a otro, gimió y se estremeció su cuerpo como presa del delirio, clamando a modo de cazador: «¿La ves, Pílades? ¿No ves este dragón del Orco que intenta matarme, armado de horrendas víboras? ¿Y esta que espira fuego y muerte y sacude las alas que se destacan de su ropaje, llevando a mi madre en sus brazos, y quiere lanzarme este peñasco? ¡Ay de mí! ¡Me matará! ¿Adónde huiré?». Sin embargo, nada se veía, confundiendo él el mugido de los novillos y el ladrar de los perros con los aullidos semejantes que, según se dice, dan las Furias. Nosotros, entretanto, aterrados y suspensos, permanecíamos quietos y en silencio. Pero él, desenvainando la espada, arremetió como un león a los novillos, los hirió en el vientre con su acero, atravesoles los costados, creyendo espantar a las Furias, hasta el extremo de llegar la sangre al mar. Todos entonces se armaron, viendo el estrago que hacía en los rebaños, y tocamos los caracoles, llamando en nuestra ayuda a los indígenas, pues contra peregrinos robustos y llenos de vida podrían poco débiles pastores. Muchos, en efecto, nos reunimos en breve. El extranjero cayó al fin víctima de su locura, arrojando espuma por la boca. Cuando lo vimos en tierra en sazón tan oportuna, todos nos pusimos a la obra, y juntamos piedras, tirámoslas, y lo herimos; el otro extranjero lo cuidaba y atendía, protegiéndolo la tela bien urdida de su vestido, y examinaba solícito sus heridas, y le prodigaba los tiernos desvelos de un leal amigo. Recobrando luego el juicio, se levantó del suelo, observó la muchedumbre de enemigos que les acometía, y presintiendo la calamidad que les amenazaba, gimió. Mas nosotros no cesamos de tirarle piedras a porfía. Entonces oímos esta exhortación atroz: «Moriremos, Pílades, pero con el honor posible; sígueme, esgrimiendo en tu diestra la espada». Cuando se adelantaron hacia nosotros vibrando sus armas, huimos y nos refugiamos en las frondosas selvas. Pero si alguno se intimidaba, los demás, amenazándole de cerca, le obligaban a la fuerza a volver, y si unos eran rechazados, los de reserva volvían a la carga con nuevas pedradas. Increíble parece que, siendo nosotros tantos, ninguno pudiese herir mortalmente a las víctimas de la diosa. Con trabajo, al cabo, y faltándonos valor, los cautivamos, y cercándolos a pedradas, hicimos caer las espadas de las manos, obligándolos por el cansancio a arrodillarse en tierra. Llevámoslos, pues, a la presencia del rey, los vio y te los envió inmediatamente para que los purifiques e inmoles. Debes desear, ¡oh virgen!, que se repitan estos sacrificios, porque si das muerte a tales extranjeros, la Grecia pagará la que quiso darte, y expiará la pena del crimen cometido en Áulide.
EL CORO
Maravilloso es lo que has contado del extranjero, sea quien fuere, venido de la Grecia al inhospitalario Ponto.
IFIGENIA
Bien está; vete y trae a los extranjeros; yo cuidaré de lo demás. ¡Oh corazón desdichado, antes afable y misericordioso con las víctimas! Solías derramar lágrimas por tus compatriotas siempre que caían en tus manos; pero como ahora, y en vista de los sueños que me han asustado, creo que Orestes no ve ya la luz del sol, no os miraré con benevolencia, cualquiera que seáis. Es una verdad, y yo la he experimentado, ¡oh amigas!, que los infelices no quieren bien a los venturosos. Mas ni llegó nunca a esta costa inhospitalaria el viento de Zeus,[285] ni nave que, atravesando los escollos de las Simplégades, trajese a Menelao ni a Helena, que me perdieron, para vengarme de ellos, y que encontrasen aquí otra Áulide en vez de aquella en donde me sacrificaron los hijos de Dánao como a cautiva ternerilla, sacrificándome el mismo padre que me engendró. ¡Ay de mí! No olvido aquellos males y las veces que mis manos tocaron su rostro, y que me abracé a las rodillas de mi padre, diciéndole: «¡Oh padre!, hicísteme contraer vergonzoso himeneo, y mientras tú me matas, mi madre y las argivas celebran mis bodas,[286] y en todo el palacio resuenan la flauta y los cánticos, y tú me sacrificas sin piedad. Hades era, pues, Aquiles, no el hijo de Peleo, el esposo que me habías anunciado; en carro me trajiste por engaño a sangrientas bodas». Y yo, al ponerme el sutil velo, no tomé en mis brazos a mi hermano, el que pereció hace poco, ni de vergüenza besé a mi hermana, creyendo encaminarme al palacio de Peleo; y no me despedí de muchas, pensando en mi pronto regreso a la ciudad de Argos. ¡Oh mísero Orestes, si has muerto, perdiste envidiable suerte y la herencia afortunada de tu padre! No alabo el siniestro placer de una diosa que aleja de su ara a cualquier mortal, considerándolo impuro, ya haya derramado sangre, ya sufrido los dolores del parto, o tocado algún cadáver con sus manos, y, sin embargo, se deleita con víctimas humanas. De ningún modo Leto, esposa de Zeus, ha dado a luz tan necia deidad. Increíble, en verdad, me parece el festín que dio Tántalo a los dioses, y que ellos disfrutaran comiendo un niño, y más bien creo que los moradores de esta región, para excusar sus homicidios, atribuyen a una divinidad su delito. A mi juicio, ningún dios es malo.[287] (_Ifigenia se calla, esperando a los extranjeros_).
EL CORO
_Estrofa 1.ª_ — Cerúleas, cerúleas olas del mar, en donde Ío,[288] abrasada por el delirante estro, voló desde Argos al estrecho Euxino, y lo pasó, viniendo al Asia desde Europa, ¿quiénes son los que dejando el caudaloso Eurotas,[289] de verdes cañas, o las aguas sagradas de Dirce, arribaron, arribaron a una tierra insociable, en donde divina doncella riega con sangre humana las aras y los templos cercados de columnas?
_Antístrofa 1.ª_ — ¿Navegaron acaso a fuerza de impetuosos remos de abeto, que resonaban a compás a los dos costados de la nave, llenando el viento las velas, ávidos de riquezas, para llevar la abundancia a sus hogares? La dulce esperanza se torna insaciable en los hombres, en daño suyo, cuando traen la carga de sus tesoros, después de andar errantes por las olas y recorriendo bárbaras ciudades con vanas ilusiones. Vehementes son unos con su avaricia, y otros más moderados.
_Estrofa 2.ª_ — ¿Cómo atravesaron los peñascos que se juntan,[290] cómo los escollos Fineos, nunca tranquilos, navegando cerca de la orilla en las revueltas olas de Anfitrite, en donde los coros de las cincuenta doncellas nereidas danzan a la redonda, mientras llenaba el viento las velas y rechinaba el timón que gobierna en la popa, ya impelida por las auras del Noto, o por los soplos del Céfiro, para arribar a una región abundante en aves, a la isla de Leuca, célebre estadio de las carreras de Aquiles en el Ponto Euxino?
_Antístrofa 2.ª_ — ¡Ojalá que se realizasen los deseos de mi señora querida, y por alguna casualidad viniese aquí Helena, hija amada de Leda, dejando la ciudad troyana para rociar su cabello con el agua lustral, precursora de la muerte, y que mis manos la degollaran, sufriendo las penas que debe! Dulcísima nueva sería para nosotras que de la Grecia llegase algún navegante a poner término a mis trabajos y a mi desdichada servidumbre. Que en sueños siquiera me vea yo en la casa mía y en mi patria, para oír suave canto, deleite de los afortunados.
_Epodo._ — Pero he aquí a los extranjeros, atadas sus manos con dobles lazos, nuevas víctimas para la diosa. Callad, amigas. Ya mis compatriotas se acercan al templo, confirmando los anuncios del pastor. ¡Oh numen venerando!, si te es grata tal ofrenda, acepta las víctimas que te presentamos en observancia de nuestras costumbres, aun cuando no sean para los griegos hijas de la piedad.
IFIGENIA (_a los que traen a los cautivos_).
Vamos, pues; mi primer cuidado es que nada falte al culto de la diosa. Desatad las manos de los extranjeros, que, consagrados, ya no han de estar así. Entrad en el templo, preparad lo que sea necesario para esta ceremonia, y lo que el ritual ordena. (_Vanse_). ¡Hola! ¿Qué madre os dio a luz en otro tiempo? ¿Cuál es vuestro padre?, ¿cuál vuestra hermana, si acaso la tenéis? ¡Qué dos jóvenes hermanos va a perder! ¡De qué hermanos quedará huérfana! ¿Quién está seguro de los golpes de la fortuna? ¿Quién sabe lo que le aguarda? Impenetrables son los decretos del destino; todos ignoran sus desdichas futuras, y la ciega deidad nos arrastra a desconocido abismo. ¿De dónde venís, extranjeros desventurados? ¡Qué larga navegación habéis traído para arribar a este país, y cuán eternamente estaréis ausentes de vuestra casa, sepultados en los infiernos!
ORESTES
¿A qué te lamentas así, ¡oh mujer!, seas quien fueres, y agravas nuestros próximos males? No es sabio, a mi juicio, el que ha de morir y disimula su miedo, excitando la piedad, ni el que deplora su fin cercano, sin esperanza de salvación: de un solo mal hace dos; de necio es su conducta, y muere no obstante. Sea libre la fortuna. No te compadezcas más de nosotros, que conocemos los sacrificios que se celebran aquí.
IFIGENIA
¿Cuál de vosotros se llama Pílades? Es lo que primero deseo saber.
ORESTES
Este, si tal es tu placer.
IFIGENIA
¿En qué ciudad de la Grecia has nacido?
ORESTES
¿Qué ganarás con saberlo, ¡oh mujer!?
IFIGENIA
¿Sois hermanos, hijos de la misma madre?
ORESTES
Somos hermanos por la amistad, no como dices.
IFIGENIA
Y a ti, ¿qué nombre te puso tu padre?
ORESTES
El nombre que me cuadra es el de infortunado.
IFIGENIA
No es esa mi pregunta: es obra de tu desgracia.
ORESTES
Si muero y no se sabe mi nombre, no serviré a nadie de ludibrio.
IFIGENIA
¿Por qué te opones a mi ruego? ¿Tan grande es tu soberbia?
ORESTES
Matarás mi cuerpo, no mi nombre.
IFIGENIA
¿Ni dirás tampoco la ciudad en donde moras?
ORESTES
Si he de morir, a nada conducen tus preguntas.
IFIGENIA