Chapter 17 of 25 · 3833 words · ~19 min read

Part 17

¡Ea, habitantes de esta tierra bárbara!, ¿no ponéis los frenos a los caballos, y corréis a la ribera, y os apoderáis de la nave griega que el mar ha echado en ella, y con ayuda de Artemisa cautiváis cuanto antes a esos impíos? Que otros arrastren a la mar ligeros bajeles para que, apresándolos por mar, o por tierra con mis tropas de a caballo, los precipitemos de áspera roca o los empalemos. Os castigaré cuando vuelva y descanse, ¡oh mujeres!, porque sabíais todo esto; ahora, atentos a lo que más nos importa, batallaremos hasta lograrlo.

ATENEA

¿Adónde, adónde llevas esta tropa perseguidora, ¡oh rey Toante!? Oye a Atenea que te habla. No ataques a los fugitivos, ni animes a tus soldados a la pelea. Orestes ha venido obedeciendo los fatales oráculos de Apolo, huyendo del furor de las Furias, para llevar a Argos a su hermana, y a mi país la sagrada estatua. Tal es el único medio de aliviar los males presentes. A ti dirijo estas palabras: en cuanto a Orestes, a quien resolviste matar, aprovechándote de la borrasca que ha sobrevenido, has de saber que ya Poseidón, por favorecerme, ha devuelto al mar su calma, y que la nave se desliza por sus ondas tranquilas. Tú, Orestes, entérate de mis órdenes (pues oyes mi voz, aunque no estés aquí), navega con tu hermana y con la estatua que has recibido. Y cuando llegues a Atenas, fundada por los dioses, no olvides que hay cierto lugar sagrado en los últimos confines del Ática, próximo a la costa Caristia,[306] que mi pueblo llama Hales; allí, edificando un templo, deposita la estatua, que se llamará Táurica, en memoria de esta tierra y de los trabajos que has sufrido vagando errante por la Grecia, atormentado por las Erinias. Bajo la advocación de la diosa Táurica adorarán después los hombres a Artemisa. Que sea ley en el pueblo, al solemnizar el aniversario de tu salvación, acercar la cuchilla a la cerviz de alguno, y que derramen alguna sangre; así tributaréis a la diosa religioso homenaje y no carecerá de los honores debidos. Tú, Ifigenia, serás su sacerdotisa en su templo, en las sagradas rocas brauronias, y allí te sepultarán cuando mueras, y te ofrecerán después mantos tejidos con bello estambre las mujeres que perezcan en el parto. Mándote que te lleves también a estas griegas, recompensando su buena voluntad, ¡oh Orestes!; acuérdate que antes te salvé cuando votos iguales te absolvieron y condenaron en el Areópago, como será también salvado todo el que se encontrare en tu caso. Llévate, pues, a tu hermana de este campo, ¡oh hijo de Agamenón!, y tú, Toante, no te enfurezcas.

TOANTE

Reina Atenea, cualquiera que oye las órdenes del cielo y no las obedece, delira. No me encolerizo, pues, contra Orestes ni contra su hermana por haber robado la estatua de la diosa. ¿Quién se atreverá a pelear con tan poderosa deidad? Vayan a tu país con la estatua de Artemisa, y deposítenla en él como desean. Dejaré ir también a estas mujeres a la afortunada Grecia, como me mandas, y daré contraorden al ejército que pensaba capitanear contra los extranjeros, y no se moverán los remos de las naves, si tal es tu buen placer, ¡oh diosa!

ATENEA

Alabo tu docilidad, que el destino es superior a ti y a todos los dioses. Soplad, auras, y llevad en la nave a Atenas al hijo de Agamenón; yo también los acompañaré, guardando la veneranda estatua de mi hermana.

EL CORO

Andad, que os salva hado propicio. Haremos lo que nos ordenas, ¡oh Palas Atenea!, respetable entre los inmortales y los mortales. Grata e inesperada nueva escucharon ha poco mis oídos.[307] ¡Oh victoria muy veneranda!, asísteme mientras viva, y nunca dejes de coronarme.

HELENA

ARGUMENTO

Hera, irritada contra Paris, raptor de Helena, la arrebata de sus manos y deja un su lugar un fantasma que pasa por Helena nada menos que diecisiete años, diez con los troyanos y siete en compañía de su esposo Menelao, después de tomada Troya. Menelao, errante por los mares, arriba al fin con su cónyuge aérea a la isla de Faro, en Egipto, en donde la Helena real había sido confiada por los dioses a Proteo, su rey, para que la guardase. Pero a la muerte de este, su hijo Teoclímeno, enamorado de la pupila de su padre, y no pareciendo a reclamarla Menelao, quiere obligarla a la fuerza a ser su esposa, por cuya razón la perseguida se refugia en el asilo del sepulcro de Proteo. Menelao, con su fantasma, después de su naufragio, la encuentra entonces, desapareciendo la aérea, y se reconocen, y combinan los medios de escaparse de la isla y del poder de Teoclímeno. Y logran cumplidamente su propósito, engañando al enamorado rey con la ayuda de su misma hermana, la profetisa Teónoe, que, sabedora de la venida de Menelao, la oculta a su hermano por respeto a la piedad y justicia de su padre.

En el sentido de llamarse tragedia esta HELENA de Eurípides como representación dramática, destinada a las fiestas de Dioniso, nada tendríamos que decir contra esa palabra; pero en la significación moderna, como obra poética que ofrece y desenvuelve un asunto o fábula triste, es evidentemente impropia, porque su acción no tiene nada trágico, y podría denominarse sin reparo una comedia seria o de enredo. Cierto es que el fondo y los personajes están tomados de los tiempos heroicos, y que los dioses son los verdaderos causantes de todas sus peripecias, pero no lo es menos que la intervención divina de estos tiende a la consecución de un fin ajeno o contrario al de ese linaje de ficciones, deprimiéndolos y realzando a los hombres, y siempre sin acordarse del destino, superior a unos y otros. Todas las desdichas inseparables de la guerra de Troya, inmensas por su calidad, número y extensión para griegos y troyanos, son el resultado inmediato de los celos y de la vanidad de tres diosas principales, que sacrifican a sus rencillas y envidias miserables tantos millares de vidas humanas. En esto insiste el autor, y esto es lo que pone de relieve, no disminuir la excesiva población, ni aun llenar de gloria a Aquiles, como indica.

Apartándose de _La Ilíada_ y de la tradición vulgar, y sin otro fin que dar cualquier base a su creación, apela al extraño recurso de suponer que la Helena robada por Paris era solo una sombra o vano fantasma formado por Hera para anular la obra de Afrodita, agradecida esta al triunfo conseguido por ella contra sus dos rivales en el juicio de Paris. Y si Eurípides no se muestra respetuoso en lo más mínimo con las creencias populares, sino que, al contrario, las desprecia y rechaza, no se piense por esto que aspira en cambio a ganar el título de original, porque la innovación no es tampoco suya, sino de un poeta griego de Himera, en Sicilia, llamado Estesícoro, que murió unos quinientos setenta años antes de Jesucristo, o unos ciento cincuenta antes que Eurípides. Este poeta lírico épico, que escribió dos poemas famosos, _La Orestiada_ y _La Destrucción de Troya_, célebre también como fabulista y autor de himnos en alabanza de los dioses, y de odas en loor de los héroes, fue el inventor primero de esta nueva intriga de Hera. En los caracteres de los dos personajes principales de su tragedia, de Menelao y de Helena, tampoco fue consecuente consigo mismo, porque en _Andrómaca_, por ejemplo, el hermano de Agamenón, en sus acciones y palabras, es lo más abyecto, bajo, cobarde y miserable que puede imaginarse, y su digna esposa Helena, la mujer liviana, ligera y caprichosa por excelencia. El viejo Peleo dispara contra ambos una filípica tremenda, y el ínclito Atrida deja abandonada a su hija Hermíone en mortal peligro. Pero en esta tragedia Menelao es un verdadero héroe, y modelo de castas y fieles esposas Helena.

Acaso en ninguna otra de sus tragedias incurra como en esta en el defecto, que Aristóteles le achaca en su _Poética_, de prescindir de la verosimilitud en el trazado y desarrollo de sus poemas dramáticos. La casualidad, o el arbitrio interesado del autor, lo arregla todo a su conveniencia. Helena ha sido confiada a la guarda de Proteo, rey de Egipto, y allí se conserva incólume hasta que Menelao se pierde en los mares navegando, y naufraga en la costa de Faros, en donde está ella. Teónoe, la profetisa hermana de Teoclímeno, prefiere ayudar a Menelao y a Helena a escaparse, callando la verdad de la llegada de Menelao, que conoce, por amor a la justicia y por respeto a la buena reputación de su padre, porque de lo contrario se venía abajo todo el edificio levantado por Eurípides. Todo el enredo que maquinan los esposos fugitivos es tan burdo que, a no ser Teoclímeno el más torpe y confiado de los enamorados, cuando lo más ordinario es lo opuesto, no lo hubieran engañado ni un solo momento. Y cuando se dispone a perseguirlos se presentan los Dioscuros, y se resuelve satisfactoriamente el conflicto sin más consecuencias. Aquí encontramos también el consabido prólogo, que pronuncia Helena, altares de dioses y suplicantes, harapos y hambre en Menelao, un reconocimiento mutuo de los dos cónyuges separados, no muy expresivo ni rápido, repetidas alusiones a la facilidad y propensión de las mujeres a fraguar mentiras y enredos, fanfarronadas de _miles gloriosus_ en el vencedor de Troya, y hasta doblez y malicia inoportuna en la hija de Zeus y de Leda. Sin embargo, no falta en esta tragedia de Eurípides alguno de esos rasgos dramáticos de fina malicia que lo distinguen, como, por ejemplo, la prisa en bañarse y lavarse juntos los dos esposos antes de emprender su huida.

Léese, no obstante, con gusto toda ella, y nos ofrece situaciones eminentemente dramáticas, no trágicas, sino cómicas, como la de Teoclímeno, aun teniendo en cuenta que su exceso de pasión y su misma ansia de poseer cuanto antes a su amada lo cieguen de una manera tan inexplicable. Los versos citados por Aristófanes de esta tragedia en una de las escenas de _La fiesta de Ceres_, parodiándola, no escasos por cierto, no se hallan en la que nosotros conocemos. ¡Cuánto habrá de esto en lo que se ha conservado de esa riquísima y variada literatura helénica!

De una indicación del mismo Aristófanes en la comedia citada, se conjetura que hubo de escribirse antes del año 413 de nuestra era.

PERSONAJES

HELENA, _hija de Tindáreo, hermana de los Dioscuros y esposa de Menelao._ TEUCRO, _de Salamina, hermano de Áyax._ CORO DE CAUTIVAS GRIEGAS. MENELAO, _esposo de Helena y hermano de Agamenón._ UNA VIEJA, _portera._ UN MENSAJERO. TEÓNOE, _hermana de Teoclímeno, rey de Egipto, santa profetisa._ TEOCLÍMENO, _hijo de Proteo, rey de Egipto._ OTRO MENSAJERO. LOS DIOSCUROS (_Cástor y Pólux_), _hijos de Zeus y de Leda y hermanos de Helena._

La acción es en Egipto, en la isla de Faro, a la desembocadura del Nilo, cerca de la costa.

Se ve en el teatro el palacio del rey de Egipto, y delante, hacia uno de los lados, el sepulcro de Proteo, en el cual yace Helena suplicante.

HELENA

He aquí las puras ondas del Nilo,[308] que en vez de rocío del cielo se difunde por las sierras de Egipto al derretirse la blanca nieve, y riega sus campos. Proteo,[309] cuando vivía, reinaba aquí, y habitaba en la isla de Faro,[310] casado con Psámate, virgen marina, después que abandonó ella el lecho de Éaco.[311] Tuvo dos hijos en este palacio, un varón llamado Teoclímeno, porque pasó su vida adorando a los dioses, e Ido, noble doncella, delicias de su madre en sus tiernos años, llamada Teónoe en edad núbil por su conocimiento de las cosas divinas, así presentes como futuras, don de su abuelo Nereo.[312] Esparta es nuestra patria, no innoble, en verdad, y Tindáreo nuestro padre. Según dice la fama, Zeus, transformándose en alado cisne, voló al seno de mi madre Leda y fue su esposo clandestino, fingiendo huir de un águila que lo perseguía, si la tradición no miente. Me llamo Helena, y publicaré los males que he sufrido. Tres diosas, Hera, Afrodita y la virgen hija de Zeus,[313] fueron al monte Ida[314] en busca de Alejandro,[315] a conquistar la palma de la belleza, haciéndolo su juez. Afrodita venció, prometiéndole mi mano y la posesión de mi hermosura, si tal puede llamarse la causa de mi desdicha. Y el ideo Paris, dejando sus rebaños, fue a Esparta para lograrla. Pero Hera llevó a mal no haber vencido a las otras diosas, y anuló mi matrimonio con Alejandro, y no consintió que me poseyera el hijo del rey Príamo, dándole en mi lugar una viva imagen mía formada de aire, y creyó falsamente disfrutarme, engañado por la diosa. Juntáronse a estos males ciertos proyectos de Zeus, que movió guerra entre los griegos y los infelices frigios, para aliviar a la madre Tierra de tan inmensa multitud de hombres y dar imperecedera gloria al más esforzado de los aqueos.[316] En poder de los frigios (yo no, sino mi vano nombre), fui para sus enemigos galardón de la victoria, pero Hermes me llevó volando por los aires, y ocultándome en una nube (no se olvidó de mí Zeus), me trajo a este palacio de Proteo, por creerlo el más casto de los hombres, y con la mira de conservarme inmaculada para mi esposo Menelao. Y aquí estoy, y él, desdichado, al frente de su ejército, me busca como si me hubiesen robado en los alcázares de Troya. Muchos guerreros sucumbieron por mi causa a las orillas del Escamandro,[317] y yo, a pesar de mis incomparables sufrimientos, soy para ellos una mujer execrable, causa única de grave guerra en la Grecia, por haber faltado a mi marido. ¿Por qué vivo, pues, aún? El dios Hermes me dijo que algún día habitaría con mi esposo en la ínclita tierra de Esparta, cuando supiese que yo no había estado en Troya, ni profanado mi lecho. Mientras vio Proteo la luz del sol, estuve libre de nuevos pretendientes: pero desde que se sepultó en las tinieblas de la tierra, me persigue su hijo, ansioso de casarse conmigo. Y yo, fiel a mi primer esposo, vengo a prosternarme suplicante en este monumento de Proteo, para pedirle que conservo puro mi tálamo y no sea deshonrado mi cuerpo, ya que mi nombre es infame en toda la Grecia.

TEUCRO[318] (_que llega del campo_).

¿Quién es el señor de este palacio fortificado? Digno es de Pluto,[319] según parece, por sus vastas y regias murallas y por sus elevadas almenas. ¿Qué es esto? ¡Cielos! ¿Qué veo? Es la mujer más odiosa, cuya funesta hermosura fue causa de mi perdición y de la de todos los griegos. Maldígante los dioses, porque pareces otra Helena. Si este no fuese un país extranjero, te daría muerte mi alada flecha, en castigo de tu semejanza con la hija de Zeus.

HELENA

¿Por qué me rechazas, ¡oh desventurado!, quienquiera que seas, y por ajenas maldades me aborreces?

TEUCRO

Me equivoqué. Me dejé llevar de la ira más de lo que debía, porque toda la Grecia odia a la hija de Zeus. Perdona mis palabras, mujer.

HELENA

¿Quién eres? ¿De dónde vienes a esta región?

TEUCRO

Soy, ¡oh mujer!, uno de los desdichados griegos.

HELENA

No es maravilla entonces que detestes a Helena. Pero ¿quién eres? ¿De dónde? ¿Cómo te llamaré?

TEUCRO

Teucro es nuestro nombre, Telamón mi padre y Salamina la patria que me crió.

HELENA

¿Y por que has venido a estos campos que riega el Nilo?

TEUCRO

Desterrado.

HELENA

Grande debe de ser tu pena. ¿Quién te desterró?

TEUCRO

Mi padre Telamón. ¿A quién podría yo amar más?

HELENA

¿Y por qué causa? Sin duda por alguna desgracia.

TEUCRO

La muerte de mi hermano junto a Troya me perdió.

HELENA

¿Cómo? ¿Tú lo mataste con tu espada?

TEUCRO

Él se atravesó con la suya.

HELENA

¿Loco? ¿Quién puede hacer esto sino un loco?

TEUCRO

¿Has oído hablar de Aquiles, el hijo de Peleo?

HELENA

Pretendiente a la mano de Helena, según he sabido.

TEUCRO

Pues bien; a su muerte se suscitó grave contienda entre sus compañeros por la posesión de sus armas.

HELENA

¿Y qué tiene esto que ver con la muerte de Áyax?

TEUCRO

Se suicidó por habérselas llevado otro.[320]

HELENA

¿Y tú sufres ahora las consecuencias de esa desdicha?

TEUCRO

Por no haber muerto con él.

HELENA

¿Fuiste, pues, ¡oh extranjero!, a la ínclita Troya?

TEUCRO

Y después de tomarla me condenó la suerte a perecer.

HELENA

¿El fuego no la ha consumido y arrasado?

TEUCRO

Hasta el extremo de no quedar ni señal de sus murallas.

HELENA

¡Oh mísera Helena, por tu causa murieron los frigios!

TEUCRO

Y los griegos también: sucedieron muchas desgracias.

HELENA

¿Cuánto hace que fue derribada esa ciudad?

TEUCRO

Cerca de siete revoluciones anuales de las que dan las cosechas.

HELENA

¿Y cuánto estuvisteis junto a Troya?

TEUCRO

Muchas lunas, hasta completar el número de diez años.

HELENA

¿Y recobrasteis a la mujer espartana?

TEUCRO

Menelao se la llevó, arrastrándola por los cabellos.

HELENA

¿Viste tú a esa desdichada, o cuentas lo que te han dicho?

TEUCRO

Como te estoy mirando ahora, con estos mismos ojos.

HELENA

Quizá fuera alguna vana imagen con que os engañaron los dioses.

TEUCRO

Habla de otra cosa; déjala en paz.

HELENA

¿Tan seguro estás de lo que dices?

TEUCRO

La vieron mis ojos y la contempló mi alma.

HELENA

¿Y Menelao está ahora en su patria con su esposa?

TEUCRO

No seguramente en Argos, ni en las márgenes del Eurotas.

HELENA

¡Ay, ay de mí! Un mal has anunciado a quien debe sentirlo.

TEUCRO

Se dice que ambos han perecido.

HELENA

¿No navegaban juntos todos los griegos?

TEUCRO

Sí; pero los dispersó una tempestad.

HELENA

¿En qué parte del mar salado?

TEUCRO

Al atravesar el Egeo.

HELENA

¿Y nadie ha sabido después adónde ha arribado Menelao?

TEUCRO

Nadie; pero se dice en Grecia que ha muerto.

HELENA

¡Cierta es mi perdición! ¿Vive todavía la hija de Testio?[321]

TEUCRO

¿Hablas de Leda? Ya falleció.

HELENA

¿La ha precipitado en la tumba la deshonra de Helena?[322]

TEUCRO

Dicen que ciñó con un lazo su noble cuello.

HELENA

Y los hijos de Tindáreo,[323] ¿viven o no?

TEUCRO

Han muerto, y no han muerto; corren dos distintos rumores.

HELENA

¿Cuál es el más grato? ¡Ay desventurada de mí, ay de mis males!

TEUCRO

Dicen que son dioses convertidos en astros.

HELENA

Agrádame lo que has dicho; ¿y cuál es el otro rumor que corre?

TEUCRO

Que han muerto a manos de su hermana. Pero bastante he hablado; no quiero llorar dos veces. Y ya que he venido a este palacio en busca de la profetisa Teónoe, ayúdame para que pueda oír los oráculos y dirigir después mi nave hacia la marina Chipre, en donde el adivino Apolo ordena que me establezca y ponga a la ciudad que funde el nombre de Salamina,[324] en recuerdo de mi patria.

HELENA

Navega, ¡oh extranjero!, y sabrás lo que deseas; pero huye de esta tierra antes que sepa tu llegada el hijo de Proteo, su soberano; ausente está ahora persiguiendo a las fieras con sus perros; mata a todos los griegos que cautiva, y no me preguntes la causa que le mueve a ello, que no te lo diré, ¿pues de qué te serviría saberlo?

TEUCRO

Bien has dicho, mujer. Que los dioses recompensen el bien que me haces. Aunque tu forma sea parecida a la de Helena, no solo no es tu alma como la suya, sino muy desemejante. Mala muerte tenga, que no vuelva a las orillas del Eurotas, y que tú, ¡oh mujer!, seas siempre feliz. (_Retírase_).

HELENA

Principio ahora a deplorar mi infortunio y mis grandes dolores. ¿Cuáles serán mis lamentaciones? ¿Cuál mi lúgubre canto? ¿Golpearé mi pecho, gemiré o lloraré?

_Estrofa 1.ª_ — Vírgenes sirenas,[325] hijas de la Tierra, alígeras doncellas, ¡ojalá que vengáis a acompañar mis sollozos con la flauta líbica o la siringa,[326] y las tristes lágrimas que me hacen derramar mis desdichas!; que vuestros dolores, que otros lúgubres cantos concuerden con los míos, y que vuestra musa, lamentándose como la mía, envíe a Perséfone funestas, funestas quejas, ofrenda regada de lágrimas, himnos en honor de los muertos, que penetrarán en su tenebroso palacio.

EL CORO (_que aparece en el teatro_).

_Antístrofa 1.ª_ — Fui casualmente a la orilla del mar cerúleo a secar en delgadas cañas o sobre el entretejido césped purpúreos vestidos a los dorados rayos del sol, cuando oí flébil sonido de flauta melodiosa, mezclado de sollozos y lamentos, como de alguna náyade[327] que llorase a su fugitivo amante, resonando en las cavernosas grutas el eco de su llanto, enamorada de Pan.

HELENA

_Epodo._ — ¡Oh dolor!, ¡oh dolor!, doncellas griegas apresadas por bárbaro bajel; un navegante griego ha llegado, sí, ha llegado para aumentar mis lágrimas, anunciándome la ruina y el incendio de Ilión por sus enemigos, y todo por mi causa, por mi causa, por mi nombre desdichado, origen de muchas muertes. Leda pereció en fatal nudo, víctima del dolor de mi deshonra; mi esposo ha sucumbido, después de andar errante por los mares, y Cástor y Pólux, los dos gemelos, gloria de su patria, han desaparecido, sí, han desaparecido, dejando solitarios los campos que hollaron sus caballos y las orillas del Eurotas, llenas de delgadas cañas, gimnasio de sus ejercicios juveniles.

EL CORO

¡Ay, ay, ay, ay de mí! ¡Fortuna deplorable, funesto destino, oh mujer! Mísera es tu suerte, mísera sin duda desde que Zeus, hendiendo brillante los aires con sus alas de cisne, blancas como la nieve, te engendró en tu madre. ¿Qué mal no te aflige? ¿Qué dolor no has sufrido? Murió Leda, y los dos gemelos, hijos queridos de Zeus, no son felices; no huellas tu suelo patrio, y en las ciudades de la Grecia corre un rumor, ¡oh mujer veneranda!, que te acusa de haber celebrado bárbaro himeneo; tu esposo ha perecido en las ondas del mar, y nunca serás dichosa en tu patria, ni en el templo de Atenea Calcieco.[328]

HELENA

¡Ay, ay de mí! ¿Qué frigio, qué griego cortó el pino que ha llenado de lágrimas a Troya, y construyó el bajel funesto en que navegó el hijo de Príamo a mis lares con bárbaros remeros, solicitando mi mano y mi hermosura infortunada? Dolosa Afrodita, causa de la muerte de muchos griegos y de los hijos de Príamo, ¡oh mísera, cuán grande es mi desdicha! Hera, la del dorado solio, esposa veneranda de Zeus, envió al ligero hijo de Maya, cuando yo recogía en mi seno frescas hojas de rosa para ofrecerlas a Atenea Calcieco, y, arrebatándome por los aires, me trajo a este país infortunado, convirtiéndome en manzana de discordia entre los griegos y los hijos de Príamo. Injusta es la Fama, que mancha mi nombre en las orillas del Simois.

EL CORO

Sé que te aquejan graves dolores; pero es preciso sufrir con resignación las calamidades de esta vida.

HELENA