Part 12
_Epodo._ — Y Pérgamo, ciudad de los frigios, después de presenciar sangrientos combates ante sus torres de piedra, y de ver separada de la cerviz la cabeza de sus hijos, será arrasada en sus cimientos, y hará derramar abundantes lágrimas a las hijas vírgenes y a la esposa de Príamo. Y Helena, hija de Zeus, llorará mucho al abandonar a su marido. Que ni yo ni los hijos de mis hijos vean nunca a las ricas lidias y a las esposas de los frigios hablando así unas con otras, mientras trabajan en sus labores: «¿Quién me arrancará de mi patria arruinada, arrastrando por lagrimoso surco mis cabellos bien peinados solo por tu causa, hija del cisne, orgulloso con su esbelto cuello? ¿Será cierto que Leda te concibió de ave voladora, transformándose en ella Zeus, o que las piérides contaron a los hombres estas fábulas tan inoportunas como temerarias?».
AQUILES
¿Dó yace el capitán de los griegos? ¿Cuál de sus servidores podrá decirle que lo busca Aquiles, el hijo de Peleo? No es igual la suerte de cuantos permanecieron junto al Euripo, porque algunos célibes, lejos de sus hogares, se hallan detenidos en estas riberas, y otros dejaron en ellos mujer e hijos. ¡Tanto ardor (no sin intención de los dioses) mostró la Grecia en esta empresa! Conviene que yo defienda mi derecho; que otros, si les parece, defenderán el suyo. He abandonado la Farsalia y a Peleo, y se oponen a mi navegación estos vientos suaves que soplan en el Euripo, y con trabajo contengo a los mirmidones, que a cada instante me dicen: «¿Qué esperamos, Aquiles? ¿Por cuánto tiempo se ha de dilatar todavía nuestra partida a Troya? Vamos, pues, si ha de ser, o que el ejército vuelva a su patria; no te cuides de las vacilaciones de los Atridas».
CLITEMNESTRA
¡Oh hijo de la diosa nereida! Al oírte desde el palacio he salido a tu encuentro.
AQUILES
¡Oh pudor venerable! ¿Quién es esta mujer que veo, de tan apuesta belleza?
CLITEMNESTRA
No es de admirar que no conozcas a quien no has visto antes; alabo, no obstante, tu homenaje al pudor.
AQUILES
Pero ¿quién eres? ¿Por qué tú, siendo mujer, has venido al ejército griego en busca de hombres armados de escudos?
CLITEMNESTRA
Soy hija de Leda, me llamo Clitemnestra y es mi esposo el rey Agamenón.
AQUILES
En pocas palabras has dicho muy bien cuanto debías; pero no es decoroso que yo hable con mujeres.
CLITEMNESTRA
Detente. ¿A qué huyes? Que tu diestra toque la mía, prenda feliz del futuro himeneo.
AQUILES
¿Qué dices? ¿Yo darte mi diestra? Respetemos a Agamenón no tocando lo que no es nuestro.
CLITEMNESTRA
Puedo hacerlo porque te unes a mi hija, tú que naciste de la marina diosa nereida.
AQUILES
¿De qué nupcias hablas? Admirado me dejas, ¡oh mujer!, a no ser que equivocada pronuncies tan extrañas frases.
CLITEMNESTRA
Natural es que cualquiera se avergüence al ver a sus sinceros amigos que le hablan de su himeneo.
AQUILES
Nunca, ¡oh mujer!, pretendí la mano de tu hija, y jamás los Atridas me hablaron de mi himeneo.
CLITEMNESTRA
¿Qué habrá, pues, sucedido? Si mis palabras te sorprenden, no me maravillan poco las tuyas.
AQUILES
Averígualo tú, que a ambos nos interesa; quizás nos habrán engañado.
CLITEMNESTRA
¿Acaso tramarán contra mí alguna maldad? Concierto bodas que, según parece, no han de celebrarse. Avergüénzome de ello.
AQUILES
Alguno acaso se ha burlado de ambos; pero no te aflijas y llévalo con paciencia.
CLITEMNESTRA
Adiós; ya no puedo mirarte cara a cara, después de haber dicho una mentira y de sufrir tal sonrojo.
AQUILES
Sucédeme lo mismo; voy, pues, a buscar a tu marido en este palacio.
EL ANCIANO
¡Detente, extranjero, hijo de Éaco, detente, que te lo pido, ¡oh hijo de una diosa!, y tú también, hija de Leda!
AQUILES
¿Quién me llama así, entreabriendo las puertas? ¡Cuán conmovido parece!
EL ANCIANO
Un esclavo, aunque no insolente, pues soy muy desdichado.
AQUILES
¿Cúyo eres? No mío, que mis bienes y los de Agamenón yacen separados.
EL ANCIANO
De la que está delante del palacio; diome a ella Tindáreo, su padre.
AQUILES
Henos aquí; di, si te place, por qué me llamas.
EL ANCIANO
¿Estáis solos?
CLITEMNESTRA
Puedes hablar como si lo estuviéramos; pero sal de la regia morada.
EL ANCIANO
¡Oh fortuna, oh providencia, salva a los que deseo salvar!
AQUILES
Tales voces indican ansiedad y cierto temor.
CLITEMNESTRA
Por mi diestra no vaciles,[267] si intentas decirme algo.
EL ANCIANO
Sabes quién soy, y has experimentado mi fidelidad contigo y con tus hijos.
CLITEMNESTRA
Sé que eres un antiguo servidor de mi familia.
EL ANCIANO
Y que fui a poder del rey Agamenón como parte de tu dote.
CLITEMNESTRA
Conmigo viniste a Argos, y fuiste siempre mío.
EL ANCIANO
Así es; y a ti te quiero bien, más que a tu esposo.
CLITEMNESTRA
Acaba, pues, de decirnos lo que deseas.
EL ANCIANO
El padre que engendró a tu hija ha decretado su muerte...
CLITEMNESTRA
Horrorízanme, ¡oh anciano!, tus palabras; a la fuerza has perdido el juicio.
EL ANCIANO
Hiriendo con la cuchilla la blanca cerviz de la desventurada.
CLITEMNESTRA
¡Oh, mísera yo! ¿Delira acaso mi esposo?
EL ANCIANO
Está en su acuerdo, excepto en lo que a ti y a tu hija atañe, que en esta parte es insensato.
CLITEMNESTRA
¿Por qué? ¿Qué genio maléfico le instiga?
EL ANCIANO
Los oráculos, como dice Calcas, para que los dioses favorezcan la navegación del ejército.
CLITEMNESTRA
¿Adónde? ¡Cuánta es mi desventura y la de esa desdichada que ha de morir a manos de su padre!
EL ANCIANO
A la tierra de Dárdano, para que Menelao recobre a Helena.
CLITEMNESTRA
¿Acaso ha decretado el destino que Helena vuelva con daño de Ifigenia?
EL ANCIANO
Así es. El padre inmolará a tu hija en el ara de Artemisa.
CLITEMNESTRA
Pero entonces, ¿a qué me llamó de mi palacio bajo el pretexto de casarla?
EL ANCIANO
Para que de buen grado la trajeses, como si hubiese de enlazarla con Aquiles.
CLITEMNESTRA
¡Oh hija, a morir has venido, y tu madre contigo!
EL ANCIANO
Desdicha grande es la vuestra, y crueldad inaudita la de Agamenón.
CLITEMNESTRA
Yo, infortunada, muero; ya mis ojos no pueden contener las lágrimas.
EL ANCIANO
Seguramente que es amargo llorar por la pérdida de nuestros hijos.
CLITEMNESTRA
¿Pero cómo lo has averiguado, ¡oh anciano!?
EL ANCIANO
Encargome que te llevara otra carta distinta de la primera.
CLITEMNESTRA
¿Prohibiéndome, o exhortándome a traer a mi hija a morir?
EL ANCIANO
Prohibiéndotelo; al fin pensó tu esposo cuerdamente.
CLITEMNESTRA
Pero ¿cómo habiendo llevado después esa carta no me la entregaste?
EL ANCIANO
Arrebatómela Menelao, autor de estos males.
CLITEMNESTRA
¿Lo oyes, hijo de la nereida, lo oyes, hijo de Peleo?
AQUILES
He comprendido tu desdicha, aunque no deja también de afectarme.
CLITEMNESTRA
Matarán a mi hija, engañándonos con el pretexto de casarla.
AQUILES
Muéveme también a ira tu marido, y no lo sufro con paciencia.
CLITEMNESTRA
No me avergonzaré de caer a tus rodillas, que soy mortal, y tú has nacido de una diosa. ¿De qué me serviría ya mi orgullo? ¿Qué podrá interesarme más que mi hija? Socórreme en mi infortunio, ¡oh hijo de una deidad!, y a la que llamaron tu esposa, vanamente, es verdad, pero socórrela, no obstante. Coronada de flores la traje para casarla contigo, y ahora la llevo a morir; será para ti una afrenta que no la auxilies. Aun cuando no os haya unido el himeneo, te han llamado caro esposo de virgen desventurada. Ruégotelo por tu barba, por tu diestra, por tu madre; tu nombre es causa de mi infortunio, y debes ayudarme. No tengo otra ara en donde refugiarme que tus pies, ni cerca amigo alguno, y ya conoces el proyecto cruel y bárbaro de Agamenón. Yo, siendo mujer, he venido a la armada, a una armada feroz y desenfrenada para el mal, pero que puede serme útil si quiere. Si tú te atreves a extender tu mano protectora, nos hemos salvado; si no, morimos.
EL CORO
Grave es tener hijos, e inspiran grande amor, y todos padecen por los suyos.
AQUILES
Rudo golpe sufre mi natural grandeza de ánimo; he aprendido a condolerme de ajenos males, y a gozar con moderación de los bienes. Los hombres de mi temple observan la regla segura de vivir esclavos de la prudencia. Ocasiones hay en que es agradable y útil seguir ciegamente sus consejos, y lo contrario otras. Yo, educado en el palacio de los dioses, aprendí de Quirón, hombre muy venerable, sencillas costumbres. Y me someteré a los Atridas, si gobiernan con justicia, pero si no, no los obedeceré; aquí y en Troya daré pruebas de mi libérrima índole, y me distinguiré en las batallas cuanto pueda. Mucha compasión me inspiras, sufriendo tales desdichas de los más amados, y te consolaré en cuanto puede un joven como yo; nunca será sacrificada por su padre la hija tuya, que se ha llamado esposa mía; no consentiré que Agamenón urda tan indignas tramas. Mi nombre solo, sin que yo levante el acero, podrá matar a tu hija; pero la verdadera causa es tu marido. Sin embargo, yo no sería inocente si bajo el pretexto de casarla conmigo muere una virgen, víctima de males atroces e intolerables y de las más extrañas e indignas afrentas. Sería el peor de los griegos, nada valdría, Menelao pasaría por hombre, y negarían que soy hijo de Peleo, creyendo que me engendró algún mal genio, si consintiese que bajo mi nombre cometiese tu esposo un asesinato. No, por Nereo, educado en las húmedas olas, y padre de Tetis, mi madre; por Nereo, no tocará a tu hija el rey Agamenón, ni aun con la punta de sus dedos llegará a su manto; de otro modo, Sípilo,[268] aldea bárbara de donde son oriundos esos Atridas, será una ciudad, y nadie pronunciará nunca con respeto el nombre de Ftía. Amarga será la salsamola[269] y el vaso de los sacrificios que consagre el adivino Calcas. ¿Qué es un adivino sino quien dice muchas mentiras y pocas verdades, si alguna vez acierta, y si yerra nadie se cuida de él? No hablo así pesaroso de perder a Ifigenia (que infinitas doncellas me pretenden), sino la injuria que nos ha hecho el rey Agamenón. Debía haberme anunciado que mi nombre serviría para tender el lazo que preparaba a su hija. Si por mi causa hubiese venido Clitemnestra para dármela en himeneo, no me hubiera contrariado, suponiendo que de esa suerte conseguíamos llegar a Troya; no rehusaré sin duda contribuir al buen éxito de mis compañeros de armas. Ahora nada valgo en el concepto de estos capitanes, y soy un miserable, ya obren bien o mal conmigo. Pronto hará conocimiento con esta espada (que mancharé con sangre antes de llegar a Troya) el que me arrebatare tu hija. Tranquilízate, pues; un dios grande te protege, pues si no lo soy, he de parecerlo.
EL CORO
Has hablado cual conviene al hijo de Peleo y de la veneranda deidad marina.
CLITEMNESTRA
¡Ay! ¿Cómo te alabaré ni más ni menos de lo que debo, ingrata a tu beneficio? Cuando celebramos a los buenos exageradamente, nos exponemos a incurrir en su odio. Me avergüenzo de hablarte solo para excitar tu compasión, sufriendo yo sola, ya que tú no puedes sentir mis males; pero es consolador espectáculo el que ofrece el hombre probo, aunque no sea nuestro deudo, al socorrer a los afligidos. Apiádate, pues, de mí, que lo merecen mis infortunios, ya que en un principio acaricié la vana esperanza de que serías mi yerno, y que la muerte de mi hija podrá ser de funesto agüero a tus próximas nupcias. Debes, por tanto, evitarlo. Hablaste bien al empezar, hablaste bien al concluir; mi hija se salvará si tú lo intentas. ¿Quieres que ella, suplicante, abrace tus rodillas? Verdad es que no conviene a una virgen, pero acudirá si te parece, y te mostrará su noble rostro, teñido de rubor. Ausente ella, ¿lo conseguiré de ti?
AQUILES
Que no venga; yo respeto su decoro.
CLITEMNESTRA
Pero solo hasta cierto punto debe respetarse.
AQUILES
¡Oh mujer!, no me traigas a tu hija para que yo la vea, ni cometamos esa falta. Un numeroso ejército, libre de cuidados domésticos, propende a acoger falsos y escandalosos rumores. Lo mismo conseguirás, sin duda, ya me supliques o no; porque estoy firmemente decidido a libraros de vuestros males. No olvides tan solo que yo no falto a mi palabra; y si no la cumplo y os engaño, que muera en castigo; evitaré la muerte si salvo a tu hija.
CLITEMNESTRA
Que seas feliz socorriendo siempre a los desdichados.
AQUILES
Oye, pues, para obrar como debo.
CLITEMNESTRA
¿Qué has dicho?, que sin duda me interesa.
AQUILES
Hablemos antes con tu esposo. Acaso la razón recobre en él su imperio.
CLITEMNESTRA
Es cobarde, y teme al ejército demasiado.
AQUILES
Pero hay ciertas razones más convincentes que otras.
CLITEMNESTRA
¡Triste esperanza! Di, no obstante, lo que he de hacer.
AQUILES
Primero le suplicarás que no sacrifique a tu hija, y si se resistiese, recurre a mí. Si lo persuades, como deseas, no hay necesidad de que yo intervenga en nada, que así se salvará tu hija, y él, que es mi amigo, me lo agradecerá, y el ejército no me culpará porque haya empleado la persuasión, no la fuerza. Y si consigues tu objeto, tú y los demás os congratularéis de que todo se haya acabado sin mi mediación.
CLITEMNESTRA
¡Cuán juiciosamente has hablado! Se hará como deseas. Y si no realizo mi propósito, ¿en dónde podré verte? ¿Adónde he de acudir en mi desventura, para encontrar tu mano, que ha de consolarme en mis males?
AQUILES
A mí cargo queda defenderte cuando sea menester, y yo cuidaré también de que nadie te vea atravesar consternada el ejército; que no deshonres tu linaje paterno, porque Tindáreo es famoso entre los griegos.
CLITEMNESTRA
Así será; manda y yo obedeceré. Si hay dioses, tú, que eres justo, serás premiado; si no, ¿para qué afligirnos?
EL CORO
_Estrofa._ — ¿Qué epitalamio resonó acompañado de la flauta líbica y de la cítara, que alegra a los coros, y de las flautas de leve caña, como cuando atravesaron el Pelión las piérides de hermosos cabellos, e hirieron la tierra con sus doradas sandalias, y vinieron a las nupcias de Peleo, y en las selvas peliacas, en los montes de los centauros, alabaron a Tetis, al hijo de Éaco, con sus voces melodiosas? El hijo de Dárdano, delicia de Zeus, el frigio Ganimedes, escanció el néctar en copas profundas de oro, y las cincuenta hijas de Nereo celebraron juntas las bodas, saltando en círculo sobre la blanca arena.
_Antístrofa._ — Con dardos de abeto y coronas de grama acudió la ecuestre muchedumbre de los centauros al festín de los dioses, y a gustar el licor de Dioniso. Tales fueron las aclamaciones de las hijas de Tesalia: «Brillante, brillante astro, ¡oh hija de Nereo!, anuncian el profeta Apolo y el centauro Quirón (discípulo de las musas y conocedor de las generaciones futuras) que vendrá al campo troyano con los mirmidones armados de lanzas, a arrasar con el fuego la tierra ínclita de Príamo, revestido de armas de oro fabricadas por Hefesto, y don de su madre, la diosa Tetis, que lo dio a luz en hora afortunada». Entonces celebraron los dioses el noble enlace de Peleo con la primera de las nereidas.
_Epodo._ — Pero los griegos, ¡oh Ifigenia!, coronarán tu apuesta cabellera, gala de tu cabeza, como si fueses ternerilla inmaculada y de manchada piel que viene de las peñascosas cavernas de los montes, y llenarán de mugre tu cerviz, sin haberte criado al son de la flauta ni de los cantos de los pastores, sino al lado de tu madre, que te destinaba para esposa de alguno de los hijos de Ínaco.[270] ¿Qué valdrán el pudor y la virtud en donde domina la impiedad, en donde los mortales desprecian lo bueno y la injusticia se sobrepone a las leyes, y no todos se afanan en huir de la cólera del cielo?
CLITEMNESTRA
Separada ha tiempo de mi esposo, salí del palacio a verlo. Y mi hija mísera yace anegada en lágrimas, y exhala tiernas quejas desde que sabe el inhumano proyecto de su padre. Pero he aquí a Agamenón, que se acerca al nombrarlo, y que no tardará en cometer contra sus hijos impíos atentados.
AGAMENÓN
A tiempo, ¡oh hija de Leda!, te encuentro fuera del palacio, para hablarte sin que la virgen nos escuche, que mis palabras no deben ser oídas de las que van a casarse.
CLITEMNESTRA
¿Qué quieres? ¿Tanto te interesa aprovechar esta oportuna ocasión de hablarme?
AGAMENÓN
Llama a tu hija del palacio, para que yo la acompañe; ya la aguarda el agua consagrada y la salsamola que consumirá el fuego lustral, y las ternerillas que se han de sacrificar a Artemisa antes de las bodas, derramando su negra sangre.
CLITEMNESTRA
Buenas son tus palabras, pero no sé cómo calificar tus obras. Sal, hija mía; tú sabes cuanto trama tu padre; debajo de tu manto trae también a tu hermano Orestes. Hela aquí obediente a tus órdenes; en su nombre y en el mío diré lo que debes oír.
AGAMENÓN
¿Por qué lloras, hija, y no me miras afable, sino que con tu manto cubres tu rostro, fijo en tierra?
CLITEMNESTRA
¡Ay de mí! ¿Cuál será el exordio de mis males? ¿Cuándo brotará todo mi discurso, así en su principio como en su medio y fin?
AGAMENÓN
¿Pero qué hay? ¿Por qué conspiráis todos contra mí, retratándose en vuestros semblantes la confusión y el miedo?
CLITEMNESTRA
Contesta ingenuamente a mis preguntas, ¡oh esposo!
AGAMENÓN
No necesitas rogármelo; yo deseo que me interrogues.
CLITEMNESTRA
¿Quieres matar a tu hija y a la mía?
AGAMENÓN
¿Cómo? ¡Horribles son tus palabras! Sospechas sin motivo.
CLITEMNESTRA
No te alteres, y replícame a mi primera pregunta.
AGAMENÓN
Si fuera sensata, lo sería también mi respuesta.
CLITEMNESTRA
Solo esto te pregunto; contéstame, pues, y no divagues.
AGAMENÓN
¡Oh fortuna veneranda! ¡Oh destino y genio maléfico que me persigues!
CLITEMNESTRA
Y a mí también y a mi hija; es uno mismo el de estos tres desventurados.
AGAMENÓN
¿Cuál es tu ofensa?
CLITEMNESTRA
¿Tienes valor de hablar así? Tu disimulo es algo necio.
AGAMENÓN
¡Muerto soy! ¡Descubriose mi secreto!
CLITEMNESTRA
Todo lo sé; informáronme bien de tus inicuos proyectos. Tu mismo silencio y tus repetidos sollozos equivalen a una confesión. No pierdas tiempo en negarlos.
AGAMENÓN
Mira cómo callo. ¿A qué agravar mis males fingiendo engañosa impudencia?
CLITEMNESTRA
Oye, pues; seré franca y no usaré de enigmas, ajenos a mi propósito. En primer lugar, y para que esta sea también mi primera reconvención, te casaste conmigo contra mi voluntad, y me robaste a la fuerza, matando a Tántalo,[271] mi primer esposo, y estrellaste en el suelo a mi tierno niño, arrancándolo violentamente de mis pechos. Y los hijos de Zeus, mis hermanos, apuestos caballeros, te hicieron la guerra, y te libró de ella a tu ruego Tindáreo, mi anciano padre, y entonces te di mi mano. Así me reconcilié contigo, y tú mismo podías atestiguar que he sido esposa fiel, digna de ti y de tu linaje, y casta, y económica, de suerte que cuando entrabas en tu palacio gozabas, y cuando salías de él eras feliz. Preciosa joya es para un hombre tal esposa, así como no es raro tenerla mala. Y además de tres hijas te di este hijo, y tú piensas arrebatarme bárbaramente una de ellas. Si alguno te pregunta por qué la matas, dime, ¿qué contestarás? ¿Debo yo hablar en tu nombre, para que Menelao recobre a Helena? Laudable costumbre, sin duda, que nuestros hijos paguen las culpas de una criminal mujer. Rescatamos lo más odioso a costa de lo que más amamos. Ea, pues; si vas a la guerra y me dejas abandonada en mi palacio largo tiempo, ¿cuáles serán mis pensamientos, viendo los solitarios aposentos que mi hija ocupaba, y solitaria también la morada de las vírgenes, y me halle sola llorando, y lamentándome siempre de este modo?: «Te ha perdido, hija mía, el padre que te engendró; él mismo te ha dado muerte, no otro, ni ajena mano; tal es el premio que da el traidor a su familia». Bastará entonces leve pretexto para que yo y las hijas que dejas te recibamos a tu vuelta como es justo. Por los dioses, no me obligues a faltarte ni tú me faltes. Pero supongamos que sacrificas a tu hija. ¿Qué preces recitarás en los altares? ¿Qué bien orarás dándole muerte? Seguramente será funesto tu regreso si así sales de tu palacio. Y yo, ¿qué podré pedir para ti? Creeríamos sin duda que son necios los dioses, si pidiésemos beneficios en pro de infanticidas. ¿Cómo abrazarás a tus hijos al tornar a Argos? No te será lícito. ¿Cuál de ellos podrá mirarte sin horror cuando deliberadamente has inmolado a uno de sus hermanos? ¿Reflexionaste en todo esto? ¿Solo anhelas llevar el cetro y mandar? En rigor, tal debía ser tu réplica a los griegos: «¿Queréis, ¡oh griegos!, navegar a la Frigia? Que decida la suerte cúya sea la hija que haya de morir». Esto sería equitativo; no que tú solo, entre todos, des a la tuya; o que Menelao, a quien más interesa, ofreciese a Hermíone por recobrar a su madre. Pero ahora me arrancan mi hija amada, cuando tan santamente cumplo mis deberes conyugales, y la que delinquió será feliz conservando a la suya en Esparta. Respóndeme si no tuviere razón en cuanto he dicho; pero si la tengo, no mates a Ifigenia, y serás prudente y justo.
EL CORO
Accede a sus ruegos, Agamenón, que honra a los padres conservar a sus hijos la vida, y ningún mortal osará contradecirlo.
IFIGENIA
Si yo tuviese la elocuencia de Orfeo, ¡oh padre!, y las piedras me siguiesen cuando cantara, y mis palabras ablandasen los corazones, a ello apelaría. Pero lloraré ahora, que tal es mi única elocuencia y lo que puedo hacer. Y estrecho tu cuerpo, como rama de suplicantes, con este que dio a luz mi madre, no para que me sacrifiques prematuramente, ni me obligues a visitar las entrañas de la tierra. Yo la primera te llamé padre, y tú a mí hija; yo la primera, sentada en tus rodillas, te infundí dulce deleite y lo sentí a mi vez. Así hablabas tú: «¿Te veré feliz algún día, ¡oh hija!, al lado de tu esposo, llena de vida y de vigor, como mereces?». Y yo a mi vez te decía estas palabras, cerca de tus mejillas, que ahora tocan mis manos: «¿Y qué haré yo contigo? ¿Te recibiré anciano en mi palacio, ¡oh padre!, dándote grata hospitalidad en premio de las penalidades que sufriste al criarme?». Conservo el recuerdo de estas pláticas, pero tú las olvidaste y quieres matarme. ¿Por qué he de ser víctima de las nupcias de Alejandro y de Helena? ¿Por qué, ¡oh padre!, ha de ser su venida causa de mi perdición? Mírame, déjame tu rostro, y dame tierno ósculo, para que, a lo menos, al morir tenga esta memoria tuya, si no accedes a mi ruego. Tú, hermano, eres débil socorro a tus amigos, pero lloras sin embargo, y pides suplicante a tu padre que no muera tu hermana; hasta los niños que no hablan tienen cierto presentimiento de los males. Mira, padre, cómo te suplica callado; compadécete de mí y de mi vida. Sí, por tus rodillas te rogamos dos a quienes amas: este, que aún no habla, y yo, mísera jovencilla. Basten estas frases para refutar todos tus argumentos. Ver la luz es lo más grato a los mortales; los muertos nada son, y delira el que anhela perecer. Más vale penosa vida que gloriosa muerte.
EL CORO
¡Oh infausta Helena! Por ti y por tu himeneo aflige horrible lucha a los Atridas y a sus hijos.
AGAMENÓN