Chapter 18 of 25 · 3958 words · ~20 min read

Part 18

Mujeres queridas, ¿qué fatal destino me persigue? ¿Diome a luz mi madre para que los mortales me miraran como a un prodigio? Porque ninguna mujer, ni griega ni bárbara, puso un blanco huevo, como cuentan de Leda, al darme la vida de su unión con Zeus. Portentosa es mi existencia y mi grave desdicha, ya por el odio de Hera, ya por mi belleza. ¡Ojalá que desapareciese borrada, cual pintada estatua,[329] y los griegos olvidarían mi deshonra, y no me infamaría su memoria, como ahora! Grave es, aunque tolerable, una sola desdicha enviada por los dioses, no así la multitud de calamidades que me agobian. Porque, en primer lugar, sin haber sido deshonrada, me infaman como si lo fuera, y este mal es mucho mayor fundándose en un falso supuesto, como sucede cuando se atribuyen vicios al que no los tiene. Después me arrancaron los dioses de mi patria, y me trajeron a esta tierra bárbara, y sin amigos soy esclava, cuando nací de padres libres, pues entre los bárbaros todos lo son, excepto uno. El áncora, que sola me sostenía en medio de mis males, la esperanza de que vendría algún día mi marido y me libraría de ellos, ha desaparecido ya, puesto que ha muerto, y no podrá socorrerme. Murió también mi madre, y me imputan esta desdicha sin razón, es verdad, como lo es también que de sus resultas me mancilla la mala fama. Mi hija, honra de su linaje y de mi palacio, vegeta virgen, no al lado de un esposo, y Cástor y Pólux, que se dicen hijos de Zeus, no existen tampoco. Y como en todo me persigue la desgracia, mi perdición proviene de causas externas, no de mis hechos. Todavía resta que me encierren en una prisión si vuelvo a mi patria, creyéndome la Helena que estuvo en Troya, y en cuya persecución fue Menelao. Si él viviese nos reconoceríamos mutuamente en virtud de ocultas señales[330] que nosotros solos sabemos. Pero ya no es posible, porque no existe. ¿A qué, pues, vivir? ¿Qué suerte me aguarda? ¿Elegiré otro esposo para atraerme nuevos males, y será un bárbaro mi perpetuo compañero, y me sentaré con él en opulenta mesa? Pero cuando un hombre aborrecido habita con nosotras, es odiosa la vida. Más vale morir, ¿pero cómo hacerlo sin deshonrarme? Vergonzoso hasta para un esclavo es suspenderse de un lazo en los aires; derramar la propia sangre es mejor y más noble, y en poco tiempo dejamos de existir. ¡Tan profundo es el abismo de males en que me veo sumergida! Si la hermosura es para otras mujeres fuente deleitosa, para mí lo es de perdición.

EL CORO

No creas, Helena, que el extranjero que ha llegado ha dicho en todo la verdad.

HELENA

Pero aseguró bien a las claras que había muerto mi esposo.

EL CORO

Muchas veces se afirma lo que no es.

HELENA

Con ningún otro se confunde el lenguaje de la verdad, y tal fue el suyo.

EL CORO

Siempre te inclinas más a creer lo malo que lo bueno.

HELENA

El miedo me domina, y todo lo temo.

EL CORO

¿Cómo te tratan en este palacio?

HELENA

Todos son amigos, excepto el que pretende casarse conmigo.

EL CORO

¿Sabes lo que has de hacer? Dejar el sepulcro de Proteo...

HELENA

¿Qué vas a decir? ¿Qué consejo quieres darme?

EL CORO

Y entra en el palacio, y a la que todo lo sabe, a Teónoe, hija virgen de la marina nereida, pregunta si vive todavía tu marido o si no ve ya la luz; y cuando estés bien informada, y según sea lo que te dijere, abandónate al llanto o a la alegría. Porque antes de saberlo, ¿no son inoportunos tus lamentos? Sigue, pues, mi consejo: deja el sepulcro y busca a esa doncella, que todo te lo dirá. Teniendo en este palacio quien pueda declararte la verdad, ¿a qué buscarla tan lejos? Yo quiero entrar también contigo y oír los oráculos de la virgen; nosotras las mujeres debemos ayudarnos mutuamente.

HELENA

Sigo vuestros consejos, ¡oh amigas!; id, id al palacio, y oiréis en él mis cuitas.

EL CORO

Mandas a quien te obedece de buen grado.

HELENA

¡Oh infausto día! ¿Qué nuevas deplorables, qué nuevas deplorables oiré yo, desventurada?

EL CORO

No excites el llanto, ¡oh amada!, de siniestro agüero.

HELENA

¿Qué habrá sufrido mi desdichado esposo? ¿Verá acaso la luz, y la cuadriga del sol y el curso de los astros..., o en el infierno subterráneo yacerá entre los muertos?

EL CORO

No desesperes, sea cual fuere lo por venir.

HELENA

Yo te invoco, yo te suplico, ¡oh Eurotas de verdes cañas!, que me declares si es cierta la fama que hasta mí ha llegado de la muerte de mi esposo. ¿A qué tan necias dudas? Lazo mortífero oprimirá mi cerviz o letal cuchilla me dará muerte, y la sangre correrá de mi cuello, y empuñando yo misma el hierro lo hundiré en mis carnes, y me sacrificaré en honor de tres diosas y del hijo de Príamo, que en otro tiempo cantaba al son de la flauta, guardando los rebaños de bueyes.

EL CORO

Que no te aflijan esos males, y la dicha sea tu inseparable compañera.

HELENA

¡Ah mísera Troya, iniquidades te arruinan, y sufriste duras pruebas! Merced al don que me hizo Afrodita se ha derramado mucha sangre, y muchas lágrimas, y unos dolores siguieron a otros, y el llanto al llanto, y las madres perdieron sus hijos, y las vírgenes hermanas de los muertos cortaron su cabellera para depositarla en las orillas del frigio Escamandro. Voz resonante dio la Grecia, y oyéronse tristes clamores, y golpeó la cabeza con sus manos, y lastimosas heridas llenaron de sangre tiernas mejillas. ¡Oh virgen Calisto,[331] feliz en otro tiempo en la Arcadia, que en innoble forma subiste al lecho de Zeus! ¡Cuán preferible fue tu suerte a la de mi madre! Transformada en fiera de miembros robustos, trocaste tu hermoso rostro en cabeza feroz de leona, y se mitigaron tus penas, como la beldad expulsada en otro tiempo de sus coros por Artemisa, cierva de dorados cuernos, titánide, hija de Mérope.[332] Yo he derruido, sí, he derruido a la troyana Pérgamo, y ocasionado la muerte de muchos griegos. (_Vase con el Coro_).

MENELAO (_miserablemente vestido_).

¡Oh Pélope!, que en los pasados días venciste en tu cuadriga a Enómao, cerca de Pisa;[333] ojalá que cuando te sirvieron hecho pedazos en la cena de los dioses, hubieses perecido entre ellos antes de haber engendrado a mi padre Atreo, que de su unión con Aérope nos procreó a Agamenón y a mí, Menelao, ínclito par de reyes. Glorioso es, sin duda, y lo digo sin jactancia, que yo llevase a Troya un ejército a fuerza de remos, rey a quien obedecía voluntariamente, no por la violencia, la brillante juventud griega. Y unos ya no se cuentan entre los vivos, mientras otros, que con no poca alegría suya evitaron los peligros del mar, llevan a su patria los nombres de los que perecieron. Mas yo, desventurado, navego errante por las marinas ondas del salado piélago desde que arruiné las torres de Ilión, y, deseando volver a mi país, muéstranseme adversos los dioses. He recorrido todos los desiertos e inhospitalarias costas de la Libia, y cuando me acerco a mis hogares, el viento me rechaza y nunca llena mis velas aura favorable. Y ahora, mísero náufrago, después de perder a mis amigos me ha arrojado aquí el mar, y mi nave se ha estrellado en los peñascos pereciendo muchos de mis compañeros. Solo queda la quilla y parte de su armazón, en la que con dificultad y contra mis esperanzas me he salvado con Helena, que traigo de Troya. Pero ignoro el nombre de esta región y el de los pueblos que la habitan. Avergonzábame de presentarme así a la multitud, temiendo que viesen mis vestidos manchados, a pesar de mis esfuerzos en ocultar mi humillante miseria. Cuando un hombre cae desde la cúspide de la fortuna en el abismo de la desdicha, como no está acostumbrado a ella, su suerte es más amarga que la del que ya la conocía. La pobreza me atormenta; ni tengo qué comer, ni vestidos para cubrir mi cuerpo, como es fácil de ver contemplando los tristes restos del naufragio en que me envuelvo.[334] El mar me llevó mis peplos, mis vestiduras espléndidas y todas mis galas; y vengo aquí dejando oculta en una cueva a mi esposa, causa de todos mis males, confiada a la custodia de mis amigos que han sobrevivido. Solo, pues, doy vueltas y me afano en llevar lo más necesario, dudando si lo lograré, a mis compañeros que me esperan. Al ver este palacio cercado de almenas y sus puertas suntuosas, propiedad, sin duda, de algún hombre opulento, me he llegado a él con la esperanza de recibir algo de tan magnífica morada, para auxiliar a mis amigos. De seguro que quien apenas tenga para vivir no podrá socorrerme aunque quiera. (_Llamando a la puerta_). ¡Hola! ¿Qué portero acudirá aquí del palacio, que cuente a sus dueños mis males?

UNA VIEJA (_entreabriéndola_).

¿Quién hay a la puerta? ¿No te alejarás de este recinto sin molestar a sus dueños en el atrio? Morirás si eres griego, que a ellos no se da hospitalidad.

MENELAO

¡Oh anciana!, bien me parece cuanto has dicho. No te molestaré más, y quiero obedecerte, pero déjame hablar.

LA VIEJA (_rechazándolo_).

Vete; mi obligación es, ¡oh extranjero!, impedir que ningún griego se acerque a este palacio.

MENELAO

¡Ah!, no me amenaces con el puño ni me rechaces tan despiadadamente.

LA VIEJA

No haces ningún caso de mis palabras; la culpa es solo tuya.

MENELAO

Ve a decirlo a tus amos.

LA VIEJA

Bien segura estoy de que si lo saben sufrirás daño.

MENELAO

Soy un náufrago, un extranjero, contra quienes no es justo emplear la violencia.

LA VIEJA

Llama a otra puerta y abandona esta.

MENELAO

No, que he de entrar; déjame.

LA VIEJA

Eres un importuno, y lo peor para ti es que te echarán pronto a viva fuerza.

MENELAO (_aparte_).

¡Ay, ay de mí! ¿Dó yace mi valeroso ejército?

LA VIEJA

En otra parte te respetarán acaso, no aquí.

MENELAO (_aparte_).

¡Oh calamidad, cómo me insultas!

LA VIEJA

¿Por qué humedecen las lágrimas tus párpados? ¿Por qué te lamentas?

MENELAO

¡Oh pasada dicha mía!

LA VIEJA

¿Por qué no vas a llorar a tus amigos?

MENELAO (_reanimándose_).

¿Qué país es este? ¿Cúyo este regio palacio?

LA VIEJA

Proteo lo habita, y este país es el Egipto.

MENELAO

¿El Egipto? Desdichado de mí, ¿adónde he venido?

LA VIEJA

¿Qué dices contra las aguas del Nilo?

MENELAO

No es contra el Nilo; solo me quejo de mi desgracia.

LA VIEJA

Muchos son los desdichados, no tú solo.

MENELAO

¿Y está en el palacio el rey, o como tú quieras llamarle?

LA VIEJA

Este es su sepulcro; su hijo es el soberano de este país.

MENELAO

Pero ¿en dónde está? ¿Dentro o fuera del palacio?

LA VIEJA

No está en él ahora; pero es el más implacable enemigo de los griegos.

MENELAO

¿Por qué razón? ¿Por qué he de ser yo víctima de su odio?

LA VIEJA

Helena, la hija de Zeus, habita también aquí.

MENELAO

¿Qué dices? ¿Qué palabra has pronunciado? Repítela.

LA VIEJA

La hija de Tindáreo, que vivía antes en Esparta.

MENELAO

¿De dónde la han traído? ¿Quién entenderá esto?

LA VIEJA

Vino de la Laconia.

MENELAO

¿Cuándo? (_Aparte_). ¿Habrán arrebatado de la cueva a mi esposa?

LA VIEJA

Antes que los griegos fuesen a Troya, ¡oh extranjero! Pero aléjate de aquí, porque reina en el palacio cierta plaga, causa de no poco desorden.[335] A mal tiempo llegaste, porque si mi dueño te cautiva, en vez de hospitalarios dones, recibirás la muerte. Yo amo a los griegos, y no juzgues de mí por mis ásperas palabras, hijas del miedo que a mi señor tengo. (_Retírase y cierra la puerta_).

MENELAO

¿Qué diré? ¿Cómo expresaré mi sorpresa? Nuevas penas vienen a aumentar las antiguas si al traer conmigo de Troya a mi esposa y dejarla segura en la cueva, habita otra de su mismo nombre en este palacio. Dijo que era hija de Zeus. ¿Habrá en las orillas del Nilo algún mortal que se llame también Zeus? Porque en el cielo no hay más que uno. ¿Hay otra Esparta en donde las bellas ondas del Eurotas reflejan las verdes cañas de sus orillas? ¡Solo se celebró a un Tindáreo! ¿Habrá también alguna tierra que se llame Lacedemonia, y otra Troya? Yo no sé qué decir. Muchos, según es de presumir, tienen en una misma región iguales nombres, y lo propio sucede a las ciudades y a las mujeres, y no por eso debemos admirarnos.[336] Ni tampoco huiré del peligro que me indicó la esclava; no hay mortal alguno tan bárbaro que, al oír mi nombre, no aplaque mi hambre. Todos conocen el incendio de Troya, y el nombre de Menelao, su autor, no es ignorado tampoco en país alguno. Esperaré al dueño de este palacio, como me lo aconsejan dos prudentes razones: si es, en efecto, cruel, me ocultaré e iré en busca de los destrozados restos de mi nave; y si pareciese bondadoso, le pediré el auxilio que reclama mi desgracia. El único mal que me quedaba por sufrir es que, siendo rey, pida a otros reyes el sustento, pero no hay otro remedio. Sentencia es de los sabios, no mía, que nada hay tan poderoso como la necesidad. (_Apártase a un lado al ver al Coro_).

EL CORO

Según he oído a la fatídica doncella que profetiza en la regia morada, Menelao aún no ha bajado al negro Erebo, ni lo cubre la tierra, sino que todavía lucha con las olas, sin poder arribar a su patria, y vive errante separado de sus amigos, y ha recorrido muchas regiones desde su salida de Troya al compás de los remos.

HELENA

Vedme aquí; segunda vez vengo a este sepulcro, después de oír las gratas profecías de Teónoe, tan sabia en todo. Dice que mi marido ve la luz del sol, y disfruta de ella, y que después de navegar por mil mares, siempre errante, ha de llegar a Egipto, libre al fin de tantos males. Verdad es que no dijo si en caso de venir saldría de él en salvo. Yo no quise preguntárselo claramente, entregada al deleite que me causó tan dulce nueva. Y decía que no estaba lejos, habiendo naufragado con pocos amigos. ¿Cuándo te veré? ¡Cuánto he deseado tu llegada! ¡Hola! (_Preséntase Menelao_). ¿Quién es este? ¿Quizá algún satélite del hijo de Proteo, impío instrumento de sus insidiosas miras? ¿Me alejaré veloz de este sepulcro, como bacante o ligera yegua? Feroz es en verdad el aspecto de este que viene a robarme.

MENELAO (_cortándole el paso_).

Tranquilízate, ¡oh tú que corres con tanta presteza hacia este sepulcro a ofrecer ardientes libaciones!, ¿por qué huyes? ¡Cuánta es, al verte, mi admiración y mi sorpresa!

HELENA

Que nos amenazan con violencia, ¡oh mujeres!; este hombre nos ahuyenta del sepulcro, y quiere apoderarse de mí para entregarme al tirano, cuyo himeneo detesto.

MENELAO

No somos salteadores, ni satélites de malvados.

HELENA (_apartándose_).

Miserables son los vestidos que te cubren.

MENELAO

Detén tu pie ligero, y nada temas.

HELENA (_ya junto al sepulcro_).

Me detengo, pues ya llegué.

MENELAO (_mirándola frente a frente_).

¿Quién eres? ¿A quién te semejas, ¡oh mujer!?

HELENA

¿Y tú? Ambos preguntamos lo mismo.

MENELAO

Nunca he visto una mujer más parecida.

HELENA

¡Oh dioses!, pues obra vuestra es encontrar a los que amamos.

MENELAO

¿Eres griega o egipcia?

HELENA

Griega; pero también deseo saber cuál es tu linaje.

MENELAO

Eres, ¡oh mujer!, lo más semejante a Helena que he visto.

HELENA

Y tú eres para mí viva imagen de Menelao; no sé qué decir.

MENELAO

Muy pronto has reconocido al hombre más desventurado.

HELENA (_corriendo hacia él_).

¡Oh tú, qué tarde llegas a los brazos de tu esposa!

MENELAO

¿De cuál? No toques mis vestidos.

HELENA

La que te dio Tindáreo, mi padre.

MENELAO

¡Oh Hécate lucífera, qué gratos fantasmas nos ofreces!

HELENA

No soy nocturna visión de Perséfone, como piensas.

MENELAO

Positivamente sé que no tengo dos mujeres.

HELENA

¿Pues de cuál otra eres señor?

MENELAO

De la que está oculta en la cueva y traje de Troya.

HELENA

Yo sola soy tu esposa.

MENELAO

¿Pero estoy en mi juicio, o me engañan mis ojos?

HELENA

Al mirarme, ¿no te parece verla?

MENELAO

En el cuerpo eres semejante a ella; pero mi razón, bien serena, lo niega.

HELENA

Reflexiona. ¿Qué necesitas para convencerte? ¿Quién mejor que tú puede saberlo?

MENELAO

Eres igual a ella; no lo negaré.

HELENA

¿Quién podrá probártelo como tus ojos?

MENELAO

Mi tormento es que tengo otra.

HELENA

Yo no fui a Troya, sino mi imagen.

MENELAO

¿Pero quién puede crear cuerpos vivos?

HELENA

El Éter, que te dio una esposa obra de los dioses.

MENELAO

¿Pero qué dios la formó? Inaudito es lo que dices.

HELENA

La artificiosa Hera, para que no me poseyese Paris.

MENELAO

¿Y cómo habías de habitar a un tiempo aquí y en Troya?

HELENA

Mi nombre puede estar en muchas partes, no mi cuerpo.

MENELAO

Déjame en paz, que bastantes desdichas me afligen.

HELENA

¿Me abandonarás, llevándote esa vana imagen?

MENELAO (_haciendo ademán de irse_).

Adiós, pues, porque eres semejante a Helena.[337]

HELENA

¡Ay de mí! ¿Encuentro a mi marido para perderlo?

MENELAO

Los grandes males que allí sufrimos me hacen más fuerza que tus razones. (_Aléjase_).

HELENA

¡Ay de mí! ¿Quién más desventurada? Los que más amo, me abandonan; nunca volveré ya a la Grecia ni a mi patria.

EL MENSAJERO (_que se acerca a Menelao desde la extremidad de la orquesta_).

¡Oh Menelao!, buscándote vengo por orden de tus compañeros, y con trabajo te hallo después de andar vagando por esta tierra bárbara.

MENELAO

¿Qué sucede? ¿Acaso os han robado los bárbaros?

EL MENSAJERO

¡Sorprendente maravilla!; lo que vengo a decirte es superior a toda expresión.

MENELAO

Habla, que tu traza me anuncia alguna novedad importante.

EL MENSAJERO

Has de saber que tus innumerables trabajos han sido infructuosos.

MENELAO

Deploras antiguos males; pero ¿qué me anuncias de nuevo?

EL MENSAJERO

Tu esposa se ha desvanecido en los aires, desapareciendo de la vista de los hombres, y se ocultó en el cielo, abandonando la sagrada cueva en donde la guardábamos. Solo pronunció estas palabras: «¡Oh míseros frigios y griegos, que por mi causa y por engaño de Hera[338] habéis muerto a las orillas del Escamandro, creyendo falsamente que Paris poseyese a Helena! Yo, después de estar allí el tiempo que me convino, cumplido el fatal decreto, vuelvo al aire que me formó; infame, sin razón, es el nombre de la mísera hija de Tindáreo, libre de toda culpa». (_Acércase Helena mientras habla, y al verla dice así_): Salve, ¡oh hija de Leda!; ¿estabas aquí? Yo hablaba de ti como si te hubieses refugiado en los astros, ignorando que fuese tu cuerpo aéreo fantasma. No te reconvendré, pues, de nuevo por los infructuosos trabajos que Menelao y sus aliados en la guerra sufrieron junto a Ilión.

MENELAO

Vamos, así es; tus palabras convienen con las de esta, y por lo visto son verdaderas. ¡Oh día deseado, que te vuelve otra vez a mis brazos!

HELENA

¡Oh Menelao, el más querido de los hombres!; larga ha sido nuestra separación, pero al fin llegó la hora deseada. Alegre, ¡oh amigos!, recobro a mi esposo, y lo abrazo con cariño, después que el sol ha contemplado por tanto tiempo nuestro duelo.

MENELAO

Y yo a ti; teniendo tanto que decirte, no sé por dónde empezar.

HELENA

Grande es mi gozo, y parece que mis cabellos saltan de placer, y al mismo tiempo lloro; con mis brazos ciño tu cuerpo, para disfrutar de este deleite, ¡oh esposo!

MENELAO

¡Oh momento deseado! Ya no me quejo de la fortuna; ya poseo a mi esposa, la hija de Zeus y de Leda; feliz, sí, feliz en otro tiempo, cuando te acompañaron llevando antorchas los jóvenes de blancos caballos, los hermanos gemelos; pero los dioses me abandonaron, arrebatándote de mi palacio.

HELENA

Más feliz es mi suerte ahora que antes; por obra del cielo en bien se ha convertido tu naufragio infortunado, ¡oh esposo!, y, aunque tarde, volvemos a juntarnos; ¡ojalá que esta dicha sea duradera!

MENELAO

Lo será, sin duda; tus deseos son los míos, como ha sido igual nuestra desventara.

HELENA

Amigas, amigas, no deploremos nuestros antiguos males, que ya cesó mi duelo. Ya poseo, ya poseo a mi esposo, a quien esperaba, sí, a quien esperaba, a su vuelta de Troya, al cabo de muchos años.

MENELAO

Ya me ves, y yo a ti, que he sufrido trabajos inolvidables, hasta que al fin descubrí con pena los artificios de la diosa. Mis lágrimas de alegría me consuelan más que me afligen.

HELENA

¿Qué diré? ¿Qué mortal podría esperarlo nunca? Contra lo que pensaba, te oprimo ahora contra mi pecho.

MENELAO

Y yo a ti, cuando creía que habías ido a la ciudad idea y atravesado las míseras murallas de Ilión. Por los dioses, ¿cómo saliste de mi palacio?

HELENA

¡Ay, ay de mí! ¡Exordio acerbo deseas oír! ¡Ay, ay de mí! ¡Acerba narración quieres escuchar![339]

MENELAO

Habla, que los beneficios de los dioses deben publicarse.

HELENA

Contrístame, en verdad, cuanto voy a decirte.

MENELAO

Pero dilo, sin embargo; es grato recordar los trabajos que hemos pasado.

HELENA

No subí al tálamo[340] de ningún joven bárbaro llevada por remo volador o en alas del deleite de ilícitos goces.

MENELAO

¿Qué dios, qué hado te alejó de tu patria?

HELENA

El hijo, el hijo de Zeus, ¡oh esposo!, me trajo al Nilo.[341]

MENELAO

Maravíllame lo que dices. ¿Quién lo envió? ¡Oh palabras inauditas!

HELENA

Lloro, y las lágrimas humedecen mis párpados; la esposa de Zeus me perdió.

MENELAO

¿Hera? ¿Qué males quería causarte?

HELENA

¡Ay de mis penas, ay de las fuentes en donde se lavaron las bellas diosas antes del juicio!

MENELAO

¿Mas por qué Hera lo convirtió en daño tuyo?

HELENA

Para arrancarme del poder de Afrodita...

MENELAO

¿Cómo, di?

HELENA

Que había prometido entregarme a Paris.

MENELAO

¡Oh desventurada!

HELENA

¡Desventurada, desventurada! Por eso me trajo a Egipto.

MENELAO

Y, según aseguras, en tu lugar dejó una imagen tuya.

HELENA

¡Ay de las calamidades, ay de las calamidades de mi familia! ¡Ay de mí, madre mía!

MENELAO

¿Qué dices?

HELENA

Mi madre no existe; por causa mía, deshonrada por mi vergonzoso himeneo, se ahorcó en funesto lazo.

MENELAO

¡Ay de mí! ¿Vive acaso mi hija Hermíone?

HELENA

Sin esposo, sin hijos, ¡oh marido mío!, llora avergonzada mi fatal enlace.

MENELAO

¡Oh Paris, que no dejaste piedra sobre piedra de mi palacio! He aquí la causa de tu ruina y de la de muchos millares de griegos, armados de bronce.

HELENA

Un dios me separó de mi ciudad y de ti, sin apiadarse de mi pena, consagrándome al infierno, por abandonar mis lares y mi lecho en demanda de torpe himeneo, cuando verdaderamente nada de esto hice.

EL CORO

Si en adelante os es propicia la fortuna, podrá mitigar vuestros pasados males.

EL MENSAJERO

Déjame, ¡oh Menelao!, gozar también de este placer, aunque no entienda lo que sucede.

MENELAO

Toma también parte en nuestro diálogo, ¡oh anciano![342]

EL MENSAJERO

¿No fue causa esta de los trabajos que sufriste en Troya?

MENELAO

No, que los dioses nos engañaban con una imagen funesta, formada de nubes.

EL MENSAJERO

¿Qué dices? ¿Sufrimos vanamente tantas penalidades por una nube?

MENELAO

Obra de Hera, efecto de la discordia de las tres diosas.

EL MENSAJERO

Pero esta, mujer verdadera, ¿es acaso tu esposa?

MENELAO

Sí; no lo dudes.

EL MENSAJERO