Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
* Los errores de imprenta han sido corregidos.
* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.
* Las rayas intrapárrafos han sido espaciadas según los modernos usos ortotipográficos.
LA OPINIÓN AJENA
DEL MISMO AUTOR
(PUBLICADAS POR ESTA CASA EDITORIAL)
NOVELAS
EL OTRO (segunda edición). LA CITA.
EDUARDO ZAMACOIS
LA OPINIÓN AJENA
(NOVELA)
[Ilustración]
RENACIMIENTO SOCIEDAD ANÓNIMA EDITORIAL Calle de Pontejos, núm. 3, 1.º MADRID
Es propiedad.
Queda hecho el depósito que marca la ley.
Establecimiento tipográfico, Campomanes, 4.
LA OPINIÓN AJENA
I
Contra su costumbre, aquella mañana don Higinio Perea se levantó tarde. Le despertaron las nueve argentinas campanadas del reloj del recibimiento, el testarudo piar de los pollitos que correteaban por el patio, entre el verde terciopelo de las macetas, y el rayo de sol otoñal tendido en la penumbra del dormitorio como un florete de similor. Por dos veces don Higinio bostezó ruidosamente; después encendió un cigarrillo, y mientras fumaba acarició la posibilidad de que le hubiese tocado la lotería. Luego, ágilmente, saltó fuera del lecho, ciñose unos raídos calzones, deslizó sus pies desnudos en unas pantuflas amarillas y, chancleteando, aproximose al armario de luna. A pesar de la holgachona indulgencia con que cada individuo a sí propio se reconoce y aprecia, su talle carnoso, demasiado esferoidal para la cortedad de su estatura, no le satisfizo. La grasa le aviejaba; treinta y seis años había cumplido en agosto y representaba cuarenta. Era pescozudo, ancho de espaldas, rollizo de brazos y de piernas; y además, el vientre, aquel vientre duro, redondo, dilatado por el trajín expansivo de las digestiones laboriosas, abandonado siempre a sí mismo en la amplitud cómoda de los pantalones sujetos con tirantes...
—Estoy convirtiéndome en un verdadero mamarracho —murmuró.
Lo dijo fríamente, cruelmente, con esa ruda y leal honradez que usan los hombres cuando están solos. Se miró de frente, de perfil; suspiró...
—¡Cómo ha de ser!...
Aquel espejo, ante cuya luz, catorce años antes, se había endosado su levita de boda, era inexorable en sus afirmaciones, como una conciencia hecha cristal. Y la conciencia, a veces, tiene la franqueza bárbara del sol. Don Higinio examinó su coramvobis abermejado, noble y mollar; sus dientes caballunos, descarnados, pajizos, bajo el bigote frondoso y áspero; sus cabellos negros, cortados al rape, entre los cuales algunas canas se erguían como agujas de plata; sus cejas peludas y fuertes; sus ojos de un azul claro: ojos grandes, candorosos, buenos, en los que parecía flotar una tristeza de hazañas incumplidas o el dolor de algún alto destino no realizado...
Pero tales desmoronamientos y resquebrajaduras carecían de gravedad sustantiva. Allí lo único importante era el desarrollo incipiente de su barriga oronda, caricaturesca, sobre cuya tersura feliz no habían gemido nunca las hebillas opresoras de ningún cinturón.
—Tendré que hacer gimnasia —pensó.
Ordinariamente calzaba botas rústicas de cuero y vestía trajes de pana confeccionados por Antolín, el mejor sastre de Serranillas, y prefería, sin embargo, las elegancias jerarcas del charol y del frac; adoraba el deporte sedentario y comodón de la pesca, y hubiera querido ser cazador y alpinista; descuidaba su belleza y era grande y romántico admirador de la ajena; tenía los valimientos necesarios para ser la figura más notable del pueblo, y procuraba vivir oscurecido; amaba a su mujer, a la cual ni siquiera una vez había traicionado, y persistía en él, no obstante, una especie de coquetería inocente, un deseo pinturero, limpiamente artístico y como a flor de piel, de ser agradable a las muchachas; no esperaba nada, y la llegada del cartero producíale diariamente intensa alegría; no era capaz de matar una hormiga y llevaba consigo siempre un cuchillo de monte. Y este leve desequilibrio interior, este sigiloso desacuerdo entre la voluntad y la imaginación, entre el ademán y el pensamiento; esta callada y sostenida disonancia entre lo que era y lo que hubiera querido ser, llenaba toda la psicología y perfilaba todo el carácter noblote, ecuánime y fantasioso a la vez de don Higinio.
Muy entonado, muy rígido, tieso como en un pedestal sobre la amarillez de sus pantuflas, don Higinio Perea repitió algunas flexiones de brazos. Era necesario ser joven, ser ágil, reprimir el grosero incremento de su bandullo, destruir el tejido adiposo donde, a traición, los males fermentan: para ello realizaría largas excursiones a pie, compraría una escopeta...
En el patio resonó imperativa la voz de doña Emilia, la esposa de don Higinio, llamando a su hermana.
—¡Teresa!... ¡Teresa!...
Y había en la brevedad impaciente con que las sílabas de este nombre fueron pronunciadas un indecible aceleramiento, una loca vehemencia de angustia. Hubo después bisbiseos ininteligibles, murmullos de regocijo y agonía, inquietud de pies infantiles, palabras jubilosas, interjecciones, frases de hiperbólica salutación y agradecimiento a los poderes celestiales. A dúo doña Emilia y Teresita improvisaban una jaculatoria fervorosa y vibrante:
—¡Gracias, San Antonio bendito!... ¡Virgen de la Salud, Madrecita mía, que el Señor te lo pague!...
Doña Emilia gritaba en tiple, Teresita en soprano, y a sus voces apremiantes uniose el estridente vocerío de los niños. Anselmito, el primogénito, exclamó:
—¡Hay que decírselo a papá!...
La ocurrencia tuvo la eficacia de una orden: fue un revuelo de faldas, de pisadas diligentes, de cuerpos que rozaban las paredes y se manchaban de cal al apretujarse en la estrechez de los pasillos.
Al principio, don Higinio Perea estúvose quieto, un tanto sobresaltado, pero sin que su alboroto le determinase a la acción; en el tedio sempiterno de su vida, de su existencia sin altibajos, emborronada en la uniformidad del mismo apacible color, no concebía que pudiese ocurrir nada insólito. No obstante, proyectando una sombra perpleja sobre la bondad de los ojos azulinos, sus cejas densas se contrajeron: aquel apasionado hablar, aquella bulliciosa alegría de enjambre, aquel estremecimiento de domingo...
Iba hacia la puerta cuando esta, con recio ventoleo, se abrió de par en par. Doña Emilia, su hermana Teresa, los tres niños, Vicenta la cocinera, el ama de llaves, las dos azafatas que asistían a la mesa, el jardinero, estaban allí. La esposa de don Higinio, roja de emoción, avanzó la primera, tremolando victoriosamente un número de _El Faro_.
—¡Nos ha tocado la lotería! ¡Higinio de mi alma, Dios ha venido a vernos!...
Perea balbuceó:
—¿Nos ha tocado la lotería?...
La sorpresa producía en su ánimo sedentario el efecto del sueño; lejos de despabilarle, le amodorraba, y entumecía el entendimiento. Tomó el periódico que su mujer le ofrecía y no pudo leer. De pronto experimentó en las rodillas una gran flaqueza, una especie de íntimo temblor, y hubo de sentarse sobre el objeto que halló más próximo: un arcón roblizo, que crujió bajo sus anchas posaderas. Momentáneamente el buen hombre permaneció alelado, la boca lacia y estúpida, las piernas colgantes, las babuchas suspendidas de los pulgares de los pies...
Recobrándose un poco, buscó en _El Faro_ la ratificación de su buena ventura.
—¿Nuestro número es el siete mil cuarenta y cinco? —preguntó.
—Sí.
Perea miró el sitio donde estaban los diferentes siete mil agraciados por la suerte. Doña Emilia exclamó colérica, celosa de que nadie dudase de su fortuna:
—¡No es ahí, tonto, más que tonto!... Si tenemos un segundo premio...
—¿Un segundo premio?...
El asombro había convertido a don Higinio en eco.
—Sí, mira bien; aquí está; aquí... Siete mil cuarenta y cinco... ¿Ves?... Siete mil cuarenta y cinco; cien mil pesetas.
—¡Cien mil pesetas! —repitió don Higinio absorto.
—¿De las cuales —agregó Teresita— le corresponden a don Gregorio Hernández cincuenta mil?...
—Cincuenta mil —afirmó Perea.
Teresita interpeló a su hermana:
—¿No te lo dije?... ¡Si había comprado el número a medias con el médico!...
—A medias —musitó don Higinio.
Doña Emilia, tan hacendosa, tan defensora de lo suyo, aguijoneada en aquellos momentos por la codicia, dardeó sobre su esposo una ojeada homicida.
—Es tonto; no sabe ir solo a ninguna parte.
Don Higinio asintió con la cabeza; tu mujer tenía razón: él «no sabía ir solo a ninguna parte». Un impreciso malestar le invadía, una especie de calor que le abarcaba desde la nuca a las sienes, una sensación invasora de plétora que le congestionaba y aturdía, cual si dentro de su cerebro acabara de introducirse una idea demasiado grande. Así estábase coartado, las manos inactivas sobre la blandura de los muslos rollizos y cortos; sus pantuflas habían caído al suelo, y los morenos pies oscilaban en el aire, huesudos y grotescos. A su alrededor, sus familiares componían un grupo expectante y risueño: los criados cuchicheaban bajo el dintel de la puerta; Teresita y doña Emilia se habían abrazado cual si necesitaran favorecerse mutuamente para resistir el choque de una dicha tan impensada y crecida; Anselmo y Carmencita sonreían ante un Eldorado de juguetes.
—A mí me comprarán un sable.
—Yo quiero una muñeca y un pliego de calcomanías...
Joaquinito, el menor de los hermanos, había ido acercándose poco a poco a su padre y le observaba atentamente, metiéndose hasta la primera falange un dedo en la nariz.
Una voz clarineante, timbrada nerviosamente por el júbilo, resonó en el patio:
—¿No hay nadie en casa?...
Todos la reconocieron: era doña Lucía, la esposa del médico. Don Higinio reaccionó súbitamente; comprendía la ridiculez de su actitud; acababa de verse barrigón, en camiseta y sin pantuflas, encaramado sobre el arcón como en un altar.
—No la dejéis entrar —exclamó levantándose de un salto—; vendrá a hablar de la lotería; yo necesito vestirme...
Seguida de su prole doña Emilia escapó, empujando a su hermana; los criados salieron delante.
—¡Estamos aquí, Lucía, estamos aquí!...
Perea cerró la puerta, y acercando un oído al agujero de la llave púsose a escuchar. Las mujeres se abrazaban, se besuqueaban apasionadamente, y su nerviosidad era tan pronto risa estridente como gozoso llanto: fue una algarabía ornitológica, una trepidación de golpes, de taconeos, de muebles removidos. De súbito doña Lucía sintiose indispuesta; empezó a suspirar: era la emoción, quizás el corsé...
Teresita gritaba:
—¡Que traigan vinagre!...
Y doña Emilia:
—¡Mejor es el azahar!... Ahí, en el comedor, está la botella. ¡Vicenta, Julia, ayuden aquí!...
Hubo voces belísonas, jadeos, empellones, carreras, y luego un silencio y el roce de algo muy pesado. Indudablemente, entre todas las mujeres se llevaban a doña Lucía hacia las habitaciones interiores de la casa, y como la señora de Hernández era muy altona y opulenta no pudieron tomarla bien en brazos, y sus pies inertes iban arrastrando por el solado. Después, casi de súbito, cual si acabasen de cerrar una puerta, el ruido decreció; la algarabía trocose en murmullo. Don Higinio, sonriendo, dejó su observatorio.
—Sería gracioso que a mí también me diera un ataque de nervios...
Pero, ¡quia!, no había cuidado; él era fuerte. No obstante, sentía miedo, un raro temblequeo interior que parecía enfriarle el estómago y le aceleraba el pulso. Terminó de lavarse, se puso otro pantalón y con el recién quitado, viejo y muy traído, se frotó las botas. Esparrancado ante el espejo, los tirantes colgando sobre los fondillos, iba anudándose la corbata, absorto, indeciso, vapuleado por un oleaje de jamás conocidas emociones. Sentíase desarraigado, desposeído del sereno dominio que tuvo siempre sobre sí mismo. No era porque necesitase aquellos diez mil duros con que la suerte, loca y próvida, acababa de exornarle el bolsillo: sus asuntos marchaban ricamente; su mina de Serranillas y las heredades que poseía en otros pueblos de Ciudad Real le rendían anualmente mucho más de cuanto él, emperezado y metódico, hubiera podido gastar; las dos cosechas últimas fueron excelentísimas, cual si la lluvia y el sol hubiesen maniobrado de acuerdo para lozanear los trigales y madurar la uva; a su muerte sus hijos serían terratenientes por valor de más de ciento treinta mil pesetas cada uno...
Aquel recóndito alboroto que su ánimo desinteresado y artista no acertaba a clasificar bien, reconocía orígenes de otra muy noble y alquitarada raigambre espiritual. Era, sencillamente, lo Imprevisto, la Incógnita anónima y sin perfil que su alma ingenua esperaba desde que sus dieciocho años le dieron, con el primer ensueño, el zumo voluptuoso de la primera melancolía; el Azar farandulero, la alondra de la Ilusión, la bruja Aventura que le salía al camino, un antifaz sobre los ojos y una canción sobre los labios. ¡La lotería!... Perea no podía admitir que diez mil duros, ganados así, de sopetón, no fuesen motivo sobrado para desquiciar una existencia tan suave, mansurrona y encarrilada como la suya. Detrás de aquel segundo premio, que haría palidecer de envidia a la sociedad más apersonada y lucida de Serranillas, algo nuevo, muy grande, muy trascendental, le acechaba: quizás un largo viaje, acaso una mujer...
Don Higinio concluyó de vestirse; se atusó pulcramente las guías rebeldes de su bigote; colocose su sombrero de fieltro blando, color café, más inclinado que de ordinario, sobre la oreja izquierda; tosió fuerte, estirose los puños de la camisa y, pisando con majeza y aplomo, salió del dormitorio. Iba feliz. Los hombres son como los días: hay siempre en la historia de aquellos un momento de máxima ventura, de suprema prosperidad, semejante a esos segundos de plena luz en que el sol toca al meridiano. Don Higinio acababa de comprenderlo así; por primera vez en el fastidio de su vida llana y uniforme, eran las doce.
Llegó al comedor: habitación espaciosa, alegre, con su larga mesa familiar cubierta por un hule blanco, su sillería vienesa de rejilla y dos ventanas abiertas sobre la luminosidad reverberante de un jardín. Allí estaban doña Lucía, ya vuelta y casi olvidada de su ataque; doña Emilia, Teresa y doña Benita, la esposa de don Cándido, el boticario. La aparición de don Higinio fue saludada con un jubiloso garbullo de risas y cordialísimas frases de salutación, enhorabuena y alabanza. Doña Lucía se permitió abrazarle: era una mujerona de carnes exuberantes y apretadas, recia de voz y de ademanes, colorada, saludable y vehemente, cuyos negros ojazos de harén siempre estaban húmedos.
—Es usted el hombre de la dicha —exclamó—, y mañana, en Ciudad Real, será usted «el hombre del día». Bien dicen que el dinero tira del dinero, y que los bienes, como los males, siempre van en traílla. ¿Pero qué le ha hecho usted a la suerte para que le quiera tanto?...
Doña Emilia intervino:
—Pues, ¿y tú?...
—¡Es verdad! Mi pobre Gregorio está como loco; hoy no receta. Cuando leyó en el periódico que el siete mil cuarenta y cinco había obtenido el segundo premio, se quedó blanco como un muerto. ¡Figúrense ustedes!... Aquí se puede decir: ¡Cincuenta mil pesetas!... Es la primera vez que vamos a ver tanto dinero junto.
Don Higinio permanecía aturrullado, sin palabras que oponer a la ardiente filatería de su interlocutora. Al cabo declaró que iba a afeitarse. Estaba rojo y un ligero mador bruñía su frente. Doña Emilia se levantó para manosearle las mejillas.
—¿Te sientes mal? Me parece que sí... ¿Quieres beber un poco de tila?...
Perea sonrió baladrón. ¡Ni que fuese una señorita! Aseguró hallarse tranquilo, ecuánime, dueño absoluto de sus nervios; para mayores emociones estaba templado su ánimo. Además, no convenía abandonarse al regocijo sin poseer la definitiva certidumbre de la fausta nueva. Aquellas cien mil pesetas adjudicadas, según el periódico, al número siete mil cuarenta y cinco, podía ser un error de imprenta.
—Eso mismo pensamos nosotros —interrumpió doña Lucía—, y ya Gregorio ha telegrafiado a Madrid pidiendo informes. Hoy recibiremos contestación.
Don Higinio saludó a su amiga con una cariñosa palmadita en el hombro, dio la mano a doña Benita, agradeciendo sus parabienes con frases urbanas, y salió a la calle. Eran las once. Parsimoniosamente, encaminose a la peluquería de Nicanor. En la esquina saludó al cura don Tomás Murillo, que volvía de la iglesia: un hombre alto, muy delgado, muy pálido y muy bueno.
—Ya me lo han dicho, don Higinio; de salud sirva...
—Gracias, don Tomás..., y que usted lo vea.
Siguió adelante, muy terne. Desde una ventana, Manolita, la esposa de Pepe Martín, el carpintero, le siseó con una cordialidad amistosa llena de afecto.
—¡Don Higinio!...
—Hola, mujer.
—¡Ya lo sé! ¡Que sea enhorabuena!...
—Gracias, recuerdos...
Al pasar por delante del Casino, Julio Cenén, secretario del Ayuntamiento y varios amigachos suyos, acudieron diligentes a saludarle. Perea se dejó regalar y luego obsequió generoso a los que le habían convidado. Así, invitando unas veces y comprometido otras a beber, trasegó nueve o diez copitas del mejor aguardiente que producen las destilerías famosas de Cazalla, con lo que su carácter, habitualmente mustio y reservón, adquirió una verbosidad muy picante y simpática. Cuantas personas le veían se apresuraban a felicitarle. Don Higinio estaba asombrado; conocida la envidia social, jamás hubiese creído que una buena noticia pudiera divulgarse tan pronto; sin duda era el deseo que los hombres tienen de mortificarse unos a otros, refiriéndose la dicha ajena, lo que la servía de vehículo.
Acompañado de Cenén, prosiguió hacia la peluquería su camino; una verdadera marcha triunfal: desde los zaguanes y en los comercios, parados sobre los mostradores, mujeres y hombres le saludaban. El alarife don Nicolás salió de la zapatería, donde estaba probándose unas alpargatas, a darle la mano.
—Eso de echar de largo, don Higinio, no está bien. A la noche nos veremos en la fonda de Justo y tendrá usted que convidarme...
En la plaza, don Cándido Recio, parado ante la puerta de su botica, mostrando su vientre petulante y jocundo más redondo que el globo de bermejo cristal que regocijaba de noche el empolvado escaparate de la farmacia, también le reverenció y festejó tremolando un pañuelo. Llegó a la peluquería. Nicanor dejó la navaja que afilando estaba contra un suavizador, y acudió a estrecharle las manos. Él era uno de los vecinos de Serranillas que primero tuvo conocimiento de la fausta noticia; la supo minutos después de llegar el correo de Madrid por boca de Pablo el ciego.
—Piensa visitarles a usted y a don Gregorio —agregó—; porque, según parece, fue él quien les vendió el número premiado.
—Efectivamente.
Don Higinio ocupó uno de los dos sillones que había en el establecimiento. Cenén se marchó a despachar diligencias urgentes que Arribas, el notario, le había encomendado. Nicanor, arrastrando sus zapatillas en chanclas, se acercó a Perea.
—¿Afeitamos, don Higinio?
Y como este hiciese un gesto afirmativo, Nicanor prosiguió:
—¿Damos el jabón con brocha o a mano?... Mi opinión, ya la conoce usted: estoy por lo antiguo; la brocha, como dice don Gregorio, será más limpia, más higiénica; pero la mano trabaja la barba mucho mejor.
—Pues... ¡como usted quiera!
—Entonces, a mano.
Era un viejecillo que ovillaron el trabajo y la edad, y cuya cabeza reducida y peliblanca, alargada por una barbilla quijotesca, movíase con temblor de epilepsia a un lado y otro, como si el largo espectáculo de todo lo hediondo, de todo lo ruin, de todo lo injusto que había visto en la vida, hubiese enseñado a sus pobres nervios aquel ademán de reprobación. Nunca se movió de Serranillas. La mayoría de los mozos estaban abonados a su establecimiento, y por un duro al año tenían derecho a un afeitado semanal, por cuanto este les costaba diez céntimos y aún salían beneficiados en dos servicios. Su clientela era numerosa; todas las cabezas que conoció jóvenes fueron blanqueando bajo sus tijeras; veinte años atrás, el mismo don Higinio había dejado sobre la navaja de Nicanor el terciopelo inocente de su primera barba.
De aquel episodio el buen Perea se acordaba aún: fue un domingo, después de misa mayor, mientras su padre y otros vecinos de viso iban a la estación a recibir al señor gobernador de Ciudad Real. ¡Cuántos años huyeron desde entonces! Por señas que la peluquería, con su largo espejo sin marco y sus paredes enjalbegadas, adornadas de cromos chillones, no había cambiado. Ahora, adormecido bajo los sobajeos rítmicos y suaves del barbero, don Higinio, los ojos medio cerrados y los soplados carrillos cubiertos de jabón, veía pasar su historia: una de esas vidas horizontales que, por muy dilatadas que sean, se abarcan de una sola mirada, como las llanuras.
Si la dicha es aquel difícil estado de beatitud espiritual producido por la venturosa simultaneidad y ayuntamiento de una recia salud, de una familia honorable, numerosa y bien avenida, y de rentas pingües y seguras, don Higinio Perea tuvo a mano cuanto hubiese podido menester para ser dichoso. Acaso por esto mismo no lo fue del todo, que la felicidad, con aquella quietud y radical cesación de apetitos que trae consigo, empacha como la miel y produce una especie de sofoco íntimo, muy semejante a la congestión. Todo hombre, aun el más sencillo, es paradójico. Así, cabalmente, porque era muy feliz don Higinio considerose siempre un poco desgraciado. El deseo no es solamente algo adjetivo, inseparable del objeto que lo provoca y merece, sino que suele también producirse de modo espontáneo, en cuyo caso su impulso es el más truculento y aflictivo de todos, pues no adquiere orientación fija ni hay medio, por consiguiente, de definirlo. ¡Desear!... Pero, «desear» ¿qué?... A la agonía sedienta del sujeto ninguna realidad aplacadora responde; querer... y no saber lo que se quiere; anhelar... y que ese anhelo roedor carezca de nombre; sentir en lo arcano de la conciencia un flujo de energías y no poder encauzarlas y llevarlas al goce de la acción. ¡Desear!... Es un infinitivo que destriza las almas, las enerva, las entumece, las viste con harapos de aburrimiento, las infiltra ese horrible frío espiritual, peor que el de la nieve, que ningún termómetro podría medir, y unas veces se resuelve en egoísmo feroz, y otras en suicidio.
Don Higinio, a pesar de su empaque cordial y rollizo, padecía esa inquietud romántica. Don Salvador, su padre, uno de los caciques más adinerados de aquel sexmo, había nacido en Serranillas; su abuelo, don Huberto, también, y ambos fueron labradores laboriosos y de costumbres comedidas. Su madre, doña Pastora Alcañiz, era natural del inmediato pueblo de Almodóvar del Campo, y su familia de las más acomodadas y queridas de la región, tanto que cuando doña Pastora y don Salvador unieron santamente sus voluntades ante el altar, la fiesta adquirió visos de holgorio público, y como los padres de los contrayentes regalasen a sus Ayuntamientos respectivos mil pesetas para los pobres, hubo música en la plaza, fuegos artificiales, bailes, columpios, carreras de burros y otros divertimientos rústicos y sencillos a los que concurrió todo el mocerío de ambos pueblos.
Si conocido y apreciado era el linaje de los Perea, de Serranillas, no menos valimiento, estimación y notoriedad tenían los Alcañiz, de Almodóvar. Ni una línea de bastardía, ni una acción vituperable, ni siquiera un rumor de galantes andanzas, ensombrecía la limpia progenie de aquellas dos familias que supieron mantenerse ajenas a cuantos desastres civiles asolaron a España durante la última centuria, y donde todas las mujeres fueron devotas, caseras y fecundas, y los hombres trabajadores y nada aficionados a emprender viajes ni a correr peligros. La honradez más escrupulosa, el culto al hogar, la fidelidad, la economía, el orden, el miedo burgués al porvenir, vinculados aparecían a la historia de ambas desde muy antiguo. La de los Perea, especialmente, anquilosada a lo largo del tiempo por la secular monotonía pueblerina, perpetuaba de generación en generación, con el mismo tipo moral, la misma figura. Don Higinio se parecía a don Salvador, como este se asemejó a don Huberto, como don Huberto fue el asombroso trasunto de don Miguel, su padre, cuyo retrato al óleo honraba la Sala capitular de aquel Ayuntamiento; de unos en otros repetíase la primitiva cabeza crecida y redonda, el coramvobis placentero, ingenuo y canonjil, el pestorejo magro, el cuerpo cuadrado y ventrudo, sin alborotos nerviosos, sin arbitrariedades ni crispamientos de pasión, cual sumido en esa dulce modorra que extiende la grasa sobre los caracteres.