Part 9
La francesita, ante un espejo, volvió a colocarse sobre la alborotada gracia de sus cabellos la gorrilla que se había quitado al entrar; su instinto práctico la decía que junto a un hombre preocupado con su equipaje y ante una cama cubierta de cachivaches frágiles y de sombreros de señora, nada tenía que hacer. Todo había concluido; como si entre ella y don Higinio acabaran de levantarse los Pirineos...
Para despedirse, la señorita Enriqueta recobró su seriedad; volvió a hablarle de usted.
—Bien; le deseo un buen viaje, y si vuelve usted a París espero se acuerde de mí. Ya sabe usted mi nombre y mis señas...
Don Higinio la interrumpió precipitadamente:
—Sí, sí; calle de Rougemont, número diez, muy cerca de los grandes bulevares...
Le horripilaba la idea de que la joven fuese a darle otra tarjeta. La escena era trivial, con una trivialidad rayana en lo ridículo, y, sin embargo, tenía intensidad emotiva, era punzante, removedora, como todas las despedidas, parodias de la muerte. Además, el desorden del dormitorio añadía al momento un interés decorativo muy apropiado: algo de hogar deshecho, de nido frío, de altar roto en pedazos...
La señorita Enriqueta había abierto su cartera de mano: de ella sacó un espejito, una polverita, un peine minúsculo. Parecía contrariada.
—Necesitaba cumplir varios encargos y no llevo dinero. ¿Me paga usted un coche?
Don Higinio, magnánimo, la entregó dos luises.
—Toma —dijo— para que adornes una pulsera.
Y se separaron. Demasiado se le alcanzaba al noble manchego que aquel dinero iría a parar derechamente a las puercas manos del intérprete. Pero a él, ¿qué le importaba? Si la señorita Enriqueta quería pagar las borracheras de ajenjo de su viejo amante... ¡ella allá!... Don Higinio ya no sentía celos; sobre la ligera herida que en su amor propio dejaron las palabras indiscretas de Clark, la reflexión había extendido a modo de bálsamo una ecuanimidad tolerante y caballeresca.
Después llamó a un criado y le dio un franco para que le comprase periódicos.
—Aunque los traiga usted repetidos no importa: los quiero para envolver pequeños objetos que aún no están embalados.
El camarero volvió con casi toda la prensa del día: _Le Journal_, _Le Petit Journal_, _Le Matin_, _Le Figaro_, _Le Temps_, _L’Écho de Paris_, _Le Gaulois_, _Le Petit Parisien_, _Gil Blas_... Perea los ojeó rápidamente. Muchos de ellos hablaban en su primera página de un crimen misterioso perpetrado la víspera en una isla del Sena, y publicaban el retrato del muerto. Perea recordó su disputa con el «apache» amante de Leopoldina, y en medio de la pena que le producía volver a España experimentó un bienestar de liberación, una alegría de reo indultado; realmente, vivir en París era una temeridad.
Aquella noche —la última que pasaría en París— don Higinio no salió a la calle: prefería a la frivolidad de lo actual las gravedades enlutadas del recuerdo. Se acordaba de Hernán Cortés y de «su noche triste». ¿No valía París el imperio de Motezuma?... Subió a su habitación y extenuado, así de pesadumbre verdadera como de aquella otra que su imaginación fantaseaba y se atribuía, sentose sobre un baúl. Miraba a su alrededor.
«Mañana, a estas horas —se decía—, estaré muy lejos...».
Intentó llorar, y como no pudiese se pasó un pañuelo por los ojos y se metió en la cama, donde no tardó en empezar a roncar sonoramente.
Al otro día, a media tarde, para tener tiempo de facturar, don Higinio arregló sus cuentas con el dueño del hotel, se despidió de Clark y del señor Francisco, repartió propinas entre los camareros y subió a un coche.
—¡A la estación de Orleáns!...
Llevaba consigo el portamantas, dos maletines y varias sombrereras. Tras él, en un camión, cubiertos por un hule, bajo la lluvia que caía a torrentes, iban sus cuatro baúles abarrotados de obsequios, y metidas en cajones especiales, la pianola del notario Arribas y una motocicleta.
En aquel viaje a través de París don Higinio parecía un rey mago.
V
Cinco años después de regresar de París don Higinio Perea experimentaba la desazonadora impresión de no haberse movido jamás de Serranillas; de tal modo sus antiguos hábitos habían vuelto a ganarle, y tan perfecto fue el ayuntamiento del día en que salió de su pueblo con aquel otro en que volvió a él, que a través del recuerdo entre ambos no parecía caber ni el intervalo brevísimo de una hora.
La restitución del audaz manchego al solar de sus mayores tuvo, durante varias semanas, estrépito y claridades de apoteosis. Don Higinio salió de París muy triste, y su negra pesadumbre le acompañó al trasponer la frontera y sobre el dolor de las llanuras castellanas: era una amargura de destierro, de paraíso perdido; don Higinio comprendía a Boabdil... Sin embargo, al columbrar nuevamente la iglesia de su pueblo, recibió una perforante emoción de ufanía; luego, según el tren adelantaba, iba reconociendo los semblantes, todos familiares, de las personas que le esperaban en el andén, y cada uno de ellos obtenía de su impresionable corazón un latido alegre. Finalmente, cuando oyó la voz conocidísima, evocadora, de Juan Pantaleón que gritaba, más emocionado y más artista que nunca:
—¡Serraniiiillas, dos minutos!...
Sus ojos se arrasaron en lágrimas y su redondo coramvobis se empurpuró. La multitud le aclamaba; un tonante griterío desgarró el espacio:
—¡Viva don Higinio Perea!...
—¡Vivaaa!...
Allí estaban, en primer término, su mujer, su cuñada, el enorme don Gregorio Hernández con sus robinsónicas barbazas más revueltas que nunca, como si la emoción se le subiese a ellas y las encrespara; don Cándido el boticario; don Tomás Murillo, Julio Cenén, que había cogido en brazos a Joaquinito Perea para que su padre le viese antes que a sus hermanos; el notario, don Jerónimo Arribas; doña Lucía, doña Benita, Pepe Fernández, director de _El Faro_; Gutiérrez, el jefe de Correos, con sus hijas Águeda y Francisca... Y tras ellos todos los socios del Casino, el ingeniero y varios empleados y capataces de su mina, y otras muchas personas curiosas de ver al viajero, de quien últimamente se había hablado mucho y cuyas supuestas andanzas recorrieron el pueblo a expensas de la credulidad paya de los unos y de la desocupación y malicia de los otros. Zarandeado, besuqueado, oprimido, don Higinio, sin tiempo para desembarazarse de su maletín y de la manta en que iba envuelto, se revolvía bajo un enjambre de brazos obsequiosos: todos querían palparle, ofrendarle un testimonio material de su afecto, y al hacerlo le recordaban sus encargos.
—¿Me trae usted mis postales?
—¿Y mis floreros? ¿Qué hizo usted de mis floreros?...
—¡Amigo Perea!... ¿A que se le olvidó a usted mi despertador?...
En la imposibilidad de responder puntualmente a tantas preguntas, el gran hombre repartía apretones de manos, frases de esperanza, sonrisas de asentimiento y parabién. A su alrededor y a propósito de su persona bullían los comentarios. Don Gregorio Hernández le encontraba más grueso; a don Cándido le parecía que no había variado. Agarrada a su brazo, estrechándose contra él enamorada y vagamente celosa, doña Emilia murmuraba:
—Perillán... bien te habrás divertido... Tenemos que arreglar muchas cuentas...
Desmayaba la tarde y en la claridad opalina de su agonía, la curiosidad adornaba de mujeres los balcones; tras las persianas latían ojos avizores; en las puertas de las tabernas la gente se agolpaba. Era la atención unánime, absoluta, de un pueblo, concentrada en un hombre. De este modo, rodeado por una multitud sobre la cual los cuatro grandes baúles que componían el principal equipaje del viajero flotaban como boyas, arribó don Higinio a su casa.
Aquellos primeros días fueron alternativamente de laxitud y de fiebre; a momentos de agitación calenturienta, durante los cuales el repatriado veíase obligado a divertir a cuantos amigos iban a visitarle, describiéndoles detalladamente lo mucho que vieron sus ojos, sucedían intervalos taciturnos de paz. Vaciados los cofres, repartidos los regalos, comentado hasta lo más nimio, amortiguada la curiosidad de todos, don Higinio recobraba su vida. Volvió a dar cuerda a los relojes y a sentir la suave melancolía de las cosas familiares y antiguas. Al principio añoró mucho las comodidades del hotel de los Alpes. ¡Qué lujo, qué refinamientos, qué manera de prever y adelantarse a las menores necesidades del pasajero! Don Higinio hablaba y no concluía: un criado para abrir la puerta, otro dentro del ascensor, doncellas que parecían institutrices, mozos de comedor con frac, guantes y botas de charol, y en cada piso camareros vestidos de _smoking_, ceremoniosos y elegantes como galanes de comedia, que caminaban delante de los huéspedes encendiendo las luces, abriendo a su paso todas las puertas hasta dejarles en sus habitaciones, y retirándose luego tras una respetuosa curvatura de su espina dorsal. Perea suspiraba. Trabajillo iba a costarle restituirse a lo antiguo. Ello constituía el asunto predilecto de sus conversaciones, y a cada momento, para dar a sus frases relieve y prestigio históricos, exclamaba:
—Estos puños que llevo están planchados en París.
Y otras veces:
—El perfume de mi pañuelo lo compré en el bulevar, cerca del café donde iba todas las tardes a tomar el aperitivo...
Lo que más trabajo le costó fue acostumbrarse a tirar de los cordones de las campanillas. ¡Qué abominable atraso el de los pueblos! En su dormitorio del hotel de los Alpes había un timbre pequeñín, de porcelana, colocado en la pared, entre la cabecera del lecho y la mesilla de noche. Bastaba poner un dedo sobre aquel botoncito para que segundos después, cual salido de una caja de sorpresa, apareciese un camarero sonriente, amable y cordial como un diplomático. En cambio, el empleo de la campanilla le parecía indecoroso, especialmente de noche: si se hallaba acostado y a oscuras y necesitaba llamar, había de molestarse sacando un brazo fuera del embozo, buscar a tientas el cordón sobre la frialdad del muro y tirar luego de él, destapándose y despabilándose con el esfuerzo...
También echaba muy de menos la vajilla del hotel de los Alpes, tan fina, tan limpia, y la corrección y rapidez en el servicio de la mesa, y, sobre todo, el arte pulquérrimo de lustrar el calzado. En Serranillas no había criada que supiese embetunar un par de botas. ¡Qué distinto de París!... Perea no podía olvidar su alegría cuando por las mañanas, ante la puerta de su dormitorio, hallaba, dentro de sus botas cepilladas y bruñidas como el azabache, su correspondencia del día y un número de _Le Journal_.
Merced a tales recuerdos, don Higinio, mucho tiempo después de salir de París, continuaba viviendo en París, fumando con fruición el detestable tabaco que en gran cantidad trajo de allí, discurriendo en francés y manteniendo abarrisco la hegemonía de Francia sobre todos los países de Europa.
En su pueblo se ahogaba: le parecía ruin, arcaico, tedioso, y esta carencia de dinamismo espiritual lo achacaba a la monotonía de la alimentación, por obra de la probada influencia que sobre el cerebro tuvo siempre el estómago. Aquel viaje revolucionó sus opiniones políticas y hasta su manera de hablar; su fonética cambió completamente; sin llegar a aprender el francés, parecía haber olvidado el español; las palabras más sencillas y corrientes las pronunciaba cerrando mucho los labios y oscureciendo las vocales cuanto podía. También interrumpíase a la mitad de una frase, titubeando cual si no hallase el verbo o el adjetivo exactos, y la desenlazaba de un modo raro y exótico. Pero estas inocentes supercherías con que esforzábase en dar a su persona un barniz europeo duraron apenas un año. La conversación lugareña de su mujer, los cuidados de sus haciendas, sus cotidianas disputas con aparceros y rabadanes, las horas amables del Casino, todo iba quitándole aquel sutil aroma de cosmopolitismo, y al fin tornó a ser quien era y se hundió en su pasado: fue como piedra caída en un lago tranquilo, cuyas aguas, luego de vibrar unos instantes en círculos concéntricos, se cerraran sobre ella impasibles. Otra vez volvió a sus labranzas, a sus horas solitarias de pesca a orillas del Guadamil, a sus partidas de dominó y a sus caramelos de azúcar en el Casino, y al amor virgiliano de los frutales y de los geranios que medraban en su huerto.
Los tres meses vividos en París no le fueron, sin embargo, totalmente baldíos, que como algo deja de su filo el cuchillo en lo cortado, así guarda siempre el espíritu huellas de las emociones que pasaron por él. Serranillas había cobrado a sus ojos otra expresión más triste, y sus habitantes, aun los de mayor viso, un irritante empaque de vulgaridad y ordinariez que antaño no advertía; su viaje, educándole el gusto, descubriole muchas fealdades, pues suele ocurrir con las personas lo que con ciertos vestidos viejos, que si en la penumbra de la casa parecen bien, fuera, bajo la ruda luz de la calle, son inadmisibles.
De ello nació la imprevista afición de don Higinio a andar solo. Aquel hombre excelente pensaba en París, y a lo largo de las calles de Serranillas, anchas, calladas, en cuya paz algún estudiante de música desgranaba notas de Cramer y de Kalkbrenner, arrastraba, semejante a un ala rota, su melancolía incomprendida de desterrado. A intervalos el férreo tableteo de las herraduras de un caballo, el pregón del lañador o la cadencia monorrítmica con que unos colegiales repetían a coro los números de la tabla de multiplicar; luego nada: solo el eco de sus pasos en la quietud. Todas las casas, de fachadas revocadas de rosa o de azul y de aleros salientes, deshabitadas parecían; pero él sentía que desde las persianas verdes, con verdor de plátano, entre la alegría de las jambas pintadas de blanco, ojos femeninos le espiaban, le seguían, preguntándole, quizás, por su leyenda; y Perea, en quien sus pequeñas infidelidades conyugales agudizaron los instintos aventureros, experimentaba el roce de esa vehemente lujuria pueblerina, excitada por el silencio y la inacción en que la carne de las lugareñas jóvenes se tuesta, y que ardía tras las persianas semejante a un fuego vestal. Don Higinio suspiraba; ahora lo comprendía; ahora que era tarde. ¡Ah, si él veinte años antes hubiese sabido!...
La disposición de su casa le permitía mantenerse aislado. A derecha e izquierda del recibimiento o zaguán empedrado de cantos menudos y pulidos, abocaban las puertas del cuarto destinado a Teresita y a Carmen, y del gabinete contiguo a la alcoba conyugal. Después estaba el patio, adornado de macetas y con un pozo cuya roldana, a impulsos del aire, chirriaba en el silencio. Más adentro hallábanse el comedor, la cocina, la despensa, el ropero, el dormitorio de Anselmo y de Joaquín, y el despacho; una habitación sin otro moblaje que una vieja mesa, media docena de sillas de paja, varios arcones ratonados llenos de papeles y un armario con novelas y libros de agricultura y minería. Estas habitaciones abrían sus ventanas sobre el jardín, grande y bien arbolado. Los cuartos de la servidumbre ocupaban el desván. Los suelos, celosamente aljofifados; los techos, altos, y las paredes, blancas y sin adornos, daban a toda la casa una fuerte alegría de luz.
Don Higinio pasaba largas horas en el gabinete, lejos del rebullicio familiar y meditando en sí mismo. Contrajo la debilidad de suspirar. ¡Era un extranjero en su país! ¡Nadie le comprendía! ¡Estaba tan solo!...
Muchas mañanas cogía un libro, y, acompañado de sus hijos, trepaba bravamente a la cumbre más alta de los montes que parecían oprimir a Serranillas en un cinturón de piedra. Allí, mientras los muchachos jugaban, acomodábase en el suelo, ahincaba su bastón en la tierra, colocaba sobre él su sombrero y miraba el paisaje. La primavera restituía al campo sus temblores de esmeralda y prendía en el aire fragancias de azahares y de rosas. Una fuerte claridad blanca ungía el espacio. Abajo, desde la iglesia a la estación del ferrocarril, siguiendo un plano levemente inclinado, se arracimaba pintoresco el caserío: calles tortuosas, encolados jastiales, tejados bermejos y aquí y allá, como manchas abrileñas, el rectángulo verde de algún jardín. Del pueblo, juntamente con el silencio, voz augusta del valle, se elevaba, parecida a un hervor, el inextinguible charloteo de los pajarillos encelados, y a intervalos, un rebuzno, el clarinear de un gallo o el grito de algún tren minero: silbido flexuoso que tan pronto crecía, como se apagaba tras un vallado para renacer después, según las zigzagueantes evoluciones del camino. Todo orquestaba en el paisaje, bueno y adusto a la vez: los montes, los predios jugosos, las arboledas cubiertas de serpollos lozanos, las minas con sus chimeneas humeantes y sus sólidos edificios de ladrillo, tiznados por el polvo del carbón; los sembrados de patatas y los campos de alfalfa, sobre los cuales el Guadamil, brillando a intervalos, parecía haber diseminado los pedazos de algún espejo roto; y a otro lado, el perímetro circular y amarillento, semejante a un enorme grano de trigo, de la Plaza de Toros, y el paseo donde anualmente se celebraba la feria y conducía a cierta ermita donde la gente piadosa veneraba una imagen de San Rosendo. Miraba don Higinio y del horizonte refluía hacia él, como vaho fatal, una ola crecidísima de tristeza. Allí había nacido y en aquel cementerio lejano cuyos cipreses pequeños, rígidos, se alzaban sobre el suelo jaquelado por las tumbas cual piezas de ajedrez, hallaría desenlace y reposo su oscuro afanar. Don Higinio, trágico en medio de su insignificancia y adocenamiento, resoplaba de dolor con tal brío que sus hijos volvían los ojos para observarle. El menguado sentía gravitar sobre sus sienes, como un amago de congestión, la austeridad litúrgica del silencio: ese terrible silencio campesino, voz de la tierra que invade el alma y así la entumece y reduce a imbecilidad, como la exalta y lleva a la locura. ¡París, las torres maravillosas de Nuestra Señora, el puente de las Artes, bajo el cual vivió tantas horas felices! ¡El intérprete piamontés, el hotel de los Alpes!... ¿Y la francesita del tren? ¿Y madame Berta? ¿Y la pícara Leopoldina con su «apache»? ¿Y la señorita Enriqueta, tan interesadilla y tan formal, tan seria hasta en el instante de desembarazarse de su camisa?... De todas estas imágenes cínicas o triviales recordaba don Higinio y ninguna le sugería rencores. ¡Ah! ¡Y con cuanto gusto hubiese acudido nuevamente a ellas para ser engañado otra vez!...
A última hora, según costumbre añeja, iba al Casino, y al ver la ceremonia con que los porteros le saludaban, parecíale recibir un aliento de Europa y experimentaba bienestar indecible. Después se distraía sabrosamente oyendo mentir a sus amigos. Durante las interminables batallas de dominó, los jugadores inventaban historias, acuchillaban honras, aderezaban con graves salsas de pecado lo más inocente. Todas aquellas invenciones empezaban de igual modo: «Se dice...». La fórmula hipócrita, calumniosa y cobarde corría de boca en boca. Unas veces hablaban de cierto rico tabernero de Almodóvar, conocido por el remoquete de _Tocinico_, que acababa de establecerse en Serranillas y a quien suponían complicado en un negocio de moneda falsa; otras, de la operación que varios médicos de Ciudad Real practicaron a Águeda, la hija mayor del jefe de Correos: el tumor que, según su padre, la extrajeron del vientre, era un chiquillo de don Mariano, el dueño de la herrería. Se comentaban los menores incidentes acaecidos en el transcurso del día, los trajes que las muchachas llevaban al paseo y qué novios rondaban hasta más tarde; y si don Tomás solía dolerse de que no hubiera proporción entre los matrimonios y los bautizos; y si las caderas de Primitiva y de María Luisa, las alegres sobrinas del Juez municipal, eran de carne o de algodón; y como fueron muchas las manos que ora en la calle, ya en la iglesia, aprovechando irreverentes las apreturas de la misa mayor, pellizcaron en ellas, las opiniones estaban divididas. La mayoría, sin embargo, propendía al mal: Julio Cenén obtuvo un éxito cuando dijo que, según el testimonio fidedigno del limpiabotas de la plaza, que las había servido varias veces, tanto María Luisa como su hermanita tenían las pantorrillas muy delgadas...
Luego de cenar, mientras doña Emilia acostaba a los niños, don Higinio, apoyado sobre la barandilla del balcón, hundía sus miradas en la fuliginosa vaguedad nocturna. Desde su casa, situada en la parte más alta del pueblo, se atalayaba bien todo el aspecto del caserío, blanqueando con blancura fantasmal bajo la claridad lechosa de las estrellas. El silencio era tan absoluto, tan denso, que parecía sentirse en la piel. Solo a muy espaciados intervalos, el rumor lontano de un tren, un ladrido vigilante o el grito agorero de las lechuzas. A un lado y cual presidiendo el descanso del villorio, surgía la iglesia con su torre cuadrangular de centenaria reciedumbre, oscurecida por los años y el polvo minero. Aquella torre, en cuyo remate latía un reloj de cuatro esferas, parecía registrar simultáneamente los extremos cardinales del horizonte. Hasta don Higinio llegaba su imperio; era la voluntad del pueblo: tenía la fuerza de una orden, el despotismo de un brazo levantado, la dramática elocuencia de un ¡alerta! dado en la solemnidad de la noche. Bajo el espacio negro, el remate aguileño de la vieja torre recordaba el corvo perfil de una ave maléfica: las esferas, que solo podían verse dos a dos, eran los ojos fosforescentes y circulares, y entre ambas, bruñida por la palidez del misterio astral, una arista semejante a un pico carnicero. En el jamás interrumpido aburrimiento de la existencia lugareña, la torre de la iglesia constituía una obsesión inapelable como una ley: era el timón, la voluntad, la voz que clamaba ordenancista en todos los hogares. Ella despertaba a los hombres y les mandaba al trabajo; ella, al tramontar el sol, les restituía a sus casas; camino del colegio, los muchachos la miraban a hurtadillas. Era la alegría a veces, también el dolor; por lo mismo, su gesto, al reflejarse en las conciencias, tenía expresiones distintas: placentero con quien cumplió su deber, adusto para los que, holgazanes o distraídos, perdieron su jornada.
Don Higinio conocía de memoria estas calladas elocuencias. ¡Torre maga, torre de sugestión y embrujamiento! Sus campanas, que festejaban el amor de los casados y la inmersión de los recién nacidos en las aguas lustrales y gemían piadosas sobre los muertos, parecían las lenguas encargadas de referir al cielo la historia de aquel pequeño mundo olvidado. Ella lo disponía todo: el baile y la oración, la labor y el descanso; su clamor vibraba con voluptuosidades de epitalamio en la carne de las solteras; sus esferas luminosas, donde reía el tiempo, registraban el valle y fulguraban sobre él una amenaza. Solo un rinconcito se sustraía a su dictadura y era el cementerio, el camposanto; asilo de la eternidad ante cuyos muros se detienen las horas, y que a la orgullosa arquitectura de la torre erecta oponía la dócil negación, el inefable reposo igualatorio, de la línea horizontal.
Perdido en estas inútiles y acedas imaginaciones estábase don Higinio largo tiempo, hasta que la voz de doña Emilia, belicosa como un toque de corneta, le volvía a la humilde realidad.
—¡Higinio!... ¿Has cerrado la puerta de abajo? ¿Le diste cuerda al reloj del comedor?
Y luego, con la insolente autoridad del ama de casa abrumada de preocupaciones y deberes, añadía:
—¡Diantre, haz algo!... Debías suponer que yo soy de carne y hueso y no puedo estar en todo.
Él, callado y pasivo, más pasivo que nunca, con el reposo y la noble tristeza de un rey destronado, cerraba el balcón, aseguraba las puertas, soltaba los perros y volvía al dormitorio conyugal. Muchas noches doña Emilia, que tardaba bastante en dormirse, le oía suspirar.