Chapter 23 of 28 · 3912 words · ~20 min read

Part 23

Perea deshizo el tan anunciado paquete de periódicos: eran números de _Le Matin_, _Gil Blas_, _Le Journal_, _Le Figaro_, _Le Petit Parisien_, _L’Écho de Paris_, _Le Gaulois_, amarilleados por la doble acción del tiempo y del polvo; algunos fueron manchados por la humedad. Allí también estaban las botas del héroe; unos brodequines rugosos, torcidos hacia arriba, manchados por el barro de París. Doña Lucía miraba curiosamente, los ojos abrillantados y como ensanchados por ese interés malsano que a los espíritus impresionables y sencillos inspiran los crímenes. El galán del hotel de los Alpes, entretanto, maniobraba parsimoniosamente, seguro de que su mejor discurso y el rendimiento y total sumisión de la amada residían en aquellos papeles.

Abrió un número de _Le Journal_ y señaló un retrato inserto en la primera columna de la segunda plana.

—Aquí le tiene usted —dijo sencillamente.

Ella se inclinó para ver mejor.

—¿Al holandés?

—Sí.

—¡Oh!... ¡Pobre hombre! ¿Míster Ruch, verdad?... ¡Qué miedo!...

La fotografía, hecha probablemente en La Morgue famosa, era la de un mocetón como de treinta años, desnudo de medio cuerpo arriba; el cuello recio y la mandíbula ancha acusaban una gran fuerza física; usaba bigote y tenía los ojos cerrados; en el pecho, inmediatamente encima de la tetilla izquierda, veíase claramente la mancha de una herida enorme. La impresión que aquel despojo humano produjo en la señora de Hernández fue demasiado intensa. Perea la había rodeado el talle con un brazo; ella empezó a temblar; sus dientes castañetearon y fascinada se estrechó contra el héroe.

Don Higinio leyó un epígrafe:

—«El crimen de ayer». ¿Usted comprende el francés?

Doña Lucía no contestaba; él repitió su pregunta:

—¿Usted traduce el francés?

La esposa del médico coordinaba mal sus ideas y tardó en responder:

—Yo, no.

—Es lástima, pues aquí todo está perfectamente explicado y hay detalles muy interesantes.

Continuó leyendo, mientras su índice de gruesos artejos, terminado por una uña ancha y roma, iba señalando en las columnas del periódico como sobre un mapa.

—Vea usted. Dice: «En la isla de la Grande Jatte». «Las primeras pesquisas». «El cadáver no ha sido identificado». «El móvil probable del crimen...».

Desdobló un número de _Le Matin_.

—Aquí está el sitio donde fue encontrado el cadáver.

Suspiró.

—Me acuerdo de él perfectamente: si cierro los ojos me parece verlo aún...

Pero la esposa de Hernández apenas le oía: el muerto, con su bigote lacio y la expresión de dolor y de paz que la agonía dio a su rostro, la fascinaba. Y luego..., ¡aquella herida horrible, espantosa, como la huella de un hachazo!...

Con voz tímida, casi imperceptible, preguntó:

—¿Le dio usted muchos golpes?

—Uno nada más; pero espantoso..., ¡eso sí!... El cuchillo entró hasta el mango y la hoja tendría una anchura de tres dedos, tal vez...

Callaron. La seducción rápida, creciente, inevitable, seguía su curso. Ahora doña Lucía miraba temblando las botas; aquellas terribles botas cuyas suelas, quizás, se mojaron en la sangre del holandés.

—¿Las llevaba usted puestas?

—Sí.

—¿La mañana del lance?

—También; no usaba otras. ¡Si hablasen!

—¡Qué horror!... Los hombres... los hombres...

Recobrándose curiosa:

—¿El balazo lo recibió usted en el pecho?

—Un poco más abajo. Aquí; aquí, precisamente, donde las costillas se separan. La cicatriz es muy pequeña; con los años casi se ha borrado, pero todavía se conoce. ¿Quiere usted verla?

Ella no deseaba otra cosa, pero empezó a negar.

—No, no... ¡Qué vergüenza!...

—¿Vergüenza? ¿Por qué?... ¡No sea usted inocente! Si apenas necesito desnudarme.

Se desabotonó la camisa y por la abertura se arremangó la elástica. Apareció la carne blanda, cetrina, cubierta por una espesa pelambrera rucia. Doña Lucía, sin querer, miraba. Vio la herida. ¡Oh!... Y, al acercarse, su nariz percibió un olor acre, penetrante, lascivo: un olor a macho...

La sugestión trágica iba en aumento. La señora de Hernández comprendió que sus piernas empezaban a flaquear; estaba perdida; no la quedaban ni un grito en su garganta, ni un soplo de energía en sus músculos; además, en aquel preciso momento acababa de sentir posarse sobre su espalda la mano de Perea, cálida, impaciente...; la mano asesina...

Sollozando, vencida, la excelente señora refugió su rostro, bañado en lágrimas, contra el chaleco del héroe. El recuerdo de Leopoldina la atormentaba.

—¡Higinio! —balbuceó—. ¡Higinio!... ¡Y todo eso lo hizo usted por el amor de una mujer, por ella se manchó usted la conciencia de sangre!... ¡Ah! ¡Yo adoraría al hombre que hubiera sabido amarme así!...

El dulce momento pasaba adornado con sus atavíos más bellos de humildad y de lágrimas; había que aprovecharlo. Don Higinio cerró la puerta del comedor con llave, y suavemente empujó a doña Lucía hacia el diván; ella cedía, poniéndose un brazo delante del rostro. Y hubo un largo silencio nupcial...

Perea, sofocado aún, pero triunfante y gozoso, se arreglaba precipitadamente el lazo de su corbata delante de un espejo. Ella le observaba, inmóvil, aturdida, pensando que desde hacía unos instantes era otra mujer. ¡Un amante! ¡Tenía un amante!... ¿Y no equivalía esto a haber hallado de nuevo su juventud?...

No pudo contenerse y levantándose le echó los brazos al cuello y le dio muchos besos largos, callados; besos de traición, de adulterio. El orgullo de pertenecer a un héroe llenaba su espíritu:

—¡Higinio mío! ¿Qué tienen los hombres como tú para ser tan amados?

A las siete oyeron llegar a doña Emilia; Teresita, Carmen y su novio, habían ido a visitar, sin duda, a la mujer del notario, que estaba enferma. Mientras la señora de Perea dejaba su rosario y su libro de oraciones en el gabinete, los dos amantes hubieron tiempo de serenarse: don Higinio encendió un cigarrillo y se estiró el chaleco; doña Lucía se pasó una mano por los cabellos y rápidamente, con una borla que sacó de una cajita de celuloide, se empolvó las mejillas. Cuando doña Emilia entró en el comedor, su marido se paseaba indiferente, silbando una canción. Para recibir a su amiga, la señora de Hernández se levantó. Las dos mujeres se besaron.

—¿Cómo tú por aquí, a estas horas? —preguntó doña Emilia.

La interpelada, a pesar de su inexperiencia, halló inmediatamente, en ese gran fondo de hipocresía que caracteriza la arquitectura moral femenina, un aplomo perfecto.

—Me aburría en casa y vine a verte. Gregorio se fue esta mañana de caza y se llevó a Ernestín. ¡Comprende mi fastidio; todo el día sola!... Os vi esta tarde, a ti, a tu hermana y a tu hija, cuando ibais, a la novena, y pensé reunirme con vosotras en la iglesia; luego me entretuve demasiado preparando unos dulces, y ya se me quitaron las ganas de vestirme. Tu marido, para distraerme, me ha enseñado los célebres periódicos...

Perea dirigió hacia la mesa una mirada oblicua de inquietud y continuó paseando. Doña Emilia interrogó:

—¿Qué periódicos?...

—Esos...

Los reconoció en seguida y su rostro se nubló: la molestaba que su marido hubiese dispensado a doña Lucía un tan señaladísimo testimonio de confianza; al fin, aquellos periódicos eran documentos que, más o menos tarde, podían comprometerle. ¿Qué sabe nadie lo que en el día de mañana puede ocurrir? Hay secretos que ligan unas personas a otras como cadenas, y por lo mismo únicamente la esposa puede saber. La señora de Hernández mostró a su amiga el retrato del holandés.

—¿Le habías visto?

—Muchas veces. ¡Dios le haya perdonado!...

Ahogó un suspiro y sus ojos bondadosos se arrasaron en lágrimas. Las dos mujeres, de pie ante la mesa, contemplaban aquellas botas sucias y aquel montón de papeles amarillentos, de donde parecía alzarse, como desde una tumba, la acusadora voz de la víctima. A intervalos, con pasmoso disimulo de histrionisa, los ojos de doña Lucía buscaban al héroe. A Perea se le antojó que aquella escena se prolongaba demasiado. Sin hablar, con la severidad de rostro que cumple a una honda preocupación mental, empezó a recoger los periódicos; apenas si miró el retrato del holandés; comprendíase que el semblante donde la muerte había inmovilizado una expresión de rabia y de angustia, le impresionaba dolorosamente. Para no hacerle sufrir más, doña Lucía quiso dar a la conversación un sesgo frívolo y picante.

—Y el otro retrato —exclamó—, ¿lo conoces?

—¿Cuál?

—El de la italiana.

Doña Emilia se encaró con su marido y sus manos gordizuelas, pacíficas, embarnecidas por los años y la ociosidad, se crisparon: hubo en ellas un temblor de garra.

—¿Es posible? ¿Tienes el retrato de esa tía y no me lo has enseñado? ¿Acaso la quieres aún?...

Doña Lucía azuzaba sus celos.

—Tú eres tonta. Di que te lo enseñe, lo lleva en el bolsillo; el sábado, en la caseta del Casino, estuvimos viéndolo Gregorio, don Cándido y yo.

Perea la miraba sorprendido de su actitud hostil. ¿Por qué aquel aborrecimiento a la hermosa italiana del hotel de los Alpes? Para tranquilizar a su mujer adoptó una expresión a la vez distraída y grave.

—Yo creí —dijo— que lo conocías; no se trata de un secreto, sino de un olvido. Voy a buscarlo; creo que lo tengo en la cartera.

Salió despacio, pero con el andar firme y noble que da una conciencia tranquila. Las dos mujeres, después de seguirle con los ojos hasta la puerta, se miraron.

—¿Qué te parece? —exclamó doña Emilia.

La señora de Hernández arqueaba las cejas y se mordió los labios.

—Cuanto más le trato —dijo—, más me asombro de que haya hecho lo que sabemos.

—Pues, yo no. ¡Si le hubieses visto una mañana dispuesto a estrangular a un hombre que vino a pedirle dinero amenazándole con delatarle a la justicia!...

—¿Es posible?...

—¡Ay, hija! ¡Qué miedo pasé! Higinio se puso hecho un tigre, amarillo como la cera, los labios blancos... ¡Una fiera!... Si no llego tan a tiempo mata al individuo.

Doña Lucía miró a su amiga intensamente, envidiándola de todo corazón el trabajo de tener un marido así. ¡El amor de la italiana, la muerte del holandés!... ¿Pero sabe nadie el perfume que una aventura semejante deja en una vida?... La señora de Perea suspiró y bajó los ojos; dentro de su hábito y en aquella actitud, parecía una imagen. Su voz moribunda, su palidez, sus manos cruzadas devotamente sobre el abdomen, sus pies calzados con cómodos zapatos de paño, parecían decir: «A los hombres de esa condición hay que perdonarles, cuando menos, veinte veces al día».

Reapareció don Higinio, trayendo entre los dedos índice y mayor de su mano derecha una fotografía, que arrojó displicente sobre la mesa.

—¡Ahí tienes el retrato!...

Doña Emilia lo recogió; iba a insultarlo, pero se contuvo, acordándose de que la persona allí representada estaba muerta. Emociones nuevas y enemigas la sacudían: tan pronto sentía despecho de que su marido hubiese tratado a una mujer tan hermosa, tan pronto se holgaba de haber tenido una rival así. En realidad, la belleza teatral y decorativa de la italiana se imponía a sus celos. Doña Emilia y la señora de Hernández permanecían inmóviles, medio abrazadas, como socorriéndose mutuamente ante la expresión de aquella imagen lasciva, tentadora, medio desnuda entre la caricia de su abrigo de piel.

La esposa advirtió que la fotografía había estado dedicada.

—¿Tú conoces la dedicatoria? —murmuró.

—No.

—¿No te la dijo él?

—No.

—¿De verdad?

—¡Palabra!

—Alguna desvergüenza sería.

—¡Figúrate, cuando se ha decidido a borrarla!

—Solo se lee el nombre: «Leopoldina».

Quedáronse pensativas; don Higinio, que había seguido el diálogo, las miraba de reojo.

—Es hermosa, ¿verdad? —insinuó doña Lucía.

A regañadientes, la esposa del héroe declaró:

—Sí, hija mía; no es posible negarlo.

—Los pies un poco grandes, quizás...

—¡Psch..., quizás!...

—Y los ojos demasiado juntos...

—Sí, tal vez...

—No, «tal vez», no; fíjate: los tiene muy juntos.

Interpeló rencorosa a don Higinio:

—¿No es cierto que se los pintaba?...

Perea se encogió de hombros; no se acordaba; además, ¿qué mujer elegante, máxime si es francesa, no se pinta un poquito?... Continuó paseándose de un extremo a otro de la habitación, las manos cruzadas atrás, sintiendo que la bizarra conquista y rendimiento de doña Lucía le había endolorido las piernas un poco. La esposa del médico le observaba llena de devoción. En aquel comedor, pensaba, había tres mujeres: ella, Emilia y la del retrato, y las tres habían pertenecido a don Higinio. ¡Ah, qué hombre!...

De improviso, doña Emilia, herida por una presunción repentina, palideció, dilató los ojos, llevose una mano a la frente.

—¿Qué veo? —murmuró—. ¡Es verdad!... Sí... es verdad. El abrigo que tiene puesto esta reverendísima zurrona es el mío. ¡El mío!...

Don Higinio se asombró, se echó a reír. Las mujeres están locas; hay que dejarlas. Doña Lucía cogió el retrato, lo miró bien. Efectivamente, aquel abrigo era el de su amiga. Se volvió hacia Perea desdeñosa:

—¡Qué asco!... Parece mentira...

Don Higinio protestó:

—¡Ah! ¿Usted también?... ¡Cuerno, si no es verdad!... ¿Cómo iba yo a regalarle un abrigo así a una señora casada?

¡Qué coincidencias!... Ahora recordaba que el abrigo de su mujer había calentado, efectivamente, toda una tarde, los hombros de la señorita Enriqueta...

Doña Emilia lloraba abatidamente:

—¡Qué pena para mí!... Sí, es mi abrigo; y no digas que todos los abrigos de piel se parecen, porque este yo lo conozco: ¡es el mío, mi abrigo!... Si no se lo regalastes se lo prestarías para retratarse; ¡y en cueros!... ¡Qué vergüenza!... Ya no lo quiero, está maldito. ¡Ah, se acabó!... Yo pensaba dárselo a mi Carmen, cuando fuese mayorcita; pero ya, tampoco. ¡Se acabó para siempre! Ni ella ni yo. ¡Nunca!...

Así, lagrimeando y hablando, fue apaciguándose su despecho. Luego se acercó a su marido y cogiéndole las manos:

—¿Me dejas romper esa fotografía?...

—¿Por qué? —balbuceó—. ¿Qué te importa después de tantos años?

—Sí, me importa. Tengo de ella unos celos horribles... ¿Me dejas?...

—No seas tonta... Yo no la quiero, ¿comprendes?...; pero me gustaría conservarla: es un trofeo...

Aquel retrato, comprado en el bulevar, no le interesaba ni decía nada a su memoria; sin embargo, quería defenderlo únicamente porque era de París. Pero doña Lucía acudió en auxilio de su amiga.

—¡Sí, señor —exclamó—; ese retrato muere ahora mismo! ¡No faltaba más!... Y hace usted mal, pero muy mal, en no acceder en seguida.

Él comprendió que no podría luchar contra las dos, y bajó la cabeza resignado.

—Hagan ustedes lo que gusten.

Su gesto fue débil y triste, como el de Pilatos entregando a Jesús.

—Ven, Emilia —gritó alborozada doña Lucía, que había cogido el retrato—. ¡Ven! ¡Ahora es la nuestra! ¡Vamos a quemarlo!

Escaparon corriendo y salieron al jardín. Don Higinio, gordo y en mangas de camisa, se había asomado a una de las ventanas para desde allí presenciar el auto de fe, y experimentaba una rara inquietud, como si efectivamente su pasado fuera a deshacerse en humo y cenizas. Era casi de noche y la gran melancolía crepuscular infundía a los árboles majestad y misterio. Salmodiaba una fuente. El jardín callado olía a mentas, a madreselvas, a jazmines, a hinojos.

Doña Emilia y doña Lucía estaban emocionadas. La señora de Hernández reía mucho; su risa era desapacible, estridente; Doña Emilia parecía acobardada y a cada momento miraba a su marido, esperando una reprensión. La presencia del héroe la cohibía. ¿Estaría mal lo que iban a hacer?... Al cabo la hilaridad carcajeante de doña Lucía la ganó, y a su vez, empezó a reír. La esposa y la querida se disponían a vengarse cruelmente de aquella rival por quien Perea, loco de amor, había matado. Ambas se disputaban el gusto de romper el retrato.

—¡Yo, primero!... ¡Trae!...

—¡No, déjame a mí!...

La fotografía, en un santiamén, quedó hecha añicos; amontonaron los pedazos y con una cerilla los prendieron fuego; era algo infantil; una columnita de blanco humo subió retorciéndose en la penumbra violeta. Después, cuando las últimas llamas se extinguieron, las dos a porfía, para desmenuzar bien las cenizas, patearon sobre el rescoldo.

Entonces, de pronto, don Higinio se puso muy triste. ¿Por qué? Tal vez por doña Lucía, que llamó a su corazón tan tarde; quizás por aquella mujer del retrato, a quien no vio nunca.

Llegada la noche, ya en su cama, el héroe de la Grande Jatte suspiró mucho. Doña Emilia, suponiéndole comido de remordimientos, le aconsejó maternal:

—No pienses más en eso, no sufras. Dios querrá perdonarte. ¿No sabes que hay dos mujeres que rezan por ti?...

XI

Doña Emilia penetró en el dormitorio como una ráfaga. Su hermana la seguía, caminando a pasos menudos y secándose las manos en su delantal. Don Higinio, que aún dormía, abrió los ojos. Tuvo una moción de sorpresa. El semblante humilde de Teresita decía asombro; el de doña Emilia, cólera.

—¿No sabes lo que sucede? —exclamó la esposa.

Y se detuvo para dar a su noticia, con aquel silencio, mayor importancia. Perea hizo un gesto negativo.

—Pues, nada, un escándalo; que Manolilla está embarazada.

—¿Qué me cuentas?

—Me lo ha dicho ella misma. ¡Figúrate!... ¿Eh? ¡Qué vergüenza para nosotros!...

Viendo la estupefacción de su cuñado, como un eco, Teresita afirmó:

—Sí, no lo dudes; está embarazada.

Doña Emilia prosiguió:

—Inmediatamente, como supondrás, la he despedido; lo siento porque es una criada de buen carácter, trabajadora y limpia. Pero en ese estado no puede continuar aquí. Con quien tú eres y la fama que tienes, el pueblo iba a decir en seguida que el chiquillo era tuyo. ¿Qué te parece? ¡Una mocosa de dieciséis años! ¡Qué corrupción, Señor, qué corrupción!...

Don Higinio encendió un cigarrillo; la historia le interesaba; quiso oír detalles.

—Lo hemos descubierto —repuso doña Emilia— por casualidad. A Teresa y a mí nos había chocado el vientre de Manolilla; la encontrábamos demasiado redonda. ¡Pero como esa gente lleva siempre tantos refajos!... Ahora llego a la cocina y veo las torrijas que la di anoche intactas en un plato. ¡Lo que a mí se me escape!... «¿Por qué no las has comido?», pregunto. «Porque no tenía ganas». —«¿No estaban buenas?». —«Sí, señora». —«Y entonces, ¿cómo las dejas? Yo sé que te gustan mucho...». Se puso muy colorada y el corazón me dio un vuelco. Pensé que las torrijas estaban envenenadas, que alguien quería matarnos..., ¡no sé!... ¡Como el mundo esconde tanta maldad!... Entonces cierro la puerta, agarro a la chiquilla por los brazos, la doy un buen zamarreo y la digo: «Ahora mismo, delante de mí, te comes las torrijas». —«No, señora; no tengo ganas». —«Pues sin ganas; solo por complacerme vas a comértelas». Cojo el plato y se lo pongo delante. Y ella callada. «Come». Callada. «¡Come!». A la tercera vez no pude contenerme y la di una bofetada. La maldita, nada; muy encendida y sin levantar los ojos del suelo. A mí la rabia me ahogaba; al mismo tiempo no quería gritar, porque pensé: «Si Higinio se levanta, esto acaba mal». ¡Porque conozco tu genio! Tú eres muy bueno mientras no te pinchen; tú ves a Manolilla así, emperrada en no hablar ¡y la ahogas!...

Perea hizo un mohín modesto para encubrir la satisfacción que le causaba la convicción que su mujer tenía en su heroísmo. Doña Emilia y Teresita se habían sentado al borde del lecho. La narradora prosiguió:

—Yo no sé cuántas bofetadas la di; todavía me duele la mano. En estas llega Vicenta, y al enterarse de lo que sucedía, me dice: «No se canse usted, señorita; aquí la única que conoce a esta hipócrita soy yo; para hacerla hablar hay que quemarla el trasero con una plancha. ¡Yo me encargo!...». En fin, la chiquilla tuvo miedo y confesó. Me dijo que estaba embarazada de cinco meses... ¿Ves qué infamia?... ¡De cinco meses!... Y que así la despellejásemos no comería torrijas, porque el autor de su desgracia es un muchacho de Ciudad Real que trabaja de cocinero en la taberna de _Tocinico_, y la tarde en que por primera y única vez fue suya, el granuja la dio a probar de unas torrijas que estaba haciendo. ¿Qué te parece la explicación? ¡Yo me quedé fría! ¿Tú has oído nada con menos sentido común?...

Don Higinio no respondió. El odio africano, exquisitamente tierno y ridículo a la vez que la infeliz Manolilla dedicaba a las torrijas, él lo comprendía; era un odio semejante al que su corazón alimentó en otro tiempo hacia _Le Matin_, verbigracia, o contra la calle Feydeau. Las torrijas fueron para Manolilla lo que para doña Lucía aquellos viejos periódicos que hablaban del misterioso crimen de la Grande Jatte: un pretexto; y en la vida, donde nada es sólido, grande ni definitivo, ¿qué es todo lo que ocurre sino el pretexto de cuanto ha de venir detrás?...

—¿Y qué piensas hacer con Manolilla? —preguntó.

—Despedirla, ¿no lo sabes?...

—¡Pero, así!... ¿El autor del desaguisado qué dice?

—El cocinero no quiere ni oír hablar de ella, y ya comprenderás que no estoy dispuesta a remediar culpas ajenas. Ahora menos mal, pues nadie lo sabe; pero, ¿y después?... Ella dice que no tiene dónde ir, y a su casa no quiere volver, porque si su padre la ve así, la mata. Yo lo comprendo y hasta la compadezco... ¡francamente!... la compadezco; pero... ¡allá cada cual con sus acciones!... ¡Que no hubiese comido torrijas!

Se levantó para marcharse y su gesto era austero, glacial, como el del arcángel que anunció a nuestros primeros padres la pérdida del Paraíso.

—A mí —dijo Teresita— esa Manolilla me da mucha compasión. ¡Como la hemos conocido pequeña!... Ahora la pobre está metida en su cuarto y llorando, pero llorando a ríos, mientras recoge sus ropitas...

Las dos hermanas salieron del dormitorio. Don Higinio quedose pensativo, y unos instantes su alma generosa censuró colérica la actitud desjugada, inhumanamente moral, de su mujer. ¡Ser buena!... ¡Es tan fácil la virtud cuando se han satisfecho todas las necesidades del corazón y del estómago!... Manolilla, en cambio, nada poseía. Como es lógico, la infeliz desearía emanciparse del fogón, conquistar un hogar, un marido; si se dio, acaso fuera para retener mejor a su amante; y de pronto sus esperanzas se derrumban, su burlador la abandona cobarde y se halla desamparada de todos, sin casa honesta donde refugiarse. Emilia razonaba bien: «¡Que no hubiese comido torrijas!...». Pero, ¿quién no delinque? ¿Quién, en cualquiera de las emboscadas que, tan pronto el amor, como el orgullo, la necesidad o la codicia, tienden a la integridad del hombre, no comió torrijas alguna vez?... Y, por lo mismo, Jesús, bajo cuyos pies descalzos se hundió el mundo antiguo, ¿no mandó perdonar siempre?... Después pensó en el cocinero que tan mal parada y raída dejó la doncellez de la muchacha. Le conocía de vista: era un mozalbete veintenario, picado de viruelas, rubio, presumido y desagradable. Sin embargo, Perea le envidiaba: aquel perillán, que seguramente no sabía escribir, corría aventuras y seducía criadas, aunque estas fuesen tan poco apetecibles como Manolilla; pero él, fuera de su noche de boda, ¿qué podía contar?... ¿No tenía su vida la sinceridad del sol, el aburrimiento de la llanada?... Ciertamente que doña Lucía se le rindió; mas no fue a él, al hombre, sino al prestigio de su mentira; acerca de esto ni su modestia ni su buen criterio y discurso podían equivocarse.

En tales pensamientos andaba el conspicuo manchego cuando llamaron a la puerta.

—¡Adelante!...

Era Manolilla. La muchacha raquítica, paliducha, esmirriada, se quedó en el dintel; las piernas un poco abiertas, los ojos bajos, cohibidos por la presencia del amo. Llevaba puesto un mantón a cuadros azules y blancos, y en las manos un hinchado atadijo de ropas.

—Ya le habrá dicho a usted la señora que me voy —murmuró.

—Sí, hija mía.