Part 22
Doña Lucía preguntó a Perea por su familia, y al saber que doña Emilia y Carmen no tardarían decidió esperarlas. Los señores de Hernández se sentaron. Ella pidió cerveza y patatas fritas y su marido coñac; cortésmente don Cándido les acompañó con otro bock y don Higinio con un segundo ajenjo. Don Gregorio reprendió a Perea su culto al horrible brebaje que extenúa a Francia. Doña Lucía también le afeó su afición a las bebidas fuertes: el ajenjo es un veneno; su marido lo decía muchas veces. Don Higinio tuvo un movimiento desdeñoso de hombros; deliraba por el ajenjo; ¡la costumbre!...; era un vicio que adquirió en París y al cual no podía sobreponerse. Ella dardeó sobre el héroe una ojeada indefinible.
—¡Pobre Emilia!... ¡No quiero pensar cuánto habrá sufrido con un hombre como usted!...
Don Higinio miró a la mujer del médico y, por segunda vez, la adivinó muy cerca de sí. Estaba hermosa, con las redondeces opulentas de sus cuarenta años, su blusa blanca de seda y su semblante arrebolado por la opresión del corsé. Una cinta de terciopelo aniñaba la expresión matronil de su cabeza de cabellos negros, graciosamente recogidos sobre las sienes. La luz desfallecida del crepúsculo daba a su garganta suavidades tibias y exquisitas.
Hernández advirtió la tristeza de don Higinio.
—¿Qué le sucede a usted?
—Yo también lo había notado —confirmó su mujer—. ¿En qué piensa usted, amigo Perea? ¡Qué cara!... ¡Diríase que están presentándole a usted una factura!...
Don Higinio rio y trató de explicar su actitud. La caída del chiquillo le había impresionado; no porque la sangre le marease... ¡Quia!... ¡Al contrario!... La sangre le animaba, le exaltaba, producíale una especie de reacción belicosa; pero se trataba de un niño..., el herido era un niño, un ser débil... y esto le apenaba. ¡Oh! Si en vez de ser un muchacho hubiera sido un hombre... ¡Bah, entonces, nada! ¡Tan tranquilo!... Doña Lucía escuchábale enternecida, pasmada de que pudiera ser a la vez tan valiente y tan bueno.
Don Cándido, que con el segundo bock se había despabilado el carácter, juzgó oportuno y gracioso dar de la melancolía de don Higinio otra explicación.
—Yo creo —dijo bajando la voz— que lo que trae alicaído a nuestro buen amigo es una mujer, o más exactamente, el recuerdo de una mujer.
—¿De cuál? —preguntó doña Lucía.
Perea fingió turbarse y miró al suelo: en realidad estaba encantado de la simplicidad del boticario. Este reía, se frotaba las manos.
—Él lo dirá; hasta puede enseñarles el retrato; lo lleva encima...
Llenos de emoción, los señores de Hernández arrastraron sus sillas acercándose a Perea cuanto permitía la mesa. Entonces don Higinio, para hablar, adoptó un aire grave: don Cándido, que no cesaba de reír, era un solemne indiscreto, un niño grande; a él no le gustaba remover ciertos recuerdos; pero, en fin..., ¡como ellos lo sabían todo!...
Curiosa, con una curiosidad agresiva en la que acaso hubiese un poco de celos, la señora de Hernández exclamó:
—Pero, ¿tiene usted otra querida?
—No, hija mía.
—¿Entonces, qué?... Explíquese. Porque usted es terrible.
—No; un poco de calma. El retrato que traigo aquí es... ya pueden ustedes figurárselo...
—¿Nosotros?... Sí, sí... ¡Cualquiera adivina! ¡Como si no le conociésemos!...
—Lucía, por Dios...
—¡Habrá usted tenido tantas trapisondas!
Don Higinio sonreía ufano y modesto, al mismo tiempo que reventaba de orgullo. Nunca había disfrutado tanto. El seno duro y voluminoso de la mujer del médico le rozaba un brazo y parecía quemárselo; oía gemir tenuemente las ballenas del corsé de su amiga; doña Lucía olía a salud y se perfumaba con trébol. Don Higinio sintió un ligero y delicioso desvanecimiento. ¡Requerido, mimado!... No se hubiera cambiado por un rey.
—Pero todas las aventurillas que yo haya podido correr —dijo— fueron lances de poco momento y sustancia. Ahora se trata de algo muy antiguo, pero inolvidable para mí.
Su rostro tornó a ensombrecerse y miró al boticario.
—El retrato a que este simpático indiscreto se refiere es el de Leopoldina.
—¿La italiana del hotel de los Alpes? —interrogó don Gregorio.
—La misma.
—¡Caramba, celebro conocerla!...
—Dicho retrato lo escondí tan bien al salir de París que durante varios años estuvo perdido. Además, nunca puse verdadero empeño en hallarlo. ¡Ustedes lo comprenden! No quería que la pobre Emilia lo viese. Estaba cierto de poseerlo y eso me bastaba. Hasta que hoy, registrando unos periódicos de aquella época, lo encontré. ¡Tuve una alegría!... Y entonces, sin saber cómo..., acaso para llevarlo cerca de mí durante algunas horas, me lo eché en el bolsillo. Es este...
Sacó la fotografía, un tanto empalidecida por los años, de aquella hermosura cortesana, impúdica y espléndida, medio desnuda bajo la suave piel del abrigo donde tuvo la coquetería de envolverse. Don Higinio observó astutamente:
—He borrado la dedicatoria...
Los ojos de doña Lucía brillaron de curiosidad, de desdén, de odio, de envidia, de celos. No se cansaba de mirar el retrato y, sin embargo, de buena gana lo hubiera hecho trizas.
El médico declaró rudamente:
—¡Buena mujer!...
Había visto que tenía el pecho fuerte y las caderas vigorosas, y no necesitaba más su devoción para rendirse. Doña Lucía, sin cesar de mirar el retrato, murmuraba:
—Los pies un poco grandes, quizás... La boca es bonita... Los ojos son hermosos; pero los encuentro demasiado juntos...
Examinó con minuciosidad hostil la línea impecable de aquella pierna que la inspiración gaitera del fotógrafo dejó desnuda; la armonía mórbida de los brazos y de los hombros; la gracia de los cabellos cortos, ensortijados, infantiles; la perversidad risotera de los labios entreabiertos sobre el júbilo de los dientes níveos y menudos. Realmente era una de esas bellezas artistas, teatrales y decorativas, que labran, con su impudicia atrayente, la desesperación de las señoras casadas.
—¿La quiso usted mucho? —preguntó.
Don Higinio tomó el retrato que su amiga le devolvía displicente, miró al suelo y se mordió los labios. No contestó, y jamás hubiera podido responder con mayor elocuencia: aquel silencio era una afirmación, un sollozo, toda su historia mojada en una lágrima...
—Pues, yo, francamente —agregó la señora de Hernández—, jamás me hubiese enamorado de ninguna mujer capaz de retratarse así.
El amante de Leopoldina creyose obligado a decir algo:
—Ya sabe usted, Lucía, cómo son las extranjeras; París no es Serranillas...
Su ademán fue parco, triste, noble, caballeresco. ¡Bien se echaba de ver que la había amado!... ¿Y, cómo dudarlo, cuando arriesgó por ella la vida?...
—Mis palabras no han querido ofenderla —declaró apresuradamente doña Lucía—; ya sé que ha muerto y más de una misa, sépalo usted ahora, he oído en alivio de su alma; eso no impide que me haya parecido y me siga pareciendo una titiritera.
Hernández y el boticario, que se habían puesto a charlar aparte, se levantaron a dar una vuelta por el paseo. Doña Lucía no quiso acompañarles; esperaba a doña Emilia, que ya no podía tardar.
—Entonces —repuso el médico—, si no vuelvo por aquí antes de media hora, vete a casa.
Don Cándido llamó al camarero y pagó el gasto de todos.
—Hasta después...
Doña Lucía y Perea quedaron solos ante el velador, donde el misterio verde del ajenjo que don Higinio aún no había podido beber, parecía observarles como una pupila sabática. Acababan de encender los faroles y aquellas luces dispersas, rutilando aquí y allá, bajo la fronda, añadían a la escena un pique novelesco. La señora de Hernández bebió un sorbo de agua; su corazón latía con desconocida violencia; estaba roja, se ahogaba de calor. En cambio, sus manos y sus pies estaban yertos. Tras un breve silencio.
—Dígame usted —murmuró—, ¿cómo era esa mujer? Se llamaba Leopoldina, ¿verdad?
—Sí, Leopoldina.
—¿Y la quiso usted mucho?... Séame franco; ya sabe que he rezado por ella..., y lo hice porque, salvando su alma, imagino que beneficio la de usted...
—Lucía..., amiga querida...
La oprimió ardorosamente una mano bajo el mármol del velador. Ella vibró: de pronto apagose el incendio de sus mejillas; se quedó lívida, espectral.
—Sí, soy su amiga..., una buena amiga..., una hermana de muchos años... que le quiere tanto como su misma esposa puede quererle... ¡Acaso más!...
Su voz se enturbiaba; aguáronse sus pupilas; iba a llorar... Afortunadamente pudo contenerse.
—Dígamelo usted todo...
—Pero, Lucía..., ¿a qué viene esto? ¿Qué quiere usted de mí?...
—Todo; necesito conocer su historia detalladamente. ¡Será tan interesante! Usted es un hombre extraordinario. Cuénteme su drama de París. He soñado con él muchas veces. ¡Hable, hable, por Dios, antes de que vengan a interrumpirnos!... ¿Cómo mató usted al holandés? ¿No era holandés el marido de la italiana del hotel de los Alpes?...
—Sí, holandés: ¡el pobre míster Ruch!...
Charlaron lentamente, sabrosamente, acercando un poco las cabezas, mientras, por discreción, miraban a la muchedumbre. Él, entretanto, buscaba furtivamente con sus rodillas las de su amiga, y ella dejábase estrechar, lánguida, absorta y sin defensa. Perea, entusiasmado, arreció su elocuencia: describió el Sena, la isla de la Grande Jatte, el misterio pavoroso de la barca donde iban él y su enemigo, deslizándose quedamente bajo la niebla, y luego el tiro, la lucha bárbara...
La señora de Hernández oprimió febrilmente las manos del héroe.
—¿Y no siente usted nunca remordimientos?
—Algunas veces.
—¿De noche, verdad?...
Perea se asombró:
—¿Cómo lo sabe usted?
—Por Emilia. ¡Tiene conmigo tanta confianza! «Hay noches —me ha dicho— en que Higinio, con sus suspiros, no me deja dormir».
Iban acercándose en un idilio sin palabras, discreto y excitativo, mientras las rodillas proseguían triunfales su acción conquistadora. Don Higinio no se acordaba del amigo a quien ofendía; las vituperables complacencias de doña Lucía habíanle puesto fuera de sí y con la rienda de sus malos deseos sobre el cuello; al cabo, era la primera vez que una mujer, por caminos sinceros de amor o de capricho, llegaba a él. Bebió un sorbo de ajenjo para refrescarse las fauces caldeadas por el lascivo apetecer y el mucho hablar.
—Conservo todavía —dijo— muchos periódicos que hablan de aquel lance.
—¿Es posible?
—Publican el retrato de mi rival. Los guardo por curiosidad, así como las botas que usaba entonces. Varias veces he querido tirar esos recuerdos y no pude. ¡No sé!... Es una página de juventud que a la vez me atrae y me lastima.
La señora de Hernández entornaba los ojos.
—¡Qué hombre, qué hombre!... ¡Me da usted miedo!...
Replicó don Higinio:
—¿Por qué no va usted a verlos a mi casa?... Uno de esos periódicos reproduce una fotografía de la Grande Jatte, y conocerá usted el lugar exacto donde el pobre holandés y yo nos batimos.
—¿A su casa? —repitió balbuciente doña Lucía a quien aquel diálogo causaba la impresión de ir cruzando un abismo sobre un alambre.
—¿Por qué no?...
Y como tardase en responderle, agregó seductor:
—Nadie la vería a usted entrar.
Ella preguntó sin mirarle:
—¿Cuándo?
—Después de la feria: el martes.
—¿A qué hora?
—Por la tarde: a la primera campanada de las seis.
—No puede ser.
—¿Cómo?
—A esa hora Emilia y Teresita van a la iglesia.
Don Higinio sonrió.
—Por eso lo dije, precisamente; para que estuviésemos solos.
Hubo otra pausa que tuvo todos los almíbares de un consentimiento, toda la edénica gravedad de una caída: algo cálido, íntimo, inefable, como esos silencios que siguen en las alcobas a la violencia jadeante del abrazo. Perea insistió:
—¿Irá usted?
Ella accedió con un gesto. Después los dos sonrieron con alegría hipócrita a doña Emilia, Teresita, Carmen y su novio, que se acercaban saludándoles desde el paseo.
La noche del domingo el galán del hotel de los Alpes la pasó muy inquieto, suspirando mucho y con más remordimientos, al parecer, que de ordinario. Estaba, sin embargo, muy ufano: al cabo, por primera vez, iba a correr una verdadera aventura. Al día siguiente madrugó, vistiose un traje cualquiera y se fue a la mina, de donde regresó muy entrada la tarde. Sentíase nervioso y aquella nerviosidad desbordante le obligaba al movimiento. En la mina sus fueros de amo tuvieron acentos de tempestad: examinó cuentas, reprendió agriamente a los capataces y despidió a un obrero; su voz retumbaba amedrentadora en las tinieblas del filón; los trabajadores le miraban con respeto y nadie se atrevió a replicarle; la figura maciza del héroe les imponía pavura; no recordaban haberle visto nunca así.
Por la tarde estuvo en la estación, impregnada de la suave tristeza de los trajinantes que se marchaban: aquel era el último día de feria. Juan Pantaleón le saludó. El antiguo artista había envejecido lamentablemente y ya no pregonaba el eufónico nombre de Serranillas con aquel ánimo optimista y victorioso de antaño. Sin embargo, manteníase erguido y conservaba la altanería del hombre que lleva una historia tras sí.
Después de cenar don Higinio fue al Casino, donde jugó al dominó hasta media noche. Don Gregorio invitole varias veces a una partida de billar, y no aceptó; su conciencia honrada, refractaria a la traición, no resistía la mirada noble, llena de amistad, del médico. Cada vez que el vozarrón franco de Hernández llegaba a sus oídos, todo su cuerpo se estremecía: el remordimiento, como un soplo de aire frío, que le rozaba la espalda.
Pensaba:
«¡Si tú supieses!...».
Salió del Casino acompañado de Julio Cenén y del notario, y animados los tres por la tibieza vernal y la esplendidez lechosa de la noche lunada, encamináronse hacia la feria. Los pequeños comerciantes, los saltimbanquis, los exhibidores de monstruosidades apócrifas y de películas, desmontaban sus barracas; las mercaderías desaparecían en vastos arcones; la tablazón de los mostradores quedaba atada sólidamente con cuerdas; los maderos que fijaron los cuatro ángulos de la tienda eran arrancados del suelo, y al instante la techumbre y las paredes desaparecían. Los martillazos de entonces eran idénticos a los que resonaron allí mismo noches atrás, y parecían, sin embargo, diferentes: el regocijo de la llegada habíase trocado en desilusión y despedida, y flotaba sobre todos aquellos objetos como un cansancio. Las golondrinas se iban y, para mayor tristeza, se llevaban sus nidos.
Don Higinio saludó a la abaniquera de Valladolid. La muchacha no parecía llevarse buenos recuerdos de Serranillas; había vendido muy poco, sus ganancias —según dijo— apenas alcanzaban a cubrir los gastos de ferrocarril y de posada. Desde allí se dirigía a Manzanares; luego iría a Almadén; más tarde, a Valdepeñas.
—Veremos —añadió— si en lo sucesivo quiere la suerte ayudarme mejor.
Perea se despidió de ella deseándola mucha fortuna, y su acento emocionado tuvo una sinceridad paternal. Después él y sus amigos reanudaron su camino. Lentamente todos los ruidos iban extinguiéndose, las luces se apagaban y, según la oscuridad de la tierra acrecía, el cielo, anegado en la evaporación plata de la luna, mostrábase más profundo y solemne. Hallábanse a la conclusión del paseo, cerca de la ermita de San Rosendo y como a dos kilómetros del pueblo. El panorama, bajo la frialdad de la luz astral, tenía desdibujamientos misteriosos; alrededor del valle, que descendía en declive blando hacia las minas, las montañas insinuaban una larga línea de gibas y depresiones blancas, semejantes sobre el espacio oscuro a la raya que una tiza hubiese dejado en la tiniebla de una pizarra. Al fondo, la torre de la iglesia mostraba las esferas iluminadas de su reloj y su cúpula cuadrada, como la cabeza de un ave cabalística, y a su alrededor el caserío se agrupaba silencioso, recogido, lleno del hechizo que tienen los caballetes y las paredes enjalbegadas a luz de la luna.
Cuando Perea, don Jerónimo Arribas y el secretario del Ayuntamiento se retiraron a dormir, eran las dos, y de alquería en alquería, como un alerta, volaba el canto retador de los gallos.
El martes por la mañana, apenas terminó de almorzar, don Gregorio se ciñó bien las polainas, cogió el morral y la canana de los cartuchos y se echó airosamente la escopeta a la espalda. La idea de que pronto llegaría la veda enfurecía sus ardores cinegéticos. Estaba rojo y contento. Su figura heroica, sus pies de jayán y la desmesurada amplitud de su sombrero, llenaban el comedor. Parecía una estatua de Nemrod con traje de pana. Los perros, retozones, ladraban, brincando alegres, frotando contra las piernas ciclópeas del amo sus hocicos fríos. Hernández dio un beso a su mujer y declaró que no volvería hasta la hora de cenar. Ernestín quiso acompañarle; aquel día, precisamente, el director del colegio celebraba su fiesta onomástica y no había clase.
—¿Puedo ir contigo, papá?...
El médico accedió:
—Bueno; pero a condición de no cansarte, pues te advierto que vamos a pegarle mucho al camino.
Doña Lucía, oculta tras una persiana, les miró partir, y tuvo su alma para el médico un sentimiento complejo de piedad y desdén. Luego, apenas se halló sola, experimentó una emoción de miedo, un temblor hondo que alborotaba la marcha de su corazón y parecía enfriar la raíz de sus cabellos.
«A la primera campanada de las seis», había dicho don Higinio.
Doña Lucía no quería acordarse del insinuante y pecaminoso misterio con que estas palabras fueron pronunciadas, ni del voluptuoso martirio que sus lindos zapatos de charol sufrieron bajo las rudas y enamoradas botas del héroe. Tampoco evocaría aquella época, ya tan lejana, en que Perea, soltero entonces, rondaba su reja. ¡Vayan en paz los verdores marchitos!... No: don Higinio, por muy acostumbrado que estuviese a rendir mujeres, no podía haber puesto en ella ninguna ilusión o deseo que no fuese de absoluta honestidad; don Higinio quería mostrarla sus botas y los periódicos que relataban su hazaña, y nada más; y si deseaba recibirla a solas era porque aquellos diarios comprometedores no podían ser vistos de nadie, pues si matando a míster Ruch obró noblemente y en propia defensa, no por eso dejaba de hallarse expuesto a que la justicia algún día le tomara cuentas estrechas y terribles de su acción.
A estas hipócritas invenciones recurría la honestidad de la comprometida señora para no asustarse excesivamente. Una vez más la mentira triunfaba: ella sabía que iba a caer, pero aparentaba no creerlo y así declinaba en Perea todas las horribles responsabilidades de su falta. Para engañarse mejor y sentir menos el peligro, su conciencia sofista levantaba nuevos reductos alrededor de su virtud. Don Higinio, seguramente, no pensaría seducirla; pero, aunque lo intentara, pues de hombre tan desbocado y libertino lo peor debía esperarse y temerse, ¿no tenía ella dientes y uñas con que rechazarle?... Al mismo tiempo otra emoción, que antes que de miedo o remordimiento era de suave complacencia y voluptuosidad, llegaba a turbarla. Claro es que ella sabría, en caso necesario, defenderse bizarramente. Pero... ¿tendría coraje y alientos bastantes para resistir el ciego asalto de la fiera encelada? Recordaba la figura redonda del héroe; don Higinio, puesto en tan apretado trance, debía de tener la violencia terrible de un piel roja. ¡Y como en achaques de amorosas caídas el papel de víctima es tan dulce!... Las supercherías tranquilizadoras de su conciencia, por una parte, y de otra el masoquismo inefable de luchar, pernear, anegarse en llanto si era preciso, y, al fin, ser tomada por fuerza, pacificaban su virtud. ¡Don Higinio!... Aquel hombre que oprimió entre sus brazos italianas y francesas y mujeres de nadie sabe cuantos países, ¿cómo sería en la intimidad?... ¡Sus manos! ¿Qué ardor, qué perversas sabidurías, qué vehemencias salvajes de presidio habría en ellas?... La señora de Hernández creía sentirlas ya sobre sus riñones y cerraba los ojos. Esta emoción, rotundamente sexual, la decidió. ¿Por qué esquivar aquel momento que, sin saberlo, esperó tantos años?... Sí, iría. ¿Acaso otras mujeres, como ella casadas y con hijos, no registraron en su historia una hora igual?... Iría y no vacilaría más; hay que permitir a la razón descansar de cuándo en cuándo en la casualidad, y si se llega a momentos u ocasiones de tanto riesgo, la vida debe cruzarse como cruzan los equilibristas los abismos, sin mirar hacia abajo...
Doña Lucía pasó la tarde tras las celosías de su dormitorio, y en un estado de hiperestesia que distinguía simultáneamente y por igual todos los ruidos de su casa y de la calle, y hasta las trepidaciones más leves de su enamorado corazón. ¡Oh, y con qué lentitud caminaban las horas! Nunca le pareció el pueblo tan callado, tan triste, ni sintió con más fuerza la melancolía de sus calles ociosas, manchadas de musgo. La esposa de Hernández se ahogaba dentro de su corsé. Jamás, ni cuando fue al altar vestida de blanco y el pecho y los cabellos cubiertos de azahares, sus sienes habían latido así. Alternativamente, al roce del menor pensamiento, tenía calor o frío, se ponía roja o se quedaba lívida... ¡Luego es cierto que las humanas entrañas son tan resistentes!... ¡Luego una mujer puede tener un amante y acudir a su cita sin miedo a que, antes de llegar a sus brazos, de alegría y de susto la estalle el corazón!... Y después de la caída, en la conciencia de la adúltera que juró pertenecer solo a un hombre, y de pronto es de dos, ¿qué pasa?...
A las cinco y media vio ir a doña Emilia, Teresita y Carmen, camino de la iglesia. Las dos hermanas llevaban, como siempre, desde hacía cinco años, sus graves hábitos de Nuestra Señora del Carmen, y en las manos, libros de devoción y sendos rosarios de cuentas negras. La señora de Hernández se estremeció, y para no seguir mirándolas tan tranquilas, tan fieles, se llevó su pañuelo a los ojos.
«Van a rezar por él» —pensó.
Y luego:
«¡Oh, es que si “él” fuese mi marido, yo haría lo mismo!...».
Con cuya reflexión y creencia su cariño hacia Perea se recobró y exaltó furiosamente. ¡Ah!... ¿Por qué los hombres peores, los más aventureros, los más díscolos, serán también los más amados?...
Doña Lucía halló al héroe de la Grande Jatte paseándose por el zaguán de su casa con las manos atrás, sobre los fondillos, y en mangas de camisa. A la buena señora no la molestó este detalle prosaico; ella no leía novelas; además, en un pueblo no había razón para que un hombre, por enamorado que esté, se vista de _smoking_ a las seis de la tarde. Cruzaron el patio y llegaron al comedor.
—Estoy aquí de milagro —dijo ella.
—¿Cómo? ¿No se atrevía usted a venir?
—No..., no me atrevía...
—¿Por qué?
—Pues..., ya ve usted; porque no...
Don Higinio hizo un gesto de asombro y ella enrojeció, pues en su negativa palpitaba terminante la obsesión del pecado. Él, familiar, sobreponiéndose trabajosamente a su emoción, la estrechó una mano:
—¡Qué niña es usted!...
Estaba orgulloso y poco a poco adquiría el aplomo de un artista acostumbrado a recibir visitas de mujeres. Ladinamente propuso pasar al gabinete; doña Lucía rehusó; mejor estaban allí; insistió Perea diciendo que los periódicos los tenía guardados en su dormitorio, dentro de un arcón, y ella mantuvo su negativa; en el comedor había más luz. La idea de hallarse con don Higinio cerca de la alcoba la intimidaba. El amante de Leopoldina, convencido de que no derrotaría la obstinada resistencia de su amiga, se alivió considerando que en el comedor, cubierto por una funda de crudillo, había un diván. Concluyó por ceder y fue a buscar los periódicos. Cuando reapareció, la señora de Hernández, a la vez esperanzada y medrosa, bordeaba ese delicioso momento de espíritu en que las mujeres lo desean todo y de todo, sin embargo, se asustan. También ella, apenas llegó al comedor, había visto el diván.