Chapter 28 of 28 · 1874 words · ~9 min read

Part 28

¡No, no hablaría! El que, por estética, durante tantos años, mantuvo incólume el prestigio eminente de su valor, no echaría jamás sobre la gallardía de su leyenda el baldón de un gesto cobarde. Una muerte heroica basta a dignificar la vida más llena de pusilánimes claudicaciones y renunciamientos; y asimismo el militar, por muchas cruces que lleve en el pecho, las deshonra todas si fuese a la muerte temblando: que tal es la augusta majestad de ese instante, que él solo basta a extender ejecutorias definitivas de temeridad o de cobardía. Como en los sonetos el último verso, así en la vida de cada hombre el postrer ademán debe ser el mejor. ¡No; el héroe de la Grande Jatte no hablaría! Aunque los grandes dolores son refractarios a la mentira, y esta es la eficacia que tiene la tortura para arrancar, aun a los caracteres más fuertes, la verdad que no quieren decir, el admirable don Higinio sentíase capaz de afrontar el supremo peligro sin desplegar los labios. Daría lo poco que era por lo mucho que hubiese querido ser, y su caída igualaría en belleza arrogante a la de un gladiador. A última hora la sangre guerrera y artista de los Alcañiz triunfaba. ¿No pertenecía él a aquella estirpe caudal que seguramente contaba con más de un antepasado muerto en el rescate del Santo Sepulcro?... Sí; él era valiente; ahora lo veía claro, y esta seguridad le aliviaba y reparaba con las savias excelsas del orgullo satisfecho. Lucano abriéndose las venas o Sócrates bebiendo la cicuta, eran menos grandes que él tomando voluntariamente el cloroformo. Sucumbiría hermosamente, adorado, reverenciado, envidiado de muchos, tal vez; y al cerrar los párpados procuraría que el terrible anestésico dejase sobre sus labios una sonrisa. En su caso, ¿qué noble caballero templario hubiese sido capaz de ir más lejos?...

Apenas esta resolución medró en su ánimo, cuando sintiose poseído de una honda, jugosa y balsámica ecuanimidad. Las dudas que hasta allí le atormentaron se dispersaban como hojas secas barridas por un gran soplo de viento, y las horas de vida que aún le restaban componían a los ojos de su conciencia una especie de breve camino, llano, recto y glorioso. El alma de Perea miró a su alrededor: sus negocios marchaban prósperamente; su testamento estaba hecho; de consiguiente, nada inconcluso quedaba tras sí. ¡Morir! ¡Bah!... ¡Ningún hombre después de cumplir los cincuenta años, y máxime si se halla enfermo del corazón, debe sentir miedo a la muerte!... Ciertamente le mortificaba la idea de separarse tan pronto de los seres que le eran queridos; pero aquel momento duraba segundos nada más. Don Higinio se acordaba de cuando se despidió de todos los suyos para irse a París. Algo así sería la muerte. Nada... Pensó en doña Emilia y en doña Lucía, las dos únicas mujeres que le amaron desinteresadamente; pensó en sus hijos, ya hombres, en quienes dejaría una impresión imborrable de heroísmo; en Higinín, su nieto, que aprendería sobre el regazo de su madre la historia bizarra y galante del abuelo...

También se acordó de don Gregorio, de don Cándido, de Gutiérrez, de Julio Cenén, del notario Arribas, de don Tomás, de Juan Pantaleón..., de todos aquellos centenares de personas, en fin, que de saber la verdad le hubiesen despreciado. Pues, ¿y el doctor Regatos? ¿Y don Fidel? ¿Y don Salvador?... Por el espíritu de don Higinio, a quien la idea de morir iba ennobleciendo, pasó la temeridad de una ironía. Pensó:

«¡Cómo voy a burlarme de ellos!...».

A la mañana siguiente, en presencia de su familia y de los cuatro médicos que le asistían, declaró tranquilamente que deseaba ser operado. Preguntáronle si quería confesar y recibir los últimos Sacramentos, y contestó negativamente. Solo tuvo un capricho:

—Si muero —dijo— ruego que mi cadáver sea envuelto en una bandera francesa.

La serenidad de sus ojos y la dulzura desdeñosa de sus palabras y sonrisas a todos sorprendía. Ni siquiera se quejaba de dolores. Parecía otro hombre. Únicamente cierta desacostumbrada palidez que había en sus mejillas delataba la existencia de alguna fuerte y arcana emoción.

El doctor Regatos dispuso que la mesa del comedor, que era grande y sólida, fuese trasladada al dormitorio, donde había bastante luz, y cubierta por una sábana sirviese para la operación. Don Higinio, desde su lecho, lo observaba todo: vio los cubos donde su sangre había de ser recogida, las largas vendas yodoformizadas y los paquetes de algodón hidrófilo enviados por don Cándido. Vio también el frasco de cloroformo, esa combinación admirable de cloro y de clorhidrato de metileno con que un hombre piadoso, Simpson, en una sola batalla, derrotó al dolor; y el brillo acerado de los bisturíes, y las pinzas que detienen la hemorragia de las arterias y las agujas y los hilos de platino con que más tarde los bordes de su herida serían cerrados. Todo lo atisbaba el héroe y de nada parecía asombrado ni temeroso.

Los médicos se habían disfrazado con largos delantales blancos y limpísimos. Hernández era el encargado de administrar el cloroformo; don Fidel y don Salvador ayudarían al doctor Regatos, alargándole los objetos que este fuera necesitando en el transcurso de la operación.

Como la mañana era fría, trajeron un buen brasero. El doctor Regatos había dicho:

—Conviene que la temperatura de la habitación sea bastante alta.

Don Higinio, indiferente a todo, fumaba un cigarrillo. El doctor Regatos le invitó a no fumar; era necesario que la atmósfera estuviese lo más limpia posible. Perea sonrió y no hizo caso.

—Me parece —dijo— que de cuantos estamos aquí yo soy el más sereno.

Su pulso, efectivamente, era tranquilo. Oyó vibrar la campanilla de la calle y quiso saber quién había llamado. Le contestaron:

—Es el cartero.

—¿Trae algo para mí? —repuso—. ¿Por qué no me lo dan?...

Los circunstantes le miraban asombrados, aterrados y enternecidos a la vez de tanta anchura de corazón. Teresita, que había ido a cumplir la orden del héroe, volvió con un número de _Le Journal_. Don Higinio se emocionó, y por primera vez, en las horas de aquella mañana ejemplar, el llanto se asomó a sus ojos. _¡Le Journal!_... Él amaba aquel diario, que no leía nunca: _Le Journal_ era París, era Leopoldina, era el hotel de los Alpes con su intérprete borracho y su ruidoso vaivén de viajeros; era la página mejor de su juventud, inocente y cómica... Y uno de esos graves suspiros que arranca a los hombres el luto del recuerdo, subió a sus labios.

Doña Emilia apareció trayendo una tarjeta, que entregó al héroe. Don Higinio leyó: «Luis Berain. Ingeniero».

—¡Oh, qué casualidad! —exclamó—; el ingeniero belga que yo esperaba. ¡Que pase en seguida!

Entró en el dormitorio un hombre de treinta y cinco a cuarenta años, corpulento, rollizo, de ojos azules, de tez nacarina y cabellos dorados. Sus manos enormes, su tórax amplísimo, su cuello atorado, eran los de un atleta. En un español gangoso, incoherente y pintoresco, saludó a Perea: él no sabía nada; acababa de apearse del tren; venía directamente de Bruselas y estaba aturdido, ¡cinco días de viaje! Sus baúles habían quedado en la estación...

Examinó a los médicos, reparó en la mesa vestida de blanco, bajo la gran claridad de la ventana, y comprendió. Miró a don Higinio:

—¿Enfermo?

—Sí.

—¿Le operan?...

—Sí.

—¿Barriga, tal vez?...

—Sí, sí...

—¡Ah!... ¡Lamentable!... No ser nada, nada... Sin embargo, lamentable... ¡Oh! ¡Verdaderamente, muy lamentable!...

Hablaba con cierta flema elegante; usaba lentes de oro y su diestra blanca, apacible, a cada momento se detenía perpleja sobre la magnificencia de una barba bíblica.

Don Higinio le observaba de reojo, pensando:

«¡Señor, cómo se parece este hombre al holandés!...».

Él estaba cierto de que no era, porque el imaginario míster Ruch del hotel de los Alpes, después de los años transcurridos desde entonces, ya sería viejo; pero el ingeniero belga se parecía al holandés extraordinariamente, lo que atribuló a don Higinio y deslizó en su valeroso ánimo temblores de pavor. ¿No era aquello como su pasado, que, de súbito, volvía a él para verle morir?...

El doctor Regatos miró su reloj; las diez.

—Convendría —dijo— que la familia se marchase; aquí, excepto mis tres compañeros, no debe haber nadie.

Como pudo, pues el reúma le tenía casi privado de movimiento, don Higinio Perea se incorporó en el lecho. Comprendía que el instante de morir había llegado y quería despedirse de todos.

—Antes —exclamó— que vengan cuantas personas haya en la casa y deseen verme; sin distinción de clases, a todas quiero decirlas «adiós»...

Hablaba lentamente, con la majestad de un gran rey. A su alrededor estaban sus tres hijos, doña Emilia y su hermana; doña Lucía, los médicos, el ingeniero belga; después llegaron los criados y casi al mismo tiempo, en la puerta, apareció la linda cabeza de bronce de Gasparito, que no se atrevía a entrar. Don Higinio le llamó:

—Ven, Gasparito; tú también tienes derecho a darme un abrazo...

El muchacho se acercó a su padrino y le besó llorando. Luego, muy bajo, metiéndole los labios en un oído para que nadie le oyese:

—Mi madre está en la calle; deme usted su bendición para ella...

Y sollozaba.

—Llévasela —repuso don Higinio conmovido.

Miró a todos: sus hijos legítimos, su bastardo, su esposa, su amante, cuanto un hombre aventurero puede reunir en torno suyo a la hora de la muerte, estaba allí. Los últimos momentos del héroe de la Grande Jatte tenían una solemnidad patriarcal.

En sus ojos enérgicos y dulces había una lección. Parecían decir:

«Así se muere».

Después, dirigiéndose a los médicos, la voz impávida:

—Señores, cuando ustedes gusten...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Don Higinio falleció en la operación; murió del cloroformo, tranquilamente, sin hacer un visaje, y de este modo su vientre, que no llegó a ser profanado, guardó su misterio.

A las dos de la tarde del día siguiente todo el pueblo acudió al entierro del gran hombre. Sus amigos, sus criados, sus aparceros, los trescientos obreros que trabajaban en la mina, formaron detrás del coche mortuorio. No faltó nadie; ni siquiera Higinín, el nieto del héroe, a quien don Gregorio llevaba de la mano. Al pasar por delante de la notaría de Arribas, unas manos románticas —manos de mujer, sin duda— tocaron en la pianola, cuya voz tuvo la virtud poética de entristecer al héroe, la _Marcha fúnebre_, de Mozart. Muchos ojos se llenaron de lágrimas. El cortejo siguió adelante y llegó al ejido. En la vastedad riente del paisaje otoñal, aquella manifestación enlutada pintaba un largo brochazo negro, triste como un reguero de tinta sobre un tapiz verde.

Monsieur Luis Berain, el ingeniero belga, se había unido a la comitiva. A su lado, muy cabizbajo, iba Julio Cenén. Los dos hombres no se conocían, pero hablaron.

—¡Pobre, señor Perea!... ¡Un hombre joven todavía!... ¿De qué ha muerto?

—De un balazo.

—¿Cómo?... ¿Ah?

—Sí, es una historia; se lo dieron en desafío por una mujer...

—¿Ah?... ¡Interesante... interesante!

Encantado de poder lucirse, el secretario se agarró al brazo de su interlocutor:

—¿No lo sabía usted?... Yo se lo contaré. Higinio Perea fue un bravo; una vez en París...

Tras el cadáver, triunfante, inmortal, como polvillo de oro, volaba la leyenda...

FIN

Madrid.—febrero, 1913.