Part 13
El misterio halló en la mentira la túnica maravillosa de Tanit y no se separa de ella nunca, y la omnipotencia de la mentira nace precisamente de la universalidad del misterio. Allí donde se detiene la ciencia del químico, allí donde fracasa el telescopio, ante el jeroglífico o el fósil que desafían la sagacidad de los buceadores del pasado, allí donde la luz de la reflexión no desciende, allí mismo comienza el fraude.
Don Higinio, siempre tan sincero, no podía dejarse sofisticar por los embustes que a veces pasearon su espíritu hasta el malsano extremo de creerlos hechos reales, y así estaba ciertísimo de que su permanencia en París solo duró tres meses, y de que su vocabulario francés registraba apenas un centenar de palabras, y de cómo había sido y continuaba siendo un lugareño pazguato, sin mundología ni trato de mujeres. Por lo mismo, la mitad, al menos, de su «nostalgia de París» era mentira: engaño aquel ardimiento con que defendía a las señoritas de teatro y, en general, a toda persona de vivir equívoco; falsos los aires de experiencia, desdén y fatiga que adquiría para hablar de sus viajes; contrahecha también su afición al ajenjo. Con todo, a despecho de esta ruda pero saludable franqueza que aplicaba a sí mismo, era indudable que siempre había de tratarse con cierta indulgencia y atribuirse algunos méritos más de los que realmente poseía.
«Verdaderamente —pensaba—, ninguno de los individuos aquí reunidos vale más que yo».
Se sirvió un coñac.
Sus meditaciones continuaban. Si la mentira es algo tan multilateral y sutil que triunfa hasta del sentido íntimo, y ondulando de unos nervios en otros no solo se sustrae a la razón, sino que, a veces, brinca sobre ella y la impone su imperio, ¿por qué no había de subsistir en las relaciones sociales? A quien a sí propio se engaña, ¿no le sería fácil engañar también a los demás?
La mentira, como el rubor, el orgullo y la valentía, son sentimientos que surgen al calor de la colectividad. Las personas que examinadas por separado son absolutamente leales, terminantemente sinceras, apenas se reúnen producen la mentira. Es una de las muchas veces en que, tratándose de las paradójicas matemáticas del espíritu, una suma no es el total de los sumandos que la componen. De aquí nace el llamado «espíritu de cuerpo»; los diversos uniformes con que el hombre castiga estúpidamente su libertad, fueron siempre viveros de mentiras.
Además, la credulidad ajena induce por sigilosos caminos a las dulzuras de la superchería. La opinión del prójimo, ese rumor de la colectividad que ahora es presente y mañana será recuerdo, historia, acaso inmortalidad gloriosa, depende de nosotros, de nuestros gestos y palabras; seremos vulgares y nada quedará de nuestro breve paso por la vida; pero sepamos sobresalir, y lo futuro eternizará nuestros ademanes y tendrá ecos perpetuadores de nuestra voz. ¡Y es tan fácil y, por lo mismo, tan tentador, decir un embuste que de súbito nos ennoblezca y aúpe sobre el rebaño!...
En aquel momento Arribas, gordiflón y excitado, decía:
—El yanqui y yo rodamos juntos hasta el fondo del tajo, las manos del uno clavadas, como garras, en el cuello del otro. Pero él cayó debajo..., ¡ah, ladrón!..., y yo, con mi bayoneta, le abrí la barriga de parte a parte...
—¡Viva España! —gritó electrizado Hernández, descargando sobre el velador un puñetazo de gigante.
El notario, de pie, muy sofocado, mostraba una sortija.
—Es un trofeo —dijo—, la llevaba mi enemigo. Yo, cuando le vi bien muerto, traté de quitársela; pero no podía y necesité cortarle el dedo con una navaja.
Don Higinio, lentamente, trasegó otro coñac. ¿Por qué no sería él como los demás? ¿Por qué no proporcionarse, una vez siquiera, el frívolo, inofensivo y alquitarado goce de mentir?...
Los hombres más agradables, los mejores conversadores, recurren con frecuencia a la gracia y poesía del embuste, porque la verdad es demasiado seria, demasiado triste y semejante a sí misma siempre, para no aburrir. Los buenos narradores, si han de ser escuchados con agrado, necesitan suprimir ciertos detalles, abultar otros, inventar, en fin..., y aunque nadie les crea, ¿qué importa, si, al cabo, lo que dijeron fue bonito y distrajo un momento?... La mentira supone una reacción poética del sujeto contra la vulgaridad colectiva. El arte es delicioso porque eternamente, en el fondo y como soplo vivificador de sus producciones mejores, subsiste algo imaginado, convencional; una obra de arte es un trozo de realidad, bajo el cual, como un pájaro dentro de una jaula, canta una mentira.
La misma cortesía, por cuya virtud, según la observación agudísima de La Bruyère, «consigue el hombre aparecer por fuera como debiera ser interiormente», ¿no es también una falsedad? Pero traición exquisita, sin la que los engranajes de la máquina social, probablemente, se romperían.
Don Higinio estaba borracho; un aquelarre de ideas se arremolinaban confusamente tras su frente pálida y sudorosa. ¿Y si mintiese?... La mentira posee un don de polarización que trastorna aun lo más sencillo. Mentir es embarcarse hacia el ideal, amar, rendir corazones, ser héroe, ser millonario. ¿Qué valen el hachís, ni la morfina, ni los paraísos del opio, que produce el Oriente, comparados con el divino opio de la mentira?... Mentir es libertarse, convertirse en otro hombre; el alma que sueña y cree en sus sueños siempre irá vestida de domingo; una mentira equivale a la copa de vino que para olvidar dolores beben los obreros los sábados. Platón, queriendo desterrar la mentira de su República, incurría en un gravísimo delito de belleza y vulneraba la liturgia, porque, sin los altos prestigios de la mentira, ¿qué sería de los dioses?...
Distraída y pausadamente don Higinio se sirvió otro coñac. A su alrededor continuaban improvisándose historias absurdas y dionisiacas, de sangre y de amor: violaciones, batallas, cacerías; toda una gama de terribles estremecimientos de muerte y voluptuosidad. ¿Por qué no inventar algo?... Esta idea producíale un secreto y suave regocijo. Cada una de las personas allí reunidas padecía una debilidad, un vicio, que las obligaba a caer en las exageraciones más desairadas y ridículas; y así don Gregorio, que era noblote, ingenuo y muy dado a llamar las cosas sin ambages y por su nombre, en hablando de cacerías se le nublaba el seso y atribuíase con la mejor buena fe mil arriscadas aventuras; y otro tanto acaecíale a Julio Cenén, en cuanto se refiriese al arte de rendir las castidades más austeras y los corazones más fríos y mejor guardados; y al notario Arribas, en achaques de matonismo, emboscadas, pendencias, desafíos a cuchillo, lances a pistola o florete y otros caballerescos modos de hacerle ascos a la vida. Y si todos, a pesar del merecido descrédito en que el frecuente abuso de la mentira les había puesto, dirigían alternativamente la conversación y narraban episodios que parecían interesar a los demás, él, que nunca cultivó la fábula, ¿qué sincero brío, qué fuerza persuasiva, qué irrecusable imperio de verdad no acertaría a imprimir a lo que dijese?...
La desconocida emoción le ofrecía una especie de plano inclinado, por donde su espíritu quimerista sentía la voluptuosa felicidad de dejarse ir. «Ahora no soy nadie —reflexionaba—; pero apenas inventase algo me convertiría en una especie de voluntad superior y todos repararían en mí...». Sufría una inquietud angustiosa, una trepidación interior, semejante a esos terribles alborotos espirituales con que suele revelarse en los hombres el genio. Mentiría, sí; ya estaba decidido; pero, ¿qué diría, de qué iba a hablar?... La idea de hilvanar torpemente su embuste le aterraba. Su invención no debía ser trivial, sino grande, novelesca, a la vez romántica y heroica, digna, en fin, de los largos años de aburrida sinceridad que la precedieron. Pero una mentira así, bella y recia como una obra de arte, una mentira con vistas a la posteridad, no se improvisaba fácilmente; era necesario discurrirla bien, madurarla, equilibrar minuciosamente los elementos de lugar y de tiempo que habían de robustecerla, para no caer más adelante en contradicciones que descubriesen la torpe armazón de la superchería. Todo ello implicaba graves dificultades; la historia apacible de Perea era demasiado conocida, y una pregunta cualquiera, hecha quizás con mala intención, podía desconcertar al narrador y dejarle en ridículo. Y don Higinio, midiendo el peligro a que su vanidad quería lanzarle, estremecíase de pavura. Aquel amor propio, rasgo máximo de su carácter lleno siempre de leal entereza, se ovillaba ruboroso y temblante ante la risa ajena; él quería que «su público» le aplaudiese, le admirase y tributara a su engaño los respetos que merece la Historia; él no quería fracasar; su mentira no debía ser silbada; nada dijo aún y ya sus pulsos latían de emoción; su miedo era el que oprime el corazón de los autores que estrenan por primera vez...
Para enfervorizarse se sirvió otro coñac. Escenas inconexas, recuerdos a medio vestir, frases que jamás habían granado en su cerebro, le zarandeaban. Como él nunca fue militar, como el notario, ni siquiera cazador de perdices, como don Gregorio, ni disfrutaba de aquel prestigio galán que la pública opinión concedía a Cenén, su mentira necesitaba, desde luego, desarrollarse en otro ambiente; por ejemplo, en París...
Miró a su alrededor; el interés de las historias, acaso de las patrañas, con que unos y otros cebaban la curiosidad general, iba en auge. Los pasteles que doña Benita trajo en una larga fuente de porcelana habían desaparecido. Bajo la luz rojiza de la lámpara y a través del humo de los cigarros, los circunstantes, terriblemente excitados por el coñac y el calor de la habitación, mostrábanse rodeados de un extraño halo de vigor y amenaza. Ladrones, corsarios, parecían, o soldadesca allí reunida para disputarse el botín de un asalto.
De pronto, casi contra su voluntad y albedrío, empujado a ello por un imperativo superior, don Higinio movió los labios, insinuó con su mano derecha un gesto...
—Señores...
Y apenas habló, cuando tuvo la intuición de que algo gravísimo, irreparable, caía sobre él, como si el destino para que fue nacido acabara de cumplirse. No obstante, automáticamente, repitió:
—Señores...
Todos le miraron; su interpelación llegaba, precisamente, en una de esas pausas, semejantes a lagunas de silencio, que a intervalos interrumpen el hilo del diálogo. Aunque, según costumbre suya, había hablado muy bajo, su voz, dotada quizás en aquel momento de algún inexorable y taladrante magnetismo, avasalló la atención general. Don Higinio iba a decir algo...
Perea prosiguió lentamente, con un repentino aplomo de que él mismo, apenas lo advirtió, empezó a asombrarse.
—Yo también, si ustedes lo permiten, voy a contar algo interesante. Hay en mí, como en todos los hombres, una historia íntima, una página secreta, un rincón sagrado donde nadie..., ¡compréndanlo ustedes bien!..., donde nadie entró nunca...
¿Una historia Perea? ¿Era posible? ¡Una historia aquel hombre que en todas las reuniones del Casino siempre se limitaba a oír!... Hubo un breve momento de expectación. Don Cándido se quitó su gorrilla de terciopelo para rascarse el cráneo, mondo y puntiagudo, con las uñas de sus dedos amarillados por el humo de los cigarrillos y el vaho de las medicinas. Estaba atónito. ¿De modo que el amigo Perea, a quien todos creían conocer perfectamente, escondía un misterio?... En el secreto que va a divulgarse, vibra una especie de violación, de atropello: un aroma de azahares deshojados, que inspira un regocijo casi sexual. El secretario del Ayuntamiento, muy alborotado, revolviendo a todos lados sus ojos ratoniles, interrogó al médico.
—¿Usted sabía algo, don Gregorio?
—Yo, no.
—Ni yo —afirmó Arribas.
—Ni yo —repitió Gutiérrez.
—Yo tampoco —dijo el boticario—, y el lance me interesa y sorprende tanto más, cuanto que don Higinio nunca se ha metido en bullas.
—No lo sabe nadie —interrumpió Perea con cierta vehemencia, que produjo en su auditorio bonísimo efecto—, y si ahora me decido a hablar es porque hay penas, remordimientos..., como ustedes quieran llamarlos..., que no pueden llevarse ocultos en el pecho toda la vida. Pero, ¡eso sí!..., han de jurarme ustedes, bajo palabra de caballeros, que mi desgracia..., porque se trata de una desgracia..., no se la dirán a nadie, no saldrá de aquí... Como si yo hubiese hablado dentro de una tumba, ¿verdad?... Yo estoy casado, tengo hijos... ¡Ustedes sabrán ponerse en mi lugar!...
Los circunstantes asintieron; estaban sugestionados; el secreto de don Higinio Perea moriría con ellos. Y entonces fue cuando este, que había empezado a hablar sin saber aún exactamente lo que iba a decir, vio claro. Fue una improvisación maravillosa, un chorro de luz meridiana, un brusco y magistral andamiaje de palabras y de gestos tan precisos y terminantemente coordinados, como si dictados fuesen por la verdad misma: una especie de pasmoso monólogo en el cual los talentos de un dramaturgo y de un comediante los recursos mejores, acababan de aunarse para defender el éxito de una mentira. Fácilmente, con rapidez de vértigo, don Higinio inventaba, recordaba, zurcía lo imaginario con lo verdadero, y a la vez ligaba hechos que en la realidad histórica aparecían separados, o divorciaba, por el contrario, lo que estuvo unido; y todo febrilmente, sin un titubeo, con ese contagioso ardor que produce en los espíritus la visión rotunda, concluyente, de la verdad. Fue un caso precioso de aquella «síntesis imaginativa de imágenes dispersas y reales», de que tanto hablan los neurópatas.
Adelantando mucho el busto, la voz insegura y como estrangulada por la emoción, lo labios trémulos, descoloridos, bajo la hirsuta frondosidad del bigote, el rostro cubierto de histriónica palidez, don Higinio Perea agregó:
—Yo, señores... he matado a un hombre...
A esta declaración terrible nadie contestó: tan acerba fue la impresión, tan extraordinarios el asombro y el trágico espanto que cayeron sobre aquellas cabezas sencillas. El notario estuvo tentado de marcharse, y don Cándido miró hacia la puerta para cerciorarse de que estaba cerrada. Don Gregorio, Gutiérrez y Julio Cenén no se movieron: parecíales que, oyendo las confesiones de don Higinio, iban a ser cómplices de un crimen. El pánico de todos fue tan manifiesto, que allí mismo Perea, interiormente, se arrepintió de su disparatada audacia. Pero, ¿cómo desdecirse, cómo retroceder, cómo retirar ya la palabra heroica?...
Sereno, temerario, dueño absoluto de la situación, el gesto parco, los ojos ligeramente vueltos hacia arriba, digno como Ulises, su hermano en mentiras, de tener un Homero para su hazaña, el narrador continuó:
—Fue en París, a los pocos meses de llegar allí. Vivía yo a la sazón en el hotel de los Alpes, del cual creo haberles hablado otras veces...
Para dar mayor verosimilitud a la novela que iba desenvolviendo, buscó arteramente la alianza y colaboración de su auditorio.
—¿Recuerdan ustedes que estuve una temporada bastante larga sin escribir?
Hernández asintió.
—Sí, me parece que sí..., tengo cierta idea...
—Mi pobre Emilia no la ha olvidado. ¡Cuánto sufrió entonces!... Pues bien; aquel silencio mío fue motivado por lo que voy a decir. Ya supondrán ustedes que en el fondo de mi historia, como en todo cuanto por algún concepto puede interesar mucho al hombre, hay una mujer... La inspiradora o causante de aquel drama fue una italiana, tipo admirable: pelinegra, el cutis mate, los labios muy rojos, los ojos azabachados: se llamaba Leopoldina y estaba casada con un holandés; míster Ruch: una especie de gigante, pesado, musculoso, con unos cabellos de oro muy planchados sobre la frente y los ojos grandes y azules, de un azul pálido. Podría dibujarlo. Lo más notable de aquel coloso era el color de su piel, blanca, blanca..., como las nieves de su país, como solo puede serlo la carne de las gentes del Norte. Aquí, en nuestras tierras manchegas, donde tan lindamente castiga el sol, no sabemos lo que es eso. ¡Pero en Holanda!... El tipo de que hablo me producía la extravagante impresión de una estatua de mármol con peluca rubia.
Julio Cenén trató de adelantarse a los acontecimientos.
—Un tipo así no es el más a propósito para una italiana —dijo—; las italianas, como las españolas, son todo fuego.
Don Higinio le atajó.
—Eso parecían significar las apariencias; pero estas muchas veces engañan. Míster Ruch, obeso y rubicundo, era violento, dominador y grosero como un turco: una especie de Otelo con cabello de ángel. Leopoldina, sin embargo, tuvo la osadía de poner en mí sus bellísimos ojos..., y crean ustedes que los hombres más valientes son corderos comparados con la mujer que se enamora y dice: «¡Allá voy!...».
Continuó su relación con gran sobriedad, y poniendo siempre en ella un buen humor muy del gusto de su auditorio. Había sabido asociar el nombre de Leopoldina, la aventurera que una tarde en las calles de Paul-Lelong y Montmartre le robó casi a viva fuerza un billete de cien francos, a la figura del holandés y de su mujer; y como a estas imágenes iba vinculado el aspecto del comedor y de las habitaciones, escaleras y pasillos del hotel de los Alpes, su fantasía lo barajaba todo armónicamente y su improvisación iba devanándose como sobre rieles.
¿Por qué asoció la imagen del holandés a su folletinesca aventura?... El narrador ignoraba la causa: quizás por obra de la misma antipatía que sintiera hacia aquel hombre apenas le vio, y por las muchas veces que, mientras comía, se divirtió en observar a su mujer. El apellido «Ruch», que adjudicó al holandés, pertenecía a Francisco, el intérprete del hotel de los Alpes.
Don Higinio acababa de referir sus emociones la noche en que, desde la ventana de su cuarto, alebrado como un cazador en acecho, había visto desnudarse a la italiana; y aun tuvo la perversidad de describir el rebuscado lujo y limpieza de su ropa interior, y aquellas señales que las cintas del corsé dejaron sobre su carne joven y rosada. Julio Cenén suspiró: aquel episodio le había puesto los ojos muy brillantes. Don Higinio suspiró también; su carrilluda fisonomía acababa de cubrirse de gravedad triste.
—¿Quién me hubiera dicho entonces —exclamó— que algunas horas más tarde aquel cuerpo hermosísimo se arrojaría entre mis brazos?...
Hubo un silencio. Según hablaba y veía la descomunal impresión que sus palabras producían, el narrador iba maravillándose de su obra. Era imposible mentir mejor que él lo hacía: su mentira fruto parecía de sazonadas meditaciones y de tenaces y escrupulosos ensayos. Instintivamente, con una intuición omnisciente de gran comediante, hallaba la inflexión vocal mejor, la frase y la actitud más adecuadas para vestir su fraude. Y así, unas veces mentía afirmando; y otras, negando tibiamente ciertos detalles que adulaban demasiado su amor propio o mostrándose arrepentido de lo hecho, continuaba mintiendo: que, si bien se repara, en la vida como sobre el mar, todos los caminos pueden conducir al mismo puerto.
—Una tarde, al volver de la calle y entrar en mi dormitorio —prosiguió don Higinio—, pisé un papel que habían echado por debajo de la puerta. Me agacho a recogerlo, lo desdoblo temblando y leo: «Una señora que se interesa por usted le espera esta noche, a las ocho y media, en la calle Feydeau, dentro de un coche que hallará usted parado frente al número nueve».
Esta cita fantástica tenía una raíz histórica: Perea se había acordado de las falsas señas que le dio madame Berta. Hernández le interrumpió:
—¿La misiva estaría escrita en francés?...
A pesar de la limpia inocencia de la observación, don Higinio, que no la aguardaba, se desconcertó un segundo; pero su turbación fue tan rapidísima, tan leve, que nadie la advirtió. Tuvo, además, el discreto acuerdo de negar.
—La misiva estaba en italiano; pero yo la leí de corrido; ya saben ustedes que el italiano lo entendemos perfectamente.
Y continuó:
—Cinco minutos haría que yo esperaba en la calle Feydeau, cuando un coche se detuvo delante de mí. Ahora juzguen ustedes de mi sorpresa al reconocer tras el cristal de la ventanilla el encantador perfil de la italiana del hotel de los Alpes. No titubeé, sin embargo, y abrí la portezuela. ¡Ah, esos lances, que parecen de novela, no suceden nada más que en París!... Allí son moneda corriente; estoy por creer que ni siquiera llaman la atención: parece que flotan en la atmósfera, que los produce el clima... Pues bien; yo, la verdad, como he corrido pocas aventuras, estaba aturrullado y no sabía qué decir. Afortunadamente, Leopoldina vino en mi auxilio. Era una criatura de extraordinario talento. En pocos instantes, mientras el cochero nos llevaba hacia el Arco de Triunfo, me contó su historia, unas veces en su idioma, otras en francés. Tan pronto lloraba, tan pronto reía..., y, de repente, como si se hubiese vuelto loca, me echó los brazos al cuello y se sentó sobre mis rodillas.
Tronó una explosión de hilarante. Gutiérrez abrazó al victorioso don Higinio y el notario le hizo cosquillas pellizcándole en las corvas. Don Gregorio y Cenén apuraron sus copas de coñac en señal de alegría. Pero el agasajado no sonrió siquiera, y todos callaron respetando su pena, acordándose de que aquellos amores habían tenido un desenlace trágico.
—Mis relaciones con Leopoldina —continuó Perea— apenas duraron una semana. Nos reuníamos en el domicilio de una señora amiga suya, y allí me narraba sus penas: su marido era un animal, un perfecto animal, celoso y terrible, que no la comprendía. ¡La pobre! Quería a todo trance escaparse conmigo. «Me llevas a España —balbuceaba llorando—, a España para siempre...». Y yo la hubiese traído..., ¡palabra de honor!..., la hubiese traído; los hombres, en ciertas ocasiones, no sabemos resistir. Ahora, cuando nuestro amigo Cenén decía que estuvo en peligro de marcharse con la Debreuil, me acordaba de esto...
Volvió a suspirar y por dos veces tragó saliva, como luchando con su pena.
—Omitiré detalles —prosiguió—; baste saber que míster Ruch, enterado de lo ocurrido, vino a desafiarme a mi propio cuarto. Era casi de madrugada cuando se presentó. Como ustedes comprenderán, traté de negar, más que por miedo..., ¡lo juro!..., por caballerosidad. Yo, francamente, el miedo no lo he sentido nunca. Pero él me obligó a callar diciendo: «Lo sé todo, mi mujer me lo ha contado todo; así pues, si no quiere usted salir a batirse inmediatamente conmigo, le mataré aquí mismo como a un perro». Y sacó un revólver. En aquel momento, señores, lo confieso, me acordé de mi pobre Emilia, de mis hijos, de mi España... Estos tragos, luego, examinados a distancia, no parecen graves... ¡Ah! Pero cuando se pasan son duros..., ¡duros de veras!... En fin, convencido de que nada podía hacer para evitar el lance, me vestí tranquilamente y cogí un cuchillo que días antes de emprender mi viaje había comprado en Ciudad Real. ¿Se acuerda usted, don Gregorio?
El médico, en efecto, se acordaba...
—¿No tenía usted revólver? —interrumpió don Cándido, a quien la bravura impasible de su amigo aterraba.
—Sí —replicó don Higinio—; pero prefiero las armas blancas: con ellas hay que arrimarse al peligro; por lo mismo son más valientes, más nobles, y, desde luego, mucho más seguras. El holandés, sentado al borde de mi cama, me observaba impasible. Cuando acabé de vestirme, le dije: «Usted guía». Salimos a la calle y tomamos un coche que nos dejó en la plaza de la Concordia, junto a una estación del Metropolitano. Allí subimos al tren subterráneo, que en menos de cinco minutos nos llevó al Arco de Triunfo, donde ganamos el tranvía de vapor que va a Neuilly. ¡Un verdadero viaje! Yo iba inquietándome; pero callaba para que mi rival no se formase mala idea de mí.
—¡Qué valor! —exclamó el boticario.
—Fue una temeridad —dijo don Gregorio—, porque el holandés podía ser un miserable y tenderle a usted una celada. ¡No sería el primer caso!...
Don Higinio se alzó de hombros con desdén heroico.
—En esos momentos, amigo Hernández, crea usted que nadie piensa lo que hace.
Arribas, recordando sin duda los yanquis sacrificados por él como corderos, en Santiago de Cuba, aprobó:
—Dice usted bien: los hombres nos cegamos y somos peores que tigres.
Perea continuó: