Chapter 21 of 28 · 3937 words · ~20 min read

Part 21

Ya dos días antes de empezar el holgorio comenzó a notarse en la estación del ferrocarril desusado barullo; los trenes llegaban abarrotados de feriantes, y sobre el pequeño andén unos momentos las mantas, las alforjas, los botijos, los colchones, los baúles forrados de hojalata y otros líos, maletas y rebujos de diversos colorines y trazas, componían barricadas pintorescas. Los vendedores más importantes llegaban en carros o sobre mulos. A los ganados se les veía avanzar bajo nubes doradas de polvo por los numerosos caminos de herradura que, faldeando la sierra abrupta, descendían ondulantes hacia el valle, donde humeaban las chimeneas de las minas; y todo componía un jubiloso estrépito de colorines estridentes y de voces, de gruñidos, de bramidos, de relinchos, de agrios, inacabables y flexuosos lamentos de ruedas mal engrasadas, chasquear de látigos, acelerado tintinear de colleras, todo revuelto, chorreando vida y subiendo al cielo en la paz rústica, soleada y azul de la naturaleza primaveral. El viernes, durante la noche, hubo en el paseo un atabaleo de martillos que mantuvo a la chiquillería del lugar nerviosa y despierta hasta muy tarde: eran los trajinantes, vendedores y titiriteros que levantaban sus barracas de lona y tablas. Por toda aquella parte, el pueblo parecía un campamento; en el misterio nocturno, a la luz remisa de los faroles, cuadrillas silenciosas y diligentes de mujeres y hombres, trabajaban afanosamente cavando hoyos, plantando horcones, aderezando con pasmosa destreza anaquelerías y mostradores que luego aislaban entre fantásticos tabiques de trapo; y de las grandes arcas donde los bujeros llevan sus mercancías, las falsas joyas y los juguetes salían a millares.

La feria presentaba aquel año extraordinaria animación. En el Casino, y con unánime y fervoroso beneplácito de sus socios, fueron recibidos varios profesionales del juego, individuos corteses, bien vestidos y de manos muy alhajadas, y hubo partidas de _baccarat_ hasta el amanecer. Las peripecias del azar removieron los ánimos. Se hablaba de los dos novillos que el domingo serían lidiados y estoqueados por unos acróbatas italianos, y de que Pedro Ramírez, director de la Banda municipal, había ensayado minuciosamente a sus músicos para lucirse en la Glorieta. También se dijo que Julio Cenén y dos amigos suyos estuvieron cenando en la taberna de _Tocinico_ con las tonadilleras de una barraca.

Al otro día, sábado, después de almorzar y recibir las cuentas de sus capataces, don Higinio Perea se aseó cuidadosamente, vistiose un traje nuevecito de lanilla azul, y con el blando sombrero de fieltro gris ligeramente caído sobre la oreja izquierda se presentó en el comedor. Doña Emilia y su hija, sentadas en sillas bajas, cosían ante un gran cuévano lleno de ropa limpia. De una ojeada registró la esposa todos los perfiles y detalles de la pequeña, redonda y saludable figura de su marido: el hirsuto bigote untado de brillantina, irguiéndose en la satisfacción rosada y carnosa del rostro; la corbata roja con lunares negros, los zapatos de cuero amarillo, los pantalones doblados sobre la cursilería de los calcetines de hilo violeta. Con tantos colorines parecía don Higinio una puesta de sol.

—¡Mira —exclamó la buena señora dirigiéndose a Carmen—, qué majo ha sabido ponerse tu padre!...

Luego, con el aire indulgente y cansado de la mujer que necesitó perdonar muchas veces:

—¡Bien dice el refrán: quien malas mañas tiene...!

Perea sonrió orondo de parecer todavía, a pesar de sus cuarenta y ocho años, joven y buen mozo. Doña Emilia, más enamorada de él que nunca, le miraba embelesada, asombrándose de cómo un hombre que llevaba una bala dentro estuviese tan fuerte. Don Higinio preguntó por Ismael Cañeja, el novio de Carmen: era un buen muchacho, rico y dócil, que acababa de abrir en Serranillas su bufete de abogado. Ismael no había llegado aún.

—Estamos esperándole —dijo Carmen.

Don Higinio se alegró, porque así le dejaban libre.

—Yo pensaba ir a la feria; ¿queréis acompañarme?

—Nosotras —repuso doña Emilia— iremos más tarde; si supiésemos dónde encontrarte a las seis o las siete..., por ejemplo...

—A esa hora —contestó Perea— os aguardo en la feria; ya sabéis, en la caseta del Casino. ¡Hasta luego!...

Desde su casa se encaminó a la Plaza de Toros. Aquella pueril afición a los payasos y los acróbatas le avergonzaba un poco; pero él era así y no podía envejecer sus gustos, a pesar de sus viajes, de sus fingidas tristezas de ciudadano cosmopolita y de aquellos terribles ajenjos que sin ganas solía beber en el Casino. Al acercarse al despacho de billetes, don Cándido le detuvo.

—Tengo un palco —exclamó riendo—; luego vendrá don Jerónimo Arribas con su familia. Acompáñenos usted.

La sana sencillez con que el boticario hablaba de lo que iban a divertirse alivió de su empacho a don Higinio. Declaró, sin embargo, que todo aquello le aburría; pero como en los pueblos, cuando llega un día festivo, no hay donde meterse... El farmacéutico, para consolarle, le adelantó algunas noticias: los toritos eran murcianos; él pudo verlos la víspera y le parecieron bravos y de mucho poder; el clown encargado de estoquearlos había dicho que si en la muerte de cada res tardaba más de quince minutos regalaría veinticinco pesetas al Hospital.

—Le aseguro a usted —repetía don Cándido—, que vamos a divertirnos: estas mojigangas me desternillan de risa.

La plaza era de madera, y tanto el redondel como el callejón, cubiertos estaban de hierba menuda. En medio de la arena, pendiente de una armazón metálica asegurada por hilos de acero y bruñida por el sol, había un trapecio. La multitud se apiñaba en las gradas, voceadora y riente. Sonaban gritos, pregones, insultos fieros. La tarde era alegre, luminosa, tibia. A lo lejos, dorados por el incendio vesperal, ondulaban los montes que cerraban el pétreo horizonte de Serranillas, y las figuras de los mozos, casi todos con chaleco negro y en mangas de camisa, ocupadores de la fila última y más alta del tendido, perfilábanse limpiamente sobre aquel gran fondo amarillento y azul.

A las cuatro y media comenzó la mojiganga, en la que para cumplido recreo y satisfacción de los más exigentes hubo de todo: farsas bufas, perros sabios, equilibristas, juegos malabares y ejercicios de fuerza. Pero lo que mayor alegría produjo fue la lidia de los dos novillos, que el payaso italiano, tras muchos sustos, caídas y grimosas congojas, logró matar antes del plazo de quince minutos que él mismo se impuso, por cuanto salvó las veinticinco pesetas de su apuesta y fue aclamado y sacado del redondel en hombros.

Eran las seis. Arribas se había marchado con su familia, y don Higinio y el boticario se hallaron un poco desconcertados ante la aburrida longitud y vacuidad de la tarde; el espectáculo había concluido demasiado pronto; todavía, para la hora de cenar, faltaba mucho tiempo.

Caminaron hacia la Glorieta, donde los músicos de la Banda municipal, dirigidos por la vehemente batuta del maestro Ramírez, preludiaban un inspirado momento sentimental. Don Cándido, que no diferenciaba un vals de un pasodoble, preguntó:

—¿Qué tocan ahora?

Perea tampoco lo sabía; tenía un oído detestable y una educación musical tan precaria que no diferenciaba a Wagner de Lehar.

—No sé, no recuerdo...; pero debe de ser alemán.

Dieron algunas vueltas por la Glorieta, girando pausadamente alrededor del quiosco donde el maestro Ramírez, la cara roja, sudada y reluciente y los brazos en alto, se cubría de laureles. El gentío era enorme; apenas podían andar; del suelo arenoso el trajín de tantos pies arrancaba un polvillo que manchaba las ropas y enardecía las fauces. Dentro de sus trajes domingueros, mujeres y hombres iban graves, rígidos, como envarados por la preocupación de ver y ser vistos. Pasó Diego, solo, vestido de gris, las manos en los bolsillos del pantalón, el caminar descuidado de quien se aburre y no tiene qué hacer, y un palillo de dientes prendido en la cinta del sombrero.

—Buenas tardes, don Higinio, y la compañía.

—Adiós, Dieguito.

—¿Es el sobrino de Arribas? —preguntó don Cándido.

—El mismo.

—Me había parecido. No le trato; no me gusta.

—El pobre no sé cómo tiene humor de salir a la calle. Una vez me contó sus penas. Él juega; bueno... Pues nada más que por eso, porque se jugó tres o cuatro veces el sueldo que le daban en el Ayuntamiento, le dejaron cesante y su mujer le abandonó y se volvió con su padre.

—Algo me habían contado.

—Además, su suegro le ha quitado los hijos.

El boticario, tan bueno, tan fácil al enternecimiento, tuvo, sin embargo, en aquella ocasión, por obra quizás de la opinión colectiva, un arranque cruel.

—No conozco a su mujer —exclamó—; pero estoy cierto de que ha procedido muy discretamente volviéndose de nuevo con su padre. Ese Diego, según dicen, es un pillete y un tonto, ¿y usted sabe, amigo Perea, cuán horrible será vivir con un tipo así?...

Pasó Gutiérrez.

—Adiós, señores.

—Buenas tardes. Adiós, señoritas.

Al jefe de Correos acompañaban sus hijas Águeda y Marina.

—Parece —insinuó malévolamente don Higinio— que a la niña de Gutiérrez no ha vuelto a reproducírsele el tumor.

—No era posible.

—Ya; ¿la operaron bien?

—Perfectamente; la cura fue radical: al novio... ya sabe usted quién digo: don Mariano, el de la herrería...; pues, nada: se marchó a León y no ha vuelto...

Los dos hombres rieron, apoyándose mutuamente el uno en el brazo del otro. Aquel torpe donaire no les producía malestar; ¿por qué, si lo decía todo el mundo?...

Caminaban lentamente, sofocados por el gentío y el polvo. A derecha e izquierda las barracas alzaban sus frontis de trapo: había tiros al blanco, acróbatas, boxeadores, fieras domadas, un gigante, un enano, un indio que comía carne cruda, un luchador australiano que regalaba diez duros a quien le venciese, una mujer con cabeza de lobo, una exposición de figuras de cera, puestos de avellanas, nueces, turrón, arrope y otras golosinas, y todo se anunciaba con estentóreas voces y zambra fragorosa de tambores, platillos y cornetas. Los «tío-vivos», alegrados por la canallesca algarabía de los pianillos de manubrio, giraban veloces, desplegando al aire la policromía de sus banderitas y bambalinas; los columpios, llenos de muchachas que reían a la luz opalina del crepúsculo, mecíanse isócronos en el espacio límpido; delante de los pequeños bazares, bajo los toldos extendidos ante ellos como viseras, la multitud se apiñaba curiosa; todos buscaban algo: las mujeres, un dije; los mozos, una cartera o una navaja; los niños, un juguete. Allí se mascaba el polvo y el calor era más fuerte. En pie, tras el prestigio de sus mostradores, los mercaderes animaban al público a comprar. La rústica muchedumbre se detenía, dócil y curiosa, cautivada por el brillo de las botonaduras, de las peinetas, de las sortijas, alfileres y pendientes de similor distribuidos en cajitas de cartón blanco, y los chiquillos miraban asombrados, las cabezas echadas atrás, los montones de sables y fusiles de hojalata, látigos, cornetas, carricoches de cartón y muñecos de celuloide colgados del techo de los bazares como racimos de maravilla.

Lo que más interesaba al boticario era la abundancia de caras nuevas. Esto le envanecía.

—Serranillas —dijo— no tardará en ser una gran población; repare usted en su influjo sobre los pueblos cercanos: hoy, la mitad de las muchachas de Almodóvar y de Argamasilla, están aquí.

Don Higinio notó que muchas mujeres le miraban; don Cándido lo advirtió también.

—Le comen a usted con los ojos.

El héroe de la Grande Jatte sonrió; don Cándido prosiguió bromeando:

—¿Qué lleva usted hoy encima de su persona?... ¿Será el sombrero? ¿Será la corbata?...

Perea adoptó el aire reflexivo y disgustado del hombre a quien molesta la popularidad.

—Es —repuso bajando la voz— que conocen mi historia de París: las mujeres se mueren por lo raro.

Volvieron a cruzarse con Dieguito, con Gutiérrez y sus hijas, y con la familia del notario. También saludaron a Julio Cenén y su mujer, y a lo lejos, por detrás de las casetas, como huyendo del bullicio, vieron pasar la silueta bondadosa y anciana de don Tomás Murillo.

—¿Quiere usted ver una buena moza? —propuso don Cándido.

Don Higinio se sobresaltó un poco.

—¿Dónde?...

—Aquí, cerca de la Glorieta. Volvamos hacia atrás: es de Valladolid; tiene un puesto de abanicos. Que yo sepa, nada malo dicen de ella todavía, pero parece así... muy alegre... Eso, usted que conoce a las hembras, lo juzgará mejor que yo.

Perea, aunque sin ganas, se dejó llevar. Cuando ya llegaban vieron a doña Emilia con Teresita, Carmen y su novio. Todos se saludaron sin detenerse.

—Hasta luego, Ismael.

—Hasta después...

La abaniquera de Valladolid vestía de luto: era una mocetona alta y gruesa, pelinegra, con las mejillas muy pálidas y la nariz larga, aguileña, dominadora entre la expresión impertinente de dos ojos vivaces, redondos y muy juntos. Se hallaba en pie detrás del mostrador, forrado de yute rojo, de su caseta; inmóvil sobre el fondo que ponía a su figura la anaquelería repleta de cajas de abanicos.

—¿Pero usted ha hablado con ella otra vez? —susurró don Higinio.

—Yo, nunca.

—Entonces no debemos acercarnos, sería ridículo.

—¿Ridículo? ¿Por qué?... ¡Vamos, tiene usted unos miramientos! ¿Y usted ha viajado?... ¡Bah! Usted no sabe tratar a esta gente.

Se adelantó un poco turbado, sin embargo:

—¡Bien por las caras bonitas! Si yo no fuese tan viejo, vendía la botica y me marchaba por esos mundos con usted a vender abanicos.

No obstante lo manido y ramplón del requiebro, la muchacha sonrió, agradeciendo a don Cándido sus rendidos propósitos. Demostró apreciarle; sabía que la farmacia era suya; también conocía a doña Benita, con quien estuvo hablando una tarde. El boticario sentía apaciguarse por instantes el fuego de sus amorosas baterías y lo desairado de la conversación emprendida. Por decir algo exclamó, echando sobre Perea todas las responsabilidades de la entrevista.

—Pues... yo deseaba presentarle este amigo, que se ha enamorado de usted.

La indiscreción de don Cándido revolvió las bilis de don Higinio, que se puso encendido como un rábano. La abaniquera de Valladolid se echó a reír.

—Este señor don Cándido, a pesar de sus añitos, es un revoltoso.

El boticario prosiguió muy animado:

—¿Usted no ha oído hablar de don Higinio Perea?

—¿Que es dueño de una mina?

—Ese. Pues aquí le tenemos. Donde usted le ve, hecho un taco, conoce París y ha tenido con las mujeres mucha fortuna.

Volviéndose hacia Perea, añadió:

—Pero, hombre..., ¿va usted a ponerse por eso colorado?...

La abaniquera de Valladolid miró a don Higinio con la atención que inspira el individuo de quien se sabe una grave historia. Perea, sobrecogido, sin saber qué hacer ni qué decir para recobrarse, replicó:

—Casualmente traigo aquí el retrato de una de ellas.

—¿Qué retrato?

—El de la italiana del hotel de los Alpes.

Aludía a un antiguo retrato que compró en París por un franco, y aquella mañana encontró registrando un legajo de olvidados papeles. Para darle valor histórico, la facundia embustera y tracista de don Higinio había discurrido dedicárselo con letra fingida, y luego raspar la dedicatoria cuidadosamente, pero no tanto que el nombre de Leopoldina no fuese bien legible.

—Me lo eché al bolsillo precisamente para enseñárselo a usted. Véanlo...

Era la fotografía de una mujer hermosa y medio desnuda, envuelta en un abrigo de pieles.

Don Cándido y la abaniquera de Valladolid miraron ávidamente el retrato que Perea les mostraba con cierto disimulo para no llamar la atención de los curiosos. Ambos reconocieron el buen gusto de don Higinio. Ella preguntó:

—¿Esta señora era del teatro?

—No...

Se ponía melancólico y un hondo suspiro le subió a la garganta. La joven agregó curiosa:

—Aquí decía algo: ¿la dedicatoria, verdad?... ¿Quién la borró? ¿Usted?... ¿Y por qué?... ¿Era escandalosa?...

—No, hija mía; no es que fuese escandalosa; es... que constituía una imprudencia. Tratándose de una mujer casada...

Gravemente, con la cara triste de quien acaba de lastimarse el alma contra un mal recuerdo, don Higinio guardó el retrato. Entonces la abaniquera de Valladolid interpeló a don Cándido:

—¿Ve usted? ¿Cómo quiere usted que este caballero, que ha conocido mujeres tan hermosas, se enamore de mí? Lo que el señor Perea querrá es comprarme un abanico.

Don Higinio, siempre cortés, accedió y pagó doce pesetas por un abanico que apenas valdría ocho o nueve reales. Con esta generosidad de gran señor se despidió de la muchacha. Al boticario le indignaba aquel dispendio inútil. Perea sonreía satisfecho de que su largueza hubiese enmendado su falta de desparpajo y conversación. Dijo:

—Con las mujeres, para rendirlas pronto, hay que empezar así.

Regresaron a la Glorieta y subieron los cuatro peldaños que daban acceso a la caseta del Casino: era una amplísima azotea de asfalto donde se servían café y refrescos; una barandilla la circundaba y hallábase cubierta por una lona afianzada sobre altos pilares de hierro. Don Higinio y don Cándido se instalaron en un velador inmediato al paseo. Desde allí saludaron a varios amigos. El boticario pidió una cerveza, Perea un ajenjo, y ambos se desabotonaron los chalecos para mayor comodidad y holgura. También se quitaron los sombreros, y con toda parsimonia secáronse el sudor que les mojaba la frente y el cogote. Abajo, la multitud circulaba lentamente o se detenía ante los baratillos; en los árboles, cuyos tallos más altos doraban aún las llamaradas postrimeras del crepúsculo, suspiraba la brisa; los músicos de la Banda municipal se habían marchado y el silencio que dejaron tras sí añadió al ambiente vesperal una sensación de frescura.

Rompiendo por entre la multitud, un vendedor de globos se acercaba: era un hombrecillo pequeño, vestido de pana, con el chaleco abierto sobre el orondo declive de la panza. Un enjambre de chiquillos le precedía, le rodeaba, mirándole de hito en hito, como a un ídolo; cuando el mercader se detenía, el menudo batallón le imitaba y sus rostros, renegridos por la intemperie y el sol, ardían de deseo. Aquellos globitos chillones, pintureros, tan pronto hinchados y codiciosos de libertad, como propensos a amustiarse, eran un admirable símbolo de la psicología infantil. Viéndolos don Higinio, de pronto se quedó triste y empezó a suspirar. Su melancolía sorprendió al boticario:

—¿Qué le sucede a usted?

—¡Psch... nada!...

Mentía; recordaba sus años niños, sus años buenos. ¡Los globos!... ¿Quién, de muchacho o de joven, no ha llevado dentro del alma un juguete igual?...

El vendedor iba acercándose. Inesperadamente el cordelillo con que sujetaba su liviana mercancía se rompió y los globos, atados unos a otros, se remontaron en brusco tropel: una bandada de raros pájaros parecían, y su áspera policromía clavaba sobre el fondo apacible y uniforme del cielo el júbilo chillón de un cartel. La muchedumbre, sorprendida, lanzó un grito; luego hubo risas y centenares de brazos señalaron al espacio. ¡Un espectáculo nuevo! La gente reía adivinando que el desdichado vendedor de globos debía de sentir ganas de llorar. Es lo humano: lo que fue lágrima en un individuo, después, al reflejarse sobre la conciencia social, se transmuta en risa.

Pero el viento había impelido al manojo de globos contra los árboles del paseo, y los fugitivos empezaron a tropezar, cual si unas ramas los despidiesen y otras los atrapasen; ellos, sin embargo, aunque entre golpes, seguían subiendo hasta que el cordelito que llevaban colgante a la zaga se enredó a uno de los tallos más altos. Entonces se detuvieron. El público prorrumpió en un largo «¡oh!...» admirativo. Vistos así, componían un airoso penacho, una especie de colosal y disparatado racimo que el sol moribundo teñía de rojo, de verde, de naranja, de violeta, de añil...

Su dueño, el hombrecillo del traje de pana, pateaba y se mesaba los cabellos. ¿Cómo recobrarlos? Su dolor era trágico y bufo; viéndole tan infeliz, tan mezquino, la multitud sentía indistintamente ganas de insultarle o de darle un abrazo. El pobre hombre miraba a sus queridos globos; comprendía que de no alcanzarlos en seguida, quedarían inservibles, sin barniz, lamentablemente desinflados bajo el rocío nocturno. De pronto echó a correr: recordaba que en el Ayuntamiento había una escalera muy larga e iba por ella. Sobre la muchedumbre rodó un murmullo de hilaridad; los espectadores se imaginaban cuán cómica sería la figura del vendedor cuando reapareciese pequeñín, sudoroso, jadeante, bajo el peso de la escalera.

Parados al pie del árbol, los chiquillos observaban ávidamente los globos que el viento balanceaba allá arriba, en la luz, como un airón. ¡Si pudieran cogerlos antes de que su dueño volviese!... La gente les azuzaba, complaciéndose en aquella mala obra. Los muchachos titubeaban. Varios intentaron subir, mas no pudieron; el tronco era demasiado grueso. Súbitamente uno de ellos, más vigoroso o más resuelto, acometió la aventura; favorecido por sus compañeros, consiguió gatear hasta izarse sobre la primera bifurcación, y ya allí, de unas ramas en otras, continuó trepando.

Don Higinio, que no le quitaba ojo, se había puesto en pie, nervioso y asustado.

—Va a caerse —murmuraba— y nos dará un disgusto.

Don Cándido, muy inquieto también, afirmó:

—Me parece que sí...

En el público, que opinaba lo mismo, acababa de producirse un silencio imponente. Todos miraban. Cerca de la copa, las ramas delgadas ofrecían escasa seguridad; el muchacho lo comprendió y empezó a vacilar; tenía miedo. Pero ya no podía retroceder; su ambición de una parte, de otra el elogio de la muchedumbre, le obligaban a seguir. Aún adelantó algunos metros. Por fin logró alcanzar el cordel que pendía de los globos, y estos se estremecieron como si defendiesen su libertad. El entusiasmo del público, impresionable y desocupado, reventó en un aplauso.

De pronto surgió la tragedia. El muchacho, que iba descolgándose con destreza felina de rama en rama, hizo un mal movimiento y cayó al pie del árbol, lívido, inerte, la cabeza bañada en sangre, mientras los globos, independizados unos de otros, volaban desgranando por el infinito añil la carcajada de sus colorines.

Unos guardias se llevaron al herido, quien, a pesar del agua con que le rociaron la cara, no recobraba el conocimiento. Don Cándido, muy inquieto, repetía:

—Pero, ¿ha visto usted qué chiquillos estos? ¿Ha visto usted?...

Perea, serenado el susto del primer momento, cayó en un silencio de reflexión y nostalgia. La opinión ajena, el elogio desprendido como aroma fatal de aquella multitud que llenaba el paseo, fue lo que hirió al muchacho; el chiquillo se expuso a morir por quedar bien, por la misma razón que una tarde Luisa Soucy, la camarera del hotel de los Alpes, ante el pequeño público que iba a juzgarla, arriesgó su vida. Y él sosteniendo un año y otro tercamente la farsa vanidosa de su heroísmo, ¿no era también una víctima de la opinión?... Volvió a suspirar y se quedó triste, muy triste, como nunca lo estuvo: la melancolía es el gesto donde cristaliza la experiencia de las vidas largas y la suya empezaba a serlo. En aquel oscuro drama pueblerino, en aquel niño que se mata y en aquellos globos que huyen, don Higinio veía repetirse el calvario de todos los conquistadores, de todos los fundadores de religiones, de cuantos grandes hombres, sabios o artistas, sucumbieron por el Ideal inaccesible, eternamente suspendido en lo azul...

Realmente, el héroe de la Grande Jatte se hallaba en un instante de depresión; además, sabía que su apesaramiento y su copa de ajenjo rimaban muy bien. Hasta que las voces de doña Lucía y su marido le trajeron a la realidad.

—Vengo de su casa —dijo el médico a don Cándido.

—¿Se ha enterado usted de lo sucedido aquí hace unos momentos?

—¿El muchacho que se cayó de un árbol? Precisamente. Le llevaron a la botica de usted y allí le hice la primera cura. Es hijo de un pobre vecino del Matadero. Tres puntos he tenido que darle.