Chapter 25 of 28 · 3906 words · ~20 min read

Part 25

La desilusión, que en el curso insensible del tiempo cae sobre todas las cabezas por igual, con la diferencia de que en las mozas y calientes se deshiela, mientras en las ancianas cuaja y perdura, había blanqueado, casi completamente, los cabellos ásperos y cortos del héroe. Doña Emilia, vieja también dentro de la parda tristeza de su hábito, sufría con el espectáculo de aquella lenta ruina. Sigilosamente los años realizaban su obra. ¡La primera cana! ¡Oh! ¿Qué frío lancinante, qué frío de otra vida hay en ese primer cabello blanco que nada, ni la hoguera de todas las ilusiones, ni el sol de todas las primaveras futuras, podrían curar?... Alma que lates dentro de nosotros, roto en pedazos tu traje verde, hecho con sedas de ilusión; ¿por qué no te envolviste, como en un sudario, bajo las primeras nieves que florecieron sobre tu frente? ¿Acaso no llega a ti el silencio de tus rizos de plata? Y si lo sientes, ¿por qué esperas aún?...

De esto doña Emilia hablaba frecuentemente con su hermana y su hija, y Carmen, que tenía sobre sus rodillas a Higinín, suspiraba, y sin advertirlo iba habituándose a la idea de ser la huérfana de un héroe. A doña Lucía también la apenaba el natural apagamiento de su antiguo amante. Con los años su carne había callado, pero su corazón palpitaba aún por él. Muchas tardes, viéndole trabajar bonachonamente en la fabricación y limpieza de sus conejeras, meditaba:

«¡Y que ese hombre haya matado a otro por una mujer!...».

Una mañana de las últimas de octubre don Higinio declaró que no podía levantarse. Su mujer, cuando le llevó el desayuno a la cama, sorprendiose de hallarle acostado boca abajo y quejándose de fuertes dolores en los riñones y en el vientre. Tiempo hacía que el reúma le rondaba: unas veces se le fijaba en un codo, otras le atacaba las rodillas, y épocas hubo en que los pies, particularmente el izquierdo, se le hinchaban de modo que le era imposible calzarse. Ahora el mal parecía detenido y localizado, y con tal furia apretaba que el enfermo, bien a pesar suyo, no sabía estarse quieto.

—¿Quieres que llamemos a Hernández? —preguntó doña Emilia.

—No, todavía no; esperemos a que sea más tarde.

El médico, ignorantón y expeditivo en sus procedimientos, le inspiraba miedo.

—Mejor sería —agregó— que me dieses una buena friega de alcohol en los riñones.

Doña Emilia dejó la colación matutina del héroe sobre la mesilla de noche y salió en busca de un preparado de alcohol y romero muy eficaz contra toda clase de dolores. Teresita, a quien en los cambios de estación también se le inflamaban las articulaciones, lo empleaba mucho y siempre con fortuna. El rostro hundido en la almohada, la camiseta de bayeta recogida hasta los sobacos, don Higinio resistió pacientemente el masaje. Mientras le frotaba con todo empuje y devoción, su mujer no cesaba de hablar, a la vez maternal y celosa:

—¡Ya!... Si no hubieses llevado la vida que sabemos, no estarías así; pero, ¡claro!, no quisiste oír mis consejos y ahora te ves como te ves... ¡hecho un valetudinario!... Entre las humedades de la mina y las que recibías cuando te ibas a pescar, ¡bueno te han dejado!... ¿Te acuerdas de la tarde en que se desbordó el río?... Aquella mañana yo no quería dejarte marchar; pero tú, según costumbre, no me hiciste caso. ¡Naturalmente!... Las mujeres propias nunca tienen razón, ¿verdad?... Somos un pedazo de carne con ojos, una especie de amas de llaves o de burras de carga, sin hermosura, sin entendimiento, ¡sin nada, hijo, sin nada!... Buenas solo para reñir a las criadas y darle teta a los niños. En cambio, si yo fuese una pelandusca cualquiera, de esas que no saben más que mirarse al espejo, pintarse los ojos y retratarse en cueros, como quien yo sé..., ¡Dios la haya perdonado!..., no sabrías dónde ponerme...

Según hablaba, sus recuerdos se desentumecían amenazadores, y sus manos se crispaban furiosas, como si los lucios lomos del paciente fuesen las entrañas aborrecidas de alguna rival. Perea, callado, sumiso, con la humildad que infunde una conciencia sucia, no respondía palabra, y apretados los dientes y los carrillos crecidos por el esfuerzo que le costaba no quejarse, resistía los aliados dolores del reúma y de las friegas.

Doña Emilia proseguía su rencoroso monólogo, y a veces, vencida por la fatiga, apoyábase inadvertidamente sobre el enfermo con grave escozor de su piel y quebrantamiento de sus costillas.

—¡Y si no fuesen más que los resfríos de la mina!... Pero otros..., ¡ya lo creo!..., otros son los motivos que ahora te tienen tirado en esa cama. Los hombres que de jóvenes abusaron de los placeres, como tú has hecho, llegan a la vejez prematuramente. Porque, ¡eso no puedes negarlo!... Queridas no te han faltado: hoy una, mañana otra; cojo a la morena, dejo a la rubia... ¡un serrallo!... y de todos los países. Luego, esa herida... ¡Dios no permita que nos dé un disgusto!...

Seguía frotando, satisfecha de ver cómo las mollares espaldas del paciente enrojecían.

—Cuando te veo así comprendo que de todas tus amantes la que mayor aborrecimiento me inspira, a la que detesto con toda mi alma, tanto que si pudiese la quemaría viva, es a la italiana. A Indalecia, ahí tienes, a Indalecia, no la odio. ¡Pero a la italiana! ¡Grandísima perra! Dios me perdone; pero si considero que por culpa suya te pudieron matar y quedarse nuestros hijos sin padre, parece que voy a volverme loca. Es verdad que te tengo, que eres mío; pero, ¡cómo te han dejado!... Reumático, herido, enfermo del corazón... ¿Ves? Di... ¿Reconoces ahora las consecuencias de tu mala cabeza?...

Con el favor del alcohol y de los restregones, don Higinio sintiose mejor, y a ello coadyuvó el gran trozo de franela caliente que le aplicó su mujer sobre el abdomen. Una saludable reacción le permitió dormir hasta medio día. Cuando despertó, acordándose de que debía contestar sin dilación a la carta que el ingeniero belga monsieur Luis Berain, futuro director de la mina, le había dirigido, pidió recado de escribir y redactó un telegrama:

«Luis Berain. Escuela Politécnica. Bruselas. Urge presencia suya aquí. Póngase en camino cuanto antes. Banqueros místeres Witerbay, Sedwind y Compañía, le facilitarán fondos necesarios.—_Perea_».

Llamó a doña Emilia:

—Ordena a Vicenta que vaya a Correos y le diga a Gutiérrez me haga el favor de traducir este telegrama al francés y de darle curso en seguida. ¡Ah! Y tú, si ves a Gutiérrez, explícale que por hallarme enfermo no se lo he enviado traducido, no vaya a pensar que no sé francés...

Don Higinio no quiso almorzar; tenía el vientre inflamado y los dolores de riñones volvían a mortificarle. Por todo alimento, en el transcurso de la tarde, bebió dos vasos de leche azucarada y una taza de caldo. A la hora del crepúsculo se amodorró. Doña Emilia, que no se separaba de él, le tocó la frente y los pulsos y advirtió que estos eran muy recios y frecuentes.

—Tienes calentura. ¿Mandamos venir a don Gregorio?

—No, hija.

—¿Por qué?...

—Ya te lo he dicho; todavía no hace falta.

Su mujer le dio una segunda frotadura de alcohol y romero, y le abrigó el vientre con un buen fomento de algodón y una faja de franela: esta faja histórica, pues que sirvió a doña Emilia veinte años atrás, en su último parto, hizo florecer sobre los labios del héroe una sonrisa triste. Luego cerró los ojos y entre sueños sintió murmullo de pasos y creyó reconocer la voz de doña Lucía. La noche la pasó muy mal; punzadas fugaces, pero terribles, que parecían nacerle en los riñones, le zarpeaban el vientre, por momentos más hinchado y más duro. Carmen acompañó a su padre hasta media noche, hora en que se retiró porque a Higinín no podía dejarle solo más tiempo. Teresita y doña Emilia se quedaron velando al enfermo. A intervalos, Perea buscaba ansiosamente las manos de su mujer y las oprimía con fuerza.

—Me siento peor —decía—, ¿qué será?...

Entornaba los párpados y su respiración, con el dolor, era anhelante y ruidosa. Balbuceaba:

—Me siento peor.

Por la mañana, su voluntad se debilitó y pidió que llamasen al médico.

—¡Es un animal! —suspiró—, un completo animal; pero... ¡qué vamos a hacer!...

A poco, metido en una tuina de paño pardo con bocamangas y cuello de astracán, pantalón de pana y botas amarillas de ternera, llegó don Gregorio. Su sombrero, su madura corpulencia, su tempestuoso vozarrón y los aspavientos de sus brazos enormes, llenaron el dormitorio. Traía los párpados hinchados de sueño; ni siquiera le habían dado tiempo a lavarse la cara. Apenas recibieron en su casa el recado de don Higinio, doña Lucía le echó a la calle.

—¡No he podido desayunarme! —exclamó.

Acercose al paciente y ligeramente, por debajo de las mantas, le exploró el vientre. Sus dedos de hierro iban de un lado a otro, golpeando, oprimiendo...

—¿Le duele a usted aquí? —decía—, ¿y aquí?..., ¿y ahora?...

Don Higinio tan pronto afirmaba como negaba; a ratos parecía perplejo y miraba al techo, cual si la sutil explicación y respuesta de lo que sucedía dentro de él estuviese allí. Doña Emilia, su hermana y Carmen, con Higinín en brazos, rodeaban el lecho, suspensas y pálidas.

—Se me figura —insinuó don Higinio tímidamente, porque los dedos del médico le hacían mucho daño— que esto es un ataque de reúma.

—¿Y por qué cree usted eso?

—Hombre..., como usted sabe que soy un reumático crónico...

Hernández calló; parecía tener otra opinión.

—Vamos a ver —murmuraba, como si hablase consigo mismo—, vamos a ver...

Doña Emilia suspiró, cruzando las manos:

—¡Ay!... ¿Cree usted que será grave?...

—No sé, señora mía; no lo sé aún; pero espero saberlo; mis dedos algo han de decirme...

De pronto, su rostro bronceño de cazador se iluminó con la claridad de un hallazgo; pero instantáneamente aquella luz desapareció, y lo que unos momentos fue alegría fortísima, mudose en sombras de preocupación y de tragedia. Tan manifiesto y decidido imperio adquirió este segundo gesto, que doña Emilia, primero, y luego Teresita, se echaron a llorar.

Doña Emilia gritó:

—¿Qué es, don Gregorio de mi alma, qué es eso?... ¡Hable usted, por el amor de sus hijos; hable usted!...

El médico repuso absorto y solemne:

—El caso no es desesperado, pero sí grave. ¿A qué andar con eufemismos? ¡Muy grave!...

Cruzose de brazos, el mentón sepultado en el lazo de su corbata, las cejas fruncidas. Interrogó a Perea:

—¿Usted es cardíaco, verdad?

—¡Toma! ¿A qué viene esa pregunta? ¿No lo sabe usted de siempre?...

Hubo otra pausa. Hernández murmuraba:

—Muy grave..., muy grave...

Don Higinio, un poco inquieto, observaba a su amigo, pensando: «¡Qué disparate irá a decir este avestruz!...».

Al médico parecía costarle trabajo resolverse a hablar. Sin duda sus palabras iban a ser aterradoras. Al fin se decidió:

—Yo quisiera que estas señoras nos dejasen solos un momento...

Las tres mujeres, a la vez, prorrumpieron en gritos y sollozos, formando una ensordecedora algarabía. Por suerte don Higinio, agitando imperiosamente su diestra corta y heroica, las redujo a silencio.

—Hacedme la santa merced de callar. De lo contrario, me obligaréis a echaros de aquí.

Y, volviéndose hacia Hernández bonachonamente:

—Pero, veamos; ¿usted no piensa, como yo, que se trata de un poco de reúma?

—No, señor.

—¿No?...

—No, señor: desgraciadamente, no es así. Si no fuese usted Higinio Perea hablaría de otra manera; pero usted es un hombre, un verdadero hombre, sereno y valiente... ¿Me explico?... ¡Un hombre que puede oírlo todo!

Las mujeres permanecían trémulas, boquiabiertas; en sus ojos dilatados, la curiosidad secó el llanto. Perea también empezaba a alarmarse, que el misterio y pavura de que don Gregorio rodeaba su diagnóstico a todos se imponía, y hubo en la habitación un silencio tal que se habría percibido el hilar de una araña. El rostro y el ademán del médico adquirieron expresión profética:

—Amigo don Higinio, en este bajo mundo, como recuerdo haberle repetido muchas veces, todo se paga.

Perea quiso bromear:

—¿Todo? ¡No exagere usted! ¡Recuerde sus deudas de estudiante!...

Pero Hernández permaneció serio; tan serio como jamás lo estuvo en su vida.

—¡Todo se paga! —insistió sibilino—; y así, quien sembró bienes, recogerá bonanzas, y quien fue malo, al finar su vida solo cosechará tempestades y dolores.

Y tras una pausa:

—Esto último le ha sucedido a usted, querido amigo. Usted es muy bueno, ya lo sabemos... ¡muy noble!... Pero la juventud de usted fue turbulenta; usted usó y derrochó sin cálculo las energías preciosas de la mocedad, y ahora es llegado el triste momento de pagar aquellas locuras. Usted cree que esos dolores son reumáticos; está usted completamente equivocado. Esas punzadas que, según dice muy bien, parecen desgarros..., algo como si le rajasen a usted por dentro..., ¿verdad?..., provienen de otra causa.

—¿De cuál?...

Por más esfuerzos imaginativos que hacía, no daba con el hito o término adonde su interlocutor iba a parar. Hernández prosiguió:

—Usted ha olvidado que sus aventuras dejaron en su cuerpo un rastro indeleble; usted no se acuerda de que lleva una bala dentro e ignora que las heridas viejas, cuando llegamos a cierta edad, suelen ser fatales...

El héroe de la Grande Jatte se estremeció; en aquellos momentos de sinceridad, las palabras del médico le produjeron la brutal sensación de un chorro de agua fría sobre la espalda.

—¿Qué quiere usted decir?

—Quiero decir —replicó don Gregorio con una lentitud llena de autoridad— que si yo desconociese la historia del balazo me inclinaría a creer que la enfermedad de usted se reducía, sencillamente, a un ataque agudísimo de reúma visceral. Es una clase de reúma muy frecuente en los cardíacos.

Don Higinio, agitando ambos brazos en el aire, comenzó a afirmar con resuelta vehemencia:

—¡Ah, pues no lo dude usted! ¡No lo dude usted!... ¡Lo que yo tengo es reúma visceral!...

—¿Por qué?

—¿Cómo, por qué?... ¡Toma! ¡Porque sí!... Porque mi padre y mi abuelo y todos mis ascendientes fueron reumáticos... y ellos me dieron su reúma como su apellido. ¡Ni más ni menos!...

—Está usted equivocado, amigo Perea.

Con la terquedad del médico, don Higinio empezaba a irritarse:

—Pero, ¿por qué no había de ser reúma?

Hernández, a su vez, dio una terrible voz.

—¿Y por qué no había de ser la bala, que, desprendida al fin del hueso donde estuvo alojada, al descender ahora obedeciendo a la gravedad, le produce a usted esos dolores de que se queja? Deme usted una razón siquiera en contra de lo que digo: ¿por qué no había de ser la bala?...

Como la cobarde y pesimista complexión humana, por obra de su misma poquedad y follonería, inclínase siempre a creer lo más malo, desde el primer momento, así doña Emilia, como Teresita y Carmen, rindieron su confianza a la opinión de don Gregorio; y apenas oyeron que la vengativa bala del holandés era la causa de los tenaces dolores que afligían al cabeza de familia, cuando se arrojaron unas en brazos de otras, deshaciéndose en lágrimas, sollozos e imprecaciones furibundas. Doña Emilia, especialmente, tuvo inflexiones de voz, encendidas miradas y gestos dignos de la tragedia griega. Olvidada de la mansedumbre a que su hábito parecía obligarla, mordíase los puños y zapateaba el suelo como si allí, bajo sus pies, tuviese a la italiana del hotel de los Alpes. Recordaba su retrato, roto y quemado en el jardín; la veía entre pieles, orgullosa de su belleza incitante, medio desnuda, y esto acrecentaba su cólera.

—¡Las perras! —rugía—. ¡Las grandísimas lobas, bribonas, viciosas y sinvergüenzas, que, no contentas con su marido, hacen cara a los hombres casados!... ¡Que se ha muerto!... ¿Y a mí, qué?... En el infierno habrá caído de cabeza y allí estará ardiendo por una eternidad. ¡La muy pécora!... ¡Poner frente a frente a dos hombres para que se maten!... ¿Qué hace Dios —¡la Virgen del Carmen me perdone!— que de un rayo no las parte a esas malas tías el corazón?...

Iba a proseguir su fervorosa perorata, cuando su marido, seca y desabridamente, la atajó y redujo a silencio.

—O callas, pero callas en absoluto, o te vas. ¡Elige!...

Las tres plañideras se reportaron, y si bien continuaron llorando, pues las lágrimas sinceras ni corren ni se enjugan a voluntad, hacíanlo con tal temerosa parsimonia y comedimiento que no se las oía. El semblante del héroe reflejaba una honda preocupación: él estaba cierto de hallarse bajo un ataque de reúma; pero el médico afirmaba que aquellos dolores eran motivados por la bala en su movimiento de descenso, y, realmente, admitiendo la historia de su lance con el holandés, no había ninguna razón científica que rechazase lo que don Gregorio decía. Perea reconoció que ambas explicaciones, la suya y la de Hernández, se equilibraban. Entonces, gravemente, miró a su amigo.

—Bueno —dijo—; suponiendo que tenga usted razón, ¿qué cree usted que debemos hacer?...

Don Gregorio tuvo un ademán de indecisión que el paciente se apresuró a desvanecer; con él se podía hablar de todo: era «un hombre».

—Ya lo sé —replicó el médico—, ya lo sé; por consiguiente, expresaré mi opinión sin ambages. Amigo Perea, la situación en que usted se halla es comprometidísima: hay que operarle a usted.

—¿Operarme? —repitió don Higinio que, a pesar de su indiscutible valor, había sentido palidecer sus mejillas.

—Sí, señor.

—¿Operarme qué? ¿Dónde?

—¡Oh!... Nada más sencillo: abrirle a usted el vientre y sacarle el proyectil.

Estas palabras de tal manera pasmaron y suspendieron el ánimo de las mujeres, que, como por ensalmo, cesó su llanto. Hubo un dilatado y absoluto silencio. Don Higinio, no sabiendo qué actitud adoptar, encendió un cigarrillo; tan pronto se asustaba, como tenía ganas de echarse a reír, o el sufrimiento imponía a su rostro algún ridículo visaje.

Hernández había comenzado a exponer un terrible diagnóstico.

—¿Usted no me ha dicho que el holandés era un hombre alto?

—Sí, señor.

—¿Más alto que yo, tal vez?...

El enfermo advirtió que su mujer, su hija y su cuñada le miraban fijamente, desesperadamente, invitándole a recordar bien, a no olvidar o descuidar ningún detalle. Sus cejas se fruncieron, como si ayudasen con aquel movimiento a la memoria.

—No, me parece que no —declaró con la parsimonia de quien mide y sospesa bien sus palabras—; míster Ruch sería como usted.

Don Gregorio, repuso:

—Eso creía yo, no sé por qué. Pues, bien; la bala que un hombre de mi estatura disparase sobre usted, al penetrar por debajo del apéndice xifoides, que es donde aparece el orificio de entrada del proyectil, seguiría una línea descendente, hasta tropezar en el raquis o columna dorsal, a la altura próximamente de la décima vértebra.

Las manazas del médico trazaban en el aire figuras geométricas.

—¿Ve usted? La bala entra por aquí y sigue hacia abajo...

Las mujeres hacían signos afirmativos; don Gregorio tenía razón: su explicación era sucinta, terminante. ¡Lo que es la ciencia!... Creían estar viendo la bala...

Hernández continuó:

—Ahora necesito saber si la convalecencia de usted fue rápida.

Don Higinio, aturdido, arrastrado por la fuerza de la situación en que estaba, declaró:

—Sí, rápida... Yo no recuerdo exactamente... ¡Han pasado tantos años! Pero, sí... desde luego, duró poco.

—¿Unos quince días?

—Eso es: un par de semanas, o menos; calculemos doce días...

Su mujer intervino en aquella, al parecer, interesantísima ordenación de fechas:

—Yo sé que cuando te hallabas en París pasaste dieciocho días justos sin escribirme. ¿No serían esos los de tu enfermedad?...

Don Higinio hizo un mohín ambiguo.

—Es lo mismo —interrumpió don Gregorio—; cinco días más o menos no modifican lo que voy a decir. La bala, que de haber roto alguna asa intestinal hubiese acarreado la peritonitis y en seguida la muerte, es indudable que perforó el peritoneo y la cavidad abdominal, sin lesionar ninguno de los grandes vasos del tronco celíaco ni otros órganos capitales. A esta casualidad, verdaderamente milagrosa, debemos atribuir que la cicatrización de la herida fuese tan rápida. Ahora bien; los años han pasado, usted sabe que los cuerpos vivos tienen una marcadísima inclinación a desechar cuantos objetos extraños pudiera haber en ellos, y así los libros consignan numerosos casos de individuos que habiéndose tragado una aguja, verbigracia, mucho tiempo después se la encontraron en una pierna o en un pie. Esto es lo que aquí ha sucedido: la acción eliminadora, lentísima, pero cierta, del hueso, por una parte, y de otra algún movimiento o esfuerzo que usted ha realizado, consiguieron expulsar al proyectil de la especie de celdilla o alveolo que él mismo, al hundirse en el espinazo, se había formado. En estos momentos la bala, cumpliendo la ley de gravedad, va bajando, y lo hace desgarrando cuantas fibras, ligamentos y tejidos encuentra a su paso; quizás alcance al duodeno, parte del intestino delgado adherido a la parte posterior del abdomen, y al mesenterio... Esos dolores de riñones que usted siente señalan la trayectoria que sigue el proyectil. Si hubiese aquí un encerado, yo la pintaría; esto, en cirugía, es una especie de tópico, algo que se ve...

Aunque completamente derrotado bajo la terrible coalición formada por su propia mentira y la irritante ignorancia del médico, el desventurado don Higinio aún se atrevió a insinuar:

—¿Y si la bala se hubiera estado quietecita y esto no fuese más que reúma?... Perdone usted mi insistencia, pero yo...

Hernández, con ese fanatismo especial que ponen los médicos en la defensa de sus opiniones, no le dejó concluir.

—No, señor, no es reúma —gritó—; yo le aseguro a usted que no es reúma. No niego la existencia de pleuritis y peritonitis reumáticas, motivadas por la acción directa de la sustancia tóxica específica, o acaso por una pericarditis reumática. Usted tiene el vientre inflamado, y pudiera ocurrir que dicha inflamación se hubiese transmitido desde el pericardio a la pleura y de esta al peritoneo, en cuyo caso la dolencia quedaría reducida, en último término, a un catarro gástrico. Esta explicación es la inmediata, la más sencilla, por no decir la única, tratándose de un hombre que no hubiera sido herido; pero no olvidemos que usted lleva una bala dentro y que ese trozo de plomo, estimando ciertos síntomas que son más para sentidos por el médico que para explicados, indudablemente acaba de deslizarse fuera de la cara anterior del cuerpo de la vértebra donde por espacio de doce o quince años estuvo presa, y lo hace suspendiendo sobre la vida de usted el terrible peligro de la peritonitis.

Disertó dilatadamente y con una abundancia pedantesca, que, no obstante su oscuridad, así maravillaba como afligía a su auditorio. Escuchándole, don Higinio pensaba socarrón: «¡Lucido estás, si siempre aciertas como ahora!...».

Nuevamente don Gregorio rogó a las señoras que se marchasen; necesitaba hablar con el enfermo a solas un momento. Ellas retiráronse con sigilosos pasos, una tras otra, la cabeza inclinada sobre el pecho y debajo de la nariz el pañuelo empapado en lágrimas. Apenas Teresita, que iba la última, cerró la puerta, Hernández se instaló al borde del lecho y su voz y su rostro reflejaron una intensa emoción paternal.

—¿Sufre usted mucho? —preguntó.

—Bastante. El dolor empieza aquí detrás, a la altura de las caderas, y alcanza hasta el empeine...

Don Higinio se tocaba la amplitud de su abdomen, duro y redondo.

—Lo tengo hinchado —repetía—; es innegable que lo tengo hinchado.

—Vamos derechos a la peritonitis...

Perea tuvo un gesto de cansancio y desdén. Don Gregorio insistió: