Part 10
Por refinado esmero que pusiese don Higinio en ocultar sus emociones, era imposible que su disimulo y gobierno de sí propio fuesen absolutos, y la mutación de su carácter no tardó en trascender al público. Doña Emilia y Teresita fueron las primeras en advertirla, y hasta los murmuradores, que al principio se burlaron de la pronunciación exageradamente francesa que trajo Perea de París, comprendieron que el espíritu de este atravesaba una grave crisis. Creeríasele herido de amor o sujeto a cualquier implacable remordimiento o maleficio.
—Nos le han cambiado —decía don Gregorio.
Y doña Emilia:
—Sí, señor, es verdad: el marido que se me fue no es el que ha vuelto.
A ratos, efectivamente, parecía otro hombre: la tristeza había aristocratizado su rostro carrilludo, y hasta en su cuerpo, a pesar de su fea cortedad y robustez, parecía insinuarse tímidamente una elegancia nueva. Se había suscrito a _Le Journal_, dejó de ir a misa, se aficionó a las corbatas de colores oscuros, compró un plano de Francia, y siempre que hablaba de París lo hacía bajando la voz, como si al evocar aquel recuerdo su alma penetrase en algún lugar sagrado. Era el acento respetuoso, recogido, prudente que se emplea en las casas donde hay un enfermo grave...
Contraviniendo su antiguo régimen de vida, salía de casa todas las noches, y acompañado de un perro caminaba por el campo diez y doce kilómetros. Ni el frío, ni la lluvia, ni el cierzo que pasaba ululante por los gollizos de la sierra, le detenían. Unas veces se plantaba en Argamasilla, otras en Almodóvar. Esto, amén de beneficiar su salud, le ayudaba a demostrar cuán cosida llevaba la costumbre de recogerse tarde. Sus convecinos se asombraban de verle y él sonreía, halagado y triste.
—Si me acostase antes de las doce —explicaba— no podría dormir.
No bebía más que cerveza y aseguraba que el olor del vino le producía náuseas. La primera botella de ajenjo que entró en Serranillas fue para él y suscitó largos comentarios: todos hablaban del brebaje verde donde Perea, que no podía renunciar a sus hábitos de París, disolvía lentamente un terrón de azúcar colocado sobre un tenedor. Julio Cenén compró la segunda botella, y como era muy novelero y gustaba de llamar la atención, la llevó al Casino para que todos lo supiesen. Este afrancesamiento de costumbres indignaba a don Gregorio e infundía a su vozarrón fragosidades de batalla.
—Son ustedes unos criminales —decía—, están envenenando al vecindario, y usted, amigo Perea, es el principal responsable. ¡Beber ajenjo en Serranillas! ¿Dónde se vio nada igual?...
Don Higinio hacía un signo de asentimiento y no contestaba; después se encogía de hombros, con la laxitud triste de quien sabe que no puede vencer sus vicios.
En la mesa familiar mantenía generalmente una actitud grave. Teresita hablaba trivialidades; doña Emilia regañaba a los muchachos por su desaplicación o sucia manera de comer y continuamente citábase como modelo.
—A tu edad —decía— yo no era así...
Perea callaba, aburrido, pensando que aquellas conversaciones repetidas día tras día, a lo largo de los años, tenían un rumor somnífero de aguacero. Frecuentemente quedábase absorto, inmóvil, la cuchara en el aire, los ojos, que no veían, clavados sobre un punto del muro. Su mujer le pellizcaba:
—¡Que no estás en París!...
Él la miraba, sonriendo bondadoso:
—¿Cómo adivinaste?...
Y seguía comiendo con esa placidez que suelen adquirir los rostros cuando el espíritu se halla ausente.
Recién vuelto de su viaje había continuado usando varios objetos que denotaban cierto galán refinamiento de costumbres: como ligas, bigoteras, frascos de brillantina, cosméticos, piedras pómez que limpian los dedos y les dan delicado pulimento, limas, pastas de rosado color para las uñas, pomadas suavizadoras del cutis y otros afeites. Pero insensiblemente, según el ambiente de Serranillas iba dominándole, aquellas novedades traspirenaicas fueron cayendo en deplorable desuso: las ligas cedieron su lugar a las antiguas y aborrecibles cintas; las bigoteras, olvidadas quedaron en un cajón de la cómoda; las limas se cubrieron de moho; los niños llenaban de agua los pulverizadores para regar las macetas. Perea había llegado a olvidar el secreto de aquellos lazos de corbata que se hacía en París y de nuevo, hasta en estas nimiedades, hubo de someterse a la férula maternal de su mujer. Lentamente se abandonaba, descuidaba los perfumes, no se limpiaba los dientes. Cuando iba a salir a la calle, no encontraba nada: doña Emilia tenía que anudarle la corbata, le ayudaba a ponerse los tirantes, le estiraba el chaleco sobre la redondez del abdomen, y al cepillarle la ropa, ya puesta, como lo hiciese con mucha exageración y ahinco, solía darle con la madera del cepillo en los artejos. Entretanto, le sermoneaba.
—¡Ah, qué hombre tan desmañado! La verdad, no comprendo cómo has podido arreglártelas por esos mundos separado de mí.
Él sonreía; su tristeza habíase resuelto en olvido o abandono de su persona, y en una novísima exaltación de su cariño a la naturaleza: pescaba más que antes y dedicose asiduamente al mejoramiento de los frutales del jardín. Amaba las uvas de reflejos metálicos; las fresas, que, con los últimos días abrileños, comenzaban a bermejear entre la verde alcatifa de sus hojas; las dulces sandías, que a veces se agrietaban de maduras, riendo con una bocaza clownesca, roja y feliz; las lechugas jóvenes, semejantes a esmeraldas sobre la gleba de la tierra removida y oscura. Entre los frutales, don Higinio tenía también preferencias. Sus favoritos eran los albaricoqueros y las higueras de frondoso y lozano ramaje, árboles peleadores, cuyas ramas enérgicas crecían rectilíneas hacia la luz. Ante estos tentáculos decididos, derechos y belicosos como bayonetas, los olivos más próximos, así como los manzanos y los guindos, de troncos blancos y redondos, recogían su follaje en un gesto notorio de huida. Perea desdeñaba aquellos árboles cobardes, cuya debilidad, por una larga concatenación de ideas, le movía a pensar en sí mismo.
A fines de mayo la llegada de unos acróbatas, procedentes de Ciudad Real, regocijó y puso en fiestas al vecindario. Los familiares del Casino no hablaban de otro asunto. Julio Cenén, que conoció al director de la farándula cuando este fue al Ayuntamiento por la necesaria licencia para levantar a un lado del paseo su circo de lona y tablas, aseguraba que las tres mujeres de la compañía eran hermosísimas, especialmente la más joven. Cenén y Pepe Fernández, director de _El Faro_, habían conversado con ella. Tenía diecinueve años y era de Perpignan.
—¿Habla español? —preguntó Arribas.
—Muy poco; veinte o treinta palabras; eso es lo malo: hay que enamorarla por señas.
Todos miraron a Perea.
—¡Vamos, don Higinio!... Ahí tiene usted una francesa, casi una compatriota... ¡Sea enhorabuena!... Ahora puede usted lucirse...
Don Higinio sonreía modesto. Sí, es verdad, que él dominaba el francés; pero... ¡bah!... La ocasión no era la más a propósito. En los Pirineos Orientales se habla un dialecto híbrido y oscuro lleno de influencias catalanas. ¡Una francesa de Perpignan!... ¡Si hubiese sido de París!...
Alguien insinuó la posibilidad de que Perea la conociese; como esas mujeres de teatro viajan tanto... Don Higinio sentíase puerilmente mecido, enfatuado, por tal suposición. ¡Quién sabe!... Mientras estuvo en París había frecuentado mucho los teatros Casino y Olympia, donde conoció a las aventureras de más boato y renombre, y no sería extraordinario que él y aquella titiritera hubiesen bebido cerveza juntos alguna vez.
—Yo —añadía bajando la voz— llevaba en París una vida de infierno: bailes, cenas con mujeres... ¡En fin! ¡Como un muchacho! Raras eran las noches en que iba a dormir a mi hotel.
Insensiblemente, los tres meses que don Higinio permaneció en París fueron dilatándose hasta convertirse en cuatro, en cinco, en seis... Al principio, el intrépido viajero se daba cuenta de su superchería; pero luego, repitiéndola, llegó a embaucarse y tener por hecho real y valedero su propia mentira. Y como la realidad de los sucesos y personas se desdibuja tanto o más en las lejanías del tiempo que en las del espacio, el mismo don Gregorio y todos sus amigos llegaron a creer que Perea, efectivamente, había residido en la ciudad del Sena más de un semestre. Contribuyó a añadir visos de certidumbre a la invención la época en que don Higinio salió de Serranillas: fue a mediados de noviembre, y el tránsito de aquel año al siguiente daba a su destierro longevidad increíble. Además, Perea, sumando discretamente lo poco que alcanzó a conocer a cuanto los periódicos le enseñaron, disertaba con notable desparpajo acerca de fiestas y cuadros de la vida parisina separados entre sí por grandes intervalos: de los bazares de juguetes que invaden los bulevares el día de Nochebuena y de la feria famosa del Catorce de Julio, aniversario de la rendición de la Bastilla; de los bailes de la ópera y del «Gran Premio» de Longchamps; de las borrascosas sesiones presenciadas por él en el Parlamento, y de las escenas galantes de las playas de Dieppe y Trouville... Y esta diablesca mescolanza de fechas y lugares coadyuvaba singularmente a dilatar su viaje.
El viernes, a las ocho y media de la noche, según _El Faro_ había anunciado, celebrose la inauguración del circo: un verdadero acontecimiento que removió hasta el fondo los arcones olientes a naftalina, donde las muchachas acomodadas tenían guardados sus trapitos. A fiesta de tanta solemnidad y cosmopolitismo no podía faltar don Higinio. Acompañado de su mujer, de sus hijos y de su cuñada, ocupó seis sillas de la primera fila. Allí estaban también don Gregorio y doña Lucía, con sus rojas mejillas sopladas y tirantes; el boticario y doña Benita; Cenén, el notario Arribas, María Luisa y Primitiva Sampedro, las sobrinas del juez municipal; el jefe de Correos con su familia, y otros muchos nombres de la buena sociedad.
A lo largo de los asientos, como por hilos telegráficos, los chismes, las inquinas, las suposiciones calumniosas, corrían con inverecunda fertilidad y presteza. En aquel villano torneo de cobardía y maldad, los socios del Casino alcanzaban los primeros puestos.
—¿Han visto ustedes qué pálida está la hija de Gutiérrez?...
—Desde la historia del tumor...
—Sí, sí... ¡Valiente tumor!... De tumores como ese hemos nacido todos...
El circo, hecho de tablas, era una especie de anfiteatro, cubierto por una gran lona que oscurecieron la intemperie y el polvo y salpicada de remiendos blancos; un recio horcón o puntal clavado en el preciso comedio de la pista daba forma cónica a la frágil techumbre. La gradería de la entrada general hallábase separada de los asientos de mayor aprecio por un callejón, y la constituían largos tablones sin numeración ni respaldo. Una traspillada cortina de yute ocultaba a los espectadores el sitio por donde entraban y salían los artistas. Al otro lado, sobre un andamiaje a modo de palco, seis individuos pertenecientes a la Banda municipal, soplaban en sus instrumentos las bélicas notas de un pasodoble. El formidable bataneo del platillo señalaba el ritmo. Del suelo arenoso, removido, pisoteado, ascendía un polvillo sutil que iba blanqueando los sombreros de los hombres y amortiguaba el resplandor de los dos arcos voltaicos pendientes de un alambre sobre la pista.
Callado, un poco triste porque se acordaba de París, don Higinio miraba el espectáculo. Doña Emilia, adivinando la situación de ánimo de su marido, se irritó: estaba aburrido y, lo que era peor, con aquella cara aburría a los demás; la gente lo notaba.
—¿Quieres que nos vayamos a casa?...
Perea, hablando muy bajito, tranquilizó a su mujer:
—No, hija; si estoy contento... ¡Créeme!... Ahora... ¡Claro es!... Como de todo esto he visto mucho y tan bueno...
Efectivamente, ni las malabaristas alemanas, ni el payaso, ni el hércules que jugaba con una bala de cañón, le emocionaban; los perros amaestrados le aburrieron tanto que se puso a leer el último número de _El Faro_. Únicamente le interesó la francesita de Perpignan, que, de pie sobre una alfombrilla y a los acordes de un vals, realizaba ejercicios de dislocación. Era menudita, delicadamente carnosa, con cabellos de paje enguedejados y rubios y una boquita irónica como la de una dama galante del Renacimiento. La muchacha gustó; su juventud, su gracia, la cordial armonía de sus formas y ademanes, conquistaron al público; hombres y mujeres la observaban ávidamente, y la artista debió de sentir sobre su piel rosada, como efluvio magnético, el roce del deseo y de la envidia. Un grupo de amigos del Casino, Julio Cenén entre ellos, miraba a Perea, invitándole con exagerados guiños y aspavientos a que reparase bien en la francesita. Parecían decirle: «Ahí la tiene usted. Esas son de las que a usted le gustan». Viéndoles, don Gregorio reía. Don Higinio, molestado, miró a su mujer.
—Podían considerar que vengo contigo. Esas indiscreciones únicamente entre hombres solos pueden tolerarse.
Ella había enrojecido de celos.
—Cuando tus amigos te embroman así, algún motivo habrá. Yo no soy tonta. ¿Es que a esa mujer la conociste en París?
Perea, satisfecho y envanecido, se echó a reír.
—¡No digas disparates!... Claro que hubiera podido conocerla... Pero, no, te lo aseguro; no sé quién es...
Y su pueril petulancia era tal que quitaba eficacia a su negativa. Doña Emilia le miraba de hito en hito a los ojos, y bajo su rollizo corpachón toda su ingenua y caliente sangre manchega hervía. ¡Ah, la raza!
—Yo sabré enterarme —murmuró—; y si esa titiritera ha venido a Serranillas detrás de ti, pierde el moño.
Su cólera era tanta que empezó a suspirar y a rebullirse en su asiento, cual si la pinchasen alfileres. Perea sintió a su lado una palpitación de tragedia y tuvo miedo. La idea de que dos mujeres se matasen por él le horrorizaba. Doña Emilia tenía el semblante cubierto de mador y salpicado de manchas rojizas, como si un ataque de herpetismo la amenazase.
—Esta misma noche he de saberlo —repetía—; esta misma noche...
Nada dijo don Higinio; pero cuando la francesita, terminados sus ejercicios, se retiró, pareciole que acababan de quitarle un gran peso de encima.
Al día siguiente, en el Casino, don Higinio Perea quiso a bofetadas madurarle los carrillos a Cenén y a Pepe Martín. Su broma de la víspera, en el circo, era imperdonable y sirvió para que su mujer le diera un disgusto; doña Emilia tenía celos de la francesita de Perpignan.
—Y si lo hicieron ustedes para mortificarme —agregó levantándose con bélica arrogancia—, se han equivocado: yo no tengo miedo a nadie; yo sé cerrar los puños y ponerlos donde sea menester.
Tosió, se aseguró las solapas sobre el pecho, dio algunos pasos hacia adelante, hacia atrás, de costado, ante las personas que le rodeaban expectantes, suspensas de tanta valentía.
—Porque a reñir —concluyó—, y esto se lo digo a usted..., y a usted..., y a usted..., y a quienquiera darse por aludido, no hay hombre que me eche el pie delante.
Aquel arranque de cólera había agotado los escasos fondos de rencor que podían incubarse en un espíritu tan evangélico y bonachón como el suyo, y así, apenas lanzó su viril desafío, cuando con las últimas palabras sus odios claudicaron y sintiose descaecido y amansado como una oveja.
Julio Cenén, que le conocía perfectamente, aprovechó esta oportunidad para abrazarle. ¡Ea, pelillos a la mar!... Pero ¿a qué venía aquello?... Varios de los circunstantes intervinieron en favor de la paz y don Higinio, satisfecho de su airosa conducta y ya totalmente desarmado, concluyó echándose a reír. Estaba pesaroso de su arrebato; no se acordaba de nada, no quería que nadie lo recordase tampoco. Se acabó; él retiraba una a una cuantas frases agresivas hubiera podido decir...
Por la noche volvió al circo acompañado de Cenén; el secretario del Ayuntamiento quería a todo trance hablar con la francesita de Perpignan y le llevaba de intérprete. Al entrar vieron a don Gregorio Hernández. Cenén le echó un brazo por la cintura.
—¿Quiere usted venir? Vamos a decirle cuatro requiebros a la francesita de las dislocaciones.
El rostro aguileño del travieso secretario rebosaba malicia. Don Gregorio le miraba desdeñoso y burlón; a Cenén no le crecían ni el juicio ni los pantalones; no le inspiraba confianza; a él los hombres de cabeza pequeña nunca le habían gustado. Tras una pausa, demostró ceder:
—¿Y quién va a presentarnos?
—¿Quién ha de ser?... ¡Yo!... O mejor dicho, el amigo Perea, el único de nosotros que sabe francés...
Aquella noche el elemento masculino predominaba; los mineros invadían la entrada general; en los asientos de preferencia, en cambio, había pocas familias; las señoras decían que las saltimbanquis trabajaban demasiado desnudas...
Siguiendo un callejón llegaron Cenén, don Higinio y el médico a la parte del circo por donde salían y se retiraban los artistas. Allí estaban el clown de los perros amaestrados, el hércules, las malabaristas alemanas y la francesita de Perpignan. Al ver a Cenén, a quien ya conocía, la joven sonrió. En familiar y limpio castellano, el secretario, con gran desparpajo, presentó a don Higinio:
—Aquí tienes un hombre que en eso de hablar francés es una especie de Gambetta.
Por los ademanes de su interlocutor comprendió la señorita de Perpignan que la traían un intérprete.
—Muchísimo gusto... ¿El señor habla francés?...
Perea tartamudeó:
—Sí, sí... un poco...
Cenén lanzó una carcajada grosera:
—Le hemos entendido a usted perfectamente. Ha dicho usted: «Sí, sí; un poco». Para eso no necesita usted ponerse tan colorado.
La joven miraba, alternativamente, a los tres hombres.
—España es muy bonita —dijo—, me gusta mucho. ¿Conoce usted París?...
Don Higinio afirmó. ¡Ah! ¡Ya lo creo! ¡París!... ¡No conocía otra cosa!...
—¿Vivió usted allí mucho tiempo?
Él extendió los cinco dedos de su mano derecha y el meñique de su mano izquierda, y luego, con un mohín de indecisión, alargó también el anular.
—¿Seis o siete años? —exclamó la artista asombrándose.
—No, no...
—¿Seis o siete meses?
—Sí... sí...
Se embarullaba. Al responder, por más esfuerzos de memoria que hacía, no daba con la palabra exacta; el buen hombre se hallaba en ridículo; su festera imaginación le había engañado; ahora su conciencia lo afirmaba: él no sabía francés. Cenén se reía, mortificándole:
—¿Y para eso nada más, para decir «no, no» o «sí, sí», ha pasado usted la frontera?
Perea intentó disculparse; atribuía su torpeza a falta de costumbre; en la psicología de la conversación hay mucho de mecánico; él estaba cierto de que ocho días después de volver a París charlaría el francés de prisa y correctamente, lo mismo que antes. Además, en Perpignan se habla un dialecto estúpido, y no aquel francés limpio y sonoro que él había aprendido en el bulevar.
—Dígale usted —apuntó Cenén— si quiere cenar conmigo.
Don Higinio se mordía los labios. «Cenar —pensaba—, ¿cómo se dice “cenar” en francés?...».
Trató de corregir la torpeza de su verbo por medio de una mímica hiperbólica, perfectamente meridional. La artista se encogía de hombros, risueña y encantadora dentro de sus mallas color tabaco. Había comprendido.
—¿Cenar? —dijo—. No puedo; esas cenas después de la función suelen hacer daño...
Sonó un timbre y la señorita de Perpignan se despidió; sus manos duras y pequeñas de gimnasta oprimieron las de don Higinio con viril sacudida.
—Adiós, señores. Va a empezar «mi número». ¿Irán ustedes a aplaudirme?
—¿Qué dice? —interrumpió Cenén.
—Nada, que se marcha; dice que «buenas noches». ¿Vamos a verla?
La francesita dirigíase hacia la cortina de yute que velaba la pista, y a cada momento volvía la cabeza despidiendo a los tres hombres con una sonrisa de malicia. Don Higinio, Cenén y don Gregorio, que no había desplegado los labios, juzgando su misión terminada, se retiraron. El secretario iba furioso.
—Si lo sé —decía—, me traigo un diccionario. ¡Lástima de noche!... ¡Canastos!... ¿Sabe usted, amigo Perea, que en París, con un intérprete como usted, cualquiera se muere de hambre?...
Doña Emilia tenía prohibido a su esposo categóricamente que fuese al circo; él, mansurrón y ladino, la ofrecía obediencia y se iba al Casino so pretexto de que sus digestiones empezaban a ser difíciles y necesitaba aligerarlas haciendo un poco de ejercicio después de cenar. En el Casino, jugando al dominó, permanecía hasta las nueve y media o las diez; pero a esa hora él, don Gregorio, que también se finaba por las faldas y el secretario del Ayuntamiento, se marchaban a relamerse de gozo con las dislocaciones de la señorita de Perpignan.
Al médico corpulento, sanguíneo y feudal, y a Julio Cenén, picado de lascivia como un adolescente, les llevaba allí el deseo de ver casi en cueros a la francesa y complacerse en la anguilada multiplicidad de sus actitudes, con cuyas visiones don Gregorio se ponía rojo, y el secretario del Ayuntamiento, que en sus momentos de más férvida atención tenía el sucio vicio de morderse las uñas, se quedaba lívido.
En don Higinio las gelatinosas torceduras de la saltimbanqui producían emociones de otro orden más espiritual y depurado. La hermosura alechigada y maciza de las alemanas malabaristas, el francés bárbaro del payaso, los juramentos que mascullaba en italiano el director de la compañía, le interesaban por igual y unos instantes le alejaban de Serranillas. Aquello era un remedo de cuanto él vio en sus andanzas por Europa, una fiesta de cosmopolitismo que orientaba su alma nostálgica hacia las frivolidades babélicas de Clichy. ¿Por qué se habría unido a doña Emilia? ¿Por qué tendría hijos y casas y heredades que administrar? ¿Por qué producirían sus campos tantas aceitunas y tanto trigo? ¿Por qué rodaría el agua en su aceña?... Y como si todo ello no bastase a retenerle bien trabado y sujeto, sus negocios de carbón, su mina, clavada en la tierra como profundísima raíz. Él hubiera deseado ser capitán de barco, pícaro, cantante o titiritero; entonces, como su rodar por el mundo le enseñara diversos idiomas, habría sabido exponer su amor a la señorita de Perpignan, y ella le hubiese querido y entregado a toda su voluptuosa disposición y merced. La idea de verse dentro de unos calzones de botarga y con la nariz pintada de bermellón no le intimidaba: tan grande era la eficacia poética de su ensueño. Ella vestiría sus mallas de color tabaco, y él se endosaría un traje de clown, de chino o de diablo... ¿Qué importaba?... Y luego, adelante por los caminos; muy pobres los dos, pero muy juntos, muy felices, con la suprema alegría de la libertad. La madre Casualidad, que siempre tuvo para los «sin patria» una sonrisa y una gota de leche, les acompañaría. ¡Ni hijos, ni muebles!... Nada que sujete; ningún lazo que obligue al corazón a mirar hacia atrás. Ante estos espejismos de hamponería, don Higinio suspiraba, amodorraba los ojos, cruzaba sobre la media esfera de su vientre sus manos cortas y peludas. Porque los hombres son en esto de desear lo mismo que las mujeres, que se desperecen y agotan por lo que no tienen, y así, mientras las pueblerinas sueñan con viajes, las titiriteras acaso diesen toda su independencia, todas las distracciones de su vivir quebrado y errante, a cambio de una casita rústica con gallinas y árboles frutales.
Estos ensimismamientos de don Higinio solía destruirlos un brusco codazo de Cenén. La francesita, inclinándose agradecida bajo los aplausos del público, se retiraba de la pista con corteses y graciosas zalemas.
—¡Mírela usted, qué pinturera! —rugía el secretario mordiéndose una uña—. ¡Había que comérsela!
—¿Cómo se llama?
—La Debreuil, Liana Debreuil... ¿Quiere usted que volvamos a verla?... ¡Cáscaras! ¡Usted está helado, amigo mío!...
Perea se alzaba de hombros.
—Pero, ¿qué quiere usted que haga?... Luego, el dialecto de esas francesas de los Pirineos Bajos es tan raro... Ya recordará usted lo que me sucedió con ella noches pasadas... ¿Verdad?... Hablamos, y... ¡ni media palabra!...
Al concluir el espectáculo Julio Cenén despidiose rápidamente de don Higinio y del médico. Don Gregorio le miró atento y poniéndole sobre el cogote una de sus manazas de cazador. El semblante del secretario tenía la inmovilidad de líneas, la fanática dureza de expresión, con que se manifiestan las resoluciones inexorables.
—¿Dónde va usted?... —exclamó el médico atenazándole un brazo.
—Eso no se pregunta.