Part 16
—Yo —dijo— me sentía hoy mal, que llevo más de ocho días con calenturas, como sabe muy bien don Gregorio, y ese fue el motivo de que dejase el trabajo antes de la hora. Cuando salí de la mina eran las cinco y llovía bastante. Yo vivo, para lo que las señoras gusten mandarme, a la entrada del Calvario Viejo, de modo que, para no rodear mucho, seguí el camino que guía a la llamada Venta del Ansia, por mal nombre. Conque al acercarme al río, que viene crecidísimo... ¡Aquí los señoritos lo saben y pueden decirlo!... Viene para darle un susto al más guapo. Conque ya iba a cruzarlo y me había arremangado el pantalón, con permiso de ustedes, hasta semejante sitio, cuando veo una cosa que flotaba sobre la corriente; según estaba, parecía una rueda. Pienso: «Eso es un paraguas abierto». Me paro, y como el viento lo traía hacia donde yo estaba, lo cogí sin trabajo. Entonces... «¡Pero si es el paraguas del amo!...». Lo reconocí por la cenefa morada, que no hay otro igual en Serranillas, y porque el amo ha bajado a la mina muchas veces con él. A poco encontré a los señoritos, y aquí estamos todos para cuanto las señoras quieran disponer. Yo, al menos, ya lo saben las señoras: si en algo puedo ser útil... Con toda confianza...
Calló, y como en el estupor de tragedia que sus palabras habían producido nadie hablase, añadió:
—Ahora lo que hace falta es que a don Higinio no le haya sucedido ninguna desgracia.
Todo volvió a quedar en silencio. Joaquinito procuraba abrir el paraguas, húmedo y siniestro como un ahogado. Su hermano se lo arrebató.
—Estate quieto, tonto, ¿no comprendes que vas a romperlo?
Doña Emilia permanecía inmóvil y sin color, los ojos enjutos, fijos, enormemente abiertos, cual si viera rodar las ondas turbias del Guadamil y flotando sobre ellas el cadáver de don Higinio. La misma doña Lucía, a pesar de la confianza que el campeón de la Grande Jatte la inspiraba, empezó a inquietarse. Ella conocía el cariño que don Higinio profesaba a su paraguas; por lo mismo, cuando se resignó a perderlo debió de ser en circunstancias de terrible y excepcional peligro; probablemente, viendo que la tempestad no amainaba, decidiría repasar el Guadamil, y al intentarlo y sentirse vencido por la corriente tiraría sus enseres de pescador, su sillita de campo, su paraguas... ¿Y después?... Porque un hombre, por heroico que sea, si no sabe nadar se ahoga en seguida.
No obstante, la señora de Hernández supo hallar en su atribulado magín palabras discretas de esperanza.
—Yo creo —dijo— que don Higinio no habrá cometido la imprudencia de querer vadear el río hallándolo tan crecido.
Su insinuación piadosa halló eco en el minero.
—Eso mismo pienso yo. El amo conoce el río mejor que nadie, y sabe que con el Guadamil no es bueno jugar. Don Higinio se habrá escondido en el hueco de alguna peña, y allí estará aguardando a que la corriente baje un poco...
Ya el minero se había retirado y doña Emilia aún continuaba idiotizada por la impresión sufrida: «El paraguas —repetía— el paraguas...». Aquel dolor seco, reconcentrado y sin gestos comenzaba a ser de malísimo agüero. Para dicha de todos, la crisis resolviose al fin en un torrente de lágrimas.
—¡Ya no le veré nunca! —sollozaba—, ¡nunca!... ¡Ah!... ¿Por qué le dejé marchar?... ¡Si yo lo sabía!... ¡Si esta mañana, cuando le vi ponerse su traje de pana nuevo, me dijo algo el corazón!...
Hablaba a media voz, hipando, bebiéndose las lágrimas. Joaquinito también rompió a llorar. El primogénito, muy pálido, se mordía los labios enfrenando el llanto, obediente al bizarro consejo de su padre, según el cual los hombres nunca deben demostrar dolor. Únicamente doña Lucía permanecía animosa: su confianza en el héroe resucitaba; era imposible que un hombre del temerario temple de Perea muriese así, tan oscuramente, tan prosaicamente, sin oponer al peligro un bello gesto de nadador. Pero, ¿y el paraguas?... ¿Cómo don Higinio, a no hallarse en riesgo extremado de muerte, pudo decidirse a perder su paraguas?...
—Eso es —dijo— que se le ha caído, y como el viento sería muy fuerte...
Pero doña Emilia, inconsolable, movía la cabeza negativamente.
—¡Nunca le veré, nunca! —repetía—. Ese traje, que hoy se puso por primera vez, era su mortaja... Yo no me engaño, Lucía; mi corazón no se equivoca...
Acompañada de sus hijos y de la esposa del médico, la presunta viuda volvió a su casa. Al verla tan caída, Teresita y Carmen empezaron a llorar. Vicenta, la cocinera, y las dos azafatas también tenían los ojos húmedos. Todas hablaban a la vez, sospechando las razones que inducían a creer en la muerte de don Higinio, y el paraguas, el maldito paraguas origen principal de tan lamentable alboroto, iba de unas manos a otras. Pepe, el jardinero, se presentó.
—Si a la señora le parece bien yo puedo ir a buscar al amo.
En la noche de tantas conversaciones inanes y estériles, aquella proposición resuelta y viril tuvo la eficacia de un rayo de luz. Súbitamente doña Emilia se reanimó; casi de un salto, a despecho de sus carnes, se puso de pie.
—¿Tú sabes dónde él pensaba pasar el día?...
—Aproximadamente, sí, señora. Es en un recodo del río que llaman Hoyo Grande.
—¿Muy lejos de aquí?
—Como a dos leguas. Pero la distancia no importa y si alguien me acompañase..., pues convendría que fuésemos varios y con hachones...
Doña Lucía intervino; aquello era lo mejor; de todos modos su optimismo opinaba que debían de esperar algo más; hasta las ocho, por ejemplo...
—Entretanto —añadió, dirigiéndose a Anselmo y a Joaquín—, vosotros iréis al Casino para informar a mi marido de lo que ocurre y decirle que venga aquí pasado un rato. Nadie como él para disponer qué hombres han de acompañar a Pepe.
Apenas los muchachos y el jardinero se marcharon, con urbanas razones doña Lucía rogó a Carmencita y a las criadas salir de la habitación. La buena señora no podía represar más tiempo la tentación de descubrir el terrible lance del hotel de los Alpes; a su juicio, era indudable que el conocimiento de la verdadera personalidad impasible y heroica de don Higinio había de infundir a su mujer grandes alientos. Ella misma, ¿de dónde sacaba su seguridad de que Perea había de volver, sino de la ciega fe que tenía en su valor?...
—¿Me marcho yo también? —interrogó Teresita.
—No, usted puede quedarse; lo que voy a decir es muy grave... ¡mucho!... Pero no tanto que usted no pueda oírlo.
El misterio de que la señora de Hernández rodeaba sus miradas, frases y gestos era tal, que oyéndola doña Emilia parecía olvidar su dolor. La esposa del médico se acercó a su amiga, la abrazó, la besuqueó sonora y efusivamente las mejillas...
—Lo que voy a decirte te asustará al principio, pero luego ha de tranquilizarte. ¡Emilia, mi pobre Emilia!... ¡Ah! ¡La mujer que tiene la suerte..., o la desgracia..., ¡nadie lo sabe!..., de pertenecer a un hombre como el tuyo, en la situación actual no debe asustarse!
La narradora miraba a las dos hermanas y a cada momento se interrumpía, saboreando su secreto, complaciéndose en tenerlo sobre la lengua y paladearlo como quien paladea un caramelo.
—Higinio —prosiguió—, donde le veis, tan bueno, tan suave, tan incapaz de hacer daño a nadie..., porque pocos caracteres habrá mejores que el suyo, ¿verdad?... Pues bien; Higinio... ¡ha matado a un hombre!...
Doña Emilia se levantó trémula, balbuciente, espectral. Sus cabellos se erizaban.
—¿Ha matado a un hombre?
Y Teresita, más aterrada tal vez que su hermana, porque su doncellez servía de abono a su ingenuidad, repitió con voz agonizante:
—¿Mi cuñado ha matado a un hombre?...
La señora de Hernández se ratificó en un gesto lleno de melancolía y de gravedad.
—Como estáis oyéndolo.
A sus palabras siguió un silencio terrible. De súbito doña Emilia lanzó un grito y adelantó hacia su amiga la lividez de sus manos temblantes y crispadas:
—Pero, ¿cuándo? ¿Cuándo ha sucedido eso? ¿Ha sido esta tarde?...
—No, hija mía; fue hace cinco o seis años, allá en París...
La relativa antigüedad de la fecha no mermó en un ápice el sobresalto de doña Emilia; tan grande era que bruscamente hallose aliviada, cual si el horror de aquella tragedia ignorada oscureciese su congoja presente.
—Tu marido —prosiguió doña Lucía— se lo confesó a Gregorio y a otros amigos en casa de don Cándido; ya sabes que los hombres, entre ellos, no tienen secretos; y Gregorio me lo ha contado a mí. Higinio mató en desafío al esposo de una italiana hermosísima, según dicen, con quien tuvo relaciones...
Oyendo esto la señora de Perea no experimentó malestar ninguno; ni siquiera tuvo celos; hallábase absorta y como desquiciada y fuera de sí. ¡Oh, la acre atracción del espanto! Ella, tan aficionada a leer novelas, creía asistir a la representación real, palpitante, de un inaudito folletín. Rápidamente, pero con una destreza que ni omitía detalles ni regateaba colores, la señora de Hernández fue refiriendo cuanto sabía del sangriento lance, y aun añadió bastante por cuenta de su propia imaginación y dadivoso temperamento: las citas de don Higinio con la italiana, las sospechas del marido, el encuentro de los dos hombres, su viaje a través de París, el Sena, la isla de la Grande Jatte, el barquero, la niebla, el combate a brazo partido, el tiro, y, finalmente, la cuchillada que partió en dos pedazos el tempestuoso corazón del holandés...
Víctima de indescriptible y jamás sentida tribulación, doña Emilia lloraba, reía, y tan pronto detenía la respiración, enfriábanse sus labios y dentro del pecho su ánima parecía ovillarse de miedo, como cobraba fueros y la sana color de la sangre volvía a sus mejillas. Cuando oyó que el holandés había disparado su revólver contra don Higinio quedose blanca, y segundos después, al saber que Perea, gallardamente y sin auxilio de nadie dio fin de su rival, se puso roja.
—¿Y dices que tiene una bala dentro del cuerpo?
—Sí.
—¿Dónde?...
—En la columna vertebral, un poco más arriba de los riñones.
—¿Y la herida?... ¡Yo no le he visto cicatriz ninguna!...
—No te habrás fijado; es pequeñita; Gregorio la conoce y... ¡ya comprenderás que un médico no puede equivocarse!... También la vieron don Cándido, Cenén, Arribas, el jefe de Correos..., todos, en fin, cuantos allí estaban; la cicatriz la tiene en la parte inferior del pecho: es una huella blanca, una especie de hendidura... ¡Como las balas de estos revólveres modernos apenas dejan rastro!...
Doña Emilia se persignaba: una inefable, recóndita y desconocida emoción la poseía. A pesar de saberse engañada no tenía celos, y al miedo que la patética historia la produjo iba aparejado una emoción muy dulce, muy consoladora, de admiración hacia el hombre que así, tan valerosamente, cuchillo en mano, defendió su vida. Su femenil vanidad se sentía halagada. Seguramente Higinio, al arremeter a su rival, pensó en sus hijos y también en ella... ¡sobre todo en ella!... Y su alma romántica, sin advertirlo, se esponjó de gozo. Se reconoció humilde; era débil, tímida; una pobre mujer sin valor y sin fuerzas. Él, en cambio, había dado pruebas concluyentes de heroísmo. ¡Ah! ¡Y ella durmió entre aquellos brazos temerarios y temblado de placer bajo la caricia viril de unas manos que, no obstante su proverbial bondad, si el caso llegaba sabían matar! ¡Qué revelación, qué alegría!... ¡Higinio!... «¡Su Higinio!...». ¿Por qué no estaría allí para abrazarse como esclava a sus rodillas?...
—De esto —concluyó doña Lucía— no hables a mi marido, pues le juré no decirte nada. Y hubiera mantenido mi juramento a no ser porque me he creído obligada a tranquilizarte, demostrándote que un hombre como el tuyo no es de los que se ahogan en un buche de agua.
A poco volvieron Anselmo y Joaquín; con ellos llegaban don Gregorio, Cenén y otros amigos de Perea, todos muy alborotados, conversadores y dispuestos a recorrer el bosque y aun a dragar el Guadamil, si era preciso, con tal de descubrir el paradero de don Higinio. Julio Cenén quería salir en su busca inmediatamente. Según las últimas noticias llegadas del campo, el nivel de las aguas había bajado mucho, de modo que si Perea ya no estaba allí era porque, luchando tal vez por vadear el río, sufrió algún percance grave. El impresionable secretario se paseaba nervioso, y en aquel ir y volver continuo, bajo la luz de la lámpara, su monda cabecita ornitológica adquiría brillanteces distintas.
—No creo —añadió— que se trate de un accidente irreparable; pero de algo muy serio, sí, porque Higinio es un carácter que no se amilana fácilmente.
Los circunstantes asintieron y de soslayo, con disimulo enigmático, miraron a doña Emilia. La pobre mujer se ruborizó y en medio de su dolor experimentó un gran alivio: la satisfacción vanidosa y exquisita de ser la consorte, la viuda quizás, de un héroe.
«¡Todos saben lo del hotel de los Alpes!», pensó.
Hernández había sacado su reloj, que por dos veces se llevó al oído. Temía que no anduviese, porque él hubiera jurado que era más tarde.
—¡Pero, señores —exclamó—, si apenas son las seis! No nos asustemos tanto; es que los días han acortado mucho. Acaso no hayan encendido todavía el reloj de la iglesia.
Doña Lucía se asomó a una ventana.
—Sí —dijo—, ya lo han encendido; desde aquí se ve. El cielo está muy limpio; hay luna...
En atención a lo moderado de la hora, prevaleció el criterio de don Gregorio. Esperarían a las siete para emprender la batida. Mientras Pepe el jardinero podía buscar las teas con que los ojeadores habían de alumbrarse. También era muy conveniente llevar perros.
—De paso —ordenó Cenén a Pepe—, llégate a mi casa y pide mis polainas.
—Tráete además las mías —dijo don Gregorio—, mis hijos saben dónde están.
Todos se habían sentado formando semicírculo delante de doña Emilia, y la prodigaban frases vulgares de consuelo. Don Higinio conocía a palmos las orillas del Guadamil, y era un hombre sereno y valiente acostumbrado a desafiar riesgos mucho mayores. La esposa del médico abrazó a su amiga.
—¿Lo ves?... ¿No te lo decía yo?
Y doña Emilia, afligida y consolada a la vez, hacía signos de asentimiento y se restañaba los ojos. Había, sin embargo, en aquella escena algo fúnebre, que trascendía a velorio o a visita de pésame.
A poco llegó don Cándido; en el Casino le explicaron lo que sucedía y en seguida fue a la botica a calzarse sus botas montaraces y a tomar un piscolabis. A doña Benita se lo dijo:
—No cuentes conmigo en toda la noche.
Don Gregorio le ofreció a su lado un asiento y le informó de cómo permanecerían allí hasta las siete. En aquel momento apareció el notario; vestía traje de pana, boina azul y polainas del mismo color; parecía un guerrillero; noticioso de lo ocurrido, su afecto a Perea le obligaba a pedir un puesto entre los primeros amigos que fueran a buscarle. También se sentó jadeante y obeso, y puso entre sus piernas la cayada de pastor de que venía armado. La reunión se animaba; parecía una tertulia de cazadores y a ello contribuía el violento ladrar de los perros que acababan de traer y andaban por el patio; los animales venteaban una aventura. La excursión, que al principio pudo parecer desabrida, cobraba de repente un interés cinegético enorme; en la conciencia de todos, insensiblemente, don Higinio se convertía en una presa.
Bruscamente la puerta se abrió y apareció Pepe. Con voz ahogada:
—¡El amo! —gritó.
Los circunstantes se levantaron; doña Lucía dio un grito; doña Emilia preguntó heroica, con la bizarría de una espartana:
—Pero, ¿viene vivo?...
—¡Sí, señora! Viene por su pie.
El jardinero desapareció. La esposa corrió hacia la puerta y todos la siguieron, apretujándose al salir. Nadie se asombraba de que Perea hubiese reaparecido, por muy recios obstáculos que hubiese necesitado vencer; ellos le conocían; el amante de Leopoldina era «un hombre». Doña Emilia atravesó el zaguán y salió a la calle, gritando:
—¡Higinio!... ¡Mi Higinio!...
Y allí mismo, bajo el perfil irónico de la luna y ante los balcones llenos de vecinos atisbadores y conmovidos, abrazó al héroe. A su vez sus amigos le rodearon, pero no osaban tocarle por miedo a mojarse. Don Higinio estaba densamente pálido, y era tan grande su frío, que los dientes le castañeteaban y apenas sabía concertar las palabras. Daba lástima y risa: llegaba embarrado hasta más arriba de las rodillas, traía roto el pantalón y había perdido la cinta del sombrero. Únicamente don Gregorio se atrevió a abrazarle, y lo hizo con la rudeza de un hércules.
—¿No le dije a usted esta mañana que el cielo amenazaba tormenta?... ¡Pero como usted es un hombre sin freno y sin ley!...
Don Higinio sonrió vagamente; estaba desjarretado, rendido y sus ojos buenos, medio cerrados por la fatiga, tenían el dolor de una infinita humildad. No podía hablar. Declaró que le dolían mucho la cabeza y la espalda, y necesitaba acostarse en seguida. Cuando supo que aquellos buenos amigos pensaban ir a buscarle con perros y antorchas se conmovió y supo dedicarles una sonrisa de gratitud.
—Gracias. Mañana les contaré lo sucedido..., mañana... ¿Eh? Ahora tengo frío... sueño... Sí, ustedes me perdonarán; hasta mañana...
Con esto despidiose de todos y entró en su casa. Doña Emilia clavó en don Gregorio una mirada suplicante.
—No es nada —repuso el médico—; un poquito de fiebre. De todos modos, yo volveré después de cenar.
VIII
Perea llegó a su cuarto, entornó la puerta y sin hablar se metió en la cama. Doña Emilia le ayudó a desnudarse y a cada momento se persignaba, significando así su asombro: el traje de pana, con el agua y el barro que traía encima, bien pesaba una arroba y seguramente quedaría inservible; las botas estaban rotas, y de tal modo las había desgobernado y encogido la mojadura, que su dueño necesitó forcejear mucho para quitárselas; los calcetines también aparecieron inservibles, agujereados y cubiertos de lodo. Doña Emilia no cesaba de pasmarse; su marido llevaba salpicaduras de barro hasta en la corbata; eran manchas absurdas, que nadie hubiera explicado cómo pudieron caer allí. El héroe de la Grande Jatte terminó por quedarse en pelota y vestirse un traje de franela amarilla que usaba cuando padecía amagos de reúma. Después cerró los ojos. Su mujer le contempló amorosamente, con una ternura nueva en ella, y por dos veces le besó la frente.
—¿Tienes frío?... ¿Eh?... ¿Tienes frío?...
Perea repuso lacónico, sin molestarse en abrir los ojos:
—Sí.
Ella deslizó bajo las mantas una mano tibia y maternal, buscando los pies uñosos, duros y grandes de don Higinio.
—¿Quieres una botella de agua caliente?
—Bueno...
El náufrago del Guadamil se dejaba mimar. Doña Emilia salió de la habitación a decir que inmediatamente pusiesen al fuego una olla con agua, y regresó a poco andando de puntillas. Aunque Perea tenía los párpados bien cerrados, ella, para que la luz no le hiriese si los abría, sujetó con alfileres, alrededor de la lámpara, un número de _El Faro_; hecho lo cual, enamorada y dócil como una sierva, prosternose delante de la cama. Don Higinio se había dormido, y bajo su bigote hirsuto los labios dejaron escapar un ronquido polífono y grotesco. Su mujer aprovechó estos instantes para ir en busca de la botella del agua caliente, que trajo envuelta en una toquilla y con gran diligencia. Aquel reparo, transmitiéndose rápidamente a los yertos pies del enfermo, debió de aliviarle, por cuanto no tardó en abrir los ojos. De ver el rostro de doña Emilia tan cerca del suyo pareció sorprenderse.
—¿Qué haces ahí?
—Mirarte... cuidarte...
—¿Por qué no te acuestas?
—Es muy temprano.
—¿Temprano?... ¿Qué hora?
—Las ocho, tal vez... Nadie ha cenado todavía...
—¡Las ocho! —repitió.
Había perdido la noción del tiempo; él hubiese jurado que estaba amaneciendo.
—Sin duda —dijo— cuando volví traía un poco de calentura, pero ahora me siento mejor.
Miró a su mujer y de nuevo maravillose de verla tan amable, tan hembra, tan cerca de él. Ella, sin deponer su actitud de inferioridad y adoración, comenzó a besarle las manos, y cuantas veces lo hacía entornaba los negros ojos, cual si gustasen sus labios el roce de algo exquisito. La inocente señora tenía deseos locos de abrazar a su esposo; mas no como a marido y persona vulgar o de este mundo, sino como a héroe; asegurarle que de allí en adelante no volvería a reñirle ni habría en aquella casa otra voz que la suya; decirle que le perdonaba su travesura con la italiana de marras, y pedirle muchos detalles, muchos..., ¡muchos!... de su reyerta con el pavoroso holandés. Pero así, tan de sopetón, no se atrevía; temía que la detenida rememoración de aquellos momentos crueles mortificasen demasiado al vencedor de la Grande Jatte; un remordimiento, por adormecido que se halle bajo el tiempo, siempre es desagradable. Suavemente, mientras llegaba la ocasión propicia, interrogó:
—Ahora no tienes fiebre, ¿quieres comer algo?
Esta proposición evocó instantáneamente en don Higinio una sensación de hambre. Vio claro en su interior. Desde medio día no probaba bocado. Él no estaba enfermo, sino hambriento. Indolente, con la laxitud, follonería y la mala crianza de quien se reconoce muy mimado, manifestó deseos de comer unas sopitas de ajo.
—¿Con un huevo? —preguntó la esposa.
—Con dos.
Ella le besó.
—¿Las quieres claras o espesitas?...
—Mejor espesitas...
—¿Te gustaría tomar también una copita de jerez?... Una copa pequeña, de esas de licor...
El recuerdo de la comida enardecía a Perea, y su estómago, por segundos, recobraba toda su jovial prepotencia.
—Sí, quiero jerez, pero no en copa de licor; sírvemelo en vaso.
Doña Emilia sonrió maternal: antes esta exigencia la habría parecido una impertinencia estúpida; a nadie, con sentido común, hallándose en aquel estado de debilidad, se le ocurriría beber un vaso grande de jerez... Pero ahora se daba cuenta fácil de lo que en otra ocasión no hubiese comprendido. Don Higinio era un hombre mucho más fuerte que la mayoría de los hombres; un temperamento excepcional; un varón fuerte, bravo, nacido para la orgía y la pelea, que, como los mosqueteros legendarios, tras de un asalto y entre los brazos de las hermosas que se les rindieron, se curaban sus heridas con vino.
Mientras Teresita y Vicenta aderezaban las sopas, doña Emilia quiso friccionarle al enfermo los lomos con alcohol alcanforado. Perea accedió, soboncito y mimoso; después de pasar a la intemperie tantas horas ingratas, necesitaba sentirse curado, defendido. Su mujer le ayudó a colocarse boca abajo, le subió la camiseta hasta arrollársela alrededor del cuello, como una bufanda, retiró las mantas, dejándolas en aquel lugar, honesto todavía, donde la túnica de la Venus de Milo se detuvo, y comenzó a resobarle las mollares espaldas. Pronto la piel fue coloreándose; pero doña Emilia proseguía su saludable tarea briosamente, pensando que bajo aquella carne, más amada entonces para ella que nunca, había una bala.
Con la friega, el calor de la botella que tenía a los pies y el sustancioso reparo de la comida, no tardó el paciente en hallarse tan ágil, ufano y bien dispuesto como si nada malo le hubiese acaecido. Sus ojos brillaban. ¿Por qué se mostraba su mujer tan cariñosa, tan femenina?... Pidió un cigarrillo, tenía ganas de fumar y de charlar, exagerando los riesgos y fatigas que había hurtado.
—¡El río estaba imponente! —exclamó—. ¡Cómo rugía!... Imposible vadearlo; hubo momentos en que me acordé mucho de vosotros, particularmente de ti, Emilia. «¿Si no volveré a verla?», pensaba.
En su imaginación, naturalmente romancera y con ayuda del jerez, los sucesos se abultaban; el Guadamil se convertía en Amazonas. La esposa se enterneció:
—¿Es cierto —balbuceó lagotera— que cuantas veces te has visto en peligro de muerte te acordaste de mí?
—Siempre, hija mía.