Part 26
—Usted me llamará machacón; pero yo estoy obligado a decirle lo que mi buena amistad y leal saber me aconsejan: vamos derechos a la peritonitis. ¿Lo quiere usted más claro? Pues bien; usted necesita operarse inmediatamente. Si yo no le inspiro confianza suficiente, llamemos a otro médico o a varios médicos, y seguro estoy de que dirán lo mismo: que debe usted dejarse operar antes de que la tumefacción de los tejidos imposibilite toda acción quirúrgica. La dificultad capital, sépalo usted de una vez, estriba en que para resistir una operación así es indispensable cloroformizarse, y usted no puede tomar el cloroformo porque es cardíaco.
Don Higinio miraba al techo; parecía tranquilo, como si no midiese bien el terrible dilema en que la ciencia de don Gregorio le colocaba. Hernández añadió:
—Yo le invito a meditar en esto; pero en seguida, pues el extremado riesgo de la situación permite que cada minuto tenga para nosotros la importancia, de una hora. A usted, que ha expuesto la piel tantas veces, la muerte no puede asustarle; por eso hablo así: ha llegado el momento, querido amigo, de jugarse la vida a una carta; o poniéndonos en lo peor: de elegir entre dos muertes: dulce, suave, totalmente inconsciente, una de ellas, la del cloroformo; terrible, desesperada, llena de indescriptibles convulsiones, la otra, la de la peritonitis. Sin vacilar, yo escogería la primera. Cloroformizándose, siempre le quedan a usted esperanzas legítimas de salvarse; en cambio, dejando que la hinchazón siga su curso, va usted a un desenlace fatal. ¿Qué hacemos entonces?...
El héroe de la Grande Jatte se rascó la cabeza, se atusó el bigote, se frotó la nariz, volvió a un lado y otro sus nobles ojos azules. Después, majestuoso, con la lentitud reflexiva del hombre que, sintiendo su fin cercano, se dispone a testar, repuso:
—Querido don Gregorio, mi situación es demasiado difícil para resuelta de pronto; tengo muchos negocios pendientes; tengo también muchos afectos entrañables que me ligan a la vida y me la hacen amable. Morir no es nada... ¡nada!... un parpadeo y se acabó. Pero ¿y lo otro? ¿Cómo despedirse de todo aquello en que puso uno su corazón?... Déjeme usted pensar..., ordenar mis ideas..., hablar con mi conciencia... ¿Eh? ¿Le parece a usted bien?... Yo le avisaré a usted mañana...
En el acento con que estas atinadas razones fueron dichas, palpitaba un dejo de ironía y buen humor.
Y agregó:
—Ahora, provisionalmente, para mitigar un poco los dolores del vientre, ¿qué me aconseja usted?...
Don Gregorio le recomendó aplicarse de hora en hora en el vientre fomentos calientes de harina de linaza, aderezados con gotas de láudano.
—Es lo mejor —dijo— porque el láudano no cura, pero encalma, y la linaza es un buen emoliente. Procure usted no moverse y permanecer boca arriba todo el tiempo posible; así retardaremos el movimiento de avance de la bala. Como alimento, nada más que leche y, si acaso, un poquito de caldo...
Apenas se fue Hernández, doña Emilia, Carmen y Teresita reaparecieron; querían saber lo que el médico había dicho, y don Higinio, tanto para satisfacer aquella afectuosa solicitud, como por que le dejasen en paz, informolas de todo minuciosamente. Ellas, paradas delante de la cama, le escuchaban silenciosas, clavados en él sus ojos implorantes, llenos de lágrimas. También pidió el héroe los fomentos de harina de linaza que le habían prescrito, y habiendo recibido el primero, casi abrasando, sobre la barriga, rogó que le dejasen solo.
En la media luz del dormitorio, apenas le rodeó el silencio, don Higinio Perea sintió desentumecerse en su interior una nueva y extravagante inquietud. Era algo parecido a un mal presentimiento. El estaba bien seguro de que todo aquello de la peritonitis explicado por don Gregorio con fraseología gárrula era, sencillamente, un mondo y formidable disparate. Sin embargo, el criterio del médico le preocupaba; diríase que su opinión era una amenaza real, un peligro verdadero, tangente, que vivía fuera de él y podía herirle; una fuerza enemiga contra la que acaso necesitase esgrimir su voluntad.
Al anochecer, doña Emilia y Teresita entraron en el dormitorio, y sus hábitos del Carmen impresionaron desagradablemente a Perea, sugiriéndole la emoción de hallarse muy enfermo. Las dos hermanas volvían de casa de don Gregorio y de hablar con él. Comentaron su conversación; Hernández, a quien sorprendieron estudiando sobre un atlas anatómico la herida de don Higinio, las había reiterado la absoluta necesidad y urgencia de la operación; doña Lucía opinaba lo mismo; y como de pronto se interrumpiesen, el galán del hotel de los Alpes, que estuvo escuchándolas atento, preguntó:
—¿Y vosotras?... ¿Qué pensáis vosotras?...
Ninguna de ellas se decidía a responder, y mirábanse asustadas, como encomendándose mutuamente el trabajo de hablar. Era la indecisión caritativa de las personas comisionadas de recordarle a un moribundo la oportunidad de dictar su testamento. Al cabo, doña Emilia, más resuelta:
—Nosotras creemos —dijo— que debes operarte; la idea de que te abran el vientre me horripila; yo sé que tu operación me cuesta una enfermedad... Pero, ¡si de ello depende tu salud!...
Don Higinio volvió a estremecerse; un gran frío recorrió sus miembros; aquel mismo frío que el médico, al marcharse, le dejó en la conciencia. Un halo siniestro le circundaba; él lo sentía crecer a su alrededor, espesarse, adquirir consistencia palpable, y no podía evitarlo. Pero ¿es que su mujer y su cuñada, las personas que más le querían, contagiadas de la charladora y pedantesca ignorancia de Hernández, hablaban formalmente de ponerle los intestinos al sol para extraerle una bala imaginaria?...
El paladín de la Grande Jatte, entre los dolores del reúma y el recuerdo de la mortal conjura que iba cubriéndole, no pudo cerrar los ojos en toda la noche.
Muy de mañana don Gregorio fue a verle.
—¿Qué tal se ha dormido?
—Bastante mal, amigo mío —repuso Perea—; bastante mal; peor que ayer.
En efecto, estaba pálido, y sus barbas rucias y crecidas le aviejaban deplorablemente. Don Gregorio, por debajo de las mantas, le palpó el vientre, que halló más duro y crecido que la víspera.
—Esto —dijo— va en auge.
Sacó un cigarrillo, le mudó el papel y lo encendió con lentitud estudiada, esperando a que don Higinio reflexionase. Después:
—¿Y bien? ¿Qué hacemos? Es imposible andarse por las ramas: ¿qué ha resuelto usted de la operación?...
El héroe detuvo en su interlocutor una mirada indefinible.
—¿No cree usted —murmuró suavemente— que para el reúma son buenos los salicilatos?... También, en otras ocasiones, he tomado yoduro...
Hernández se levantó indignado, y su rostro noble y rudo expresaba desdén.
—¡Amigo mío, no le creía a usted tan pusilánime!... Dicen que los años afeminan a los hombres, y es verdad. Lo veo en usted. Curarse una herida de bala con salicilatos o con yoduro, es lo mismo que ir a cazar liebres con una guitarra. Ya he dicho mi opinión y no volveré a repetirla: hay que operar, ¿estamos?; hay que operar, pues de lo contrario se muere usted. ¿Lo ha oído usted bien, lo ha comprendido usted bien?... Antes de ocho días se muere usted rabiando como un perro; pero, así, ¡como un perro!... ¿Hablo claro?... ¡Ahora, haga usted lo que quiera! Por mi parte, mientras usted no cambie de criterio, doy por concluida aquí mi misión y me retiro.
Dicho esto se marchó furioso, resoplante y encendido, sin atender a las conciliadoras voces con que don Higinio le llamaba; y al portazo tremebundo que dio al salir, los cuadros se estremecieron sobre las paredes y todo el dormitorio vibró como un tambor.
XII
La tarde transcurrió sin incidentes; Perea continuaba aplicándose los fomentos de harina de linaza, y ordenó que le trajesen un poco de yoduro.
Ya de noche, el boticario fue a visitarle; su figura alta, barrigona y dulce, complació al enfermo, que empezaba a aburrirse de que le dejasen tan solo. Don Cándido disculpó su tardanza en venir; llevaba tres días sin pisar la calle, porque su hijo había necesitado ir a Ciudad Real y la farmacia no podía quedarse sola.
—Yo sabía por don Gregorio que estaba usted enfermo. ¡Qué diablos!... ¡Quién iba a pensarlo!, ¿verdad?...
Don Higinio se inmutó:
—¿El qué?...
—Nada, eso..., lo de la bala... ¡Ya ve usted! ¡Una herida tan antigua!... Y el peligro, realmente, no está en la operación, sino en la lesión cardíaca que usted padece. En fin, el caso no es desesperado ni mucho menos; ya sabe usted que la moderna cirugía realiza milagros..., ¡verdaderos milagros!...
Perea no respondió; estaba absorto y como petrificado. Aterrado, volvía a preguntarse:
«Pero, Señor..., ¿qué inevitable maleficio hay suspendido sobre mí?...».
A poco llegó Julio Cenén, con sus pantalones muy cortos, su chaquet azul y su reducida cabecita de pájaro, llena de inconsciencia y de movilidad.
—¡Hola, don Higinio!... ¿Qué hay?... Ya me han dicho, lo supe anoche...
—¿Qué ha sabido usted?...
—Lo de la operación. ¿Cuándo será?...
—Precisamente lo preguntaba yo hace un momento —exclamó don Cándido.
El secretario del Ayuntamiento pidió al farmacéutico algunos detalles.
—¿De modo que la bala, según parece, se ha desprendido del hueso?
—Eso asegura don Gregorio.
—Y es indudable: hace un instante estaban explicándolo en el Casino. Gutiérrez sostenía que el desprendimiento del proyectil proviene de un esfuerzo. Yo entonces me acordé del incendio que hubo en el callejón del Hombre Ahorcado, cuando aquí, nuestro amigo, salvó de entre las llamas a Evarista, la hija de Matilde la cintera. ¿Eh, Perea?... ¿Le parece a usted que tengo razón? ¿No sería entonces?...
Don Higinio tuvo un alzamiento de hombros despreciativo, genuinamente heroico, hacia aquella tarde en que, lanzándose a través de una hoguera, se jugó la vida.
—Tal vez... —murmuró.
No hubiese querido contestar afirmativamente; pero, ¿qué iba a hacer?... Admitiendo la leyenda de la isla de la Grande Jatte, ¿por qué no establecer conexiones entre el balazo del holandés y la salvación de Evarista? Lo uno explicaba lo otro, y él no podía rebelarse contra aquel lógico hilvanamiento de hechos; la mentira lanzada una tarde entre la alegría de dos copas de coñac proseguía triunfante su camino y era casi imposible detenerla; la opinión de los millares de personas que comulgaron en ella habíala conferido autoridad irrevocable; era un caso de inercia moral, una especie de cuesta abajo que un hombre, don Higinio Perea, rodaba impulsado por el parecer asesino de muchos hombres.
Don Cándido se levantó:
—¿Vámonos, amigo Cenén?
—Como usted guste. Son las ocho: hora de cenar.
Ya se marchaban cuando llegaron el notario Arribas y Gutiérrez con otros dos amigos. Venían de jugar unas carambolas en la fonda de don Justo. Todos saludaron a don Higinio efusivamente, y Perea supo agradecerles la visita con corteses y bien peinadas razones. El notario tomó asiento: la dilatación de su vientre, que le obligaba a retreparse mucho, su alentar fatigoso y sus ojos grandes, muy abiertos, le daban el aspecto de un hombre asustado.
—¿Cuándo es la operación? —exclamó—. En el Casino decían que era mañana.
Don Higinio, que ya esperaba la pregunta, adoptó un gesto de irreductible impasibilidad:
—No lo sé aún —dijo—; ya veremos. Mañana, desde luego, no ha de ser.
—¿Sufre usted mucho?
—Bastante.
—¿Los riñones, verdad?... Me lo explicaba don Gregorio anoche.
—Sí, los riñones; y también el vientre; lo tengo hinchado.
El notario, Gutiérrez, Julio Cenén y don Cándido, hacían mohines de perplejidad y disgusto. Todos compadecían a don Higinio, y cuál más, cuál menos, sentía remordimientos de haber ayudado con sus consejos a que fuese a París.
—¡Pero cómo viene la desgracia! —decían—, ¡quién iba a creer que una herida tan vieja!...
Distraído, llevado de su costumbre de mentir, enredándose cada vez más en aquella fatal leyenda de heroísmo, de cuyo prestigio cuidaba como de un fuego sacro, Perea repuso suspirando, resignado y sentimental:
—¡Estas son cosas de hombres!...
Tampoco aquella noche el héroe de la Grande Jatte pudo dormir. Por momentos sus dudas eran más lancinantes y pavorosas: había caído en una trampa; reconocíase acosado por todos y preso en una callejuela sin salida. Los leales amigos que iban a visitarle representaban la opinión colectiva; el pueblo que admiró su valor quería saberle curado, para que durante largos años continuara sirviendo de prez, honra y legítima vanidad a Serranillas. La muchedumbre, a un mismo tiempo buena, curiosa y cruel, necesitaba ver la bala, asistir desde lejos a la operación, oír de los autorizados labios de don Gregorio qué extraordinaria disposición y volumen tenían las temerarias entrañas del gran hombre. Evidentemente este peligro era imaginario; don Higinio, con solo una palabra sincera, podía destruir el aciago diagnóstico del médico; mas para ello necesitaba borrar su historia de bravo, aquella breve y ardiente historia mantenida, primero, con embustes, afirmada más tarde por los próceres alardes de su aventurero corazón. La mentira había arraigado demasiado en la conciencia social para que pudiera ser demolida sin riesgo; las fantasías, convertidas por obra del tiempo en realidad, constituyen bloques compactos, tenaces, y de una solidez perfectamente objetiva.
Ahora, al escudriñar su situación y hallarse amenazado por la majestad dramática de su obra, don Higinio Perea comprendía la implacable coalición formada contra él por los millares de sentimientos nacidos en torno suyo al poético calor de su mentira. Los más mortificantes, por ser los más ridículos, eran los detalles pequeños: aquellas miradas, aquellas gestos de aparente tristeza, aquellas medias frases hipócritas que durante cerca de veinte años fueron perfeccionando, burilando y esclareciendo la maravilla de su superchería. Se acordaba de los falsos suspirones con que interrumpió tantas noches el sueño pacífico de su mujer; la escena bufa del retrato quemado; la inverecunda exhibición de los periódicos, donde, según él, constaban los pormenores de su hombrada, y en los cuales tropezó sin gloria la virtud de doña Lucía; su pasividad cínica cuando doña Emilia entregó dos mil reales de sus ahorros al miserable que una mañana le amenazó con descubrir a la justicia su crimen; la avilantez, en fin, con que, burlándose impíamente de las más respetables creencias, permitió que su esposa y su cuñada vistiesen de por vida el hábito del Carmen y oyesen misas por el eterno descanso de la italiana y del holandés...
Al presente todos estos pormenores se volvían contra la ordinariez de su vientre tumefacto y reumático como puntas de espadas. Sin saberlo, la opinión, obligándole a sufrir una operación inútil y mortal, parecía querer vengarse bárbaramente de su mentira. ¿Cómo hurtar el peligro? ¿Cómo librar la vida del cuerpo, sin caer en el ridículo, muerte del alma? ¿Cómo, sin que le acuchillasen la piel, salvar intacta la dignidad?...
Don Higinio experimentaba la desesperante angustia del hombre que cayó en un lodazal y se siente hundir lentamente en el barro. ¿Cómo llamar a su mujer y a Teresita para decirlas: «Quitaos esos hábitos y no recéis por la salvación de personas que solo vivieron en mi espíritu...»? ¿Cómo confesar a doña Lucía: «He robado tus besos; yo no merezco tu estimación ni la honestidad que me sacrificaste; ten vergüenza de mí; te he estafado; yo no soy el hombre galán y espadachín que tú creías...»? ¿Cómo, en fin, arrastrar la befa de la opinión, arrancándose de la frente, para tirarlo a los pies del populacho, su airón de mosquetero?... ¿Acaso no era este sacrificio suicida más doloroso que la misma muerte?...
Al día siguiente, durante el transcurso de su mañana, don Higinio estuvo oyendo el murmullo de los pasos y de las conversaciones de muchas personas que iban a informarse de su salud. El amante de Leopoldina había ordenado que no dejasen entrar en su aposento a nadie; empezaba a tener miedo de aquella muchedumbre interesada, al parecer, en verle morir. No obstante, por la voz reconoció a varios visitantes, entre ellos al cura don Tomás Murillo, a Pepe Fernández, a don Remigio el maestro y a Juan Pantaleón. El rumor de sus diálogos era el eco indagador, impaciente y sanguinario de todo el pueblo, para quien la operación de don Higinio empezaba a tener el interés de una pena capital.
«Son ellos —pensaba el héroe—, los desocupados, los curiosos, los sedientos de emociones bárbaras, que vienen a indagar el día de mi ejecución...».
Por la tarde sus dolores arreciaron y pidió a grandes voces un papelillo de salicilato. Después, aliviado instantáneamente, se durmió. Al despertar, sorprendiose de ver a doña Emilia y a Teresita arrodilladas cada una a un lado del lecho.
—¿Qué hacéis ahí?...
Ellas cogieron las manos del héroe, y muy despacio y con mucho amor empezaron a besárselas. Según dijeron, hacía largo rato que estaban allí.
—Queremos —murmuró Teresita— pedirte un favor; Emilia te lo dirá; yo no me atrevo...
Doña Emilia interrumpió a su hermana:
—Se lo decimos las dos; es lo convenido.
—Bueno..., pues..., ¡las dos!...
Y, casi a la vez, clavando en los ojos de Perea los suyos implorantes y mojados en llanto copiosísimo:
—Es preciso que te dejes operar —balbucearon—; es preciso...
El enfermo ni siquiera tuvo fuerzas para asustarse; desfallecido, abúlico, murmuró:
—Pero, ¿será posible que vosotras también creáis en eso?...
—Nosotras, sí; ¡ya lo creo!...
—¿Por qué?
—Lo ha dicho don Gregorio; lo dice todo el mundo.
—Pero es que don Gregorio, que no es ninguna notabilidad, puede equivocarse; vosotras sabéis que su especialidad es equivocarse... ¿Y si lo que tengo fuese reúma?...
Doña Emilia, sin cesar de besar la mano de su marido, replicó:
—Es que la opinión de don Gregorio es la de todas las personas con quienes hemos hablado: el notario, Julio Cenén, Gutiérrez, don Tomás... piensan lo mismo. No hay tal reúma. Don Cándido y su mujer, cuando fui a comprar anoche los salicilatos, exclamaron: «Todas estas son tonterías y ganas de perder el tiempo; mientras Higinio no se resuelva a extraerse la bala irá de mal en peor».
Perea se atusaba el bigote lentamente, la vista puesta en el techo, inmóvil, impasible, con la gravedad triste del reo que está oyendo leer su sentencia.
—¡Eso cree don Cándido! —murmuró.
Bebiéndose las lágrimas, prosiguió doña Emilia:
—Nosotras, en nombre de todos, venimos a rogarte que te decidas a la operación. No tengas miedo, Higinio mío, no tengas miedo. Dios querrá salvar tu vida; nosotras hemos rezado mucho por ti y seguiremos orando día y noche hasta verte sano y alegre. ¿Tú serás valiente, verdad?... A tu lado estaremos todos. Dicen don Gregorio y don Cándido que la hinchazón del vientre es un principio de peritonitis, y que si aumenta será imposible curarte y morirás rabiando. ¡Morir!... ¡Por Dios! ¡Yo no quiero verte morir!... ¡Muera yo antes mil veces, le pido a la Virgen!...
El raudal de sus lágrimas se desató de modo que la impidió seguir hablando. Hundió el rostro en el lecho, y agotada, dejose caer sobre los talones; sus pobres hombros temblaban convulsos de dolor. Teresita, fijos en su cuñado los ojos afligidos y humildes, repetía:
—Higinio..., ya ves..., necesitas decidirte...; tú no has sido malo, Dios no te abandonará...
En aquel momento apareció Carmen; su madre levantó la cabeza.
—¿Has escrito a tus hermanos? —preguntó.
—No, ¿para qué?... Hasta no saber lo que papá resuelve...
Acercose a este y en las mejillas y sobre la frente diole muchos besos.
—Sí, papaíto...
Y continuaba besándole:
—Papaíto de mi alma, papá valiente..., es necesario que te operes...
El vencedor de la Grande Jatte sintió una torva, colosal, indescriptible angustia; la misma congoja que Julio César experimentaría cuando Bruto, su hijo, alzó su cuchillo contra él. Al principio creyó que únicamente sus amigos del Casino querían verle operar y no se asustó.
«Mi familia —reflexionaba— no puede consentir ese dislate, y el sacrificio, aunque yo adopte una actitud de heroica pasividad, no se llevará a efecto».
El malpocado no supuso que la terrible fuerza invasora de la opinión penetraría en su hogar, y, rápidamente, una a una, ganaría todas las voluntades. Ahora eran su cuñada, su mujer, su hija, las que de rodillas pedían su muerte. La mentira trágica, elaborada, madurada espaciosamente a lo largo de los años, de pronto florecía y sus frutos prometían ser de sangre.
«Me mata la opinión» —pensó.
Después, según sus ideas se coordinaban en la agitación grimosa de su espíritu, fue reconociendo el modo admirable que su invención tuvo de ir plasmándose y cobrando validez sustantiva. El marido de Leopoldina, aquel míster Ruch a quien él tanto había afrentado y groseramente vilipendiado a los ojos de todo un pueblo, ahora, de súbito, parecía surgir de su tumba de la isla del Sena para exigirle cuentas crueles de sus acciones y palabras. ¡Oh, milagro!... Como los hombres, al morir, se truecan en ideas, en recuerdos, ¿será cierto que, de igual modo, las supercherías, vividas intensamente, se conviertan en realidad?... ¿Luego lo objetivo no existe sin nosotros?... ¿Luego los nominalistas, discípulos de Abelardo, tienen razón?...
«Es el holandés, mi enemigo —repetía don Higinio—, quien al fin me vence, y la puñalada que yo dije haberle dado en el corazón, me la asesta él a mí en el vientre con el bisturí de don Gregorio».
Perea lanzó un grito de cólera; sus energías se sublevaron; ¡no quería morir!... y bajo su bigote sus labios se abrieron trémulos, lívidos, dispuestos a declarar la verdad. Pero en aquel instante mismo su orgullo y su valentía reaccionaron, y nada dijo.
Las tres mujeres se habían levantado con una gran vehemencia de ufanía, creyendo que, al cabo, el enfermo accedía a sus ruegos. Don Higinio manteníase inmóvil, los ojos medio cerrados, meditando. Su espíritu griego, su alma noble enamorada de lo bello, pensaba:
«Nada importa morir, si se muere bien...».
Súbitamente sus anchas pupilas azules se iluminaron; bajo los párpados que acababan de levantarse con brusco alborozo, la divina ilusión renacía. La ciencia aún podía salvarle; la ciencia, representada por unos cuantos médicos doctos, comprendería que su mal era reumático y no consentiría que la infamia de abrirle el vientre, como a un marrano, se consumase, y así él, pese a todo, libraría su prestigio. En esto estaban el honor y la vida.
—Yo me dejo operar —dijo—; pero, como no me fío de don Gregorio, necesito que haya junta de médicos. Podéis avisar, desde luego, a don Salvador López, que vive en Almodóvar, y al doctor Regatos, de Ciudad Real, y a otro más, si queréis... Decidles que vengan en seguida, porque el caso urge, y lo que ellos decidan eso haré.
Y agregó, esperanzado y alegre:
—Ahora, por lo pronto, ponedme otro emplasto de linaza y dejadme dormir.
Cuando estuvo solo experimentó una satisfacción tan honda y subidísima que le movió a risa. Aquella reunión de médicos no le costaría menos de dos mil quinientas a tres mil pesetas; pero la vida y la honra, ¿no valían mucho más?... El doctor Regatos, especialmente, uno de los médicos más notables de la provincia, no podía equivocarse como don Gregorio; el sabio doctor le reconocería, vería que era un artrítico crónico, y, convencido de que la bala del holandés no se había movido, le curaría de suerte que ni su historia ni su piel padeciesen merma ninguna.
Por la tarde recibió don Higinio la visita del cura. El pobre don Tomás estaba ya muy viejo, y sobre la raída negrura de su balandrán, su cabeza lívida, en la que parecía no quedar ni un glóbulo de sangre, tenía un melancólico temblor de ancianidad.
—Yo creía —dijo al entrar— que le operaban a usted hoy.
Cuando supo que habría junta de médicos demostró alegrarse; antes de lanzarse a una operación grave, siempre era prudente oír el parecer de buenos profesores. Su voz dulce, indulgente, acariciadora, con monotonía de oración, producía en el héroe una cristiana laxitud, una especie de suave y humilde indiferencia hacia todo. Cuando el cura se levantó para marcharse, don Higinio le estrechó la mano con rudeza optimista.
—Todavía —exclamó— no pienso morir; además, yo sé que un instante de contricción basta a lavar las culpas de toda una vida.