Part 19
—¡Como que es tonto! —replicó doña Emilia.
En el comedor saludó a doña Lucía; la esposa del médico cenaba con ellos, porque don Gregorio había ido a Almodóvar y no regresaría hasta la mañana siguiente. La señora de Hernández estaba hermosa, y sobre la blancura almendrada de sus dientes, un poco grandes, los labios húmedos, gruesecillos y rojos, tenían mohines provocativos. Perea ocupó la cabecera de la mesa, entre ella y doña Emilia; al otro lado se instalaron Teresita, Carmen, Anselmo y Joaquín. Se habló de Dieguito y don Higinio repitió detalladamente cuanto el malpocado sobrino de Arribas le había dicho. Las mujeres reían implacables. Don Higinio, casi sin intervalo, se bebió dos grandes vasos de vino: experimentaba un buen humor, conversador y rudo, del que doña Lucía, especialmente, participaba en gran manera; un regocijo que le producía el deseo de algo raro, imprevisto. ¡El pobre Dieguito!...
—Yo le he dicho —exclamó clavando su tenedor en una perdiz— que le corte la cabeza a su suegro y la envíe a Ciudad Real para que hagan de ella una sopera...
Los muchachos reían a carcajadas. Doña Emilia se persignó, exagerando el espanto que la feroz ocurrencia de su marido la producía.
—¡Calla, hijo, calla!... Tú, sí, serías capaz de eso y de mucho más...
Y doña Lucía ratificó:
—¡Ya lo creo!...
Desde hacía mucho tiempo la señora de Hernández mostraba hacia su amigo una inclinación alarmante, y aquella noche no perdía ocasión de fijar en él sus encandilados ojos; pero con insistencia voluptuosa tan manifiesta, que el bizarro manchego se reconoció comprometido por aquellas insinuaciones, cuyo pecaminoso alcance su hidalguía se negaba a comprender. ¿Era posible?... Y acordándose de la rancia amistad que le unía al médico y de que doña Lucía y doña Emilia tenían, años más o menos, la misma edad, sintió frío en la espalda. ¿Pero es que las mujeres, aunque vayan siendo viejas y estén cargadas de hijos, nunca acaban de decirle adiós a la traición?... Inconsciente, acaso contra todo el honrado propósito de su voluntad, buscó bajo la mesa los pies de doña Lucía con los suyos. El perverso contacto se produjo tímido al principio, resuelto y de regaladísima dulcedumbre después. La señora de Hernández, lejos de esquivar los rústicos zapatones del héroe, parecía buscarlos, y su presión la llenaba de sangre las mejillas. Don Higinio reía, charlaba a tente bonete; llegó a ponerse fuera de sí. Su mujer le llamó la atención.
—¡Pareces loco!... Fíjate en lo que haces... no vayas a echarle sal al café...
A las nueve y media doña Lucía se levantó para marcharse. Don Higinio quiso acompañarla, solícito y galán; pero ella rehusó el ofrecimiento: no quería que nadie se molestase, su casa estaba a dos pasos de allí. Perea quedose con tal negativa un poco amohinado. ¿Habría oprimido con excesiva fuerza los pies de su amiga? Lo que su presunción juzgó amor, ¿no sería afecto tolerante de hermana?... Esto meditaba su inocencia, mientras sus dedos distraídos amasaban una miga de pan. La señora de Hernández, por su parte, también se marchó triste: deseaba a Perea: empezó a desearle apenas conoció su valor y su buena suerte con las damas; era una pasión novelesca que inopinadamente la hirió en el otoño de su vida y la arrancó muchas lágrimas secretas y crueles. Pero al mismo tiempo que se finaba por él, le tenía miedo, y así no consintió que la acompañase, pues la reputación de las mujeres antes pierde que gana con la sociedad de hombres mal afamados y libertinos.
A la mañana siguiente estaba Perea concluyendo de vestirse cuando le anunciaron que un individuo deseaba verle. Detrás de la criada, portadora del recado, apareció doña Emilia, demudado el rostro y con mucho sobresalto en los ademanes y en los ojos.
—Es un tipo —dijo— que no me gusta: parece esconder algo; yo le he visto en alguna parte, pero no sé quién es. ¿Qué le digo?...
Don Higinio vaciló; una aventura real llegaba a él y, sin razón, tuvo miedo. Pero tampoco había motivos para esconderse, y, además, su leyenda de bravo le prohibía ser débil. Tosió, se estiró los puños de la camisa y el chaleco, como hacía siempre que adoptaba una resolución importante; dirigió una mirada hacia el cajón de la mesa donde tenía el revólver...
—Bueno —dijo ahuecando un poco la voz—, decidle a ese hombre que pase y dejadme solo con él.
Obedecieron las dos mujeres y transcurridos pocos momentos apareció el desconocido. Era un individuo cuarentón, seco y alto y de color terroso. Vestía chaqueta y calzones de paño pardo que le llegaban a las corvas, según clásica usanza de la gente rústica de ambas Castillas; medias y alpargatas blancas, y faja de lana azul; llevaba el ancho sombrero campesino en la mano, y cubría su cabeza, de cabellos grises cortados al rape, un pañuelo negro anudado atrás. Bajo la frente deprimida, en el misterio del rostro anguloso y afeitado, los ojos pequeños y cenizos miraban oblicuamente.
—Buenos días, don Higinio, y usted disimule que así, tan de mañana, venga a molestarle...
—Buenos días.
El payo parecía cohibido; pero, aunque no levantaba la cabeza, sus pupilas astutas giraban de un sitio a otro escrutándolo todo. Su mirar traidor desazonó a Perea. ¿Qué buscaba aquel hombre? Don Higinio recordó su mentira. «Debe de ser un valiente —pensó— cuando, sabiendo quien yo soy, se atreve de este modo a acercarse a mí». Luego, en alta voz:
—Bien, dígame qué desea, porque yo tengo que hacer; iba a salir.
—¿A la mina quizás?... Pues entonces, si usted lo permite, yo le acompañaré...
—No; prefiero que hablemos aquí.
Serenada la primera vibración de sus nervios, había recobrado el dominio de sí mismo y observaba a su interlocutor frente a frente.
—Yo lo decía —replicó el rústico dando vueltas a su sombrero— porque, vamos..., parece que los hombres, cuando estamos solos..., ¿usted me comprende?..., los hombres, cuando estamos solos, hablamos mejor...
—Solos estamos; ahora usted sabrá si tiene, efectivamente, algo que decirme.
Se dirigió al armario, lo abrió y cogió su revólver, que se guardó en una faltriquera con estudiada lentitud, significando así al intruso que desconfiaba de él y estaba apercibido a rechazar una agresión. Por el semblante cobreño del desconocido pasó una sombra. La inesperada gallardía de Perea le había desconcertado; destosió, se rascó la cabeza. De pronto cobró arrestos nuevos.
—Es el caso que yo necesitaba dos mil reales. Usted no me conoce; pero yo le conozco a usted..., yo sé muy bien quién es usted..., y me dije: «Pues nadie mejor que don Higinio Perea puede dártelos».
La proposición era tan extraordinaria, que a don Higinio le dieron ganas de reír.
—¡Caramba!... Conque dos mil reales, ¿eh?... Necesita usted dos mil reales y viene a pedírmelos. ¡Muy bien, muy bonito, muy cómodo!... ¿Y por qué cree usted que así, sin más ni más, voy a darle dos mil reales?...
Lanzó una carcajada y de súbito se quedó serio. La osadía y desvergüenza inauditas del payo volvían a irritarle.
—Pues me parece —agregó—, me parece... que va usted a marcharse sin ellos. ¡Valiente frescura! ¡Meterse de ese modo en las casas a pedir dinero!...
El intruso miraba a don Higinio tranquilamente y muy sobre sí; en sus ojuelos cenicientos ardía una llama de cólera contenida; sin duda no era tan páparo como simulaban sus montaraces apariencias. Replicó irónico y cazurro:
—Si empieza usted a amontonarse tan pronto no vamos a entendernos.
El héroe de la Grande Jatte pensaba soñar; la calma de su interlocutor le enardecía.
—Pero si no tenemos para qué entendernos; usted me pide quinientas pesetas, ¿no es así? Yo digo que no puedo dárselas, y basta: la conversación ha concluido.
—Está usted equivocado.
—¿Sí?... ¡Hombre!... ¿Estoy equivocado?
—Sí, señor; ya supondrá usted, que yo no vengo aquí por gusto o, como suele decirse, a humo de pajas. Yo sé de usted una historia que, francamente, no le hace a usted favor ninguno; una historia mala que todo Serranillas conoce...
—¿Una historia? —repitió don Higinio—. ¿Qué historia es esa?...
Estaba trémulo; sus manos se habían quedado frías. Su único pensamiento fue: «Emilia me ha engañado y vienen a decírmelo». Inconscientemente se acordaba de doña Lucía. Después su espíritu pareció quedarse rígido, sin una vibración, sin una idea. Volvió a pensar: «Emilia me ha engañado». Ni por asomo se le ocurrió que a lo que el desconocido aludía era a su aventura del hotel de los Alpes.
—Sí, señor —continuó el labriego—; yo sé que usted hace años mató en París a un hombre.
Los ojos azules de don Higinio parpadearon, cual si ante ellos acabara de inflamarse una gran luz. Empezaba a comprender y una inefable alegría bañó su corazón. Instantes nada más tardó en reponerse, y de nuevo halló su máscara y sus ademanes estupendos de histrión.
—Bueno —repuso sombrío, como si el más negro y venenoso de los remordimientos acabase de resurgir en él—, es cierto, he matado a un hombre, pero fue noblemente y en defensa propia; ¿qué hay?...
Hablaba levantando la voz, porque le pareció haber sentido ruido en la habitación inmediata y supuso que fuese doña Emilia.
—Yo no digo cómo sucedió la reyerta —repuso el patán—; lo cierto es que usted ha matado a un hombre..., y el crimen ha quedado así..., como otros muchos...
—¿Qué más?...
El desconocido sonrió:
—¿Cómo, qué más?... Al buen entendedor... Que a usted no le gustaría andar en dimes y diretes con la justicia, y que yo conozco el secreto de usted... y que necesito dos mil reales...
Perea sintió que la ira le cegaba. ¿No había en toda aquella escena demasiada ridiculez?... Solemne, olímpico, extendió un brazo.
—¡Salga usted de aquí!
Y como el otro le mirase impávido, repitió añadiendo a su orden el insulto:
—¡Salga usted de aquí, ladrón!...
Su interlocutor no se movía:
—Cuidado con la lengua, don Higinio; cuidadito con la lengua, porque le puede a usted pesar...
—¿A mí? —gritó Perea—. ¿A mí? ¿Amenazas a mí?...
Apretó los puños; iba a abalanzarse sobre el canalla. En tan dramático momento apareció doña Emilia; la excelente señora lo había oído todo. Al entrar en la habitación lo hizo tan violentamente que derribó una silla, lo que dio al cuadro cierto efectismo teatral. Corrió hacia don Higinio y le abrazó frenética, cubriéndole con su cuerpo.
—¡Quieto! —gritó—. ¡Por mí, por tus hijos!...
Luego, dignamente, fríamente, volviéndose hacia el desconocido:
—Yo, de mis ahorros, le daré los dos mil reales que necesita. Váyase tranquilo y vuelva por ellos esta tarde.
Y como el rústico vacilase, añadió:
—Se lo dice a usted una señora.
Perea no replicó: comprendía que su mentira le obligaba a callar. Cuando el rústico se marchó, doña Emilia rompió a llorar convulsivamente; sin embargo, era feliz: estaba cierta de haber librado a su esposo de un enorme peligro.
IX
Al salir de misa, doña Emilia y su hermana fueron a la botica a comprar un frasco de citrato de litina con que purgar a Carmen. Hallaron la farmacia sola. La señora de Perea golpeó en un batintín, colocado como pisapapeles sobre el mostrador. A su llamamiento, desde muy lejos, la voz de doña Benita respondió:
—¡Va en seguida!...
La botica, pequeña y con suelo de ladrillo, estaba llena de sol. Sobre el papel rojo oscuro que revestía las paredes y servía de fondo a las anaquelerías, frascos de porcelana blanca, altos y cilíndricos, muy distanciados unos de otros para la mejor ornamentación, mostraban sus panzas bienhechoras, donde dormían los gérmenes de la salud. En cada uno, escrito a mano, se leía un nombre: acetato de plomo, sulfato cíncico, polvo de nuez vómica, ácido bórico, polvo de genciana, crémor tártaro... Completaban el decorado cuatro sillas de yute, un reloj, dos bustos en escayola: uno de Hipócrates, otro de Galeno.
Apareció doña Benita, pequeña, servicial, con esa palidez de las personas que viven encerradas. Las tres mujeres se besaron; la esposa de don Cándido buscó el citrato de litina en un cajón.
—¿Tenéis algún enfermo?
—No; Carmen, únicamente, desde hace días sufre del estómago. Yo lo achaco a la fruta...
Doña Benita preguntó por Perea.
—Ayer tarde mi marido y yo le vimos cruzar por aquí acompañado de Cenén; iba hablando y parecía muy irritado. Decía: «¡No puede ser; eso no puede ser!...». Nosotros no oímos más; pero como Cenén es así y tu marido..., en fin... ¿Me explico?...
Doña Emilia repuso absorta:
—Sí, hija, demasiado; con un hombre como el mío no hay tranquilidad posible.
—Pues, por eso. A mí, francamente, su modo de hablar me llamó la atención. «Algo grave le sucede», pensé.
—¿Hacia dónde iban?
—No sé; ellos venían de ahí, de la izquierda...
Los hábitos de las dos hermanas y el semblante bondadoso de doña Benita, rimaban extrañamente con el ambiente evocativo de dolores de la farmacia. Doña Emilia añadió desahogándose:
—Higinio está muy acabado. El pobre sufre mucho; yo lo conozco, aunque él nada me dice. La conciencia no le deja vivir; se acuerda, ya sabéis... Ese remordimiento le mata. Aquí puedo decirlo: por las noches, apenas se acuesta, empieza a suspirar; pero cuando llega el dos de enero, aniversario de su desafío, suspira de tal modo y empieza a decir unas palabras tan raras en francés que no me deja dormir.
Al salir de la botica, doña Emilia y Teresita, cogidas del brazo, caminaron hacia su casa por la acera del sol. Tenían deseos de hablar; se hallaban en uno de esos momentos de íntima expansión en que los secretos se dicen.
—¡París, maldito París! —mascullaba doña Emilia—. ¡Y pensar que fui yo quien le animó a realizar ese viaje!...
Las palabras de doña Benita volvían misteriosas a su espíritu.
—¿De qué hablarían él y Cenén, hermana?...
Teresa afirmó:
—De nada grato a Dios, seguramente.
—Eso creo también. Tu cuñado se cae de bueno, pero como no sabe ponerle a nadie mala cara...
Mientras don Higinio Perea fue un hombre oscuro, ninguno de los capítulos de su historia llamó particularmente la atención colectiva. Su conducta parecía transparente. El público conocía su bondad, la sencillez de sus costumbres, su amor al orden. Hubiera cometido una grave calaverada, y sus amigos se habrían alzado de hombros indulgentes y echado sobre su error la misericordia del silencio. Pero apenas se divulgó su vida íntima y el pueblo hubo noticia de la fiera alebrada bajo la superficial mansedumbre de aquel hombre gordo, aficionado a la pesca y al dominó, cuando todos sus actos y palabras adquirieron resonancias orquestales: su figura se agigantó, su voz siempre tenía eco y bajo sus pies la tierra parecía resonar como un tambor. El vecindario de Serranillas en masa habíase convertido en espía y comentarista de su prohombre más ilustre; cuanto a él concernía llamaba la atención. Si le veían transitar dos veces seguidas por alguna calle solitaria, el público lo murmuraba y la noticia no tardaba en llegar al Casino y luego a oídos de doña Emilia. La bondadosa señora, desde que se supo unida a un héroe, no disfrutaba instante de reposo. Además, don Higinio persistía en la intranquilizadora costumbre de salir de noche. Ella no le seguía; pero le espiaba desde lejos y las noticias que por diferentes conductos recibía sobraban a mantener su alerta. Frecuentemente no podía reprimir su curiosidad y le interrogaba:
—Ayer estabas mirando un escaparate en la calle Peninsular, ¿dónde ibas?
Y otras veces:
—¿A quién escribiste esta mañana?
Perea se asombraba:
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te han visto echar una carta en el buzón de Correos.
Él, que nada tenía que ocultar, reíase interiormente, satisfecho de aquel espionaje y maravillado de que en una conducta lisa y diáfana como la suya la opinión viese tantas sombras; él lanzó su mentira, y esta, robustecida por la fantasía patrañera, la maledicencia y la desocupación de todos, semejante a las bolas de nieve, más crecía cuanto más rodaba. Era un caso modelo de inercia.
Don Higinio ya no mentía; ¿para qué, si todo un pueblo mentía por él?... Y de este modo, inventando los demás y enardeciendo él con actitudes ambagiosas y palabras ladinas aquellas fantasías, el vulgo diose a escudriñar las páginas más antiguas y olvidadas de su historia, y de tal examen la malévola imaginación de los glosistas dedujo y sacó en limpio que el héroe de la Grande Jatte tenía un hijo natural de dieciséis a dieciocho años, habido de una mujer llamada Indalecia, cuya liviandad de condición y hermosura de carnes era notorio que dieron a los buenos mozos de su tiempo ratos muy agradables.
Cuando esta descabellada noticia llegó a presencia y conocimiento de don Higinio, ya todo Serranillas la sabía. El primer movimiento de Perea fue de asombro. ¡Un bastardo de dieciocho años!... Luego se indignó; ¿qué diría su mujer, que pensarían sus hijos verdaderos de aquel nuevo hermano?... Por lo mismo, su protesta tuvo tanta energía y vibró con acentos tales de sinceridad, que a punto estuvo de arruinar allí mismo la flamante invención. Pero en seguida mudó de parecer: él, más que un mentiroso activo, era un inspector de cuantos rasgos imaginarios le atribuían los demás, y en asuntos de esta índole su conciencia embelequera propendía resueltamente a la tolerancia. Doña Emilia, que tanto amaba a los niños, nada podía recriminarle; si acaso le afearía el abandono en que siempre tuvo al espurio, pues si no ante la ley, a los ojos de Dios tan hijos nuestros son los morganáticos como los legítimos. Don Higinio se frotó las manos placentero; aquellas inocentes farsas con que la casualidad iba amenizándole el tedio de sus días devanábanse magistralmente, dirigidas y llevadas hacia su desenlace por el genio teatral de la opinión. Él nada necesitaba hacer, si no era sonreír unas veces, amustiarse otras, mover la cabeza, suspirar y mirar al suelo como quien sabe muchos secretos golosos y no quiere decirlos. Indudablemente su posición abonanzaba y era por momentos más interesante y airosa. Si su padre y su abuelo y todos los Perea dejaron tras sí una memorable impresión de bondad, él estaba cierto de pasar a los tiempos futuros orlado de aquel nimbo de seducción y heroísmo que tanto, desde niño, le había lisonjeado; tendría su leyenda, su inmortalidad; se hablaría de él como de un señor feudal, terrible con los hombres, rendido, seductor y generoso con las damas, y ante su retrato las vírgenes soñadoras se pondrían tristes...
Conforme a esta idea maduró su plan: él nunca reconocería que Gasparito, el muchacho de la señora Indalecia, era suyo; pero permitiría que lo dijesen los demás. De la opinión de sus hijos no se curaba. Llevar al matrimonio y aun engendrar después de casado un bastardo, o dos, o cinco... ¿qué importa? ¿Acaso los Papas y los Reyes, obligados por su alta jerarquía a servir de ejemplo a los pueblos, no les tuvieron a docenas?...
Claro es que en tal asunto la fantasía lugareña no lo había inventado todo; algo antiguo mediaba, efectivamente, entre Perea y la señora Indalecia; pero fueron relaciones superficiales y de limpia amistad, nacidas de la ancha condescendencia que aquel tuvo de asistir a Gasparito en la pila del bautismo.
Los orígenes de su mesalianza remontábanse a muy atrás. Indalecia había servido de doncella en casa de don Higinio cuando este era pequeño y aún vivían don Salvador y doña Pastora; contaba seis o siete años más que él, lo que entre niños es bastante, y así le trataba como a hijo y reiteradas veces le sentó sobre su regazo para dormirle, o bien le desnudaba y metía en la cama, y los domingos, cogido de la mano, le llevaba a misa. Un día Indalecia, jugando, tropezó con una consola y rompió varios cachivaches de gran mérito, y doña Pastora, que tenía la musculatura varonil y el carácter violento, se descalzó una zapatilla, derribó a la muchacha en el suelo y levantándola la camisa la azotó hasta cansarse. Indalecia, a la sazón, había cumplido dieciséis años, y don Higinio, que asistió a su tormento, acobardado y metiéndose un dedo en la nariz, guardó largo tiempo en su memoria adolescente la visión de aquellas posaderas que, bajo los golpes, iban ruborizándose como mejillas.
Tras de bien zurrada, Indalecia fue despedida y se marchó a Almodóvar del Campo; don Higinio la veía muy de tarde en tarde, y ella, acordándose quizás de los azotes recibidos en su presencia y a trasero mondo, poníase colorada. Con la pubertad medró mucho. A los veinte años era una real moza que siempre tenía en los labios una canción o una risa y balanceaba deshonestamente las caderas al andar. Perecíanse los hombres por ella; mas ninguno se animaba a desposarla, pues su madre, según viejas y venenosas lenguas decían, fue de las mujeres que Cervantes llamó graciosamente «de la casa llana», y todos temían que la hija hubiese heredado la misma dadivosa condición. No faltó, sin embargo, quien la llevase al altar, que a mucho obliga un buen palmito. Se llamaba Patricio Bengoa, de oficio, carpintero, conocido por _el Señor_, remoquete feliz que expresaba bien la condición hidalga, dulce y brava de aquel hombre. Vivía en Serranillas, y don Higinio, que ya estaba casado, reclamaba con frecuencia sus servicios. También, aunque a largos intervalos, veía a Indalecia, siempre muy pinturera y bien calzada, y sin advertirlo, el recuerdo infantil de la azotaina volvía pertinaz a su memoria: don Higinio no olvidaba que donde _el Señor_ ponía entonces las manos, él, muchos años atrás, había puesto los ojos. Bromeaban a propósito del tiempo, que iba echándoles a perder, y de la poca diligencia que el maestro Bengoa se daba en tener hijos. Perea tuteaba a su antigua sirviente:
—Ya sabes —decía— que quiero ser padrino de tu primer chiquillo.
Frecuentaba el taller de Patricio su amigo Juan Matías, capataz de entibadores en la mina de Perea: era soltero y parecía tener unto simpático, según como sabía allegarse las voluntades y meterse en el corazón: los dos hombres emprendían negocios juntos y se llevaban bien. Para unirles mejor, Indalecia se dio a Juan Matías. Sus relaciones duraron varios años y de ellas, excepto Patricio Bengoa, estaba informado el pueblo. Por lo mismo, Indalecia, que conocía el criterio celoso y vengativo de _el Señor_, vivía intranquila y sobre brasas. Juan Matías, por el contrario, aceptaba serenamente, casi sin escrúpulos de conciencia, su papel de amante; no tenía miedo; la costumbre del peligro había hecho a sus ojos, de la traición, una legalidad. Su querida, no obstante, le amonestaba:
—Guárdate de Patricio; hazme caso a mí; Patricio es de los hombres que hacen y callan...
Así opinaba también mucha gente, y esto mantenía sobre el taller del maestro Bengoa un cálido interés de drama. Al cabo, el tan previsto y temido desenlace llegó; mas no por razones gallardas de honor, sino obedeciendo a motivos triviales, pues en la eterna tragicomedia humana quiso el Destino que a lo solemne fuese barajado frecuentemente lo ridículo.
_El Señor_ festejaba al otro día su cumpleaños e invitó a Juan Matías a comer en el campo. Precisamente era domingo. El entibador aceptó y a la mañana siguiente, muy temprano, se presentó en el taller. Era un espléndido día de julio, caliente y azul.
—Vámonos —dijo Patricio— antes de que apriete el sol.
Entre los dos hombres cargaron la merienda, suculenta y copiosa; Bengoa demostraba bonísimo humor. Indalecia manifestó que necesitaba dejar preparada la cena y no podría salir hasta más tarde; ellos se conformaron, y la joven prometió ir a buscarles al sitio denominado Los Alamos, lindante con el Guadamil. Era un paraje señero, tapizado de hierba lozana y crecida; canciones de pájaros alegraban el bosque; los árboles frondosos esparcían a su alrededor una gran sombra fresca; el terreno descendía en acelerada pendiente hacia el río, que formaba allí un remanso, y la existencia de una hoya daba a las aguas quietud pavorosa y oscura.