Chapter 4 of 28 · 3980 words · ~20 min read

Part 4

Perea comió poco, no tenía apetito, la inquietud llenaba su estómago como un manjar fuerte. Inútilmente procuraba mantener la conversación; su espíritu no estaba allí; entre bocado y bocado o de un plato a otro, quedábase suspenso, la rubia empanadilla de escabeche o el trozo de pollo clavados en la punta del tenedor. Doña Emilia, que le avizoraba atenta y se imponía a él con ese ascendiente que las voluntades activas ejercen siempre sobre las mollares, indecisas o perezosas, se lo reprochó. ¿En qué diablos estaba cavilando?...

—¡Nunca —exclamó— has hecho tantas bolitas de pan!

Por la noche, ya acostados, la esposa sufrió la angustia de la separación que iba acercándose, y su pena tuvo acentos de simplicidad infantil. El alma de la mujer es exagerada y primitiva; los tonos medios de la pasión se dan en ella confusamente; cuando no es niña, es madre.

—Te cuidarás mucho, Higinio —decía—, te cuidarás mucho, ¿verdad?

—Sí, mujer.

—Te abrigarás bien y no te asomarás a las ventanillas del vagón, ni te apearás en ninguna estación hasta que el tren esté quietecito...

—No, mujer.

—Y en cuanto llegues a París me telegrafías; y si te enfermas, ¡no lo permita Dios!, me lo escribes para que yo vaya a cuidarte.

Acariciándose el bigote, los ojos muy despabilados bajo la tiniebla del dormitorio, don Higinio repetía, distraído:

—Sí, mujer...

Tras un silencio, lleno de supersticiones, doña Emilia agregó:

—Estoy arrepentida de ser la iniciadora de este viaje; a Teresa se lo decía; en el cuarto de costura ha estado volando toda la tarde un moscardón negro...

Don Higinio se estremeció; en esas agorerías, como en todo, puede haber algo cierto. ¿Le amenazaría un peligro?... Callado, heroico, volviose hacia su mujer y la abrazó estrechamente; su erudición le permitió acordarse de Héctor despidiéndose de Andrómaca. Era aquella la última noche que pasaba a su lado...

—Por si no volviese a verla... —pensó.

La mañana siguiente fue agitadísima; en los rostros el insomnio había dejado huellas de palidez; doña Emilia amaneció con un ojo hinchado; al salir de su cuarto vio a Teresita y las dos hermanas cuchichearon; ninguna había podido dormir.

A las nueve se levantó don Higinio, y casi al mismo tiempo llegó el sastre, con los trajes. El pobre Antolín estaba lívido, lacio y desbaratado, como un difunto.

—Aún no me he acostado —declaró.

Ante el espejo del armario y en presencia de su mujer, de su cuñada y de los niños, don Higinio se endosó los dos trajes: el de americana estaba bien, pero el chaquet le hacía sobre la espalda una arruga oblicua y el pantalón le apretaba el vientre. Antolín aseguró que aquello no era nada, señaló con tiza las indispensables correcciones y llevose las prendas, prometiendo traerlas a media tarde.

Después de almorzar y ya un poco reanimado por los optimismos de la comida, concluyó Perea de arreglar su equipaje. Dentro del baúl colosal, cubierto de hojalata y bruñido y resplandeciente como una armadura, la ropa interior, pulcramente doblada y planchada, componía una especie de bloque macizo y lapidario: ni un intersticio quedó vacío; los calcetines y los pañuelos, sagazmente distribuidos rellenaban los huecos. Los cuellos y puños y los trajes fueron colocados arriba, en la bandeja, para evitar que se arrugasen. Los sombreros ocuparon una gran caja de cartón, blanca y cilíndrica, cuya tapa en caracteres dorados, decía: «Modas de París, Ciudad Real». El paraguas y todos los bastones, menos uno de estoque que el expedicionario quiso llevar a mano por lo malo que pudiera sucederle, iban en el portamantas. Los enseres de tocador, toallas, cepillos, frascos de esencias, navajas de afeitar, y el botiquín, con su botellita de alcohol, su papel aglutinante para heridas y sus puñaditos de té, hierbabuena y manzanilla, distribuidos en sacos, llenaron un maletín.

Perea no quería llevar merienda. ¿Para qué, si en todos los rápidos, según Juan Pantaleón le había dicho, hay coche-comedor? Pero su mujer le atajó con una suposición irrebatible:

—¿Y si a media noche tuvieses ganas de comer?...

El caso, efectivamente, podía ocurrir, y don Higinio se dejó convencer. La tarde la pasó en su despacho revolviendo papeles; luego, cuando ya no veía, metódico siempre y con una tristeza de despedida, fue dando cuerda a todos los relojes de la casa.

La hora de cenar Teresita y su hermana la adelantaron un poco, temerosas de que alguien fuese a interrumpirles; querían estar solas, libres, en la deliciosa independencia del aislamiento. Doña Emilia tenía los ojos anegados en llanto; no podía olvidar que aquella noche era «la última», y, a cada momento, por encima de los platos, dejaba una caricia en las manos del esposo. A los postres llegaban cuando se presentaron don Gregorio y doña Lucía, seguidos de su prole, y tras ellos el boticario y doña Benita. No habían querido ir antes por no molestar.

—¿Vienen ustedes a la estación? —preguntó Perea.

—¿Lo duda usted? —gritó el médico—, allí estaremos todos; según dicen, va «medio Casino» a despedirle a usted. ¡No faltará ni el cura!... ¿Ha leído usted _El Faro_ de hoy?... Fernández le dedica a usted una crónica.

Ruborizado el viajero bajó los párpados. Sus amigos eran muy buenos. ¿Por qué se molestaban así? Él, francamente, no merecía tanto...

Acababan de beber el café cuando llamaron a la puerta don Jerónimo Arribas y Julio Cenén, a quienes don Higinio se apresuró a obsequiar con cigarros habanos y licores.

—¿Cómo andan esos ánimos? —interrogó el notario.

—Bien, muy bien.

—¡Naturalmente! ¡Todos le envidiamos a usted!...

Era pequeño y panzudo y tenía esa respiración anhelante de los obesos que sugiere deseos de abrir las ventanas. Siempre llevaba sueltos tres o cuatro botones del chaleco, y como al sentarse sus piernecillas le quedaban colgando, gustaba de enlazarlas a su bastón que ponía a modo de puente entre el suelo y el borde delantero de la silla.

—Yo solo le encargo, querido Perea —dijo Cenén—, la pitillera que usted sabe...

—Y yo —agregó Arribas—, que no eche usted en saco roto mi pianola.

Hubo un rato de discreteo ameno y picante. A don Gregorio le había intrigado la admonición del secretario del Ayuntamiento, y empezó a zaherirle.

—Ya tenemos en danza a Cenén, cada día con la cabeza más chiquita y los pantalones más cortos. ¿Qué pitillera es esa?...

El secretario, efectivamente, era como Hernández decía, y su cabecita aguda y calva, sus ojos ratoniles y su rostro pálido, terminado por una barba cortada en punta, carecían de majestad. Pero, en cambio, tenía la réplica fácil y virulenta y sabia molestar. Reprochó al médico su manera de comer, su gordura, la arruga horizontal que todos sus trajes le formaban en la espalda, el tamaño de sus pies de ogro, tan grandes que con el cuero de sus botas podría esterarse una habitación.

—De sus fuerzas —agregó— no digo nada: yo, cuando le saludo en la calle, le doy la mano cerrada. De su elegancia tampoco hablemos; un día le vi de frac en el Casino y me dieron ganas de comer; parecía un mozo; solo le faltaba la servilleta al brazo; su frac me produjo el efecto de un aperitivo...

Picado don Gregorio quiso responder: él no sería elegante, pero sí trabajador, lo que tratándose de hombres casados es lo principal.

—¿Usted comprende que si no fuese así, yo, por ejemplo, que muchas veces me acuesto a las cinco de la mañana, a las ocho esté otra vez en la calle?

El ingenio de Cenén, que de socaliñas y venenosos apotegmas tenía siempre y a propósito de todo gran cosecha, halló en seguida una respuesta mortificante: se acordó de que Hernández no era muy limpio.

—Sí, ya lo sabemos —dijo—, efectivamente..., hay cosas que se huelen, pero no se explican...

Todos reían y la conversación iba a agriarse. Afortunadamente, una criada anunció desde la puerta a los hombres que habían de llevar el equipaje.

Los circunstantes se levantaron. Don Gregorio dio dos fragorosas palmadas, remedo de aquellas con que, siendo estudiante, los bedeles anunciaban la entrada en clase. Eran las nueve.

—El tren llega a las diez menos quince —dijo el médico—; pero debemos ir acercándonos a la estación. Necesitamos facturar y cuarenta y cinco minutos pasan en seguida.

Prevaleció su consejo. En un santiamén Teresita y doña Emilia acabaron de pergeñarse. La esposa de Perea estaba inconsolable; tenía la nariz y los párpados enrojecidos, y con su incesante llorar no podía empolvarse bien. Teresita secreteó con su cuñado:

—Las muchachas y el jardinero quieren ir a despedirte, ¿les das permiso?...

Magnánimo, ligeramente desdeñoso, don Higinio accedió. ¿A qué venía tal pregunta? ¡Que fuesen! ¿Cuándo contrarió ni oprimió él a nadie?...

Uno de los mozos cargadores echose a cuestas los sesenta y tantos kilos que pesaba el baúl; el otro recogió la sombrerera, el portamantas, el maletín y la merienda envuelta en un número de _El Faro_. Inmediatamente, todos, ordenados de dos en fondo, salieron a la calle. El tiempo era hermoso: una noche otoñal apacible, tibia y lunada; acribillaban magníficamente las estrellas el soberbio terciopelo celeste; dormía la brisa entre los árboles, que erguían su misterio verde sobre la blancura de los bardales, y a lo largo de la calle ancha y desierta, el caserío de planta baja, con sus fachadas enjalbegadas lindamente y los quicios de puertas y ventanas pintados de ocre o de azul, dibujaban una perspectiva simpática. El viajero recontó su acompañamiento: rodeando a los hombres portadores del equipaje iban sus hijos y los del médico; la infancia componía la vanguardia. Seguíanles Teresa y doña Benita, luego él y su mujer, después don Gregorio y doña Lucía, que ocupaban con la amplitud de sus lomos toda la acera; tras ellos Julio Cenén y don Cándido, luego el notario, y, finalmente, el ama de llaves, Vicenta la cocinera, el jardinero y las dos azafatas que componían la servidumbre de don Higinio. Muchas persianas, esas persianas brujas desde las cuales las mujeres lugareñas todo lo ven, se entreabrían discretamente con disimulo de atisbo y misterio, al paso de la pequeña comitiva. Al cruzar la plaza incorporose a ella don Tomás Murillo. Saludáronle todos sin detenerse y prosiguieron caminando un poco azorados, pareciéndoles haber oído en el silencio religioso de la noche y allá muy lejos el silbido de un tren. Las pisadas resonaron más fuertes. Delante, balanceándose animador sobre los hombros del tagarote que lo llevaba, el baúl de don Higinio, con su blindaje de hojalata bruñida, rebrillando bajo la palidez lunar, parecía un lábaro.

Cuando llegaron a la estación aún había poca gente; pero los amigos de aquel «medio Casino», de que don Gregorio Hernández había hablado, no tardaron en ir apareciendo. Les veían pasar en grupitos de cuatro y cinco individuos por detrás de la empalizada azul y blanca que aislaba el andén, y don Higinio les reconocía por la voz.

—Me parece que ahí viene don Pedro... Creo que esa tos es la de don Cesáreo...

Los que habían acompañado a Perea desde su casa rodeaban a doña Emilia y Teresita formando una guardia de honor. Aquella situación, un poco aparte, les enorgullecía: eran los buenos, los íntimos, los que «se hacían cargo» del trance doloroso por que la familia del expedicionario benemérito estaba pasando. Don Higinio andaba turulato de un lado a otro, repartiendo apretones de manos, oyendo y diciendo frases cuyo significado, en el cómico rebullicio de sus ideas, no comprendía bien. Y a todos sus amigos les decía lo mismo:

—¡Pero, hombre!... ¿Por qué se ha molestado usted en venir?... ¡No valía la pena!...

Las personas que acudieron a festejar con un saludo la marcha de Perea llegaban a doscientas. Nunca, excepción hecha del día en que todo el vecindario se reunió allí para vitorear al Rey, fue el modesto andén de Serranillas teatro de una manifestación igual. Entre los grupos, Juan Pantaleón, embozado en su manta, un farol en la mano, paseaba su emoción: una inquietud agridulce de antiguo trotatierras; él no era egoísta, ya que no podía moverse de allí, complacíale que se fuesen los demás.

Sobre las dos esferas del reloj saledizo que decoraba la fachada de la estación, las manecillas negras avanzaban inexorables. Doña Emilia tuvo frío, miedo, y acercándose a su marido que charlaba con Gutiérrez, el jefe de Correos, le oprimió un brazo. ¿Por qué en el transcurso de aquel día no le habría besado más veces?...

—¡Qué pocos minutos nos quedan de estar juntos! —murmuró.

Al grupo formado por las familias de don Gregorio y de don Cándido, los chiquillos y los servidores de Perea traían noticias diversas, todas nerviosas, interesantes, que calofriaban la piel.

—Ya han facturado el baúl... El tren sale en este momento de la estación inmediata... Ahora dicen que pasa el puente...

Los enseres que el viajero llevaba consigo habían sido colocados al borde del andén, junto a la vía. De pronto la muchedumbre, sacudida por esos presentimientos raros del alma colectiva, osciló, se arremolinó. Iba a llegar el tren. Juan Pantaleón avanzaba separando al público:

—Señores, háganme el favor de retirarse; échense atrás; el andén ha de estar libre...

Se oyó una trepidación: algo hondo, arcano, como un sacudimiento telúrico; lejos, en la negrura inmensa, brilló una luz. El rápido. Vibró un silbido agudísimo y sobre la chimenea de la locomotora que acababa de dibujarse ondeó en graciosas espirales una blanca columna de humo. Pasó la máquina jadeante, enorme, cubierta de vapor, irradiando un calor de infierno, y casi al mismo tiempo, de súbito, tras un estridente atabaleo de frenos, el convoy se detuvo. Del fragor de la llegada al silencio de los vagones inmóviles, agarrotados, apenas hubo transición. Nadie se asomó a las ventanillas cerradas, oscuras; sin duda todos los viajeros iban durmiendo. Y fue entonces, en aquellos instantes de absoluta calma, cuando Juan Pantaleón, nervioso, emocionado y artista como nunca, cantó por tres veces, con su voz de tenor, el nombre de su pueblo. Miraba a don Higinio:

—¡Serraniiiillas... dos minutos!...

A Perea, conmovido y ridículo, los ojos se le llenaron de lágrimas. Abrazó a su mujer, a su cuñada, a los niños; se deslizó de los brazos del médico para caer en los del farmacéutico, en los del notario, en los del cura...

Sonó una campana; no había momento que perder. ¡Pronto, arriba!... Empujado, aupado por todos y como en volandas, don Higinio subió a un vagón. Por la ventanilla le entregaron el portamantas, la sombrerera, el maletín, el paquete de la merienda... todo a escape, casi a golpes. Aún pudo estrechar varias manos, no sabía de quién...

Alguien gritó:

—¡Viva don Higinio Perea!

—¡Viva! —repitió la multitud.

Y don Gregorio:

—¡Viva el conquistador de París!

—¡Viva! —contestó el coro.

El tren rodaba ya. Los circunstantes despedían al viajero sacudiendo sus sombreros en alto. Inmóvil en la ventanilla, don Higinio agitaba un pañuelo; aquel pañuelo blanco lo vieron todos flamear largo rato; luego, como luz que se extingue, desapareció....

La leyenda empezaba.

III

Cuatro días después, a las siete de la mañana, don Higinio pasaba el Bidasoa. Siempre modesto, iba en segunda clase. Acodado sobre una ventanilla, el audaz manchego observaba con ojos de curiosidad y avidez los nuevos aspectos que la realidad le ofrecía. De Irún a Hendaya, a pesar de su vecindad física, ¡qué pasmosa distancia moral!... El paisaje no había cambiado, y, sin embargo, el idioma, los trajes, hasta los tipos, modificados de súbito por la proverbial amabilidad francesa, eran distintos. ¿Debía creerse que una montaña, un riachuelo o un túnel alejasen tanto a unos hombres de otros?... Más que la indumentaria de los gendarmes, admiraba Perea la urbana diligencia y corrección de los mozos de andén. ¿Cómo, individuos que ganaban su vida cargando baúles, podían hallarse tan bien educados?

Cuando arrancó el tren, don Higinio, aunque no tenía sueño, tendiose cómodamente sobre uno de los asientos, feliz de hallarse solo; su portamantas, su sombrerera, su maletín y el bastón de estoque que llevaba aparte, ocupaban una de las redecillas destinadas a equipajes. La idea de que por momentos la distancia que le separaba de Serranillas iba agrandándose, le hinchaba de orgullo. Ninguno de sus conterráneos se había atrevido a ir tan lejos.

—¡Cuánto hablarán de mí! —pensaba.

En la estación de San Juan de Luz subieron a su departamento un matrimonio francés y un caballero de barba rubia y cuadrada. Don Higinio inmediatamente se incorporó y fue a sentarse junto a una ventanilla, de espaldas a la máquina, para mejor resguardarse del viento y del polvo. El señor de la hermosa barba rútila ocupó cerca de la ventanilla contraria idéntica posición. El matrimonio instalose también en aquel asiento, y de modo que ella quedó a la derecha de don Higinio. Era una mujercita de mediana estatura, ni delgada ni gruesa, vestida de gris; representaba veinte años, pero la expresión y travesura de sus ojos azules declaraban muchos más. Llevaba los cabellos cortos y rizados lindamente, y en la alegría del semblante, rosado y saludable, se abría la tentación de una boca preciosa: una de esas boquirritas recogidas, carnosas, bermejas como fresas, absurdas de puro correctas y bien concluidas, con que ríen los maniquíes de cera en los escaparates de las tiendas de modas. Tenía las manos cuidadas y pequeñas, y los piececitos, que apoyó cómodamente en el borde del asiento frontero, finos y bien calzados. El marido, alto, cenceño y rojo, el rostro decorado por un legítimo bigote francés, largo y caído, apenas arregló su equipaje y deslizó sus pies en la caliente blandura de unas zapatillas suizas, sumiose en la lectura de _Le Matin_. Todo lo observaba Perea, y hasta de lo más nimio se suspendía y maravillaba. Jamás ni en Serranillas, ni en Almodóvar del Campo, ni aun en Ciudad Real llegaron a ver sus ojos tres tipos así. ¡Esto era vivir! Y su cuerpo estremecíase de miedo, de júbilo, de pasmo, cual si a su lado, rozándole, pasase la Aventura.

Como hacía frío, don Higinio tuvo que abrigarse las piernas con su manta de viaje; sus manos se amorataban y sufría unos deseos rabiosos de fumar que no satisfizo por no parecer descortés. El matrimonio cambiaba a intervalos largos algunas palabras, muy pocas, y él volvía a la lectura de su periódico; el caballero de la barba dorada hojeaba un libro; y ella, la damita de la boca encendida, se abrillantaba las uñas con un pulidor de marfil; a cada movimiento, los crespos rizos color nogal temblaban sobre la nieve de la nuca. Perea tuvo vergüenza de su ociosidad y poltronería, y aunque tímido, como las novelas y el cinematógrafo le habían llenado la cabeza de lances galantes en ferrocarril, comenzó a mirar a la viajera con intención expresiva. En el extranjero, los españoles, si han de mantener su leyenda donjuanesca, necesitan ser así; a don Higinio aquel coqueteo inocente le parecía un compromiso de raza.

En Bayona pusieron calentadores de agua hirviendo para los pies, y entraron dos jóvenes alemanes, lampiños, rubios y blancos, como héroes nibelungos, que por su buena traza, cortesana distinción de ademanes y mucha alegría, debían de ser estudiantes ricos. Habíanse sentado enfrente de don Higinio, y apenas reanudó su marcha el tren, cuando el más alto de ellos diose a observar a la señora francesa con ahinco y complacencia evidentes y como si el marido no estuviese allí. Perea observaba de reojo sus gestos: sin duda hablaban de él, y esto le molestó de manera que le puso en ánimos y disposición de pelea. Afortunadamente, su bastón de estoque estaba allí.

Para reprimir su enojo y distraerse quiso mirar el paisaje, mas no pudo; una densa neblina cubría los campos, y el vaho de las respiraciones y de los calentadores había empañado los cristales del vagón. Además los estudiantes alemanes le obsesionaban. ¿Estarían burlándose de él?... Ellos advirtieron la tenacidad con que el vidrioso manchego les espiaba, y acaso con el propósito ladino de tranquilizarle, le interpelaron amablemente:

—¿Comprende el alemán?

Don Higinio Perea se alzó de hombros, ruborizándose como una señorita, y su empacho arreció al notar que la viajera volvía hacia él su bonita cabeza y que su boca de grana se llenaba de risa. Los estudiantes, muy complacidos, repitieron su pregunta en francés:

—Ni una palabra —contestó don Higinio.

—¿Español?

—Sí, español...

Esto fue lo único que entendió bien, y replicó con tal entereza que hubo en su vehemencia como un desafío. Sin embargo, la cordial llaneza con que los alemanes le habían hablado, desvanecieron su odio y redujeron a simpatía y mansedumbre su voluntad.

—Sin duda creían que yo era el esposo —meditó.

Desde aquel instante sintiose recobrado y tranquilo, y hasta pareciole que la asistencia de la linda viajera establecía entre él y los estudiantes cierta complicidad. Al otro extremo del vagón, el caballero de la barba cuadrada color de sol leía impasible en un libro. Los alemanes charlaban, reían y gesticulaban como si boxeasen; luego descorcharon una botella de cerveza, sacaron de un cestillo pan y fiambres y se pusieron a merendar. La joven parecía escucharles con singular interés y a ratos bajaba la cabeza, tragándose una sonrisa. Ellos la interrogaron:

—¿Entienden ustedes el alemán?

Aludían al hombre del bigote lacio y frondoso que leía _Le Matin_. Ella, muy avisadamente, repuso:

—Yo, sí, señores; lo comprendo y lo hablo; mi marido, no.

El esposo interpeló en voz baja:

—¿Qué dicen?

—Preguntan si sabes alemán.

—Ya...

Y les miró haciendo con la cabeza un gesto negativo. Ceremoniosos y correctísimos, los dos jóvenes se inclinaron.

Durante mucho tiempo don Higinio, fatigado de amoricones y miradas, se dedicó a buscar con su pie derecho los de la francesita, quien sin comprometedoras alharacas de mujer perseguida, delicadamente, esquivaba los suyos. Los estudiantes sorprendieron la torpe persecución y la comentaron con la hilarante y bulliciosa expansión que la seguridad de no ser comprendidos del esposo les permitía. La joven, deteniendo a duras penas su interior regocijo, se mordía los labios, y así acrecentaba su tentadora humedad y sanguinario color. Ellos proseguían hablando sin cesar de mirarla, vencidos igualmente por el hechizo rojo de su boca breve, casi redonda, ardiente como la fresca cicatriz de un botón de fuego.

De pronto la locomotora silbó y el tren, que llevaba sus luces apagadas, penetró en la lobreguez de un túnel. Don Higinio, cuya sexual glotonería iba ya muy alarmada, tanto por los traqueteos del vagón como por la tibia y fragante proximidad de la viajera, aprovechó aquella ocasión para pellizcar a la francesita en una nalga. ¡Si Emilia le viese!... Y entonces acaeció algo inaudito, tartarinesco y lejos de toda probabilidad y carril; y fue que, apenas había don Higinio realizado su pecaminoso pensamiento, cuando pareciole que en la tiniebla enorme del vagón una sombra avanzaba, y al mismo tiempo que oía crepitar cerca de él un beso ansioso, lleno de vehemente lujuria, recibió la más formidable, infamante y escandalosa bofetada que dieron a manchego; y como su enemigo, para mejor afrentarle y burlarle, se la recetó con la mano abierta, si la percusión no fue grande, el escozor de la mejilla golpeada y el ridículo consiguiente al estampido del porrazo fueron mayúsculos.

Cuando el tren volvió a la luz, Perea, los dos alemanes y el marido de la francesita se miraban interrogantes y amenazadores: unos parecían sorprendidos, otros iracundos. Hasta el señor de la barba de similor, que había oído la pronta furia con que al ósculo respondió la bofetada, monologueó algunas palabras en inglés.

El esposo de la francesa, trémulo, había tirado _Le Matin_ al suelo y bajo su lacio bigote galo sus labios blanqueaban de cólera. Estaba cierto de que habían besado a su mujer y de que ella —la buena, la heroica—, apenas recibió la ofensa castigó rudamente al ofensor. Pero, ¿cuál de aquellos cuatro hombres sería el miserable?... Y sin moverse, sus puños se crispaban, y sus ojos, inflamados, taladrantes como cuchillos, iban insultadores de unos a otros, buscando una víctima.