Chapter 2 of 28 · 3996 words · ~20 min read

Part 2

Por tanto, la frágil semilla de rebeldía que a espaciados intervalos conturbaba bordonera el ánimo de don Higinio, debía referirse a su madre; era algo cognático, pero tan efímero, impreciso y lontano, que ni aun el etógrafo más sutil hubiera podido determinarlo. El semblante bello y fosco de doña Pastora lo señalaba así: fue una hermosura genuinamente castellana, pálida y enjuta, con la tiniebla de los ojos muy bruñida y los finos labios rezumando misticismo, elación y desdén, y sobre la aguileña nariz un entrecejo reconcentrado, duro como un ramalazo tardío de violencia medieval.

Don Salvador hubo de doña Pastora Alcañiz tres hijos, de los cuales solo medró el primero: aquel Higinio que luego había de dar a la lucida estirpe de los Perea nuevos retoños llenos de sanidad.

Don Higinio fue un niño estudioso, reflexivo, incapaz de mentir, que pasó por la escuela sin conocer la vergüenza de ser castigado. Diríase que el prestigio de su apellido le obligaba a ser bueno. Hablaba en voz baja y sus ademanes, recogidos, expresaban una timidez simpática. Era amable, modesto, callado, un poco melancólico, con esa leve nostalgia de ausencia que embellece la fisonomía de los distraídos; mas no pecaba por ello de cobardón, que una y muchas veces, puesto a reñir con otros muchachos de su edad, supo acreditarles reciamente el neto temple manchego de su voluntad y el áspero esfuerzo y diligencia de sus puños. Algo había, sin embargo, dentro de él que renegaba de aquella ejemplar bondad. Si sus maestros otorgaban premios a su aplicación, se avergonzaba de sus honores como de una falta; si su padre le felicitaba por su laborioso comportamiento, sus mejillas enrojecían y cerraba los ojos: él hubiera querido ser díscolo, revoltoso, peleador. De noche, en su casa, acordándose del compañero a quien el profesor había puesto de rodillas o encerrado en un calabozo, experimentaba estremecimientos agudos de envidia. ¡Si hubiese tenido el desparpajo necesario para ser travieso!... Pero le faltaban originalidad, gracia y arrestos. Una vez, ¡solo una vez!, que se decidió a cometer una inconveniencia, sus maestros le perdonaron. El director del colegio le dijo: «Eso no es digno de usted, señor Perea...». Y no sucedió más. Aquella noche, el muchacho lloró amargamente: comprendía que dejaba la niñez sin haber sido niño; le hablaban como a un hombrecito porque sus expansiones carecían del atolondramiento frívolo, lleno de ingenuidades graciosas, que distingue a la infancia, y reconociéndose obligado a ser reflexivo, circunspecto, mesurado en sus palabras y acciones, lloró como nunca. Su dolor era el inmenso dolor de los buenos arrepentidos de su virtud.

La pubertad corroboró esta inclinación a la melancolía; persistía en aquel jovenzuelo, habitualmente silencioso, una laxitud de fracaso, la tristeza noble de un viejo jardín señorial, algo semejante al remordimiento de un destino incumplido. Era la sangre cálida de su madre; savia inquieta de guerreros, de místicos, de cruzados, tal vez. Como su hijo, doña Pastora, al declinar el sol, contemplando los alcores breñosos que circundaban el árido valle de Serranillas, sin razón ninguna, se quedaba triste.

Una cometa lanzada al viento desde el hondo cauce de un barranco asciende muy mal; en cambio, subirá fácilmente si la remontan a orillas del mar o desde la altura de algún puente. Y como ese juguete son los individuos: el hombre, para medrar y manifestarse en la gloriosa plenitud de sus facultades, necesita aire, ambiente, espacio; la ráfaga de perdición o de victoria que la alegre Fortuna levantó en cada vida una vez...

Don Higinio no recibió nunca la eficacia novelesca de aquel impulso. Su niñez fue deslizándose entre el cariño fraternal de sus compañeros de colegio y la indulgencia protectora de los amigos de su padre. Este ambiente familiar anquilosaba y reducía las propensiones fantaseadoras del muchacho. Como era un terrible imaginativo se aficionó a leer novelas, y pareciéndole poco esto y queriendo mezclarse en algo raro, inventaba cartas folletinescas donde hablaba de homicidios o raptos cometidos o por cometer; y luego, puestas en sobres dirigidos a un nombre cualquiera, las tiraba a la calle. Nunca faltaban transeúntes curiosos que las recogiesen, y si por azar empezaban a leerlas, su autor, oculto tras las persianas de su cuarto, sufría inexpresables emociones de regocijo y de miedo. Aquellas personas quizás entregasen su hallazgo al juez; era la pista de un crimen; se incoaría un proceso, se detendría a los individuos de vivir sospechoso; él mismo, acaso, tuviese que declarar...

La segunda enseñanza la estudió libremente, merced a una nueva disposición del Ministerio de Instrucción pública que dispensaba a los alumnos de la asistencia universitaria durante el período lectivo, y aunque en los meses de junio y septiembre hubo de ir a examinarse al Instituto de Ciudad Real, siempre fue custodiado, más que acompañado, por sus familiares. Jamás salió a la calle solo. El cariño vigilante de los suyos había levantado a su alrededor una especie de reducto carcelario: ni una hora de sabroso aislamiento, ni un resquicio de libertad por donde llegase a él un olor de aventura y paganía. A los dieciocho años terminó el grado, y como no mostrase inclinación hacia ninguna carrera, y, de otra parte, sus padres creyeran granada la ocasión de adiestrarle en el gobierno de su hacienda, el flamante bachiller se quedó en Serranillas.

Poco a poco, Higinio, redondeado por las grasas del vivir ocioso, iba convirtiéndose en don Higinio. La figura lucia y pequeña de su padre reproducíase exactamente en él: tenía los ojos azules y suaves de los Perea, el caminar tranquilo, la mandíbula fuerte, la cabeza grande y juiciosa, bajo los cabellos cortados a máquina. Su juventud, sin pecar de taciturna, fue siempre prudente y ordenada, cual si todos los ensueños dramáticos de su niñez hubieran ido resolviéndose en nostalgia cortés, ecuanimidad y suave pereza interior. Su espíritu valiente, equilibrado, compacto, ofrecía la apretada solidez de la llanura manchega; su alma era firme y maciza, como su cuerpo. Hablaba poco, reía de tarde en tarde, y jamás, ni aun por inocente donaire o pasatiempo, dijo un embuste. Era triste porque era sincero; tenía la calma doliente de la vida. De esta misma sencillez un observador hubiera deducido que si aquel hombre bueno, noble y bravo, alguna vez, por obra de cualquier imprevisto impulso, se decidiese a mentir, su mentira cristalizaría y se haría realidad.

Con la figura de su padre heredó Higinio Perea las dos grandes aficiones de don Salvador: el dominó y la pesca. También jugaba al billar, aunque la cortedad y gordura de su talle le impedía dominar cómodamente la mesa, y en el Casino nadie descifraba charadas como él, ni supo fabricar mejores caramelos con los terrones de azúcar que derretía en una llama de alcohol sobre el mármol de las mesas. Nunca montó a caballo ni disparó un arma de fuego, y la única vez que llevado del ejemplo de sus amigos fue a cazar perdices, regresó con las manos vacías.

Por parecerse a sus progenitores, heredó de ellos hasta el reúma.

A los veinte años sufrió un ataque de artritismo que le tuvo encamado mucho tiempo y pareció contribuir a uniformar y sentar su carácter. Dos años después celebró matrimonio con la señorita Emilia Álvarez, una de las mayorazgas más ricas y mirladas del pueblo. Aquella boda, asistida secretamente por los padres de los novios, fue tranquila, inocente, como esos festivales donde la gravedad burguesa adjudica premios a la virtud. Ni un momento de lucha, ni un barrunto de celos. Los mozos aspirantes a la hacienda de Emilia, al saber que el hijo de don Salvador la pretendía, depusieron su empeño, y Emilia aceptó a Higinio sin darse exacta razón de su sentimiento, sin paladearlo apenas, como esas medicinas que los enfermos, medio dormidos, beben de noche. Era una belleza voluntariosa, gorda y trigueña, que tocaba al piano valses de Strauss y sabía hacer dulces.

Don Higinio vio en su matrimonio y en el nacimiento de su primer hijo los dos golpes decisivos dados por el prosaísmo de la realidad a aquella especie de asimetría espiritual, tímidamente aventurera, que antaño había tremolado como un penacho sobre su alma infantil. Ya su porvenir quedaba trazado definitivamente; era diáfano, sosegado, horizontal: viviría en Serranillas, mejoraría sus tierras, asistiría vestido de negro al entierro de sus amigos, y cuando su última hora fuese llegada, iría a ocupar su lecho de piedra en el panteón familiar.

Esta reflexión, devolviéndole todo su reposo, acrecentó su afición a la pesca. Muchas mañanas, y aun por las tardes, unas veces vestido de dril y provisto de un blanco panamá, otras encapotado y metido en altas botas marineras, don Higinio requería sus trebejos de pescador y marchábase a guerrear contra los pececillos del Guadamil, cuyas aguas tersas y azules, de un azul heráldico, rodaban platicadoras a medio kilómetro del pueblo. Para él las riberas del Guadamil no encerraban misterios: conocía los secretos de la hoya del Jabalí, muy difícil de vadear en la estación de las lluvias, su fuerza de atracción según la altura de las aguas y los sitios por donde podía pasarse de una orilla a otra a caballo o a pie; sabía también los lugares en que la corriente se amansaba y era así más propicia a la pesca, los remansos arbolados buenos para dormir las siestas estivales, y aquellas hondonadas, horras del viento y sin escobos, inmejorables para gozar en invierno plenamente del sol.

Don Higinio dedicaba a su deporte favorito muchas horas. Generalmente iba solo y cuando llegaba cerca del paraje donde había de instalarse, caminaba de puntillas para no intimidar con el ruido de sus pasos al enemigo. Seguidamente encebaba los anzuelos, armaba dos cañas que ponía sobre horquillas, y luego, sentado en un catrecillo de lona, las piernas cruzadas, el cigarro puro entre los labios gruesos y tranquilos, hundía sus miradas en la linfa azul donde las cañas proyectaban dos rayas amarillas y paralelas; los corchos que sostenían las carnazas vibraban inquietos en la tersura filante del agua. De súbito, uno de ellos se hundía, indicando que un pez había mordido el engaño. Inmediatamente Perea requería la caña levantándola con gesto victorioso, y el prisionero, arrancado a su elemento, convulsionado por la asfixia, pintaba sobre el gran telón verde y cobalto del paisaje una interrogación de plata. Don Higinio, fuera de sí, raras veces podía reprimir un grito de júbilo, fiero y ancestral. Era algo sádico, removedor, misteriosamente carnal, que le obligaba a entornar los ojos, y le producía una laxitud semejante a la que dejan en el ánimo las corridas de toros. Después iba al Casino, donde, jugando al dominó, esperaba a que fuesen a llamarle de su casa para cenar. De noche no salía a la calle casi nunca.

El tiempo, entretanto, proseguía su eternal labor renovadora. Ya Anselmito, el primogénito de don Higinio, tenía cuatro años cuando falleció don Salvador; al año siguiente doña Pastora siguió a su marido, que es notorio cómo los viudos se sobreviven poco, y la rápida desaparición de aquellas dos cabezas blancas y amadas, al erigir a don Higinio en jefe supremo del hogar solariego, impuso a su natural reflexivo y grave una austeridad nueva. El buen hombre sintió que el amor a su casa, a la pesca y al dominó se acrecentaban. Pensó: «No pasaré de ahí». Fue aquello como una ratificación decisiva de su carácter. Pausadamente las viejas heridas cruentas se cerraban. Nació Carmen. Tres años más tarde, doña Emilia perdió a su madre, y Teresita, su hermana menor, que seguía soltera, prefirió quedarse con ella en Serranillas a vivir en Almodóvar con su padre. Después nació Joaquinito.

Doña Emilia era uno de esos temperamentos enérgicos que florecen y frutecen pronto y saben mandar. Su actividad belicosa, su instinto práctico, su fortaleza, beneficiaron su hacienda tantas veces, que Perea jamás se determinaba en asuntos de riesgo sin antes aconsejarse de ella. Madrugaba con las claridades prístinas del amanecer y se dormía tarde, luego de ver que las puertas estaban bien cerradas, los perros sueltos, el fuego de la cocina apagado, la servidumbre recogida y todo en su sitio. Durante el día trabajaba febrilmente: guisaba, zurcía, regañaba a sus hijos, vigilaba la salpresa de los tocinos, examinaba las ropas que las criadas tendían a secar en el jardín, y todo había de pasar por sus manos escrupulosas y a todo sabía poner reparo con una diligencia sin sueño y sin oasis. Ya no tocaba el piano; una madre de familia se debe a obligaciones más altas, y ella, dentro de su hogar y sobre su marido, ejercía una jefatura omnímoda. Este atrafagamiento mantenía su belleza y su salud. A los treinta y cuatro años doña Emilia era una mujer embarnecida, de negros cabellos y ojos vivísimos, en cuyo rostro, grueso y moreno, lucía el almendrado regocijo de unos dientes pequeños y blancos.

Teresita, doncellona, dulce y un poco sorda, constituía el reverso de su hermana.

La bonitura de sus años primaverales se marchitó y arrugó tempranamente, cual roída por el fuego de un temperamento demasiado emotivo quizás. Alta, flaca, los cabellos de color tabaco, la sonrisa fácil, los ojos reservados y amables, sus pies apacibles recorrían las habitaciones sin ruido. Sus sobrinos la adoraban. Ella les ayudaba a vestir por las mañanas, les llevaba de paseo, les defendía de las cóleras maternales, y en la mesa les ponía la servilleta al cuello. Su timidez buscaba la sociedad de los niños. Era buena, callada, dócil y jamás tuvo verdadera personalidad. Teresita carecía de valor sustantivo; para los vecinos nunca fue Teresita: unas veces era «la hermana de doña Emilia»; otras, «la cuñada de Perea» o «la tía de Anselmito...». Ella no protestaba de este emborronamiento, un tanto despectivo, en que la dejaba la opinión; acaso no lo advirtió siquiera. Su cuidado único era no parecer sorda, y en disimular tal defecto cifraba todo su empeño. Muchas veces decía:

—¡Voy!... ¡Voy!...

Y echaba a correr hacia donde creía que la habían llamado. Sus sobrinos, advertidos de su debilidad, la burlaban:

—Tía Teresa, ¿no oyes que mamá pregunta por ti?

Ella respondía:

—Ya lo sé, ya lo he oído... ¿Creéis que soy sorda?...

¡Qué éxito! La chiquillería, ineducada y cruel, se desarticulaba de risa.

Pausadamente don Higinio envejecía sujeto a los cuidados de su hacienda, viéndose engordar mientras el tiempo movedizo, maestro de toda farándula, le quitaba unos afectos y le traía otros. Todo cambiaba a su alrededor y todo, sin embargo, continuaba igual. A través de los años las distintas generaciones de los Perea se copiaban, repitiendo tenazmente iguales caracteres y tipos; diríase que la uniformidad de la llanura y la semejanza de impresiones y de alimentos eternizaban en ellas los rasgos aborígenes. Carmencita, aún no tenía nueve años, y ya su perfil recordaba el rostro aguileño de su abuela doña Pastora; Anselmo, del cual todos creyeron que iba a ser alto, repentinamente dejó de crecer y su figurilla comenzó a adquirir carnosidades precoces. Evidentemente, la linfa pacifista de los Perea era inmortal. Don Higinio, siempre algo poeta, solía desesperarse ante aquel existir imbécil de rebaño. La sangre bulliciosa de los Alcañiz, aunque de tarde en tarde, resucitaba en él, desazonándole. En tanto tiempo, ni un viaje, ni una fuga al mundo de la quimera, ni un misterio donde poder sembrar la semilla de una poesía. Don Higinio reconocíase seguido, espiado, por la afectuosa vigilancia de sus conterráneos. Ellos le vieron nacer, ir a la escuela, casarse; año tras año asistieron a los menores incidentes de su breve historia; recordaban las fechas en que perdió a sus padres, y hubieran dicho de memoria la edad exacta de cada uno de sus hijos. También detallaban su hacienda: lo que le redituaba la mina, el número de olivos que poseía y cuánto producíale anualmente la recolección de la aceituna; las sacas de trigo que guardaba en el pósito, cuando ya sus trojes rebosaban; si binaba o no sus tierras, y en cuantos pegujales las tenía divididas y arrendadas para mayor comodidad; y qué bancales destinaba a maíz y cuales a heno, y qué predios languidecían cubiertos de breñas y amarillas retamas. En el Casino se murmuraba todo: si trabajaba su aceña, si se le murió un caballo o si la noche antes rodó mucha agua por las caceras de su huerto... Inútilmente don Higinio procuraba aislarse, recogerse: no había en toda la comarca un rincón, un solo rincón, que fuese completamente suyo. Unas veces los criados, otras su propia mujer, o su cuñada, o sus hijos, lanzaban a la calle cuanto en la intimidad de su hogar sucedía; nunca hallaba esos instantes de aislamiento que todo hombre tiene; diríase que su notoriedad poseía la molesta virtud de mudar en transparentes los cuerpos opacos. Angustia horrible; dentro de su casa, aunque hablase en voz baja y las puertas y resquicios estuviesen herméticamente cerrados, don Higinio experimentaba la desagradable sensación de hallarse en cueros y metido en un globo de cristal.

A este punto de sus acedas rememoraciones y fantasías llegaba Perea cuando Nicanor, el peluquero, que concluía de afeitarle, le interpeló.

—¿Ponemos algo en la cabeza?

Don Higinio abrió los párpados y sus ojos, sus buenas pupilas azules, en las que había un místico desasimiento de cuantas raspaduras de malicia o de odio llevan consigo las almas vulgares, posáronse afectuosas en su interlocutor, cuyo rostro, de líneas enjutas, repetía sobre la delgadez del cuello un eterno movimiento negativo. El barbero creyó que no había comprendido su pregunta, y repitió:

—¿Quiere usted algo en el pelo?

—Écheme colonia.

Las manos de Nicanor, frotando ahincadamente la cabeza de su cliente, aligeraron el curso de sus meditaciones; su ánima sencilla orientose hacia el optimismo. Si los placeres de un domingo bastan a aromar el agrio y seco transcurso de la semana, ¿no bastará también un hecho cualquiera notable a embellecer una vida? Pensó en la lotería. ¡Aquellas cincuenta mil pesetas caídas así, como de una nube, en la aridez de su existencia cotidiana!... ¿No vendría con ellas el viaje novelesco, el amor imprevisto, la aventura trastornadora y violenta, que luego, al deshacerse a lo largo de los días futuros, dejaría en su historia el perfume de algo hazañoso y distante?...

Don Higinio salió de la peluquería muy colorado; el aguardiente que Cenén le obligó a beber empezaba a turbarle, y además la seguridad de que durante muchos meses todo el vecindario tendría puestos en él los ojos contribuía a aturdirle. Ya cerca de su casa, encontró a Pablo. El ciego le reconoció por los pasos.

—Vaya con salud mi señor don Higinio, y colmado se vea siempre de satisfacciones, y viva más años buenos que penas tiene un pobre.

Gitano parecía por lo zalamero del acento y lo bronceado de la color. Perea echose mano al bolsillo y le dio quince pesetas.

—No llevo más dinero suelto —dijo—; pero otro día llégate a casa, mi mujer te hará un regalo.

El ciego, poco acostumbrado a que usaran con él de tanta largueza, deshízose en férvidas alabanzas, bendiciones y optimistas augurios hacia quien así le socorría; en el silencio de la calle desierta, inundada de sol, su jaculatoria resonaba ardiente. Don Higinio aceleró el paso, con ese delicado rubor de los hombres superiores a quienes los inciensos del aplauso molestan.

—En verdad —iba pensando irónico— que si como dice don Tomás los buenos deseos llegan al cielo, acabo de obtener la bienaventuranza por sesenta reales. ¡Ha sido un gran negocio!...

II

Eran las doce cuando llegó a su casa. Doña Emilia le examinó inquieta. ¿De dónde venía tan colorado?...

—Media hora hace —exclamó— que don Gregorio y don Cándido están aguardándote. Hoy almuerzan con nosotros.

Don Higinio entró en el comedor, donde fue ovacionado. Antes de que pudiera trasponer la puerta, Anselmo, Carmen y Joaquinito le detuvieron, aferrándose a sus rodillas. El boticario le abrazó cordialmente, con una efusión sencilla reveladora de una leal amistad. El médico también arremetió a él, mostrándole victorioso un papel azul.

—Aquí está el telegrama que mi Lucía y yo esperábamos; ya nuestra felicidad es indiscutible. ¡Cincuenta mil pesetas para cada uno de nosotros, Perea de mi alma!... ¡Somos ricos!...

Y a don Gregorio Hernández, a pesar de su corpachón de jayán y aquella voz terrible con que aturdía a sus enfermos, se le aguaron los ojos. El benemérito don Higinio se sintió oprimido, aplastado, sobre el pechazo del médico como contra un muro. Al fondo, en la penumbra suave del comedor, los rostros de su cuñada, de doña Lucía y de doña Benita, componían una especie de coro sonriente y acogedor. Al fin, pudo desasirse, respirar libremente.

—¿Cuándo cobramos?

—En seguida —replicó Hernández—; hoy mismo o mañana. Como la cantidad es importante, necesitaremos ir a Ciudad Real.

Acababan de servir la sopa y todos se sentaron a la mesa. Don Higinio ocupó la presidencia, teniendo a su derecha a doña Lucía y a doña Benita a su izquierda. Los muchachos, bajo la vigilancia indulgente y regañona de Teresita, invadían la cabecera opuesta. Doña Emilia, que no quitaba ojo de su marido, preguntó:

—¿No les parece a ustedes que está muy colorado?...

Todas las miradas claváronse en Perea, quien, de súbito, por obra de un fenómeno nervioso reflejo, se sintió enrojecer. Don Cándido declaró que le hallaba como siempre; pero doña Emilia, maternal y vehemente, levantose para examinarle los pulsos.

—Tiene la cabeza muy caliente; ¿será calentura?...

Teresa y doña Benita se habían quedado serias; pensaban lo mismo; raras son las grandes alegrías que no van seguidas de algún grave dolor, y si don Higinio muriese... Doña Emilia quiso ponerle un termómetro. Tanta solicitud irritó a Perea. No padecía de nada, estaba bien, mejor que nunca...

—Es que he estado bebiendo aguardiente con Cenén, y la bebida me hace daño.

—Naturalmente —exclamó don Gregorio—; una pequeña sofocación sin importancia, que desaparecerá apenas los primeros alimentos bajen al estómago. Vaya, Emilia, no sea usted aprensiva; siéntese usted.

Ancho, alto, recio como un púgil clásico, el médico era un comedor formidable y regocijado que, sin cesar de alabar cuantos platos le ponían delante, mascaba a dos carrillos; trituraba los huesos de pollo y dejaba la huella grasienta de sus labios en el cristal de su copa de vino. En sus manos, terribles y oscuras, cualquiera cuchara parecía pequeña. Los huesos que doña Lucía colocaba intactos al borde de su plato don Gregorio los miraba con avidez salvaje.

—¿Pero dejas esto? —exclamaba.

Concluía por chuparlos glotonamente, y luego los rompía como si fuesen galleta; el fragor de sus mandíbulas de gigante sorprendía a los niños y les daba risa. Cuando comía se cegaba, se transfiguraba; respiraba ordinariez...

«Es un hombre, decía Cenén, que lleva el cerebro en la barriga».

El almuerzo fue largo y tuvo alegre y bulliciosa sobremesa. Mientras los muchachos se llenaban los bolsillos de pasas, los adultos discutían el empleo de su nueva fortuna. Los hombres razonaban juiciosamente; don Gregorio pensaba mercar un perro y pedir a Éibar una escopeta: estas serían las únicas frivolidades que adquiriese; el resto del capital lo invertiría íntegro en tierras y aperos de labranza.

—Desciendo de agricultores —agregó— y adoro el campo; ¡ojalá no me hubiesen enviado a la Universidad nunca! Ya lo verán ustedes; yo, más que un médico metido a labrador, soy un labrador metido a médico.

El boticario y don Higinio asentían. ¡Nada de fábricas ni de negocios expuestos a huelgas y a competencias suicidas! Dinero empleado en tierras es salvo: la tierra es la fuente de todo, la verdad suprema, la madre que nunca engaña al hombre. Perea, por su parte, deseaba adquirir a orillas del Guadamil la hacienda denominada Los Cipreses, lugar muy a propósito para instalar un molino.

En cambio, las mujeres, más pintorescas, más imaginativas, anhelaban algo superfluo, pero bonito, raro, que orease sus espíritus con una ráfaga de novela: un viaje, por ejemplo... ¿Pero era posible que sus maridos quisieran reducir a tierra un dinero tan frívolo, tan riente como el de la lotería?...

Doña Emilia exclamó, golpeando en un plato con la cucharilla del café: