Part 24
Ante la humillación y destierro de la pecadora sintió una emoción subidísima, un enternecimiento que, a durar, se hubiese resuelto en lágrimas. ¡La pobre criatura! Él, de seguir los evangélicos dictados de su voluntad, hubiera dicho: «Manolilla: Tú no te vas; tú te quedas con nosotros, pues no tienes adonde ir. Si tu padre, siguiendo preocupaciones rancias, te maldice, yo, hombre moderno, hombre cristiano, te perdono y recojo. Vuelve a tu cuarto, infeliz, y deja en él tus ropitas. Seca tu llanto. Aquí darás a luz tu hijo, y, entre todos, te ayudaremos a criarle. Los pañales que mis niños se pusieron servirán al tuyo. Yo no continúo la obra execrable de traición, de egoísmo y de infamia que comenzó tu amante». Esto era lo hermoso, lo noble, lo que Cristo, de vivir en Serranillas, hubiera hecho. Pero don Higinio reconocíase incapaz de tan alta empresa. ¿Cómo obtener de doña Emilia el indulto de la muchacha? ¿Cómo llevar a su entendimiento y menos a su ordenado corazón, la idea de que todos los pequeñuelos, sean de quien fueren, deben sernos igualmente amados? Imposible; el criterio de doña Emilia era el de todo el pueblo; el egoísmo humano es tan colosal que llena el horizonte, y ¿cómo sustraerse al horizonte?...
Mientras estas egregias imaginaciones zarandeaban el espíritu de don Higinio, Manolilla permanecía inmóvil y humilde, como esperando un fallo. Al cabo, la cuitada pensó que debía despedirse:
—Bien, pues..., ustedes me perdonarán si en algo he faltado.
—No, mujer.
—Y hasta otro día..., si no me muero... y quieren ustedes recibirme...
Hablaba a tropezones, tragándose las lágrimas. Perea se incorporó en la cama y registró los bolsillos de su chaleco, colgado sobre el respaldo de una silla.
—Toma —dijo.
La ofrecía dos duros. Ella rehusó; acababa de cobrar su salario y sus ahorros ascendían a cuarenta pesetas. ¿Para qué más? Don Higinio admiró la despreocupación, el estoicismo, con que Manolilla miraba al porvenir.
—No importa —insistió—; esto es un regalo mío; guárdatelo, guárdalo pronto y que nadie lo sepa.
Cedió ella, y, tímidamente, se acercó al lecho.
—Que Dios le aumente la salud.
—Gracias, Manolilla. ¿Dónde vas ahora?
—A la posada; allí pasaré la noche.
—¿Y mañana?
—Me voy a Ciudad Real, para ver de entrar en la Maternidad.
—Y a tu novio, ¿no piensas hablarle?
—No, señor. ¿Para qué?...
Su voz, que había ido debilitándose, expiró en un sollozo. Secándose los ojos con su delantal salió del dormitorio, y al cerrar la puerta don Higinio sintió que acababa de cumplirse una grave infamia. Sin embargo, allá en los entresijos más hondos de su alma, orientada perpetuamente hacia la aventura, envidiaba a Manolilla: era joven y el carnaval de lo imprevisto la aguardaba; pero, ¿y a él?... Gordo, viejo, rodeado de familia, atado de pies y manos a su hacienda, ya nada podría arrancarle de allí. Y, sin embargo, todavía su corazón estaba mozo, todavía esperaba. De aquí la emoción de envidia que Manolilla le dejó al marcharse.
«¡Quién hubiera comido torrijas como ella!...» —pensó.
Para todo, sin embargo, era ya un poco tarde. A los cincuenta y dos años, ligado a la tierra, más que por los negocios por hábitos inveterados de sedentarismo y de inacción, ¿adónde ir?... Don Higinio apreciaba las hondas mutaciones que en las personas, como en los afectos, el tiempo andariego había realizado, y de todas partes llegaba a él un aliento de silencio, olvido y desilusión. Lentamente, reconocíase apartado de la circulación y cual empujado hacia el margen de la vida; otras generaciones arrebataron a la suya las riendas de la actividad, y el ver cómo los matrimonios de personas que conoció pequeñas iban cargándose de hijos, traíale la sensación de la humanidad que marchaba tras él. A su alrededor, todo decaía y retoñaba: doña Emilia tenía los cabellos grises; Teresita estaba más sorda y cenceña que nunca, y el carnoso y decorativo crepúsculo de doña Lucía, a la vez, por diversos lados se desmayaba y batía en deplorable retirada. Sus amigos hallábanse igualmente malparados, y de los más íntimos su fiel memoria conservaba dos imágenes: la garrida que lucieron de mozos, y la otra, fea y vieja, que los afanes del vivir les fue dejando. Don Jerónimo Arribas había engordado tanto, que el tejido adiposo le ahogaba y apenas podía ocuparse de su bufete; don Gregorio había perdido la fina vista y el seguro pulso de sus buenos tiempos, y apenas se acordaba de la escopeta; don Cándido envejecía dentro de su botica, como las antiguas imágenes de cera se decoloran y amustian en la penumbra polvorienta de las capillas; Julio Cenén, a pesar de su frivolidad ornitológica, también se había sosegado, al extremo de que su mujer, como si quisiera vengarse de cuanto sufrió a su lado, apenas le permitía salir de noche; Gutiérrez, clavado por el reúma en su sillón de la Administración de Correos, iba poco al Casino; desde la calle, a través de las enrejadas ventanas de la oficina, se le veía escribir, y en la semioscuridad de la estancia su cabeza, de cabellos blancos y rizosos, parecía una bola de algodón.
A los viejos perfiles achacosos y lentos sustituían otras figuras mozas y ágiles. El noble Perea reconocía la pesadumbre de los años, más que en sus propios achaques y goteras, en el pasmoso florecimiento de sus hijos. Anselmo, el primogénito, era abogado y había abierto bufete en Ciudad Real; Joaquinito cursaba segundo año de Medicina; Carmen se había casado y tenía un niño, Higinín, rubio como las mazorcas y con los ojos grandes, crédulos y azules de su abuelo.
En aquel esperanzado y fecundo movimiento de avance, nadie quedó atrás, que el tiempo infinito de todo se acuerda por igual. Eugenio y Gorito, los hijos mayores de Hernández, también fueron muchachos de provecho. Eugenio terminó la carrera de perito agrónomo; Gorito era militar.
Baldomero, el heredero único de don Cándido, se había licenciado en Farmacia y ya se disponía a casarse y a sustituir a su padre detrás del mostrador de la botica.
Águeda y Marina, las niñas de Gutiérrez, a pesar de ciertas murmuraciones calumniosas, se habían casado: la primera, con un ambulante de Correos, y su hermana, con un acomodado labrador de Argamasilla.
Gasparito, el hijo de la señora Indalecia, era un trujamán redomado, con quien, por dos o tres veces, tuvo que ventilar cuentas la Guardia civil; afortunadamente, su caudalosa simpatía y mucha astucia le libraron siempre de los malos fregados en que su necesidad o su descomedida afición a lo ajeno le pusieron, y de zoco en colodro, unas veces de novillero y otras de chalán, ganaba su sustento y el de su anciana madre.
De este modo, cuanto más miraba en torno suyo el benemérito don Higinio más solo y olvidado se reconocía, así de los que por ancianos iban hacia la muerte, como de aquellos jóvenes a quienes llamaba la vida. ¡Y él mismo!..., con su cabeza calva, sus zapatos de paño, sus ropas interiores de franela y sus frecuentes ataques de anquilosis, ¿no era un hombre «pasado»?... El reúma, que como legado de raza empezó a atormentarle desde mozo, habíale producido una grave lesión en el pericardio, agravada por las humedades de la mina y sus aficiones de pescador. ¡Bastante le había sermoneado acerca de esto su amigo don Gregorio, y con hartas furibundas profecías trató de amedrentarle! Pero, ¿quién llevaría su sabiduría y prudencia al extremo de curarse en salud?...
Ahora que comenzaba a resquebrajarse comprendía mejor que nunca la majestad y artística belleza de la mentira que sirvió de centro de gravedad a su historia y la dio color y relieve. Aquel hermoso gesto falso era la pirosfera de su alma, lo que infundía cohesión a todos los actos de su vida, como el hilo que sujeta unas a otras las cuentas de un rosario. Si bien tarde y de modo incompleto, merced a su superchería, conquistó aquellas preeminentes satisfacciones de vanidad, solo a los más ínclitos varones reservadas. Mucho tuvo: la devoción sumisa de su mujer, el respeto de su familia, la estimación de sus amigos, una amante, un hijo natural, una dorada leyenda de galantería y de bravura, y con ella la admiración de todo un pueblo. La mentira, que primero fue murmuración y luego la opinión pública, con la ayuda y favor del tiempo, convirtió en historia, era para don Higinio lo que para los artistas el seudónimo con que llegaron a la celebridad: las muchedumbres admiran al Greco, pero ignoran a Domingo Theotocópuli; han leído quizás a Stendhal y desconocen a Enrique Beyle. La inmortalidad se alcanza con una estatua, con un libro, con un ademán. Así la obtuvo Perea: para sus conterráneos, orgullosos de su valor, siempre sería «un hombre que mató en París a un holandés»; su gloria, como la de Juan de Urbieta, el oscuro soldado que prendió a Francisco I en Pavía, cristalizó en un gesto, pero tan rotundo y feliz que todo el oro de su vida cupo en él. Durante esas horas raras de sinceridad que los hombres suelen tener consigo mismos, don Higinio examinaba con cruel imparcialidad el regio manto de heroísmo que durante años y años llevó puesto. ¡Oh! Si los vecinos de Serranillas supiesen la verdad... ¡Cómo le despreciarían, cómo acudirían a reírse de él en sus propias barbas!... Y harían mal; su befa sería injusta: si él mintió fue llevado por el natural prurito de ennoblecerse, de ser «algo», y ¿en la historia de todos los hombres no late siempre, como un corazón, el mismo deseo de notoriedad?...
El esclarecido don Higinio, olvidado de la pesca, alejado un poco de los grandes torneos de dominó del Casino, dedicado bonachonamente a la cría de conejos y observando por las mañanas, a través de los cristales de su dormitorio, el cariz del tiempo, tenía, a despecho de su figura vulgar, algo de la grandeza triste de Carlos V en su celda de Yuste. ¿Con quién hablaría de su pasado? ¿A qué espíritu delicado confiaría el fracaso de sus ensueños de argonauta y su inmarcesible amor a París?... Antaño, cuando unos y otros eran jóvenes, aún había ganas de charlar: en las tertulias, este narraba sus cacerías, aquel sus éxitos amorosos; la mentira era como un sarpullido de su mocedad. Pero ahora, en todos, hasta la imaginación había callado.
—¡Soy un extranjero en mi país! —solía decir don Higinio.
Únicamente perduraba su historia: la leyenda que nimbaba su cabeza casi blanca, estaba escrita con indelebles caracteres y como claveteada en la memoria de todos. Nadie dudaba de aquel valor afirmado de manera inconcusa cuando los presos de la cárcel se amotinaron y el amante de Leopoldina, sin otras armas que su bien templado coraje y sus puños, se impuso a ellos; y análoga impresión dejó la bizarra generosidad con que atajó la inundación que hubo en su mina. Como si tales recuerdos no bastasen a su prestigio, la suerte quiso que Perea, ya en los umbrales de la vejez, añadiese a su bien cimentada historia de valiente nuevos laureles inmarcesibles.
Un anochecer las campanas de la iglesia repicaron a fuego desesperadamente. El vecindario se conmovió y los hombres se echaron a la calle; llenáronse las ventanas de mujeres y de chiquillos; todos los rostros tenían la misma expresión inmóvil producida por el choque de la curiosidad y del miedo. El incendio era en una casa pobre del callejón del Hombre Ahorcado, detrás de la Plaza de Abastos, y las llamas, azuzadas por el viento, se alargaban siniestras en el cielo oscuro. Sus lampazos sanguinarios alcanzaban muy lejos. Un fuerte sacudimiento estremeció al pueblo. Los trabajadores que salían de las minas y veían el fuego aceleraban el paso, y como se acercaban en tropel, el ruido de sus voces y sus figuras harapientas, tiznadas de carbón, daban a su llegada apariencias intranquilizadoras de motín. Las calles retemblaron con el murmullo de sus respiraciones jadeantes y de sus pisadas. El siniestro iba en auge: torbellinos de chispas bermejas, perláticas, saltarinas como cohetes, lo coronaban; parecía un volcán, y sobre el tejado ardiente, convertido en cráter, las llamas flameaban lamiendo el espacio, hinchándose, retorciéndose, semejantes a un gigantesco pañuelo rojo y amarillo que dijese «adiós». Clamaban las campanas pidiendo auxilio. Sobre el gran fondo crepuscular las esferas pálidas del reloj de la iglesia, brillantes como ojos agoreros, tenían esta vez una rara expresión, y la corva arista que las separaba, enrojecida por el incendio, parecía un pico manchado de sangre.
Los dos bomberos que pagaba el Municipio, favorecidos por las varias parejas de guardias civiles y un numeroso grupo de vecinos de buena voluntad, habían conseguido sacar a la calle la única bomba servible que quedaba en el Ayuntamiento y llevarla al lugar del peligro. De todas partes, hombres provistos de azadones y de escaleras, acudían dispuestos a demoler lo que fuese necesario para aislar el fuego.
A don Higinio, en pie delante de su casa, le rozaban aquellas fuertes vibraciones de peligro y de lucha, y su alma aventurera se estremecía. Doña Emilia, Teresita, Carmen, que llevaba a su hijo en brazos, doña Lucía y otras mujeres, le rodeaban, apretujándose medrosas contra él, como si el héroe de la Grande Jatte hubiese de preservarlas de algún riesgo.
Vieron a don Gregorio. El médico iba muy de prisa y no se detuvo; varios vecinos le siguieron; decían que había heridos...
Doña Emilia agarró a su marido por los brazos:
—Tú no vas.
—No, hija.
—Es que te conozco; el deseo de ir te llena los ojos; te estás conmigo; me darías un disgusto muy grande, y bastante me hiciste sufrir ya. Además, eres viejo.
Teresita, adivinando lo que decía su hermana, añadió:
—¿Le aconsejas que no vaya? ¡Naturalmente! ¡Sería una locura!...
Y doña Lucía, entornando los ojos:
—Usted se queda con nosotras.
Don Higinio, muy bien plantado sobre sus botas de cuero amarillo, las manos en los bolsillos del pantalón, el abdomen libre y orondo bajo el chaleco desabrochado, se mordió los labios. Su mujer decía bien: él quería ir al incendio. ¿Y por qué no? ¿No iban otros hombres y no era él, supuesta su condición heroica, el más obligado a acudir a los lugares de peligro? ¿De qué aprovechaba, si no, su valentía? El bravo que no usa de su valor cuando las circunstancias le invitan a mostrarlo, queda tan desairadamente como el rico tacaño que esconde su dinero.
En aquel momento pasó Julio Cenén; sobre su rostro flaco, de color cera, su barba puntiaguda, negra aún, parecía postiza.
—¿Viene usted conmigo? —gritó el secretario a Perea.
—¡No, señor! —replicó doña Emilia—, ¡mi marido no se mueve de aquí!
Sin hacer caso de esta interrupción, Cenén prosiguió:
—Venga usted. Allí hacemos falta todos; dicen que hay un muerto.
Don Higinio, enardecido, avanzó algunos pasos. Las mujeres le rodearon: doña Emilia y Teresita se abrazaron a sus rodillas, arrastrando sobre la acera la gravedad de sus hábitos, y Carmen trató de conmover a su padre mostrándole la cabecita estúpida, mofletuda y colorada de Higinín.
—¡Higinio de mi alma, no vayas!...
—¡Papá, por Dios!...
Pero el héroe las rechazó a todas y a todas se impuso con un gesto de irrevocable autoridad; el mismo gesto temerario que habría tenido si algún día, efectivamente, hubiese necesitado matar a un holandés; y estoico, manchando con sus zapatos los trajes que aquellas dos santas mujeres llevaban para mejor rezar por él, siguió adelante.
Momentos después, el galán del hotel de los Alpes, se cubría de gloria.
A través de la turbamulta aglomerada en el lugar del siniestro, don Higinio y Julio Cenén se abrieron paso fácilmente; su prestigio les favorecía; al verles los curiosos se oprimían, franqueándoles respetuosamente el camino. ¿Adónde marchaba Perea tan resuelto? Todos recordaban de cuando conjuró el motín de los presos, y le seguían con los ojos, seguros de que iba a realizar alguna acción peligrosa, extraordinaria, digna de él, en fin...
Delante de la casa incendiada, que era de dos pisos, los muebles, colchones, líos de ropas, baúles y otros objetos que los vecinos arrojaron por los balcones, yacían en caótico hacinamiento, horriblemente manchados de agua, barro y humo. Allí el resplandor del fuego era tan violento que abrasaba las mejillas; nadie se acercaba; ante la formidable hoguera, los semblantes, suspensos, acobardados, de la multitud, aparecían rojos. Por las ventanas de la casa, convertida en volcán, salían cortinajes terribles de llamas que renegreaban y agrietaban la fachada. Varios balcones se desplomaron con un espantoso fragor de inflamados cascotes. La bomba, aunque funcionaba bien, era insuficiente para dominar el incendio, y su vena de agua antes lo alimentaba que lo combatía. El calor había roto en añicos todos los cristales de las viviendas inmediatas. Los dos bomberos, heridos de gravedad, acababan de ser trasladados a la botica de don Cándido, y la cuadrilla de albañiles que capitaneaban el alcalde y el jefe de carabineros, persuadida de la imposibilidad de apagar el fuego, dedicábase a impedir que este, socorrido por el viento, se propagase.
De repente, una mujer que probablemente estuvo encerrada en alguno de los cuartos interiores, apareció desmelenada, loca de terror, en un balcón del piso segundo. Sus gritos desesperados dominaron el tumulto, semejante a un hervor, de la muchedumbre. Inclinada sobre la barandilla, los brazos extendidos, los cabellos colgantes, la boca desquijarada trágicamente en el espanto del rostro tiznado por el humo, parecía una furia. Julio Cenén la reconoció.
—Es Evarista, la hija de Matilde la cintera...
La infeliz impetraba:
—¡Socorro!... ¡Socorro!...
A su llamamiento, varias voces contestaron:
—¡Baja por la escalera!
—¡No puedo! ¡Está ardiendo!...
Sus brazos convulsos se retorcían frenéticos; parecía que iba a lanzarse de cabeza a la calle.
El alcalde la ordenó:
—¡Descuélgate despacio, y cuando ya no puedas más, déjate caer; aquí te recibiremos! ¡No tengas miedo!...
Ella medía la profundidad del salto con ojos espantados. El señor alcalde repitió:
—¡No tengas miedo! ¡Tírate!...
Desafiando bravamente la proximidad quemante de las llamas, dos guardias civiles extendieron varios colchones en el suelo, y después, los cuerpos rígidos, los brazos abiertos, la mirada en alto, dispusiéronse a recibir a la joven. Pero ella no se atrevía a brincar; el abismo, realmente, era demasiado hondo.
—¡No puedo! —repetía llorando—, ¡no puedo!...
Julio Cenén murmuró al oído de Perea:
—Le advierto a usted que es una chiquilla preciosa: todavía no habrá cumplido dieciocho años y ya tiene uno de los panderos más hermosos del pueblo...
La inoportunidad de la observación repugnó a don Higinio. El secretario del Ayuntamiento era un cínico y un majadero. Ellos se habían puesto allí, delante de todos, para hacer algo notable, o cuando menos para ser útiles. Súbitamente, la idea de que la opinión pudiese juzgarle mal le asaltó. Irritado miró a Cenén:
—Hay que salvar a esa mujer.
—¿Salvarla? ¿Cómo?...
—Subiendo adonde está.
El secretario se inmutó.
—No intente usted semejante disparate; sería ir a una muerte segura; la escalera está ardiendo.
Perea no le oyó. Una ola de sangre temeraria, la sangre de los Alcañiz, le nubló la razón; abotonose su zamarra de pana, y antes de que nadie pudiese detenerle, brincando ágilmente sobre los muebles hacinados en medio de la calle, desapareció en el zaguán de la casa incendiada. La multitud lanzó un grito de admiración y de espanto. ¿Era creíble que un hombre como él, gordo y respetable, desafiase así a la muerte? Julio Cenén pateaba y se mordía los puños de rabia.
—¡No sale! —decía—, ¡no vuelve más!... Y yo tengo la culpa de su desgracia, ¡porque fui quien le animó a venir!...
Inútilmente el alcalde trató de consolarle; los dos reconocían que a Perea, como a todos los valientes, le atraía el peligro, y quien ama el peligro —enseña un antiguo refrán—, más o menos tarde perece en él. Transcurrieron algunos instantes de angustiosa zozobra. De súbito, rápido, triunfante, don Higinio surgió en el balcón envuelto en una repentina ráfaga de humo rojizo, tomó a Evarista, medio desmayada, en brazos, echósela al hombro con varonil arranque y huyó a tiempo que un tabique, cediendo a la voracidad de las llamas, se desplomaba y el interior del piso resplandecía horrorosamente. Minutos después, bajo una explosión estruendosa de vítores y aplausos, el héroe de la Grande Jatte salía a la calle con Evarista. Había perdido el sombrero y sufrido en las manos varias quemaduras, pero aún tuvo la sangre fría de saludar con una sonrisa al pueblo entusiasmado.
Inmediatamente, ovacionado, sostenido por centenares de brazos amigos, se dirigió a la farmacia de don Cándido para ser curado. En el trayecto encontró a su familia, que acudía llorando, noticiosa de su nueva hazaña. Su mujer, su cuñada, su hija, doña Lucía, todas le abrazaban. Doña Emilia sufrió una congoja; fue necesario meterla precipitadamente en una casa y quitarla el corsé.
—¡Qué locura, señor! —hipaba la pobre señora—. ¡Qué locura!... ¡Un hombre como Higinio, enfermo del corazón!... ¡Exponerse a una emoción así!...
Julio Cenén, que llevaba a Perea cogido por la cintura, le preguntó misterioso:
—Dígame, amigo don Higinio, usted que lo ha tocado: ¿cómo tiene Evarista el trasero?...
Don Higinio, en quien ningún sentimiento procaz había manchado el noble desinterés de su acción, se indignó:
—Pero, usted es tonto; ¿usted cree que cuando un hombre se juega la vida, como yo acabo de hacerlo, se fija en detalles?...
El lascivo secretario rompió a reír.
—¡Canastos! —exclamó—, ¡usted de nada se admira! ¿A un trasero así le llama usted «un detalle»?...
Esta hazaña fue el último de aquellos dos o tres rasgos preclaros de valor que fijaban otros tantos jalones gloriosos en la historia bizarra de Perea; una especie de canto de cisne o de verso gallardo con que el Azar le permitió rematar el magnífico soneto de su vida. Después, como si aquel sacrificio hubiese apagado bruscamente sus bríos, el héroe de la Grande Jatte tornose más sedentario y casero que lo fue nunca. Sus ocultos amores con doña Lucía duraron poco, y mucho tiempo hacía que sus relaciones eran rotundamente fraternales: se estrechaban las manos de cierto modo, se miraban con ojos en los que había una tristura de adiós, un calor de cenizas, y nada más. Don Higinio bajaba a la mina pocas veces; se levantaba a mediodía, y después de almorzar salía al jardín, donde las higueras, los naranjos, los albaricoqueros y los guindos de troncos plateados eternizaban la lucha de los árboles por el dominio del espacio y de la tierra: allí, tranquilo, solemne, un poco triste, como quien habiéndolo tenido todo, a todo renunció por generoso y estoico desasimiento de su voluntad, dedicaba horas dulcísimas a la crianza de sus conejos. Él mismo les construía sus viviendas y por su mano les aderezaba el pasto, compuesto principalmente de hojas de salvia, ramas de tomillo y de hinojo y otras plantas fragantes, que si no sirven para el encebamiento de los animales, los robustecen y acrecientan su fecundidad. Conocía sus enfermedades y el modo de curarlas, el régimen a que deben someterse los machos durante ciertas épocas del año, las razas más ardientes y que mejores crías producen; y apuntados en un cuaderno llevaba los días de monta, las fechas en que las conejas habían de parir y aquellas en que los gazapitos necesitan ser destetados. Acerca de tales minucias, el amante de Leopoldina hubiera podido escribir un libro. En el Casino jugaba al dominó con los amigos de su edad; pero ya no bebía ajenjo, ni quemaba terroncitos de azúcar, ni reía como antes, y si algún mozo le hablaba envidiándole su historia de amores y de valentías, adoptaba una actitud triste.
—Veo —decía suspirando— que inspiro celos a la juventud. ¡Ahora es cuando reconozco que voy siendo viejo!...