Chapter 5 of 28 · 3987 words · ~20 min read

Part 5

La viajera tampoco conseguía explicarse lo ocurrido. Unos labios jóvenes —ella juraría que eran jóvenes—, unos labios que olían a cigarrillos egipcios y a trébol, se habían aplastado rápida y frenéticamente contra los suyos; pero quién la besó —el ladrón de su boca podía ser cualquiera de los tres hombres que tenía más cerca— no la interesaba tanto como el autor de aquella bofetada oportuna y cruel que resonó como una pedrada en un espejo. ¿Quién pudo defenderla así? Su marido no era, bien claro lo decía la perplejidad que trastornaba el semblante del hombre de los bigotes desmayados. ¿Entonces?...

Don Higinio, por su parte, estaba embarullado; lo anómalo y ridículo de su situación poníanle fuera de sí. No dudaba de que uno de los estudiantes dio el beso, como también juraría que fue la francesita quien le abofeteó, y así, a la vez que envidiaba al teutón y adoraba la grácil y aniñada delicadeza de aquella mano, maravillábase de su esfuerzo viril. ¡Ah, si él hubiera podido explicarse!... Únicamente le tranquilizaba la seguridad de que era una mujer, no un hombre, quien había desarrollado en su mejilla aquel molesto calor, aquella especie de hormigueo profundo que por momentos iba transformándose en hinchazón. La suciedad en que su conciencia se hallaba, le permitía explicarse la equivocación de la viajera: él era el de las miraditas insinuantes, el de los pisotones, el del pellizco, en fin. Así, la joven, al sentirse besada, se revolvió contra él. ¡Era lo lógico! Perea, al término de sus meditaciones, se halló consolado: «manos blancas» si enojan no ofenden; ¡peor hubiera sido que el hombre de _Le Matin_ se hubiese enterado!...

Entretanto, los alemanes cuchicheaban animadamente; el más alto explicaba a su compañero lo sucedido; fue un lance disparatado, vodevilesco, digno de Boccacio o del caballero Casanova. Minutos antes, en el preciso momento de inmergirse el tren bajo el túnel, la oscuridad le inspiró un deseo loco, sádico, irrefrenable, de besar a su compañera de viaje en la boca; y al mismo tiempo que sin meditarlo apenas satisfacía aquel frenesí, para ponerse a salvo de sospechas descargó sobre el soplado coramvobis de don Higinio su mano abierta. Los dos estudiantes reían a carcajadas del donaire: era una improvisación maquiavélica, una genialidad bufa, estridente, de caricaturista.

La aventura no tuvo derivaciones ni pasó adelante. El matrimonio se apeó en Landas, y los alemanes y el caballero de la barba dorada se quedaron en Burdeos; por cuanto don Higinio, a no persistir la molesta tumefacción de su carrillo, hubiese llegado a creer que todo aquel cómico lance, con las figuras que en él intervinieron, invención goyesca fue de sueño y de risa.

En el café de la estación de Burdeos, Perea escribió dos postales: una, dirigida a su mujer, y otra, a don Gregorio. La primera decía:

«Llegué sin novedad. Dentro de breves momentos sigo hacia París. Francia es admirable. Ya irás conociendo mis impresiones. Besos».

Y la segunda:

«Acabo de beber a su salud y a la de mis amigos del Casino un vaso de este vino sin rival. Reanudo mi viaje. Abrazo a todos».

Don Higinio suspiró. Todo ello era mentira; pero, ¿sería admisible la realidad uniforme, soñolienta y pacata si, a intervalos, no echásemos sobre su vulgaridad la sazonada belleza de una inocente superchería?...

Al salir el tren de Burdeos llovía copiosamente: uno de esos aguaceros compactos, silenciosos, como hechos de neblina, del otoño francés. Por todas partes castañares espesos, campos verdes esmeradamente cultivados, casitas de dos pisos con puntiagudas techumbres de pizarra, vacas normandas de ubres crecidas y mirar bondadoso que recibían el chaparrón tumbadas en el suelo. Y lejos, apareciendo o esquivándose alternativamente entre los grupos de edificios, un trozo de mar, mástiles de veleros, chimeneas, grúas, y las torres famosas de la catedral levantando su esbeltez sobre la gris monotonía de la ciudad entristecida por el agua y el humo.

Muchos días después de arribar al término de su viaje, don Higinio, todas las mañanas, al despertarse en su cuartito del hotel de los Alpes, tenía el mismo pensamiento:

«Estoy en París».

Y a esta idea pura, casi abstracta, un fuerte y candoroso regocijo interior respondía: ¡París!... El teatro de todas las novelas, de todas las bufas peripecias que se devanan en los cinematógrafos, de los millonarios, de las grandes heteras que hicieron olvidar a los reyes galantes de Inglaterra y de Bélgica la pesantez de sus coronas; el escenario de cuantos crímenes folletinescos y arcanos estremecen al mundo. ¡París!... ¡El foco de las elegancias, del arte y del vicio, donde el dinero, la belleza y el buen gusto de una civilización refinada instalaron las alcobas más célebres de Europa! ¡París!... ¡Y él, vecino modesto del modestísimo pueblo de Serranillas, estaba allí, en la Ciudad-Sol, a quince céntimos de ómnibus de la Venus de Milo, y a otros quince del Jardín de Plantas!...

Dos semanas eran transcurridas desde que las suelas de sus botas manchegas resonaron bajo las bóvedas de la Estación de Orleáns, y un coche le llevó al hotel de los Alpes, situado en el cruce de las calles de Trévise y Bleue, allá en las alegrías montmartresas del noveno distrito. A partir de entonces nada le sucedió que mereciese los honores de una postal: ni conocía El Louvre, ni tuvo ocasión de ir al bosque de Bolonia, ni de visitar ninguno de los pintorescos cafés de Clichy: ni siquiera había vuelto a ver el Sena, después de la mañana en que lo cruzó por el puente Royal. Ni paseos, ni amigos, ni mujercitas de una noche, ¡nada!... Y, sin embargo, don Higinio estaba contento y los días escapábansele sin sentir, cual si el aire de la ciudad babélica bastase a ahitarle de satisfacción y ufanía.

Los primeros días, después de almorzar, acompañado de Francisco, el intérprete del hotel —un piamontés que aprendió el español en Cádiz—, recorrió los «grandes bulevares», desde la iglesia de la Magdalena a la plaza de la República: y el fragoroso trepidar de coches, automóviles y tranvías, la diligencia y abigarramiento de aquella multitud cosmopolita que congestionaba las aceras y la _terrasse_ de los cafés; la sucesión de escaparates, todos lujosos; la profusión infinita de luces; el vaivén perenne de mujeres alquiladoras de amor, lindas, elegantes, con fragilidades de porcelana y párpados de color violeta, que pasaban mostrando bajo la fimbria de sus vestidos la retadora tentación de unas medias caladas; la frescura del ambiente otoñal, el ejercicio..., todo coadyuvaba a rendir la flaca musculatura y el ánimo sedentario y roncero de don Higinio de manera tal, que a cada momento sentíase obligado a comer algo. Su acompañante, que ya era viejo y tenía la nariz colorada, singularmente por las noches, pedía ajenjo y hablaba del Piamonte; don Higinio bebía cerveza y procuraba explicar a su interlocutor las amenidades del paisaje manchego: una tierra puede ser muy rara, interesante y merecedora de estudio, aunque no se parezca a Suiza. Al cuarto o quinto bock, el audaz viajero empezaba a marearse, y este ligerísimo aturdimiento exaltaba su natural bondadoso:

—Si alguna vez la suerte le llevase a Serranillas —decía—, no le faltaría a usted nada.

Francisco arqueaba las cejas, levantaba los hombros: un gesto de aventurero que ignora adónde las andanzas de la vida pueden llevarle.

—¡Quién sabe! —respondía—, a mí me gusta tener amigos en todas partes. ¿Comprende?... ¡Amigos!... ¡No enemigos!...

Mojaba sus bigotes de antiguo sargento en la fatalidad verde de su ajenjo, y entornando los ojos sobre la rubicundez de su nariz, repetía:

—¡Amigos, nada más que amigos!...

Y don Higinio:

—Yo, antes de volver a España, le dejaré mis señas.

—Bien, muy bien; nadie sabe... ¿verdad?... Nadie sabe... Yo no tengo familia... ¿Me comprende?... No tengo familia, y eso del hotel... ¡Bah!... Cualquier día... ¿eh?... Nadie sabe. ¿Me comprende?... Eso es. ¡Amigos, nada más que amigos!...

El pobre diablo, con tres o cuatro ajenjos se emborrachaba; pero esto, lejos de ofender a Perea, le complacía. ¡Cómo disfrutaba y qué raros tipos iba conociendo! Al noble manchego le encantaba cuanto, según su sencillo criterio, tenía algo de _snob_, y la idea de hallarse con un italiano, que acaso fuera un asesino, bebiendo cerveza y ajenjo en la _terrasse_ de un café de París, parecíale una nota aguda de cosmopolitismo. ¡Si lo supiesen en Serranillas, donde todo parecía mal!...

Ya de regreso al hotel, como don Higinio se dispusiera a meterse en el ascensor para subir a su cuarto, Francisco, familiarmente, le daba la mano. Luego, en voz baja:

—Si alguna vez necesitase usted una mujercita, no tenga reparo en decírmelo, ¿comprende?... No tenga reparo. ¡Cuerpo de la Madona!... ¡Yo conozco París!...

En días sucesivos, Perea se decidió a salir solo. Sabía que siguiendo la calle Bleue llegaba a la de La Fayette y luego a la de Laffitte, que le conducía al bulevar de los Italianos. Después aprendió otro camino más sencillo y no menos animado: por la calle Faubourg Poissonnière al bulevar del mismo nombre. De aquella vía magnífica, llena de movimiento, de tentaciones y de luces, y echada, como resplandeciente collar, sobre el plano de París, no se atrevía a pasar: juzgaba imposible nada más hermoso, más cegador y desbordante de riqueza y de vida. ¡Luego, el miedo a «los apaches»!...

Así, la tarde en que sin otro valedor que su bastón de estoque decidiose a ir por el bulevar Sebastopol hacia el río, y vio desde la plaza Châtelet grisear las torres de Nuestra Señora sobre la melancolía de una tarde brumosa, húmeda y alegre, genuinamente parisina, su júbilo fue tan intenso como grande la cobarde inquietud que padeciera hasta llegar allí. Poco a poco, según sus arrestos aumentaban, su voluntad se desentumecía y resolvíase a trasponer mayores distancias, y de este modo, de vuelta al hotel, podía afectar a los ojos del intérprete el aire importante de un hombre que ha caminado mucho y tiene negocios. Las indicaciones de un plano que adquirió por tres francos le orientaban eficazmente. El alma bruja de la ciudad iba aproximándose a su alma tímida y seduciéndola. Una mañana se metió en el metropolitano y fue a parar al Arco de Triunfo; por la noche estuvo en Folies-Bergère; al día siguiente un ómnibus y un tranvía de vapor le llevaron al Bosque...

Generalmente, don Higinio, fiel a la saludable rusticidad de sus costumbres, despertábase temprano, pero nunca se levantaba antes de las diez. Eran aquellos momentos de exquisito sosiego interior: nada apetecía; ni recuerdos ni deseos removían su conciencia... ¡Todo igual en la mansa planicie de las horas que fueron y de las horas que iban llegando!... Desde su lecho inspeccionaba cómodamente su habitación: la ventana abierta sobre un patio, el tocador con espejo y piedra de mármol, el armario de luna, aquella mesita, cubierta por un tapete rojo, donde él escribía con su letra igual y segura las cuatro o cinco postales que cotidianamente enviaba a Serranillas; la alfombra un poco raída; las sillas de yute azul y ovalado respaldo, y en un ángulo su baúl resplandeciente y policromo, la sombrerera, el portamantas, el maletín, todos los buenos objetos familiares que le acompañaron en aquel arriscado éxodo y le hablaban de su pacífico vivir manchego.

Fumando cigarrillos y emperezado en la dulce tibieza de las colchas, dejaba Perea transcurrir el tiempo. Como antes el fastidio, era el pecado, la tentación de un adulterio, lo que al presente le enardecía y conturbaba. Nunca había burlado a doña Emilia; por costumbre, por miedo a recibir algún peligroso contagio o acaso, sencillamente, por falta de ocasión, no lo hizo: fue una de esas fidelidades sin sacrificio que las mujeres no agradecen. Mas ahora su ociosidad, su prolongada continencia, la callejera exhibición de tantas voluptuosidades cotizables, y, sobre todo, el ambiente de París —ambiente de alcoba— embriagador y amoral como un vaso de jerez añejo, habíanle transfigurado. El lascivo capricho le alucinaba. Empezó a comprender el tormento de los ascetas solicitados por el diablo. ¡Ah, la musitadora, ladina, invencible Tentación!... Muchas veces permaneció inmóvil; los ojos clavados en un rincón del dormitorio, como si la mujer, sin nombre ni perfil todavía, estuviese acurrucada allí.

Luego, de un brinco se incorporaba, sujetábase los calzoncillos de punto, color tabaco, sobre la redondez del abdomen, se calzaba unas zapatillas de paño y abría la puerta. Allí estaban sus botas, ya limpias, y dentro de ellas las cartas que hubiese traído el correo. Don Higinio las leía de pie, un poco trémulo. ¡Oh! Aquellas cartas venidas de España y sobre cuyo sello leía el nombre de Serranillas estampado, tal vez, por el mismo Gutiérrez, atizaban en su corazón el sentimiento de la patria. Pero inmediatamente se tranquilizaba: las noticias eran buenas; nada desagradable había ocurrido; doña Emilia le enviaba muchos besos y le recomendaba abrigarse bien para salir a la calle; Teresita, en una postdata, le recordaba el corsé para doña Lucía; Julio Cenén le hablaba de su pitillera, y don Gregorio de dos excelentes galgos que había comprado... Mirando hacia adentro, Perea recomponía toda la vida material y moral de su pueblo, inmóvil, monótono, como fosilizado, y sentía el horror de volver a él. ¡Bah, pero sí volvería!... El pasado es una terrible cadena que llevamos al pie, y el honrado manchego sentía que, de cuantas esclavitudes oprimen al hombre, ninguna tan fuerte como el recuerdo de las personas que, habiéndole sido siempre fieles, le quieren y le aguardan.

El comedor del hotel de los Alpes era espacioso, con techo de esmerilados cristales por donde descendía una claridad lechosa que armonizaba agradablemente con el fondo oscuro de la alfombra, la luminosidad joyante de la vajilla y la impecable blancura de los manteles. Don Higinio almorzaba a las doce en punto: a esa hora había poca concurrencia y los camareros servían mejor. Invariablemente ocupaba una mesita situada cerca de un balcón, desde donde oteaba la animada confluencia de las calles Bleue y Trévise. Cerca de él comía un joven inglés, rico y artista, míster Grand, que, según informes del intérprete, había ido a estudiar la pintura a París.

—Pero es un loco —decía Francisco, envidiándole— y no hará nada; creo que en un mes no ha dormido aquí tres noches...

Más allá se instalaba un matrimonio. La mujer, bonita, elegante, muy nerviosa, muy pálida, con largos ojos brillantes y negros, parecía italiana. Él era un gigante holandés, rubio, enorme y rosado como un recién nacido. Tenía barba, unas tupidas y ondulantes barbazas patriarcales que casi le llegaban a la cintura, y tras los cristales de unos lentes de oro sus pupilas azules miraban con serenidad bovina. Comía mucho, y como estaba un poco cargado de hombros, aquella curvatura de su espina dorsal le daba una expresión repugnante de sensualidad y glotonería. ¿Cómo pudo casarse una mujercita tan agradable y menuda como aquella con un animal así?...

A falta de otras ocupaciones, entre plato y plato, don Higinio se dedicó a aborrecer, con todo el vigor de su sangre manchega, al holandés. Su odio parecía el presentimiento de algo malo. ¿De dónde habría salido tamaño virote?... Le molestaban su modo violento de partir el pan, de reír, de llevarse a los gruesos labios su copa de cerveza. Don Higinio sentía deseos de pegarle, y como su imaginación meridional se excandecía y descarrilaba fácilmente, fantaseaba que sostenía allí mismo con el holandés un «cuerpo a cuerpo» desesperado y caballeresco: él se abalanzaba sobre su enemigo, y, derribándole al suelo, le asestaba con su cuchillo de postre varios golpes mortales; luego se incorporaba trágico y galante, y entrecogiendo a la italiana por el talle huía con ella...

El origen de este aborrecimiento debía de referirse a la saludable ecuanimidad y ordenación que el más ligero examen advertía en todos los ademanes y pormenores del gigante. Aquel hombre vestía bien, era correcto, tranquilo, hercúleo: tenía la fuerza de sus músculos y la fuerza de su previsión. Perea le observaba y no sorprendió en él ni un guiño nervioso al hablar, ni un movimiento que denotase contrariedad u olvido de algo. El holandés tenía «de todo», hasta lentes y barba, y todo sabía usarlo oportunamente: si llovía mucho, se presentaba en el comedor con impermeable, chanclos y polainas de cuero; si el tiempo era variable, traía paraguas. Por las noches, para ir al teatro, se endosaba un magnífico gabán de pieles; de día se abrigaba con una bufanda y un gabán inglés a cuadros verdes y grises. No alardeaba de elegante, pero poseía varios trajes de mañana, frac, _smoking_ y un «completo» de luto para asistir a los entierros. También advirtió don Higinio cómo su compañero de hotel, siempre que mudaba de ropa, lo hacía de guantes, de calcetines, de corbata y de bastón; que fumaba unas veces en pipa y otras cigarros habanos, y cambiaba con frecuencia las sortijas que lucían sobre los dedos índice y meñique de su mano izquierda. A Perea, tan reglamentado por costumbre y por herencia, le irritaba, sin embargo, el ritmo cronométrico de aquel extranjero, rubio y carnoso, que todo parecía llevarlo previsto y en cuya existencia, por lo mismo, no podría haber nunca una exclamación de sorpresa. Además, le odiaba porque era alto. Nada, ni siquiera la figura de Napoleón, alivia en los hombres pequeños el dolor de no haber crecido. Las mujeres, obligadas a optar entre un enano y un gigante, preferirán siempre al segundo; para ellas, devotas de la forma, David no ha matado a Goliat. La estatura sobrada implica una idea de imperio. Los hombres altos son bellos, imponentes, decorativos; en el teatro, y lo mismo sucede en la vida, el público no acepta los éxitos amorosos de un galán chiquitín; la voz que viene de arriba es más convincente, más autoritaria; los comediantes de Atenas y de Roma calzaban coturno; el mismo Jehová, lo primero que hizo para ser respetado fue subirse al Sinaí...

Finaba noviembre y Perea ni pensaba volver a su pueblo, ni se curaba de cumplir los encargos a su honrada voluntad y diligencia encomendados. Las primeras semanas las empleó en curiosear, recorrer calles, conocer cafés, asomarse a los teatros y recordar algo de aquellos dos cursos de francés que aprobó de muchacho en el Instituto de Ciudad Real. Después sufrió un catarro, acompañado de calentura, que le obligó a encamarse y buscar un médico. Don Higinio aceptó impertérrito esta malandanza, y, sin quejarse, se purgó y sudó cuanto fue necesario. La idea constante, reparadora, vagamente novelesca «de hallarse en París», le efervorizaba y bastaba a su contento. Nada hacía y para todo, sin embargo, le faltaba tiempo; hasta se descuidaba en escribir a Serranillas, a pesar de cuanto su mujer rabiaba y se dolía de aquellos silencios. Era un nirvana inexpresable y delicioso, un quietismo interior alquitarado, fragante, que guardaba un rumor de faldas, un exquisito deseo de aventura. Aunque hubiese entrado en París, según el decir gráfico del vulgo, París no había entrado en él: era demasiado grande para encerrado en una síntesis rápida; no lo paladeaba cómodamente, sus emociones se desordenaban. Y cual los días, se le iba el dinero: de las diez mil pesetas que sacó de su pueblo, llevaba gastadas cerca de la mitad. ¿En qué?... Don Higinio arqueaba sus cejas peludas; no lo sabía; que no le preguntasen nada: había en todo ello algo fantasmagórico, un emborronamiento de su personalidad, de sus antiguos hábitos previsores y rígidos; una amable inconsciencia bohemia y sedante que le hacía feliz.

Convaleciente todavía de su catarro, don Higinio Perea salió a la calle, y por las de La Fayette y Laffitte, llegó al bulevar. Iba bien abrigado, y el sol, ese buen sol de París que siembra las aceras de risas de mujer, se dejaba sentir sobre los hombros. Perea entró en un café, pidió un aperitivo y leyó en _Le Journal_ un cuento galante. _Le Matin_ no lo compraba casi nunca; lo aborrecía; le recordaba su desabrida aventura del tren. A mediodía emprendió el regreso al hotel de los Alpes. Para distraerse improvisó un nuevo camino por la calle Drouot. En la Grange Batelière, delante del pasaje Jouffroy, una vieja vestida de negro y que llevaba sobre la blancura de sus cabellos una capota de terciopelo violeta, adornada por un manojo de guindas, le abordó misteriosa.

—¿El señor es extranjero?

Don Higinio comprendió.

—Sí, señora; extranjero, español...

Lo dijo en un francés abominable, lentamente y adelantando mucho los labios, como los niños cuando empiezan a hablar. Su interlocutora, sin embargo, le entendió:

—Celebro que sea usted extranjero, porque así me costará menos vergüenza explicarme. Soy viuda y vivo en la mayor miseria. ¡Ah! ¡Si supiese usted cuánto he sufrido antes de llegar a esta situación extrema!... En los obradores el trabajo de la mujer se paga muy mal; puede usted creerme, señor: desde ayer no he comido...

Los hombros cuadrados de Perea, que se había detenido a escuchar, tuvieron un expresivo alzamiento de disgusto y desdén. ¿Y para eso le molestaban?... Chapurró una disculpa y trató de seguir adelante. Pero la anciana, caminando a su lado, insistía:

—Señor..., usted es un caballero distinguido..., un caballero de corazón...

—No llevo calderilla.

—Un sacrificio, señor...; un pequeño sacrificio. Si no lo hace por mí, hágalo por mis niñas. Tengo dos hijas, señor, una de dieciséis años, otra de dieciocho..., bonitas como amores..., a quienes usted podría proteger...

Involuntariamente don Higinio acortó el paso y su rostro, un momento enfoscado, empezó a iluminarse. Su pestorejo lucio, sensual, martirizado por la castidad, entre las sílabas de aquellas palabras mal traducidas había sentido reír a la serpiente. La mendiga, trémula de emoción, los azules ojuelos brillantes de codicia, prosiguió:

—¡Si las viese usted!... La más pequeña, especialmente, tiene un cuerpo precioso. Yo quiero que usted las conozca, señor. ¡Son tan buenas!... Usted podría ser la salvación de ambas...

Y como él callase, atragantándose con lo que quería y no acertaba a decir, la vieja añadió:

—Yo, le soy a usted franca: las quiero muchísimo, ¡son mis hijas!... Pero si han de perderse, como fatalmente ocurrirá, me alegraría de que tuviesen un protector como usted; un hombre así, de mundo..., porque los hombres corridos son los que mejor juzgan del mérito de las mujeres...

Sofocado por la emoción, don Higinio preguntó:

—¿Dónde podría conocerlas?

—En mi casa. Yo vivo en la calle de Feydeau... ¿comprende usted? Cerca de la Bolsa...

—No recuerdo.

—¿Cómo? ¡Sí!... Al otro lado del bulevar... Calle Feydeau, número nueve, piso cuarto, puerta número dos. Madame Berta...

Don Higinio sacó un lápiz, y como no llevase cartera ni hoja ninguna de papel blanco, ofreció a su interlocutora el puño izquierdo de su camisa.

—Escriba usted misma las señas; es mejor.

Hízolo así la vieja; luego...

—¿Cuándo irá usted a vernos?

Perea consultó su estómago: tenía hambre y a los lances de amor conviene ir bien comido, pues de la generosa alimentación de la carne nacen casi siempre el optimismo y mejor talante del espíritu.

—¿A las seis, por ejemplo?

—Perfectamente, sí, señor; a las seis, porque hasta esa hora las niñas trabajan en un taller de lamparillas eléctricas.

—¿Ganan mucho?

—Un franco entre las dos.

Y, agregó:

—Señor... ¿Puede usted socorrerme con algo?... Vea usted la hora que es; aún he de llevarlas el almuerzo al obrador y no tengo un céntimo.

Lentamente don Higinio se desabotonó el gabán; llevose una mano al chaleco. Reflexionaba. Si realmente se proponía acometer la seducción de ambas hermanitas, ¿por qué prevenirlas en contra suya mostrándose en aquella ocasión remiso y cicatero?... ¿Acaso las primeras impresiones no fueron siempre las mejores?... Con parsimonia y disimulo, llenos de nobleza, Perea deslizó en la rugosa mano de aquella madre, modelo de alcahuetas, una moneda de diez francos.

—Tome usted y hasta la tarde. ¿Buhardilla número dos, verdad?... Madame Berta...

—Eso es, caballero; muchas gracias...; eso es...; adiós, adiós...

Y ágil, feliz, bajo la estridencia grotesca que ponían sobre sus cabellos blancos las guindas de su gorro violeta, la vieja desapareció en el pasaje Jouffroy.